Fuego bajo la Lluvia
Por Tonkix

**Fuego bajo la Lluvia**
El bar olía a madera húmeda y cerveza derramada, un aroma que se pegaba a las paredes como un secreto antiguo. La tormenta afuera caía en cortinas gruesas de agua, golpeando contra el vidrio de la fachada con la furia de quien no quería ser ignorada. Dentro, sin embargo, el mundo parecía suspendido—solo el zumbido bajo de la nevera, el tintineo ocasional de un vaso siendo lavado en la barra, y el sonido amortiguado de la lluvia, como si alguien hubiera arrojado una manta sobre la ciudad.
Lara empujó la puerta con el hombro, sintiendo el peso del día escurrirse por sus brazos junto con las gotas que goteaban del abrigo. La tela empapada se pegaba a la piel, fría e incómoda, pero ella apenas lo notaba. Estaba acostumbrada a ignorar las incomodidades—era parte del oficio, después de todo. Abogada penalista, especializada en casos que dejaban marcas invisibles, pasaba los días entre declaraciones tensas, estrategias de defensa y clientes que la miraban como si fuera la última tabla de salvación antes del naufragio. Hoy, sin embargo, había sido diferente. Hoy, el juez había suspendido la audiencia por "falta de pruebas concluyentes", un eufemismo para "vamos a alargar esto hasta que alguien se canse y acepte un acuerdo de mierda". Lara odiaba los acuerdos. Y odiaba aún más cuando la justicia se arrastraba como un animal herido.
Sacudió la cabeza con fuerza, esparciendo gotitas por el aire, y el movimiento hizo que los mechones mojados de su cabello castaño oscuro se soltaran del moño improvisado. Cayeron sobre sus hombros en mechas rebeldes, algunas pegándose a la nuca, otras escurriéndose por la espalda. El barman, un hombre de mediana edad con ojos cansados y un tatuaje descolorido en el antebrazo, alzó una ceja al verla.
—¿Día malo? —preguntó, secando un vaso con un trapo que ya había visto días mejores.
—Peor que eso —respondió ella, colgando el abrigo en el gancho junto a la puerta—. Es como si el universo hubiera decidido que hoy era el día de recordarme que no controlo una mierda.
El barman soltó una risa ronca y empujó una servilleta hacia ella.
—Bienvenida al club. ¿Qué va a tomar?
—Algo fuerte. Y que no exija que piense.
Él asintió y se volvió hacia el estante de bebidas, dejando a Lara observar el ambiente. El bar era pequeño, casi íntimo, con mesas de madera oscura y bancos altos que crujían bajo el peso de los pocos clientes. En el rincón más alejado, una pareja de ancianos compartía una botella de vino y un silencio cómodo, mientras cerca de la rocola, un hombre solitario tamborileaba los dedos en la barra, los ojos fijos en algún punto más allá del vaso frente a él.
Y entonces estaba *él*.
Daniel estaba sentado en una mesa cerca de la ventana, la guitarra apoyada en su regazo como si fuera una extensión de su cuerpo. Llevaba una camisa a cuadros descolorida, las mangas arremangadas hasta los codos, revelando antebrazos marcados por venas sutiles y una pulsera de cuero trenzado en la muñeca izquierda. El cabello, castaño claro y ligeramente ondulado, caía sobre la frente en mechas que parecían haber sido despeinadas por el viento—o por dedos impacientes. No la miraba directamente, pero Lara sintió el peso de su interés como un toque físico, algo que la hizo enderezar la postura sin darse cuenta.
No era solo la manera en que la observaba, sin embargo. Era *cómo* la observaba. No con la curiosidad perezosa de quien evalúa a una desconocida, sino con la atención de quien ya había imaginado cómo sería pasar los dedos por ese cabello mojado, sentir el peso de sus labios contra los suyos. Lara conocía esa clase de mirada. Ya la había visto en los tribunales, en los ojos de los acusados que la miraban como si ella fuera lo único entre ellos y la libertad. Pero nunca lo había sentido *en ella*—esa corriente eléctrica que recorría la piel, ese calor que subía por la nuca.
Daniel inclinó la cabeza levemente, como si estuviera escuchando algo más allá de la lluvia, y entonces sus labios se curvaron en una sonrisa lenta, casi imperceptible. Alzó la mano en un gesto discreto, solo un movimiento de los dedos, y Lara sintió el aire quedarse atrapado en su garganta.
El barman regresó con la bebida—un whisky puro, ámbar y humeante—y ella agarró el vaso como si fuera un ancla. Bebió un trago largo, sintiendo el líquido quemar su garganta y extenderse por el pecho en una ola de calor. Cuando bajó el vaso, Daniel aún la observaba, ahora con una expresión que mezclaba diversión y algo más oscuro, más urgente.
Lara sostuvo su mirada un segundo más de lo debido, antes de girarse bruscamente y caminar hacia el baño. Necesitaba un momento. Necesitaba respirar. Pero, incluso con la puerta cerrada tras de sí, el eco de esos ojos verdes la acompañaba, como si hubieran dejado una marca en su piel. Apoyó las manos en el lavabo y miró su reflejo en el espejo empañado.
*¿Quién diablos eres?*, pensó, pasando los dedos por sus labios. *¿Y por qué no puedo dejar de pensar en cómo sería besarte?*
Afuera, la lluvia seguía cayendo, implacable. Y, en algún lugar entre el bar y la tormenta, algo estaba a punto de comenzar.
La puerta del baño se abrió con un crujido suave, y Lara salió sintiendo el aire frío del pasillo pegar la tela húmeda del vestido contra su piel. El bar seguía casi vacío, solo el zumbido bajo de la música y el tintineo ocasional de vasos llenaban el silencio. Pero, cuando alzó la vista, ahí estaba él—Daniel, apoyado en la barra con la guitarra a su lado, los dedos tamborileando distraídamente sobre la madera barnizada. La vio antes de que pudiera apartar la mirada, y una sonrisa lenta se dibujó en su rostro, como si ya supiera que ella volvería.
