Entre Papeles y Pasiones

Por Tonkix
Entre Papeles y Pasiones
**Entre Papeles y Pasiones** El reloj en la pared de la oficina marcaba las siete y media de la noche cuando Clara terminó por fin de organizar los últimos documentos del día. El edificio estaba casi vacío, solo el zumbido bajo del aire acondicionado y el ocasional crujido de una silla rompían el silencio. Estiró los brazos por encima de la cabeza, sintiendo cómo la tensión en los hombros se disipaba lentamente, cuando escuchó pasos firmes acercándose. —¿Todavía aquí? —La voz de Daniel resonó en el ambiente, baja y ronca, como si él también estuviera cansado, pero no del trabajo. Clara giró en su silla, los ojos encontrándose con los de él. Daniel estaba parado en la puerta de su oficina, la corbata aflojada, los primeros botones de la camisa abiertos, dejando ver un trozo de piel que ella conocía demasiado bien por miradas furtivas. Sostenía una carpeta en la mano, pero sus ojos no estaban en los papeles. Estaban en ella. —Solo terminando unos detalles —respondió, intentando mantener la voz firme—. Usted tampoco se ha ido aún. —Asuntos de última hora —dijo él, entrando en la sala y colocando la carpeta sobre su escritorio—. Necesito que lo revise mañana temprano. Clara asintió, los dedos rozando los papeles mientras él los empujaba hacia ella. Un contacto breve, pero suficiente para acelerarle el corazón. Alzó la vista, encontrándose de nuevo con sus ojos, y por un instante, ninguno de los dos habló. El aire entre ellos parecía cargado, como si una chispa bastara para incendiarlo todo. Daniel rompió el contacto primero, girándose para mirar por la ventana. La ciudad afuera estaba iluminada, las luces de los edificios parpadeando como estrellas lejanas. Cruzó los brazos, los músculos de los antebrazos tensándose bajo la camisa blanca. —Eres muy dedicada, Clara. Siempre te quedas hasta tarde. —Es mi trabajo —murmuró ella, observando cómo la luz de la calle iluminaba su perfil, destacando la línea firme de la mandíbula, la curva de los labios. —Más que trabajo, diría yo —respondió él, volviéndose de nuevo hacia ella—. Te gusta estar aquí. Clara sintió el calor subir por el cuello. No era solo la oficina lo que la mantenía allí hasta tarde. Era él. La presencia de Daniel, la forma en que la miraba cuando creía que ella no prestaba atención, el tono de voz que usaba cuando hablaba solo con ella. Había algo entre ellos, algo que ninguno de los dos se atrevía a nombrar. —Tal vez —admitió, bajando los ojos hacia los papeles frente a ella—. O quizá no tenga nada mejor que hacer. Daniel rio, un sonido bajo e íntimo que hizo que Clara alzara la vista de nuevo. Dio un paso adelante, apoyando las manos en su escritorio, inclinándose ligeramente. Su perfume —algo amaderado, con un toque de especias— invadió el espacio entre ellos. —¿Nada mejor que hacer? —repitió, la voz ahora más ronca—. Eso es difícil de creer. Clara tragó saliva. La proximidad de él era intoxicante. Podía ver los poros de su piel, las pequeñas líneas alrededor de los ojos, la forma en que sus labios se curvaban en una sonrisa que ya no era profesional. Era peligroso. Era tentador. —¿Qué sugiere entonces, señor? —preguntó, la voz saliendo más suave de lo que pretendía. Daniel no respondió de inmediato. En cambio, extendió la mano, los dedos rozando levemente su muñeca, trazando un camino lento hasta el codo. Clara contuvo la respiración, sintiendo el contacto como una corriente eléctrica. —Sugiero que dejes de llamarme ‘señor’ —murmuró—. Al menos cuando estemos solos. —¿Y cómo debo llamarlo entonces? —susurró, los labios entreabiertos. Él se inclinó aún más, hasta que sus rostros quedaron a centímetros de distancia. Clara podía sentir su aliento cálido, el olor a café y algo más dulce, como whisky. —Daniel —dijo, la voz casi un gruñido—. Llámame Daniel. Ella asintió, los ojos fijos en los de él. El corazón le latía tan fuerte que estaba segura de que él podía oírlo. —Daniel —repitió, el nombre saliendo como un suspiro. Él cerró los ojos por un instante, como si saboreara el sonido. Cuando los abrió de nuevo, había algo salvaje en ellos, algo que Clara nunca había visto antes. —Clara —dijo, y la forma en que pronunció su nombre le hizo contraer el estómago—. No tienes idea de cuánto he querido oírte decir mi nombre así. Ella no respondió. No necesitaba hacerlo. Sus ojos descendieron hacia sus labios, y Clara supo, en ese momento, que no había vuelta atrás. La jornada laboral había terminado. El juego apenas comenzaba. Daniel se apartó solo lo suficiente para rodear el escritorio, deteniéndose a su lado. Clara giró la silla, enfrentándolo, las piernas casi tocando las suyas. Él extendió la mano de nuevo, pero esta vez no fue un toque vacilante. Sus dedos se deslizaron por su cuello, sujetándola con firmeza, pero sin lastimarla. El pulgar trazó la línea de su mandíbula, descendiendo hasta el labio inferior, tirando de él suavemente hacia abajo. —Te deseo —dijo, la voz ronca—. Hace meses que te deseo. Clara sintió el cuerpo entero temblar. No era una declaración de amor. Era algo más crudo, más urgente. Y ella lo deseaba tanto como él. —Entonces tómame —respondió, las palabras saliendo antes de que pudiera pensarlo. Daniel no necesitó más incentivo. Se inclinó, capturando sus labios en un beso que no era suave ni vacilante. Era hambriento, posesivo, como si hubiera estado esperando