Fuego en la Piel: Una Noche Inolvidable

Por Tonkix
Fuego en la Piel: Una Noche Inolvidable
**Fuego en la Piel: Una Noche Inolvidable** El loft se extendía como un organismo vivo, palpitando al ritmo de la música electrónica que reverberaba en las paredes de hormigón visto. Las luces, filtradas por globos de vidrio esmerilado, bañaban el ambiente en tonos ámbar y azul cobalto, creando una atmósfera de sueño despierto—donde cada sombra parecía invitar al tacto, cada destello prometía un secreto. El aire olía a perfume caro, sudor fresco y el leve rastro metálico del hielo derritiéndose en las copas de cristal. Era una de esas noches en las que São Paulo decidía rendirse al placer, y todos allí lo sabían. Lucas estaba apoyado en la barra de mármol negro, los dedos largos girando el cuello de una botella de whisky añejo. La camisa, abierta en el tercer botón, revelaba la línea definida del pectoral, donde una fina cadena de plata descansaba sobre la piel bronceada. Los ojos verdes, casi dorados bajo la luz indirecta, recorrían el salón con la precisión de quien evalúa un proyecto: calculando ángulos, identificando puntos de fuga. La arquitectura era su lenguaje, y en ese momento, lo aplicaba al cuerpo de las personas. ¿Quién valía la pena ser observado? ¿Quién merecía una segunda mirada? Fue entonces cuando la vio. Mariana atravesaba el espacio como si el suelo no existiera—un movimiento fluido, casi felino, que hacía girar las cabezas. Llevaba un vestido negro, ajustado lo suficiente para sugerir cada curva sin revelar demasiado, la tela brillando con diminutos cristales que capturaban la luz como estrellas atrapadas en la piel. Los cabellos castaños, sueltos en ondas rebeldes, caían sobre los hombros desnudos, y cuando levantó la mano para acomodar un mechón detrás de la oreja, Lucas notó el brillo discreto del anillo de plata en su dedo meñique. Un detalle que gritaba *personalidad*. Ella se detuvo cerca de la mesa de aperitivos, tomando una uva entre los labios con la lentitud de quien sabe que está siendo observada. Y lo estaba. No solo por él, sino por media docena de hombres que disimulaban miradas hambrientas detrás de copas y conversaciones. Mariana, sin embargo, no parecía importarle. O mejor, parecía *gustarle*. Había algo en la forma en que inclinaba la cabeza, en cómo mordisqueaba el labio inferior mientras elegía otra fruta, que transmitía una confianza casi insolente. *Sé que me estás mirando. ¿Y qué?* Lucas sonrió para sí mismo. Esa mujer no era solo bonita—era *interesante*. Y a él le encantaban los desafíos. Se acercó sin prisa, rodeando a un grupo que reía demasiado alto, hasta quedar a pocos pasos de ella. Su perfume llegó primero—una mezcla de jazmín y algo más oscuro, tal vez pachulí, que lo hizo querer inclinarse para sentirlo mejor. Pero no. Todavía no. —¿Está buena esa uva? —preguntó, la voz grave, modulada para sonar casual. Mariana levantó los ojos, y por un segundo, Lucas tuvo la impresión de que ella ya lo había notado antes. Los labios, pintados de un rojo casi vino, se curvaron en una sonrisa lenta. —Depende. ¿Pides una opinión profesional o solo quieres entablar conversación? Él rio, bajo. —Ambas cosas. Soy arquitecto. Me gusta evaluar estructuras. —Y yo soy periodista. Me gusta desmontar discursos. —Ella inclinó el cuerpo levemente hacia él, lo suficiente para que la tela del vestido rozara el brazo de Lucas—. Entonces dime: ¿cuál es tu evaluación preliminar? —Bien construida. Buena base. —Dejó que su mirada recorriera el cuerpo de ella sin prisa, como si estuviera analizando una fachada—. Detalles intrigantes. Y un acabado… *irresistible*. Mariana soltó una risa, un sonido cálido que se mezcló con la música. —Eres bueno en esto. —¿En qué? —En hacer que una mujer se sienta como si fuera lo único interesante en el ambiente. —No es difícil. —Lucas se acercó más, hasta que el calor del cuerpo de ella irradiaba contra el suyo—. Cuando algo *es* interesante, no hay que forzar. Ella sostuvo su mirada, los ojos oscuros brillando con algo entre diversión y provocación. —¿Y qué más evaluaste, arquitecto? Además de la… estructura. —La acústica. —Señaló con un gesto el salón, donde la música ahora era un ritmo más lento, casi una invitación—. Este loft fue diseñado para amplificar sensaciones. Las paredes son gruesas, el aislamiento es perfecto. Si alguien grita aquí, solo quien esté cerca lo escuchará. Mariana arqueó una ceja. —¿Y por qué gritaría yo? —No sé. —Se encogió de hombros, pero su sonrisa no tenía nada de inocente—. Tal vez por lo que yo le haría a esa boca. El aire entre ellos pareció espesarse, cargado de electricidad. Mariana no apartó la mirada. En cambio, llevó la copa de champán a los labios y tomó un sorbo lento, los ojos fijos en él por encima del borde. —Eres directo. —Y a ti te gusta. No era una pregunta. Y ella no lo negó. La música cambió de nuevo, ahora una melodía sensual que serpenteaba por el ambiente como humo. Lucas extendió la mano, sin prisa. —¿Vamos a ver si la acústica del lugar es tan buena como creo? Mariana dudó por un segundo—solo lo suficiente para dejarlo en suspenso—antes de colocar