—Ese whisky debe haber sido fuerte —dijo, la voz baja, casi íntima, como si compartieran un secreto—. Desapareciste antes de que pudiera ofrecerte una segunda ronda.
Lara arqueó una ceja, sintiendo el calor del alcohol aún quemando en sus venas.
—¿Y quién dijo que quería una segunda ronda?
—Ah, pero yo no hablaba del whisky. —Se apartó de la barra, los pasos lentos, calculados, como si cada movimiento fuera parte de una coreografía ensayada—. Hablaba de otra cosa. Algo que calienta más que la bebida.
Ella cruzó los brazos, pero no pudo evitar que una sonrisa se le escapara. Había algo en él—en la manera en que sus ojos verdes brillaban bajo la luz amarillenta, en cómo la camisa negra se ajustaba a sus hombros anchos, en el modo despreocupado con que ocupaba el espacio, como si el mundo entero fuera su escenario. Lara nunca había sido de dejarse llevar por hombres así, pero en ese momento se sentía como una cuerda tensa, lista para vibrar al menor toque.
—¿Siempre eres así? —preguntó, la voz más suave de lo que pretendía—. ¿Tan… directo?
Daniel se detuvo a pocos pasos de ella, lo suficientemente cerca como para que pudiera oler el jabón mezclado con el leve aroma a sudor y cuero de la guitarra. Inclinó la cabeza, los labios curvándose en una sonrisa que era pura provocación.
—Solo cuando la situación lo pide. Y, Lara, la situación lo está pidiendo.
Ella rio, un sonido corto y sorprendido, y sacudió la cabeza.
—No sabes ni mi nombre.
—No necesitas saber el nombre de una mujer para darte cuenta de cuándo está a punto de ahogarse en algo más interesante que una tormenta. —Extendió la mano, los dedos largos y callosos de quien pasa horas pulsando cuerdas—. Daniel.
Lara dudó un segundo antes de colocar su mano en la de él. Su piel estaba caliente, áspera en algunos puntos, y el apretón fue firme, seguro. Cuando él llevó su mano a los labios, no fue un beso—solo un roce suave, como si probara el aire entre ellos.
—Lara —dijo ella, y su nombre salió más ronco de lo que esperaba.
—Lara —repitió él, como si probara el sonido en su lengua—. Me gusta. Te queda bien.
—¿Y cómo soy exactamente?
—Intensa. —Soltó su mano, pero no se apartó—. Como el primer sorbo de un buen whisky. Quema, pero no puedes parar.
Ella debería haber respondido algo ingenioso, algo que lo pusiera en su lugar. Pero las palabras murieron en su garganta cuando él se acercó aún más, el cuerpo casi rozando el suyo. La lluvia afuera golpeaba contra las ventanas, un ritmo constante que parecía acompañar los latidos de su propio corazón.
—Estás temblando —murmuró él, los ojos fijos en los suyos.
—Es el frío.
—No es el frío.
Lara no lo negó. No podía. Porque, de hecho, no era el frío lo que hacía que sus manos temblaran levemente, ni el aire acondicionado del bar lo que le erizaba la piel. Era él. La proximidad. La manera en que la miraba, como si ya supiera exactamente lo que ella quería, incluso antes de que ella misma lo admitiera.
Daniel sonrió, como si hubiera ganado una apuesta silenciosa, y se volvió hacia la barra.
—¿Qué estás tomando?
—Whisky. Puro.
—Clásica. —Hizo una señal al barman, que ya conocía el gesto, y en segundos dos vasos humeantes aparecieron entre ellos—. Pero yo prefiero algo con un poco más de… dulzura.
Empujó uno de los vasos hacia ella—el mismo whisky de antes—y alzó el suyo, un líquido ámbar con una rodaja de naranja flotando en la superficie.
—Prueba.
Lara dudó, pero terminó cediendo. El primer sorbo fue suave, casi seductor, el sabor cítrico bailando en su lengua antes de mezclarse con el calor del alcohol.
—¿Te gustó? —preguntó él, observándola con atención.
—Es diferente.
—¿Diferente bueno o diferente malo?
—Bueno. —Tomó otro sorbo, sintiendo el líquido descender por su garganta como miel caliente—. Pero aún prefiero el mío puro.
Daniel rio, un sonido grave y ronco, e inclinó el cuerpo sobre la barra, los codos apoyados en la madera.
—Eres terca.
—Y tú eres insistente.
—Solo cuando vale la pena.
El barman trajo un plato con aperitivos—aceitunas negras, quesos curados, láminas finas de jamón—y Daniel empujó el plato hacia ella.
—Come. Vas a necesitar energía.
Lara tomó una aceituna, los dedos rozando los suyos por accidente. O quizá no fuera un accidente. Su piel estaba caliente, y el contacto, por más breve que fuera, envió un escalofrío por su columna.
—¿Energía para qué? —preguntó, intentando sonar casual.
—Para lo que viene después.
Ella debería haberse apartado. Debería haber terminado la bebida, pagado la cuenta y salido de allí antes de que las cosas se fueran demasiado lejos. Pero, en lugar de eso, Lara se encontró inclinándose también, los labios casi tocando el borde del vaso mientras sostenía su mirada.
—¿Y qué viene exactamente después?
Daniel no respondió de inmediato. En cambio, extendió la mano y pasó el pulgar por la comisura de su boca, recogiendo una gota del líquido ámbar. Lara contuvo la respiración cuando él llevó el dedo a sus labios, probándola sin apartar los ojos.
—Esto —murmuró, la voz ronca—. Viene después de esto.
El bar pareció encogerse a su alrededor, la música, la lluvia, el mundo entero reducido a ese momento, a esa mesa, a ese juego de miradas y toques sutiles. Lara sintió el calor subir por su cuello, las piernas débiles bajo el vestido húmedo. Quería provocarlo, desafiarlo, pero las palabras se perdieron cuando él se acercó aún más, la boca a centímetros de la suya.
—Estás jugando sucio —susurró.
—Nunca dije que jugaría limpio.
Antes de que pudiera responder, su mano se deslizó por su nuca, los dedos enredándose en el cabello aún húmedo por la lluvia. Lara cerró los ojos por un segundo, sintiendo el peso de esa mano, la firmeza del gesto. Cuando los abrió, Daniel sonreía, pero ya no era una sonrisa de provocación. Era algo más peligroso. Algo que prometía placer y entrega.
