Entre Repeticiones y Suspiros

Por Tonkix
**Entre Repeticiones y Suspiros** El gimnasio olía a sudor rancio y desinfectante de limón, ese aroma ácido que se pegaba a la garganta y hacía que los pulmones trabajaran más hondo. El aire acondicionado, sobrecargado por la afluencia de la tarde, apenas lograba refrescar el ambiente, y el zumbido de las máquinas se mezclaba con los gruñidos ahogados de los alumnos, los crujidos metálicos de las barras y el sonido amortiguado de una música electrónica que se filtraba desde los auriculares de alguien. Era la hora en que los cuerpos se apretujaban entre mancuernas y cintas de correr, cuando la luz anaranjada del atardecer entraba por las ventanas altas y lo teñía todo de un dorado cansado, como si hasta la tarde supiera que era hora de desacelerar—pero nadie allí parecía dispuesto a obedecer. En el rincón izquierdo de la sala, cerca del espejo que reflejaba la fila de bicicletas estáticas, *ella* ajustaba las correas de la prensa de piernas con una precisión casi quirúrgica. Clara. Treinta y dos años, fisioterapeuta con manos que conocían cada músculo del cuerpo humano no solo por la teoría, sino por el tacto—dedos que se deslizaban sobre la piel, identificando tensiones, desalineaciones, puntos de dolor antes incluso de que el paciente supiera nombrarlos. Hoy, sin embargo, no eran manos de profesional. Eran manos de quien buscaba algo más allá de la recuperación. Flexionaba los pies contra la plataforma, los dedos de los pies curvándose levemente, como si intentara agarrarse al metal, y cada repetición era un ejercicio de control. El sudor le resbalaba por la línea de la columna, humedeciendo la banda del sujetador deportivo, y mordía el labio inferior cada vez que el ardor en los muslos se volvía insoportable. No era el dolor lo que la movía. Era *hambre*. Hambre de sentir el cuerpo responder, de demostrarse a sí misma que aún podía ir más allá. Al otro lado de la sala, *él* fingía estar ocupado con la tablilla, anotando algo que no necesitaba ser anotado. Rafael. Treinta y cinco años, entrenador personal con un cuerpo que era, al mismo tiempo, su tarjeta de visita y su prisión. Omóplatos anchos, brazos marcados por venas que sobresalían al sostener pesos, un abdomen que parecía esculpido a mano—no por vanidad, sino porque años de trabajo lo habían moldeado así. Él lo sabía, claro. Sabía que las miradas lo seguían cuando demostraba un movimiento, que las alumnas suspiraban cuando se inclinaba para corregir una postura. Pero no era eso lo que le gustaba. Le gustaba la *resistencia*. Esa mujer de allí, por ejemplo, que se negaba a bajar la carga aunque los músculos le temblaran, que no pedía ayuda, que no miraba a los lados en busca de validación. Ella era diferente. Y él, que pasaba los días rodeado de gente que quería resultados sin esfuerzo, no podía apartar los ojos de ella. Clara terminó la serie con un suspiro largo, soltando el aire entre los dientes como si expulsara no solo el cansancio, sino también una parte de sí misma que insistía en dudar. Bajó del aparato despacio, las piernas temblorosas, y se secó el rostro con la toalla colgada del hombro. Fue entonces cuando notó el peso de la mirada. No era la primera vez que sentía que alguien la observaba—el gimnasio estaba lleno de gente, al fin y al cabo—, pero había algo de *intencional* en esa atención. Se giró discretamente, como quien no quiere la cosa, y sus ojos se encontraron con los de él por una fracción de segundo. Rafael no apartó la mirada. No sonrió. Solo sostuvo el contacto, como si dijera: *Te vi. Y no voy a fingir que no te vi.* Ella sintió el calor subirle por el cuello. No era vergüenza. Era algo más primitivo, una chispa que encendió entre las costillas y se extendió como un fuego lento. Bajó los ojos primero, pero no antes de notar cómo la camiseta de él se pegaba al pecho, delineando el contorno de los pectorales, cómo los antebrazos—tan definidos como los suyos, pero con una fuerza bruta que los suyos no tenían—se flexionaban mientras sostenía la tablilla. Clara volvió a morderse el labio, esta vez por un motivo distinto. *Mierda.* Rafael lo notó. Claro que lo notó. Era su trabajo, al fin y al cabo, leer los cuerpos—saber cuándo un alumno estaba a punto de rendirse, cuándo otro necesitaba un empujón, cuándo una mujer como Clara, que se esforzaba tanto por no mostrar debilidad, estaba, en realidad, *pidiendo* algo que no sabía nombrar. Guardó la tablilla en el bolsillo y caminó hacia ella con la calma de quien no tiene prisa, pero los ojos delataban una urgencia que desmentía su paso tranquilo. —Estás compensando con la zona lumbar —dijo él, deteniéndose junto a la prensa de piernas. La voz era grave, modulada por el hábito de dar órdenes, pero no había mandato en sus palabras. Era una observación. Una invitación. Clara alzó una ceja, seca. —Sé lo que estoy haciendo. —Sé que lo sabes. —Él sonrió, un extremo de la boca levantándose—. Pero si sigues así, mañana te despertarás con ese dolorcillo molesto en la base de la columna. Ese que odias. Ella lo miró, desafiante. ¿Él conocía *ese* dolor? ¿Cómo? Pero antes de que pudiera preguntar, Rafael se inclinó, sus manos demasiado grandes para alguien que trabajaba con precisión, y ajustó el respaldo del aparato con un clic. El movimiento lo acercó más. Lo suficiente para que ella sintiera su olor—jabón neutro mezclado con sudor limpio, ese aroma que solo tienen los hombres que pasan horas en el gimnasio, algo animal y limpio a la vez. Lo suficiente para que, si respiraba hondo, su pecho rozara el brazo de él. —Inténtalo ahora —murmuró él, la voz más baja, como si compartieran un secreto. Clara dudó. No quería dar su brazo a torcer. Pero tampoco quería despertarse con la zona lumbar bloqueada. Respiró hondo, ajustó los pies en la plataforma y empujó. El movimiento fue más fluido, el ardor en los muslos más puro, sin la traición de la lumbar rebelándose. Soltó el aire, sorprendida. —¿Mejor? —*Mucho* mejor —admitió, a regañadientes. Rafael sonrió, satisfecho. Pero no se apartó. Se quedó allí, observándola terminar la serie, los ojos recorriendo sus piernas con una intensidad que no tenía nada de profesional. Clara sintió su mirada como un roce—cálido, insistente, como si él estuviera trazando el contorno de sus músculos con la punta de los dedos. Cuando terminó, bajó del aparato y se volvió hacia él, los brazos cruzados sobre el pecho. —Gracias por el consejo. —La voz le salió más fría de lo que pretendía. —De nada. —Él inclinó la cabeza, los ojos brillando con algo que ella no supo descifrar. ¿Diversión? ¿Desafío?—. Pero si necesitas más ajustes, solo avísame. Clara tragó saliva. *Ajustes.