Entre Sábanas y Suspiros

Por Tonkix
Entre Sábanas y Suspiros
**Entre Sábanas y Suspiros** La galería olía a pintura fresca y champán caro. El vernissage de la exposición *"Fragmentos de lo Efímero"* había atraído a la élite de la ciudad: críticos de arte de mirada afilada, coleccionistas de sonrisas calculadas, artistas que flotaban entre el desdén y la adulación como si fuera una coreografía ensayada. Las paredes blancas, inmaculadas, exhibían telas que oscilaban entre lo abstracto y lo visceral, pinceladas que parecían contener más emoción de la que las palabras jamás podrían expresar. Y en medio de aquel mar de conversaciones pulidas y risas forzadas, dos cuerpos se reconocieron sin necesidad de presentaciones. Lucas estaba parado cerca de una escultura de vidrio soplado, una pieza que imitaba una llama congelada en el tiempo. Sus dedos largos y precisos—acostumbrados a trazar líneas perfectas en proyectos arquitectónicos—sostenían una copa de cristal con la misma delicadeza con que sostendría un boceto. Vestía un traje gris pizarra, impecable, sin una sola arruga fuera de lugar, como si hasta la tela obedeciera su necesidad de control. Las gafas de montura fina resbalaban por su nariz recto, y él las empujaba hacia arriba con un gesto casi imperceptible, los ojos castaños analizando la obra con la misma intensidad con que analizaba todo: como si cada detalle fuera una ecuación por resolver. No era hombre de sonrisas fáciles, pero había algo en su postura—hombros anchos ligeramente inclinados hacia adelante, como si intentara protegerse del mundo—que lo hacía más intrigante que los demás invitados. Sofía, en cambio, era un contraste vivo. Mientras Lucas era la línea recta, ella era la curva impredecible. Su vestido rojo—un tono profundo, casi escarlata—desafiaba el ambiente con su audacia, pegándose al cuerpo como una segunda piel antes de abrirse en una falda que danzaba alrededor de las rodillas con cada movimiento. Los cabellos negros, sueltos y ligeramente ondulados, caían sobre sus hombros como si tuvieran vida propia, y el labial del mismo color del vestido hacía que sus labios parecieran aún más tentadores. Reía demasiado alto, gesticulaba con las manos llenas de anillos de plata, y sus ojos—verdes como vidrio de botella bajo la luz—brillaban con una mezcla de desafío y vulnerabilidad. No era una artista invitada a la exposición, pero todos la conocían. O mejor dicho, conocían su fama: la pintora que quemaba cuadros cuando no le gustaba el resultado, la mujer que había tenido un affaire con el dueño de la galería el año pasado y luego lo había despedido con una nota garabateada en una servilleta. No se veían desde la última vez que sus caminos se habían cruzado, meses atrás, en un cóctel donde ella había derramado vino tinto sobre su camisa sin pedir disculpas. *«Las disculpas son para quienes tienen miedo de ensuciarse las manos»*, le había dicho, pasando los dedos por la tela manchada como si quisiera dejar su marca allí. Lucas solo había arqueado una ceja, pero algo en su mirada—un destello, un reconocimiento—había hecho que el corazón de ella latiera más rápido. Después de eso, ella lo había evitado. O quizá él la había evitado a ella. O quizá ambos habían fingido que aquello no había sucedido. Ahora, sin embargo, no había forma de escapar. Fue ella quien lo vio primero. Estaba cerca de la barra, coqueteando con un crítico de arte que intentaba impresionarla con jerga pretenciosa, cuando sus ojos verdes barrieron la multitud y se posaron en él. Lucas estaba de espaldas, pero ella lo reconocería en cualquier lugar—esa forma de quedarse quieto como si el mundo girara a su alrededor, esa postura que era a la vez un escudo y una invitación. Por un segundo, el ruido de la galería pareció desvanecerse. El crítico siguió hablando, pero ella ya no escuchaba nada. Solo el sonido de su propia respiración, acelerada, y el calor subiendo por su cuello. Entonces él se giró. No fue un movimiento brusco, pero algo dentro de ella tembló. Sus miradas se encontraron en medio de la multitud, y fue como si el aire entre ellos se condensara, demasiado pesado para ignorarlo. Lucas no sonrió. No asintió. Solo sostuvo su mirada, los labios entreabiertos en una expresión que podía ser sorpresa, o deseo, o ambas cosas. Sofía sintió el peso de la copa en su mano, el cristal frío contra la palma sudorosa. El crítico a su lado finalmente notó que ella ya no le prestaba atención y siguió su mirada, frunciendo el ceño. —¿Conoces