Fuego en el Estante

Por Tonkix
**Fuego en el Estante** La lluvia caía en cortinas pesadas sobre la ciudad, un velo grisáceo que convertía las calles en ríos improvisados. Lara aceleró el paso, los tacones hundiéndose en los charcos que se formaban entre las piedras del empedrado, la tela fina del vestido adhiriéndose a sus muslos con cada ráfaga de viento. El paraguas, inútil contra la furia del temporal, colgaba de su mano como un peso muerto. Cuando divisó la fachada de la librería *Palabras & Páginas*, un suspiro de alivio escapó de sus labios entreabiertos. Empujó la puerta de vidrio con el hombro, y la campanilla sobre ella tintineó, anunciando su llegada. El interior era un refugio. El olor a papel envejecido se mezclaba con el aroma del café recién hecho y la madera pulida, una combinación que la envolvió como un abrazo. Lara sacudió su cabello castaño, esparciendo gotitas por el aire, y pasó los dedos por los mechones húmedos, alisándolos hacia atrás. El vestido, ahora pegado a la piel, dejaba poco a la imaginación, pero no le importó. Después de todo, ¿quién estaría allí para notarlo? La librería parecía desierta, excepto por una figura masculina inclinada sobre una mesa de exposición en el rincón más alejado. Daniel no levantó la vista de inmediato. Estaba absorto en un libro de arquitectura renacentista, las páginas abiertas revelando bocetos de catedrales que parecían brotar del papel. Los dedos largos, acostumbrados a dibujar líneas precisas en proyectos, pasaban las páginas con una delicadeza casi reverente. La luz ámbar de la lámpara sobre la mesa destacaba los contornos de su rostro—mandíbula marcada, nariz recto, una sombra de barba que le daba un aire de descuido calculado. Llevaba una camisa de lino azul claro, las mangas arremangadas hasta los codos, y pantalones de sarga que caían perfectamente sobre sus caderas estrechas. Lara se quitó los zapatos mojados, dejándolos junto a la puerta, y caminó descalza por el suelo de madera, los dedos de los pies hundiéndose en la gastada alfombra persa. El calor del ambiente contrastaba con el frío húmedo de afuera, y ella tembló, no de frío, sino por la sensación de estar siendo observada. Se volvió hacia el escaparate, fingiendo admirar la lluvia, y aprovechó para lanzar una mirada discreta hacia el hombre. Él aún no la había visto. O, si la había visto, no dio señal. Lara mordió su labio inferior, evaluándolo. No era el tipo de hombre que solía llamar su atención—no había nada de ostentación en él, ningún reloj llamativo o corte de cabello meticuloso. Pero había algo en la manera en que se movía, lento y deliberado, como si cada gesto fuera parte de una coreografía ensayada. Y esas manos. Lara imaginó cómo serían sosteniendo un lápiz, trazando líneas en un papel, o quizás— Un trueno retumbó afuera, haciéndola saltar. Daniel levantó la vista, por fin, y sus miradas se encontraron por un segundo que pareció extenderse. Lara sintió el rostro arder, como si la hubieran pillado en flagrante, pero él solo sonrió, una sonrisa leve, casi imperceptible, antes de volver su atención al libro. Ella respiró hondo y se acercó a los estantes. Necesitaba algo para distraer la mente, algo que le impidiera quedarse allí, parada, mirando a un desconocido como si fuera la última página de una novela inacabada. Pasó los dedos por los lomos de los libros, sintiendo la textura del cuero, del papel cartón, de la tela gastada. Novela histórica. No. Poesía. Tal vez. Se detuvo frente a una edición de *Sonetos de Camões*, la cubierta de terciopelo rojo descolorido por el tiempo. Lo abrió al azar y leyó en voz baja: *"El amor es fuego que arde sin verse..."* Las palabras resonaron en su mente, cargadas de una ironía que no pudo ignorar. Amor. Fuego. Dos cosas que había aprendido a tratar con cautela. Cerró el libro con un chasquido suave y lo devolvió al estante. — Ese es uno de mis favoritos. La voz de Daniel la sorprendió. Profunda, con un timbre ligeramente ronco, como si hubiera pasado la noche anterior en un bar, hablando de cosas que no importaban. Lara se volvió lentamente, encontrándolo ahora a pocos pasos de distancia, los ojos verdes—verdes como el musgo después de la lluvia—fijos en ella. — ¿En serio? — respondió, intentando sonar casual. — Siempre pensé que Camões exageraba un poco. — ¿Exageraba? — Él arqueó una ceja, divertido. — ¿O solo decía la verdad? — La verdad es subjetiva — replicó ella, cruzando los brazos. El movimiento hizo que el escote del vestido se abriera ligeramente, y notó cómo la mirada de él descendía por una fracción de segundo antes de volver a su rostro. — ¿Qué estás leyendo? Daniel dudó, como si estuviera decidiendo si debía o no compartir. Luego, extendió el libro hacia ella. *La Arquitectura del Deseo: Espacios que Seducen*. El título, en letras doradas, parecía brillar bajo la luz. — Interesante — murmuró Lara, pasando los dedos por la cubierta. — ¿Y qué hace un arquitecto con un libro así? — Investigación — respondió él, acercándose un poco más. El aroma de su colonia—algo cítrico, con un toque de sándalo—llegó hasta ella, mezclándose con el aroma del café que venía del fondo de la librería. — Estoy diseñando una casa para un cliente que quiere que cada habitación cuente una historia. Que seduzca. — ¿Y cómo se seduce con arquitectura? — Con luz — dijo él, bajando la voz un tono. — Con texturas. Con espacios que invitan al tacto. — Hizo una pausa, los ojos recorriendo su rostro antes de posarse en sus labios. — Con la promesa de que, si entras, no querrás salir. Lara sintió que le faltaba el aire. ¿Era una provocación? ¿O solo una conversación inocente entre dos desconocidos en una librería? Debería haber respondido algo