Entre Luces y Sombras: El Primer Baile

Por Tonkix
**Entre Luces y Sombras: El Primer Baile** El loft respiraba electricidad. Las paredes de ladrillo visto, envejecidas por el tiempo, ahora palpitaban bajo el reflejo de las luces estroboscópicas que cortaban el aire en destellos azules, rojos y dorados, como si el propio espacio estuviera vivo, danzando al ritmo de la música. El bajo de la música electrónica vibraba en el pecho de quien se acercaba, una fuerza casi física que empujaba los cuerpos hacia el centro de la pista, donde la multitud se movía como un único organismo febril. Las botellas entrechocaban, las risas se perdían entre las notas agudas de los sintetizadores, y el olor a alcohol, sudor y perfume caro se mezclaba en una niebla espesa, casi palpable. Clara estaba parada cerca de una de las columnas de hierro que sostenían el techo alto, los dedos enroscados alrededor de un vaso de gin tonic que hacía tiempo había perdido el hielo. El líquido tibio bajaba por su garganta en sorbos lentos, más por hábito que por placer. Ella no era de fiestas como esta—ruidosas, caóticas, donde la gente se frotaba como si el mundo fuera a acabarse en una hora. Pero allí estaba, porque su amiga Marina había insistido, porque después de meses sumergida en procesos judiciales y noches en vela, necesitaba algo que no fuera la luz fría de la oficina o el silencio opresivo de su apartamento. *«Te vas a morir de aburrimiento si sigues así»*, le había dicho Marina, empujándola dentro del Uber con una sonrisa maliciosa. *«Y, quién sabe, ¿no morirás de otra cosa hoy?»* Clara no creía en «otras muertes». Pero allí, en ese rincón semiiluminado, donde la luz azulada pintaba sombras alargadas en el suelo de concreto, admitía que había algo hipnótico en la escena. Tal vez fuera la forma en que los cuerpos se movían, como si cada uno guardara un secreto que solo la música podía revelar. O tal vez fuera ella, Clara, quien guardaba algo—algo que ni siquiera se atrevía a nombrar. Fue entonces cuando la vio. Sofía. Estaba en el centro de la pista, pero no era solo un cuerpo más entre tantos. Era como si el universo hubiera decidido que allí, en ese punto exacto, la gravedad fuera diferente. Los brazos se alzaban sobre su cabeza en movimientos fluidos, las caderas dibujando círculos lentos, precisos, como si estuviera pintando el aire con la curva de su propia cintura. El vestido negro, ajustado y corto, subía un poco más con cada giro, revelando muslos torneados y la línea oscura de la ropa interior—un destello que hizo contener la respiración a Clara. La tela brillaba bajo las luces, como si hubiera sido cosida con hilos de obsidiana, y el sudor hacía relucir la piel de Sofía, dándole un aspecto casi sobrenatural. Pero lo que más llamaba la atención no era el cuerpo, ni la danza. Era la forma en que Sofía se movía: como si no hubiera público. Como si cada paso, cada temblor de hombros, cada suspiro de los labios entreabiertos fuera solo para ella misma. No había vergüenza, no había cálculo. Solo entrega. Clara sintió el vaso temblar levemente en su mano. No era posible que una persona irradiara tanta… *vida*. Tanta *hambre*. Como si bailar fuera lo único que importara, como si el mundo pudiera derrumbarse a su alrededor y ella siguiera allí, girando, girando, hasta que no hubiera nada más que la música y su propio cuerpo. —Estás mirando fijamente. La voz llegó desde atrás, baja y divertida. Clara se giró bruscamente, encontrándose con Marina y su sonrisa de quien sabía demasiado. Los labios pintados de rojo estaban ligeramente húmedos, los ojos brillando con una malicia que Clara conocía bien—era la misma mirada que Marina le lanzaba cuando la veía revisar expedientes hasta tarde, como si supiera que había algo más detrás de esa fachada de abogada impecable. —No es verdad —mintió Clara, llevándose el vaso a los labios otra vez. El gin ya estaba tibio, pero bebió de todos modos, como si el alcohol pudiera borrar el rubor que subía por su cuello. Marina rio, un sonido grave y ronco que se perdió en el volumen de la música. —Sí que lo estás. Y ella también te está mirando. Clara no necesitó seguir la mirada de Marina para saber de quién hablaba. Aun así, sus ojos la traicionaron, volviéndose hacia