Entre Hojas de Cálculo y Suspiros

Por Tonkix
Entre Hojas de Cálculo y Suspiros
**Entre Hojas de Cálculo y Suspiros** El aire acondicionado del duodécimo piso susurraba en voz baja, un zumbido constante que se mezclaba con el suave clic de los teclados y el crujido de los papeles al ser pasados con precisión. Las paredes de vidrio esmerilado reflejaban la luz fría de las lámparas LED, creando una atmósfera de acuario urbano—transparente, pero con límites bien definidos. Era allí, entre cubículos grises y mesas de reuniones con tableros de mármol sintético, donde Clara Vasconcelos se movía como si bailara una coreografía silenciosa. Treinta y dos años, cabello castaño recogido en un moño bajo que nunca se deshacía—ni siquiera cuando se pasaba la mano por la nuca, un gesto automático cuando estaba concentrada. Las gafas de montura fina se deslizaban por su nariz estrecho, y ella las empujaba de vuelta con el índice, un tic que revelaba más de lo que pretendía. Las uñas, siempre cortas y pintadas de un nude discreto, tamborileaban sobre el teclado mientras sus ojos verdes, atentos como los de un felino, recorrían hojas de cálculo de Excel con la misma intensidad con la que, a veces, observaba el mundo a su alrededor. Clara era analista senior de finanzas, una de esas profesionales que hacían funcionar el departamento sin alardes. No se equivocaba. No llegaba tarde. No llamaba la atención. Y, sin embargo, había algo en ella—una tensión contenida en los hombros, una forma de morderse el labio inferior cuando pensaba, como si estuviera a punto de decir algo y desistiera en el último segundo. Los colegas la respetaban, algunos incluso la envidiaban, pero pocos la conocían de verdad. Ella prefería que fuera así. Al otro lado del piso, cerca de la sala de reuniones acristalada, Rafael Mendes observaba el espacio con una taza de café negro en la mano. Treinta y cinco años, recién llegado de São Paulo para asumir la gerencia de proyectos, tenía esa postura de quien sabe exactamente lo que está haciendo—hombros anchos bajo el saco gris oscuro, mandíbula marcada por una barba incipiente que le daba un aire de negligencia calculada. Los ojos, castaños como miel quemada, recorrían las estaciones de trabajo con curiosidad, pero siempre volvían al mismo punto: Clara. No era difícil entender por qué. Ella estaba inclinada sobre un informe, los dedos largos navegando entre las celdas de la hoja de cálculo con una fluidez que él encontró hipnótica. De vez en cuando, un mechón de cabello se escapaba del moño y caía sobre su mejilla, y ella lo apartaba con un soplido, como si fuera una molestia pasajera. Rafael imaginó cómo sería pasar los dedos por esos mechones, sentir su textura entre los nudillos. Imaginó también el peso de esa boca—labios llenos, pintados de un rosa casi natural—cerrándose alrededor de algo que no fuera un bolígrafo. Carraspeó, intentando apartar el pensamiento, pero el café ya estaba frío en su mano. —Debes ser Clara —dijo, acercándose con una sonrisa que no llegaba a ser profesional, pero tampoco íntima. Un término medio peligroso. Ella alzó los ojos, y por un segundo, Rafael vio algo destellar en ellos—sorpresa, tal vez, o reconocimiento. Pero Clara era rápida. En un parpadeo, su expresión volvió a ser neutra, como si hubiera puesto una máscara. —Rafael Mendes, ¿verdad? —Su voz era baja, modulada, con un tono de quien está acostumbrada a ser escuchada—. Bienvenido a la filial. He oído que viniste a poner orden en la casa. Él rio, un sonido grave que reverberó en su pecho. —El orden es un concepto relativo. Pero intentaré no desordenar demasiado las cosas. Clara inclinó la cabeza, como si evaluara la respuesta. Sus ojos recorrieron el saco de él, la camisa blanca ligeramente arrugada, los primeros botones desabrochados que revelaban un trozo de piel morena. Rafael notó el escrutinio y lo permitió, disfrutando de la manera en que ella se demoraba un segundo más de lo necesario antes de volver a mirarlo. —Espero que no —dijo ella, finalmente—. Me gusta cuando las cosas están en su lugar. Había algo en esas palabras, en la forma en que las pronunció, que hizo que el aire entre ellos se volviera más denso. Rafael sintió el calor subir por su cuello, pero mantuvo la sonrisa. —Me esforzaré por no decepcionarte. Clara no respondió. Solo asintió, como si la conversación hubiera llegado a su fin, y volvió su atención a la pantalla del ordenador. Pero Rafael no se movió. Se quedó allí, observando la forma en que ella mordisqueaba la punta del bolígrafo, cómo sus dedos tamborileaban una melodía silenciosa sobre la mesa. Su perfume—algo cítrico, con un toque de vainilla—llegó hasta él, mezclándose con el olor a café viejo y papel. —Si necesitas algo —dijo ella, sin mirarlo—, mi extensión es la 4712. —La anotaré. Pero no lo hizo. En cambio, guardó el número en la memoria, junto con la forma de sus labios al pronunciar los dígitos. Los días siguientes fueron una danza de miradas furtivas y sonrisas contenidas. Rafael llegaba temprano, Clara ya estaba allí, siempre con una taza de té humeante al lado del teclado. La veía pasar por los pasillos con esa elegancia discreta, los tacones bajos haciendo un *clic-clac* suave en el suelo de porcelanato. A veces, cuando ella no miraba, la observaba desde lejos, admirando la curva de su cuello cuando inclinaba la cabeza para leer algo, la manera en que sus dedos se cerraban en un puño cuando algo la irritaba. Clara, por su parte, fingía no notar. Pero