su mano en la de él. Los dedos se entrelazaron, y el contacto fue como una descarga. —Vamos. —Susurró, y el tono era una promesa—. Pero solo si me dices tu nombre primero. —Lucas. —Mariana. No necesitaron decir nada más. La pista de baile los engulló, y el mundo exterior dejó de existir. La pista de baile era un remolino de cuerpos en movimiento, pero entre ellos había un espacio que parecía intencional, como si el universo hubiera reservado ese metro cuadrado solo para que se encontraran. La música lenta se enredaba en el aire, una melodía de saxofón y piano que parecía hecha para manos deslizándose sobre piel, para respiraciones entrecortadas y miradas que prometían más que palabras. Lucas aún sostenía la mano de Mariana, los dedos entrelazados como si ya supieran el camino del otro. La atrajo con suavidad, pero sin vacilar, y ella lo siguió, los tacones altos hundiéndose levemente en el piso de madera pulida. Cuando sus cuerpos se acercaron, no fue un choque, sino una fusión lenta, como dos notas musicales que se encuentran en el aire y crean algo nuevo. El pecho de Lucas rozó el de ella, y Mariana sintió su calor incluso a través de la tela fina del vestido. Él era más alto, pero no lo suficiente como para que ella tuviera que estirarse—solo lo justo para que, cuando inclinó el rostro, sus labios quedaran a un suspiro de distancia. Ella no retrocedió. En cambio, dejó que su mano libre se deslizara por el brazo de él, sintiendo la firmeza de los músculos bajo la camisa, el contraste entre la seda de la manga y la aspereza de los vellos del antebrazo. —¿Bailas? —La voz de Lucas era baja, casi perdida en la música, pero ella la escuchó perfectamente, como si hubiera hablado directamente a su oído. Mariana sonrió, los labios pintados de un rojo oscuro que brillaba bajo las luces doradas del loft. —Depende. ¿Sabes seguir? Él rio, un sonido grave y ronco que vibró contra el cuerpo de ella. —Prefiero liderar. —Entonces quizá te deje. Los dedos de Lucas apretaron levemente los de ella, y la hizo girar con un movimiento fluido, atrayéndola de vuelta contra sí antes de que pudiera completar el giro. Ahora, su espalda estaba pegada al pecho de él, y Mariana sintió cada línea del cuerpo masculino moldeándose al suyo. El brazo de Lucas rodeó su cintura, la mano apoyada en la curva de la cadera, mientras la otra aún sostenía la suya, levantada a la altura del hombro, como si estuvieran a punto de bailar un tango. Pero no era un tango. Era algo más lento, más íntimo. Algo que hacía latir la sangre en las venas. —Eres peligrosa, Mariana —murmuró, los labios rozando el pabellón de su oreja. El aliento cálido le provocó un escalofrío que recorrió su columna. —Y a ti te gusta el peligro. —No es el peligro. Es la promesa. Ella cerró los ojos por un segundo, dejando que la música la envolviera, que el calor de él la atravesara. Cuando los abrió de nuevo, el mundo a su alrededor se había disuelto—no había más gente, no había más fiesta, solo el ritmo lento de los cuerpos moviéndose juntos, la presión firme de la mano de Lucas en su cintura, la forma en que la guiaba sin esfuerzo, como si ya conociera cada curva, cada inclinación. Mariana se dejó llevar, las caderas balanceándose al unísono, los pasos pequeños, deliberados, como si estuvieran bailando sobre brasas. —¿Eres arquitecto, verdad? —preguntó, la voz un poco ronca, como si acabara de despertar. Lucas asintió, los dedos trazando círculos lentos en la base de su espalda. —¿Cómo lo adivinaste? —La forma en que miras las cosas. Como si estuvieras midiendo ángulos, calculando espacios. Él rio, el sonido vibrando contra su hombro. —¿Y tú? ¿Periodista? —Observadora. —Yo diría que es más que eso. Mariana inclinó la cabeza hacia atrás, apoyándola en su hombro. El movimiento hizo que sus labios casi se tocaran, y por un segundo, pensó que él la besaría allí mismo, frente a todos. Pero no lo hizo. Solo sonrió, los ojos oscuros fijos en los de ella, como si estuviera memorizando cada detalle. —¿Qué ves cuando me miras? —preguntó, la voz casi un susurro. —Alguien que sabe exactamente lo que quiere. —¿Y tú? —Alguien que está a punto de descubrirlo. La música cambió de nuevo, pero ninguno de los dos pareció notarlo. El nuevo ritmo era más rápido, pero ellos siguieron moviéndose como si aún estuvieran envueltos en esa melodía lenta, como si el tiempo se hubiera ralentizado solo para ellos. Mariana sintió la mano de Lucas deslizarse por su costado, los dedos recorriendo cada vértebra como si estuviera leyendo un mapa. Cuando llegó a la base de su espalda, la atrajo con más firmeza contra sí, y sintió la evidencia de su deseo presionando su vientre. Un gemido casi escapó de sus labios, pero lo contuvo, mordiendo el labio inferior. —Me estás provocando —murmuró él, la voz áspera. —Y a ti te encanta. —Más de lo que debería. Mariana sonrió, satisfecha. Levantó la mano que aún sostenía la de él y la llevó hasta su propio cuello, guiando los dedos de Lucas por la línea de su garganta, sintiendo el pulso acelerado bajo la piel. Él no resistió. Los dedos se deslizaron más abajo, rozando la clavícula, el valle entre sus