la pista como si fueran atraídos por un imán. Y allí estaba Sofía, ahora de frente a ella, los ojos oscuros—casi negros bajo las luces—fijos en los suyos. No era una mirada casual. Era una invitación. Un desafío. Una pregunta que Clara no sabía responder. El corazón le latió más fuerte, tan alto que tuvo la certeza de que Marina podía escucharlo. —Es hermosa —murmuró Marina, inclinándose para que sus palabras llegaran solo a los oídos de Clara—. Y peligrosa. El tipo de mujer que te hace olvidar tu propio nombre. Clara tragó saliva. No era miedo. Era algo más primitivo, más urgente. Una chispa quemando en la boca del estómago. —Yo no… —empezó, pero las palabras murieron en su garganta. Marina le dio un golpecito suave en el hombro, como diciendo *lo sé*. —Tranquila. Solo no dejes que te devore viva. Y entonces se alejó, desapareciendo entre la multitud con un gesto, dejando a Clara sola con el peso de su propio silencio. Sofía aún la miraba. Y Clara, por primera vez en años, se sintió expuesta. Como si todas sus defensas—el traje impecable, la postura erguida, la voz firme en los tribunales—se hubieran disuelto bajo esa mirada. Como si, de repente, ella fuera solo una mujer. Una mujer que deseaba. La música cambió. Un ritmo más lento, más profundo, como un corazón acelerado. Sofía alzó un brazo, los dedos extendiéndose hacia Clara en un gesto casi imperceptible. *Ven*. Clara sintió que le faltaba el aire. Debería apartar la mirada. Debería terminar su bebida y marcharse, antes de hacer algo de lo que se arrepintiera. Antes de cruzar esa línea invisible que separaba el control del caos. Pero sus pies ya se estaban moviendo. Un paso. Luego otro. El vaso vacío se le escapó de los dedos, olvidado en el suelo, mientras se acercaba a la pista, a la luz, a Sofía. Y cuando sus ojos se encontraron de nuevo, Clara supo que no había vuelta atrás. Clara avanzó entre cuerpos que se movían como olas, el calor de la pista de baile disipándose poco a poco a medida que se acercaba a la barra. El aire allí era más fresco, cargado con el aroma cítrico de los cócteles y el perfume dulce de Sofía, que parecía flotar entre las botellas de vidrio iluminadas por luces azules. La artista estaba de espaldas, los dedos tamborileando sobre la barra al ritmo de la música, el cabello oscuro cayendo en ondas sueltas sobre los hombros desnudos—un detalle que Clara notó con un escalofrío de deseo. La blusa negra, lo suficientemente ajustada para delinear su espalda, tenía un escote profundo que dejaba ver la curva suave de la columna, marcada por un tatuaje discreto: una línea fina de tinta negra serpenteando entre los omóplatos, como si alguien hubiera trazado un camino secreto allí. Sofía se giró antes de que Clara llegara hasta ella, como si sintiera su presencia. Los ojos—verdes, intensos, con un brillo que parecía capturar la luz de las lámparas de colores—encontraron los suyos, y la sonrisa que se dibujó fue lenta, casi perezosa, como si supiera exactamente el efecto que causaba. —Tardaste —dijo, la voz ronca, ligeramente desafinada por la música alta—. Pensé que habías desistido. Clara dudó por un segundo, los dedos apretando el asa de su bolso. *Desistir*. La palabra sonaba absurda ahora. Como si fuera posible, después de esa mirada en la pista, después de haberse dejado arrastrar hasta allí. —No sabía si querías compañía —respondió, sorprendiéndose por la honestidad en su propia voz. Sofía inclinó la cabeza, los labios aún curvados en diversión. —¿Y ahora lo sabes? El barman apareció entre ellas, rompiendo el momento por un instante. Clara pidió un gin tonic, las palabras saliendo automáticas, mientras Sofía alzaba su vaso casi vacío—un líquido ámbar con hielo, probablemente whisky—y lo balanceaba levemente. —Otro —le dijo al barman, sin apartar los ojos de Clara—. Y cárgalo a mi cuenta. —No tienes que hacer eso. —*Quiero* hacerlo. El tono era firme, pero no impositivo. Clara sintió el peso de esa declaración simple, como si cada palabra fuera una promesa no dicha. Asintió, aceptando, y cuando el barman se alejó, un silencio cómodo se instaló entre ellas, lleno solo por la música y el tintineo de los vasos. Sofía apoyó los codos en la barra, acercándose un poco más. Su perfume—algo floral con un toque