Fuego Cruzado

Por Tonkix
**Fuego Cruzado** El bar olía a whisky envejecido y perfume caro, una mezcla que se adhería a la garganta como el humo de un cigarrillo olvidado. Las luces ámbar de los focos se reflejaban en las copas de cristal, dibujando halos dorados sobre las mesas de caoba pulida, mientras el murmullo de las conversaciones se disolvía en un zumbido constante, casi hipnótico. Era el tipo de lugar que Clara elegía por instinto: lo suficientemente elegante para no parecer vulgar, pero lo bastante concurrido como para que nadie notara su presencia. Se deslizó hacia el taburete alto de la barra con la precisión de quien domina el silencio, cruzando las piernas bajo la falda lápiz negra que moldeaba sus muslos sin revelar demasiado. La tela susurró contra su piel, un recordatorio sutil de que, tras la armadura de abogada, había algo más suave. El día había sido una sucesión de audiencias agotadoras, clientes inseguros y un juez con la paciencia de un santo en día de ayuno. Aflojó el nudo de la corbata de moño—un detalle que siempre la hacía sentir en control, incluso cuando todo se desmoronaba—y pasó los dedos por el cabello castaño, recogido en un moño bajo que ya comenzaba a deshacerse. El espejo detrás de la barra captó su reflejo: ojos verdes cansados, pero aún afilados, labios pintados de un rojo discreto, casi imperceptible bajo la luz tenue. Clara no sonreía. No necesitaba hacerlo. Pidió un gin-tonic con dos rodajas de limón, sin azúcar. El barman, un hombre de manos ágiles y mirada profesional, sirvió la bebida con la ceremonia de quien sabe que ella no era del tipo que aceptaba errores. El primer sorbo le quemó la lengua, pero no parpadeó. El alcohol bajó como una hoja fría, aliviando la tensión en los hombros. Cerró los ojos por un segundo, permitiéndose el lujo de no ser Clara Viana, socia del bufete más temido de la ciudad, por unos minutos. Solo una mujer sola en un bar, con los pies doloridos dentro de los zapatos de tacón aguja y la mente vacía por primera vez en horas. Al otro lado del salón, Rafael observaba. Llevaba allí media hora, fingiendo interés en la carta de cócteles mientras su mirada se desviaba, una y otra vez, hacia la figura inmóvil en la barra. No era solo su postura—erguida como si llevara un libro equilibrado sobre la cabeza—o la forma en que sus dedos largos envolvían el vaso, como si estuviera a punto de firmar un contrato en lugar de beber. Era algo más sutil: la manera en que parecía flotar por encima del caos a su alrededor, como si el bar, las personas, incluso el aire, existieran solo para servirle de telón de fondo. Rafael conocía ese tipo de presencia. Él mismo la cultivaba. Ajustó la manga de su camisa de vestir, los gemelos de plata tintineando levemente contra la madera de la mesa. Su traje gris plomo, hecho a medida, caía perfectamente sobre los hombros anchos, pero lo sentía como una segunda piel—familiar, cómodo, casi invisible. El reloj de pulsera, un Patek Philippe que le había regalado un cliente agradecido, marcaba las diez y media. Demasiado tarde para reuniones, demasiado temprano para rendirse a la noche. Había pasado el día entero en obras, discutiendo ángulos de iluminación con ingenieros y maldiciendo mentalmente el tráfico de São Paulo. Ahora, allí, con el olor a cuero envejecido y alcohol en el aire, sentía algo distinto: una curiosidad que no se conformaba con respuestas fáciles. Clara no lo vio acercarse. Estaba demasiado ocupada observando su propio reflejo en el espejo, como si buscara algo perdido allí. Rafael se detuvo a un paso de distancia, lo suficientemente cerca para sentir el calor que emanaba de ella, pero sin invadir su espacio. Su perfume llegó hasta él primero—algo cítrico, con notas de bergamota y un toque de vainilla, como si acabara de salir de un baño prolongado. Sonrió para sí mismo. Las mujeres que olían así sabían exactamente lo que hacían. — Este lugar mejora después de las once —dijo él, la voz baja, pero lo suficientemente clara para cortar el ruido a su alrededor—. Antes de eso, solo es un bar bonito con gente aburrida. Clara giró la cabeza lentamente, como si el movimiento requiriera un esfuerzo calculado. Sus ojos verdes lo evaluaron en un segundo: el corte de cabello impecable, la barba incipiente que le daba un aire de rebeldía controlada, la forma en que la camisa se ajustaba a los brazos, sugiriendo músculos bajo la tela cara. No sonrió, pero algo brilló en su mirada—una chispa de reconocimiento, tal vez, o solo el reflejo de la luz en los vasos. — ¿Y tú sabes eso porque...? —preguntó, la voz suave, pero con un hilo de desafío. — Porque llevo años viniendo aquí. —Rafael apoyó un codo en la barra, inclinándose levemente hacia ella—. Y porque, hasta ahora, eres la única persona que parece estar en el lugar correcto a la hora equivocada. Un silencio. Clara tomó otro sorbo de su bebida, los labios húmedos dejando una marca discreta en el vaso. Rafael no apartó la mirada. Sabía que ella estaba decidiendo si valía la pena responder, si él merecía su atención. Era un juego antiguo, ese—el de quién cedía primero. Pero Clara no era el tipo de mujer que cedía fácilmente. — O tal vez soy la única que sabe que la hora correcta no existe —dijo ella, al fin—. Solo personas que se convencen de lo contrario. Rafael rio, un sonido grave y ronco que hizo que algunos mechones sueltos de su moño se agitaran levemente. Extendió la mano, como si fuera a tocarle el brazo, pero se detuvo a medio camino, dejando los dedos suspendidos en el aire entre ellos. — ¿Puedo ofrecerte una bebida? —preguntó, aunque ya sabía la respuesta—. ¿O prefieres seguir filosofando sobre el tiempo? Clara miró su mano, luego su rostro. Había algo peligroso allí, una promesa que ella no estaba