Fuego bajo la Lluvia
Por Tonkix

**Fuego bajo la Lluvia**
La lluvia caía como si el cielo hubiera rasgado sus propias venas, gruesas cortinas de agua que convertían las calles en ríos oscuros. Los relámpagos surcaban el horizonte a intervalos irregulares, iluminando por segundos el asfalto brillante, los coches estacionados como barcos a la deriva, los charcos que reflejaban el neón de los letreros apagados. El viento aullaba entre los edificios, arrastrando el olor a asfalto mojado y ozono, un aroma metálico que se adhería a la garganta. Era una de esas tormentas que no avisan, que llegan de repente y ahogan la ciudad en minutos.
Laura empujó la puerta del bar con un hombro, el peso del día aún pegado a los huesos. La madera crujió, resistiéndose un instante antes de ceder, y una ráfaga de aire cálido y húmedo escapó a la calle, mezclándose con el perfume de alcohol añejo y madera barnizada. Sacudió el paraguas, esparciendo gotas por el suelo de baldosas gastadas, y pasó una mano por su cabello castaño, ahora pegado a la frente y al cuello. La blusa de seda, antes impecable, se adhería a la piel como una segunda capa, los botones superiores desabrochados revelando la curva de los senos y la sombra entre ellos. Los tacones altos resonaron en el espacio casi vacío, cada paso una pequeña victoria contra el cansancio.
El bar era uno de esos lugares que sobrevivían al margen del tiempo, un refugio para quienes no querían ser encontrados. Las paredes estaban revestidas de madera oscura, barnizada por el humo de décadas, y las mesas de mármol agrietado exhibían manchas de vasos abandonados. En un rincón, una máquina de discos antigua parpadeaba con luces azules y rojas, pero no sonaba nada—el silencio solo se rompía por el repiqueteo de la lluvia en el techo de zinc y el ocasional tintineo de un vaso al ser colocado en la barra. Tras la barra, un hombre secaba un vaso con un trapo a cuadros, los movimientos lentos, casi perezosos, como si el mundo de fuera no existiera.
Daniel alzó la vista cuando ella entró, y por un segundo, el trapo dejó de moverse. No era una mirada de sorpresa, sino de evaluación—rápida, precisa, como si ya supiera exactamente lo que buscaba en ella. Sus ojos eran verdes, de un tono oscuro y profundo como musgo después de la lluvia, y la luz tenue del bar hacía brillar sus pupilas como vidrio pulido. La barba incipiente delineaba una mandíbula fuerte, y los labios, ligeramente entreabiertos, parecían contener una pregunta que aún no se atrevía a formular. Los brazos, expuestos por la camiseta negra de mangas cortas, estaban marcados por venas sutiles y músculos definidos, como si cada movimiento estuviera calculado para ahorrar energía, pero también para llamar la atención.
Laura sintió el peso de esa mirada y dudó un instante, como si la hubieran pillado haciendo algo prohibido. Pero no había nadie allí para presenciarlo, solo el barman—un hombre de mediana edad con ojos cansados—que la observaba con indiferencia profesional. Caminó hacia la barra, los dedos rozando la superficie húmeda, y se sentó en uno de los taburetes altos, el cuero gastado crujiendo bajo su peso. El olor a whisky y limón flotaba en el aire, mezclado con el aroma terroso de la madera mojada.
—Un whisky. Doble —pidió, la voz ronca de cansancio, pero aún firme—. Con hielo.
Daniel no respondió de inmediato. Terminó de secar el vaso, colocándolo con cuidado en el estante detrás de él, antes de volverse hacia ella. Los dedos largos y ágiles—dedos de músico, notó—rozaron la barra mientras tomaba una botella de vidrio oscuro, la etiqueta desgastada por el tiempo.
—Doble es para quien tiene prisa —dijo, la voz baja, casi un murmullo—. Y tú no pareces el tipo de mujer que tiene prisa por nada.
Laura alzó una ceja, sorprendida por la audacia. Pero había algo en su tono, una suavidad casi peligrosa, que la hizo sonreír.
—Tal vez tengo prisa por olvidar el día que he tenido.
Él sirvió la bebida con precisión, el líquido ámbar cayendo en el vaso como miel derramada. El hielo tintineó cuando lo empujó hacia ella, los dedos rozando los suyos un segundo más de lo necesario. Un toque ligero, casi imperceptible, pero suficiente para hacer que el aire entre ellos se espesara.
—Entonces has venido al lugar correcto —dijo Daniel, inclinándose ligeramente sobre la barra. El movimiento hizo que la camiseta se tensara sobre los hombros, revelando la curva de los músculos de la espalda—. Este bar es excelente para olvidar cosas.
Laura tomó el vaso, los dedos envolviendo el cristal frío. El primer sorbo le quemó la garganta, pero era una quemazón agradable, del tipo que esparce calor por el pecho y desciende hasta el vientre. Cerró los ojos un instante, dejando que el alcohol hiciera su trabajo, y cuando los abrió de nuevo, Daniel aún la observaba. No con insistencia, sino con una curiosidad casi científica, como si intentara descifrar un enigma.
—¿Trabajas aquí? —preguntó ella, más para romper el silencio que por verdadero interés.
—Solo hoy —respondió él, tomando otro vaso y sirviéndose una dosis más pequeña—. Estoy de paso. La ciudad no es mía.
—¿Y adónde vas?
—A donde me lleve el viento. —Sonrió, una sonrisa lenta, perezosa, como si supiera que la respuesta era un cliché, pero no le importara—. ¿Y tú? ¿Estás de paso o vives aquí?
—Vivo. Desafortunadamente.
—¿Desafortunadamente?
Laura se encogió de hombros, girando el vaso entre los dedos.
—A veces parece que la ciudad me ha tragado y no va a soltarme.
Daniel no respondió de inmediato. En cambio, llevó el vaso a los labios y tomó un sorbo, los ojos nunca apartándose de los suyos. El silencio entre ellos no era incómodo, sino cargado, como si cada uno esperara que el otro diera el siguiente paso.
—¿Siempre pides whisky cuando quieres olvidar? —preguntó él, finalmente.
—No. A veces pido vino. Pero hoy necesito algo más fuerte.
—¿Y funciona?
—¿El qué?
—Olvidar.
Laura dudó. El alcohol ya comenzaba a soltar sus pensamientos, haciéndolos flotar como hojas en un río. Miró el vaso, luego a él, y por un momento, consideró mentir. Pero había algo en los ojos de Daniel, una sinceridad cruda, que la hizo decir la verdad.