pechos, hasta que ella los detuvo, presionándolos contra la tela del vestido, justo encima del pezón endurecido. —Aquí no —dijo, pero no había convicción en su voz. Lucas entendió. Se inclinó, los labios casi tocando los de ella, pero sin besarla. Solo flotando allí, como una amenaza deliciosa. —¿Entonces dónde? Mariana miró a su alrededor, como si estuviera evaluando las opciones. La terraza. Las luces de la ciudad brillaban más allá de las puertas de vidrio, y la brisa nocturna prometía un contraste refrescante con el calor que los consumía. No dijo nada. Solo apretó la mano de Lucas y lo arrastró hacia el aire libre. Y él la siguió, sin vacilar. La terraza se abría ante ellos como un escenario secreto, donde toda la ciudad parecía haberse reducido a un mar de luces temblorosas y distantes. El aire nocturno, fresco y ligeramente húmedo, envolvió a Mariana en cuanto cruzó la puerta de vidrio, trayendo consigo el olor a hormigón calentado por el día y un leve rastro de jazmín proveniente de algún jardín escondido. Soltó la mano de Lucas por un instante, solo para sentir la brisa deslizarse entre sus dedos, como si estuviera probando su propia valentía. La música de la fiesta, ahora amortiguada, llegaba hasta allí en golpes sordos, un ritmo que aún latía en sus venas. Lucas cerró la puerta tras de sí con un clic suave, pero el sonido resonó entre ellos como una advertencia. No se acercó de inmediato. Se quedó parado, observándola, los ojos oscuros reflejando las luces de la ciudad como si fueran brasas. Mariana se apoyó en la barandilla de metal frío, inclinando el cuerpo hacia adelante, dejando que el viento jugara con la falda de su vestido, levantándola levemente sobre los muslos. Sabía que él la estaba mirando. Y le gustaba. —¿Vienes seguido aquí? —preguntó, la voz ligera, pero con un temblor casi imperceptible. —Solo cuando quiero escapar del ruido —respondió él, acercándose despacio, como si temiera asustarla—. O cuando necesito aire. —¿Y ahora? —Giró el rostro hacia él, los labios entreabiertos, el labial ya medio corrido por el calor de la pista de baile. —Ahora solo quería estar a solas contigo. Mariana rio, un sonido bajo y ronco, y se apartó de la barandilla, dando un paso hacia él. La terraza no era grande, pero en ese momento parecía un universo entero, con el cielo abierto sobre ellos y la ciudad extendida a sus pies. Lucas extendió la mano, tocando su cintura con la punta de los dedos, como si aún no creyera que ella estaba allí, de verdad. La tela fina del vestido no hacía nada por ocultar el calor de su piel, y él sintió el cuerpo de Mariana reaccionar al contacto, un leve arqueo de la espalda, un suspiro contenido. —¿Siempre eres así? —murmuró ella, los ojos fijos en los de él. —¿Así cómo? —Tan directo. —Solo cuando vale la pena. Ella sonrió, pero no respondió. En cambio, se dio la vuelta, apoyando las manos en la barandilla e inclinándose hacia adelante, como si quisiera ver mejor la ciudad. El movimiento hizo que el vestido subiera un poco más, revelando la curva suave de sus nalgas, delineadas por la luz indirecta de los faroles. Lucas no resistió. Se acercó por detrás, las manos posándose en sus caderas, los dedos cerrándose con firmeza, pero sin prisa. Sintió el cuerpo de Mariana estremecerse, un escalofrío que recorrió su columna y la hizo apoyarse contra él, la espalda pegada a su pecho. —Te gusta jugar con fuego —susurró, la boca cerca de su oído. —Y a ti te gusta quemarte. Él rio, un sonido bajo y peligroso, y deslizó una de sus manos por el costado de su cuerpo, siguiendo la curva de la cintura, la cadera, hasta llegar al muslo. La tela del vestido era fina, casi inexistente, y podía sentir el calor de su piel a través de ella. Mariana no se movió. Solo permaneció allí, inmóvil, dejando que él explorara, que la tocara como quisiera. Su respiración se aceleró, los labios entreabriéndose en un suspiro cuando los dedos de Lucas subieron por la parte interna del muslo, lentos, deliberados. —Me estás provocando —dijo ella, la voz ronca. —¿Lo hago? —Sí. —¿Y qué vas a hacer al respecto? Mariana se giró de repente, sorprendiéndolo. Sus manos fueron directamente al pecho de él, empujándolo levemente contra la pared de vidrio que separaba la terraza del interior del loft. Lucas cedió, los ojos fijos en los de ella, una sonrisa lenta formándose en sus labios. Ella se acercó, los cuerpos casi tocándose, pero no del todo. El calor entre ellos era casi palpable, una fuerza que parecía atraerlos el uno hacia el otro, incluso cuando resistían. —Podría besarte ahora —murmuró ella, los labios a centímetros de los suyos. —Podrías. —Pero no lo haré. —¿No? —No. —¿Por qué? —Porque quiero que me lo pidas. Lucas rio, pero el sonido murió en su garganta cuando Mariana se acercó aún más, los pechos rozando su torso, la boca flotando tan cerca que podía sentir su aliento cálido. Levantó la mano, enredando los dedos en su cabello, tirando de ella con la fuerza suficiente para hacerla gemir. Los labios de ella se abrieron en un suspiro, y él aprovechó para invadir su boca con la lengua, un beso profundo, urgente, como si estuviera hambriento. Mariana