lista para aceptar—pero tampoco estaba lista para rechazar. — Depende —dijo, la voz casi un susurro—. ¿Sueles filosofar con todas las mujeres que encuentras en los bares? — Solo con las que parecen necesitar una buena distracción. Ella no respondió. En cambio, empujó su vaso vacío hacia él, un gesto tan sutil como una invitación. Rafael entendió. Pidió otro gin-tonic para ella, un whisky para sí, y cuando el barman colocó las bebidas frente a ellos, sus dedos rozaron los de ella por accidente—o tal vez no fue un accidente. El contacto fue breve, pero suficiente para dejar un rastro de calor en la piel de Clara. Ella no se apartó. Al otro lado del salón, la música cambió a algo más lento, una melodía de saxofón que serpenteaba entre las mesas como humo. Rafael se inclinó un poco más, hasta que su aliento rozó el cuello de ella. — ¿Siempre estás así después del trabajo? —murmuró—. ¿O solo cuando intentas convencerte de que no quieres compañía? Clara giró el rostro, los labios casi tocando los suyos. Sus ojos verdes brillaban con algo que él no logró descifrar—ira, deseo, o solo el reflejo del alcohol. — No necesito convencerme de nada —dijo. Y entonces, sin aviso, sonrió. No una sonrisa amplia, no una invitación obvia, sino algo más peligroso: una sonrisa que decía que ella sabía exactamente lo que estaba haciendo, y que él tendría que esforzarse mucho más si quería descubrir hasta dónde estaba dispuesta a llegar. Rafael sintió la sangre correr más rápido. Sabía reconocer a una mujer que no se entregaba fácilmente. Y, por algún motivo, eso solo hacía que todo fuera más interesante. Afuera, la ciudad seguía su ritmo frenético, ajena al juego que comenzaba allí, entre dos vasos y un silencio cargado de posibilidades. El bar estaba más lleno ahora, el murmullo de las conversaciones mezclándose con el tintineo de los vasos y el sonido amortiguado de una música de jazz que salía de los altavoces. Rafael no apartó los ojos de Clara mientras se levantaba de la barra, el cuerpo moviéndose con la confianza de quien sabe que cada paso suyo está calculado. Tomó un vaso bajo con dos dedos de whisky—el mismo que ella bebía—y cruzó el salón como si el espacio entre ellos fuera una cuerda floja que dominaba con facilidad. Clara lo vio acercarse por el reflejo del espejo detrás de la barra. No se giró. Mantuvo la postura erguida, los dedos jugando con el borde del vaso, como si estuviera decidiendo si aquello era una invasión o una invitación. El perfume de él llegó antes incluso de que se detuviera a su lado—algo amaderado, con un toque de especias, cálido como la piel de alguien que acaba de salir de la ducha. — ¿Este lugar es tuyo? —preguntó Rafael, apoyando un codo en la barra con una naturalidad que rayaba en la provocación. El vaso en su mano se balanceó levemente, el líquido ámbar reflejando la luz dorada del bar. Clara alzó los ojos lentamente, como si cada centímetro del movimiento le costara un esfuerzo deliberado. El verde de sus iris parecía más oscuro allí, casi negro bajo la penumbra. — ¿El bar? —Arqueó una ceja—. No. Pero si lo fuera, cobraría por la compañía. Él rio, un sonido bajo y ronco que vibró en el pecho de ella antes incluso de que se inclinara un poco más, acortando la distancia entre los dos. El calor del cuerpo de él era palpable, como si irradiara una energía propia. — Entonces es bueno que haya traído pago. —Deslizó el vaso hacia ella, los dedos rozando levemente la madera pulida de la barra—. Whisky. Doce años. Pensé que merecías algo mejor que ese veneno que estabas bebiendo. Clara no tocó el vaso. En cambio, llevó el suyo a los labios, tomando un sorbo lento, los ojos fijos en él mientras tragaba. El alcohol le quemó la garganta, pero no parpadeó. — ¿Y si no me gusta que sean presuntuosos? — ¿Presuntuoso? —Fingió ofensa, llevándose una mano al pecho—. Solo estoy siendo educado. Un hombre le ofrece un trago a una mujer hermosa en un bar. Es casi una ley. — Casi. —Sonrió, esta vez más abierta, pero aún con ese dejo de desafío—. Pero las leyes están hechas para romperse. Rafael se acercó más, hasta que su rodilla rozó levemente la pierna de ella bajo la barra. El contacto fue breve, casi accidental, pero suficiente para que el aire entre ellos se espesara. — Entonces eres del tipo que le gusta romper las reglas. — Depende de las reglas. —Clara finalmente tomó el vaso que él le ofrecía, los dedos rozando los suyos un segundo más de lo necesario—. Y de las consecuencias. Él observó mientras ella llevaba el whisky a los labios, la forma en que la garganta se movía al tragar, cómo la lengua pasaba rápidamente por el labio inferior después. Cada detalle era una provocación silenciosa. — ¿Y si te dijera que las consecuencias pueden ser… interesantes? Clara no respondió de inmediato. En cambio, giró el vaso entre los dedos, dejando que la luz danzara sobre el líquido ámbar. — ¿Interesantes cómo? — Como una noche que no olvidarás. Ella rio, un sonido suave y peligroso. — ¿Siempre eres tan directo? — Solo cuando vale la pena. El silencio que siguió estaba cargado de algo que ninguno de los dos se atrevió a nombrar. El bar a su alrededor parecía haber desaparecido—el sonido de las conversaciones, el tintineo de los vasos, incluso el olor a alcohol y perfume se disiparon, dejando solo la tensión eléctrica que pulsaba entre ellos. Clara finalmente se giró hacia él, las rodillas rozando las suyas bajo la barra. El contacto fue deliberado esta vez, y Rafael no se apartó. — ¿Y qué te hace pensar que estoy interesada en una noche inolvidable? — No es cuestión de pensar. —Se inclinó, la voz bajando a un susurro ronco—. Es cuestión de saber. Los labios de ella se entreabrieron, como si estuviera a punto de responder, pero en lugar de palabras, solo