a Lucas Viana? —preguntó, con un tono que dejaba claro que no lo aprobaba. —De vista —respondió ella, sin apartar los ojos—. Pero creo que ha llegado la hora de corregir eso. Dejó la copa sobre la barra con un *clink* deliberado y comenzó a caminar hacia él, los tacones altos golpeando el piso de mármol como un metrónomo marcando el ritmo de algo inevitable. Lucas no se movió. Solo observó mientras ella se acercaba, el vestido rojo cortando la multitud como un cuchillo, los ojos verdes fijos en los suyos con una intensidad que le oprimía el pecho. —Estás mirándome fijamente —dijo ella, deteniéndose a pocos centímetros de distancia. Su perfume—algo floral con un toque de especias—llegó hasta él, mezclándose con el olor a pintura y champán. —Tú llevas puesto rojo —respondió él, la voz baja, ronca—. Otra vez. Sofía sonrió, lenta y deliberadamente. —Te acuerdas. —Recuerdo todo. El silencio que siguió fue cargado. A su alrededor, las conversaciones continuaban, las copas tintineaban, pero en ese pequeño espacio entre sus cuerpos, el mundo parecía haberse detenido. Lucas levantó la mano, vacilante, y sus dedos rozaron su muñeca, donde el latido acelerado era visible bajo la piel. Sofía no retrocedió. En cambio, se inclinó ligeramente hacia adelante, los labios casi tocando su oreja. —Entonces admite que me extrañaste. Él no respondió. No con palabras. Pero cuando sus dedos se cerraron alrededor de su muñeca, atrayéndola más cerca, Sofía supo que no necesitaba una respuesta. Su cuerpo ya había hablado por él. Y entonces, como si el universo hubiera decidido intervenir, alguien llamó a Lucas por su nombre. Un coleccionista, un hombre de mediana edad con una sonrisa untuosa, se acercó con la mano extendida. —¡Viana! Necesito hablar contigo sobre ese proyecto en Leblon... Lucas soltó la muñeca de Sofía, pero sus ojos no se apartaron de los suyos. Por un segundo, ella vio algo allí—frustración, quizá, o resignación. Luego él se volvió hacia el hombre, la máscara profesional deslizándose de nuevo en su lugar con una facilidad que la irritó. —Claro —dijo él, la voz suave, educada—. Pero dame un minuto. El coleccionista asintió y se alejó, dejándolos solos nuevamente. Sofía cruzó los brazos, el movimiento haciendo que el escote del vestido se abriera un poco más. —Un minuto —repitió ella, irónica—. ¿Eso es todo lo que tienes para mí? Lucas respiró hondo, como si estuviera a punto de sumergirse en aguas profundas. —No es el lugar. —¿Siempre tienes una excusa, no? —Dio un paso atrás, pero sus ojos aún lo mantenían cautivo—. ¿O solo te gusta hacerme esperar? Él no respondió. Solo la observó, la mandíbula tensa, los dedos apretando el tallo de la copa con suficiente fuerza como para hacer crujir el cristal. Sofía sonrió, una sonrisa que no llegaba a los ojos, y se giró para marcharse. Pero antes de que pudiera dar más de dos pasos, sintió su mano en el codo, atrayéndola de vuelta. —Terraza —susurró él, la voz ronca—. Cinco minutos. Ella debería haber dicho que no. Debería haber seguido caminando, dejar que se ahogara en su propia indecisión. Pero su toque quemaba a través de la tela del vestido, y la forma en que sus ojos se oscurecieron—como si estuviera luchando contra algo mucho más grande que el decoro—hizo que su estómago se contrajera. —Cinco minutos —aceptó ella, la voz baja—. Ni un segundo más. Lucas no soltó su brazo. En cambio, la guió a través de la multitud, los cuerpos apartándose como si sintieran la tensión entre ellos. Sofía lo siguió, consciente de cada mirada que los acompañaba, de cada susurro que se alzaba a su paso. Cuando llegaron a las puertas de vidrio que daban a la terraza, él las abrió con un gesto brusco, y el aire de la noche los envolvió—frío, húmedo, cargado con el aroma a jazmín y asfalto. Afuera, la ciudad brillaba. Luces parpadeaban en rascacielos distantes, y el cielo, a pesar de la contaminación lumínica, aún guardaba algunas estrellas. La terraza estaba vacía, como si hasta los demás invitados supieran que ese espacio les pertenecía ahora. Lucas soltó su brazo, pero no se alejó. En cambio, se apoyó en la barandilla, los ojos fijos en el horizonte. Sofía no esperó. Caminó hacia él, deteniéndose tan cerca que podía sentir el calor de su cuerpo a través de la tela del vestido. Él no se movió. No la tocó. Pero cuando ella levantó la mano y pasó los dedos por el cuello de su camisa, lo sintió estremecerse. —Cinco minutos —le recordó, la voz un susurro—. ¿Qué vas a hacer con ellos? Lucas