de especias—llenó el espacio entre ellas, mezclándose con el olor a alcohol y madera barnizada. —Entonces, abogada —dijo, pasando la lengua por los labios de una manera que hizo desviar la mirada a Clara por un segundo—. ¿Qué hace una mujer como tú en una fiesta como esta? Clara rio, sorprendida por la pregunta directa. —¿Una mujer como yo? —Reservada. Elegante. —Sofía gesticuló con la mano, señalando el traje impecable de Clara, la blusa de seda debajo, los tacones altos que la dejaban casi a la misma altura que ella—. No pareces el tipo de persona que frecuenta lugares como este. —Y tú pareces saber mucho de mí solo con mirarme. —No es difícil. —Sofía se encogió de hombros, pero sus ojos brillaron—. Tienes ese aire de quien pasa más tiempo en tribunales que en pistas de baile. Y, sin embargo, aquí estás. Clara tomó su gin tonic, los dedos rozando el vaso helado. El contraste con el calor de su propia piel la hizo estremecer. —Tal vez esté cansada de los tribunales. —O tal vez —Sofía se inclinó, bajando la voz a un susurro conspirativo— solo necesitabas una excusa para soltarte. Su aliento olía a whisky y menta, y Clara sintió el calor subir por su cuello. Bebió un sorbo, dejando que el alcohol le quemara la garganta, como si pudiera usar esa sensación para anclarse. —¿Y tú? —preguntó, intentando recuperar el control—. ¿Qué hace una artista como tú en una fiesta como esta? Sofía rio, un sonido bajo y gutural que hizo apretar los dedos de Clara alrededor del vaso. —Yo bailo. Bebo. Coqueteo. —Alzó su nuevo vaso, haciendo tintinear el hielo—. Y, a veces, encuentro a alguien interesante. Clara arqueó una ceja. —¿Y yo soy interesante? —¿Acaso no estás aquí? Una sonrisa involuntaria se dibujó en los labios de Clara. No recordaba la última vez que alguien la había hecho sentir tan expuesta, tan *viva*. Era como si, con cada palabra, Sofía estuviera desmontando sus defensas, pieza por pieza. —¿Siempre eres así? —preguntó, la voz más suave de lo que pretendía. —¿Así cómo? —Tan… directa. Sofía se encogió de hombros, pero sus ojos no dejaron los de Clara. —La vida es demasiado corta para rodeos. —Extendió la mano, los dedos rozando levemente la muñeca de Clara—. Especialmente cuando se trata de algo que vale la pena. El contacto fue breve, pero suficiente para enviar una corriente eléctrica por el brazo de Clara. Miró hacia abajo, hacia donde los dedos de Sofía habían estado, como si pudiera ver la marca que habían dejado. —¿Y crees que yo valgo la pena? —La pregunta escapó antes de que pudiera contenerse. Sofía no respondió de inmediato. En cambio, tomó el vaso de Clara, sus dedos rozando los de ella a propósito, y bebió un sorbo lento, los ojos nunca dejando los de Clara. Cuando le devolvió el vaso, sus labios estaban húmedos, y Clara tuvo que contenerse para no mirarlos. —Creo —dijo Sofía, finalmente— que estás a punto de descubrirlo. El ruido de la fiesta pareció intensificarse a su alrededor, como si el mundo estuviera esperando el siguiente movimiento. Clara sintió el corazón latir más fuerte, la respiración acortándose. Sabía que debería decir algo, cualquier cosa, para romper ese momento. Pero las palabras murieron en su garganta cuando Sofía se acercó aún más, la rodilla rozando levemente la suya bajo la barra. —¿Bailas? —preguntó Sofía, la voz un murmullo. Clara dudó. Bailar era exponerse. Bailar era admitir que quería aquello—que la quería *a ella*. Pero entonces Sofía sonrió, una sonrisa lenta y conocedora, y Clara supo que ya estaba perdida. —Yo… —empezó, pero las palabras fallaron. Sofía no esperó la respuesta. En cambio, tomó la mano de Clara, los dedos entrelazándose con los suyos con una firmeza que no dejaba espacio para negativas. El contacto era cálido, seguro, y Clara sintió el calor extenderse por su cuerpo, como si cada célula estuviera despertando después de un largo sueño. —Vamos —dijo Sofía, tirando de ella suavemente—. Prometo que no muerdo. *Mentira*, pensó Clara, mirando sus labios. *Morderías si te dejara*. Y, por primera vez en mucho tiempo, quería que la mordieran. El loft giraba en cámara lenta, las luces estroboscópicas cortando el aire como cuchillas de neón, el ritmo de la música electrónica latiendo en las costillas de Clara como un segundo