sostuvo su mirada, los ojos verdes brillando con una intensidad que hizo que el pecho de Rafael se apretara. — Eres peligroso —murmuró. — Solo para quienes les gusta correr riesgos. Clara no respondió. En cambio, llevó el vaso a los labios una vez más, tomando un sorbo lento, como si estuviera saboreando no solo el whisky, sino el juego que comenzaba a desarrollarse entre ellos. Cuando bajó el vaso, sus dedos trazaron un camino lento por el borde, como si estuviera dibujando algo invisible. — ¿Y si te digo que no corro riesgos? — Entonces estarías mintiendo. —Rafael tomó el vaso de ella antes de que lo colocara de nuevo en la barra, los dedos envolviendo los suyos por un instante—. Todo el mundo corre riesgos. La diferencia está en si tienes el valor de admitirlo. Ella no retiró la mano. En cambio, dejó que él la sostuviera, los dedos de él cálidos contra los suyos. — ¿Y tú? —preguntó, la voz baja—. ¿Admites los tuyos? — Siempre. El pulgar de él rozó la piel suave de la muñeca de ella, sintiendo el pulso acelerado bajo la superficie. Clara no se apartó. En cambio, se inclinó un poco más, hasta que su aliento rozó el rostro de él. — Entonces admite algo para mí. — ¿Qué? — Que no viniste aquí solo por educación. Rafael sonrió, lento y depredador. — Nunca hago nada solo por educación. Ella rio, un sonido bajo y satisfecho, como si él acabara de confirmar algo que ya sabía. — Bien. Porque yo tampoco. El bar a su alrededor pareció volver a existir de repente, el sonido de las conversaciones y la música invadiendo el espacio entre ellos como una ola. Pero a ninguno de los dos le importó. Rafael aún sostenía la muñeca de ella, el pulgar trazando círculos lentos sobre su piel, y Clara no hizo ningún movimiento para apartarse. — Entonces —murmuró, la voz ronca—, ¿qué sugieres que hagamos ahora? Clara lo miró por un largo momento, como si estuviera evaluando sus opciones. Luego, con un movimiento deliberado, se inclinó hacia atrás, soltando su mano con un toque lento y provocador. — Sugiero que nos vayamos de aquí. Rafael no dudó. Tomó el vaso de ella y lo colocó en la barra, junto al suyo, ambos vacíos ahora, como si hubieran sido vaciados no por el alcohol, sino por la tensión que ardía entre ellos. — Después de ti. Clara se levantó, el vestido negro pegándose a su cuerpo mientras se movía, los tacones altos haciendo un sonido suave contra el piso de madera. Rafael la siguió, sintiendo el peso de su mirada sobre él mientras caminaba delante de él, las caderas balanceándose de una manera que hacía hervir su sangre. Afuera, la noche estaba fresca, el aire cargado con el olor a lluvia reciente y asfalto mojado. Clara se detuvo en la acera, girándose hacia él con una sonrisa que prometía cosas que ninguno de los dos se atrevía a decir en voz alta. — ¿Adónde? Rafael no respondió de inmediato. En cambio, dio un paso adelante, acortando la distancia entre ellos hasta que sus cuerpos casi se tocaron. Podía sentir el calor de ella, la forma en que su respiración se aceleraba levemente. — Adonde tú quieras. Ella rio, un sonido bajo y ronco, y entonces, sin aviso, tomó la solapa de su saco, acercándolo más. — Quiero ir a un lugar donde podamos hacer ruido. Rafael sintió todo su cuerpo reaccionar a esas palabras. Tomó su mano, los dedos entrelazándose con los suyos con una urgencia que ninguno de los dos intentó ocultar. — Entonces vamos. Y, sin más palabras, comenzaron a caminar por las calles iluminadas de la ciudad, los pasos acelerados, los cuerpos rozándose a cada movimiento, como si ya no pudieran esperar a llegar adonde fuera. Las manos entrelazadas quemaban. Clara sentía el peso de la mirada de Rafael sobre ella mientras caminaban, la presión de sus dedos contra los suyos como una promesa silenciosa. La noche estaba fresca, pero el aire entre ellos parecía cargado de electricidad, cada respiración más caliente que la anterior. El bar había quedado atrás, al igual que las palabras innecesarias, quedando solo el ritmo de los pasos en la acera mojada y el sonido amortiguado de la ciudad alrededor—motores lejanos, risas esporádicas, el tintineo de una botella siendo desechada en algún lugar. Rafael fue el primero en romper el silencio, pero no con palabras. Con un movimiento suave, la atrajo hacia sí, apoyándola contra la pared de un edificio antiguo, donde la luz ámbar de un farol apenas llegaba. La espalda de Clara encontró el ladrillo áspero, y arqueó levemente el cuerpo, como si ya supiera lo que vendría. Él no dudó. Se inclinó, los labios rozando primero la comisura de su boca, luego deslizándose hacia abajo, por la línea de la mandíbula, hasta encontrar el punto sensible justo debajo de la oreja. Un suspiro escapó de los labios de Clara, y sintió los dedos de él apretar los suyos con más fuerza. — ¿Tienes idea de lo que me estás haciendo? —la voz de Rafael era un murmullo ronco, los labios aún pegados a su piel. Clara sonrió, girando el rostro para capturar su boca en un beso lento, profundo. La lengua de Rafael la invadió con una urgencia controlada, como si estuviera probando algo prohibido. Ella respondió con la misma intensidad, las uñas clavándose levemente en el dorso de su mano, arrancándole un gemido bajo. Cuando se separaron, ambos estaban jadeando. — Tengo una idea bastante clara —respondió, la voz arrastrada, los ojos entrecerrados—. Pero creo que te gusta fingir que no lo sabes. Rafael rio, un sonido grave que vibró contra el pecho de ella. Tomó su mentón entre los dedos, inclinándola para otro beso, este más voraz, más exigente. Sus manos bajaron por el cuerpo de ella, contorneando la curva de la cintura, las caderas, hasta detenerse en la parte posterior de los muslos, atrayéndola contra sí. Clara sintió la dureza de él presionándola, y un