lo notaba. Notaba la forma en que él aflojaba la corbata al final del día, cómo sus ojos se oscurecían cuando estaba concentrado, cómo su voz se volvía más ronca al hablar por teléfono. Notaba, también, la forma en que la miraba cuando creía que nadie lo veía—como si ella fuera un enigma que él estaba decidido a descifrar. Y entonces, un martes gris, cuando la lluvia golpeaba contra las ventanas de la oficina y el aire acondicionado luchaba contra la humedad, se encontraron en la cocina. Clara estaba llenando su botella de agua cuando Rafael entró, sacudiendo las gotas de lluvia del cabello. Se detuvo al verla, como si estuviera sorprendido, aunque ella sabía que no era casualidad. Él la buscaba. —¿Día ocupado? —preguntó ella, cerrando la tapa con un clic. —Siempre. —Se acercó a la máquina de café, los hombros casi rozando los de ella—. ¿Y el tuyo? —Igual. Un silencio. No era incómodo, pero sí cargado—como si ambos supieran que algo estaba a punto de suceder, pero ninguno quisiera ser el primero en ceder. —¿Te gusta trabajar hasta tarde? —preguntó Rafael, finalmente, mientras el café caía en el vaso de plástico. Clara alzó una ceja. —Depende. —¿De qué? —Del motivo. Él sonrió, lento, e inclinó un poco más el cuerpo, hasta que ella pudo sentir el calor del suyo. —¿Y si el motivo es… interesante? Clara no retrocedió. Solo sostuvo su mirada, los labios curvándose en una sonrisa que no era exactamente una respuesta, pero tampoco una negativa. —Entonces quizá me quede. Rafael no dijo nada más. Solo tomó un sorbo de café, los ojos nunca dejando los de ella, y por un momento, Clara tuvo la certeza de que él podía escuchar el sonido de su corazón latiendo más rápido. Afuera, la lluvia seguía cayendo, pero dentro de la cocina, el aire estaba demasiado caliente. Sofocante, incluso. Y entonces, el teléfono de Rafael sonó. Atendió con un suspiro, alejándose solo lo suficiente para contestar la llamada, pero no tanto como para que Clara dejara de sentir su presencia a su lado. Cuando colgó, su rostro estaba serio. —Tengo que resolver algo. Pero… —Hesitó, como si eligiera las palabras—. ¿Nos vemos en la reunión de las cuatro? Clara asintió, aunque sabía que esa reunión no sería como las otras. Y cuando él se fue, dejando atrás el olor a café y algo más—algo masculino, amaderado—, ella se quedó allí, quieta, sintiendo el peso de esa promesa no dicha. La tarde se alargó. Clara tecleó informes, revisó números, intercambió correos con la misma eficiencia de siempre. Pero su mente estaba en otro lugar. En Rafael. En la forma en que la miraba. En la tensión que vibraba entre ellos como una cuerda tensa, a punto de romperse. Cuando el reloj marcó las 15:55, cerró el portátil con un clic decidido y se levantó. Los tacones resonaron en el suelo mientras caminaba hacia la sala de reuniones, donde Rafael ya estaba, de pie junto a la mesa, los dedos tamborileando sobre la superficie. Él alzó los ojos cuando ella entró, y por un segundo, ninguno de los dos dijo nada. La puerta se cerró tras ella con un *clic* suave. Y entonces, comenzó la reunión. La sala de reuniones olía a café recalentado y al leve rastro cítrico del perfume de Rafael, que se mezclaba con el aire acondicionado demasiado frío. Clara entró y sintió el peso del silencio incluso antes de que la puerta se cerrara tras ella. Él estaba de pie, como si lo hubieran sorprendido en movimiento, los dedos aún tamborileando sobre la mesa de vidrio—un gesto que ella ya reconocía como señal de impaciencia contenida. Cuando sus miradas se encontraron, algo en su pecho se apretó. —Perdón por el retraso —dijo, aunque no llegaba tarde. Cinco minutos antes, de hecho. Rafael alzó una ceja, una sonrisa casi imperceptible en los labios. —Tú nunca llegas tarde, Clara. Pero si quieres fingir que sí, puedo seguirte el juego. Ella mordió el interior de la mejilla para no sonreír. La mesa entre ellos era ancha, pero no lo suficiente. Bastaría con extender la mano para que sus dedos se tocaran. O quizá no. Quizá fuera mejor así, con ese espacio calculado, ese juego de quién cedía primero. —¿Empezamos? —Tiró de la silla, el cuero crujiendo suavemente bajo su peso—. El plazo de la campaña es mañana y el cliente está impaciente. —Siempre impaciente —murmuró Rafael, deslizando una carpeta hacia ella. Sus dedos rozaron los de ella por un segundo, accidental o no, y el contacto envió una corriente eléctrica por el brazo de Clara. Ella disimuló, abriendo la carpeta con cuidado exagerado, como si las hojas estuvieran hechas de vidrio. Dentro, gráficos de barras azules y rojas se entrelazaban, números que deberían tener sentido, pero que, en ese momento, parecían un código indescifrable. Fijó los ojos en el papel, pero sentía el peso de la mirada de Rafael sobre ella, como si intentara descifrar no los datos, sino la textura de su piel bajo la tela de la blusa. —El informe de ayer estaba incompleto —dijo él, la voz baja, casi íntima, como si compartieran un secreto y no una crítica profesional—. Faltó el análisis de impacto. Clara alzó los ojos. Los de él eran oscuros, casi negros bajo la luz fría de los focos del techo, pero había algo en ellos que quemaba. Un desafío. O una invitación. —Lo sé —admitió—. Tuve que priorizar la hoja de costos. Pero puedo ajustarlo esta noche. —¿Esta noche? —Rafael se inclinó ligeramente hacia adelante, los codos apoyados en la mesa. La manga de la camisa se subió, revelando un trozo de muñeca bronceada, venas ligeramente marcadas. Clara