—Te reto —dijo él, la voz baja, casi un susurro.
—¿A qué?
—A tocar algo para mí.
Lara parpadeó, sorprendida.
—¿Eres músico?
—A veces. —Se apartó lo justo para tomar la guitarra, los dedos ya posicionados en las cuerdas—. ¿Y tú? ¿Has oído a alguien tocar solo para ti?
Ella negó con la cabeza, sin poder apartar los ojos de sus manos, de la manera en que los dedos se movían con precisión sobre las cuerdas.
—No así.
—Entonces déjame mostrarte cómo es.
La primera nota resonó en el bar, clara y vibrante, llenando el espacio entre ellos. Lara sintió el sonido reverberar en su pecho, como si cada cuerda pulsada fuera una caricia. Daniel no apartó los ojos de ella mientras tocaba, y el mundo a su alrededor pareció desaparecer—solo quedó la música, la lluvia y el calor que crecía entre ellos, insoportable, inevitable.
Cuando la última nota se desvaneció, Lara se dio cuenta de que estaba conteniendo la respiración. Soltó el aire lentamente, los labios entreabiertos, y vio cómo la mirada de Daniel se oscurecía.
—Ahora es mi turno —dijo, la voz ronca.
—¿De qué?
—De retarte.
Él arqueó una ceja, intrigado.
—Te escucho.
Lara sonrió, lenta y deliberadamente, e inclinó el cuerpo hacia adelante, los labios casi rozando su oreja.
—Enséñame qué más saben hacer estas manos.
El aire entre ellos ya no era solo aire—era algo denso, eléctrico, como el instante antes de que un rayo parta el cielo. Lara sentía el peso de esa mirada sobre ella, la manera en que Daniel la observaba no como a una desconocida en un bar, sino como si ya supiera el sabor de su piel, el sonido que haría cuando la tocara. Y ella, que había pasado el día entero entre escritos y audiencias, entre voces ásperas y plazos implacables, ahora se veía atrapada en ese juego de miradas, en ese desafío mudo que hacía que su cuerpo hormigueara.
Él extendió el vaso hacia ella, whisky con hielo, la superficie del líquido reflejando la luz ámbar de la lámpara. Lara dudó un segundo, los dedos flotando en el aire antes de envolver el cristal frío. Fue un toque breve, casi accidental, pero suficiente para que una corriente recorriera su brazo, subiera por su cuello y se instalara en su nuca como un escalofrío. Daniel no retiró la mano de inmediato. Sus dedos permanecieron allí, rozando levemente los suyos, como si probara, como si preguntara si ella retrocedería.
Ella no retrocedió.
—¿Siempre tocas así para desconocidas? —preguntó Lara, la voz baja pero firme, los labios rozando el borde del vaso mientras tomaba un sorbo. El whisky le quemó la garganta, pero no tanto como la manera en que él la miraba.
Daniel sonrió, lento, las comisuras de los ojos arrugándose en pequeñas líneas que delataban noches de poco sueño y mañanas perezosas.
—Solo cuando la desconocida en cuestión parece a punto de desafiarme a un duelo.
Ella rio, un sonido corto y sorprendido, y el ruido de la lluvia contra las ventanas pareció ahogar todo lo demás, como si el mundo se hubiera encogido hasta caber solo en esa mesa, en ese momento.
—¿Un duelo? —Lara alzó una ceja—. ¿Y qué gano si gano?
—Lo que quieras. —La respuesta llegó fácil, casi perezosa, pero sus ojos brillaron con algo más afilado, algo que hizo que el estómago de Lara se contrajera.
Ella tomó otro sorbo, dejando que el silencio se extendiera, saboreando la tensión que crecía entre ellos como una cuerda a punto de romperse. Entonces, con un movimiento deliberado, dejó el vaso sobre la mesa e inclinó el cuerpo hacia adelante, los codos apoyados en la madera, los dedos entrelazados bajo el mentón.
—Tócame algo.
No era una petición. Era una orden, suave pero innegable. Y Daniel, que había pasado la vida entera resistiéndose a las órdenes, sintió algo dentro de sí ceder, como una cuerda de guitarra estirada hasta el límite.
—¿Cualquier cosa? —preguntó, la voz ronca.
—Cualquier cosa que me haga olvidar que estoy mojada, con frío, y que mañana tengo que levantarme a las seis para una reunión con un cliente que odio.
Él rio, pero sus ojos no se apartaron de los de ella mientras acercaba la guitarra, ajustando la correa sobre su hombro. Lara observó cada movimiento, la manera en que los músculos de sus brazos se flexionaban bajo la camisa de algodón, la forma en que sus dedos—aquellos mismos dedos que habían pulsado las cuerdas con tanta precisión—ahora se posicionaban sobre el instrumento como si ya supieran exactamente qué hacer.
—Cierra los ojos —murmuró.
—¿Por qué?
—Porque quiero que sientas. No solo que escuches.
Lara dudó, pero la curiosidad fue más fuerte. Cerró los ojos, y el mundo se redujo a sonidos: el repiqueteo de la lluvia, el crujido de la silla de Daniel cuando se acomodó, el sonido de su propia respiración, acelerada. Entonces, la primera nota.
Era una melodía que no conocía, pero que le resultaba familiar, como si ya la hubiera soñado. Las notas se desplegaban en el aire, lentas, sinuosas, envolviéndola como un abrazo. Lara sintió el sonido vibrar en su pecho, en las costillas, en los huesos, como si cada cuerda pulsada fuera un dedo recorriendo su piel. Abrió los ojos sin querer, atraída por una fuerza que no podía explicar, y encontró la mirada de Daniel fija en ella, intensa, hambrienta.
Él no solo estaba tocando. Estaba tocando *para ella*.
—¿Te gustan los desafíos, no? —preguntó, la voz baja, casi perdida entre las notas.