ingenioso, cambiado de tema, pero las palabras parecían haberse disuelto en la humedad del aire. — ¿Y tú? — preguntó Daniel, rompiendo el silencio. — ¿Qué hace una editora en una librería en un día de lluvia? — Esconderme — admitió, antes de poder contenerse. — De la lluvia, del trabajo, de mí misma. Él rio, un sonido bajo y cálido. — ¿Y está funcionando? — Todavía no. Los dos se quedaron allí, quietos, el espacio entre ellos cargado de algo que ninguno de los dos se atrevía a nombrar. La lluvia golpeaba contra los cristales, un ritmo constante que parecía acompañar los latidos del corazón de Lara. Podía sentir el calor del cuerpo de él, incluso a distancia, como si el aire entre ellos se hubiera convertido en una corriente eléctrica. — Hay una cafetería aquí atrás — dijo Daniel, finalmente. — Si quieres esconderte mejor. Lara dudó. Aceptar un café significaba prolongar ese momento, dejar que la tensión entre ellos creciera hasta un punto sin retorno. Pero rechazarlo sería admitir que tenía miedo. — Me encantaría — respondió, sonriendo. Él extendió la mano, indicando el camino. Lara pasó junto a él, sintiendo el roce leve de sus cuerpos, como si el simple acto de moverse uno al lado del otro fuera una danza ensayada. Y cuando sus dedos se tocaron, por accidente, ambos fingieron no notar el escalofrío que recorrió sus pieles. La lluvia seguía afuera, implacable. Pero dentro de la librería, el fuego ya comenzaba a arder. El primer libro se le escapó de los dedos a Lara antes de que se diera cuenta. Era un volumen de tapa dura, encuadernado en cuero envejecido, con letras doradas que brillaron bajo la luz amarillenta de la librería en el instante en que resbaló entre sus dedos. El sonido fue mínimo—el lomo golpeando el suelo como un suspiro contenido—pero suficiente para que sintiera el rubor subir por su cuello. Antes de que pudiera agacharse, otros dos libros siguieron el mismo camino, cayendo en cascada sobre la alfombra gastada, esparciéndose en un abanico desordenado a sus pies. Fue entonces cuando lo vio. Daniel estaba a unos pasos de distancia, absorto en la contemplación de un libro de arquitectura gótica, las páginas abiertas revelando arcos ojivales y vitrales que parecían absorber la luz del ambiente. Pero algo lo hizo levantar la vista—quizás el movimiento brusco, quizás el sonido ahogado de la caída. Sus miradas se encontraron en el mismo instante en que el último libro caía, y Lara sintió que el aire se le atascaba en los pulmones. Él no sonrió de inmediato. Primero, hubo solo ese segundo de reconocimiento mudo, como si ambos supieran, sin palabras, que algo acababa de cambiar. Luego, lentamente, las comisuras de su boca se curvaron, no en una risa, sino en algo más íntimo, casi cómplice. Lara bajó la vista por un instante, fingiendo concentrarse en los libros esparcidos, pero el calor en sus mejillas la delató. — Lo siento — murmuró, agachándose para recoger los volúmenes. — No suelo ser tan torpe. Daniel se acercó en dos zancadas, doblando las rodillas a su lado con una naturalidad que la hizo contener la respiración. Sus dedos rozaron los de ella cuando ambos extendieron la mano para tomar el mismo libro—*El Perfume*, de Süskind, la cubierta negra con letras plateadas que reflejaban la luz como un espejo. Lara retiró la mano, como si se hubiera quemado. — Yo ayudo — dijo él, la voz baja, casi un susurro. — Los libros tienen esa manera de escaparse cuando menos lo esperamos. Ella levantó la vista, encontrando de nuevo los ojos de él. Eran castaños, pero no un castaño común—había matices de ámbar y miel, como si la luz de la librería se hubiera filtrado en sus iris. Lara se dio cuenta, con un sobresalto, de que lo estaba mirando demasiado. — Sí — asintió, intentando sonar casual. — O cuando estamos distraídos. — ¿Distraídos con qué? — preguntó él, tomando uno de los volúmenes y dándole vueltas entre las manos. — ¿Con la lluvia? ¿Con la falta de café? ¿O con algo... más interesante? La pregunta quedó suspendida en el aire, cargada de una intención que Lara no se atrevió a descifrar. Mordió su labio inferior, sintiendo el sabor metálico del labial que se había aplicado horas antes, sin saber que terminaría allí, agachada en el suelo de una librería desconocida, intercambiando frases de doble sentido con un extraño. — Quizás con las dos primeras — respondió, finalmente. — La tercera aún no lo sé. Daniel rio, un sonido grave y cálido que reverberó en su pecho. Lara notó, por primera vez, cómo la camisa de él—un lino azul claro, ligeramente arrugado—se ajustaba a sus hombros, delineando músculos que no eran de gimnasio, sino de alguien acostumbrado a cargar más que libros. Él extendió la mano para ayudarla a levantarse, y Lara dudó antes de aceptarla. Cuando sus dedos se tocaron, una corriente eléctrica recorrió su brazo, tan intensa que casi dejó escapar un suspiro. — Lara — dijo ella, como si su nombre fuera una confesión. — Daniel. El apretón de manos duró un segundo más de lo debido. Cuando se soltaron, Lara sintió la ausencia del contacto como una pérdida. — ¿Trabajas aquí? — preguntó, intentando disimular el temblor en su voz mientras miraba alrededor, como si la librería pudiera ofrecer alguna respuesta. — No — rio él, negando con la cabeza. — Solo un cliente frecuente. ¿Y tú? — Editora. Iba a una reunión cuando me sorprendió la lluvia. — Las reuniones son terribles — comentó él, recogiendo el último libro del suelo y entregándoselo. — Especialmente cuando interrumpen algo mejor. Lara sostuvo el volumen contra su pecho, como si fuera un escudo. *El Perfume* parecía más pesado ahora, como si las palabras dentro hubieran adquirido un nuevo significado. — ¿Y qué sería