desvió la mirada antes de que él notara que lo observaba—. ¿Sueles quedarte hasta tarde? —Cuando es necesario. —¿Y es necesario hoy? Ella dudó. Las palabras estaban allí, flotando entre ellos, cargadas de algo que no era solo profesional. Rafael no preguntaba por informes. Y ella lo sabía. —Depende —respondió, finalmente, dejando que la palabra flotara en el aire como una invitación. Él sonrió, lento, como si saboreara la respuesta. Entonces, extendió la mano para tomar la carpeta de vuelta. Sus dedos rozaron los de ella nuevamente, esta vez a propósito. Clara no retrocedió. El contacto duró un segundo más de lo debido, y cuando él retiró la mano, sintió la ausencia como una quemadura. —Revisemos los plazos —dijo él, la voz ronca, como si hubiera tragado algo caliente—. Empezando por el cronograma del equipo de diseño. Clara asintió, pero su mente ya no estaba en los plazos. Estaba en la forma en que se movían los labios de Rafael al hablar, en cómo su respiración parecía más profunda, como si también luchara por mantener el control. Abrió el portátil, los dedos temblando levemente sobre el teclado. El cursor parpadeaba en la pantalla, esperando un comando que ella no lograba dar. —Aquí —dijo Rafael, señalando una línea del cronograma—. Este punto de control está retrasado. Ella se inclinó para ver mejor, y su perfume la envolvió—algo amaderado, con un toque de especias. Su hombro rozó el de él, y sintió el calor de su cuerpo a través de la tela fina de la camisa. Por un segundo, pensó en apartarse. Pero no se movió. —Puedo adelantar esa parte —murmuró, la voz más baja de lo que pretendía—. Si me ayudas con el análisis de impacto. Rafael giró el rostro hacia ella. Estaban tan cerca que Clara podía ver las pequeñas líneas alrededor de sus ojos, el contorno de la mandíbula, la sombra de barba incipiente. No dijo nada. Solo la miró, como si intentara memorizar cada detalle de su rostro. —Clara —empezó, pero fue interrumpido por el timbre estridente del teléfono de la sala. Los dos se apartaron como si los hubieran quemado. Rafael atendió con un gesto brusco, la voz profesional y cortante: —¿Sí? Clara aprovechó para respirar hondo, intentando calmar el ritmo acelerado de su corazón. El aire acondicionado parecía más frío ahora, o quizá era solo el contraste con el calor que aún quemaba en su piel. Cerró los ojos por un segundo, tratando de recomponerse. —Entendido —dijo Rafael, colgando—. Era Recursos Humanos. Necesitan que firme unos documentos. Clara asintió, pero no logró mirarlo. Todavía no. —Seguimos después —sugirió él, levantándose—. Esta noche, quizá. Ella alzó los ojos, finalmente. Rafael estaba de pie, la postura impecable, pero había algo diferente en su mirada. Algo que no lograba descifrar. —Esta noche —repitió, como si la palabra fuera una promesa. Él sonrió, una sonrisa lenta y peligrosa, antes de salir de la sala. Clara se quedó allí, sola, con el olor de él aún flotando en el aire y el eco de sus propios latidos en los oídos. El reloj de la pared marcaba las 16:12. Tenía horas por delante. Horas para preguntarse qué pasaría cuando llegara la noche. La oficina ya estaba casi vacía cuando Clara apagó el monitor por tercera vez y lo encendió de nuevo, como si el simple acto de reiniciar la máquina pudiera reorganizar también los pensamientos que insistían en enredarse en torno a Rafael. Las luces fluorescentes habían sido reemplazadas por el brillo suave de las lámparas de mesa, aquellas que la empresa había instalado para crear un "ambiente acogedor"—una ironía, considerando que el único calor allí, en los últimos días, provenía de fuentes mucho menos corporativas. Se frotó los ojos, intentando alejar la imagen de la sonrisa de él esa tarde, aquella que prometía algo sin decir nada. El informe de cierre trimestral no salía. Los números bailaban en la pantalla, pero su mente insistía en volver al roce accidental durante la reunión, la forma en que los dedos de él rozaron los suyos al tomar la carpeta, como si el contacto hubiera sido intencional. Clara respiró hondo y ajustó las gafas, tratando de concentrarse. Fue entonces cuando escuchó los pasos. Rafael apareció en el vano de la puerta, la corbata ya aflojada, las mangas de la camisa enrolladas hasta los codos, revelando antebrazos fuertes marcados por venas discretas. Llevaba dos tazas de café, el vapor elevándose en espirales perezosas. —Pensé que podrías necesitar esto —dijo, entrando sin esperar invitación—. O ayuda. O ambas cosas. Clara sintió que el estómago le daba un vuelco. Él estaba demasiado cerca, su perfume amaderado mezclado con el olor a café fresco invadiendo su espacio personal de una forma que debería estar prohibida por ley. —No tienes que quedarte —respondió, pero la voz le salió menos firme de lo que pretendía. —Quiero quedarme —replicó Rafael, colocando una de las tazas sobre su mesa. Sus dedos rozaron los de ella un segundo más de lo necesario, y Clara contuvo la respiración—. Además, yo también tengo un informe que revisar. Dos cerebros trabajan mejor que uno, ¿no? Él acercó la silla junto a la de ella, no la que estaba al otro lado de la mesa, sino aquella que lo colocaba a centímetros de distancia, las rodillas casi tocándose. Clara podía sentir el calor irradiando del cuerpo de él, incluso a través de la ropa. —Eres persistente —murmuró, pero no se apartó. —Soy bueno en lo que hago —respondió Rafael, sonriendo—. Y en lo que *no* hago también. El doble sentido flotó en el aire