—No. Nunca funciona.
Él asintió, como si esa respuesta fuera exactamente lo que esperaba. Entonces, sin aviso, extendió la mano sobre la barra, los dedos rozando el dorso de la mano de ella. Un toque ligero, casi casual, pero suficiente para hacer que el cuerpo de Laura reaccionara antes de que su mente pudiera protestar. La piel de él estaba caliente, áspera en algunos lugares, como si hubiera pasado la vida tocando cuerdas de guitarra.
—Tal vez estás intentando olvidar las cosas equivocadas —murmuró.
Laura no se apartó. En cambio, giró la mano, dejando que los dedos de él se deslizaran entre los suyos, un contacto breve, pero íntimo. El barman limpiaba vasos en el otro extremo de la barra, ajeno a la tensión que se había instalado entre ellos. La lluvia seguía cayendo afuera, un sonido constante, hipnótico, como si el mundo entero se estuviera disolviendo en agua.
—¿Y qué sugieres que intente olvidar? —preguntó ella, la voz más baja de lo que pretendía.
Daniel sonrió, una sonrisa que ya no era perezosa, sino afilada, llena de promesas.
—Nada —dijo—. Tal vez debas intentar recordar algo, por primera vez en mucho tiempo.
Laura sintió que el corazón se le aceleraba, un latido irregular que resonaba en los oídos. El whisky le quemaba el estómago, pero el calor que se esparcía por su cuerpo no venía de la bebida. Venía de él. De esa proximidad inesperada, de ese juego de miradas y toques que parecían inocentes, pero no lo eran.
—¿Y tú? —preguntó, intentando recuperar el control—. ¿Qué intentas olvidar?
Daniel no respondió de inmediato. En cambio, tomó la botella de whisky y sirvió otra dosis en su vaso, luego en el de ella, aunque aún no hubiera terminado la primera.
—Nada que valga la pena —dijo, finalmente—. Pero tal vez yo también necesite recordar algo.
Laura alzó el vaso, los dedos aún ligeramente temblorosos, y lo chocó contra el de él en un brindis silencioso. El tintineo del cristal fue ahogado por el sonido de la lluvia, pero el gesto era claro. Un acuerdo. Una rendición.
—Entonces recordemos juntos —dijo.
Y cuando los labios de él se curvaron en una sonrisa lenta, Laura supo que esa noche no sería sobre olvidar. Sería sobre sentir. Sobre quemarse.
El primer sorbo bajó como fuego líquido, quemando la garganta de Laura en un rastro lento y delicioso. El whisky no era de los más refinados—ese bar modesto no tenía pretensiones de sofisticación—, pero cumplía su función: calentaba por dentro, aflojaba los nudos invisibles que la lluvia y el cansancio habían tejido en sus hombros. Cerró los ojos un instante, dejando que el calor se esparciera por el pecho, los brazos, hasta las puntas de los dedos, aún heladas a pesar del ambiente sofocante del bar.
Cuando los abrió, Daniel estaba allí, observándola con esa misma sonrisa que parecía guardar secretos. Había cambiado el trapo de secar vasos por una botella medio vacía de whisky, sosteniéndola entre los dedos como si fuera una invitación.
—No todos los días una mujer pide whisky puro en un lugar como este —dijo, inclinando la cabeza. La voz era baja, áspera, como si hubiera pasado la noche anterior gritando en un escenario o susurrando promesas al oído de alguien—. Por lo general es cerveza o esas cosas dulces que la gente pide para fingir que bebe algo elegante.
Laura alzó una ceja, girando el vaso entre los dedos.
—¿Y tú? ¿Qué pide un músico de paso en un bar vacío en una noche de lluvia?
—Lo mismo que tú —respondió sin dudar—. Algo que queme.
La forma en que lo dijo—con los ojos fijos en los de ella, la boca ligeramente entreabierta—hizo que Laura sintiera un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío. Tomó otro sorbo, más largo esta vez, y cuando dejó el vaso en la barra, los dedos de Daniel rozaron los suyos. Un toque rápido, casi accidental, pero suficiente para que sintiera la aspereza de su piel, el calor de la palma, la presión ligera como una pregunta.
—¿Estás solo aquí? —preguntó, intentando sonar casual, aunque sabía que no lo era.
Daniel rio, un sonido grave y ronco que vibró en su pecho.
—Depende de lo que consideres "solo". El dueño del bar se fue hace una hora, y el último cliente salió maldiciendo la lluvia. —Se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en la barra, y Laura pudo sentir su olor: jabón barato mezclado con algo más primitivo, como cuero y sudor limpio—. Pero si preguntas si hay alguien más aquí además de nosotros dos, la respuesta es no.
Debería haberse sentido incómoda. Debería haber pensado en lo imprudente que era quedarse allí, con un desconocido, en un bar vacío, mientras la ciudad afuera se ahogaba en agua y oscuridad. Pero la verdad era que Laura no recordaba la última vez que se había sentido tan viva. Cada respiración parecía más profunda, cada sonido más nítido: el repiqueteo de la lluvia en el toldo de metal, el crujido de la madera de la barra bajo el peso de los codos de él, el propio corazón latiendo con fuerza suficiente como para jurar que él podía oírlo.
—¿Siempre te quedas hasta tarde en bares vacíos? —preguntó, desviando la mirada hacia el vaso.
—Solo cuando la compañía vale la pena.
Laura rio, pero el sonido salió más como un suspiro. Giró el vaso entre los dedos nuevamente, observando el líquido ámbar reflejar la luz amarillenta de la lámpara colgada del techo.
—¿Y qué te hace decidir si la compañía vale la pena?
Daniel no respondió de inmediato. En cambio, tomó la botella y sirvió más whisky en los dos vasos, llenando el de ella hasta casi rebosar. Cuando terminó, sus dedos rozaron los de ella otra vez, esta vez a propósito. Laura no retrocedió.
—Me gustan las mujeres que saben lo que quieren —dijo, finalmente, la voz baja—. Y que no tienen miedo de pedirlo.
Ella alzó el vaso, sosteniendo su mirada.
—¿Y si quiero algo más que un whisky?
La sonrisa de Daniel se ensanchó, lenta y peligrosa.
—Entonces has venido al lugar correcto.
Empujó la botella hacia ella, pero no la soltó. Los dedos de ambos se enredaron alrededor del vidrio frío, y por un momento, ninguno de los dos se movió. Laura podía sentir el calor de la mano de él atravesando la botella, como si el whisky dentro ya estuviera ardiendo. Cuando finalmente la soltó, fue solo para llevar el vaso a los labios, pero Daniel no bebió. En cambio, la observó con una intensidad que hizo que su piel hormigueara.