mejor? — preguntó, desafiándolo con la mirada. Daniel no respondió de inmediato. En cambio, se inclinó ligeramente hacia adelante, como si fuera a compartir un secreto. Lara sintió su aroma—sándalo y algo cítrico, como bergamota—y tuvo que controlarse para no cerrar los ojos e inhalar profundamente. — Depende — murmuró. — A veces, solo se trata de estar en el lugar correcto, en el momento correcto. Ella supo que no estaba hablando de la librería. Un silencio se instaló entre ellos, roto solo por el sonido de la lluvia golpeando contra las ventanas. Lara notó que aún estaban agachados, demasiado cerca, las rodillas casi tocándose. Si se inclinaba solo unos centímetros, sus labios encontrarían los de él. La idea la asustó y la excitó en igual medida. — ¿Siempre hablas con enigmas? — preguntó, intentando aliviar la tensión. — Solo cuando la situación lo requiere — respondió él, sonriendo. — Y esta parece requerirlo. Lara rio, un sonido ligero que resonó entre los estantes. Daniel extendió la mano nuevamente, esta vez no para ayudarla a levantarse, sino para apartar un mechón de cabello que se había escapado del moño desordenado en su nuca. El contacto fue breve, pero suficiente para que sintiera la aspereza de sus dedos, callosos de quien trabaja con las manos. — Tienes tinta en la cara — dijo él, en voz baja. — ¿Qué? — Aquí — indicó, rozando el pulgar justo debajo de su pómulo. — Azul. Debe ser de cuando tiraste los libros. Lara llevó la mano al rostro, pero él le sujetó la muñeca antes de que pudiera frotar. — Déjala — pidió. — Te queda bien. Ella no supo qué responder. La librería parecía haberse encogido a su alrededor, los estantes cerrándose como paredes de un laberinto del que no querían escapar. La lluvia afuera seguía, implacable, pero allí dentro, el aire estaba denso, cargado de algo que ninguno de los dos se atrevía a nombrar. Daniel se levantó primero, extendiendo la mano para ayudarla. Lara aceptó, sintiendo la fuerza en sus dedos cuando la levantó. Por un instante, sus cuerpos quedaron demasiado cerca—ella podía sentir el calor irradiando de él, ver el pulso acelerado en la base de su cuello. Él no se apartó. — ¿Te gusta el arte? — preguntó él de repente, como si la pregunta fuera lo único que pudiera romper el hechizo. — Depende — respondió ella, repitiendo sus palabras. — Del tipo. — ¿Del tipo que te hace olvidar respirar? Lara sonrió, sintiendo el corazón latir más rápido. — Ese tipo, sí. Daniel sostuvo su mirada un segundo más, luego se volvió, caminando hacia los estantes del fondo. Lara lo siguió, sintiendo la alfombra suave bajo los pies, el olor a papel viejo y café débil mezclándose con su perfume. Cuando él se detuvo frente a un estante lleno de libros de arte, ella se dio cuenta de que ya no estaba pensando en la reunión que había perdido, ni en la lluvia que la había atrapado allí. Solo había espacio para él. Y para la pregunta que ardía en su mente: *¿Qué pasa ahora?* La lluvia golpeaba contra las ventanas de la librería con una persistencia casi lasciva, como si cada gota fuera un dedo recorriendo el cristal, insistente, húmedo, implacable. El sonido amortiguado se mezclaba con el suave crepitar del calefactor en el rincón, el susurro de las páginas al ser pasadas por otros clientes, el lejano tintineo de tazas en la cafetería. Lara y Daniel se habían alejado del estante de arte, pero no el uno del otro—no del todo. Ahora estaban apoyados en el mismo estante de literatura extranjera, los hombros casi tocándose, mientras hojeaban libros que ninguno de los dos realmente leía. — ¿Has leído *El amor en los tiempos del cólera*? — preguntó Daniel, sosteniendo un ejemplar de cubierta amarillenta entre los dedos. Su voz era baja, casi conspirativa, como si compartiera un secreto. Lara inclinó la cabeza, observando la manera en que la luz ámbar de la lámpara sobre ellos realzaba los hilos plateados en sus sienes. — Dos veces. La primera cuando tenía dieciocho, creyendo que era una historia de amor. La segunda a los veinticinco, dándome cuenta de que era sobre paciencia. — ¿Y ahora? — murmuró él, acercándose un centímetro más. — ¿Ahora? — Ella sonrió, sintiendo el calor subir por su cuello. — Creo que es sobre cómo el deseo nunca envejece. Solo se disfraza mejor. Daniel rio, un sonido grave y ronco que hizo que algo dentro de ella se contrajera. — Tienes una teoría para todo, ¿no? — Solo para las cosas importantes. — Lara cerró el libro que no estaba leyendo y lo devolvió al estante. — ¿Y tú? ¿Cuál es tu novela favorita? Él dudó, como si la pregunta requiriera más que una respuesta simple. — *La insoportable levedad del ser*. Pero no por la razón que todos citan. — ¿Ah, no? — Ella arqueó una ceja. — ¿Entonces cuál es? — Porque Kundera escribe sobre el peso del cuerpo. — Daniel bajó la voz, y sus dedos rozaron los de ella al tomar otro libro del estante. — Sobre cómo la piel recuerda lo que la mente intenta olvidar. Cómo un toque puede ser más verdadero que cualquier palabra. Lara contuvo la respiración. El aire entre ellos parecía espeso, cargado de algo que ninguno de los dos se atrevía a nombrar. — ¿Y tú crees eso? — ¿En días como hoy? — Él la miró, los ojos oscuros reflejando la luz dorada. — Sí. Ella desvió la mirada primero, fingiendo interés en un volumen de poemas de Neruda. — ¿Viajas mucho? — preguntó, intentando aliviar la tensión, pero la pregunta salió más íntima de lo que pretendía. — Lo suficiente para saber que los mejores lugares son aquellos a los que no planeas ir. — Daniel apoyó el codo en el estante, inclinándose ligeramente hacia ella. — ¿Y tú? — Colecciono ciudades como algunas personas coleccionan libros. — Lara hojeó una página al azar, sin leer. — Cada una tiene