como una promesa. Clara tomó un sorbo de café, más para tener algo a qué aferrarse que por sed. Era fuerte, amargo, con un toque de vainilla—exactamente como le gustaba. Él lo había notado. —Recuerdas cómo tomo el café —dijo, más para sí misma que para él. —Recuerdo varias cosas —murmuró Rafael, inclinándose un poco más. Sus ojos oscuros recorrieron el rostro de ella, deteniéndose en los labios antes de volver a encontrar su mirada—. Como el sonido de tu voz cuando estás concentrada. Cómo muerdes el labio inferior cuando estás nerviosa. Cómo se te deslizan las gafas por la nariz cuando te inclinas sobre el teclado. Clara sintió que el rostro le ardía. Él la había estado observando. *Desde hacía* tiempo. —Eres observador —logró decir. —Solo cuando vale la pena. El silencio que siguió fue cargado, casi palpable. Rafael extendió la mano, como si fuera a ajustarle las gafas, pero sus dedos se detuvieron a medio camino, flotando en el aire entre ellos. Clara no se movió. No retrocedió. Él entonces deslizó el dedo índice por la patilla de las gafas, empujándolas suavemente de vuelta a su lugar, pero no retiró la mano. En cambio, trazó una línea lenta por su sien, bajando por la mejilla, hasta la barbilla. —Clara… —susurró, como si su nombre fuera una pregunta. Ella cerró los ojos por un instante, sintiendo el toque ligero como una pluma, pero que quemaba como una brasa. Cuando los abrió de nuevo, Rafael estaba más cerca, el rostro a centímetros del suyo. —¿Qué estamos haciendo? —preguntó, la voz casi un suspiro. —Algo que deberíamos haber hecho hace mucho tiempo —respondió él, y entonces su mano se deslizó hasta la nuca de ella, atrayéndola para un beso. No fue suave. No fue vacilante. Fue el beso de dos personas que se habían contenido por demasiado tiempo, labios moldeándose con urgencia, lenguas encontrándose en un ritmo que ya conocían, como si lo hubieran ensayado en secreto. Clara se aferró a su camisa, atrayéndolo más cerca, mientras Rafael la levantaba de la silla sin interrumpir el contacto, sentándola sobre la mesa junto al teclado. El informe olvidado parpadeaba en la pantalla, los números ahora irrelevantes. Rafael se apartó solo lo suficiente para mirarla a los ojos, los dedos aún enredados en su cabello. —Di que tú también quieres esto —pidió, la voz ronca. Clara no respondió con palabras. En cambio, lo atrajo de vuelta, besándolo con un hambre que la sorprendió incluso a ella misma. Rafael gimió contra sus labios, las manos bajando por su espalda, atrayéndola hacia el borde de la mesa hasta que sus cuerpos encajaron a la perfección. Ella podía sentir su excitación a través de la tela del pantalón, y el conocimiento de que era ella quien causaba eso la hizo arquearse contra él. —Rafael… —susurró, su nombre sonando como una súplica. Él no necesitó más incentivo. Sus manos se deslizaron bajo su blusa, los dedos callosos contrastando con la suavidad de la piel de Clara. Ella se estremeció cuando él encontró el cierre del sujetador, desabrochándolo con una facilidad que delataba práctica, pero a Clara no le importó. En ese momento, solo quería sentir. Rafael se apartó solo lo suficiente para quitarle la blusa, dejándola solo con el sujetador abierto, los pechos expuestos al aire frío de la oficina—y a su mirada hambrienta. —Hermosa —murmuró, antes de inclinarse para tomar un pezón entre los labios. Clara arqueó la espalda, un gemido escapando de su garganta mientras él chupaba, mordisqueaba, lamía, alternando entre los pechos con una precisión torturante. Sus manos se enredaron en el cabello de él, atrayéndolo más cerca, como si pudiera fundir sus cuerpos a través de ese contacto. —Eso… —logró decir, la voz entrecortada—. No podemos… —Podemos —respondió Rafael, levantándose para besarla de nuevo—. Nadie lo sabrá. Su mano se deslizó por el muslo de ella, subiendo lentamente, hasta encontrar el borde de la falda. Clara contuvo la respiración cuando sus dedos rozaron el encaje de las bragas, ya húmedas. —Estás tan mojada —murmuró contra sus labios, el pulgar presionando la tela contra su clítoris. Clara gimió, las uñas clavándose en los hombros de él. —Rafael, por favor… Él no necesitó más. Con un movimiento rápido, apartó las bragas a un lado y deslizó dos dedos dentro de ella, mientras el pulgar continuaba circulando, lento y deliberado. —¿Así? —preguntó, la voz baja y peligrosa. Clara no pudo responder. Solo pudo mover la cabeza, las caderas moviéndose al ritmo de sus dedos, buscando más presión, más velocidad. Rafael obedeció, aumentando el ritmo, mientras su boca encontraba la de ella de nuevo, ahogando los gemidos que no lograba contener. —Córrete para mí —ordenó, los dedos curvándose dentro de ella—. Quiero sentirte. Y Clara obedeció. El orgasmo la golpeó como una ola, haciendo que su cuerpo temblara mientras se apretaba alrededor de sus dedos, los gemidos ahogados contra el hombro de Rafael. Él la sostuvo firme, prolongando el placer hasta que ella se derrumbó contra él, jadeante. Cuando Clara abrió los ojos por fin, lo encontró observándola con una intensidad que la hizo estremecer. —Eso fue… —empezó, pero no logró terminar. —Solo el principio —completó Rafael, retirando los dedos lentamente, llevándoselos a los labios y lamiéndolos con una mirada que prometía mucho más. Clara sintió que todo el cuerpo le hormigueaba. Sabía lo que vendría después. Y, por primera vez en mucho tiempo, no estaba segura de poder esperar. La oficina estaba sumida en un silencio denso, roto