* La palabra sonó como una promesa. O una amenaza. —Me acordaré de eso. Rafael sonrió de nuevo, pero esta vez no dijo nada. Solo dio un paso atrás, como si cediera espacio, pero no antes de que sus dedos rozaran levemente el codo de ella al alejarse. Un toque rápido, casi imperceptible. Casi. Ella se quedó allí, parada, sintiendo el hormigueo donde la piel de él había tocado la suya. El gimnasio seguía lleno, los sonidos y los olores aún la rodeaban, pero de repente todo parecía más nítido, más *vivo*. El sudor en la espalda, el peso de las piernas, el ritmo acelerado de su propio corazón. Y entonces, como si supiera que ella estaba pensando en él, Rafael miró por encima del hombro. Un último contacto visual. Una última sonrisa. *A ver cuánto aguantas, Clara.* Y ella, que nunca huía de un desafío, le devolvió la sonrisa. *Más de lo que te imaginas.* Clara ajustó los pesos en la prensa de piernas con un movimiento preciso, los dedos deslizándose sobre las placas de metal frío como si ya conocieran cada muesca. El aire del gimnasio estaba cargado con el olor a sudor, goma y ese perfume cítrico que siempre la hacía pensar en verano—pero hoy, algo más se mezclaba. Algo cálido, casi eléctrico, que parecía venir de detrás de ella. No necesitaba girarse para saber que él estaba allí. Rafael. El entrenador personal que, en las últimas semanas, se había convertido en una presencia constante en sus entrenamientos, siempre a distancia, siempre observando. Clara nunca había sido del tipo que se dejaba intimidar por miradas—al fin y al cabo, el gimnasio era territorio de cuerpos expuestos y confianza—, pero había algo en la forma en que él la miraba que la hacía sentirse *vista*. No solo como una alumna más, sino como alguien a quien él estudiaba. Como si cada movimiento de ella fuera una pregunta, y él estuviera allí para descifrar la respuesta. —¿Te ajusto esos pesos? —La voz de él era baja, ronca, como si hubiera pasado toda la tarde hablando con clientes y aun así lograra sonar íntima. Clara sintió el calor subirle por el cuello antes incluso de girarse. —Yo puedo —respondió, pero la frase le salió menos firme de lo que pretendía. Había un desafío allí, o quizá solo curiosidad. Quería ver hasta dónde llegaría él. Rafael no retrocedió. En cambio, dio un paso adelante, ocupando el espacio entre ella y el aparato con una naturalidad que la hizo contener el aliento. Era más alto de lo que imaginaba, los hombros lo suficientemente anchos para bloquear la luz fluorescente detrás de él, proyectando una sombra sobre su rostro. Clara notó, por primera vez, el contorno de los músculos bajo la camiseta negra, la forma en que los brazos se flexionaban cuando extendía la mano para tocar el peso. —Yo sé que puedes —dijo él, y había algo provocador en esas palabras—. Pero a veces es bueno tener a alguien que se asegure de que no te lastimes. Ella arqueó una ceja. —¿Estás diciendo que no sé lo que hago? —No. —Una sonrisa lenta se dibujó en su rostro, revelando unos dientes blancos y un colmillo ligeramente torcido, que le daba a su sonrisa un aire travieso—. Estoy diciendo que me gusta tener una excusa para acercarme. El aire entre ellos pareció espesarse. Clara sintió el peso de su propio cuerpo de repente, como si la gravedad hubiera aumentado solo para ella. Los dedos de él rozaron los suyos cuando tomó la placa de peso, y el contacto fue breve, casi accidental. *O no.* Porque no había nada accidental en la forma en que dejó la mano allí, demasiado cerca, demasiado caliente, como si estuviera probando cuánto aguantaría ella antes de retroceder. Ella no retrocedió. —Entonces ayúdame —dijo, y la frase le salió más baja de lo que pretendía, cargada de algo que ninguno de los dos se atrevió a nombrar. Rafael no respondió con palabras. En cambio, se inclinó sobre ella, los brazos rodeándola para alcanzar los pesos del otro lado del aparato. Clara sintió el calor del cuerpo de él antes incluso de que la tocara—un calor que se extendió por su propio cuerpo como una ola, haciendo que el estómago se le contrajera. Cuando la espalda de él rozó levemente su pecho, contuvo la respiración. Él no llevaba perfume. Solo jabón, el olor limpio de la piel recién lavada mezclado con el sudor leve de quien había pasado el día entero allí. Y algo más, algo que no lograba identificar—quizá su propio olor, masculino y peligroso, que la hizo querer inclinarse hacia adelante y respirar hondo. —¿Así? —La voz de él estaba más cerca que antes, vibrando contra la piel sensible de su cuello. Clara tragó saliva. —Perfecto. Él ajustó los pesos con movimientos precisos, pero Clara no estaba mirando las placas de metal. Estaba mirando sus manos—grandes, con venas marcadas, los dedos largos y hábiles. Manos que podrían hacer mucho más que ajustar pesos. Cuando terminó, no se apartó de inmediato. Se quedó allí, quieto, los brazos aún rodeándola, el cuerpo casi tocando el suyo. Clara podía sentir su respiración, lenta y controlada, como si se estuviera conteniendo para no hacer algo que ambos deseaban. —Listo —murmuró él, finalmente—. Ahora estás segura. Ella giró la cabeza solo lo suficiente para que sus labios casi rozaran su oreja. —Siempre lo estuve. Rafael rio bajito, un sonido que vibró contra su piel y la hizo estremecer. —¿Ah, sí? —Se apartó, pero no del todo. Solo lo suficiente para que sus miradas se encontraran—. Entonces, ¿por qué late tan rápido tu corazón? Clara no tenía respuesta para eso. O mejor dicho, la tenía, pero no era una que estuviera dispuesta a admitir en voz alta. En cambio, alzó la barbilla, desafiante. —Quizá solo estoy cansada. —Cansada. —Repitió la palabra como si la saboreara—. Es una explicación. Pero no es la verdad. Ella debería haberse molestado. Debería haber dicho algo cortante, algo que lo pusiera en su lugar. Pero la verdad era que *le gustaba* esa tensión, ese juego de palabras y miradas que parecía llevar a algún lugar peligroso. Y, por la sonrisa en su rostro, Rafael lo sabía. —¿Siempre eres así? —preguntó ella, cruzando los brazos—. Tan… insistente. —Solo cuando vale la pena. El silencio que siguió estuvo cargado de significados. Clara podía oír el ruido de los pesos al levantarse al fondo, el sonido de alguien riendo en un rincón del gimnasio, el zumbido de las luces fluorescentes. Pero todo parecía lejano, como si el mundo se hubiera reducido a ese pequeño espacio entre los dos. —¿Y yo valgo la pena? —La pregunta se le escapó antes de que pudiera contenerse. Rafael no respondió de inmediato. En cambio, extendió la mano y le tocó la muñeca, los dedos deslizándose por su piel sudada hasta encontrar el punto donde la sangre latía, rápida y fuerte. Clara sintió el contacto como una descarga eléctrica, directa al centro de su cuerpo. —¿Sientes eso? —La voz de él era un murmullo—. Es tu respuesta. Ella no necesitaba preguntar qué quería decir. Porque *lo sentía*. Lo sentía en el hormigueo de la piel, en el calor que se extendía por su vientre, en la forma en que todo su cuerpo parecía estar en alerta, esperando su próximo movimiento. —Rafael… —No