un olor, un ritmo. París huele a pan fresco y gasolina. Estambul a especias y mar. Tokio a electricidad y té verde. — ¿Y aquí? — preguntó él, la voz casi un susurro. — ¿A qué huele este lugar? Ella cerró los ojos por un segundo, inhalando profundamente. — A papel viejo, café quemado y... — dudó — ...algo más. Algo que no logro definir. — Quizás sea el olor de la lluvia colándose por las rendijas — sugirió Daniel, pero sus ojos no se apartaron de los de ella. — O el olor de algo que comienza — murmuró Lara, antes de poder contenerse. El silencio que siguió fue cargado, interrumpido solo por el sonido de la lluvia golpeando más fuerte, como si el cielo también estuviera conteniendo la respiración. Daniel extendió la mano, no para tocarla, sino para ajustar el cuello de su suéter, un gesto tan casual que podría haber pasado desapercibido—si no fuera por la manera en que sus dedos se demoraron un segundo más en la curva de su cuello. — ¿Tienes frío? — preguntó, aunque sabía que no era eso. — No — respondió Lara, la voz ronca. — Tengo calor. Él sonrió, lento y peligroso. — Yo también. El espacio entre ellos se redujo sin que ninguno de los dos se moviera. Lara podía sentir el calor del cuerpo de él, la manera en que su respiración se aceleraba, como si estuviera corriendo una maratón invisible. Se preguntó si él también podía sentir el ritmo descompasado de su propio corazón, si notaba cómo le temblaban las manos al sostener el libro. — ¿Has estado en Lisboa? — preguntó Daniel de repente, como si necesitara un ancla. — Una vez. — Lara se aferró al cambio de tema como a un salvavidas. — En invierno. Llovía tanto que las calles parecían ríos. — Yo viví allí seis meses. — Él se acercó más, ahora tan cerca que ella podía ver las pequeñas cicatrices en la línea de su mandíbula, los labios ligeramente agrietados por el frío. — Trabajaba en un proyecto de restauración en el Barrio Alto. Por las noches, después del trabajo, solía subir al Miradouro de Santa Luzia solo para escuchar el sonido de la ciudad. — ¿Y qué escuchabas? — El viento en los árboles. El tintineo de los tranvías. — Hizo una pausa, los ojos fijos en los de ella. — Y a veces, el sonido de alguien respirando a mi lado. Lara tragó saliva. — ¿Y te gustaba? — Depende. — La mano de él rozó la suya nuevamente, esta vez a propósito. — De quién estuviera respirando. Ella debería haberse apartado. Debería haber dado un paso atrás, sonreído educadamente y cambiado de tema. Pero su cuerpo no obedecía. En cambio, se inclinó ligeramente hacia adelante, como atraída por un imán, y sus rodillas se tocaron. Un contacto mínimo, casi inocente—si no fuera por la corriente eléctrica que recorrió su piel. — Daniel — comenzó, pero las palabras murieron en su garganta cuando él levantó la mano y, con una lentitud agonizante, apartó un mechón de cabello que había caído sobre su rostro. Sus dedos rozaron su sien, su mejilla, la comisura de su boca, y Lara sintió que todo su cuerpo se erizaba. — ¿Qué? — preguntó él, la voz ronca. — Nada. — Mintió. — Solo... esta lluvia. Él rio bajito, un sonido que vibró en algún lugar profundo dentro de ella. — La lluvia no tiene nada que ver con esto. Y entonces, sin aviso, se inclinó aún más, hasta que sus frentes casi se tocaron. Lara podía sentir el aliento cálido de él contra sus labios, oliendo a café y algo más dulce, como vainilla. Sus ojos se cerraron por instinto, y supo—supo—que él iba a besarla. Pero en lugar de eso, Daniel retrocedió lo suficiente para que el momento se alargara, torturante, delicioso. — ¿Quieres un café? — preguntó, como si no acabara de incendiar cada terminación nerviosa de su cuerpo. Lara abrió los ojos, aturdida. — ¿Qué? — Café. — Él sonrió, sabiendo exactamente el efecto que sus palabras tenían. — La cafetería de aquí es pequeña, pero hacen un cappuccino decente. Ella debería haber dicho que no. Debería haber inventado una excusa, cualquier cosa. Pero la verdad era que no quería irse. No todavía. No cuando cada célula de su cuerpo gritaba por más de ese juego peligroso. — Cappuccino, entonces — aceptó, la voz saliendo más firme de lo que se sentía. Daniel sonrió, satisfecho, y le ofreció el brazo como un caballero de otra época. Lara aceptó, entrelazando los dedos con los suyos, y el contacto fue como una descarga eléctrica. Mientras caminaban hacia el fondo de la librería, notó que la lluvia afuera se había vuelto más intensa, más salvaje—como si el cielo también estuviera perdiendo el control. Y quizás, pensó Lara, mientras el calor de la mano de él se extendía por su cuerpo, eso no fuera tan malo. La cafetería de la librería era un rincón olvidado por el tiempo, escondido entre estantes de libros raros y una pared de vidrio empañada por la lluvia. El espacio apenas albergaba cuatro mesas de madera oscura, desgastadas por el uso, y un mostrador donde una máquina de café italiana gorgoteaba suavemente, exhalando un aroma denso a granos tostados. La luz amarillenta de las lámparas de hierro fundido creaba círculos de calor en el ambiente, como si cada mesa fuera un pequeño escenario de intimidad. Daniel retiró una silla para Lara, el gesto suave, casi reverente. Ella se sentó, las piernas rozando ligeramente la tela áspera de su falda, y observó mientras él rodeaba la mesa para ocupar el asiento frente a ella. El movimiento fue lento, deliberado, como si cada paso formara parte de una danza que solo ellos dos conocían. Cuando se acomodó, sus rodillas se tocaron bajo la mesa, un contacto breve, pero suficiente para hacer vibrar el aire entre ellos. — ¿Lo tomas con azúcar? — preguntó él, inclinándose ligeramente hacia adelante, los codos apoyados en la mesa. Su voz era baja, casi un murmullo, como