respondió con la misma moneda, las manos deslizándose por su pecho, agarrando la camisa como si quisiera rasgarla. El beso fue largo, húmedo, lleno de dientes y lenguas, un duelo que ninguno de los dos quería perder. Cuando se separaron, ambos estaban jadeantes, los labios hinchados, los ojos brillando de deseo. Lucas no soltó su cabello. La mantuvo allí, la frente apoyada en la de ella, las respiraciones mezclándose. —Eres peligrosa —murmuró. —Y a ti te encanta. Él no lo negó. En cambio, deslizó la mano libre por el costado de su cuerpo, siguiendo la curva de la cadera, el muslo, hasta llegar al dobladillo del vestido. Sus dedos se enredaron en la tela, subiéndola lentamente, revelando la piel suave de su pierna. Mariana no lo detuvo. Solo arqueó el cuerpo, ofreciéndose, los ojos entrecerrados, los labios entreabiertos. —Te deseo —dijo él, la voz áspera. —Ya lo sé. —Ahora. Ella sonrió, una sonrisa lenta y satisfecha, y se apartó lo suficiente para mirar a su alrededor. La terraza estaba vacía, pero las puertas de vidrio aún daban al interior del loft, donde la fiesta continuaba, aunque distante. Cualquiera podría mirar hacia afuera y verlos. La idea pareció excitarla aún más. —Aquí no —dijo, repitiendo las palabras que había dicho antes, pero ahora con un tono diferente, más provocador. —¿Entonces dónde? Mariana no respondió. En cambio, tomó su mano y lo arrastró de vuelta al interior del loft, pasando por la pista de baile abarrotada, por los cuerpos que se movían al ritmo de la música, por las miradas curiosas que los seguían. No le importó. Estaba enfocada solo en él, en el calor que los consumía, en la promesa de lo que estaba por venir. Y Lucas la siguió, sin vacilar. El ascensor subió en silencio, el espejo esmerilado reflejando solo sombras borrosas de dos cuerpos entrelazados. Mariana presionaba la espalda contra la pared fría de metal, los dedos de Lucas ya deslizándose bajo la tela fina del vestido, trazando círculos lentos en la curva de su muslo. Ella mordisqueó su labio inferior, un gesto rápido y húmedo, mientras su mano descendía por su amplio pecho, sintiendo el ritmo acelerado del corazón bajo la camisa. —¿Tienes idea de cuánto te he deseado desde que te vi en esa fiesta? —La voz de Lucas era un gruñido bajo, los labios rozando su oreja mientras hablaba—. Cada vez que sonreías a otra persona, quería arrancarte ese vestido del cuerpo. Mariana rio, un sonido gutural y satisfecho, y tiró de su corbata con fuerza, acercándolo aún más—. Mentiroso. Ni siquiera me conocías. —No necesitaba. —Sus dedos subieron, encontrando el encaje de la braga, ya húmeda—. La forma en que te movías, como si supieras que todos te estaban mirando… Sabía que serías así. Salvaje. El ascensor se detuvo con un suave sacudón, las puertas abriéndose a un pasillo vacío. Lucas no esperó. La tomó de la mano y la arrastró por el piso de madera oscura, los tacones de Mariana resonando como el tictac de un reloj acelerado. La puerta del apartamento se abrió con un clic de la llave, y antes de que ella pudiera registrar el ambiente—paredes de hormigón visto, muebles minimalistas, una pared entera de vidrio mostrando la ciudad iluminada—la empujó contra la puerta cerrada, aprisionándola entre sus brazos. —Aquí —murmuró, los labios descendiendo por su cuello, mordisqueando la clavícula—. Ahora solo estamos nosotros dos. Mariana arqueó el cuerpo, ofreciéndose, mientras las manos de él se deslizaban por los tirantes del vestido, bajándolos con una lentitud torturante. La tela resbaló, revelando los pechos firmes, los pezones ya rígidos bajo el aire acondicionado frío. Lucas no resistió. Bajó la cabeza y capturó uno de ellos en su boca, la lengua caliente rodeando la punta sensible mientras los dedos apretaban el otro, alternando entre presión y caricias leves. —Dios… —gimió ella, las uñas clavándose en sus hombros—. Así… justo así. Él sonrió contra su piel, satisfecho con la reacción, y descendió aún más, besando el valle entre sus pechos, el estómago, el ombligo. Cuando llegó al dobladillo del vestido, ya arrugado en su cintura, Lucas se detuvo, levantando los ojos hacia ella. —Quítamelo. Mariana mordió su labio, un brillo travieso en los ojos, y obedeció. Levantó los brazos, dejando que él tirara del vestido por encima de su cabeza, arrojándolo al suelo sin ceremonia. Quedó allí, solo con la braga de encaje negro, los tacones aún puestos, la luz de la ciudad reflejándose en su piel como una invitación. —Eres hermosa —dijo él, la voz ronca, mientras sus manos recorrían las curvas de su cuerpo, memorizando cada detalle—. Cada centímetro. Ella rio, baja y provocadora, y tiró de su camisa, desabotonando los botones con dedos ágiles—. Y tú hablas demasiado. Lucas no necesitó más estímulo. En un movimiento rápido, se quitó la camisa y la arrojó a un lado, revelando el torso esculpido, los músculos definidos bajo la piel bronceada. Mariana no perdió tiempo. Bajó las manos por su pecho, sintiendo la textura de los vellos cortos, la rigidez de los pezones, la fina línea de sudor que ya se formaba. Cuando llegó al cinturón, él le sujetó las muñecas. —Todavía no. Ella