—Estás temblando —dijo después de un rato.
—No tengo frío.
—Ya lo sé.
Extendió la mano, lentamente, como si pidiera permiso. Laura no se movió cuando los dedos de él rozaron su muñeca, deslizándose por la piel sensible hasta el codo, luego subiendo por el brazo, dejando un rastro de fuego a su paso. Cuando llegó al hombro, se detuvo, el pulgar trazando círculos lentos en la curva de su cuello.
—¿Eres abogada, verdad? —preguntó, como si no la estuviera tocando de esa manera, como si no estuviera haciendo que todo su cuerpo se inclinara hacia él sin que pudiera evitarlo.
Laura asintió, la voz saliendo más ronca de lo que pretendía.
—¿Cómo lo sabes?
—La carpeta en el asiento de al lado. —Inclinó la cabeza hacia el asiento vacío donde había dejado sus cosas—. Y la forma en que sostienes el vaso. Como si estuvieras a punto de cerrar un trato.
Ella rio, pero el sonido fue ahogado cuando Daniel se acercó aún más, su rodilla rozando la de ella bajo la barra. Laura podía sentir el calor de su cuerpo, incluso a través de la ropa, y por un segundo, imaginó cómo sería si no hubiera nada entre ellos—ninguna mesa, ninguna tela, ninguna distancia.
—¿Y tú? —preguntó, intentando mantener la voz firme—. ¿Qué hace un músico cuando no está tocando en bares vacíos?
—Olvidar —respondió, simple así—. O intentarlo.
Los dedos de él aún estaban en su cuello, el pulgar ahora acariciando la línea de la mandíbula. Laura cerró los ojos un instante, dejándose hundir en la sensación. Cuando los abrió, Daniel estaba lo suficientemente cerca como para que pudiera ver las pequeñas manchas doradas en sus ojos castaños, el contorno de la barba incipiente, la forma en que sus labios se entreabrían como si estuvieran esperando algo.
—¿Qué intentas olvidar? —preguntó, susurrando.
Daniel no respondió. En cambio, se inclinó aún más, hasta que su boca estuvo a centímetros de la de ella. Laura podía sentir su aliento cálido, el olor a whisky mezclado con su propio perfume, y por un segundo, pensó que la besaría allí mismo, frente a la barra, con la lluvia golpeando la puerta como un espectador silencioso.
Pero no la besó. En cambio, sonrió—esa misma sonrisa provocadora—y retrocedió lo suficiente como para que sintiera la ausencia de su calor como un vacío repentino.
—Tal vez deberías ayudarme a descubrirlo —dijo, la voz baja—. Después de todo, compartir una botella es un comienzo.
Laura no respondió. En cambio, tomó el vaso y bebió un largo sorbo, dejando que el whisky le quemara la garganta mientras los ojos de Daniel la observaban, oscuros y hambrientos. Cuando bajó el vaso, sus labios estaban húmedos, y sabía—sin necesidad de mirar—que él los estaba observando.
—¿Y qué viene después del comienzo? —preguntó, desafiante.
Daniel rio, un sonido que vibró en su pecho y le hizo sentir un escalofrío bajar por la espalda.
—Ah, Laura —dijo, tomando la guitarra apoyada detrás de la barra con un movimiento fluido—. Eso depende de ti.
La guitarra apareció como si siempre hubiera estado allí, escondida entre botellas medio vacías y cajas de servilletas arrugadas. Daniel la tomó con un gesto casi casual, como si no fuera consciente del peso que ese objeto llevaba—o de la forma en que Laura contuvo la respiración cuando las cuerdas reflejaron la luz amarillenta del bar. La apoyó en su regazo, los dedos largos rozando los trastes del mástil del instrumento, y por un instante, el mundo pareció contener solo el sonido amortiguado de la lluvia y el crujido suave de la madera bajo su piel.
—No me crees —dijo, los labios curvándose en una sonrisa que no era de provocación, sino de algo más peligroso: complicidad.
Laura cruzó los brazos sobre la barra, inclinándose hacia adelante hasta que el escote de su blusa se abrió un poco más, revelando la curva de los senos presionados contra la tela fina. No era un gesto calculado, pero el whisky ya había disuelto los bordes de su autocontrol, y sentía cada movimiento como si estuviera hecho de miel—lento, dulce, inevitable.
—Creo que *sabes* tocar —respondió, la voz arrastrada por el alcohol y el cansancio que, de repente, ya no parecía tan pesado—. Pero saber y *demostrar* son cosas distintas.
Daniel rio, un sonido grave y ronco que vibró en su pecho y la hizo imaginar cómo sería sentir eso contra su boca. No respondió de inmediato. En cambio, ajustó la posición de la guitarra, los dedos danzando sobre las cuerdas en un acorde suelto, perezoso, como si estuviera probando la afinación—o probándola *a ella*. El sonido reverberó por el bar vacío, resonando en las paredes de madera oscura, y Laura sintió un escalofrío subir por la nuca, como si cada nota fuera un dedo recorriendo su columna.
—Está bien —dijo, finalmente, alzando los ojos para encontrar los de ella—. ¿Qué quieres escuchar?
Laura mordió el labio inferior, sintiendo el sabor del whisky que aún persistía allí. No era de desafíos, no así, no con desconocidos en bares casi desiertos mientras la lluvia convertía la ciudad en un borrón de luces y sombras. Pero había algo en Daniel—en la forma en que la miraba, como si ya supiera exactamente lo que ella quería antes de que ella misma lo supiera—que la hacía querer rendirse. Perderse.
—Algo que me haga olvidar que estoy empapada —dijo, y la frase salió más audaz de lo que pretendía.
Los ojos de él se oscurecieron, las pupilas dilatadas absorbiendo la poca luz del ambiente. Por un segundo, Laura pensó que él rechazaría, que reiría y diría que la música no seca la ropa. Pero entonces, sus dedos comenzaron a moverse.
La primera nota fue suave, casi vacilante, como si estuviera tanteando el camino. Pero pronto las otras llegaron, fluyendo juntas en una melodía que Laura no reconoció—algo lento, sinuoso, con un ritmo que parecía hecho para cuerpos moviéndose al unísono. Era jazz, quizá, o bossa nova, o ninguna de las dos cosas; era solo *él*, la forma en que sus dedos presionaban las cuerdas con precisión quirúrgica, como su pulgar punteaba el bajo con una cadencia que hacía que el estómago de Laura se contrajera.