sabía qué iba a decir. No sabía si iba a pedirle que parara o que continuara. Pero antes de que pudiera decidir, él se inclinó hacia adelante, tan cerca que pudo sentir su aliento cálido contra los labios. —También te ayudo con el próximo ejercicio —dijo él, la voz baja, peligrosa—. Si quieres. Clara debería haber dicho que no. Debería haberse apartado, retomado el control de la situación. Pero la verdad era que *quería*. Quería ver hasta dónde llegaría aquello. Quería sentir sus manos en su cuerpo de nuevo, aunque fuera solo para ajustar un peso. —Está bien —susurró. Rafael sonrió, lento y satisfecho, como si acabara de ganar una apuesta que ninguno de los dos había hecho. —Perfecto. Se apartó entonces, pero no del todo. Solo lo suficiente para darle espacio, para que pudiera respirar. Pero Clara sabía que aquello no había terminado. Ni de lejos. Porque ahora, cada vez que él la mirara, cada vez que sus cuerpos se acercaran, sería imposible ignorar la electricidad en el aire. Imposible fingir que no había algo allí, algo que ambos querían explorar. Y Clara, que nunca huía de un desafío, estaba más que lista para ver hasta dónde los llevaría aquello. La botella de agua fría resbalaba entre sus dedos, el plástico ligeramente aplastado por la presión involuntaria de sus manos. Clara llevó el pico a los labios, inclinando la cabeza hacia atrás, y el líquido le bajó por la garganta en un flujo continuo, refrescante, como si pudiera apagar no solo el calor de los músculos, sino también el ardor que aún latía en su piel donde los dedos de Rafael habían rozado. Cerró los ojos por un segundo, permitiéndose sentir el contraste entre el frío del agua y el sudor que se acumulaba en la nuca, entre los omóplatos, deslizándose lentamente por la columna. Cuando los abrió, él estaba allí. Rafael se acercó con la naturalidad de quien domina cada centímetro de ese espacio, los pasos silenciosos sobre el suelo de goma, el cuerpo ancho proyectando una sombra que se extendía hasta sus pies. Llevaba una camiseta sin mangas negra que moldeaba sus hombros definidos, los brazos cruzados de forma casual, pero la mirada—esa maldita mirada—no tenía nada de casual. Era calculada, intensa, como si pudiera desnudar cada capa de tela que la cubría solo con la fuerza de su atención. —Estás haciendo todo bien —dijo él, la voz baja, casi un murmullo, pero cargada de una certeza que hizo que Clara arqueara una ceja—. Pero si te inclinas un poco más hacia adelante en la prensa de piernas, activarás mejor el glúteo. Ella tragó saliva. No era la primera vez que un entrenador daba consejos no solicitados, pero nunca antes una simple frase le había hecho contraer el estómago de esa manera. Quizá fuera la forma en que él hablaba, como si cada palabra fuera una invitación, no una instrucción. O quizá fuera el modo en que sus ojos bajaron por un segundo hacia la curva de su cadera, antes de volver a encontrarse con los suyos. —¿Ah, sí? —Clara cruzó los brazos, imitando su postura, pero el gesto solo sirvió para resaltar la forma en que la camiseta ajustada se ceñía a sus pechos—. ¿Y tú sabes eso por experiencia propia o solo estás tratando de impresionarme? Rafael sonrió, lento, como si supiera exactamente el efecto que causaba—. Las dos cosas. —Dio un paso adelante, acortando la distancia entre ellos, y Clara sintió el olor a menta y sudor limpio, una mezcla que de alguna manera era más intoxicante que cualquier perfume—. Pero si quieres, puedo demostrártelo en la práctica. Ella rio, un sonido corto y desafiante—. ¿En la práctica? —repitió, inclinando la cabeza—. ¿Quieres decir, como un entrenamiento en pareja? —Exactamente. —Él extendió la mano, como si fuera a tocarle el hombro, pero se detuvo a medio camino, los dedos flotando en el aire, lo suficientemente cerca para que Clara sintiera el calor irradiando de su piel—. ¿O tienes miedo de no aguantar? Era un juego. Los dos lo sabían. Un juego de provocaciones, de roces casi accidentales, de palabras que podían interpretarse de mil maneras. Y Clara, que nunca rechazaba un desafío, no iba a empezar ahora. —¿Miedo? —Resopló, fingiendo ofensa—. Por favor. —Entonces, antes de que pudiera pensarlo dos veces, tiró la botella de agua vacía al suelo y señaló el press de banca en el rincón del gimnasio, donde una mancuerna solitaria esperaba sobre el banco—. Vamos a ver quién aguanta más series. El que pierda paga un café. Rafael alzó las cejas, un brillo de diversión en los ojos—. ¿Solo un café? Clara se mordió el labio inferior, sintiendo el peso de la pregunta. No era solo un café. Y los dos lo sabían. Pero ella no iba a ceder tan fácil. —O… —dejó la palabra flotando en el aire, el tono deliberadamente provocador— …algo más. La sonrisa de él se ensanchó, depredadora. —Acepto. Se dirigieron hacia el press de banca como si fueran a un duelo, los pasos sincronizados, las miradas fijas. Clara se sentó en el banco primero, ajustando la inclinación, mientras Rafael tomaba las mancuernas, probando el peso con movimientos rápidos y precisos. Ella observó cómo los músculos de sus brazos se contraían bajo la piel bronceada, las venas marcándose levemente, y por un segundo, imaginó cómo sería sentir esas manos en otros lugares, en otras posiciones. —¿Listo? —preguntó él, colocando las mancuernas de nuevo en el suelo y acercándose al banco. —Siempre. Rafael se posicionó detrás de ella, sus manos grandes rodeando el soporte del banco, los dedos rozando levemente la parte posterior de sus hombros. Clara se estremeció, pero no retrocedió. En cambio, se recostó, ajustando la espalda contra el acolchado, los pies firmemente plantados en el suelo. Él se inclinó sobre ella, su cuerpo flotando a centímetros del suyo, y por un instante, Clara pensó que la besaría allí mismo, frente a todos. Pero no lo hizo. En cambio, sus manos se deslizaron por sus brazos, guiándola para tomar las mancuernas, los dedos rozando la piel sensible de la parte interna del codo. Clara contuvo la respiración. —Mantén los codos alineados —murmuró él, la voz ronca, casi un susurro—. Y no bloquees los brazos al final. Ella asintió, concentrándose en el peso, pero era difícil. Cada vez que inhalaba, sentía su perfume invadiéndole los pulmones. Cada vez que exhalaba, tenía la impresión de que él estaba más cerca. —Vamos —dijo Rafael, retrocediendo solo lo suficiente para darle espacio—. Primera serie. Clara levantó las mancuernas, sintiendo cómo el peso la empujaba hacia abajo, los músculos ardiendo desde el primer movimiento. Contó mentalmente: uno, dos, tres… en el octavo, los brazos comenzaron a temblarle. En el décimo, dejó caer los pesos al suelo con un golpe seco, jadeante. —No vale —refunfuñó, secándose el sudor de la frente con el dorso de la mano—. Me distraíste. Rafael rio, un sonido grave y satisfecho—. ¿Distraje? —Tomó las mancuernas y se recostó en el banco, los