ese momento una eternidad. Clara respondió con la misma intensidad, las manos subiendo para agarrar su cabello, acercándolo más. Su sabor era intoxicante, una mezcla de café, whisky y algo exclusivamente Daniel. La levantó de la silla, las manos firmes en su cintura, alzándola hasta que quedó sentada sobre el escritorio. Los papeles volaron al suelo, olvidados. Clara envolvió las piernas alrededor de él, acercándolo más, sintiendo la evidencia de su deseo presionando contra ella. Daniel gimió contra su boca, las manos deslizándose por sus muslos, levantando la falda del traje hasta que sus dedos encontraron la piel desnuda. —Eres tan hermosa —murmuró entre besos, los labios descendiendo por su cuello, dejando un rastro de fuego—. Sueño con esto. Contigo. Clara arqueó la espalda, ofreciéndose a él. Sus manos eran hábiles, explorando cada curva, cada centímetro de piel expuesta. Sintió sus dedos deslizarse bajo el encaje de su tanga, y un gemido escapó de sus labios cuando encontró el punto exacto donde más lo necesitaba. —Daniel —susurró, su nombre una súplica. Él no la hizo esperar. Con un movimiento rápido, la acercó al borde del escritorio, las manos firmes en sus caderas. Clara sintió la falda subir aún más, el aire frío de la oficina contrastando con el calor de su cuerpo. Daniel la observaba con ojos oscuros, llenos de deseo, mientras sus dedos trabajaban en ella, lentos y deliberados. —Quiero verte —dijo, la voz ronca—. Quiero verte correrte para mí. Clara no pudo responder. Las palabras murieron en su garganta cuando él aceleró el ritmo, los dedos moviéndose con precisión, como si conociera su cuerpo mejor que ella misma. Se aferró a sus hombros, las uñas clavándose en la camisa, mientras olas de placer la recorrían. El orgasmo la golpeó con fuerza, haciéndola arquear la espalda y soltar un gemido alto, su nombre en los labios. Daniel no se detuvo. La sostuvo mientras temblaba, los dedos continuando su movimiento hasta que el último espasmo la dejó. Cuando por fin abrió los ojos, él sonreía, una sonrisa satisfecha y posesiva. —Esto fue solo el comienzo —murmuró, inclinándose para besarla de nuevo. Clara sonrió contra sus labios, las manos deslizándose hacia el cinturón de su pantalón. Quería más. Necesitaba más. —Entonces muéstrame el resto —lo desafió, los dedos ya trabajando en el botón de su pantalón. Daniel rio, un sonido bajo y ronco, mientras la ayudaba a deshacerse del resto de la ropa. En segundos, estaban desnudos, la mesa fría bajo su espalda, el cuerpo cálido de él presionándola contra la superficie. Clara envolvió las piernas alrededor de su cintura, acercándolo más, sintiendo su erección contra su entrada. —¿Estás segura? —preguntó, los ojos fijos en los de ella, buscando cualquier señal de duda. Clara asintió, las manos deslizándose por su espalda, atrayéndolo hacia abajo. —Nunca he estado tan segura en mi vida —susurró. Daniel no necesitó más incentivo. Con un movimiento lento, entró en ella, llenándola por completo. Clara gimió, las uñas clavándose en su espalda mientras él comenzaba a moverse, cada embestida más profunda, más intensa. La oficina a su alrededor desapareció. No había más papeles, ni relojes, ni responsabilidades. Solo estaban ellos dos, unidos en un ritmo que era a la vez familiar y nuevo. Daniel le sostuvo el rostro entre las manos, los ojos fijos en los de ella mientras se movía. —Eres mía —murmuró, la voz ronca de deseo—. Solo mía. Clara asintió, las palabras perdidas en un gemido cuando él aceleró el ritmo. Sintió el placer creciendo de nuevo, una ola que amenazaba con consumirla. Daniel la besó, tragándose sus gemidos, mientras sus cuerpos se movían en perfecta sincronía. El segundo orgasmo la golpeó con fuerza, haciéndola arquear la espalda y gritar su nombre. Daniel la siguió poco después, el cuerpo tensándose mientras encontraba su propia liberación. La sostuvo con fuerza, los cuerpos aún unidos, mientras los temblores los recorrían. Por un largo momento, ninguno de los dos se movió. La oficina estaba en silencio, excepto por el sonido de sus respiraciones agitadas. Clara sintió el corazón de él latiendo contra su pecho, el sudor de sus cuerpos mezclándose. Era íntimo, perfecto. Daniel finalmente se apartó, pero solo lo suficiente para mirarla a los ojos. Apartó un mechón de cabello de su rostro, los dedos trazando la línea de su mejilla. —Esto fue... —comenzó, pero las palabras parecían insuficientes. —Increíble —terminó Clara por él, sonriendo. Él rio, inclinándose para besarla de nuevo, un beso suave y prolongado. —Sí —asintió—. Increíble. Ella se sentó, los pies tocando el suelo frío de la oficina. Daniel la ayudó a levantarse, los brazos envolviéndola mientras se apoyaba en él. Clara miró alrededor, viendo los papeles esparcidos por el suelo, la silla volcada, la ropa amontonada en un rincón. —Creo que vamos a necesitar un poco de organización antes de irnos —dijo, riendo. Daniel la atrajo más cerca, besando la parte superior de su cabeza. —Después —murmuró—. Ahora solo quiero quedarme así. Clara sonrió, acurrucándose contra él. La jornada laboral había terminado, pero la noche apenas comenzaba. Y no podía esperar a ver qué más tenía Daniel reservado para ella.

🔥 Keep the fantasy going

Chat, tease and live out your desires with an AI girlfriend available 24/7 - she is up for anything you imagine.

Meet your AI girlfriend →

Publicidade +18