si compartiera un secreto. Lara negó con la cabeza, los dedos jugando con la correa de su bolso sobre el regazo. — Solo un poco de canela. Si tienen. — Siempre hay. — Él sonrió, y la comisura de sus ojos se arrugó de una manera que hizo que el estómago de ella diera un vuelco. — Me gusta pensar que la canela es el condimento de la paciencia. Algo que no se apresura, que deja que el sabor se revele poco a poco. Ella rio, un sonido ligero, casi sorprendido. — ¿Eso es una metáfora de algo? — Quizás. — Daniel se levantó, pero no antes de dejar que sus dedos rozaran levemente el hombro de ella al pasar. El contacto fue rápido, casi imperceptible, pero Lara sintió el calor extenderse por su piel como tinta derramada. — O quizás solo me gusta cómo la canela hace que el café sea más peligroso. Mientras él se alejaba hacia el mostrador, Lara dejó que sus ojos recorrieran el ambiente, intentando distraerse del hormigueo que aún persistía donde él la había tocado. La lluvia golpeaba contra el vidrio en oleadas pesadas, transformando el mundo exterior en una pintura borrosa. Dentro de la cafetería, sin embargo, el aire era cálido, denso, cargado con el olor a papel viejo y café recién hecho. Cruzó las piernas, sintiendo el roce de las medias contra su piel, y se preguntó si él notaría lo mucho que le temblaban las manos cuando regresara. Daniel colocó las tazas sobre la mesa con cuidado, como si estuvieran hechas de porcelana fina. El cappuccino de Lara tenía un dibujo perfecto de espuma en forma de hoja, salpicado con canela. El de él, negro y sin adornos, parecía más una declaración de intenciones. — ¿No decoras el tuyo? — preguntó ella, levantando la taza con ambas manos, sintiendo el calor filtrarse en sus palmas. — No me gustan las distracciones. — Él llevó la taza a los labios, los ojos fijos en los de ella por encima del borde. — Prefiero concentrarme en lo que realmente importa. Lara tomó un sorbo, dejando que el líquido caliente se deslizara por su garganta. El sabor era intenso, amargo al principio, pero con un rastro dulce que persistía. — ¿Y qué es lo que importa, Daniel? Él bajó la taza lentamente, los dedos aún envolviendo la porcelana como si no quisiera soltarla. — Creo que lo sabes. El silencio que siguió fue cargado, interrumpido solo por el sonido de la lluvia y el zumbido lejano de la máquina de café. Lara sintió que su corazón latía más fuerte, como si intentara escapar de su pecho. Desvió la mirada hacia la ventana, pero la oscuridad afuera solo reflejaba a los dos, sentados tan cerca que sus sombras se fundían. — ¿Viajas mucho? — preguntó ella, intentando romper la tensión, pero su voz salió más ronca de lo que pretendía. — Cuando puedo. — Daniel se recostó en la silla, los dedos tamborileando ligeramente sobre la mesa. — La arquitectura es una profesión que exige ver el mundo. Cada lugar tiene su propio lenguaje, una forma de contar historias sin palabras. — ¿Y cuál ha sido la historia más bonita que has escuchado? Él sonrió, como si la pregunta lo hubiera tomado por sorpresa. — Una vez, en Lisboa, conocí a un viejo que reparaba libros en Alfama. Me dijo que cada página rasgada era una vida que necesitaba ser remendada. — Hizo una pausa, los ojos oscuros brillando bajo la luz amarillenta. — Creo que tenía razón. Libros, personas... a veces, todo lo que necesitamos es alguien que sepa coser los pedazos. Lara sintió un escalofrío recorrer su espalda. — ¿Siempre hablas así? — ¿Así cómo? — Como si cada palabra fuera una invitación. Daniel se inclinó hacia adelante nuevamente, las rodillas presionando las de ella bajo la mesa. Esta vez, no hubo retroceso. — ¿Y si lo es? Ella no respondió. En cambio, llevó la taza a los labios una vez más, pero no bebió. Solo mantuvo la mirada fija en la de él, sintiendo cómo el calor del café se mezclaba con el calor que subía por su cuello. El mundo a su alrededor parecía haberse encogido, reducido a ese pequeño círculo de luz, a ese hombre cuyos ojos prometían cosas que ella ni siquiera se atrevía a nombrar. — Lara — murmuró él, y el sonido de su nombre en la voz de él fue como un roce. — Estás temblando. No lo había notado, pero era cierto. Las manos, antes firmes, ahora temblaban ligeramente alrededor de la taza. — Es el frío — mintió. Daniel no dijo nada. Solo extendió la mano sobre la mesa, los dedos flotando a centímetros de los de ella, como si pidiera permiso. Lara no se movió. No retrocedió. Y cuando él finalmente tocó su mano, fue como si una corriente eléctrica recorriera todo su cuerpo. — No es el frío — dijo él, la voz ronca. — Es lo mismo que hace que mis dedos tiemblen cuando estoy cerca de ti. Ella debería haberse apartado. Debería haberse acordado de que estaban en un lugar público, de que cualquiera podría entrar y verlos. Pero la verdad era que no quería. No cuando el pulgar de él comenzó a trazar círculos lentos sobre la piel sensible de su muñeca, no cuando cada movimiento enviaba ondas de placer por su brazo, no cuando sus ojos la mantenían cautiva como si fuera lo único que importaba en el mundo. — ¿Qué estamos haciendo? — susurró, más para sí misma que para él. Daniel sonrió, una sonrisa lenta y peligrosa. — Creo que estamos dejando que el café se enfríe. Y entonces, sin aviso, se levantó, tirando suavemente de su mano. Lara se puso de pie sin resistencia, los dedos entrelazados con los de él, el cuerpo respondiendo antes de que la mente pudiera protestar. Él la guió lejos de la mesa, lejos de la luz, hasta un rincón más oscuro de la cafetería, donde un estante alto los ocultaba parcialmente del resto del mundo. — Daniel... — comenzó ella, pero las palabras murieron cuando él la empujó contra la madera fría del estante, el