arqueó una ceja, desafiante—. ¿No? —Dije que iba a explorar cada centímetro de ti. —La giró bruscamente, presionándola contra la puerta, su espalda pegada al vidrio frío—. Y eso es exactamente lo que voy a hacer. Sus manos se deslizaron por su espalda, bajando hasta la curva de sus nalgas, apretando con fuerza antes de bajar la braga, dejándola caer a sus pies. Ella gimió cuando sus dedos encontraron la humedad entre sus piernas, explorándola con movimientos lentos y deliberados. —Tan mojada… —susurró, los labios rozando su nuca—. ¿Todo esto es por mí? —Sí —admitió ella, la voz temblorosa—. Solo por ti. Él la giró de nuevo, los ojos oscuros ardiendo de deseo, y la levantó en brazos, llevándola hasta el sofá de cuero negro. La acostó con cuidado, como si estuviera hecha de porcelana, pero sus manos no eran nada gentiles. Bajó besos por su cuello, sus pechos, su estómago, hasta llegar al punto donde más lo deseaba. Cuando su lengua la encontró, Mariana arqueó la espalda, un gemido escapando de sus labios. —Lucas… por favor… —¿Por favor qué? —preguntó él, levantando la cabeza por un segundo, los labios brillantes—. Dímelo. —No pares —suplicó ella, las manos agarrando su cabello—. No te atrevas a parar. Él rio, un sonido oscuro y satisfecho, y volvió a devorarla, la lengua trabajando en círculos lentos, los dedos entrando y saliendo en un ritmo implacable. Mariana se retorcía, las caderas moviéndose al compás de sus movimientos, los gemidos volviéndose más altos, más urgentes. Cuando sintió que ella estaba cerca, cambió el ritmo, desacelerando, prolongando el placer hasta que ella estuviera jadeante, los dedos clavados en el cuero del sofá. —Lucas… —gimió, la voz quebrada—. Voy a… —Córrete para mí —ordenó él, la voz áspera—. Ahora. Y ella obedeció. El orgasmo la golpeó como una ola, todo su cuerpo temblando, los músculos contrayéndose mientras gritaba su nombre. Lucas no se detuvo, continuando hasta que ella estuviera completamente exhausta, los gemidos transformándose en suspiros débiles. Cuando finalmente se incorporó, los labios húmedos y los ojos hambrientos, Mariana lo atrajo hacia arriba, besándolo con un hambre renovada. El sabor de ella en su boca solo aumentó el deseo, y bajó las manos hasta sus pantalones, desabrochándolos con prisa, liberándolo. —Tu turno —susurró, empujándolo para que se acostara en el sofá. Lucas no resistió. Dejó que ella lo explorara, sus dedos envolviéndolo con firmeza, moviéndose en un ritmo torturante. Cuando ella se inclinó, reemplazando las manos con la boca, él gimió, los dedos enredándose en su cabello. —Joder… —gruñó, las caderas moviéndose instintivamente—. Así, cariño… así. Mariana no se detuvo. Usó la lengua, los labios, hasta que él estuvo al borde del límite, los músculos tensos, la respiración irregular. Solo entonces se detuvo, levantándose con una sonrisa satisfecha. —Todavía no —dijo, montándose sobre él, las rodillas apoyadas en el sofá—. Quiero sentirte dentro de mí. Lucas no necesitó más incentivo. La tomó por las caderas y la posicionó, entrando en ella con un movimiento lento y profundo. Mariana gimió, los ojos cerrándose por un segundo antes de comenzar a moverse, las caderas rodando en un ritmo que los volvía locos. —Dios, Mariana… —gruñó él, las manos apretando su carne—. Eres perfecta. Ella no respondió. Solo aceleró el ritmo, los cuerpos chocando en una danza primitiva, los gemidos resonando en el apartamento. Lucas la atrajo hacia abajo, capturando sus labios en un beso hambriento, las lenguas enredándose mientras sus cuerpos se movían en perfecta sincronía. El sofá crujía bajo ellos, el cuero resbaladizo por el sudor, pero a ninguno de los dos le importó. El mundo exterior no existía. Solo estaba el calor de sus cuerpos, el sonido de la piel chocando, los gemidos ahogados contra la boca del otro. Y cuando el clímax finalmente los alcanzó, fue como una explosión, los cuerpos temblando al unísono, los gritos mezclándose en el aire. Mariana se derrumbó sobre él, los corazones latiendo a un ritmo frenético, los cuerpos aún unidos, saciados pero no satisfechos. Lucas la envolvió en sus brazos, besando su frente sudorosa, los labios aún ardiendo de deseo. —Esto es solo el comienzo —murmuró, la voz ronca. Mariana sonrió, los ojos brillando con una promesa. —Ya lo sé. Lucas la atrajo más cerca, los dedos deslizándose por la curva de su espalda mientras su boca buscaba el cuello de Mariana, mordisqueando la piel sensible justo debajo de la oreja. Ella se arqueó contra él, un gemido bajo escapando de sus labios entreabiertos, las uñas clavándose en sus anchos hombros. El sofá ya no era suficiente. Todo el apartamento parecía demasiado pequeño para contener el fuego que ardía entre ellos. —Vamos a la cama —murmuró él, la voz ronca, los labios rozando su lóbulo. Mariana no respondió con palabras. Solo se levantó, los pechos balanceándose levemente con el movimiento, los pezones aún rígidos por la excitación. Extendió la mano, los ojos oscuros brillando bajo la tenue luz de las lámparas, y lo arrastró consigo. El pasillo era corto, pero cada paso parecía una eternidad, los cuerpos rozándose, las