corazón. Dejó que Sofía la guiara, los dedos aún entrelazados quemando donde se habían tocado, la palma sudorosa de anticipación. La multitud se abría ante ellas como un mar, cuerpos moviéndose al unísono, pero Clara solo veía el contorno de los hombros de Sofía, la curva de la nuca expuesta por el cabello recogido en un moño despeinado, algunos mechones rebeldes pegados a la piel sudada. —Estás nerviosa —dijo Sofía, girándose hacia ella con una sonrisa que era a la vez provocación e invitación. No era una pregunta. Clara tragó saliva. —¿Se nota tanto? —Solo un poco. —Sofía inclinó la cabeza, los ojos oscuros brillando bajo las luces de colores—. Pero es tierno. Antes de que Clara pudiera responder, Sofía la arrastró hacia el centro de la pista, donde el suelo vibraba con el peso de los cuerpos. El aire estaba denso, cargado de perfume, sudor y algo más—algo eléctrico, como el olor a ozono antes de la tormenta. Clara sintió el calor subir por su cuello, las manos de Sofía ahora en sus caderas, guiándola con una firmeza que no admitía vacilación. —Relájate —murmuró Sofía, la boca tan cerca del oído de Clara que su aliento le hizo cosquillas en la piel sensible—. Nadie está mirando. Pero era mentira. Clara sentía las miradas, aunque fueran solo proyecciones de su propia inseguridad. Nunca había bailado así, con alguien que parecía saber exactamente cómo respondería su cuerpo antes incluso de que ella lo supiera. Sofía se movía como si la música fuera parte de su sangre, las caderas ondulando en círculos perezosos, los brazos alzados sobre la cabeza en un gesto que era a la vez rendición y comando. Clara intentó imitarla, pero sus movimientos eran rígidos, mecánicos. Sofía rio, un sonido bajo y ronco, y la atrajo más cerca, hasta que sus cuerpos estuvieran separados solo por una fina capa de aire. —No es una coreografía —dijo Sofía, las manos deslizándose por la espalda de Clara, presionándola contra sí—. Solo eres tú. Y yo. Y entonces, como si las palabras hubieran roto alguna barrera invisible, Clara sintió que algo se soltaba dentro de ella. No era solo la música, no era solo el alcohol—era la forma en que Sofía la miraba, como si ella fuera la única persona en el mundo que importaba. Sus caderas comenzaron a moverse por sí solas, siguiendo el ritmo lento e hipnótico de la música, las manos encontrando apoyo en los hombros de Sofía, los dedos enredándose en el tejido fino de su blusa. Sofía gimió bajito, un sonido casi inaudible bajo el volumen de la música, pero Clara lo escuchó. Lo escuchó y lo sintió, porque el sonido vibró contra su pecho, donde los senos de ambas se apretaban. La respiración de Sofía estaba caliente contra su cuello, y Clara inclinó la cabeza hacia atrás sin pensar, exponiendo la garganta, como si estuviera ofreciendo algo. —Así —susurró Sofía, los labios rozando la piel de Clara, no un beso, sino una promesa—. Justo así. La multitud a su alrededor se disolvió. No había nadie más, solo el calor de los cuerpos, el olor a sudor y perfume mezclados, el sonido amortiguado de la música transformado en algo que Clara podía sentir en la boca del estómago. Las manos de Sofía se deslizaron hacia abajo, deteniéndose en la curva de la cintura de Clara, los pulgares presionando levemente, como si probaran cuánto aguantaría antes de ceder. Clara cedió. Sus dedos se enredaron en el cabello de Sofía, atrayéndola más cerca, hasta que sus labios estuvieron a punto de tocarse. No era un beso—todavía no. Era algo más peligroso, más íntimo. La respiración de ambas se mezclaba, caliente y húmeda, y Clara podía saborear a Sofía, dulce como el cóctel que habían compartido en la barra, con un toque de algo más amargo, como deseo reprimido. —Eres hermosa —dijo Sofía, la voz ronca, los ojos oscuros fijos en los de Clara—. Sabía que serías así. Clara no respondió. No podía. En cambio, cerró los ojos y dejó que la música la guiara, dejó que Sofía la guiara, los cuerpos moviéndose en sincronía perfecta, como si hubieran bailado juntos toda la vida. La mano de Sofía subió por la espalda de Clara, los dedos enredándose en su nuca, atrayéndola hacia abajo hasta que sus frentes se tocaron. —Quiero besarte —confesó Sofía, las palabras casi perdidas en el ritmo de la música. Clara abrió los