Lara no respondió. En cambio, extendió la mano y, con la punta de los dedos, tocó el dorso de la mano de él, allí donde la piel se encontraba con las cuerdas. Daniel dejó de tocar por un segundo, el aire atrapado en su garganta, y Lara sintió el calor de esa mano, la textura ligeramente áspera de los callos de quien pasa horas practicando.
—Sigue —susurró.
Él obedeció.
La música se volvió más intensa, más urgente, y Lara sintió algo dentro de sí soltarse, como si todas las ataduras que la sujetaban—el trabajo, las obligaciones, el peso de ser siempre la persona responsable—se deshicieran una a una. Cuando la última nota se desvaneció, el silencio que siguió fue casi ensordecedor.
Lara abrió los ojos y encontró a Daniel observándola, los labios entreabiertos, la respiración ligeramente acelerada. Él aún sostenía la guitarra, pero su postura había cambiado—estaba más cerca, como si se hubiera inclinado hacia adelante sin darse cuenta.
—¿Y bien? —preguntó, la voz ronca—. ¿Lograste olvidar?
Lara no respondió de inmediato. En cambio, llevó la mano al rostro de él, los dedos trazando la línea de su mandíbula, la barba incipiente raspando levemente su piel. Daniel cerró los ojos por un segundo, como si saboreara el contacto, y cuando los abrió de nuevo, había algo salvaje en ellos, algo que hizo que el corazón de Lara latiera más rápido.
—No —admitió, la voz casi un susurro—. Pero ahora tengo otras cosas en qué pensar.
Daniel sonrió, lento, peligroso.
—¿Como qué?
Lara se inclinó hacia adelante, los labios casi rozando los de él, pero sin llegar a tocarse. Sintió el aliento cálido de Daniel contra su boca, la promesa de un beso que aún no había sucedido.
—Como qué más saben hacer estas manos —murmuró.
Y entonces, antes de que él pudiera responder, Lara se levantó, la silla crujiendo contra el suelo, y le tendió la mano.
—Ven conmigo.
Daniel tomó la mano de Lara como si estuviera hecha de algo frágil y precioso, pero la presión de sus dedos contra los suyos delataba una urgencia que no admitía delicadeza. Se levantó, dejando la guitarra abandonada contra la silla, y la arrastró consigo hacia el pasillo estrecho del fondo del bar, donde la luz amarillenta de las lámparas parpadeantes apenas llegaba. La música aún resonaba en las paredes, un ritmo lento y grave que parecía acompañar el compás acelerado de sus pasos.
El baño era pequeño, casi claustrofóbico, con azulejos verdes descoloridos y un espejo manchado de huellas. Una sola bombilla colgaba del techo, proyectando sombras alargadas sobre sus rostros cuando la puerta se cerró con un clic suave. Lara se apoyó en el lavabo, los dedos aún entrelazados con los de Daniel, pero ahora era él quien la atraía hacia sí, como si el espacio entre ellos fuera una ofensa personal.
—¿Tienes idea de lo que me estás haciendo? —murmuró, la voz ronca, los labios rozando el lóbulo de su oreja antes de descender por su cuello, cálidos y húmedos. Lara inclinó la cabeza hacia atrás, exponiendo la garganta, y sintió los dientes de él rozar levemente la piel sensible, arrancándole un escalofrío que recorrió su columna.
—Creo que sí —respondió, las manos subiendo hacia sus hombros, los dedos clavándose en la tela de la camisa—. Pero quiero oírte decirlo.
Daniel rio bajo, un sonido que vibró contra su clavícula antes de que su boca encontrara la de ella en un beso que no tenía nada de gentil. Era hambre pura, lengua contra lengua, dientes mordisqueando labios, como si quisieran devorarse el uno al otro allí mismo. Lara gimió contra su boca, el sonido ahogado por la música que se filtraba desde el salón, y lo atrajo más cerca, hasta que no hubo espacio entre sus cuerpos, solo calor y la presión insistente de su erección contra su cadera.
—Te deseo —admitió él, las palabras saliendo entre besos, las manos deslizándose por su espalda, atrayéndola contra sí con una posesividad que la hizo jadear—. Desde el momento en que te vi sacudiendo el cabello como si estuvieras desafiando a la maldita tormenta.
Lara sonrió contra sus labios, las uñas arañando levemente su nuca.
—¿Y siempre consigues lo que quieres?
—No —murmuró, los dedos encontrando el cierre del vestido, bajándolo con una lentitud torturante—. Pero estoy dispuesto a intentarlo.
El vestido se deslizó por sus hombros, cayendo en un montón de tela a sus pies, dejándola solo con la lencería negra, de encaje, el contraste de su piel pálida contra la tela oscura haciendo que Daniel contuviera la respiración. Él retrocedió un segundo, los ojos recorriendo cada curva, cada sombra, como si quisiera memorizar el momento. Lara no se movió, dejando que la mirara, sintiendo el poder de ese deseo crudo, casi animal, que ardía entre ellos.
—Joder —susurró, la mano temblando levemente al tocar su cintura, los dedos trazando círculos lentos sobre su piel—. Eres preciosa.
Lara tomó su rostro entre las manos, atrayéndolo de vuelta a un beso, más suave esta vez, pero no menos intenso. Las manos de Daniel descendieron por su espalda, encontrando el broche del sujetador, y con un movimiento rápido, lo abrió, dejándolo caer al suelo junto al vestido. Sus pechos se liberaron, pesados y firmes, los pezones ya rígidos de anticipación. Daniel no perdió tiempo—bajó la cabeza, capturando uno entre sus labios, la lengua rodeando la punta sensible mientras la mano libre apretaba el otro, los dedos pellizcando levemente.
Lara arqueó la espalda, un gemido escapando de sus labios, las uñas clavándose en sus hombros. La música de fondo ahogaba los sonidos, pero no lo suficiente—podía escuchar su propia respiración entrecortada, el sonido húmedo de sus labios contra su piel, el crujido del lavabo cuando se apoyó con más fuerza. Daniel cambió de posición, la boca descendiendo por su estómago, los dientes marcando levemente la piel antes de llegar al borde de las bragas.
—¿Puedo? —preguntó, la voz ronca, los dedos ya enganchados en el elástico.