manos explorando sin prisa, como si tuvieran todo el tiempo del mundo. Cuando llegaron al dormitorio, la puerta se cerró tras ellos con un clic suave, y el mundo exterior desapareció. La cama era grande, las sábanas de algodón egipcio frescas contra la piel caliente de Mariana cuando Lucas la acostó con cuidado, como si estuviera hecha de porcelana. Pero no había delicadeza en la forma en que la miraba ahora. Sus ojos verdes ardían, hambrientos, mientras sus manos recorrían sus muslos, abriéndolos lentamente. Ella gimió cuando sus dedos encontraron el centro húmedo, ya palpitando de deseo. —Estás tan mojada —susurró él, la voz cargada de admiración, los dedos deslizándose dentro de ella con una lentitud torturante. Mariana arqueó la espalda, las caderas levantándose instintivamente, buscando más—. *Por ti*. Lucas sonrió, una sonrisa depredadora, e inclinó la cabeza para capturar un pezón entre sus labios, succionando con fuerza mientras los dedos continuaban el movimiento rítmico dentro de ella. Ella gritó, las manos enredándose en su cabello, atrayéndolo más cerca. El placer era casi insoportable, una ola que crecía y crecía, amenazando con arrastrarla. Pero él se detuvo antes de que ella llegara al clímax. —Todavía no —murmuró, apartándose lo suficiente para quitarse la camisa, los músculos definidos brillando bajo la luz suave. Mariana mordió su labio, observándolo, todo su cuerpo vibrando de anticipación. Él se deshizo de los pantalones en un movimiento rápido, su erección saltando libre, gruesa y lista. Ella extendió la mano, envolviéndolo con los dedos, sintiendo el calor pulsante contra su palma. Lucas gimió, las caderas moviéndose instintivamente hacia su toque. —Te quiero dentro de mí —susurró ella, la voz ronca de deseo. Él no necesitó más incentivo. En un movimiento fluido, se posicionó entre sus piernas, la punta ancha presionando contra su entrada. Mariana contuvo la respiración, los ojos fijos en los de él mientras la penetraba lentamente, centímetro a centímetro, llenándola de una manera que parecía imposible, pero deliciosamente correcta. —*Joder* —gimió él, los dientes apretados, como si estuviera luchando por controlarse—. Estás tan apretada. Mariana no pudo responder. La sensación era abrumadora, todo su cuerpo ajustándose a la invasión, cada terminación nerviosa en llamas. Cuando él finalmente estuvo completamente dentro de ella, soltó un gemido largo, los dedos clavándose en las sábanas. Lucas comenzó a moverse, al principio despacio, las caderas rozando las de ella en un ritmo perezoso, como si quisiera memorizar cada sensación. Pero la lentitud no duró. Pronto los movimientos se volvieron más urgentes, más profundos, los cuerpos chocando en un ritmo primitivo, los gemidos resonando en la habitación. Mariana envolvió las piernas alrededor de su cintura, atrayéndolo más adentro, queriendo más, necesitando más. —Más fuerte —pidió ella, la voz casi un susurro. Lucas obedeció. Las caderas golpearon contra las de ella con fuerza, el sonido de la piel chocando mezclándose con sus gemidos. Se apoyó en los brazos, los músculos tensos, los ojos fijos en los de ella mientras la penetraba con embestidas profundas e implacables. Mariana sintió el placer acumulándose, una presión deliciosa en su vientre, los dedos de los pies curvándose. —Voy a… —logró decir, la voz fallando. —Córrete para mí —ordenó él, la voz ronca, los movimientos volviéndose aún más intensos—. Quiero sentirte. Fue suficiente. El orgasmo la golpeó como una ola, todo su cuerpo contrayéndose en espasmos de placer, los gritos ahogados contra su hombro. Lucas no se detuvo, continuando moviéndose dentro de ella, prolongando el clímax hasta que ella estuviera jadeante, los miembros temblorosos. Pero él aún no había terminado. Con un movimiento rápido, la volteó boca abajo, atrayéndola hacia arriba hasta que quedó en cuatro patas, las rodillas hundidas en el colchón. Mariana gimió cuando él entró en ella por detrás, las manos sujetando sus caderas con fuerza mientras la penetraba con embestidas profundas y rítmicas. El nuevo ángulo hacía que cada movimiento pareciera aún más intenso, el placer extendiéndose como fuego por su cuerpo. —Eres increíble —murmuró él, una mano deslizándose por su columna, sintiendo los temblores que recorrían su piel—. Tan hermosa así. Mariana no pudo responder. Solo gimió, los dedos enredándose en las sábanas mientras él la tomaba con una pasión que rozaba lo salvaje. El sonido de los cuerpos chocando llenaba la habitación, mezclado con los gemidos ahogados y la respiración entrecortada de ambos. Lucas se inclinó sobre ella, los labios rozando su oreja mientras una mano se deslizaba entre sus piernas, los dedos encontrando su clítoris hinchado. Mariana gritó, todo su cuerpo contrayéndose alrededor de él, el placer multiplicándose. —Córrete otra vez —ordenó él, la voz un susurro áspero—. Quiero sentirte correrte en mí. Ella no tuvo opción. El segundo orgasmo la golpeó con fuerza, el cuerpo temblando mientras olas de placer la atravesaban. Lucas gimió, las caderas golpeando contra las de ella con más fuerza, más rápido, hasta que él también