músculos del pecho expandiéndose mientras levantaba los pesos con una facilidad irritante—. ¿O será que tú no aguantas el ritmo? Clara cruzó los brazos, observándolo. Él tenía razón, claro. Estaba distraída. Pero no era solo por la forma en que la miraba, o por el roce casi imperceptible de sus dedos en su piel. Era por la forma en que se movía, como si cada gesto fuera una promesa. Como si cada repetición fuera una invitación a algo más. Rafael terminó la serie con un suspiro controlado, los brazos temblando levemente al final, pero sin ceder. Se sentó, los ojos fijos en los de ella, y por un segundo, Clara se preguntó si él estaría pensando lo mismo que ella: que ese juego era peligroso. Que los dos estaban jugando con fuego. —Tu turno —dijo él, levantándose y ofreciéndole el banco. Ella dudó por un instante, pero luego se sentó, ajustando la posición. Rafael se acercó de nuevo, sus manos guiándola, los dedos presionando levemente la parte interna de sus brazos, como si estuviera verificando la firmeza de sus músculos. Clara sintió el calor subirle por el cuello, las mejillas ardiendo. —Concéntrate —murmuró él, la boca tan cerca de su oído que un escalofrío le recorrió la espalda. Ella levantó las mancuernas, pero esta vez no contó. No necesitaba hacerlo. Cada movimiento era una respuesta a su toque, cada bajada de los pesos una forma de acercarse más, de desafiarlo a ir más allá. Cuando finalmente terminó, las manos le temblaban, y no era solo por el esfuerzo. Rafael no dijo nada. Solo tomó las mancuernas de sus manos, los dedos rozando los suyos por un segundo más de lo necesario, y se recostó en el banco. Clara se quedó de pie a su lado, observando cómo los músculos de sus brazos se contraían, el pecho subiendo y bajando con la respiración controlada. Se preguntó cómo sería sentir ese cuerpo sobre el suyo, cuán diferente sería la presión, el ritmo, la intensidad. Él terminó la serie y se sentó, los ojos oscuros encontrándose con los de ella. —Empate —declaró, la voz baja, pero Clara sabía que no era verdad. Ninguno de los dos había perdido. Y ninguno de los dos había ganado. Todavía. —¿Entonces? —preguntó ella, cruzando los brazos, tratando de disimular lo afectada que estaba—. ¿Café o…? Rafael se levantó, acortando la distancia entre ellos hasta que sus cuerpos casi se tocaron. Clara sintió el calor irradiando de él, el olor a sudor y algo más, algo que hacía que su corazón latiera más rápido. —Tengo una idea mejor —dijo él, la voz ronca—. Pero no aquí. Ella debería haber dicho que no. Debería haberse apartado, retomado el control. Pero la verdad era que Clara no quería control. Quería exactamente lo contrario. —¿Dónde, entonces? —preguntó, sin reconocer su propia voz. Rafael sonrió, lento, peligroso. —Ya lo verás. Y antes de que ella pudiera responder, se dio la vuelta y caminó hacia los vestuarios, dejándola allí, jadeante, con la certeza de que ese juego apenas comenzaba. Clara siguió a Rafael con la mirada hasta que desapareció en la curva del pasillo que llevaba a los vestuarios masculinos. Por un segundo, se quedó quieta, los dedos aún hormigueando donde él había rozado—sin querer, o no—al levantarse del press de banca. El aire del gimnasio parecía más denso, cargado con el olor a goma de las colchonetas, sudor y ese perfume cítrico que emanaba de él, mezclado con el calor de su propio cuerpo. Respiró hondo, tratando de calmar el ritmo acelerado de su corazón, pero el recuerdo de su voz ronca resonaba en su mente: *«Ya lo verás».* No debería seguirlo. No debería ceder a ese latido insistente que le palpitaba entre las piernas, a la curiosidad que la quemaba por dentro. Pero la verdad era que Clara no quería resistirse. Ya no. Empujó la puerta del vestuario femenino con más fuerza de la necesaria, el sonido metálico resonando en el espacio casi vacío. Solo había otras dos mujeres allí, una envuelta en una toalla, secándose el pelo con prisa, la otra ya vestida, acomodando la bolsa en el hombro antes de salir. Clara las saludó con un gesto distraído, los ojos recorriendo el ambiente en busca de algo—o alguien. El vestuario masculino quedaba al otro lado del pasillo, separado por una puerta corta-fuego que rara vez estaba cerrada con llave. Ella lo sabía. Él también. Con pasos rápidos, casi furtivos, cruzó el espacio hasta la puerta, la mano vacilante sobre el picaporte. El metal estaba frío contra su palma sudorosa. Antes de que pudiera cambiar de opinión, la empujó ligeramente, solo lo suficiente para echar un vistazo al interior. El vestuario masculino estaba en silencio, iluminado por fluorescentes que arrojaban una luz pálida sobre los azulejos blancos. Rafael estaba de espaldas a ella, parado frente a los casilleros, la mano apoyada en la puerta de uno mientras inclinaba la cabeza hacia adelante, como si intentara recuperar el aliento. La camiseta negra que llevaba puesta estaba pegada a su cuerpo, delineando la curva de los hombros anchos y la espalda musculosa, marcada por el esfuerzo del entrenamiento. Clara observó cómo los músculos se contraían bajo la tela, la respiración visiblemente irregular. Él sabía que ella estaba allí. No se giró. No dijo nada. Solo se quedó quieto, como si estuviera esperando. Clara entró, cerrando la puerta tras de sí con un clic suave. El sonido pareció reverberar en el ambiente, amplificado por el silencio. Rafael finalmente se movió, girándose despacio, los ojos oscuros encontrándose con los de ella con una intensidad que le hizo contraer el estómago. —Tardaste —dijo él, la voz baja, casi un susurro. —No sabía si debía venir —respondió Clara, la voz un poco temblorosa. —Pero viniste. Ella no lo negó. No había cómo negarlo. La tensión entre ellos era palpable, como una cuerda tensa a punto de romperse. Rafael dio un paso adelante, luego otro, acortando la distancia entre ellos hasta que Clara pudo sentir el calor de su cuerpo, incluso sin tocarse. El olor de él la envolvió—sudor mezclado con algo más, algo primitivo y masculino, que le hacía hormiguear la piel. —¿Sabes lo que va a pasar ahora, verdad? —preguntó él, la voz ronca. Clara tragó saliva, pero no retrocedió. En cambio, alzó la barbilla, desafiante. —No. ¿Por qué no me lo muestras? Fue suficiente. Rafael no dudó. Con un movimiento rápido, la agarró por la cintura y la empujó contra los casilleros, el metal frío chocando contra su espalda. Clara soltó un suspiro sorprendido, pero antes de que pudiera decir algo, la boca de él estaba sobre la suya, caliente, urgente, exigente. El beso no fue suave. No fue gentil. Fue una explosión de todo lo que venían reprimiendo desde la primera mirada, desde el primer roce accidental en la prensa de piernas, desde la apuesta en el press de banca que ninguno de los dos quería perder. Las manos de Rafael se deslizaron por su cuerpo, explorando cada curva por encima de la ropa de entrenamiento, como