Entre Hojas de Cálculo y Suspiros
Por Tonkix

**Entre Hojas de Cálculo y Suspiros**
El aire acondicionado zumbaba suavemente en la oficina, un sonido casi imperceptible bajo el tecleo y el murmullo ocasional de las conversaciones. Clara ajustó sus gafas de montura fina, los dedos deslizándose sobre el teclado con la precisión de quien domina cada comando. Frente a ella, la pantalla del ordenador mostraba una hoja de cálculo impecable, números alineados como soldados en formación. Pero su mente, hoy, no estaba en los informes.
Al otro lado del pasillo, Rafael se recostó en su silla, los brazos cruzados detrás de la cabeza en una pose que parecía casual, pero que Clara conocía bien. Era su manera de observar el entorno sin parecer que lo hacía. Y, en los últimos días, sus ojos parecían encontrarse con los de ella con una frecuencia que iba más allá de la coincidencia.
Se conocían desde hacía dos años, desde que Clara fue contratada como analista senior en el mismo equipo. Rafael, el coordinador de proyectos, era el tipo de hombre que hacía suspirar discretamente a las mujeres de la oficina cuando pasaba: alto, de hombros anchos, con una sonrisa que oscilaba entre lo profesional y algo más... peligroso. Clara siempre se había considerado inmune a ese encanto. Hasta ahora.
Aquella tarde, la oficina estaba más vacía de lo habitual. La mayoría de los compañeros habían salido temprano para un *after office* improvisado, pero Clara se había quedado para terminar un informe urgente. Rafael, por su parte, había alegado necesitar revisar algunos documentos antes de una reunión a la mañana siguiente. Eran los únicos en el piso, rodeados de escritorios vacíos y el brillo azulado de las pantallas de los ordenadores en modo de espera.
—¿No vas a ir? —La voz de Rafael la hizo levantar la vista. Estaba parado junto a su escritorio, las manos metidas en los bolsillos del pantalón de vestir, la tela estirándose levemente sobre los muslos.
—No hoy —respondió Clara, intentando sonar natural—. Todavía tengo cosas que terminar.
—Yo también. —Inclinó la cabeza, como si evaluara algo—. Pero creo que merezco un descanso. ¿Tú no?
Ella dudó. La oficina vacía, la ausencia de testigos, la forma en que la miraba... Todo parecía cargado de una electricidad que no quería nombrar. Pero Rafael siempre había sido respetuoso, profesional. Si había algo entre ellos, era solo en su imaginación.
—¿Un descanso? —repitió, arqueando una ceja.
—Sí. —Sonrió, lento, como si supiera exactamente el efecto que causaba—. ¿Qué tal un café? La máquina de la cocina está funcionando.
Clara sabía que no era solo por el café. Pero, por algún motivo, sus pies ya la llevaban hacia él, los tacones bajos resonando en el suelo de linóleo. Rafael caminó a su lado, el espacio entre ellos disminuyendo con cada paso, hasta que sus brazos casi se rozaron.
La cocina era pequeña, iluminada por una luz fría que se reflejaba en el acero inoxidable de la máquina de café. Rafael se apoyó en la encimera, observando mientras Clara colocaba una cápsula en la máquina y presionaba el botón. El aroma fuerte del café se esparció por el ambiente, mezclándose con el perfume cítrico que ella usaba.
—Hoy estás diferente —comentó él, con voz baja.
—¿Diferente cómo?
—Más... presente. —Dio un paso adelante, reduciendo la distancia entre ellos—. Por lo general, estás tan concentrada que parece que ni respiras.
Clara rio, nerviosa—. ¿Y ahora estoy respirando demasiado?
—Ahora estás respirando *conmigo*. —Sus ojos oscuros la atraparon, intensos—. Y eso lo cambia todo.
El corazón le latía acelerado. Rafael estaba lo suficientemente cerca como para sentir el calor de su cuerpo, el aroma de su colonia —algo amaderado, con un toque de especias—. Debería retroceder. Debería recordar que estaban en el trabajo, que él era su superior jerárquico, que cualquier cosa más allá de un café inocente podría complicarlo todo.
Pero entonces él levantó la mano, los dedos rozando levemente su muñeca, y Clara comprendió que no quería retroceder.
—Rafael... —susurró, sin saber si era una advertencia o una invitación.
—Shhh. —Se acercó más, hasta que sus labios casi rozaron su oreja—. No hace falta que digas nada. Solo... dime si me equivoco.
Y entonces su boca encontró la de ella, suave al principio, como si probara el terreno. Clara cerró los ojos, dejando que el beso se hiciera más profundo, los labios de él cálidos y firmes contra los suyos. Estaba mal. Era peligroso. Era exactamente lo que deseaba.
Las manos de Rafael se deslizaron por su espalda, acercándola más, mientras Clara se aferraba a sus hombros, sintiendo la solidez de los músculos bajo la tela de la camisa. El café olvidado en la máquina silbaba suavemente, pero a ninguno de los dos le importó.