escalofrío recorrió su columna. — Me gusta fingir muchas cosas —susurró contra su boca—. Pero no ahora. Ella no respondió. En cambio, mordió levemente su labio inferior, arrancándole un gruñido de placer. Rafael la soltó por un instante, solo lo suficiente para tomar su mano nuevamente, arrastrándola de vuelta a la acera. Caminaron unos metros más, los cuerpos rozándose a cada paso, los dedos entrelazados como si temieran soltarse. La tensión entre ellos era casi palpable, una cuerda tensa a punto de romperse. Fue Clara quien se detuvo esta vez, atrayéndolo hacia el hueco de una puerta de tienda cerrada, donde la oscuridad los envolvió como un manto. Rafael no necesitó invitación. La presionó contra la pared, las manos deslizándose bajo la tela fina de su blusa, encontrando la piel cálida y suave. Clara jadeó cuando los dedos de él rozaron el encaje del sujetador, los pezones ya rígidos bajo el contacto. — Eres hermosa —murmuró, los labios ahora en su cuello, succionando levemente, dejando marcas que ella sabía que durarían hasta el día siguiente—. Y quiero verte entera. Clara no respondió con palabras. En cambio, sacó la camisa de él de los pantalones, los dedos ávidos explorando los músculos definidos del abdomen, la línea de vello que desaparecía bajo el cinturón. Rafael gimió cuando ella bajó más, encontrando la evidencia de su deseo, ya palpitante bajo la tela. La sujetó por las muñecas, inmovilizándola contra la pared. — Si sigues así, no llegaremos a ningún lado —advirtió, la voz ronca. Ella sonrió, desafiante. — ¿Y quién dijo que quiero llegar a algún lado? Rafael no resistió. Capturó su boca nuevamente, esta vez con un hambre que no dejaba espacio para juegos. Sus manos bajaron hasta la falda de Clara, subiéndola lentamente, los dedos rozando la piel desnuda de los muslos. Ella gimió contra sus labios cuando él encontró el encaje de su tanga, ya húmeda. — Rafael… —su nombre escapó como un susurro quebrado. — ¿Qué? —preguntó, los dedos trazando círculos lentos sobre la tela, provocando. — Yo… —tragó saliva, el cuerpo entero temblando—. Te quiero a ti. Él no necesitó más incentivo. Con un movimiento rápido, apartó su tanga a un lado, los dedos deslizándose dentro con una facilidad que hizo arquear la espalda a Clara, las uñas clavándose en sus hombros. Rafael la observaba, los ojos oscuros fijos en los suyos mientras la tocaba, lento, deliberado, como si quisiera memorizar cada reacción. — ¿Así? —preguntó, la voz un gruñido. — Más —pidió, la respiración entrecortada. Él obedeció, acelerando el ritmo, los dedos hundiéndose más profundo, curvándose dentro de ella. Clara mordió el labio para contener un gemido, pero Rafael no se lo permitió. Se inclinó, capturando el sonido con su boca, tragándolo mientras continuaba moviéndolos, cada vez más rápido, hasta que ella temblaba, las piernas débiles, el cuerpo entero en tensión. — Córrete para mí —ordenó, la voz un susurro áspero. Y ella obedeció. Clara se deshizo contra él, el orgasmo atravesándola en oleadas, los músculos internos contrayéndose alrededor de sus dedos. Rafael no se detuvo hasta que ella estuvo completamente laxa en sus brazos, los labios aún pegados a los suyos, tragando cada suspiro. Cuando finalmente se apartó, el pecho de Clara subía y bajaba rápidamente, los ojos aún vidriosos. Rafael llevó los dedos a su boca, lamiéndolos lentamente, sin apartar la mirada de ella. — Sabes a pecado —murmuró. Clara sonrió, aún jadeante. — Y tú sabes a problemas. Rafael rio, atrayéndola para otro beso, este más suave, pero no menos intenso. Cuando se separaron, tomó su rostro entre las manos, los pulgares acariciando sus mejillas. — Mi apartamento está a tres cuadras de aquí —dijo, la voz baja, cargada de promesas—. ¿Vienes? Clara no dudó. — Voy. Y, tomados de la mano nuevamente, reanudaron la caminata, los pasos ahora más rápidos, los cuerpos aún vibrando con lo que acababa de suceder. La ciudad a su alrededor parecía haber desaparecido, quedando solo ellos, el calor entre los cuerpos, y la certeza de que la noche estaba lejos de terminar. Cuando llegaron al edificio de Rafael, una construcción moderna con portería discreta, él ingresó el código de acceso con una mano, la otra aún entrelazada con la de ella. El ascensor los llevó hasta el último piso en silencio, pero el aire entre ellos estaba cargado, como si cada segundo fuera una cuenta regresiva hacia algo inevitable. La puerta del apartamento se abrió a un espacio amplio, con ventanas del suelo al techo que revelaban la ciudad iluminada. Rafael no encendió las luces. En cambio, la atrajo hacia adentro, cerrando la puerta de una patada, y la presionó contra ella antes de que pudiera mirar alrededor. — Por fin —murmuró, los labios encontrando los suyos nuevamente. Esta vez no había prisa. No había necesidad de contenerse. Las manos de Rafael exploraron el cuerpo de Clara con una lentitud torturante, como si tuviera todo el tiempo del mundo para memorizar cada curva, cada reacción. Ella respondió de la misma manera, los dedos desabotonando su camisa con una paciencia que no concordaba con la urgencia que ambos sentían. Cuando la camisa cayó al suelo, Clara recorrió su pecho con las uñas, arrancándole un gemido bajo. Rafael la levantó en brazos, las piernas de ella envolviendo su cintura, y la llevó por el apartamento hasta el sofá, donde la acostó con cuidado, como si estuviera hecha de algo precioso. Pero Clara no quería cuidado. Quería fuego. Lo atrajo hacia abajo, los labios encontrando los suyos en un beso hambriento, las manos ya trabajando en su cinturón. Rafael gimió cuando ella lo liberó, los dedos envolviéndolo con firmeza, moviéndose en un ritmo que lo hizo apretar los dientes. — Clara… —su nombre escapó como una advertencia, pero