llegó al clímax, todo su cuerpo tensándose mientras se derramaba dentro de ella con un gemido largo y gutural. Por un momento, no hubo otro sonido que no fuera su respiración entrecortada, los cuerpos aún unidos, los corazones latiendo a un ritmo frenético. Lucas se inclinó hacia adelante, besando su nuca, los labios cálidos contra su piel sudorosa. —Esto fue… —comenzó, pero no terminó la frase. Mariana sonrió, girando la cabeza para mirarlo—. Ya lo sé. Él la atrajo hacia abajo, los cuerpos deslizándose juntos hasta quedar de lado, aún conectados. Lucas la envolvió en sus brazos, su respiración cálida contra su cuello. —Todavía no ha terminado —murmuró, los labios rozando su piel sensible. Mariana sintió un escalofrío recorrer su cuerpo—. ¿No? Él rio suavemente, los dedos trazando círculos perezosos en su vientre—. Todavía tenemos toda la noche. Ella cerró los ojos, una sonrisa formándose en sus labios. La promesa en su voz era clara. Y, por primera vez en mucho tiempo, no tenía prisa. No había nada más que ese momento, ese hombre, ese deseo que aún ardía entre ellos, listo para ser alimentado de nuevo. La luz grisácea del amanecer se filtraba por las rendijas de las cortinas, pintando franjas pálidas sobre las sábanas arrugadas y los cuerpos entrelazados. El aire olía a sudor reseco, a piel caliente y al perfume dulce de Mariana, que ahora se mezclaba con el aroma amaderado de Lucas, como si los dos se hubieran impregnado el uno en el otro. Ella estaba acostada de lado, la espalda pegada a su pecho, los dedos de Lucas aún entrelazados con los suyos, como si ninguno de los dos quisiera—o pudiera—soltarse. El silencio entre ellos no estaba vacío. Estaba lleno de respiraciones lentas, de latidos que poco a poco volvían a la normalidad, de suspiros satisfechos que escapaban de labios entreabiertos. Mariana sentía el calor de su piel contra la suya, la aspereza de los vellos de su pecho rozando su espalda, el peso de su brazo sobre su cintura, posesivo y a la vez tierno. Era extraño cómo, después de todo lo que habían hecho, ese simple abrazo parecía aún más íntimo. —¿Estás despierta? —La voz de Lucas era ronca, arrastrada por el sueño y el cansancio, pero aún llevaba ese tono grave que hacía que los músculos de ella se contrajeran. Mariana sonrió, girando el rostro lo suficiente para rozar sus labios contra su mentón—. Dormí un poco. Pero no lo suficiente como para olvidar. —¿Olvidar qué? —Qué bien estuvo. —Apretó sus dedos, sintiendo la aspereza de sus manos grandes, acostumbradas a dibujar líneas en proyectos, pero que esa noche habían trazado caminos mucho más interesantes en su cuerpo—. Qué intenso fue. Lucas no respondió de inmediato. En cambio, deslizó la mano libre por su cadera, contorneando la curva suave de su muslo hasta encontrar su rodilla, atrayéndola más cerca, como si quisiera fundir los dos en uno solo. Mariana sintió su miembro, aún semiduro, presionando contra la parte posterior de sus piernas, y un escalofrío recorrió su columna. No era solo deseo—era algo más profundo, algo que la hacía preguntarse si, después de esa noche, algo volvería a ser igual. —No esperaba encontrarte —murmuró él, los labios rozando su oreja—. No así. —Yo tampoco. —Cerró los ojos, dejando que la sensación de sus manos explorándola lentamente la envolviera—. Pero quizá no deberíamos esperar nada. Un silencio cómodo se instaló entre ellos, roto solo por el sonido de la respiración de Lucas, que ahora se ralentizaba, como si estuviera a punto de dormirse de nuevo. Mariana, sin embargo, estaba completamente despierta, los sentidos agudizados por su proximidad, por el peso de su cuerpo contra el suyo, por el recuerdo aún vivo de cada toque, cada gemido, cada momento en que se habían perdido el uno en el otro. Se giró lentamente, los cuerpos deslizándose juntos hasta quedar frente a frente. Los ojos de él estaban entrecerrados, pero podía ver el brillo oscuro de sus pupilas, aún dilatadas por la noche de placer. Lucas levantó la mano y apartó un mechón de cabello húmedo de su frente, los dedos demorándose en su sien, como si quisiera memorizar cada detalle. —Eres hermosa —dijo, la voz tan baja que parecía un secreto—. Así, con el cabello despeinado, la piel marcada por mis dedos… Mariana sonrió, sintiendo el rostro enrojecer—. Tú tampoco estás nada mal. —Pasó la punta de los dedos por su mandíbula, sintiendo la barba incipiente arañando su piel—. Especialmente con esa cara de quien acaba de ser bien follado. Lucas soltó una risa ronca, atrayéndola más cerca hasta que sus cuerpos estuvieron completamente alineados—. Hablas como si eso fuera un cumplido. —¿Y no lo es? —Arqueó una ceja, sintiendo su miembro endurecerse contra su vientre—. Creo que deberías sentirte orgulloso. Él no respondió con palabras. En cambio, capturó sus labios en un beso lento, profundo, como si quisiera demostrar que aún había mucho más por explorar. Mariana gimió suavemente contra su boca, los dedos enredándose en su cabello oscuro. El sabor de él ya le era familiar—una mezcla de whisky, de deseo y de algo exclusivamente suyo. Cuando se separaron, ambos estaban jadeantes—. Podría pasar