Cerró los ojos un instante, dejando que el sonido la envolviera. La lluvia aún golpeaba las ventanas, pero ahora parecía lejana, como si el mundo de afuera hubiera dejado de existir. Solo estaba la guitarra, la voz grave de Daniel cuando comenzó a tararear bajito, y el calor que se esparcía por su cuerpo con cada nota.
—*Eres fuego bajo la lluvia* —murmuró él, las palabras mezclándose con la melodía, y Laura abrió los ojos, sorprendida.
—¿Qué?
Él sonrió, pero no dejó de tocar.
—Es lo que me haces sentir. Como si estuviera ardiendo en medio de una tormenta.
Laura sintió que el rostro le ardía. No era una declaración, no exactamente, pero había algo íntimo en esas palabras, algo que la hizo inclinarse aún más hacia adelante, como si pudiera absorber el sonido a través de la piel. La guitarra vibraba entre ellos, un puente invisible, y ella notó que estaba conteniendo la respiración.
—¿Eso es un halago o una queja? —preguntó, intentando mantener la voz ligera, pero fallando.
Daniel dejó de tocar por un segundo, los dedos flotando sobre las cuerdas. Sus ojos recorrieron su rostro, deteniéndose en la boca, el cuello, la línea de la clavícula expuesta por el escote. Laura sintió cada mirada como un toque, como si él estuviera trazando esos caminos con los dedos en lugar de con los ojos.
—Una advertencia —dijo, finalmente, volviendo a tocar—. Porque el fuego bajo la lluvia arde rápido. Y no deja nada atrás.
Laura tragó saliva. El whisky le quemaba la garganta, pero no era nada comparado con el calor que se acumulaba entre sus piernas. Quería responder, quería decir que no le importaba el después, que solo quería *ahora*—pero las palabras murieron en la punta de la lengua cuando él comenzó a cantar.
Era una canción en portugués, pero no una que ella conociera. Las palabras eran simples, casi tontas—*eres el sol, yo soy la sombra; eres el mar, yo soy el barco*—pero la forma en que las pronunciaba, arrastrando las vocales, dejando que la voz ronca se deslizara sobre cada sílaba, lo convertía todo en algo erótico. Laura sintió que su cuerpo reaccionaba, los pezones endureciéndose bajo la tela de la blusa, la humedad acumulándose entre los muslos.
No se dio cuenta de que se estaba moviendo hasta que su rodilla rozó la de él. Fue un toque accidental, pero ninguno de los dos se apartó. Daniel siguió cantando, pero sus ojos se clavaron en los de ella, y Laura vio el momento exacto en que la música dejó de ser solo música y se convirtió en otra cosa—una invitación, un desafío, una promesa.
—Me miras como si quisieras devorarme —dijo él, dejando de cantar, pero manteniendo los dedos en la guitarra, punteando un acorde suelto que vibró en el aire como un suspiro.
Laura no lo negó. No había por qué mentir.
—¿Y si quiero?
Él rio, un sonido bajo y peligroso, e inclinó el cuerpo hacia adelante, acercando el rostro al de ella hasta que pudo sentir el aliento cálido de whisky y madera en su piel.
—Entonces demuéstralo.
La guitarra aún estaba entre ellos, pero a Laura no le importó. Se levantó del taburete, rodeó la barra con pasos lentos, deliberados, y se detuvo frente a él. Daniel no se movió. Solo la observó, los ojos oscuros siguiendo cada movimiento, cada respiración.
Extendió la mano y tocó la guitarra. No las cuerdas—no aún. Primero, pasó los dedos por la madera pulida del mástil, sintiendo el calor residual del cuerpo de él. Después, deslizó la mano hacia la tapa, donde las cuerdas vibraban levemente, aún resonando el último acorde.
—Tocas como si estuvieras haciendo el amor con el instrumento —murmuró, la voz ronca.
Daniel no respondió. En cambio, tomó su mano y la guió hacia las cuerdas, presionando sus dedos contra ellas. El sonido que salió fue disonante, imperfecto, pero Laura sintió que todo su cuerpo reaccionaba cuando los dedos de él se cerraron sobre los suyos, mostrando cómo presionar, cómo tirar.
—Ahora tú —dijo, la voz un susurro.
Laura dudó un segundo. No sabía tocar. Pero entonces, miró a él—la forma en que sus labios estaban entreabiertos, el modo en que su pecho subía y bajaba en una respiración acelerada—y supo que no necesitaba saber. No ahora.
Presionó las cuerdas con fuerza, arrancando un sonido áspero, y Daniel gimió bajito, como si ese sonido hubiera sido arrancado de él, no de la guitarra. Sus dedos apretaron los de ella, guiándolos en un ritmo que no era música, sino algo más primitivo, más urgente.
—Así —murmuró, el aliento cálido contra su oreja—. Justo así.
No supo cuánto tiempo permaneció allí, los dedos entrelazados con los de él, la guitarra vibrando entre sus cuerpos como una extensión del deseo que crecía entre ellos. La lluvia seguía cayendo, pero Laura ya no la escuchaba. Solo estaba el sonido de las cuerdas, el calor del cuerpo de Daniel, la forma en que sus miradas se aferraban una a la otra como si se estuvieran ahogando.
Y entonces, sin aviso, él soltó su mano y apartó la guitarra, apoyándola en la barra con un movimiento brusco. Laura respiró hondo, sintiendo el vacío donde antes estaba el instrumento, donde antes estaban los dedos de él.
—Basta de música —dijo, la voz áspera.
Ella no respondió. Solo se acercó más, hasta que sus cuerpos casi se tocaban, hasta que pudo sentir el calor irradiando de él en oleadas.
—¿Qué quieres, entonces? —preguntó, sabiendo muy bien la respuesta.
Daniel no dijo nada. En cambio, tomó su rostro entre las manos y la atrajo hacia un beso que no fue suave, ni vacilante. Fue hambriento, desesperado, como si hubiera esperado por eso toda la noche.
Y Laura comprendió, con un escalofrío de anticipación, que *ella también*.
La respiración de Laura ardía entre los labios entreabiertos, el aire húmedo del bar cargado con el olor a madera envejecida y whisky caro. Sentía el peso de la mirada de Daniel sobre ella, como si cada centímetro de su piel estuviera siendo mapeado por esos ojos oscuros, hambrientos. La melodía de la guitarra aún vibraba en algún lugar dentro de ella, una resonancia que se mezclaba con el latido sordo entre sus muslos. Él había dejado de tocar, pero la música seguía—ahora era el ritmo acelerado de sus latidos, el sonido áspero de su respiración, el crujido de la tela de la blusa contra la piel erizada.