también como una súplica. Ella sonrió, empujándolo para que se acostara, y luego se posicionó sobre él, los labios trazando un camino de besos por su pecho, su abdomen, hasta llegar donde más lo deseaba. Rafael arqueó la espalda cuando ella lo tomó en su boca, los dedos enredándose en su cabello, guiándola sin palabras. Pero no aguantaría mucho más. Con un movimiento rápido, invirtió las posiciones, inmovilizándola bajo él, los ojos oscuros quemando los suyos. — Quiero estar dentro de ti —dijo, la voz ronca—. Ahora. Clara no respondió. Solo levantó las caderas, invitándolo. Rafael no necesitó más estímulo. Con un movimiento fluido, la penetró, llenándola por completo. Clara gimió, las uñas clavándose en su espalda, mientras él comenzaba a moverse, lento al principio, pero ganando velocidad con cada embestida. El sofá crujía bajo ellos, la ciudad afuera un borrón de luces, pero nada de eso importaba. Solo existían los cuerpos entrelazados, los gemidos ahogados, la sensación de que, en ese momento, eran los únicos en el mundo. Y cuando Rafael la llevó al límite nuevamente, Clara supo que esa noche sería solo el comienzo. La puerta del apartamento de Rafael se cerró con un clic suave, pero el sonido resonó entre ellos como una invitación. Clara sintió el peso del momento incluso antes de girarse—el aire denso, cargado de promesas no dichas, el calor que emanaba del cuerpo de él a sus espaldas. Cuando Rafael la atrajo por la cintura, no opuso resistencia. Sus labios encontraron los suyos en un beso que ya no era urgente, sino deliberado, como si tuvieran todo el tiempo del mundo para perderse el uno en el otro. Las manos de Clara se deslizaron por el pecho de él, sintiendo el ritmo acelerado de su corazón bajo la camisa aún abotonada. Rafael gimió contra su boca, un sonido bajo y gutural, antes de apartarse lo suficiente para murmurar: — No tienes idea de cuánto he esperado por esto. Ella sonrió, los dedos ya trabajando en los botones de su camisa, uno a uno, revelando la piel cálida y bronceada debajo. La luz tenue de la lámpara de la sala proyectaba sombras danzantes sobre los músculos definidos, y Clara no resistió: se inclinó para dejar un rastro de besos húmedos desde el cuello hasta el pecho, sintiendo el sabor salado de su piel, el olor a jabón mezclado con el perfume amaderado que ya asociaba con Rafael. — Tengo una idea —respondió, la voz ronca, los dientes rozando levemente su pezón. Rafael inhaló profundamente, las manos enredándose en su cabello, acercándola más. — Entonces muéstramelo. Se movieron como si bailaran, un ritmo lento e instintivo que no necesitaba música. Rafael la guió hasta el sofá, pero no la acostó—en cambio, se sentó y la atrajo hacia su regazo, las piernas de ella abiertas sobre las suyas. Clara sintió su dureza presionando contra ella, incluso a través de la ropa, y un escalofrío recorrió su columna. Las manos de Rafael subieron por sus muslos, los pulgares trazando círculos lentos sobre la tela fina de su pantalón, mientras los labios exploraban su cuello, los dientes mordisqueando levemente la piel sensible. — Eres hermosa —murmuró, la voz un susurro contra su oído—. Cada centímetro tuyo. Clara arqueó la espalda, ofreciéndose, los dedos clavados en sus hombros. Quería más—necesitaba más. Con un movimiento ágil, desabotonó su propia camisa, dejándola caer al suelo, revelando el sujetador de encaje negro que apenas contenía sus pechos. Rafael no perdió tiempo: se inclinó para capturar un pezón entre los labios, la lengua trazando círculos lentos antes de tirar de él con los dientes. Clara gimió, las uñas arañando su espalda, sintiendo el calor extenderse entre sus piernas. — Rafael… —su nombre escapó como una súplica, y él sonrió contra su piel. — ¿Qué quieres, Clara? —preguntó, los dedos deslizándose ahora dentro de su pantalón, encontrándola ya húmeda, lista—. ¿Quieres que me detenga? ¿O quieres que siga? Ella no respondió con palabras. En cambio, lo atrajo para un beso hambriento, las lenguas enredándose mientras sus manos bajaban hasta la cintura de su pantalón, desabotonándolo con urgencia. Rafael la ayudó, levantando las caderas para que ella pudiera bajarlo todo, liberándolo. Clara lo envolvió con los dedos, sintiendo el calor palpitante, la textura sedosa de la piel estirada sobre la rigidez. — Joder —gimió, los ojos cerrándose por un segundo antes de abrirlos nuevamente, oscuros y hambrientos—. Me vas a matar. — Solo si te detienes —susurró, apretándolo levemente, provocando. Rafael no la hizo esperar. Con un movimiento rápido, la acostó en el sofá, cubriendo su cuerpo con el suyo. Sus manos exploraron cada curva, cada centímetro de piel expuesta, como si quisiera memorizar cada detalle. Clara se retorcía bajo él, las caderas levantándose en busca de más contacto, más fricción. Cuando sus dedos finalmente encontraron el punto más sensible entre sus piernas, arqueó la espalda, un gemido escapando de sus labios entreabiertos. — Así —murmuró, los dedos moviéndose en círculos lentos, presionando, provocando—. Déjame sentirte. Clara mordió su labio inferior, intentando contener los sonidos que amenazaban con escapar, pero era inútil. Cada toque, cada beso, cada mordisco leve en los pezones o el cuello la acercaban más al límite. Rafael parecía saber exactamente qué hacer, como si ya conociera su cuerpo mejor que ella misma. — Quiero probarte —dijo de repente, apartándose solo lo suficiente para deslizarse por su cuerpo, los labios dejando un rastro de fuego desde los pechos hasta el ombligo, hasta el borde de su tanga. Clara contuvo la respiración cuando él la bajó, exponiéndola por completo. Sus ojos se encontraron con los de ella por un segundo, oscuros y llenos de deseo, antes de que su boca la cubriera. Ella