Lara asintió, las piernas temblando levemente cuando él las bajó, dejándola completamente desnuda. Daniel no se apresuró—se arrodilló frente a ella, las manos sujetando sus muslos, los pulgares trazando círculos perezosos en la piel interna, cada vez más cerca del centro palpitante entre ellos. Lara mordió el labio, los dedos enredándose en su cabello, atrayéndolo más cerca sin pensar.
—Daniel… —susurró, su nombre saliendo como una súplica.
Él no necesitó más incentivo. Su boca encontró su clítoris con una precisión que la hizo estremecer, la lengua cálida y húmeda deslizándose sobre la carne sensible en movimientos lentos y deliberados. Lara gimió en voz alta, el sonido resonando en el baño diminuto, y Daniel la sujetó con más fuerza, las manos apretando sus muslos mientras la devoraba, cada movimiento de su lengua arrancándole más sonidos, más temblores, más deseo.
—Eso —murmuró ella, las piernas cediendo ligeramente—. Joder, eso…
Daniel gimió contra ella, el sonido vibrando en su sexo, y la sensación fue casi demasiado. Lara lo atrajo hacia arriba con urgencia, besándolo con fuerza, saboreándose a sí misma en su boca, mezclado con el sabor del whisky que aún persistía en sus labios. Las manos de él estaban por todas partes—en sus pechos, en su cintura, en sus nalgas, apretando, explorando, como si quisiera memorizar cada centímetro de ella.
—Te necesito dentro de mí —admitió, la voz ronca, las uñas arañando su espalda por encima de la camisa—. Ahora.
Daniel no dudó. Con un movimiento rápido, la levantó, sentándola en el borde del lavabo, las piernas abriéndose automáticamente para acomodarlo. Lara desabrochó su pantalón con manos temblorosas, bajándolo junto con el bóxer, liberando su erección dura y caliente que palpitaba contra su palma. Lo sujetó con firmeza, los dedos deslizándose por su longitud, sintiéndolo temblar bajo su toque.
—Mierda —gimió él, la frente apoyada en la de ella, los ojos cerrados—. Me vas a matar.
Lara sonrió, lenta y peligrosa, y lo guió hacia su interior con un movimiento suave de caderas. La sensación de plenitud fue inmediata, intensa, y ambos gimieron al unísono, los cuerpos ajustándose el uno al otro como si hubieran sido hechos para eso. Daniel sujetó sus nalgas con fuerza, atrayéndola más cerca, hundiéndose hasta el fondo, y entonces comenzó a moverse, cada embestida profunda y deliberada, cada gemido ahogado contra su cuello.
—Más —pidió Lara, las uñas clavándose en su espalda—. Más fuerte.
Daniel obedeció, los movimientos volviéndose más rápidos, más urgentes, los cuerpos chocando el uno contra el otro con una fuerza que hacía crujir el lavabo bajo ellos. Lara echó la cabeza hacia atrás, los labios entreabiertos en un gemido mudo, los músculos internos apretándolo con fuerza en cada embestida. Él mordió su hombro, ahogando su propio sonido, las manos deslizándose hacia sus pechos, apretándolos mientras seguía moviéndose dentro de ella.
—Eres tan deliciosa —murmuró, la voz quebrada—. Tan apretada… joder, Lara…
Ella no respondió—solo lo atrajo más cerca, besándolo con una ferocidad que los dejó sin aliento, los cuerpos sudorosos, los movimientos cada vez más descontrolados. El orgasmo la golpeó de repente, un calor intenso extendiéndose por su vientre, los músculos contrayéndose alrededor de él mientras gritaba contra su boca, el sonido ahogado por la música que aún resonaba en el bar. Él la sujetó con fuerza, continuando los movimientos, prolongando su placer hasta que sus propios gemidos se volvieron más altos, más desesperados, y entonces se corrió con un sonido gutural, hundiéndose profundamente en ella mientras temblaba.
Por un momento, no hubo nada más que sus respiraciones entrecortadas, los cuerpos aún unidos, el sudor mezclándose en su piel. Lara apoyó la frente en su hombro, los dedos trazando círculos perezosos en su espalda, sintiendo su corazón latir acelerado contra el suyo.
—Eso fue… —comenzó, pero no terminó la frase.
—Ya lo sé —murmuró él, besando la parte superior de su cabeza—. Pero aún no ha terminado.
Lara alzó el rostro, encontrando sus ojos, oscuros y llenos de promesas. Daniel sonrió, lento, y la atrajo para otro beso, suave esta vez, pero no menos intenso.
—Vamos a un lugar más cómodo —sugirió, la voz aún ronca—. Donde pueda mostrarte todo lo que estas manos saben hacer.
Lara no dudó. Se deslizó del lavabo, los pies tocando el suelo frío de los azulejos, y comenzó a vestirse, los movimientos lentos, deliberados, mientras Daniel la observaba con una mirada que prometía mucho más de lo que esa noche lluviosa podía contener.
La humedad del baño aún se pegaba a la piel de Lara cuando regresó a la mesa, los labios ligeramente hinchados y el cabello suelto en ondas húmedas que caían por su espalda. El aire estaba cargado, no solo por la tormenta afuera, sino por el peso de lo que acababa de suceder—y de lo que aún estaba por venir. Daniel la observaba desde lejos, los dedos tamborileando sobre la mesa de madera envejecida, como si intentara contener la electricidad que recorría su cuerpo. Cuando ella se acercó, él no dijo nada. Solo empujó el vaso vacío hacia ella, una invitación silenciosa para que se sentara.
Lara se deslizó en el banco de cuero gastado, sintiendo el calor residual de su cuerpo en el asiento. El bar seguía casi vacío, solo el barman secando vasos detrás de la barra y una pareja mayor en el rincón, ajenos a la tensión que vibraba entre ellos. La música de fondo—algo de blues, lento y melancólico—llenaba el espacio entre ellos, pero no lo suficiente para ahogar el sonido de la respiración de Daniel cuando ella cruzó las piernas, la tela de su falda rozando su muslo.