—Tocas como si supieras exactamente lo que haces —murmuró, la voz baja, casi perdida en el ruido distante de la lluvia contra las ventanas. No era un elogio vacío. Había algo íntimo en la forma en que sus dedos se deslizaban por las cuerdas, como si cada nota fuera una caricia robada.
Daniel inclinó la cabeza, una sonrisa lenta extendiéndose por su rostro. —Y a ti te gusta fingir que no te das cuenta.
Ella rio, un sonido corto y entrecortado, y se acercó más, hasta que su rodilla rozó la pierna de él bajo la barra. El contacto fue eléctrico, una chispa que recorrió su columna y se instaló en la base del vientre. —Tal vez solo me gusta provocar.
—Entonces somos dos.
El espacio entre ellos se redujo aún más, hasta que Laura pudo sentir el calor del cuerpo de él a través de la fina capa de tela de su blusa. El olor de Daniel era una mezcla de jabón cítrico y algo más primitivo, algo que le secaba la boca. Se inclinó hacia adelante, como si fuera a susurrarle algo al oído—una provocación, un chiste, cualquier cosa que justificara esa proximidad peligrosa. Pero en el momento en que sus labios rozaron su oreja, Daniel giró el rostro.
Fue un movimiento casi imperceptible, un reflejo. Pero fue suficiente.
Sus labios se encontraron a medio camino, un choque de calor y humedad. No fue suave. No fue vacilante. Fue como si dos fuerzas finalmente chocaran después de horas de tensión, de miradas furtivas, de toques accidentales que no eran tan accidentales. Laura sintió el sabor a whisky en su lengua, mezclado con algo más dulce, más peligroso. Gimió contra la boca de Daniel, un sonido bajo y ronco que pareció encender algo dentro de él.
Sus manos subieron de inmediato, enredándose en su cabello con una urgencia que la hizo arquear la espalda. Los dedos largos y ágiles—esos mismos dedos que habían punteado la guitarra con tanta precisión—ahora tiraban de los mechones sueltos de su moño, deshaciéndolo con un movimiento brusco. Laura no se quejó. De hecho, le encantó la sensación de estar siendo desarmada, pieza por pieza, por ese hombre que apenas conocía y, sin embargo, parecía entender cada centímetro de ella.
—Joder —murmuró él contra su boca, la voz ronca, casi un gruñido—. Estaba intentando comportarme.
—No te comportes —respondió ella, las palabras saliendo entre besos, mientras sus propias manos se deslizaban por sus hombros anchos, sintiendo la tensión en los músculos bajo la camisa—. No ahora.
Daniel no necesitó más incentivo. La atrajo hacia sí, hasta que ella estuvo prácticamente en su regazo, las piernas abiertas alrededor del taburete de la barra. El calor de su cuerpo era una llama contra el frío que aún se aferraba a su piel, un contraste delicioso que la hacía temblar. Laura sintió sus manos descender por su espalda, atrayéndola contra él con una fuerza que la dejó sin aliento. Sus caderas encajaban a la perfección, como si hubieran sido hechas para eso, y la fricción—aún a través de la ropa—fue suficiente para arrancarle otro gemido.
—Eres tan hermosa —susurró él, los labios ahora recorriendo su mandíbula, bajando por el cuello, dejando un rastro de fuego a su paso—. Me quedé mirándote desde que entraste aquí, imaginando cómo sería besarte.
Laura inclinó la cabeza hacia atrás, dándole más acceso, mientras sus uñas se clavaban en sus hombros. —¿Y? —provocó, la voz temblorosa—. ¿Valió la pena esperar?
Daniel rio, un sonido oscuro y satisfecho, antes de capturar sus labios de nuevo. Esta vez, el beso fue más lento, más profundo, como si intentara memorizar su sabor. Laura correspondió con la misma intensidad, su lengua encontrando la de él en un ritmo que imitaba algo mucho más íntimo. Sentía su cuerpo duro contra el de ella, la evidencia de su deseo presionando contra su muslo, y la sensación la dejó mareada.
—Más de lo que imaginas —respondió, finalmente, apartándose solo lo suficiente para mirarla a los ojos. Había algo salvaje en la mirada de Daniel, algo que la hizo contener la respiración—. Pero quiero más.
Laura no dudó. Tomó su rostro entre las manos y lo atrajo de vuelta hacia sí, besándolo con un hambre que la sorprendió incluso a ella. No había más espacio para dudas, para vacilaciones. El bar, la lluvia, el mundo de afuera—todo había desaparecido. Solo existían ellos dos, el calor, el deseo, la necesidad cruda que pulsaba entre ellos como una corriente eléctrica.
Las manos de Daniel se deslizaron hacia abajo, agarrando su cintura con fuerza, como si temiera que pudiera escapar. Laura no tenía la menor intención de ir a ningún lado. Se apretó contra él, sintiendo cada músculo, cada curva de su cuerpo, y gimió cuando sus dientes rozaron su labio inferior.
—Daniel —murmuró, su nombre sonando como una plegaria.
Él respondió con un beso aún más profundo, las manos ahora explorando su espalda, bajando hasta la curva de su cadera. Laura sintió que el mundo giraba cuando la atrajo hacia sí con más fuerza, hasta que no hubo más espacio entre ellos, hasta que cada respiración fue compartida.
Y entonces, de repente, la levantó.
Fue un movimiento rápido, casi brusco, y Laura instintivamente envolvió las piernas alrededor de su cintura, los brazos enredándose en su cuello. Daniel la cargó sin esfuerzo, los labios nunca dejando los de ella, mientras se movía por el bar con una determinación que la dejó sin aliento.
No tenía idea de adónde iban—y, en ese momento, no le importaba.
Lo que viniera después, sería intenso.
El viejo sofá crujió bajo el peso de ambos cuando Daniel la depositó allí, los resortes oxidados protestando con un gemido que se perdió entre los suspiros de Laura. Aún sentía el calor de sus manos en su cintura, la firmeza con que la había cargado, como si fuera algo demasiado precioso para soltar. Ahora, recostada entre cojines gastados por el tiempo y el uso, lo miraba con los labios entreabiertos, el pecho subiendo y bajando en un ritmo acelerado.