si estuviera memorizándola. Clara gimió contra su boca, los dedos enredándose en la tela de su camiseta, acercándolo más. El sabor de él era intoxicante—café, menta y algo más, algo que no lograba definir, pero que la hacía querer más. —Joder —murmuró él contra sus labios, la voz ronca—. Quería hacer esto desde que te vi en esa primera serie. Clara sonrió, maliciosa, y mordió el labio inferior de él, arrancándole un gemido bajo. —¿Y por qué tardaste tanto? Rafael no respondió con palabras. En cambio, sus manos se deslizaron hacia abajo, agarrando el elástico de su legging y subiéndolo, dejando al descubierto la piel sudada de sus muslos. Clara soltó un suspiro cuando los dedos de él rozaron la parte interna de sus piernas, trazando un camino lento y tortuoso hacia el centro de su calor. Estaba mojada, no solo por el entrenamiento, y la forma en que él la tocaba, con una mezcla de reverencia y posesividad, la excitaba aún más. —Estás tan caliente —murmuró él, los labios rozando su oreja mientras los dedos continuaban su exploración—. Tan mojada. Clara arqueó la espalda, presionándose contra su mano, pidiéndole en silencio más. Rafael no la hizo esperar. Con un movimiento rápido, bajó la legging y la braga, dejándolas caer alrededor de sus tobillos. Clara las pateó a un lado, sin importarle nada más que la sensación de sus manos en su piel, de sus dedos deslizándose entre sus pliegues, encontrando el punto que la hacía temblar. —Rafael… —gimió ella, su nombre saliendo como un susurro desesperado. Él no respondió. Solo la besó de nuevo, más profundamente, mientras los dedos seguían su trabajo, moviéndose en círculos lentos y tortuosos. Clara sintió el orgasmo acercándose, una ola de placer que amenazaba con arrastrarla por completo. Pero antes de que pudiera llegar, Rafael se detuvo, apartando la mano con una sonrisa maliciosa. —Todavía no —dijo él, la voz cargada de promesas. Clara abrió la boca para protestar, pero él la silenció con otro beso, las manos ahora deslizándose hacia abajo, agarrando el elástico de su camiseta y subiéndola. Clara levantó los brazos, permitiendo que la desvistiera, dejando que la prenda cayera al suelo junto a las demás. Rafael dio un paso atrás, los ojos recorriendo su cuerpo con una intensidad que la hizo sentirse expuesta, vulnerable, deseada. —Hermosa —murmuró él, la voz ronca. Clara no tuvo tiempo de responder. Rafael la atrajo hacia sí de nuevo, sus manos deslizándose por su espalda, bajando hasta agarrar sus nalgas, acercándola a su cuerpo. Ella sintió su erección presionando contra su vientre, dura e insistente, y no pudo evitar un gemido bajo. —Tú tampoco estás nada mal —provocó ella, los dedos deslizándose hacia abajo, encontrando el elástico de su pantalón de entrenamiento. Rafael soltó una risa baja, pero no la detuvo. Clara bajó el pantalón, liberando su erección, que saltó libre, caliente y palpitante contra su mano. Lo envolvió con los dedos, moviéndose lentamente, sintiendo cómo temblaba bajo su toque. —Vas a matarme —murmuró él, la voz cargada de deseo. Clara sonrió, satisfecha, y comenzó a arrodillarse, pero Rafael la detuvo, levantándola. —No aquí —dijo él, la voz ronca—. No así. Clara frunció el ceño, confundida, pero antes de que pudiera preguntar qué quería decir, Rafael la tomó en brazos, llevándola hasta uno de los bancos de madera apoyados contra la pared. Se sentó, atrayéndola hacia su regazo, de frente a él, las piernas de ella abiertas alrededor de su cintura. —Así —murmuró él, las manos deslizándose por su espalda, acercándola más—. Quiero sentirte. Clara no necesitó más incentivo. Con un movimiento rápido, se posicionó sobre él, sintiendo la punta de su erección rozar su entrada. Rafael gimió, los dedos clavándose en sus nalgas, guiándola hacia abajo. Clara soltó un suspiro cuando la llenó por completo, el placer tan intenso que por un momento no pudo moverse. —Joder —murmuró él, la voz tensa—. Estás tan apretada. Clara comenzó a moverse, lentamente al principio, luego con más urgencia, las caderas balanceándose en un ritmo que imitaba los ejercicios de la noche. Rafael la acompañó, las manos guiando sus movimientos, los labios encontrando los suyos en besos profundos y desesperados. El sonido de sus cuerpos chocando resonaba en el vestuario, mezclado con los gemidos ahogados y los suspiros entrecortados. Clara sintió el orgasmo acercarse de nuevo, más fuerte esta vez, una ola de placer que amenazaba con arrastrarla. Rafael también estaba cerca, sus movimientos volviéndose más erráticos, la respiración más pesada. —Córrete conmigo —murmuró él contra sus labios, la voz ronca. Y Clara obedeció. Con un grito ahogado, se dejó llevar, el placer explotando en olas que la hicieron temblar. Rafael la siguió poco después, el cuerpo tenso, los dedos clavados en su piel mientras encontraba su propia liberación. Por un momento, se quedaron allí, jadeantes, los cuerpos aún unidos, los corazones latiendo al unísono. Clara apoyó la frente en su hombro, tratando de recuperar el aliento, el sudor resbalando entre sus pechos. —Esto fue… —comenzó ella, sin saber cómo terminar la frase. —Solo el comienzo —completó Rafael, la voz aún ronca, pero cargada de promesas. Clara levantó la cabeza, encontrándose con sus ojos. Había algo allí, algo que iba más allá del deseo físico, algo que la asustaba y la excitaba al mismo tiempo. —¿Qué quieres decir? —preguntó ella, la voz baja. Rafael sonrió, lento, peligroso. —Quiero decir que esto no ha terminado. Ni de lejos. Y antes de que Clara pudiera responder, la besó de nuevo, un beso suave, casi tierno, que contrastaba con la urgencia de lo que acababan de hacer. —Vamos —dijo él, ayudándola a levantarse—. Tenemos que salir de aquí antes de que alguien nos encuentre. Clara asintió, recogiendo su ropa del suelo y vistiéndose rápidamente, los dedos aún temblorosos. Rafael hizo lo mismo, poniéndose el pantalón de entrenamiento y la camiseta, los movimientos rápidos y eficientes. Cuando estuvieron listos, él le tomó la mano, entrelazando sus dedos con los de ella. —Vamos al estacionamiento —dijo él, la voz baja—. Allí tendremos más privacidad. Clara sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Sabía lo que eso significaba. Sabía que, una vez que salieran de ese vestuario, no habría vuelta atrás. Y, por primera vez, no quería que la hubiera. El estacionamiento estaba sumido en un silencio espeso, roto solo por el zumbido lejano de un poste de luz que parpadeaba como si dudara en iluminar lo que estaba por venir. El aire olía a asfalto caliente y al perfume cítrico que Clara se había puesto esa mañana, ahora mezclado con el sudor salado que aún le pegaba a la piel. Rafael le apretó la mano con más fuerza mientras la guiaba entre los autos vacíos, sus pasos resonando en el concreto como un ritmo secreto. —Aquí —dijo él, deteniéndose frente a un sedán