—Todavía estás mojada —murmuró él, los ojos descendiendo por el escote de su blusa, donde el encaje del sujetador apenas se contenía bajo la tela fina.
Lara sonrió, pasando la lengua por sus labios. —La lluvia no para.
—No —coincidió él, inclinándose hacia adelante, los codos apoyados en la mesa—. Pero nosotros sí podemos.
El olor a alcohol y madera envejecida se mezclaba con el perfume cítrico que emanaba de su piel, un contraste que hacía que Daniel apretara los dedos contra el vaso. Lara observó el movimiento, la forma en que los músculos de su antebrazo se contraían, y sintió un escalofrío recorrer su columna. Sabía lo que él estaba sugiriendo. Y, Dios, cómo quería decir que sí.
—¿Adónde? —preguntó, la voz baja, casi desafiante.
Daniel no respondió de inmediato. En cambio, extendió la mano sobre la mesa, los dedos rozando levemente los suyos antes de girar la palma hacia arriba, un gesto simple pero cargado de intención. Lara dudó un segundo—solo lo suficiente para que él notara su vacilación, el cálculo rápido de una mujer acostumbrada a controlar cada paso. Pero entonces, como si recordara que allí, en ese momento, no había contratos que firmar ni plazos que cumplir, entrelazó sus dedos con los de él.
—Mi apartamento —dijo él, finalmente—. Está a dos manzanas de aquí.
Ella alzó una ceja. —¿Tan cerca?
—La lluvia me pilló por sorpresa —admitió, una sonrisa perezosa dibujándose en sus labios—. Y ahora estoy agradecido por eso.
Lara rio, un sonido ligero que se perdió en el ruido de la tormenta. —¿Siempre eres tan seguro de ti mismo?
—Solo cuando tengo motivos para serlo.
Ella apretó su mano, sintiendo la aspereza de las cuerdas de la guitarra en las yemas de sus dedos. —¿Y los tienes?
Daniel no respondió con palabras. En cambio, se levantó, atrayéndola consigo con un movimiento fluido. Lara sintió que el mundo giraba por un segundo—no por el alcohol, sino por la manera en que él la miraba, como si ya la viera desnuda, tendida en su cama, las sábanas enredadas entre sus cuerpos. Él no soltó su mano mientras caminaban hacia la salida, los pasos sincronizados, como si bailaran al ritmo de la lluvia.
El aire afuera estaba denso, cargado de ozono y promesas. El agua caía en cortinas gruesas, pero a ninguno de los dos les importó. Daniel se detuvo un instante bajo el toldo del bar, volviéndose hacia ella con una media sonrisa.
—Te vas a empapar —dijo, como si fuera una constatación, no una preocupación.
Lara alzó el rostro hacia la lluvia, sintiendo las gotas escurrirse por su cuello, mojando el cuello de su blusa. —Ya lo estoy.
Él rio, bajo, y entonces, sin aviso, la atrajo hacia sí, las manos sujetando su rostro mientras la besaba allí mismo, en la acera, bajo la mirada indiferente de la noche. Lara correspondió con la misma urgencia, los dedos enredándose en su camisa, atrayéndolo más cerca, como si quisiera fundir sus cuerpos allí mismo. Cuando se separaron, ambos estaban jadeando, los labios húmedos, los ojos brillando con algo que iba más allá del deseo—algo más peligroso, más profundo.
—Vamos —murmuró Daniel, entrelazando sus dedos con los de ella nuevamente.
Corrieron.
No había otra palabra para describirlo. Corrieron por las calles vacías, los pasos resonando en el asfalto mojado, los cuerpos pegados el uno al otro como si el mundo pudiera abrirse bajo sus pies en cualquier momento. Lara reía, el viento golpeando su rostro, la lluvia escurriéndose por su cuerpo, y por un segundo, se sintió libre—libre de todo, excepto de esa necesidad cruda que ardía entre ellos. Daniel miraba hacia atrás de vez en cuando, asegurándose de que aún estuviera allí, de que no hubiera cambiado de opinión, y cada vez que sus ojos se encontraban, ella sentía el fuego extenderse.
El edificio de él era antiguo, con una fachada de ladrillos a la vista y una puerta de hierro que crujía al abrirse. El vestíbulo olía a cera y tiempo, pero Lara apenas tuvo tiempo de registrar los detalles. Tan pronto como la puerta se cerró tras ellos, Daniel la empujó contra la pared, las manos deslizándose por sus muslos, levantando su falda mojada hasta que sus dedos encontraron su piel desnuda.
—¿Tienes idea de cuánto he querido hacer esto desde que te vi sacudiendo el cabello en esa puerta? —murmuró contra su cuello, los dientes rozando la piel sensible.
Lara arqueó la espalda, las uñas clavándose en sus hombros. —Entonces muéstramelo.
Él no necesitó más incentivo. Con un movimiento rápido, la levantó en brazos, sus piernas envolviendo su cintura mientras subían las escaleras de dos en dos. Lara rio, sorprendida, pero el sonido se transformó en un gemido cuando él la empujó contra la pared del pasillo, su boca encontrando la de ella con un hambre que no dejaba espacio para bromas. Las llaves tintinearon en la cerradura, y entonces estuvieron dentro del apartamento, el mundo exterior desapareciendo en un borrón de sombras y lluvia.
Daniel la dejó en el suelo solo un segundo—el tiempo suficiente para cerrar la puerta con llave y encender una luz tenue, que bañó la sala en tonos dorados. Lara aprovechó para mirar a su alrededor: el espacio era pequeño pero acogedor, con libros apilados en estanterías improvisadas, una guitarra apoyada en un rincón y una ventana grande que dejaba ver la tormenta aún rugiendo. Pero antes de que pudiera absorber más, él estaba de vuelta, las manos en su cintura, atrayéndola contra sí.
—¿Estás segura? —preguntó, la voz ronca, los ojos oscuros fijos en los suyos.
Lara no dudó. —Nunca he estado tan segura.
Fue suficiente. Daniel la besó de nuevo, esta vez con una lentitud deliberada, como si quisiera memorizar cada curva de su boca, cada suspiro que escapaba entre sus labios. Sus manos se deslizaron por su espalda, atrayéndola más cerca, hasta que no hubo espacio entre ellos, hasta que sintió cada latido de su corazón contra el suyo.