solo por el zumbido bajo de los ordenadores en modo de espera y el ocasional crujido del aire acondicionado. Las luces de las lámparas esparcidas por las mesas creaban islas de penumbra dorada, mientras el resto del espacio se perdía en sombras alargadas, como si el propio ambiente conspirara para esconder lo que estaba a punto de suceder. Clara aún sentía el calor residual del orgasmo palpitar entre sus piernas, la piel sensible bajo la tela de las bragas, pero la presencia de Rafael—su olor a cuero y especias, la forma en que sus ojos la devoraban—hacía que el deseo volviera a crecer, insistente, como una marea que se niega a bajar. Él estaba de pie, apoyado contra la mesa junto a la suya, los brazos cruzados sobre el pecho, observándola con una intensidad que la hacía sentir desnuda incluso con toda la ropa puesta. Clara se levantó lentamente, las piernas aún temblorosas, y dio un paso hacia él. El aire entre los dos parecía cargado de electricidad, cada movimiento lento, calculado, como si ambos supieran que un solo gesto más podría hacer que todo se derrumbara. —Estás jugando con fuego —murmuró, la voz ronca, los dedos rozando levemente su brazo. Sintió cómo el músculo se contraía bajo su toque, el calor de su piel a través de la tela fina de la camisa. Rafael no se movió, pero sus ojos se oscurecieron, fijos en los de ella. —Desde el primer día que te vi, Clara, estoy ardiendo. Las palabras cayeron entre ellos como una confesión prohibida. Ella sabía que él no hablaba solo del trabajo, de esas reuniones interminables donde las miradas se cruzaban por segundos de más. Hablaba de los suspiros ahogados, de las manos que se rozaban "sin querer" al pasar documentos, de la tensión que se acumulaba como una tormenta a punto de estallar. —¿Y qué quieres hacer al respecto? —lo desafió, inclinando la cabeza, los labios entreabiertos. Él no respondió con palabras. En cambio, extendió la mano y le sujetó la barbilla con firmeza, pero sin brusquedad, los dedos cálidos contra su piel. Clara no se resistió cuando la atrajo más cerca, los cuerpos encontrándose en el espacio estrecho entre las mesas. El primer beso fue lento, casi vacilante, como si ambos estuvieran probando los límites de lo permitido. Pero entonces Rafael profundizó el contacto, la lengua invadiendo su boca con una urgencia que hizo gemir a Clara en voz baja, las manos subiendo para aferrarse a sus hombros, las uñas clavándose en la tela de la camisa. El beso se volvió voraz, hambriento, como si años de deseo contenido finalmente encontraran una válvula de escape. Rafael la empujó contra la mesa, la espalda de Clara golpeando levemente contra la madera fría, un contraste delicioso con el calor que se extendía por su cuerpo. Apartó la boca solo lo suficiente para murmurar contra sus labios: —Quiero probarte en todos los rincones de esta oficina. Ella se estremeció, el cuerpo reaccionando al instante a la promesa en su voz. Las manos de Rafael se deslizaron por su espalda, atrayéndola más cerca, hasta que sintió la evidencia de su deseo presionando contra su vientre. Clara se arqueó, instintivamente, las caderas buscando más contacto, más fricción, mientras los dedos de él se enredaban en su cabello, tirando suavemente para exponer su cuello. —Entonces pruébame —susurró, la voz entrecortada. Rafael no necesitó más incentivo. Su boca descendió por el cuello de ella, los labios cálidos y húmedos dejando un rastro de fuego en su piel. Clara inclinó la cabeza hacia atrás, los ojos cerrándose, mientras él mordisqueaba la curva de su hombro, los dientes rozando levemente, haciéndola temblar. Sus manos bajaron, agarrando su cintura, y luego subieron, los pulgares rozando el lateral de sus pechos por encima de la blusa fina. Ella gimió, el sonido ahogado contra su hombro, las uñas clavándose más hondo. —No tienes idea de cuánto he imaginado esto —confesó, la voz ronca, mientras sus dedos comenzaban a desabotonar su blusa con una lentitud torturante—. Todas esas reuniones, tú allí, tan compuesta, tan profesional… y yo solo podía pensar en cómo sería romper esa fachada. Clara rio en voz baja, un sonido que se transformó en un suspiro cuando los labios de él encontraron la piel recién expuesta de su escote. —¿Y ahora que tienes la oportunidad? —Ahora te voy a mostrar que no eres la única que sabe jugar este juego —respondió, apartando la tela de la blusa para exponer el sujetador de encaje negro. Sus ojos brillaron en la penumbra, oscuros de deseo—. Eres hermosa, Clara. Pero apuesto a que eres aún más hermosa cuando pierdes el control. Ella no tuvo oportunidad de responder. Rafael bajó la cabeza y capturó un pezón entre los labios, succionando a través de la tela fina del sujetador. Clara arqueó la espalda, un gemido escapando de su garganta, las manos enredándose en su cabello. El calor húmedo de su boca, la presión de sus dientes, la forma en que su lengua rodeaba el pezón endurecido—todo eso la hacía temblar, el cuerpo entero pulsando de necesidad. —Rafael… —murmuró, su nombre una súplica. Él levantó la cabeza solo lo suficiente para mirarla, los labios brillantes, los ojos oscuros de deseo. —Dime qué quieres —ordenó, la voz baja y áspera. Clara dudó por un segundo, pero el deseo era más fuerte que cualquier vergüenza. Agarró su mano y la guió hacia abajo, presionándola contra la unión de sus muslos, donde el calor era casi insoportable. —Quiero que me toques. Aquí. Rafael sonrió, una sonrisa lenta y peligrosa, y entonces