—Aquí no —murmuró ella, apartándose solo lo suficiente para recuperar el aliento—. Alguien podría entrar.
—Entonces vayamos a un lugar más... privado. —No soltó su muñeca, los dedos entrelazados con los de ella—. Mi oficina. Puerta cerrada.
Clara sabía que debería negarse. Sabía que, una vez cruzada esa línea, no habría vuelta atrás. Pero el deseo que pulsaba entre ellos era más fuerte que la razón. Asintió, y Rafael sonrió, una sonrisa que prometía cosas que ningún informe corporativo podría contener.
Su oficina era espaciosa, con un escritorio de vidrio y una estantería repleta de carpetas y libros técnicos. En cuanto la puerta se cerró tras ellos, Rafael la empujó contra la pared, las manos sujetando su rostro mientras la besaba de nuevo, esta vez con más urgencia. Clara respondió con la misma intensidad, las uñas arañando levemente su nuca, saboreando el café y algo más —algo exclusivamente Rafael.
—¿Tienes idea de cuánto he querido hacer esto? —murmuró contra sus labios, los dedos deslizándose por su cuello, dejando un rastro de fuego.
—¿Desde cuándo? —Clara jadeó cuando la mano de él encontró el botón de su blusa.
—Desde el primer día que entraste a esa reunión con ese vestido azul. —Desabrochó la blusa lentamente, los ojos fijos en los de ella—. Pasé toda la reunión intentando no mirar tus piernas.
Clara rio, sorprendida—. Eres un mentiroso.
—No miento. —Apartó la tela de la blusa, revelando el sujetador de encaje negro—. Joder, Clara... —Su voz salió ronca, los dedos trazando el contorno del sujetador antes de bajar el tirante, exponiendo un pezón ya endurecido.
Ella gimió cuando su boca lo envolvió, la lengua cálida y húmeda provocando escalofríos por todo su cuerpo. Rafael la levantó sin esfuerzo, las piernas de ella rodeando su cintura mientras la llevaba hasta el escritorio, apartando papeles y bolígrafos con un movimiento brusco del brazo.
—Rafael, el escritorio... —protestó débilmente, pero él ya estaba subiendo su falda, los dedos encontrando el encaje de sus bragas.
—El escritorio es perfecto —murmuró, besándola de nuevo mientras sus dedos se deslizaban dentro de ella, lentos y deliberados—. Y estás tan mojada...
Clara mordió su labio para contener un gemido, la espalda arqueándose contra la superficie fría del vidrio. Rafael la observaba con una mirada depredadora, los dedos moviéndose en un ritmo que la acercaba cada vez más al límite.
—Por favor... —susurró, sin saber exactamente qué pedía.
—¿Por favor qué? —Sonrió, malicioso, mientras retiraba los dedos y se los llevaba a la boca, probándola con un gemido bajo—. ¿Quieres que pare?
—No. —Tiró de su camisa para sacarla del pantalón, los dedos temblorosos en los botones—. Te quiero a ti. Ahora.
Rafael no necesitó más incentivo. En segundos, su pantalón estaba en el suelo, y la atrajo hacia el borde del escritorio, entrando en ella con un movimiento único y profundo. Clara ahogó un grito, las uñas clavándose en sus hombros mientras él comenzaba a moverse, cada embestida más intensa que la anterior.
La oficina a su alrededor desapareció. No había más hojas de cálculo, reuniones ni jerarquías. Solo estaba el sonido de los cuerpos encontrándose, los gemidos ahogados contra el hombro de Rafael, el placer creciendo en oleadas hasta que Clara ya no pudo contenerse, el orgasmo golpeándola con una intensidad que la dejó sin aliento.
Rafael la siguió poco después, el cuerpo tensándose antes de entregarse, los labios encontrando los de ella en un beso que parecía sellar algo mucho más allá de lo físico.
Durante unos minutos, los dos permanecieron allí, jadeantes, los cuerpos aún entrelazados. Clara apoyó la frente en su hombro, sintiendo el corazón de Rafael latir acelerado contra el suyo.
—Esto fue... —empezó, sin saber cómo terminar.
—Necesario —completó Rafael, besándole la sien—. Y volverá a pasar.
Clara sonrió, a pesar de todo—. ¿Estás seguro?
—Absolutamente. —La ayudó a levantarse, los dedos alisando su falda arrugada—. Pero la próxima vez, iremos a un lugar con menos riesgo de que nos interrumpan.
Ella rio, ajustando su blusa—. ¿Tienes algún lugar en mente?
—Lo tengo. —La atrajo para otro beso, lento y profundo—. Pero primero, terminemos ese café. Después de todo, aún estamos en el trabajo.
Y, por primera vez, a Clara no le importó en lo más mínimo.