—Entonces ven —murmuró, apartándose lo justo para tomar su mano de nuevo—. Hay una cama esperándonos.
Lara dejó que la guiara por el pasillo estrecho, los dedos entrelazados, el cuerpo pulsando con una anticipación que rozaba el dolor. La puerta del dormitorio estaba entreabierta, y cuando Daniel la empujó, revelando el espacio más allá, sintió que el aire se le escapaba de los pulmones.
La cama estaba deshecha, las sábanas enredadas, como si él acabara de levantarse de ella. Pero lo que captó su atención fue la ventana—amplia, con vista a la ciudad iluminada por la tormenta, los relámpagos cortando el cielo como venas de plata. La lluvia golpeaba contra el cristal, un ritmo constante que parecía eco del latido entre sus piernas.
Daniel se detuvo detrás de ella, las manos deslizándose por su cintura, atrayéndola contra su pecho. Ella podía sentir su erección presionando su espalda, dura e insistente, y un escalofrío recorrió su columna.
—Mira eso —murmuró, los labios rozando su oreja—. La ciudad entera ahí fuera, y aquí dentro solo estamos nosotros dos.
Lara cerró los ojos por un segundo, dejando que la sensación la invadiera—el calor de su cuerpo, el olor a lluvia y piel, la promesa de lo que estaba por venir. Cuando los abrió de nuevo, vio el reflejo de ambos en la ventana: ella, con los labios entreabiertos y los ojos oscuros de deseo; él, con las manos posesivas en su cintura, la mandíbula tensa.
—¿Y qué vas a hacerme aquí dentro? —preguntó, la voz baja, provocadora.
Daniel sonrió, lento, peligroso. —Todo lo que me dejes.
Y entonces, sin aviso, la giró para quedar frente a él, las manos sujetando su rostro mientras la besaba con una intensidad que hizo que sus rodillas flaquearan. Lara correspondió, las uñas clavándose en sus brazos, atrayéndolo más cerca, como si pudiera fundir sus cuerpos allí mismo.
Cuando se separaron, ambos estaban jadeando. Daniel no apartó los ojos de ella mientras comenzaba a desabotonar su camisa, los movimientos lentos, deliberados. Lara observó, hipnotizada, mientras cada centímetro de piel era revelado—los músculos definidos de su pecho, la línea oscura de vello que descendía hasta la cintura de su pantalón.
—Tu turno —dijo él, la voz una orden suave.
Lara no necesitó más incentivo. Con manos temblorosas, comenzó a desabotonar su blusa, los dedos resbalando en los botones mojados. Daniel no la ayudó. Solo observó, los ojos oscuros siguiendo cada movimiento, como si quisiera grabar cada detalle en su memoria.
Cuando la blusa cayó al suelo, revelando el sujetador de encaje negro, él soltó un sonido bajo, casi un gruñido. —Joder, Lara…
Ella sonrió, pasando las manos por sus propios pechos, apretándolos levemente antes de alcanzar el broche del sujetador. Pero antes de que pudiera quitárselo, Daniel avanzó, sus manos reemplazando las de ella, los dedos callosos rozando sus pezones duros a través de la tela fina.
—Déjame a mí —murmuró, su boca encontrando la de ella de nuevo.
Lara gimió contra sus labios, el cuerpo arqueándose contra el suyo mientras las manos de Daniel exploraban cada curva, cada centímetro de piel expuesta. Cuando finalmente le quitó el sujetador, dejándola con los pechos al descubierto, él no perdió tiempo. Bajó la cabeza, la lengua cálida y húmeda rodeando un pezón antes de succionarlo con fuerza.
—Daniel… —susurró ella, las manos enredándose en su cabello, atrayéndolo más cerca.
Él no respondió con palabras. En cambio, mordisqueó levemente, arrancándole un gemido ronco antes de pasar al otro pecho, repitiendo el mismo tratamiento. Sus manos se deslizaron hacia su falda, bajándola con un movimiento rápido, dejándola solo con las bragas—una tira fina de encaje que apenas cubría lo que él tanto deseaba.
—Eres preciosa —murmuró, los dedos trazando el contorno de las bragas, sintiendo la humedad que ya las impregnaba—. Tan mojada…
Lara mordió el labio, las caderas moviéndose instintivamente contra su mano. —Deja de hablar y tócame.
Daniel rio, bajo, pero obedeció. Con un movimiento rápido, apartó las bragas a un lado, los dedos deslizándose entre sus piernas, encontrando el punto exacto donde más lo necesitaba. Lara gimió, fuerte, las uñas clavándose en sus hombros mientras él la acariciaba, lento al principio, luego más rápido, más profundo, hasta que ella se retorcía contra su mano, las caderas buscando más contacto.
—Eso —murmuró él, la voz ronca—. Córrete para mí.
Lara no pudo contenerse. Con un grito ahogado, el orgasmo la golpeó como una ola, el cuerpo temblando mientras Daniel la sostenía, los dedos aún trabajando en ella, prolongando el placer hasta que quedó jadeante, los ojos entrecerrados.
Cuando finalmente se calmó, Lara lo atrajo para un beso, las manos deslizándose hacia su cinturón, desabrochando el pantalón con urgencia. Daniel la ayudó, pateando los zapatos y quitándose el pantalón con un movimiento rápido, dejando solo el bóxer—que apenas contenía su erección.
—Tu turno —murmuró ella, empujándolo hacia la cama.
Daniel cayó de espaldas, los brazos abiertos, una sonrisa perezosa en los labios. —Soy todo tuyo.
Lara no perdió tiempo. Se subió a la cama, montándolo, sintiendo su dureza presionando exactamente donde más lo deseaba. Pero antes de que pudiera bajar, Daniel la sujetó por la cintura, dándole la vuelta con un movimiento rápido.
—Todavía no —dijo, la voz un gruñido—. Primero quiero probarte.