Daniel no apartó la mirada. La luz amarillenta de la única lámpara del fondo del bar bañaba su rostro en sombras doradas, destacando la línea de su mandíbula, la curva de sus labios aún húmedos del beso anterior. Se arrodilló frente a ella, las manos deslizándose por sus muslos, los dedos trazando círculos lentos sobre la tela de la falda, como si memorizara cada centímetro antes de reclamarlo.
—Eres tan hermosa —susurró, los labios ahora recorriendo su mandíbula, bajando por el cuello, dejando un rastro de fuego a su paso—. Me quedé mirándote desde que entraste aquí, imaginando cómo sería besarte.
Laura inclinó la cabeza hacia atrás, dándole más acceso, mientras sus uñas se clavaban en sus hombros. —¿Y? —preguntó, la voz temblorosa—. ¿Valió la pena esperar?
Él rio, un sonido oscuro y satisfecho, antes de capturar sus labios de nuevo. Esta vez, el beso fue lento, profundo, como si intentara memorizar su sabor. Laura correspondió con la misma intensidad, su lengua encontrando la de él en un ritmo que imitaba algo mucho más íntimo. Sentía su cuerpo duro contra el de ella, la evidencia de su deseo presionando contra su muslo, y la sensación la dejó mareada.
—Más de lo que imaginas —respondió, finalmente, apartándose solo lo suficiente para mirarla a los ojos. Había algo salvaje en su mirada, algo que la hizo contener la respiración—. Pero quiero más.
Laura no dudó. Tomó su rostro entre las manos y lo atrajo de vuelta hacia sí, besándolo con un hambre que la sorprendió incluso a ella. No había más espacio para dudas, para vacilaciones. Daniel la levantó del taburete con un movimiento fluido, sus manos firmes en su cintura mientras la llevaba hacia el sofá en la parte trasera del bar. El mundo se redujo a la sensación de sus labios, al calor de su cuerpo, al sonido de sus respiraciones entrecortadas mezclándose con el repiqueteo constante de la lluvia.
El sofá crujió cuando la depositó sobre los cojines gastados, sus manos ya desabrochando los botones de su blusa con una urgencia que la hizo arquear la espalda. Laura no se resistió. En cambio, levantó los brazos, permitiéndole despojarla de la tela húmeda, dejando al descubierto la piel pálida y el sujetador de encaje negro que apenas contenía sus senos. Daniel no perdió tiempo. Sus labios encontraron su cuello, descendiendo en una línea de besos ardientes hasta llegar al valle entre sus pechos. Con un movimiento preciso, desabrochó el sujetador, liberándola, y sus labios se cerraron alrededor de un pezón, succionando con una presión que la hizo gemir y arquearse aún más.
—Joder —siseó, las uñas clavándose en sus hombros.
Daniel respondió con un sonido gutural, sus manos ahora explorando su espalda, bajando hasta la curva de su cadera. Laura sintió el calor extenderse entre sus piernas, una necesidad pulsante que la hacía retorcerse contra él. Lo necesitaba. Lo necesitaba a él.
Con un movimiento brusco, lo empujó hacia atrás, invirtiendo las posiciones hasta que él quedó recostado en el sofá, ella encima. Sus ojos brillaron con sorpresa y deseo, y ella sonrió, lenta y deliberadamente, mientras se inclinaba para besarlo. Sus labios se encontraron en un choque de lenguas y dientes, el sabor a whisky aún presente, mezclado con el sabor único de él.
—Mi turno —susurró contra su boca, antes de descender con los labios por su cuello, mordisqueando la piel sensible, sintiendo el pulso acelerado bajo su lengua.
Daniel gimió, las manos cerrándose en puños a los lados de su cuerpo, como si luchara por no tocarla. Laura no se lo permitió. Bajó aún más, los dedos ágiles desabrochando su camisa, revelando el pecho esculpido, marcado por algunas cicatrices finas que no resistió en trazar con la punta de los dedos. Cuando llegó al cinturón de su pantalón, se detuvo, mirándolo con una sonrisa provocadora.
—¿Impaciente? —preguntó, los dedos jugando con el botón.
—Estás jugando con fuego —respondió, la voz tensa.
—Me gusta quemarme.
Con un movimiento rápido, abrió su pantalón, bajándolo junto con los calzoncillos, liberándolo. Daniel estaba duro, la piel caliente y sedosa bajo sus dedos, y Laura no resistió en envolver su mano alrededor de él, sintiendo cómo palpitaba en su palma. Daniel soltó un gemido ronco, las caderas levantándose instintivamente.
—Laura… —gruñó, su nombre sonando como una advertencia.
Ella no se inmutó. Se inclinó, los labios flotando sobre la punta, su aliento cálido provocándolo. —¿Qué quieres?
—A ti —gruñó, las manos enredándose en su cabello, atrayéndola más cerca—. Solo a ti.
Laura sonrió antes de tomarlo en su boca, lenta y deliberadamente, sintiendo cómo llenaba su lengua, el sabor salado y masculino invadiendo sus sentidos. Daniel gimió en voz alta, los dedos apretando su cabello con fuerza, guiándola en un ritmo que hacía que sus propias caderas se retorcieran de necesidad. Lo llevó hasta el fondo de su garganta, sintiendo cómo temblaba bajo ella, antes de retroceder, los labios brillantes.
—Joder, Laura —jadeó, los ojos oscuros de deseo—. Me vas a matar.
Ella rio bajito, subiendo de nuevo para besarlo, dejándolo saborearse en su boca. —Aún no.
Con un movimiento rápido, se deshizo de la falda y las bragas, arrojándolas al suelo junto con su ropa. Daniel la atrajo hacia sí, las manos explorando cada curva, cada centímetro de piel desnuda, como si quisiera memorizar su cuerpo con el tacto. Cuando sus dedos se deslizaron entre sus piernas, Laura gimió, arqueándose contra su mano, sintiendo cómo la provocaba, cómo rodeaba el punto más sensible antes de hundir dos dedos dentro de ella.
—Tan mojada —murmuró, los labios rozando el lóbulo de su oreja—. Tan lista.
Laura mordió el labio, las caderas moviéndose en un ritmo instintivo, buscando más. —Daniel, por favor…
Él no la hizo esperar. Con un movimiento rápido, la posicionó sobre sí, guiándola hacia abajo hasta que lo sintió llenarla por completo. Laura gimió en voz alta, las uñas clavándose en sus hombros, el cuerpo entero contrayéndose alrededor de él. Daniel la sujetó por la cintura, los dedos marcando su piel mientras la guiaba en un ritmo lento y torturante, cada movimiento profundo y deliberado.