ojos. El rostro de Sofía estaba tan cerca que podía ver las pequeñas pecas esparcidas por su nariz, las pupilas dilatadas de deseo. Lamió sus labios, sintiendo su propio corazón latir tan fuerte que estaba segura de que Sofía podía escucharlo. —Entonces bésame —respondió, la voz un susurro. Sofía sonrió, una sonrisa lenta y peligrosa, y Clara supo que estaba perdida. Pero no le importó. Porque, por primera vez en mucho tiempo, no quería ser encontrada. Las manos de Sofía se deslizaron hacia el rostro de Clara, los pulgares acariciando sus mejillas mientras se inclinaba, despacio, como si le diera a Clara una última oportunidad de retroceder. Pero Clara no retrocedió. En cambio, cerró los ojos y esperó, el cuerpo entero tenso con la expectativa. Y entonces, finalmente, los labios de Sofía tocaron los suyos. Fue un beso suave, casi vacilante al principio, como si Sofía estuviera saboreando el momento. Pero entonces Clara gimió contra su boca, los dedos enredándose en el cabello de Sofía, y todo cambió. El beso se volvió más profundo, más urgente, las lenguas encontrándose en una danza tan íntima como la de sus cuerpos. Clara sintió el sabor de Sofía, dulce y adictivo, y supo que nunca más podría olvidar ese momento. La música seguía sonando, la multitud seguía bailando, pero para Clara y Sofía, el mundo se había reducido a ese beso, a ese toque, a ese calor que crecía entre ellas como una llama a punto de consumirlo todo. Y cuando Sofía finalmente se apartó, los labios hinchados y los ojos brillantes, Clara supo que no había vuelta atrás. —Vámonos de aquí —dijo Sofía, la voz ronca de deseo. Clara asintió, sin palabras, y dejó que Sofía la guiara lejos de la pista de baile, lejos del ruido, lejos de todo lo que no fueran ellas dos. Y lo que vendría después era algo que Clara apenas podía esperar para descubrir. El loft parecía más pequeño ahora, como si las paredes se hubieran curvado para contener solo el espacio entre ellas dos. Sofía sostenía la mano de Clara con firmeza, los dedos entrelazados, guiándola entre cuerpos que se movían a ritmos ajenos, voces que se perdían en el bajo grave de la música. El aire olía a madera envejecida y algo dulce—tal vez el perfume de Sofía, ahora mezclado con el sudor de la danza, con el calor de los cuerpos que se buscaban. Clara sentía el corazón latir tan fuerte que parecía resonar en sus propios huesos, cada paso una pulsación, cada respiración un hilo de electricidad recorriendo su piel. La cocina apareció como un refugio inesperado. No era exactamente silenciosa—el zumbido de la nevera, el tintineo de vasos siendo lavados por algún desconocido—, pero allí, entre el mármol frío de la encimera y las luces indirectas que lo teñían todo de un dorado suave, el ruido de la fiesta parecía lejano, amortiguado. Sofía se detuvo de espaldas al fregadero, atrayendo a Clara hacia sí con un movimiento fluido, como si ya supiera exactamente dónde encajaría cada parte de ellas. —Aquí —murmuró, la voz baja, casi perdida en el ruido ambiente—. Aquí nadie nos interrumpirá. Clara sintió el calor de las manos de Sofía incluso antes de que la tocaran. Primero fueron los pulgares rozando sus sienes, luego los dedos deslizándose por la línea de la mandíbula, como si estuvieran memorizando cada curva. Era un gesto lento, deliberado, como si Sofía estuviera grabando cada detalle—el contorno de las cejas, la curva del labio inferior, la forma en que la piel de Clara se erizaba bajo su toque. Los ojos oscuros de Sofía brillaban, reflejando las luces de la cocina, y había algo en ellos que hizo que el estómago de Clara se contrajera: un hambre, sí, pero también una ternura que la tomó por sorpresa. —Eres hermosa —susurró Sofía, y el aliento cálido contra los labios de Clara fue casi demasiado—. Quería decírtelo desde que te vi parada allí, en el rincón, como si estuvieras decidiendo si entrar o huir. Clara rio, nerviosa, pero el sonido murió en su garganta cuando Sofía inclinó la cabeza, acercándose aún más. El primer contacto fue suave, casi vacilante: labios rozando labios, una pregunta sin palabras. Clara cerró los ojos, sintiendo que el mundo se inclinaba ligeramente, como si estuviera al borde de un precipicio. Entonces, Sofía la besó. No fue un beso tímido. No