cuerpo presionando el de ella con una urgencia controlada. — Shhh — murmuró él, los labios flotando sobre los de ella, tan cerca que podía sentir el calor de su aliento. — Solo dime que tú también sientes esto. Lara no necesitó responder. La forma en que arqueó el cuerpo contra el de él, la manera en que sus dedos se enredaron en el cuello de su camisa, lo dijo todo. Daniel gimió bajito, un sonido que vibró contra su boca antes de que sus labios se encontraran. Y entonces, por fin, la besó. No fue un beso suave. No fue un beso de vacilación. Fue un beso hambriento, desesperado, como si los dos hubieran pasado años esperando ese momento. Lara sintió el sabor del café y la canela en la lengua de él, mezclado con algo más primitivo, más salvaje. Las manos de Daniel se deslizaron por su espalda, acercándola más, mientras las de ella se enredaban en su cabello, sujetándolo como si temiera que fuera a desaparecer. Cuando se separaron, ambos estaban sin aliento. Lara apoyó la frente contra la de él, los ojos cerrados, intentando recuperar el aliento. — Esto fue... — comenzó, pero no encontró las palabras. — Inevitable — completó Daniel, la voz ronca. Ella abrió los ojos y lo vio sonreír, una sonrisa que era a la vez triunfal y llena de promesas. Y entonces, sin aviso, él tomó su mano nuevamente, pero esta vez no hubo vacilación. Esta vez, la arrastró fuera de la cafetería, de vuelta al laberinto de estantes, hacia un lugar donde la luz era más tenue y las sombras más generosas. — ¿Adónde vamos? — preguntó ella, aunque ya sabía la respuesta. Daniel miró hacia atrás, los ojos oscuros brillando con una intensidad que hizo que su corazón se acelerara. — A algún lugar donde podamos terminar lo que empezamos. La mano de Daniel aún ardía en la suya, incluso después de soltarla para pasar la página del libro abierto entre ellos. Lara observaba los dedos largos, ligeramente callosos, trazando el contorno de un grabado en sepia—una mujer de perfil, los labios entreabiertos como si susurrara secretos al viento. El papel era áspero bajo las yemas de sus dedos, e imaginó cómo sería esa textura contra su piel, en lugares donde el contacto no estuviera mediado por tinta y palabras. — Mira — murmuró él, inclinándose más cerca. El aliento cálido rozó su oreja, y Lara contuvo la respiración. — Aquí, la sombra de su cuello... es casi líquida. Ella no respondió. No podía. La voz de él, baja y ronca, se había infiltrado en sus huesos, como si cada sílaba fuera un hilo que la acercaba más. El libro temblaba ligeramente entre ellos, y se dio cuenta de que era su mano, no la de él, la que oscilaba. Daniel levantó la vista, encontrando sus ojos, y por un segundo el mundo se redujo a ese espacio mínimo entre sus rostros, al olor a café y papel viejo, al sonido amortiguado de la lluvia golpeando contra las ventanas de la librería. — Estás temblando — dijo él, y no era una pregunta. Lara mordió su labio inferior, sintiendo el sabor metálico del labial que se había aplicado horas antes. — Es el frío — mintió. Daniel sonrió, lento, como si supiera exactamente lo que estaba haciendo. Luego, deliberadamente, tomó su mano nuevamente, pero esta vez no para señalar nada en el libro. Sus dedos se entrelazaron con los de ella, palma contra palma, y el calor fue inmediato, casi insoportable. Lara sintió el pulso acelerarse en su garganta, en sus sienes, entre sus piernas. — No es el frío — susurró él, acercándose aún más. Su rodilla rozó la de ella, y no se apartó. — Es el mismo calor que yo estoy sintiendo. Ella debería haber dicho algo ingenioso. Debería haber desviado la mirada, o reído, o hecho cualquier cosa que no fuera lo que hizo a continuación. Pero cuando él inclinó el rostro, los labios a centímetros de los suyos, Lara no pensó. Solo actuó. Lo atrajo por el cuello de la camisa, sintiendo cómo la tela almidonada cedía bajo sus dedos, y unió su boca a la de él. Fue como sumergirse en agua caliente después de un invierno entero. Los labios de Daniel eran suaves, pero firmes, y respondieron al beso con un hambre que la hizo gemir bajito. Él la atrajo contra sí, una mano en la base de su columna, la otra enredada en su cabello, y Lara sintió que el mundo giraba. El libro cayó al suelo con un golpe sordo, las páginas esparciéndose como hojas al viento, pero a ninguno de los dos le importó. — Joder — murmuró él contra su boca, la voz quebrada. — Estaba intentando ser un caballero. Lara rio, un sonido húmedo y entrecortado, y mordió el labio inferior de él. — ¿Desde cuándo lo eres? Daniel no respondió con palabras. En cambio, la empujó suavemente contra el estante, el metal frío de los estantes presionando su espalda. Sus manos se deslizaron hacia abajo, agarrando sus muslos, y Lara enredó las piernas alrededor de su cintura sin pensar. El vestido se subió, exponiendo la piel sensible a la aspereza de su jeans, y arqueó el cuerpo, buscando más contacto. — Necesitamos ir a algún lado — dijo él, los labios recorriendo su mandíbula, su garganta, el valle entre sus pechos. — Antes de que haga algo que nos haga ser expulsados de aquí. Lara asintió, pero no lo soltó. No podía. Cada célula de su cuerpo estaba sintonizada con él, con el olor a sándalo y sudor limpio, con el peso de su cuerpo contra el de ella, con la manera en que sus dedos apretaban su carne como si temiera que se desvaneciera. — El almacén — logró decir, entre besos. — Al fondo. Daniel no dudó. Con un movimiento rápido, la levantó en brazos, las manos firmes bajo sus nalgas, y Lara soltó un gritito sorprendido que se transformó en risa cuando la llevó por el pasillo estrecho, esquivando pilas de libros y clientes distraídos. Escondió el rostro en su cuello, inhalando