—Mírame —ordenó, la voz ronca.
Laura abrió los ojos, encontrando su mirada, oscura e intensa, llena de una necesidad que reflejaba la suya. Se movió sobre él, las caderas girando en círculos, sintiendo cómo la llenaba, cómo alcanzaba cada punto exacto dentro de ella. Daniel gimió, los dedos apretando su cintura con más fuerza, atrayéndola hacia abajo con cada embestida.
—Así —gruñó—. Justo así.
Laura aceleró el ritmo, el placer acumulándose en olas cada vez más intensas, cada movimiento acercándola más al límite. Daniel se incorporó, envolviéndola con los brazos, los labios encontrando los de ella en un beso hambriento mientras la penetraba con más fuerza, más profundo. Ella gimió contra su boca, el cuerpo entero temblando, al borde del abismo.
—Ven conmigo —susurró él, los dientes rozando su cuello.
Y Laura se dejó llevar. Con un grito ahogado, se deshizo alrededor de él, el orgasmo atravesándola en olas violentas, el cuerpo entero contrayéndose en espasmos de placer. Daniel la sujetó con fuerza, las caderas moviéndose en un ritmo frenético hasta que él también encontró su liberación, un gemido ronco escapando de sus labios mientras se derramaba dentro de ella.
Por un momento, no hubo nada más que el sonido de sus respiraciones entrecortadas, el cuerpo de Laura aún temblando levemente sobre el de él. Daniel la atrajo hacia sí, los brazos envolviéndola en un abrazo apretado, los labios depositando besos suaves en su hombro.
—Eso fue… —Laura comenzó, pero las palabras le fallaron.
—Ya lo sé —murmuró él, los dedos trazando círculos perezosos en su espalda.
Cerró los ojos, sintiendo el peso de su cuerpo, el calor de su piel, el olor a sexo y sudor mezclado con el aroma a madera del bar. Por un instante, todo pareció perfecto. Pero entonces, el sonido lejano de una puerta abriéndose resonó por el pasillo, seguido de pasos amortiguados.
Daniel alzó la cabeza, los ojos entrecerrándose. —Mierda.
Laura se encogió, los dedos apretando las sábanas imaginarias—o mejor dicho, la tela gastada del sofá. —¿Alguien viene?
Él asintió, la expresión tensa. —El dueño del bar. Suele cerrar más temprano.
Ella mordió el labio, el corazón aún acelerado, pero ahora por una razón diferente. —¿Y ahora?
Daniel la miró, una sonrisa lenta extendiéndose por sus labios. —Ahora nos vestimos. Y después… —se inclinó, los labios rozando su oreja— decidimos si esta noche termina aquí.
Laura sintió un escalofrío recorrer su cuerpo, a pesar del calor que aún los envolvía. Sabía que no quería que terminara. Todavía no.
La luz grisácea de la mañana se filtraba en el bar a través de las rendijas de las persianas, pintando franjas pálidas sobre los cuerpos entrelazados. Laura despertó lentamente, como si emergiera de un sueño líquido, los músculos aún pesados de placer, la piel sensible al tacto del aire fresco. El olor a madera envejecida se mezclaba con el sudor seco y el perfume residual de sexo, un aroma que parecía adherirse a las paredes, a las sábanas arrugadas en el suelo, a sus propios poros. A su lado, Daniel respiraba profundamente, el pecho subiendo y bajando en un ritmo lento, casi perezoso. Uno de sus brazos estaba atrapado bajo su cuerpo, el otro sobre su cintura en un gesto posesivo, incluso en el sueño.
Giró el rostro para observarlo. Las pestañas oscuras proyectaban sombras sobre sus pómulos, y la barba incipiente delineaba su mandíbula en una línea áspera. Los labios, aún ligeramente hinchados por los besos de la noche anterior, estaban entreabiertos, como si estuviera a punto de decir algo. Laura sonrió, una sonrisa que nació del cansancio satisfecho y de la extraña intimidad de despertar junto a un desconocido que, de alguna manera, ya conocía cada curva de su cuerpo. Con cuidado, deslizó los dedos por su antebrazo, trazando las venas prominentes, las cicatrices finas que contaban historias de cuerdas de guitarra y noches mal dormidas.
Daniel se movió, los ojos parpadeando hasta fijarse en ella. Por un segundo, hubo confusión—un destello de sorpresa, como si él tampoco esperara encontrarla allí. Luego, el reconocimiento se instaló, seguido de una sonrisa lenta, perezosa, que le hizo contraer el estómago.
—Buenos días —murmuró, la voz ronca por el sueño y por todo lo que habían hecho.
—Buenos días —respondió ella, sintiendo la garganta seca—. La lluvia paró.
Él alzó la cabeza lo suficiente para mirar por la ventana. El cielo aún estaba cargado, pero las nubes se habían alejado, dejando un gris opaco, casi plateado, como si el mundo entero hubiera sido lavado y ahora secara lentamente. Daniel volvió a mirarla, los dedos jugando con un mechón de su cabello, enredándolo y desenredándolo.
—Normalmente despiertas así, toda arreglada, después de una noche como la de ayer? —preguntó, la voz cargada de ironía.
Laura rio, un sonido bajo y ronco. —¿Arreglada? —Miró su propia apariencia: la blusa arrugada, los pantalones aún parcialmente desabrochados, los senos marcados por chupetones que sabía que serían visibles bajo la ropa de trabajo—. Creo que no.
—Pues no. —Se acercó, los labios rozando su hombro—. Estás hecha un desastre. Y me gusta.
Ella cerró los ojos cuando sus dientes mordisquearon suavemente su piel, un escalofrío recorriéndola. Pero entonces, el sonido de una puerta cerrándose en algún lugar del bar la hizo estremecer. La realidad regresó con fuerza: el sofá gastado, las botellas vacías olvidadas en la barra, la luz de la mañana que no perdonaba.
—Mierda —murmuró Daniel, apartándose un poco—. El dueño debe estar llegando.
Laura se sentó, tirando de las sábanas para cubrir su cuerpo, aunque sabía que era inútil. La tela estaba fría contra su piel caliente, y sintió un escalofrío. Daniel se levantó con un movimiento fluido, tomando su camisa del suelo y vistiéndola sin prisa, los músculos de su espalda contrayéndose bajo la piel. Lo observó, la forma en que sus dedos abotonaban la camisa con una precisión casi ritualística, como si cada movimiento fuera una forma de recomponerse.