finalmente la miró. Y entonces, sin decir una palabra, tomó su rostro entre las manos y la besó. La multitud a su alrededor parecía haberse espesado, como si el propio aire de la galería se hubiera vuelto más denso, cargado de perfumes caros y risas ahogadas. Sofía sentía el calor de los cuerpos apretados unos contra otros, la forma en que la tela de su vestido se pegaba a su piel sudorosa en la espalda, la copa de champán fría entre sus dedos—un contraste delicioso con el lento ardor que había comenzado en su pecho desde que Lucas la besó en la terraza. Todavía sentía su sabor en la boca, algo entre el alcohol dulce de la bebida y la sal de su propia piel, un recuerdo que la hacía morderse el labio inferior sin darse cuenta. —*Por el arte que nos quita el aliento* —anunció el curador de la exposición, levantando su copa en el centro del salón, la voz amplificada por el micrófono. El brindis resonó entre los invitados, un coro de cristales tintineando, y Sofía acompañó el gesto, pero sus ojos no se apartaron de Lucas. Él estaba a unos pasos de distancia, hablando con un hombre de traje gris, los dedos largos envolviendo el tallo de la copa con una elegancia casi casual. Cuando notó que ella lo observaba, levantó la mirada por encima del hombro de su interlocutor, y la comisura de su boca se alzó en una sonrisa que no llegaba a los ojos—algo peligroso, algo que prometía más que palabras. Ella se acercó, deslizándose entre los cuerpos como si bailara, hasta quedar a su lado. El hombre de traje gris seguía hablando, gesticulando con entusiasmo sobre alguna técnica de iluminación, pero Lucas ya no parecía escucharlo. Sus ojos estaban fijos en ella, oscuros bajo la luz dorada de las lámparas, y Sofía sintió que el estómago se le contraía cuando él inclinó ligeramente la cabeza, como preguntando: *Has venido hasta aquí. ¿Y ahora?* —¿*Estás de acuerdo, arquitecto?* —preguntó el hombre, finalmente notando la distracción de Lucas. Él parpadeó, como si despertara de un sueño, y asintió sin convicción. —Claro. La luz lo es todo —murmuró, pero su voz sonó distante, como si las palabras fueran solo un pretexto para mantener los labios en movimiento mientras sus ojos no se apartaban de Sofía. Ella sonrió, provocadora, y llevó la copa a los labios, dejando que el líquido fresco le resbalara por la garganta. El champán tenía un sabor a manzana verde y algo metálico, quizá el propio nerviosismo que la recorría. Cuando bajó la copa, sus dedos rozaron los de Lucas—*sin querer*, o quizá no. El contacto fue breve, casi imperceptible, pero suficiente para que él girara la mano, capturando la suya entre las suyas por un segundo más de lo que la etiqueta permitía. Fue como si una corriente eléctrica le recorriera el brazo. Sofía contuvo la respiración, sintiendo el calor de su palma contra la suya, la leve aspereza de sus huellas dactilares, la forma en que sus dedos se cerraron alrededor de los suyos como si no quisiera soltarla. Cuando finalmente lo hizo, el aire pareció faltar entre ellos, y ella tuvo que apoyarse en el borde de la mesa a su lado para no perder el equilibrio. —*Disculpa* —dijo él, pero el tono no llevaba arrepentimiento. Era más bien una confirmación, una advertencia de que aquello no había sido accidental. Sus ojos brillaron, y Sofía notó que él estaba tan afectado como ella. —*Yo no* —respondió, la voz lo suficientemente baja para que solo él la escuchara—. *No me arrepiento de nada.* Lucas soltó una risa corta, casi un suspiro, y se acercó un paso. El olor de él la envolvió—sándalo y algo más profundo, como madera recién cortada, un aroma que le hacía dar vueltas la cabeza. Se inclinó, los labios casi rozando su oreja cuando habló: —*Hay una terraza arriba. Vacía. ¿Quieres ver las obras más de cerca?* Las palabras fueron un susurro, pero resonaron dentro de ella como un grito. Sofía sintió que el corazón le latía tan fuerte que estaba segura de que él podía oírlo, la sangre pulsando en las sienes, entre las piernas, en todos los lugares donde la piel parecía más sensible. Miró a su alrededor, como si buscara una excusa, una razón para decir que no, pero la verdad era que no quería ninguna. Solo quería sentir sus dedos entrelazados con los suyos de nuevo, quería el peso de su cuerpo contra el suyo, quería saber si el beso en la terraza había sido real o solo un delirio provocado por el champán. —*Cinco minutos* —repitió, como si aún necesitara convencerse—. *Solo para ver las obras.