oscuro estacionado en la última fila, lejos de las miradas curiosas de la calle. La llave giró en la cerradura con un clic seco, y el interior del auto se abrió ante ellos como una promesa. Clara dudó por un segundo, los dedos rozando la manija de la puerta trasera. El asiento trasero parecía más pequeño de lo que recordaba, un espacio confinado donde cada movimiento sería amplificado, cada respiración, un secreto compartido. Rafael no dijo nada. Solo le abrió la puerta, sus ojos oscuros reflejando la luz tenue del poste, y esperó. Ella entró primero, sintiendo el cuero frío contra la piel expuesta de sus muslos. El auto olía a él—cuero, sudor limpio, algo amaderado que venía del desodorante o quizá de su propia piel. Rafael entró después, cerrando la puerta con un golpe sordo que hizo desaparecer el mundo exterior. Por un instante, se quedaron inmóviles, escuchando solo el sonido de sus respiraciones entrecortadas. —¿Estás nerviosa? —preguntó él, la voz baja, casi un susurro. Clara rio, un sonido corto y tembloroso. —¿No debería estarlo? Rafael no respondió con palabras. En cambio, se inclinó sobre ella, una mano apoyada en el respaldo del asiento, la otra deslizándose por la curva de su cadera. El contacto fue lento, deliberado, como si quisiera memorizar cada centímetro de su piel antes de avanzar. Clara arqueó la espalda involuntariamente, los pezones ya rígidos bajo la tela fina de la camiseta, y él sonrió, satisfecho. —Estás hermosa así —murmuró, los labios rozando el lóbulo de su oreja—. Sudada, jadeante, con los músculos aún temblando del entrenamiento. Ella se estremeció. No era solo el contacto, era la forma en que hablaba, como si cada palabra fuera una caricia. Como si ella fuera algo precioso, algo que él quería devorar. —¿Y tú? —logró decir, la voz ronca—. ¿Cómo quieres que esté? Rafael rio, un sonido oscuro y delicioso. —Quiero que estés así —dijo él, apretando su muslo con más fuerza—. Quiero que me digas que no aguantas más, pero que sigas de todos modos. Quiero que gimas mi nombre como si fuera el único ejercicio que importa. Las palabras la golpearon como una descarga eléctrica. Clara sintió el calor extenderse entre sus piernas, la humedad acumulándose allí donde él aún no la había tocado. Antes de que pudiera responder, Rafael la atrajo hacia sí, sus bocas encontrándose en un beso hambriento, desesperado. Esta vez no hubo vacilación, no hubo disimulo. Era solo lengua y dientes y la urgencia de quien había pasado toda la noche conteniéndose. Sus manos se movieron rápido, subiendo su camiseta, dejando al descubierto sus pechos pequeños y firmes, los pezones oscuros ya suplicando atención. Rafael no perdió tiempo. Bajó la cabeza y envolvió uno con la boca, succionando con fuerza mientras la mano libre apretaba el otro, los dedos jugando con el pezón hasta que Clara arqueó la espalda con un gemido ahogado. —Joder —murmuró él contra su piel, la respiración caliente haciéndole cosquillas—. Sabes a sal y a algo dulce. Como si pudiera volverme adicto a esto. Clara no pudo responder. Sus dedos se enredaron en su cabello, acercándolo más, mientras la otra mano bajaba por su pecho, sintiendo los músculos definidos bajo la camiseta. Él estaba duro, podía sentir su erección presionando contra su muslo, y la idea de tenerlo dentro de sí le hizo contraer todo el cuerpo. —Te necesito —susurró ella, las palabras escapándose antes de que pudiera contenerlas—. Ahora. Rafael no necesitó que se lo dijeran dos veces. Con un movimiento rápido, le bajó el pantalón de entrenamiento, arrastrando la braga con él, hasta que quedó completamente expuesta, las piernas abiertas en el espacio estrecho del auto. Clara sintió el aire frío contra su piel húmeda, pero la vergüenza duró solo un segundo. Porque entonces Rafael estaba allí, arrodillado en el suelo del auto, las manos sujetando sus muslos con fuerza mientras su boca encontraba el centro de su calor. El primer contacto de su lengua fue como una descarga eléctrica. Clara mordió el labio para no gritar, las uñas clavándose en el respaldo del asiento. Rafael no fue gentil. La lamió como si estuviera saboreando algo prohibido, la lengua rodeando su clítoris antes de hundirse más profundo, explorando cada pliegue con una precisión que la hizo temblar. Cuando introdujo dos dedos dentro de ella, curvándolos exactamente en el punto correcto, Clara ya no pudo contenerse. —Rafael… —gimió ella, su nombre saliendo como una plegaria—. Por favor, no aguanto… Él levantó la cabeza, los labios brillando con su excitación, los ojos oscuros ardiendo de deseo. —Aguanta —dijo él, la voz ronca—. Solo un poco más. Y entonces volvió a devorarla, los dedos entrando y saliendo en un ritmo implacable, la lengua trabajando en círculos lentos y tortuosos. Clara sintió el orgasmo construyéndose dentro de ella, una ola cálida e inevitable, y cuando finalmente la alcanzó, fue con una fuerza que la hizo arquear la espalda y morderse el puño para no gritar. Rafael no se detuvo. Siguió lamiéndola, prolongando el placer hasta que quedó flácida, jadeante, los músculos temblando como si acabara de correr un maratón. Solo entonces se apartó, limpiándose la boca con el dorso de la mano, una sonrisa satisfecha en los labios. —Eso —dijo él, la voz cargada de triunfo—. Fue solo el calentamiento. Clara apenas tuvo tiempo de recuperar el aliento. Rafael ya se estaba quitando la camiseta, dejando al descubierto su torso musculoso, marcado por una fina capa de sudor. Ella extendió la mano, pasando los dedos por los surcos de su abdomen, sintiendo la piel caliente y firme bajo su tacto. Cuando llegó al elástico de su pantalón, dudó por un segundo, pero entonces Rafael le tomó la mano y la guió hacia dentro, envolviendo sus dedos alrededor de su miembro. Estaba duro como una roca, la piel sedosa y caliente, palpitando en su mano. Clara lo acarició despacio, sintiendo cómo temblaba bajo su toque, y Rafael cerró los ojos por un instante, como si estuviera saboreando la sensación. —Vas a matarme —murmuró él, la voz tensa. Clara sonrió, maliciosa. —Creo que aguantas. Rafael no respondió. En cambio, la atrajo hacia sí, besándola con fuerza mientras sus manos trabajaban rápido, quitándole el resto de la ropa hasta que los dos estuvieron completamente desnudos en el asiento trasero del auto. El espacio era estrecho, los cuerpos encajando de manera imperfecta, pero eso solo hacía que todo fuera más intenso. Cada movimiento era una lucha, cada roce, una conquista. Cuando finalmente la penetró, fue con una lentitud agonizante. Clara sintió cada centímetro de él entrando, estirándola, llenándola de una manera que la hizo gemir contra su boca. Rafael se detuvo por un segundo, los ojos fijos en los de ella, como si quisiera asegurarse de que estaba bien. —¿Todo bien? —preguntó él, la voz ronca. Clara asintió, incapaz de hablar. En respuesta, él comenzó