sus dedos comenzaron a trabajar en el botón de su pantalón. Clara contuvo la respiración cuando él abrió la cremallera, los dedos deslizándose dentro de sus bragas, encontrándola mojada, lista. Ella gimió cuando la tocó, los dedos rodeando su clítoris con una precisión que la hizo morderse el labio para no gritar. —Tan sensible —murmuró, observando su rostro mientras la tocaba—. Me encanta cómo reaccionas a mí. Clara no podía responder. Las sensaciones eran abrumadoras—su toque, la forma en que sus dedos se movían, la presión que aumentaba a cada segundo. Se aferró a sus hombros con más fuerza, las uñas dejando marcas, mientras Rafael la besaba de nuevo, ahogando sus gemidos. La empujó hacia atrás, haciéndola sentar sobre la mesa, y entonces se arrodilló entre sus piernas, los ojos nunca dejando los de ella. —Quiero probarte —dijo, la voz ronca—. De verdad. Clara no tuvo tiempo de responder. Rafael le bajó el pantalón y las bragas con un movimiento rápido, dejándola desnuda de la cintura para abajo. Ella se apoyó en los codos, observándolo mientras él separaba sus piernas, exponiéndola por completo. El aire frío de la oficina rozó su piel sensible, pero entonces la boca de Rafael estuvo sobre ella, cálida y húmeda, y Clara arqueó la espalda con un grito ahogado. No fue gentil. Esta vez no. Su lengua la exploró con una urgencia que la hizo temblar, los dedos uniéndose al movimiento, entrando y saliendo de ella mientras chupaba su clítoris con una presión que rozaba el dolor, pero que era exactamente lo que necesitaba. Clara se aferró a su cabello, atrayéndolo más cerca, las caderas moviéndose instintivamente contra su boca. —Rafael, por favor… —gimió, la voz quebrada. Él levantó la cabeza solo lo suficiente para mirarla, los labios brillantes, los ojos oscuros. —¿Por favor qué? —Quiero… necesito… —Di. —Necesito correrme —confesó, la voz casi un sollozo. Rafael sonrió, satisfecho, y entonces su boca volvió a ella, la lengua trabajando en conjunto con los dedos, llevándola cada vez más cerca del límite. Clara sintió el orgasmo acercarse, una ola que amenazaba con tragársela por completo. Intentó contenerse, pero Rafael no se lo permitió. Aumentó el ritmo, la presión, hasta que ya no pudo resistir. El clímax la golpeó con fuerza, haciendo que todo su cuerpo temblara, los gemidos resonando en la oficina vacía. Rafael no se detuvo, prolongando el placer hasta que estuvo completamente exhausta, los músculos relajados, la respiración entrecortada. Cuando finalmente se levantó, había una chispa de satisfacción en sus ojos. Se inclinó sobre ella, los labios encontrando los suyos en un beso profundo, dejándola saborearse a sí misma en su boca. —Eso —murmuró contra sus labios— fue solo el calentamiento. Clara sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Sabía lo que vendría después. Y, por primera vez, no estaba segura de sobrevivir. Clara apenas tuvo tiempo de recuperar el aliento antes de que Rafael la atrajera hacia sí con una urgencia que no admitía retrocesos. Sus labios aún guardaban el sabor salado de su placer, y ahora él lo reclamaba con una voracidad que hacía flaquear sus rodillas. Las manos de él se deslizaron por su espalda, firmes, posesivas, mientras la levantaba con facilidad, como si su peso no fuera más que una promesa por cumplir. La mesa de reuniones estaba allí, sólida y fría bajo la luz ámbar de las lámparas, un contraste perfecto con el calor que emanaba de ambos. Rafael la depositó sobre la superficie pulida con un cuidado que desmentía el hambre en sus ojos, como si ella estuviera hecha de algo precioso y frágil, algo que temía romper antes de devorar. Clara se apoyó en los codos, observándolo mientras se alejaba solo lo suficiente para desabotonarse la camisa, los dedos ágiles revelando el pecho definido, la piel marcada por cicatrices finas—vestigios de una vida que ella aún no conocía, pero que ahora deseaba explorar con la boca. —¿Tienes idea —murmuró, la voz ronca mientras se inclinaba sobre ella, las manos recorriendo sus muslos, empujando la tela de la falda hacia arriba— de cuánto he imaginado esto? Clara arqueó el cuerpo al sentir sus dedos rozar el encaje de las bragas, ya húmedas, ya palpitantes. No respondió. No podía. En cambio, mordió el labio inferior, los ojos fijos en los de él, desafiándolo a ir más allá de las palabras. Rafael entendió el mensaje. Con un movimiento brusco, rasgó la prenda a un lado, el sonido de la tela cediendo resonando como un preludio de lo que vendría. Clara soltó un gemido bajo, sorprendida por la violencia controlada del gesto, pero no había espacio para protestas. No cuando él se arrodilló entre sus piernas, los labios reemplazando a los dedos con una precisión que la hizo arquear la espalda, las uñas clavándose en la madera de la mesa. Su lengua era implacable, explorando cada pliegue, cada nervio expuesto, como si quisiera memorizar el mapa de su placer. Clara se retorcía, las caderas moviéndose sin control, buscando más presión, más fricción, más *de él*. Rafael sujetó sus muslos con fuerza, manteniéndola inmóvil, obligándola a sentir cada lamida, cada succión, hasta que estuvo al borde de otro orgasmo, el cuerpo temblando, los gemidos convirtiéndose en súplicas incoherentes. —Por favor —logró articular, la voz quebrada—. Te necesito. *Ahora*. Rafael se levantó lentamente, los labios brillantes, los ojos oscuros de deseo. No dijo nada. No necesitaba hacerlo. El sonido de la cremallera bajando fue respuesta