gimió fuerte, las manos enredándose en su cabello mientras la lengua exploraba, lenta y deliberadamente, cada pliegue, cada punto sensible. Rafael no tenía prisa—la saboreaba como si tuviera todo el tiempo del mundo, los dedos uniéndose a su boca, penetrándola mientras la lengua continuaba su trabajo implacable. — Rafael, yo… —no pudo terminar la frase. El orgasmo la golpeó como una ola, el cuerpo entero temblando mientras se apretaba alrededor de sus dedos, los gemidos resonando en la sala. Él no se detuvo. Continuó hasta que ella estuvo laxa, sin fuerzas, los dedos aún moviéndose dentro de ella, prolongando el placer hasta que Clara lo jaló del cabello, suplicando: — Basta… no aguanto más. Rafael sonrió, lamiendo sus labios antes de subir por su cuerpo, dejando besos húmedos en cada centímetro de piel. Cuando llegó a su rostro, Clara lo atrajo para un beso, saboreando su propio sabor en su lengua, y eso la excitó aún más. — Quiero que estés dentro de mí —susurró contra sus labios, las caderas levantándose, buscando contacto. Rafael no necesitó más incentivo. Con un movimiento fluido, se posicionó entre sus piernas, la punta presionando contra su entrada. Clara contuvo la respiración, los ojos fijos en los de él, mientras la penetraba lentamente, centímetro a centímetro, llenándola de una manera que la hacía sentir completa. — Joder, estás tan apretada —gimió, los dedos clavándose en sus caderas mientras comenzaba a moverse, primero despacio, luego ganando velocidad. Clara envolvió las piernas alrededor de su cintura, atrayéndolo más cerca, más profundo. Los sonidos que escapaban de los labios de Rafael eran primitivos, guturales, y eso solo la excitaba más. Clavó las uñas en su espalda, sintiendo los músculos contraerse bajo sus dedos, mientras sus cuerpos se movían en perfecta sincronía. — Más fuerte —pidió, la voz ronca, y Rafael obedeció. La volteó boca abajo, atrayéndola para que quedara de rodillas en el sofá, las manos sujetando sus caderas mientras la penetraba por detrás, cada embestida más profunda, más intensa. Clara gimió, el rostro enterrado en el respaldo del sofá, sintiendo cómo golpeaba ese punto que la hacía ver estrellas. — Así —murmuró Rafael, una mano deslizándose por su columna, la otra sujetando su cabello, tirando de ella hacia atrás mientras continuaba moviéndose—. Así, Clara. Córrete para mí. Y ella se corrió. El orgasmo la golpeó con fuerza, el cuerpo temblando mientras se apretaba alrededor de él, los gemidos ahogados contra la tela del sofá. Rafael no se detuvo, continuando hasta que sintió el calor extenderse dentro de ella, los movimientos volviéndose más lentos, más suaves, hasta que se desplomó sobre ella, los cuerpos sudorosos y entrelazados. Por un momento, no hubo nada más que la respiración agitada de ambos, el corazón de Clara latiendo con fuerza en su pecho. Rafael besó su hombro, los labios suaves contra su piel húmeda. — Aún no hemos terminado —murmuró, repitiendo las palabras de la noche anterior. Clara sonrió, sintiendo su cuerpo aún duro dentro de ella. — Lo sé —respondió, los dedos trazando círculos perezosos en su pecho—. Y no quiero que termine. Clara sintió el peso del cuerpo de Rafael sobre el suyo, los músculos aún tensos, su respiración caliente contra su cuello mientras se apoyaba en los antebrazos, inmovilizándola contra el sofá. El sudor entre ellos pegaba sus pieles, y el olor a sexo mezclado con su perfume amaderado llenaba el aire. Arqueó la espalda, sintiéndolo aún dentro de ella, duro, palpitante, como si la noche no hubiera hecho más que avivar el deseo. — Eres insaciable —murmuró, la voz ronca, los dedos deslizándose por su espalda, sintiendo la piel húmeda bajo las uñas. Rafael sonrió contra su hombro, los dientes rozando levemente antes de morder, no con fuerza, pero lo suficiente para hacerla estremecer. — Y a ti te encanta —respondió, levantándose solo lo suficiente para mirarla a los ojos. Los labios estaban entreabiertos, húmedos, y Clara no resistió: lo atrajo para un beso lento, profundo, saboreando el gusto salado de su propio cuerpo en su lengua. Él gimió contra su boca, las manos deslizándose bajo ella, agarrando sus nalgas con firmeza mientras se movía despacio, casi perezosamente, como si quisiera saborear cada centímetro. Clara envolvió las piernas alrededor de su cintura, atrayéndolo más profundo, y Rafael soltó un suspiro ronco, las caderas comenzando a moverse con un ritmo más urgente. — Por Dios, Clara… —murmuró, la voz quebrada, los ojos oscuros fijos en los suyos—. Me vuelves loco. Ella sonrió, las uñas clavándose en la piel de su espalda, sintiendo los músculos contraerse bajo el contacto. — Entonces llévame a algún lugar donde puedas mostrarme cuánto. Rafael no necesitó más incentivo. Con un movimiento rápido, se levantó, atrayéndola consigo, las manos firmes en su cintura mientras la levantaba del sofá. Clara envolvió las piernas alrededor de él instintivamente, los brazos pasando por su cuello, los labios encontrando los suyos en un beso hambriento. Caminó con ella así, los cuerpos pegados, los pasos firmes incluso con su peso en los brazos, como si no hubiera nada más natural que cargarla por la sala. Cuando llegaron a la pared, Rafael la presionó contra ella con fuerza, su cuerpo moldeándose al de ella, los pechos aplastados contra su pecho musculoso. Clara gimió, el rostro enterrado en el respaldo del sofá, sintiéndolo golpear ese punto que la hacía ver estrellas. Rafael sujetó su rostro con una mano, los dedos enterrados en su cabello, mientras la otra bajaba por su muslo, levantándola más alto, ajustando el ángulo para que cada embestida fuera más intensa, más profunda. — Así —murmuró, la voz ronca, los labios rozando su oreja—. Así, Clara. Siénteme. Y