Y antes de que pudiera protestar, se deslizó por su cuerpo, los labios dejando un rastro de fuego hasta llegar entre sus piernas. Lara arqueó la espalda cuando su lengua encontró su clítoris, los dedos entrando en ella mientras la devoraba con un hambre que la hizo gritar.
—Daniel, por favor… —suplicó, las manos tirando de su cabello—. Te necesito dentro de mí.
Él alzó la cabeza, los labios brillando con sus jugos, una sonrisa satisfecha en el rostro. —Paciencia.
Pero Lara no tenía más paciencia. Con un movimiento rápido, lo empujó de espaldas y se montó sobre él, arrancándole el bóxer con manos temblorosas antes de posicionarse sobre su erección palpitante. Daniel gimió cuando ella lo envolvió, los dedos clavándose en sus caderas mientras la guiaba hacia abajo, centímetro a centímetro, hasta que estuvo completamente dentro de ella.
—Joder… —gruñó él, los ojos cerrados, el cuerpo tenso.
Lara no se movió de inmediato. Solo permaneció allí, sintiéndolo llenarla, la sensación tan intensa que rozaba el dolor. Pero entonces, con un suspiro, se inclinó hacia adelante, el cabello cayendo como una cortina oscura sobre sus hombros, y comenzó a moverse. Al principio despacio, como si quisiera memorizar cada sensación—el roce de su piel contra la suya, la presión de él dentro de ella, la manera en que sus músculos se contraían bajo sus manos. Daniel la observaba con los ojos entrecerrados, los labios entreabiertos, la respiración pesada. Sus manos subieron por sus muslos, apretando su carne suave, luego se deslizaron hacia su cintura, guiándola en un ritmo que pronto se volvió más urgente.
—Así… —murmuró él—. Joder, Lara, me destruyes.
Ella sonrió, lenta y peligrosa, y aceleró los movimientos. El sonido húmedo de sus cuerpos uniéndose llenó la habitación, mezclándose con los gemidos ahogados que escapaban de sus labios. Daniel alzó las caderas, encontrando cada descenso de ella con un empuje profundo, y Lara sintió el placer enrollándose dentro de sí como un resorte a punto de soltarse. Sus uñas se clavaron en sus hombros, la espalda arqueada mientras buscaba más, más, *más*.
—No pares… —jadeó, la voz quebrada—. No te atrevas a parar.
Él no paró. En cambio, los hizo rodar en la cama, invirtiendo las posiciones con un movimiento fluido, inmovilizándola bajo su cuerpo. Lara gritó cuando la penetró con fuerza, las manos sujetando sus muñecas por encima de su cabeza mientras se hundía en ella con una intensidad que la hizo ver estrellas. El colchón crujía bajo ellos, el cabezal de la cama golpeando contra la pared en un ritmo frenético.
—¿Te gusta esto, no? —gruñó Daniel, los labios rozando su oreja—. ¿Te gusta que te folle así, como si no hubiera un mañana?
—Sí… —gimió ella, el cuerpo entero temblando—. *Sí.*
Él soltó sus muñecas y sujetó su rostro, besándola con una ferocidad que la dejó sin aliento. Lara envolvió las piernas alrededor de su cintura, atrayéndolo más profundo, y sintió cuando él perdió el control. Los movimientos se volvieron más desordenados, más desesperados, y supo que estaba cerca. La presión dentro de ella crecía, una ola caliente y abrumadora, y cuando Daniel mordió su hombro, el placer estalló.
—¡Daniel! —gritó, el cuerpo convulsionando en espasmos mientras el orgasmo la atravesaba.
Él la siguió segundos después, hundiendo el rostro en su cuello mientras se corría con un gemido ronco, el cuerpo entero temblando. Por un momento, no hubo nada más que el sonido de sus respiraciones entrecortadas y el olor a sexo en el aire.
Cuando Daniel finalmente se apartó, Lara lo atrajo de vuelta, acurrucándose contra él. Los cuerpos aún húmedos de sudor, la piel caliente, los latidos del corazón volviendo poco a poco a la normalidad. Él acarició su cabello, los dedos trazando líneas perezosas en su nuca.
—Eso fue… —comenzó ella, pero no encontró las palabras.
—Ya lo sé —murmuró él, besando su frente.
Lara cerró los ojos, sintiendo el peso delicioso del agotamiento. Pero entonces, como si aún quedara una chispa, deslizó la mano por su pecho, bajando lentamente hasta encontrar su erección, ya comenzando a despertar de nuevo.
Daniel rio bajo, el sonido vibrando contra su piel.
—¿Otra vez?
—La noche aún no ha terminado —susurró ella, mordisqueando su labio inferior.
Y así, sin prisa, sin palabras innecesarias, se entregaron una vez más. Esta vez fue lento, casi perezoso, como si tuvieran todo el tiempo del mundo. Daniel la besó en cada centímetro de piel, explorándola con la lengua y los dedos, mientras Lara se dejaba llevar, los gemidos suaves escapando de sus labios con cada caricia.
Cuando finalmente la penetró de nuevo, fue con una ternura que la sorprendió. Los movimientos eran profundos, pero controlados, como si quisiera alargar cada segundo. Lara envolvió los brazos alrededor de su cuello, los cuerpos moviéndose en perfecta sincronía, y cuando se corrieron juntos, fue como si el mundo entero se hubiera detenido a mirar.
Después, acostados uno al lado del otro, los cuerpos entrelazados, Daniel trazó círculos perezosos en su piel.
—¿Tienes que irte mañana? —preguntó, la voz baja.
Lara dudó. La realidad, con sus compromisos y responsabilidades, parecía lejana, casi irreal. Pero entonces recordó el motivo por el que había entrado en ese bar en primer lugar—el estrés, la lluvia, la necesidad de escapar. Y ahora, allí, con él, todo parecía diferente.
—No —murmuró, besando su pecho—. Aún no.
Daniel sonrió, atrayéndola más cerca.
—Perfecto.
Y así, bajo el sonido de la lluvia que aún golpeaba contra la ventana, se quedaron dormidos. No había promesas, no había etiquetas. Solo el calor de dos cuerpos que se encontraban y se reconocían, como si supieran, desde la primera mirada, que esa noche sería solo el comienzo.