suficiente. Clara observó, hipnotizada, mientras él liberaba su erección, gruesa y palpitante, la cabeza ya húmeda. Extendió la mano, envolviéndolo con los dedos, sintiendo el calor, la textura aterciopelada, la vena palpitante bajo su palma. Rafael gimió, las caderas moviéndose al ritmo de su toque, pero por poco tiempo. Con un movimiento rápido, le sujetó las muñecas y las inmovilizó sobre su cabeza, el cuerpo cubriéndola por completo. —¿Quieres esto? —preguntó, la voz un gruñido, la punta de su miembro rozando su entrada, provocándola, pero sin penetrar—. Entonces pídelo bien. Clara mordió el labio, los pezones duros rozando contra la tela fina de la blusa, el cuerpo entero vibrando de expectación. Sabía lo que él quería escuchar. Y, Dios, ella quería decirlo. —Quiero que estés dentro de mí —susurró, las palabras saliendo como una confesión—. Quiero sentirte llenándome, estirándome… *follándome* hasta que no pueda pensar en nada más. Rafael no necesitó más incentivo. Con un impulso firme, la penetró, enterrándose hasta el límite, los dos gimiendo al unísono. Clara sintió cada centímetro, cada pulsación, el ardor delicioso de la invasión, la manera en que la llenaba de un modo que parecía imposible, como si hubiera sido hecho a su medida. Él no le dio tiempo para adaptarse. Comenzó a moverse con embestidas profundas, rítmicas, cada una más intensa que la anterior, como si quisiera grabar su nombre en cada célula de su cuerpo. La mesa crujía bajo ellos, el sonido ahogado por los gemidos de Clara, los gruñidos bajos de Rafael, el sonido húmedo de los cuerpos uniéndose. Él soltó sus muñecas solo para agarrar sus caderas, levantándola ligeramente para cambiar el ángulo, haciendo que cada embestida alcanzara ese punto sensible que la hacía ver estrellas. Clara se aferró a sus hombros, las uñas clavándose en su piel, dejando marcas que sabía que él usaría como trofeos al día siguiente. —Así… —gruñó Rafael, los movimientos volviéndose más rápidos, más descontrolados—. Eres *mía*, Clara. Di. Ella no dudó. —Soy tuya —gimió, la voz quebrada—. *Solo tuya*. Las palabras parecieron encender algo dentro de él. Rafael la atrajo hacia el borde de la mesa, levantando una de sus piernas sobre su hombro, cambiando el ritmo a algo más salvaje, más animal. Clara sintió el orgasmo construyéndose, una presión insoportable en el vientre, los músculos internos contrayéndose alrededor de él. Rafael lo notó. Con una sonrisa depredadora, se inclinó, capturando un pezón entre los dientes a través de la tela de la blusa, mordisqueándolo mientras continuaba embistiéndola con fuerza. —Córrete para mí —ordenó, la voz un susurro ronco—. Quiero sentirte apretando mi polla mientras te lleno. Las palabras, la imagen, la sensación de él tan profundo, tan *dentro* de ella… fue demasiado. Clara echó la cabeza hacia atrás, el cuerpo contorsionándose en espasmos mientras el orgasmo la desgarraba, olas de placer tan intensas que apenas podía respirar. Rafael no se detuvo. Siguió moviéndose, prolongando su clímax, hasta que sintió sus músculos contraerse alrededor de él una última vez. Solo entonces se permitió ceder, enterrándose profundo y soltando un gemido gutural mientras se corría, el calor extendiéndose dentro de ella, marcándola de una forma que ninguno de los dos podría ignorar. Por un largo momento, los dos se quedaron allí, inmóviles, jadeantes, los cuerpos aún unidos, la piel húmeda de sudor, los latidos desacelerándose poco a poco. Rafael apoyó la frente en la de ella, los ojos cerrados, como si saboreara la sensación de tenerla así, vulnerable y saciada bajo él. Clara pasó los dedos por su cabello, atrayéndolo para un beso lento, perezoso, como si tuvieran todo el tiempo del mundo. Pero la oficina estaba demasiado silenciosa. Y, afuera, la noche continuaba. Rafael se apartó lentamente, saliendo de ella con un suspiro, el aire frío reemplazando el calor de su cuerpo. Clara se estremeció, sintiendo la humedad escurrirse entre sus piernas, un recordatorio tangible de lo que acababa de suceder. Él la ayudó a sentarse, los ojos recorriendo su cuerpo con una posesividad que la hizo sonrojar. Entonces, con una sonrisa que prometía mucho más, le tendió la mano. —Vamos —dijo, la voz aún cargada de deseo—. Tenemos que arreglarnos antes de que alguien decida trabajar hasta tarde. Clara rio en voz baja, aceptando su mano. Pero mientras se levantaba, tambaleante, una pregunta surgió en su mente, una que no se atrevió a hacer en voz alta. *¿Y mañana?* Porque, a pesar de todo, a pesar del placer, del alivio, de la promesa silenciosa en sus ojos… la oficina seguía siendo un lugar donde eran colegas. Y la mesa de reuniones, ahora, guardaba secretos que ninguno de los dos podría borrar. Clara se ajustó la falda con manos aún temblorosas, los dedos rozando la seda húmeda donde la tela se pegaba ligeramente a su piel. El aire acondicionado, ahora más perceptible, traía un frescor que contrastaba con el calor residual de sus cuerpos entrelazados. Sentía cada movimiento como si el tiempo se hubiera alargado—el deslizar de la cremallera, el roce del sujetador contra los pezones aún sensibles, el peso de la mirada de Rafael siguiendo cada gesto. Él, por su parte, abotonaba la camisa con una lentitud deliberada, los dedos demorándose en los botones como si aún saboreara la textura de su piel bajo las palmas. —Estás hermosa así —murmuró, la voz ronca, mientras observaba a Clara recogerse el cabello en un moño suelto, algunos