ella lo sintió. Cada centímetro de él, cada movimiento, cada embestida de sus caderas contra las suyas, como si quisiera marcarla por dentro. Clara clavó los talones en su espalda, atrayéndolo más cerca, más profundo, los gemidos escapando sin control. La pared fría contrastaba con el calor de sus cuerpos, y el sonido de la piel chocando resonaba en el ambiente, mezclado con suspiros y los murmullos sucios que escapaban de los labios de Rafael. — Te gusta, ¿verdad? —preguntó, la voz baja, los dientes rozando el lóbulo de su oreja—. Te gusta que te follen así, contra la pared, sin pudor, sin control… Clara gimió, el cuerpo entero temblando, las uñas arañando sus hombros. — Sí —admitió, la voz quebrada—. Sí, me gusta. Rafael sonrió, una sonrisa lenta, peligrosa, antes de tirar de su cabello hacia atrás, exponiendo su cuello. Sus labios bajaron por la piel sensible, mordisqueando, chupando, dejando marcas que ella sabía que aún estarían allí por la mañana. Clara arqueó el cuerpo, ofreciéndose, sintiendo el placer crecer en oleadas, cada toque, cada mordisco, cada embestida acercándola más al límite. — Rafael… —susurró, su nombre escapando como una súplica. Él alzó la cabeza, los ojos oscuros fijos en los suyos, las pupilas dilatadas de deseo. — ¿Qué quieres, Clara? —preguntó, la voz ronca, las caderas moviéndose en un ritmo lento, torturante—. ¿Quieres que me detenga? ¿Quieres que vaya más profundo? Ella mordió el labio, sintiendo el cuerpo entero temblar. — No te detengas —pidió, la voz casi un gemido—. No te detengas, por favor… Rafael no necesitó más. Con un gruñido bajo, sujetó sus muslos con más fuerza, levantándola aún más, y entonces comenzó a moverse con fuerza, cada embestida más profunda, más intensa, como si quisiera consumirla por completo. Clara gritó, el sonido ahogado contra su hombro, los dedos clavándose en su piel, sintiendo el placer acumularse en su vientre, cada vez más intenso, cada vez más insoportable. — Así —murmuró Rafael, la voz ronca, los labios rozando su oreja—. Córrete para mí, Clara. Córrete conmigo. Y ella se corrió. El orgasmo la golpeó como una ola, el cuerpo entero temblando, los músculos contrayéndose alrededor de él, los gemidos escapando sin control. Rafael no se detuvo, continuando hasta que sintió el calor extenderse dentro de ella, los movimientos volviéndose más lentos, más suaves, hasta que se desplomó contra ella, los cuerpos sudorosos y entrelazados. Por un momento, no hubo nada más que la respiración agitada de ambos, el corazón de Clara latiendo con fuerza contra su pecho. Rafael besó su hombro, los labios suaves contra su piel húmeda, antes de alzar la cabeza y mirarla a los ojos. — Aún no ha terminado —murmuró, repitiendo las palabras de la noche anterior. Clara sonrió, sintiendo su cuerpo aún duro dentro de ella, el deseo aún palpitando entre ellos. — Lo sé —respondió, los dedos deslizándose por su cabello—. Y no quiero que termine. La primera luz de la mañana se filtró por las rendijas de la cortina de lino, dibujando franjas doradas sobre los cuerpos entrelazados. Clara despertó lentamente, como si emergiera de un sueño profundo, los miembros pesados, la piel aún hormigueando con los restos del placer. El calor de Rafael detrás de ella era una presencia sólida, su brazo envolviendo su cintura con una posesividad perezosa, su respiración cálida contra su nuca. Por un instante, se quedó inmóvil, absorbiendo la sensación—el peso de su cuerpo contra el suyo, el olor a sexo y sudor mezclado con el aroma cítrico del perfume que él usaba, el sonido suave de la ciudad afuera, ya despierta. Rafael murmuró algo incomprensible, los labios rozando la curva de su hombro, y Clara sonrió. Se giró lentamente, la sábana deslizándose entre ellos, revelando la piel marcada—mordiscos leves en los pechos, arañazos en su espalda, el rubor persistente en sus mejillas. Los ojos de Rafael estaban entreabiertos, somnolientos, pero la sonrisa que se dibujó en su rostro era de pura satisfacción. — Buenos días —dijo, la voz ronca por el sueño y por las horas de uso. — Buenos días —respondió, pasando los dedos por su cabello despeinado—. ¿Qué hora es? Rafael estiró el brazo para tomar el teléfono de la mesita de noche, los músculos de su brazo contrayéndose bajo la piel bronceada. — Seis y media —anunció, volviendo a acostarse a su lado—. Todavía es temprano. Clara bostezó, acurrucándose más cerca, su cuerpo moldeándose al de él como si hubieran sido hechos para encajar. Rafael pasó la mano por su espalda, trazando círculos perezosos en su piel, y ella se estremeció, no de frío, sino de placer residual, ese hormigueo que persistía incluso después de todo. — ¿Tienes hambre? —preguntó, los labios encontrando su cuello en un beso suave. — Un poco —admitió—. Pero no tengo prisa. Rafael rio bajo, mordisqueando levemente su clavícula. — Yo tampoco. Pero creo que necesitamos café. Y agua. Y tal vez una ducha. — ¿Juntos? —provocó, arqueando una ceja. — Claro —respondió—. Ahorra agua. El baño era espacioso, con azulejos oscuros y una ducha amplia que ocupaba casi toda la pared. Rafael abrió el grifo y ajustó la temperatura mientras Clara observaba, apoyada en el marco de la puerta, los brazos cruzados sobre el pecho desnudo. Él se giró hacia ella, los ojos recorriendo su cuerpo con una lentitud deliberada, como si estuviera memorizando cada curva. — Ven —llamó, extendiendo la mano. Ella entró en la ducha, el agua caliente corriendo sobre su piel, lavando el sudor de la noche anterior. Rafael tomó el jabón líquido y vertió una cantidad generosa en la palma de su mano, antes de comenzar a enjabonarla con movimientos lentos, casi reverentes. Sus dedos se deslizaron por los hombros, los brazos, el vientre, deteniéndose solo cuando llegaron