a moverse, las caderas empujando en un ritmo lento y profundo, como si estuviera saboreando cada segundo. Clara envolvió las piernas alrededor de él, acercándolo más, y Rafael gimió, acelerando el ritmo. Todo el auto parecía temblar con la fuerza de sus movimientos. El cuero crujía, los cuerpos chocando uno contra el otro en un ritmo que imitaba los ejercicios del gimnasio, pero ahora sin reglas, sin límites. Clara sintió el placer construyéndose de nuevo, más intenso esta vez, y cuando Rafael le susurró al oído—*«Córrete conmigo»*—no tuvo cómo resistirse. El orgasmo la alcanzó como una ola, haciendo que todo su cuerpo se contrajera mientras Rafael la seguía, hundiendo el rostro en su cuello y gimiendo su nombre como si fuera una plegaria. Por un largo momento, se quedaron allí, jadeantes, los cuerpos entrelazados, el sudor mezclándose en una capa pegajosa que les pegaba la piel. Cuando finalmente se separaron, Clara sintió el vacío que él dejó, una sensación de pérdida que la hizo estremecer. Rafael la atrajo hacia sí, envolviéndola en sus brazos, y ella se acurrucó contra su pecho, escuchando el corazón de él latir con fuerza. —Esto fue… —comenzó ella, sin saber cómo terminar la frase. —Todavía no ha terminado —dijo Rafael, besándole la frente—. Apenas hemos empezado. Clara sonrió, sintiendo el calor extenderse por su cuerpo de nuevo. Afuera, el estacionamiento seguía vacío, el mundo reducido a ese auto, a ese momento. Y, por primera vez en mucho tiempo, no quería que la noche terminara. El sol de la mañana se filtraba en el cuarto de Clara a través de las cortinas entreabiertas, dibujando franjas doradas sobre las sábanas arrugadas. Aún sentía el peso del cuerpo de Rafael sobre el suyo, la memoria táctil de sus manos recorriendo su piel como si quisieran memorizar cada curva, cada recoveco. El olor a sexo y sudor impregnaba el aire, mezclado con el aroma del café que él había preparado—un detalle que la hizo sonreír contra la almohada. Rafael estaba sentado en el borde de la cama, desnudo de la cintura para arriba, los músculos de la espalda definidos bajo la luz de la mañana. Sostenía una taza humeante, los dedos largos envolviendo la cerámica como si fuera algo precioso. Cuando se giró hacia ella, sus ojos oscuros brillaban con una intensidad que Clara ya reconocía: no era solo deseo, sino algo más profundo, algo que le apretaba el pecho. —¿Dormiste? —preguntó él, la voz ronca por el sueño y la satisfacción. —No mucho —admitió ella, estirando los brazos por encima de la cabeza con un gemido bajo. Los músculos protestaron, recordándole las horas pasadas en el asiento trasero del auto, las posiciones improvisadas en el suelo del estacionamiento, la forma en que la había tomado contra la pared del vestuario, las manos firmes en sus caderas—. Pero valió la pena. Rafael rio, un sonido grave y delicioso que reverberó en su pecho. Dejó la taza en la mesita de noche y se inclinó sobre ella, apoyando los brazos a cada lado de su cuerpo. El movimiento hizo que las sábanas se deslizaran, dejando al descubierto sus pechos, aún marcados por chupetones leves. A ella no le importó. De hecho, le gustó la forma en que sus ojos se oscurecieron al verlos. —¿Estás adolorida? —murmuró él, pasando el pulgar sobre uno de los pezones, que se endurecieron al instante. —Un poco —confesó ella, arqueando la espalda levemente, invitándolo a continuar—. Pero no lo suficiente como para detenerme. Él sonrió, lento y peligroso, antes de inclinarse para besarla. Los labios de Rafael sabían al café que había bebido, amargo y dulce a la vez, y Clara gimió contra su boca, las manos encontrando su cabello, acercándolo más. Cuando se apartó, estaba jadeante. —Necesitamos un plan —dijo él, la voz áspera—. No puedo pasar otro día en el gimnasio fingiendo que no quiero tirarte al suelo cada vez que pasas a mi lado. Clara rio, pasando la mano por su pecho, sintiendo los latidos acelerados bajo la piel. —Y yo no puedo mirarte sin pensar en lo bien que se sintió cuando me empujaste contra los casilleros. Rafael gimió, cerrando los ojos por un segundo, como si el recuerdo lo afectara físicamente. —Vas a matarme. —Espero que no —respondió ella, mordiéndose el labio inferior—. Aún tenemos mucho por explorar. Él la observó por un largo momento, los dedos trazando círculos perezosos en su vientre, bajando hasta la línea de su cadera. Clara se estremeció, sintiendo cómo su cuerpo reaccionaba al instante al contacto. —Entonces convirtamos esto en un juego —propuso Rafael, la voz baja y llena de promesas—. El gimnasio sigue siendo nuestra excusa. Pero fuera de él… —Dejó la frase en el aire, los ojos quemando los de ella—. Fuera de él, vamos a descubrir hasta dónde podemos llegar. Clara sintió un escalofrío recorrerle la espalda. La idea de tener a Rafael no solo como un amante ocasional, sino como alguien con quien pudiera jugar, provocar, seducir sin límites, era intoxicante. —¿Y cuáles son las reglas? —preguntó ella, la voz un poco temblorosa. Rafael sonrió, inclinándose para besarle el cuello, los dientes rozando levemente la piel sensible. —La primera regla es que no hay reglas —murmuró él, la respiración caliente contra su oído—. La segunda es que todo lo que pase en el gimnasio… —Deslizó la mano entre sus piernas, los dedos encontrándola ya mojada—. …termina fuera de él. Clara gimió, las uñas clavándose en sus hombros. —¿Y la tercera? Rafael rio, bajo y satisfecho, antes de penetrarla con dos dedos de una sola vez. Ella arqueó la espalda, un sonido estrangulado escapando de su garganta. —La tercera es que no puedes correrte hasta que yo lo permita. Clara abrió la boca para protestar, pero él la silenció con un beso voraz, los dedos moviéndose dentro de ella con una precisión enloquecedora. Se aferró a él, el cuerpo entero temblando, al borde del precipicio. Cuando Rafael finalmente se apartó, estaba jadeante, los labios hinchados, los ojos vidriosos. —Hijo de puta —susurró ella, la voz quebrada. Él sonrió, lamiendo los dedos lentamente, como si saboreara cada gota de ella. —Después me lo agradecerás. --- El desayuno fue una tortura. Clara estaba sentada a la mesa de la cocina de Rafael, vistiendo solo una de sus camisetas—demasiado grande, que le caía sobre los muslos, dejando poco a la imaginación. La tela olía a él, a jabón y a algo más primitivo, algo que le hacía contraer el estómago cada vez que respiraba hondo. Rafael, por su parte, solo llevaba puestos unos pantalones de chándal, el torso desnudo exhibiendo cada músculo definido, cada cicatriz leve que contaba historias de años de entrenamiento. Preparó huevos revueltos, el movimiento de sus brazos haciendo que los bíceps se contrajeran de una manera hipnótica. Clara lo observaba, mordiéndose el labio, tratando de concentrarse en cualquier cosa que no fuera la forma en que la había tocado horas antes. —Estás mirando —dijo él, sin apartar los ojos de la sartén. —Estás exhibiéndote —replicó ella, cruzando las piernas bajo la mesa, sintiendo la humedad entre los muslos. Rafael rio, girándose hacia ella con un plato en la mano. Lo colocó sobre la mesa, pero antes de que Clara pudiera tomar el tenedor, le agarró la muñeca, atrayéndola hacia arriba. Ella soltó un gritito sorprendido cuando la sentó sobre la mesa, separándole las piernas con las caderas. —Rafael —protestó ella, pero la voz le salió débil, sin convicción. —Shhh —murmuró él, inclinándose para besarla. Sus labios eran cálidos, exigentes, y Clara se derritió contra él, las manos encontrando su cabello oscuro. Cuando se apartó, estaba sonriendo—. No puedes mirarme así y esperar que no haga nada. —No esperaba nada —mintió ella, los dedos trazando el contorno de sus labios. Rafael le agarró la barbilla, obligándola a mirarlo. —Mentirosa. Clara rio, pero el sonido murió en su garganta cuando él deslizó la mano por debajo de la camiseta, los dedos encontrando sus pechos, apretándolos con una presión deliciosa. Ella arqueó la espalda, los pezones endureciéndose bajo su toque. —Dijiste que teníamos un plan —le recordó ella, la voz fallándole cuando él le pellizcó uno. —El plan es que te corras solo cuando yo lo diga —respondió él, la voz ronca—. Y aún no lo he dicho. Clara gimió, las uñas clavándose en sus hombros. —Eso es crueldad. Rafael sonrió, lento y perverso, antes de arrodillarse frente a ella. Le separó las piernas con un movimiento brusco, dejándola completamente expuesta. —Rafael, el desayuno… —Puede esperar —dijo él, antes de enterrar el rostro entre sus piernas. Clara echó la cabeza hacia atrás con un gemido alto, las manos agarrando el borde de la mesa. La lengua de Rafael era implacable, explorando cada pliegue, cada punto sensible, como si tuviera un mapa de su cuerpo grabado en la memoria. Ella intentó controlarse, intentó resistirse al orgasmo que ya se formaba en su vientre, pero era imposible. Cuando él introdujo dos dedos dentro de ella, curvándolos en el ángulo perfecto, supo que estaba perdida. —Por favor —suplicó ella, la voz quebrada—. Por favor, déjame correrme. Rafael levantó la cabeza, los labios brillando con sus fluidos. Se los lamió lentamente, los ojos fijos en los de ella. —Todavía no. Clara casi lloró. --- El entrenamiento de esa tarde fue una farsa. Clara apenas podía concentrarse en los ejercicios, los músculos temblando no por el esfuerzo, sino por la tensión sexual que palpitaba entre ellos. Rafael, por su parte, estaba más insoportable que nunca—ajustando los pesos en las máquinas con una lentitud deliberada, «accidentalmente» rozando las manos en su cintura al pasar a su lado, susurrándole instrucciones al oído con una voz que le quemaba la piel. —Estás distraída —dijo él, cuando ella casi dejó caer una mancuerna. —Estás haciendo esto a propósito —lo acusó ella, entrecerrando los ojos. Rafael sonrió, demasiado inocente para ser verdad. —Solo te estoy entrenando. Clara resopló, pero no pudo evitar la sonrisa que se dibujó en sus labios. Había algo deliciosamente perverso en saber que, tras la fachada profesional, Rafael estaba tan afectado como ella. Cuando finalmente terminaron la sesión, Clara estaba al borde del colapso. No de cansancio, sino de deseo. Rafael la observó mientras tomaba la toalla, los ojos oscuros siguiendo cada movimiento, como un depredador evaluando a su presa. —Vamos —dijo él, la voz baja—. Necesitamos hablar sobre las reglas de nuestro juego. Clara sintió un escalofrío recorrerle la espalda. —¿Y dónde vamos a hacer eso? Rafael sonrió, tomándole la mano y sacándola del gimnasio. —En mi apartamento. Donde nadie nos interrumpa. --- El camino hasta el auto fue una tortura. Clara sentía cada paso como si estuviera pisando brasas, el cuerpo entero sensible, cada movimiento un recordatorio de lo que había pasado la noche anterior—y de lo que aún estaba por venir. Rafael caminaba a su lado, la mano en la base de su espalda, los dedos quemándole la piel incluso a través de la tela de la camiseta. Cuando llegaron al estacionamiento, la empujó contra el lateral del auto, aprisionándola entre sus brazos. Clara no se resistió. De hecho, se arqueó contra él, los labios buscando ya los suyos. —No aguantas más, ¿verdad? —murmuró Rafael, la respiración caliente contra su boca. —No —admitió ella, las manos deslizándose bajo su camisa, sintiendo los músculos tensos bajo la piel—. Pero tú tampoco. Rafael rio, bajo y satisfecho, antes de besarla con una urgencia que le debilitó las rodillas. Sus manos encontraron sus caderas, acercándola más, y Clara sintió su erección presionando contra su vientre. —Vamos a casa —dijo él, la voz ronca—. Antes de que te folle aquí mismo. Clara gimió, pero asintió, dejándose guiar hasta el auto. --- El apartamento de Rafael era exactamente como ella lo imaginaba: ordenado, minimalista, con una cama demasiado grande para una sola persona. En cuanto la puerta se cerró tras ellos, Clara fue empujada contra la pared, los labios de Rafael encontrando los suyos con un hambre que la dejó sin aliento. —No tienes idea de cuánto he esperado por esto —susurró él, las manos deslizándose bajo su camiseta, arrancándosela con un movimiento brusco. —Creo que sí —respondió ella, tirando de su camisa, los dedos temblorosos por la urgencia—. Porque yo también he esperado. Rafael la levantó en brazos, las piernas de ella envolviendo su cintura, y la llevó hasta el dormitorio. Cuando la arrojó sobre la cama, Clara rio, pero el sonido se transformó en un gemido cuando él se arrodilló entre sus piernas, arrastrándola hasta el borde del colchón. —Ahora —dijo él, los ojos quemando los de ella—. Puedes correrte. Clara no necesitó más incentivo. Las manos de Rafael la sujetaron con firmeza mientras la penetraba de una sola vez, llenándola con una intensidad que la hizo gritar. Ella se aferró a las sábanas, el cuerpo entero temblando, los músculos contrayéndose en olas de placer. Rafael no fue gentil. La tomó con una urgencia que rozaba la violencia, cada embestida más profunda, más rápida, más desesperada, como si ambos supieran que aquello era solo el comienzo. Y cuando Clara finalmente se corrió, el orgasmo golpeándola como una tormenta, Rafael la siguió, hundiendo el rostro en su cuello y gimiendo su nombre como si fuera una plegaria. Se quedaron allí, jadeantes, los cuerpos entrelazados, el sudor mezclándose en una capa pegajosa. Clara pasó los dedos por su cabello, sintiendo el corazón de Rafael latir con fuerza contra el suyo. —Esto fue… —comenzó ella, sin aliento. —Todavía no ha terminado —respondió Rafael, besándola lentamente, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Y Clara sonrió, porque sabía que él tenía razón. Todavía no había terminado. De hecho, apenas había comenzado.

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