fue una prueba. Fue una invasión dulce, una rendición mutua. La boca de Sofía se movió sobre la suya con una precisión que hizo arquear a Clara, los dedos enredándose instintivamente en la blusa de Sofía, atrayéndola más cerca. El sabor era mejor de lo que había imaginado—vino tinto y algo más, algo exclusivamente de Sofía, un sabor que Clara no tenía nombre, pero que quería probar una y otra vez. La lengua de Sofía se deslizó contra la suya, lenta, exploratoria, y Clara gimió bajito, el sonido ahogado por la presión de los labios. Las manos de Sofía no se quedaron quietas. Mientras una seguía sosteniendo el rostro de Clara, la otra bajó por su cuello, trazando la línea de la clavícula antes de enredarse en su cintura, atrayéndola contra su cuerpo. Clara sintió la rigidez de la encimera a su espalda, el contraste entre el frío del mármol y el calor que emanaba de Sofía, quemando a través de la tela fina de sus ropas. Respondió instintivamente, sus propias manos explorando, bajando por el cuello de Sofía, por los hombros, hasta encontrar el dobladillo de su blusa. Sofía no protestó cuando Clara la levantó, revelando la piel cálida y suave de su abdomen. Los dedos de Clara temblaron al tocarla por primera vez, pero pronto se afirmaron, trazando círculos lentos, sintiendo la respiración de Sofía acelerarse. —¿Puedo? —preguntó Clara, la voz casi un susurro. Sofía solo asintió, los ojos oscuros fijos en los suyos, y Clara no necesitó más. Deslizó las manos hacia arriba, llevándose la blusa consigo, hasta que Sofía estuvo frente a ella solo con el sujetador de encaje negro, los senos pequeños y firmes subiendo y bajando con la respiración acelerada. Clara no resistió. Se inclinó y besó el valle entre ellos, sintiendo el sabor salado de la piel de Sofía, escuchando el sonido ahogado que escapó de sus labios. —Sofía… —gimió Sofía, las manos encontrando el cabello de Clara, tirando levemente. Clara no se detuvo. Bajó los labios por el estómago de Sofía, mordisqueando suavemente, sintiendo los músculos contraerse bajo su toque. Cuando llegó al borde de los jeans, miró hacia arriba, buscando los ojos de Sofía. Había algo allí—una pregunta, un permiso, una necesidad que reflejaba la suya propia. —Sí —dijo Sofía, antes incluso de que Clara preguntara—. Por favor. Clara no dudó. Desabotonó los jeans y los bajó, revelando las bragas de encaje a juego, ya húmedas en el centro. Sofía pateó la prenda lejos, los dedos enredándose nuevamente en el cabello de Clara, guiándola hacia donde más lo deseaba. Clara no necesitó orientación. Besó la parte interna de los muslos de Sofía, sintiendo la piel temblar bajo sus labios, escuchando los gemidos ahogados que escapaban de su garganta. Cuando finalmente llegó al centro, no hubo prisa. Usó la lengua despacio, explorando, sintiendo a Sofía retorcerse bajo su toque. —Más —pidió Sofía, la voz entrecortada—. Por favor, más. Clara obedeció. Aumentó el ritmo, las manos sujetando los muslos de Sofía con firmeza, sintiendo los músculos tensarse. Sofía arqueó la espalda, un gemido más alto escapando, y Clara supo que estaba cerca. No se detuvo. Siguió hasta que Sofía se deshizo en sus brazos, el cuerpo entero temblando, los dedos apretando su cabello con fuerza. Cuando finalmente se apartó, Sofía estaba jadeando, los ojos cerrados, la piel brillando de sudor. Clara se levantó despacio, los labios húmedos, y besó a Sofía nuevamente, dejando que probara su propio sabor. Sofía la atrajo hacia sí, las manos deslizándose por el cuerpo de Clara con una urgencia renovada. —Ahora es tu turno —susurró, los labios rozando la oreja de Clara. Clara sintió un escalofrío recorrer su cuerpo. No protestó cuando Sofía bajó las manos hasta el dobladillo de su vestido, levantándolo con movimientos lentos, deliberados. La tela se deslizó por la piel de Clara, revelando el sujetador de encaje blanco, los pezones ya rígidos bajo la tela. Sofía no perdió tiempo. Desabrochó el cierre con habilidad, dejando los senos de Clara libres, y pronto sus labios estuvieron allí, succionando, mordisqueando, haciendo que Clara arqueara la espalda en busca de más. —Sofía… —gimió Clara, las manos encontrando su cabello, tirando levemente. Sofía no respondió. En cambio, bajó las manos hasta