a sus pechos, donde se demoró más, masajeando con una presión deliciosa. Clara inclinó la cabeza hacia atrás, dejando que el agua corriera por su rostro, los labios entreabiertos en un suspiro. Rafael se acercó, su boca encontrando la de ella en un beso húmedo, la lengua explorando con una intimidad que iba más allá de lo físico. Cuando se apartó, sus ojos estaban oscuros de deseo. — Eres hermosa —murmuró, los dedos bajando más, entre sus piernas. Clara detuvo su muñeca. — Café primero —dijo, la voz un poco temblorosa—. Después, ya veremos. Rafael rio, besándola nuevamente antes de terminar de lavarla, los gestos ahora más rápidos, eficientes. Cuando salieron de la ducha, él envolvió una toalla alrededor de su cintura y le lanzó otra, que ella sujetó entre sus pechos, el cabello mojado goteando sobre sus hombros. La cocina era moderna, con encimeras de mármol y electrodomésticos de acero inoxidable. Rafael preparó el café mientras Clara se sentaba en uno de los taburetes altos, observándolo. Se movía con una confianza natural, como si ese espacio fuera una extensión de sí mismo—la forma en que tomaba las tazas, cómo medía el café, cómo encendía la máquina con un clic preciso. — ¿Cocinas? —preguntó, aceptando la taza que él le ofreció. — Un poco —respondió, apoyándose en la encimera a su lado—. Nada muy elaborado. Pero hago una tortilla decente. — Yo sobrevivo a base de delivery —confesó, tomando un sorbo de café—. Y café. Mucho café. Rafael sonrió, pasando el pulgar por su labio inferior, limpiando una gota de café que había quedado. — ¿Abogada ocupada? — Siempre —suspiró—. Pero hoy… hoy no quiero pensar en el trabajo. — Perfecto —dijo, inclinándose para besarla—. Porque tengo otros planes para ti. El desayuno fue sencillo—pan tostado, mantequilla, mermelada de frambuesa, fruta cortada. Comieron en silencio, intercambiando miradas cómplices, sonrisas que decían más que palabras. Clara observaba a Rafael mientras mordía una rodaja de manzana, el movimiento de su mandíbula, la forma en que la luz de la mañana iluminaba los contornos de su rostro. Había algo íntimo en compartir una comida así, después de todo lo que habían hecho, como si ese momento fuera una extensión natural de la noche anterior. — ¿En qué piensas? —preguntó Rafael, notando la forma en que lo miraba. Clara dudó por un segundo, luego sonrió. — En lo extraño que es esto —admitió—. Apenas te conozco, y sin embargo… parece que te conozco desde hace años. Rafael extendió la mano, entrelazando sus dedos con los de ella. — A veces, la conexión no necesita tiempo —dijo, la voz baja—. A veces, simplemente sucede. Clara sintió un calor extenderse por su pecho, algo que iba más allá del deseo. Era una sensación de reconocimiento, como si, de alguna manera, hubieran sido hechos para encontrarse. — ¿Y ahora? —preguntó, apretando sus dedos—. ¿Qué hacemos? Rafael llevó su mano a los labios, besando sus nudillos. — Ahora —dijo, los ojos fijos en los de ella—, vemos hasta dónde puede llegar esto. El desayuno quedó olvidado cuando Rafael la atrajo hacia sí, las manos deslizándose por su cintura, atrayéndola hacia su regazo. Clara rio, pero el sonido se transformó en un gemido cuando él la besó, la lengua invadiendo su boca con un hambre renovada. Se aferró a sus hombros, sintiendo su cuerpo responder al instante, el calor acumulándose entre sus piernas. — Dijiste que no tenías prisa —murmuró contra sus labios. — Mentí —respondió Rafael, levantándola del taburete y llevándola de vuelta al dormitorio. Las sábanas aún estaban revueltas, el olor a ellos impregnado en la tela. Rafael la acostó con cuidado, como si fuera algo precioso, y se posicionó entre sus piernas, los ojos recorriendo su cuerpo con una intensidad que la hizo estremecer. — Quiero probarte de nuevo —dijo, la voz ronca—. Quiero sentirte correrte en mi boca. Clara no tuvo tiempo de responder. Rafael ya estaba bajando, los labios dejando un rastro de besos por su vientre, sus muslos, hasta llegar al centro de ella. Cuando su lengua la tocó, arqueó la espalda, las manos enredándose en las sábanas. Rafael la lamió con una lentitud torturante, explorando cada pliegue, cada sensación, hasta que ella estuvo jadeando, las caderas moviéndose contra su rostro. — Por favor —suplicó, la voz quebrada—. Por favor, Rafael… Él no la hizo esperar. Subió por su cuerpo, besándola con fuerza, dejándola saborear su propio gusto en sus labios. Cuando entró en ella, fue despacio, como si quisiera memorizar cada centímetro, cada sensación. Clara envolvió las piernas alrededor de su cintura, atrayéndolo más profundo, los cuerpos moviéndose en un ritmo antiguo, perfecto. — Eres increíble —murmuró Rafael, los labios contra su oído—. Tan hermosa, tan mía… Clara cerró los ojos, dejando que las palabras la envolvieran, que el placer la consumiera. Cuando se corrió, fue con un grito ahogado contra su hombro, el cuerpo temblando, los músculos contrayéndose alrededor de él. Rafael la siguió poco después, su nombre escapando de sus labios en un gemido ronco. Por un largo momento, permanecieron así, entrelazados, los cuerpos sudorosos, la respiración calmándose poco a poco. Rafael besó su frente, los labios suaves, antes de acostarse a su lado, atrayéndola hacia sí. — Aún no ha terminado —murmuró, repitiendo las palabras de la noche anterior. Clara sonrió, acurrucándose contra él. — Lo sé —respondió, los dedos trazando círculos perezosos en su pecho—. Y no quiero que termine. Afuera, la ciudad seguía con su rutina, indiferente a lo que sucedía entre esas cuatro paredes. Pero allí, en ese apartamento, el tiempo parecía haberse detenido. Y, por primera vez en mucho tiempo, Clara no quería que volviera a empezar.

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