mechones rebeldes escapando para enmarcar su rostro sonrojado—. Desarreglada. Como si alguien acabara de desarmarte. Ella rio, un sonido bajo y satisfecho, y lanzó una mirada por encima del hombro. La mesa de reuniones, antes impecable, ahora mostraba marcas de la pasión: papeles arrugados, un vaso de café derramado, la silla de cuero apartada en un ángulo que delataba prisa. Y, en el centro de todo, el recuerdo del peso de él dentro de ella, de los gemidos ahogados contra su hombro ancho, de las uñas clavadas en su espalda mientras sus cuerpos se movían en un ritmo primitivo. —¿Desarmada, eh? —Clara lo provocó, girándose para enfrentarlo—. ¿Y tú? ¿Aún puedes caminar derecho? Rafael sonrió, esa sonrisa lenta y peligrosa que ella ya conocía tan bien, y dio un paso adelante. Sus manos encontraron su cintura, atrayéndola contra su cuerpo aún cálido, y Clara sintió el contorno rígido de su excitación incluso a través de la ropa reajustada. —¿Lo dudas? —susurró, inclinándose para rozar sus labios contra su cuello, donde el pulso aún latía acelerado—. Puedo demostrártelo de nuevo. Ella gimió en voz baja, pero lo empujó con una risa. —Ahora no. Si aparece alguien… —Nadie aparece —garantizó él, pero la soltó, respetando su vacilación—. Todavía. Clara respiró hondo, tratando de ordenar sus pensamientos. La oficina estaba en silencio, las luces de las lámparas proyectando sombras largas sobre las paredes de vidrio. Afuera, la ciudad latía, indiferente a lo que acababa de suceder entre esas cuatro paredes. Pero allí, en el espacio entre la mesa y la ventana, el aire aún vibraba con la electricidad de lo que habían compartido. —Mañana… —empezó, pero dudó. La palabra flotó en el aire, cargada de posibilidades e incertidumbres. Rafael lo entendió. Tomó su mano, entrelazando los dedos con los suyos, y se la llevó a los labios. —Mañana, somos profesionales —dijo, firme, aunque sus ojos brillaban con algo que desmentía la seriedad de su voz—. Cumplimos plazos, discutimos metas, fingimos que no sabemos exactamente cómo sabe el otro. Clara sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Él tenía razón. Al día siguiente, volverían a ser Clara, la analista meticulosa, y Rafael, el gerente de proyectos implacable. Pero ahora, en ese instante robado de la noche, eran solo dos cuerpos saciados, dos almas que se habían reconocido en medio del tedio de las hojas de cálculo y los informes. —¿Y después del horario laboral? —preguntó, la voz baja, casi tímida. Rafael sonrió, atrayéndola para un beso más—este más suave, más prolongado, como si quisiera memorizar la textura de sus labios. —Después del horario laboral —murmuró contra su boca—, la ciudad es nuestra. Y conozco un lugar con sofás mucho más cómodos que esta mesa. Clara rio, el sonido resonando en la oficina vacía, y por un momento, olvidó todo: las miradas furtivas en la sala de reuniones, las hojas de cálculo interminables, las reglas no escritas que gobernaban el mundo corporativo. Allí, entre sus brazos, solo existía el ahora—y la promesa de que habría más. —Entonces será mejor que nos vayamos —dijo, apartándose con renuencia—. Antes de que cambie de opinión y te arrastre de vuelta a esta mesa. Rafael le sujetó el rostro entre las manos, los pulgares trazando círculos en sus mejillas. —No me tientes —susurró, antes de soltar un suspiro exagerado—. Vamos. Antes de que pierda la cabeza de nuevo. Se separaron, cada uno volviendo a su lado de la mesa, como si el gesto pudiera borrar las marcas de lo que habían hecho. Clara tomó su bolso, verificando que nada se hubiera caído—el lápiz labial, el móvil, las llaves. Rafael se ajustó la corbata, pasando los dedos por el cabello para domar los mechones rebeldes. Por un instante, parecieron exactamente lo que eran: dos colegas saliendo del trabajo después de un día largo. Pero entonces Rafael extendió la mano, ofreciéndole el brazo como en un gesto de caballerosidad antigua, y Clara aceptó, entrelazando los dedos con los suyos. Juntos, caminaron hacia la puerta, las sombras de las lámparas alargándose tras ellos como testigos silenciosos. —Buenas noches, Clara —dijo él, cuando llegaron al ascensor, la voz lo suficientemente baja para que solo ella lo escuchara. —Buenas noches, Rafael —respondió, apretando su mano levemente antes de soltarla. El ascensor llegó, las puertas abriéndose con un *ding* suave. Clara entró, girándose para mirarlo una última vez. Rafael se quedó parado en el pasillo, las manos en los bolsillos, observándola con una sonrisa que prometía mucho más de lo que las palabras podrían decir. —Hasta mañana —murmuró. Y entonces las puertas se cerraron, separándolos. Clara se apoyó contra la pared espejada del ascensor, sintiendo el corazón aún acelerado. En el reflejo, vio los labios hinchados, los ojos brillantes, la marca roja en su cuello—un recordatorio de que aquello no había sido un sueño. Cuando las puertas se abrieron en la planta baja, salió con pasos firmes, pero su mente ya estaba lejos, anticipando la próxima noche. Arriba, Rafael volvió a la mesa de reuniones, pasando los dedos sobre la superficie de madera. Aún podía olerla en el aire—una mezcla de perfume, sudor y sexo. Sonrió para sí mismo, imaginando los próximos días, las próximas noches. La oficina sería solo el comienzo. Y, mientras apagaba las luces y cerraba la puerta con llave, una certeza se instaló en él: aquello no terminaría allí. No, ni mucho menos.

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