profundamente, mientras sentía el ritmo de sus pasos acelerarse. El almacén era pequeño, apenas iluminado por una bombilla amarillenta que colgaba del techo. Cajas de libros apiladas formaban paredes improvisadas, y el aire olía a papel viejo y madera húmeda. En cuanto la puerta se cerró tras ellos, Daniel la empujó contra ella, los cuerpos pegados de la boca a las rodillas. — ¿Tienes idea de lo que me estás haciendo? — preguntó él, la voz un gruñido bajo. Sus manos se deslizaron bajo el vestido de ella, los dedos encontrando el encaje de su ropa interior. — Desde que te vi tirar esos libros, solo puedo pensar en cómo sería tenerte así. Lara gimió cuando la tocó, los dedos trazando círculos lentos sobre la tela húmeda. — Entonces deja de pensar — susurró, tirando de su camisa para sacarla del pantalón. — Y hazlo. Daniel no necesitó más incentivo. Con un movimiento rápido, la giró de espaldas, empujándola contra la puerta, y Lara sintió la madera fría contra sus pezones endurecidos. Sus manos subieron por sus muslos, levantando el vestido, y entonces su ropa interior fue arrancada con un suave desgarro. — Dios — murmuró él, los dedos explorándola sin prisa. — Estás empapada. Lara mordió su hombro para ahogar un gemido. — Es tu culpa. — Lo sé — dijo él, y entonces su boca reemplazó a sus dedos, la lengua caliente e insistente, y Lara tuvo que agarrarse al estante de al lado para no caer. Las piernas le temblaban, las rodillas le fallaban, y cuando la penetró con dos dedos, curvándolos en el ángulo correcto, llegó al clímax con un grito ahogado, todo su cuerpo contrayéndose. Daniel no se detuvo. La giró nuevamente, esta vez de frente a él, y la levantó, sus piernas envolviendo su cintura. Lara sintió la presión de su erección contra su sexo, aún palpitante, y mordió su labio. — Te quiero — dijo, las palabras saliendo entrecortadas. — Ahora. Él no respondió. En cambio, abrió la cremallera de su pantalón con una mano, mientras la otra la sostenía firme. Lara sintió el calor de su miembro contra su entrada, y entonces, con un movimiento lento y deliberado, la penetró. El gemido que escapó de ella fue primitivo, casi animal. Daniel se detuvo por un segundo, los ojos cerrados, como si estuviera conteniéndose, y luego comenzó a moverse. Lento al principio, cada embestida profunda y calculada, pero pronto el ritmo se aceleró, los cuerpos chocando uno contra el otro con una urgencia que hacía temblar los estantes. — Más rápido — pidió Lara, las uñas clavándose en su espalda. — Por favor. Daniel obedeció. La empujó contra la pared, las manos sujetando sus caderas con fuerza, y aumentó el ritmo, cada embestida más fuerte que la anterior. Lara sintió que el orgasmo se construía nuevamente, una ola que comenzaba en los dedos de sus pies y subía, subía, hasta explotar en un grito que él ahogó con su boca. Su cuerpo se contrajo alrededor de él, y Daniel gimió, los movimientos volviéndose erráticos, hasta que llegó al clímax con un gruñido ronco, el rostro enterrado en su cuello. Por un largo momento, los dos se quedaron allí, jadeantes, los cuerpos aún unidos. Lara sentía el corazón de él latiendo contra el suyo, acelerado, y pasó los dedos por el cabello húmedo de su nuca. — Esto fue... — comenzó, pero no pudo terminar. Daniel levantó la cabeza, los ojos oscuros brillando. — Todavía no ha terminado — dijo, y entonces la besó nuevamente, lento y profundo, mientras sus manos comenzaban a explorar su cuerpo como si tuvieran todo el tiempo del mundo. Lara sonrió contra su boca. La noche apenas comenzaba. La lluvia había disminuido hasta convertirse en un murmullo constante contra el cristal de la puerta de la librería, un sonido que parecía acompañar el ritmo de los latidos aún acelerados de Lara. Se ajustó la correa del bolso en el hombro, sintiendo cómo la tela húmeda de la blusa se adhería levemente a su piel, como si el aire cargado de humedad se hubiera infiltrado en cada poro. Daniel estaba a su lado, los dedos aún cálidos donde habían tocado su cintura momentos antes, cuando la había atraído para darle un último beso lento, como si quisiera memorizar su sabor antes de dejarla ir. — Vas a resfriarte — murmuró él, pasando el pulgar por el contorno de su labio inferior, como si no pudiera resistirse a tocarla una última vez. Lara sonrió, sintiendo el calor subir por su cuello. — Me gusta la lluvia. — A mí también — respondió él, pero sus ojos no estaban en el cielo grisáceo afuera. Estaban en ella, recorriendo su rostro como si cada detalle fuera una página que no quería cerrar. — Pero prefiero cuando cae mientras estoy en un lugar cálido. Contigo. Ella rio, bajito, y el sonido se mezcló con el lejano tintineo de tazas en la cafetería, ahora casi vacía. La librería estaba en silencio, solo el zumbido de las luces fluorescentes y el olor a papel viejo y café recién hecho llenaban el espacio entre ellos. Lara miró los estantes, los libros que habían sido testigos de todo lo ocurrido allí, y sintió un pinchazo de nostalgia antes incluso de irse. — Debería irme — dijo, pero no se movió. Las palabras sonaron como una pregunta, y Daniel lo entendió. — Te acompaño al coche. — No es necesario. — Quiero hacerlo. Ella no discutió. La verdad era que no quería que la noche terminara. No todavía. Caminaron uno al lado del otro hasta la puerta, los hombros rozándose levemente, como si ninguno de los dos pudiera mantener una distancia segura. El aire afuera estaba frío, pero Lara apenas lo sintió. El calor del cuerpo de Daniel a su lado era suficiente para mantenerla abrigada. La lluvia había lavado el asfalto, dejándolo brillante bajo la luz de los faroles, y las gotas que caían de los toldos de las tiendas creaban una cortina