—¿Tienes que irte? —preguntó él, volviéndose hacia ella.
Laura dudó. Parte de ella quería decir que sí, que tenía una pila de casos esperando en la oficina, reuniones, plazos. Pero la otra parte, la que aún sentía su sabor en la boca, la que aún vibraba con el eco de sus gemidos de la noche anterior, no quería ir a ningún lado.
—No inmediatamente —admitió.
Daniel sonrió, una sonrisa que era a la vez alivio y desafío. —Perfecto. Porque estaba pensando en hacer café.
Le tendió la mano, y Laura la tomó, dejándose levantar del sofá. El suelo estaba frío bajo sus pies descalzos, y tembló, pero no le importó. Daniel la guió hasta la pequeña cocina en la parte trasera del bar, un espacio estrecho con una cafetera antigua, un fregadero lleno de vasos sucios y una estufa que parecía haber sobrevivido a varias décadas de uso. Encendió la cafetera, el sonido del líquido oscuro goteando en la jarra rompiendo el silencio cómodo entre ellos.
—¿Siempre haces café para las mujeres que traes aquí? —preguntó Laura, apoyándose en la encimera.
Daniel rio, volviéndose para mirarla. —Solo para las que valen la pena.
Ella arqueó una ceja. —¿Y yo valgo?
Él no respondió de inmediato. En cambio, dio un paso adelante, atrapándola entre sus brazos, las manos apoyadas en la encimera a cada lado de su cuerpo. Laura sintió el olor del café mezclado con su perfume, una combinación extrañamente íntima.
—Vales más que café —murmuró, los labios casi tocando los de ella—. Pero como no tengo champán aquí, café tendrá que servir.
Ella rio, pero el sonido murió en su garganta cuando la besó. Esta vez, no hubo urgencia, no hubo prisa. Fue un beso lento, exploratorio, como si estuviera memorizando la forma de su boca, la manera en que respondía. Laura se dejó llevar, las manos subiendo para enredarse en su cabello, atrayéndolo más cerca. El café olvidado silbaba suavemente, el vapor elevándose en espirales perezosas.
Cuando se separaron, ambos estaban jadeando. Daniel apoyó la frente contra la de ella, los ojos cerrados.
—No quiero que esto termine —confesó, la voz baja.
Laura sintió un nudo en el pecho. Ella tampoco quería. Pero la vida no estaba hecha de noches como esa, de encuentros fortuitos que ardían como fuego y se apagaban antes del amanecer. O tal vez sí, y ellos simplemente habían olvidado cómo vivir así.
—Tampoco yo —admitió, finalmente.
Daniel se apartó lo suficiente para servir dos tazas de café. Le entregó una, los dedos rozando los suyos un segundo más de lo necesario. Laura llevó la taza a los labios, sintiendo el calor esparcirse por su cuerpo. El café estaba fuerte, amargo, exactamente como le gustaba.
—Entonces —dijo él, apoyándose en la encimera a su lado—, ¿qué hacemos ahora?
Laura lo miró, el corazón latiendo un poco más rápido. —Podemos empezar por intercambiar números.
Daniel sonrió, sacando el teléfono del bolsillo. —Eso es un comienzo.
Intercambiaron contactos, los dedos tecleando con una lentitud deliberada, como si cada número fuera una promesa. Cuando terminaron, Daniel guardó el teléfono y la miró, los ojos oscuros llenos de algo que Laura no pudo descifrar.
—¿Y después? —preguntó ella.
Él no respondió de inmediato. En cambio, tomó su taza y la colocó en el fregadero, junto con la suya. Luego, sostuvo su rostro entre las manos, los pulgares trazando círculos en sus mejillas.
—Después —murmuró—, vemos.
Y entonces, la besó de nuevo. Esta vez, no había sofá viejo, ni bar vacío, ni lluvia afuera. Solo estaban ellos, el sabor del café en la lengua, el calor de sus cuerpos encontrándose una vez más, como si supieran que esa sería la última vez que tendrían la oportunidad de perderse el uno en el otro.
Cuando se separaron, Laura estaba sin aliento. Daniel apoyó la frente contra la de ella, los ojos cerrados.
—No sé qué fue esto —dijo, finalmente—. Pero no me arrepiento.
Laura sonrió, sintiendo que las lágrimas le quemaban los ojos. —Yo tampoco.
Se vistieron en silencio, los movimientos lentos, como si estuvieran posponiendo lo inevitable. Cuando Laura estuvo lista para irse, Daniel la acompañó hasta la puerta trasera del bar. El aire afuera estaba fresco, húmedo, el olor a tierra mojada invadiendo sus fosnas. Respiró hondo, sintiendo el peso de la noche que terminaba.
—¿Volverás? —preguntó él, apoyándose en el marco de la puerta.
Laura lo miró, memorizando cada detalle: sus ojos oscuros, su sonrisa torcida, la forma en que el viento despeinaba su cabello. —No lo sé.
Daniel asintió, como si esperara esa respuesta. —Está bien.
Ella dio un paso adelante y lo besó una última vez. Un beso suave, casi casto, que lo decía todo sin palabras. Cuando se apartó, él sostuvo su mano por un segundo, los dedos entrelazados.
—Cuídate, Laura.
—Tú también, Daniel.
Y entonces, se dio la vuelta y comenzó a caminar por la acera mojada, los tacones golpeando contra el concreto. No miró atrás. Sabía que, si lo hacía, no podría irse.
Detrás de ella, Daniel permaneció en la puerta, observándola hasta que dobló la esquina y desapareció. Luego, entró en el bar y cerró la puerta con un clic suave. El silencio que siguió era diferente al de la noche anterior. No había tensión, ni expectativa. Solo la quietud de algo que había terminado, pero que, de alguna manera, seguiría ardiendo dentro de él.
Laura, por su parte, caminó por las calles vacías de la mañana, el cuerpo aún vibrando con el eco de su tacto. Cuando llegó al coche, se detuvo un momento, mirando al cielo. Las nubes se habían disipado por completo, dejando un azul pálido, casi transparente. Sonrió, una sonrisa triste y satisfecha, y entró en el coche.
Mientras conducía, la radio sonaba una canción antigua, una de esas que hablaban de encuentros fortuitos y despedidas inevitables. Laura subió el volumen, dejando que la melodía llenara el silencio. Sabía que, en algún momento, miraría atrás y se preguntaría si todo eso había sido real. Pero, por ahora, bastaba con saber que, por una noche, se había permitido arder.
Y que, a veces, el fuego más intenso era aquel que duraba solo unas horas.