el día entero haciendo esto —murmuró él, los labios rozando los de ella entre las palabras. —¿Haciendo qué? —Fingió inocencia, aunque sabía exactamente de qué estaba hablando. —Besándote. Tocándote. —Deslizó la mano por su costado, presionándola más contra sí—. Haciendo que gimas mi nombre otra vez. Mariana sintió un calor extenderse entre sus piernas, el recuerdo de los gritos que había soltado durante la noche aún fresco en su mente—. Eres un hombre de apetitos voraces, arquitecto. —Solo cuando se trata de ti. —Mordisqueó suavemente su labio inferior, luego lo soltó con un chasquido suave—. Y aún no he terminado. Ella debería estar exhausta. Debería querer dormir, o al menos ducharse y lavar el sudor de la noche. Pero su cuerpo respondía al de él de una manera que iba más allá de la razón. Cuando Lucas la atrajo hacia arriba, posicionándola sobre sí, Mariana no resistió. Se sentó sobre sus caderas, sintiendo su erección presionando contra su sexo, y un gemido escapó de sus labios antes de que pudiera contenerlo. —Dios —gruñó él, los dedos clavándose en sus caderas—. Eres insaciable. —Tú me haces así. —Se inclinó hacia adelante, los pechos rozando su torso, y capturó su boca en un beso hambriento—. Ni siquiera me reconozco. Lucas gimió contra sus labios, las manos deslizándose para agarrar sus pechos, los pulgares rodeando sus pezones ya endurecidos—. Entonces no te reconozcas. —Levantó las caderas, presionándose contra ella de una manera que la hizo arquearse—. Solo déjame mostrarte lo bueno que puede ser. Mariana no necesitaba más invitaciones. Se levantó ligeramente, posicionándose sobre él, y descendió lentamente, sintiéndolo llenarla centímetro a centímetro. Los dos gimieron al unísono, los cuerpos ajustándose como si hubieran sido hechos el uno para el otro. Ella comenzó a moverse, primero despacio, saboreando la sensación de tenerlo dentro, luego acelerando el ritmo a medida que el placer crecía. Lucas la observaba con los ojos entrecerrados, las manos firmes en sus caderas, guiándola, animándola—. Dios, Mariana… —gimió, los dientes apretados—. Eres perfecta. Ella no respondió. No podía. Las palabras se habían perdido en algún lugar entre el placer y la necesidad, reemplazadas por sonidos guturales que escapaban de su garganta con cada movimiento. Se sentía poderosa, sentada sobre él, controlando el ritmo, sintiéndolo temblar bajo su cuerpo. Pero entonces Lucas se sentó, envolviéndola con los brazos, y la posición cambió. Ahora era él quien marcaba el ritmo, las caderas levantándose para encontrarse con las de ella en embestidas profundas y precisas. —Así —murmuró, los labios rozando su oreja—. Córrete para mí. Mariana no pudo resistir. El orgasmo la golpeó como una ola, haciendo que todo su cuerpo se contrajera alrededor de él. Gritó, las uñas clavándose en sus hombros mientras el placer la consumía. Él la sostuvo con fuerza, continuando moviéndose dentro de ella hasta que, con un gemido ronco, encontró su propia liberación, el cuerpo temblando mientras se derramaba dentro de ella. Por un largo momento, los dos permanecieron inmóviles, los corazones latiendo desbocados, las respiraciones entrecortadas. Mariana se derrumbó sobre su pecho, sintiendo sus brazos envolviéndola en un abrazo apretado. Él besó la parte superior de su cabeza, los labios demorándose en su cabello húmedo. —No quiero que esto termine —confesó, la voz baja, casi como si estuviera hablando consigo mismo. Mariana levantó la cabeza, mirándolo—. ¿Quién dijo que tiene que terminar? Lucas sonrió, una sonrisa lenta y satisfecha que hizo que algo dentro de ella se apretara—. Tienes razón. —La hizo rodar hacia un lado, manteniéndola cerca, los cuerpos aún conectados—. Todavía tenemos el amanecer. Ella se acurrucó contra él, sintiendo el calor de su piel, el olor del sexo aún en el aire. Afuera, la ciudad comenzaba a despertar, los primeros rayos de sol iluminando las paredes de la habitación. Pero allí, entre las sábanas, el tiempo parecía haberse detenido. No había prisa, no había obligaciones, no había nada más que ellos dos, ese momento, esa conexión que ninguno de los dos sabía cómo explicar. —Mariana —murmuró Lucas, los dedos trazando círculos perezosos en su espalda. —¿Hmm? —Esto… —Vaciló, como si buscara las palabras correctas—. No fue solo sexo. Ella levantó la cabeza de nuevo, encontrando su mirada—. Ya lo sé. Y lo sabía. Porque, a pesar de toda la pasión, de todo el deseo, había algo más allí. Algo que la hacía querer quedarse, incluso cuando el sol ya estaba alto en el cielo. Algo que la hacía pensar que, quizá, esa noche no fuera solo una noche. Lucas la atrajo más cerca, besándola con una ternura que contrastaba con la intensidad de la noche anterior—. Entonces no dejemos que lo sea. Mariana sonrió contra sus labios, sintiendo el corazón desbordarse—. No lo haremos. Y mientras el sol nacía afuera, se entregaron una vez más, esta vez despacio, saboreando cada toque, cada suspiro, cada segundo que los acercaba aún más. Porque algunas noches no estaban hechas para terminar. Estaban hechas para comenzar.

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