casi translúcida, como si el mundo hubiera sido envuelto en un velo. — ¿Dónde estacionaste? — preguntó él, la voz baja, como si no quisiera romper el hechizo del momento. — A dos cuadras por allí — señaló con la cabeza hacia la calle lateral. — Pero no es necesario... — Lara. Ella se detuvo y se volvió hacia él. La luz amarillenta del farol iluminaba la mitad del rostro de Daniel, dejando la otra mitad en sombras, como si fuera dos personas: el hombre que acababa de conocer y aquel que ya sentía que conocía desde hacía años. — Quiero — repitió él, y había algo en la forma en que lo dijo, algo que hizo que el estómago de ella se contrajera. Caminaron en silencio, los pasos resonando en la acera vacía. La lluvia caía en hilos finos, mojando el cabello de Lara, deslizándose por su cuello, pero no le importó. Cada gota parecía una caricia, un recordatorio de que el mundo exterior aún existía, aunque, en ese momento, solo importara el espacio entre ellos. Cuando llegaron al coche, Lara se volvió hacia Daniel, dubitativa. — Bueno... — comenzó, pero las palabras murieron en su garganta. Él sonrió, lento, como si supiera exactamente lo que ella estaba pensando. — Bueno — repitió, dando un paso adelante, reduciendo la distancia entre ellos. — No quiero que esto termine aquí. — Yo tampoco. — Bien. Él tomó su rostro entre las manos, los pulgares acariciando sus pómulos, y Lara cerró los ojos por un instante, dejándose hundir en el contacto. Cuando los abrió nuevamente, Daniel la miraba con una intensidad que la hizo contener la respiración. — Dame tu teléfono — pidió él, la voz ronca. Ella buscó en su bolso, los dedos temblando levemente, y sacó el móvil. Daniel lo tomó, marcó su número y llamó a su propio teléfono, dejando que sonara una vez antes de colgar. Luego, se lo devolvió, pero no soltó su mano. — Te llamaré — prometió. — ¿Cuándo? — Mañana. — ¿Tan pronto? — No puedo esperar más. Lara rio, pero el sonido salió ahogado, porque Daniel la atrajo para darle otro beso. Esta vez fue diferente. No había prisa, no había la urgencia del deseo que los había consumido en el almacén de la librería. Era lento, profundo, como si estuviera intentando grabar su sabor en la memoria. Cuando se apartó, Lara sintió que sus labios hormigueaban, como si él hubiera dejado una marca invisible allí. — Mañana — repitió ella, como si necesitara escuchar la palabra para creerlo. — Mañana — confirmó él, dando un paso atrás, pero sin soltar su mano. — Te llevaré a cenar. — ¿Dónde? — A algún lugar donde no tengamos que escondernos. Ella sonrió, sintiendo que su corazón latía más fuerte. — Me gustan los lugares donde hay que esconderse. Daniel soltó una risa baja, y el sonido vibró en su pecho, tan cerca que Lara sintió el calor extenderse por su cuerpo. — A mí también — admitió. — Pero esta vez, quiero verte a la luz del día. Quiero saber cómo suena tu risa cuando no estamos entre cuatro paredes. Lara mordió su labio, sintiendo cómo el deseo se enroscaba en su vientre. — ¿Y qué más quieres saber? Él inclinó la cabeza, los ojos oscuros brillando bajo la luz del farol. — Todo. Cómo tomas el café. Si duermes abrazada o te extiendes por toda la cama. Qué libro estás leyendo ahora. Si roncas. — ¡Yo no ronco! — Apuesto a que sí. — Te lo estás inventando. — Quizás — admitió él, atrayéndola más cerca, hasta que sus cuerpos encajaron perfectamente. — Pero lo descubriré. Lara rio, y el sonido se perdió en la lluvia. — Eres imposible. — Y a ti te gusta. Ella no lo negó. En cambio, levantó el rostro y lo besó nuevamente, esta vez con más urgencia, como si quisiera demostrarse a sí misma que aquello era real. Daniel correspondió, las manos deslizándose por su espalda, atrayéndola contra sí, y por un momento, Lara olvidó que estaban en la calle, olvidó que la noche estaba fría, olvidó todo, excepto la sensación de sus labios sobre los de ella. Cuando se separaron, los dos estaban sin aliento. — Realmente debo irme — murmuró ella, pero no hizo ademán de entrar en el coche. — Lo sé — respondió él, pero tampoco se movió. Se quedaron allí, quietos, mirándose, como si estuvieran tratando de memorizar cada detalle antes de separarse. Lara pasó los dedos por el cabello de Daniel, sintiendo la humedad de la lluvia en los mechones, y él cerró los ojos por un instante, como si el contacto fuera demasiado. — Mañana — dijo ella, finalmente. — Mañana — repitió él, dando un paso atrás. Lara entró en el coche, encendió el motor y bajó la ventanilla. Daniel se acercó, apoyando los brazos en la ventana, y ella extendió la mano, tocando su rostro una última vez. — Conduce con cuidado — pidió él. — Lo haré. — Y llámame cuando llegues a casa. — ¿Te quedarás ahí hasta que me vaya? — Quizás. Ella sonrió. — Eres ridículo. — Y a ti te encanta. Ella no lo negó. En cambio, se inclinó por la ventanilla y lo besó una vez más, rápido, antes de acelerar. Daniel se quedó en la acera, observando cómo las luces traseras desaparecían en la curva, y solo entonces Lara permitió que la realidad la alcanzara. La radio estaba encendida en una estación de jazz, y la música suave llenó el silencio del coche. Ajustó el retrovisor, viendo su propio reflejo—los labios hinchados, los ojos brillantes, el cabello ligeramente despeinado. Parecía otra persona. O quizás, por fin, ella misma. La lluvia seguía cayendo, lavando las marcas de los neumáticos en el asfalto, borrando los rastros de esa noche como si nunca hubieran existido. Pero Lara sabía que algunas cosas no podían ser lavadas. Algunas cosas permanecían. Sonrió para sí misma, sintiendo aún el cuerpo hormiguear, y aceleró, ansiosa por llegar a casa y soñar con el mañana.

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