las bragas de Clara, los dedos deslizándose bajo la tela, sintiendo la humedad que ya se acumulaba allí. Clara contuvo la respiración cuando los dedos de Sofía la tocaron por primera vez, un toque ligero, casi vacilante, como si temiera lastimarla. —Estás tan mojada —murmuró Sofía, los labios aún en los senos de Clara—. Tan lista para mí. Clara no pudo responder. Las palabras se perdieron en un gemido cuando Sofía introdujo un dedo dentro de ella, despacio, explorando, sintiendo cada centímetro. Clara se aferró a los hombros de Sofía, las uñas clavándose en su piel, las caderas moviéndose instintivamente en busca de más. —Por favor —pidió Clara, la voz casi un sollozo—. No pares. Sofía no paró. Aumentó el ritmo, los dedos moviéndose dentro de Clara con una precisión que la dejó al borde del abismo. Clara sintió el orgasmo acercarse, una ola caliente e intensa que comenzaba en el vientre y se extendía por todo su cuerpo. Cuando finalmente llegó, fue con un gemido ahogado, los dedos de Sofía aún dentro de ella, prolongando el placer, haciéndola temblar. Por un momento, no hubo nada más que el sonido de las respiraciones entrecortadas, los cuerpos aún pegados, los latidos acelerados. Clara apoyó la frente en el hombro de Sofía, sintiendo su olor, el calor de su piel, la realidad de esa noche asentándose sobre ella como una segunda piel. Sofía besó el cuello de Clara, los labios suaves, los dientes rozando levemente. —Todavía no ha terminado —murmuró. Clara alzó la cabeza, los ojos encontrando los de Sofía. Había algo allí—una promesa, una pregunta, algo que iba más allá de esa noche. —No —coincidió Clara, la voz ronca—. Todavía no. La luz del amanecer se filtraba por las rendijas de las persianas de metal, pintando franjas doradas en el suelo de concreto del loft. Clara aún sentía el peso del cuerpo de Sofía contra el suyo, su respiración ahora más lenta, casi perezosa, como si el tiempo se hubiera estirado solo para ellas. Las sábanas estaban enredadas a los pies del sofá-cama improvisado, y el aire olía a sudor, sexo y al perfume cítrico que Sofía usaba—algo que Clara ya asociaría, para siempre, con esa noche. Sofía se movió primero, los dedos trazando círculos perezosos en la piel de Clara, como si estuviera memorizando cada curva. El toque era ligero, casi distraído, pero cargaba una intimidad que hizo que el pecho de Clara se apretara. —Estás callada —murmuró Sofía, la voz ronca por el sueño y por horas de susurros y gemidos—. ¿En qué piensas? Clara giró el rostro para mirar el techo, observando las partículas de polvo danzar en la luz. No era fácil poner en palabras lo que sentía—una mezcla de vértigo y miedo, como si hubiera saltado de un precipicio y solo ahora se diera cuenta de que no había suelo bajo sus pies. —Que no quiero que esto termine —admitió, finalmente. Sofía rio bajito, un sonido cálido que vibró contra el hombro de Clara. Se apoyó en un codo, el cabello despeinado cayendo sobre su rostro, y la miró con esos ojos verdes que parecían ver más de lo que Clara estaba dispuesta a mostrar. —¿Quién dijo que va a terminar? Clara mordió su labio. Había algo peligroso en esa pregunta, algo que iba más allá de la promesa de un nuevo encuentro. Era como si Sofía le estuviera ofreciendo un camino sin retorno, y Clara, por primera vez, no estaba segura de querer desviarse. —Sabes a qué me refiero —respondió, desviando la mirada—. Esto no es… común. Para mí. Sofía no respondió de inmediato. En cambio, se inclinó y besó el hombro de Clara, los labios demorándose en su piel como si estuviera grabando su sabor en la memoria. Cuando habló, su voz era suave, pero firme: —Clara, mírame. Ella obedeció. Los ojos de Sofía estaban serios ahora, sin el brillo de provocación que Clara ya conocía. Había algo más allí, algo que la hizo contener la respiración. —Yo no soy un experimento —dijo Sofía, lentamente—. Y tú tampoco. Lo que pasó aquí no fue solo sexo. Fue… —Hizo una pausa, buscando las palabras adecuadas—. Fue como si ya nos conociéramos antes incluso de tocarnos. Clara sintió un nudo en la garganta. Las palabras de Sofía resonaban dentro de ella, vibrando en lugares que ni siquiera sabía que existían. Porque era exactamente así como se sentía: como si hubiera pasado toda la vida esperando ese momento, esa persona, sin siquiera saber que estaba esperando. —¿Y si no sé cómo hacer esto? —susurró Clara—. ¿Y si lo arruino todo? Sofía sonrió, una sonrisa lenta y llena de promesas. Se acercó más, hasta que sus labios estuvieron a centímetros de los de Clara. —Ya lo hiciste —murmuró—. Y no arruinaste nada. Entonces la besó. No era un beso hambriento como los de la noche anterior, ni urgente como los que habían compartido en la oscuridad. Era suave, casi reverente, como si Sofía estuviera intentando transmitir todo lo que no podía decir con palabras. Clara cerró los ojos y se dejó llevar, los dedos enredándose en el cabello de Sofía, atrayéndola más cerca. Cuando se separaron, el sol ya había subido un poco más, y la luz ahora bañaba sus cuerpos, destacando cada marca, cada arañazo, cada recuerdo de la noche que habían compartido. Sofía se levantó primero, estirando los brazos sobre su cabeza con un gemido satisfecho. Clara observó el movimiento de los músculos bajo su piel, la forma en que la luz danzaba sobre ella, y sintió una punzada de deseo—aún después de todo, todavía quería más. —Tengo que irme —dijo Sofía, recogiendo la ropa esparcida por el suelo—. Tengo una exposición que preparar. Clara asintió, intentando ignorar la decepción que le apretaba el pecho. Se sentó, tirando de la sábana para cubrir su cuerpo, de repente consciente de su propia desnudez. —Yo también —mintió. En realidad, no tenía nada planeado, pero la idea de quedarse allí sola, reviviendo cada segundo de la noche anterior, era insoportable. Sofía se detuvo a medio camino y la miró, como si supiera exactamente lo que Clara estaba pensando. Entonces, sin decir nada, volvió hasta la cama y se arrodilló frente a ella, sosteniendo su rostro entre las manos. —No hagas eso —dijo, la voz firme—. No te escondas de mí. Clara sintió que los ojos le ardían. Era increíble cómo Sofía podía leer sus pensamientos, como si las paredes que había pasado años construyendo no fueran nada para ella. —No me estoy escondiendo —murmuró. —Sí, lo estás —respondió Sofía, pasando el pulgar por el labio inferior de Clara—. Pero está bien. Te esperaré. Clara cerró los ojos, dejando que el toque de Sofía la calmara. Cuando los abrió de nuevo, Sofía estaba sonriendo, esa sonrisa que hacía que su corazón latiera más rápido. —¿Cuándo? —preguntó Clara, la voz casi un susurro. —Cuando estés lista —respondió Sofía, besándola una vez más—. Yo no me voy a ningún lado. Se vistieron en silencio, intercambiando miradas furtivas y sonrisas tímidas. Clara observó a Sofía calzarse las botas, atarse los cordones con movimientos rápidos y precisos, y sintió una ola de ternura invadirla. Era extraño cómo, en pocas horas, esa mujer se había vuelto tan importante. Cuando estuvieron listas, Sofía tomó la mano de Clara y la llevó fuera del loft. El aire de la mañana estaba fresco, y Clara tembló, pero no por el frío. Era la sensación de estar al borde de algo nuevo, algo que podía ser maravilloso o devastador. —Llámame —dijo Sofía, cuando llegaron a la acera—. O mándame un mensaje. O apareces en mi galería. O… —Rio, sacudiendo la cabeza—. O cualquier cosa. Solo no desaparezcas. Clara sonrió, a pesar del miedo que aún latía dentro de ella. —No desapareceré. Sofía la atrajo para un último abrazo, apretado y lleno de promesas. Clara cerró los ojos y se dejó envolver por su olor, por el calor de su cuerpo contra el suyo, por la certeza de que, sin importar lo que pasara después, esa noche lo había cambiado todo. Cuando se separaron, Sofía dio un paso atrás, los ojos brillantes. —Hasta pronto, Clara. —Hasta pronto, Sofía. Y entonces, con una última sonrisa, Sofía se giró y caminó por la acera, los pasos ligeros, casi danzantes. Clara se quedó allí, observándola hasta que dobló la esquina y desapareció de su vista. Por un momento, pensó en correr tras ella. En gritar su nombre, en atraerla de vuelta, en decirle todo lo que aún no se atrevía a admitir. Pero no hizo nada de eso. En cambio, respiró hondo y dejó que el peso de esa noche se asentara sobre ella, como una segunda piel. Porque Sofía tenía razón. Aquello no había terminado. Y, por primera vez, Clara no quería que terminara.

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