* Lucas sonrió, lento y peligroso, y le tendió la mano. —*Entonces vamos.* Ella no dudó. Dejó la copa sobre la mesa, ignorando el tintineo del cristal contra el mármol, y tomó su mano. Los dedos se entrelazaron con una naturalidad que la sorprendió, como si estuvieran hechos para encajar. Él la guió entre la multitud, los cuerpos abriéndose a su paso como si sintieran la urgencia que los consumía. Sofía sintió las miradas de algunas personas sobre ellos—curiosas, envidiosas, especulativas—pero no le importó. Estaba demasiado ocupada sintiendo la presión de la mano de Lucas en la suya, el calor de su palma contra la suya, la forma en que su pulgar acariciaba el dorso de su mano en movimientos lentos y deliberados. Cuando llegaron al ascensor, él presionó el botón y se volvió hacia ella, los ojos ardiendo. —*Estás temblando* —observó, la voz ronca. Sofía no respondió. Solo levantó la barbilla, desafiante, y se acercó hasta que sus cuerpos casi se tocaron. El ascensor llegó con un *ding* suave, las puertas abriéndose para revelar un espacio vacío e iluminado. Lucas entró primero, atrayéndola consigo, y tan pronto como las puertas se cerraron, la empujó contra la pared de espejos. El reflejo de ellos era una confusión de luces y sombras—el vestido negro de ella pegado al cuerpo, los cabellos sueltos cayendo sobre los hombros, los labios entreabiertos; el traje impecable de él, la corbata ligeramente torcida, los ojos oscuros fijos en ella como si nada más en el mundo importara. —*Cinco minutos* —repitió él, la voz un gruñido—. *¿Crees que será suficiente?* Sofía no respondió. Solo tomó su rostro entre las manos y lo besó. El ascensor subió en silencio, el único sonido era el zumbido eléctrico de los cables y la respiración entrecortada de ambos. Sofía sentía el peso de la mirada de Lucas quemándole la piel, incluso a través de la tela del vestido. Cuando las puertas se abrieron, él no soltó su mano. En cambio, entrelazó los dedos con los suyos con una firmeza que le aceleró el pulso, atrayéndola hacia afuera con un movimiento decidido. La terraza de la galería era un espacio olvidado, escondido tras una puerta de vidrio esmerilado que Lucas empujó sin dudar. El aire nocturno los recibió, fresco y cargado con el aroma a jazmín y concreto calentado por el sol del día. La luna, casi llena, colgaba baja en el cielo, bañando todo con una luz plateada que transformaba las plantas en siluetas fantasmagóricas y hacía brillar el mármol del piso como agua quieta. Sofía soltó la mano de Lucas tan pronto como cruzaron el umbral, como si necesitara ese pequeño espacio para respirar. Caminó hasta la barandilla de hierro forjado, los tacones resonando levemente contra el suelo. Abajo, la ciudad se extendía en un laberinto de luces doradas y rojas, los autos diminutos como luciérnagas atrapadas en una telaraña de asfalto. Apoyó los codos en el pretil, inclinándose ligeramente hacia adelante, sintiendo el viento jugar con los mechones sueltos de su cabello. Lucas se detuvo a unos pasos de distancia, observándola. Había algo depredador en la forma en que la miraba—como si estuviera calculando cada movimiento, cada reacción. Aflojó aún más la corbata, los dedos largos trabajando en el nudo con una lentitud deliberada, y luego la sacó por la cabeza, dejándola caer al suelo con un sonido amortiguado. —Te escapaste —dijo él, la voz baja, casi un murmullo. Sofía se volvió para mirarlo, los labios curvados en una sonrisa que no llegaba a los ojos. —No fue una huida. Fue un *retroceso estratégico*. —¿Para dejarme con el agua en la boca? —Para ver si tenías el valor de seguirme. Él rio, un sonido grave y ronco que reverberó en el pecho de ella. Luego, dio un paso adelante, después otro, hasta quedar lo suficientemente cerca como para que Sofía sintiera el calor irradiando de su cuerpo. No la tocó. Todavía no. En cambio, se inclinó, apoyando las manos en la barandilla, una a cada lado de ella, aprisionándola sin tocarla. —¿Y ahora? —preguntó, los labios tan cerca de su oído que su aliento le hizo cosquillas en la piel sensible—. ¿Satisfecha con la respuesta? Sofía no se movió. No retrocedió. Pero sus dedos se apretaron alrededor del hierro frío, las uñas pintadas de rojo oscuro clavándose en la superficie. —Todavía no has dicho nada —lo desafió—. Solo me arrastraste hasta aquí como si fuera un premio. —*Eres* un premio —murmuró él, los ojos bajando hacia su boca—. Pero no soy hombre de palabras vacías, Sofía. Prefiero mostrar. Ella debería haber reído. Debería haberlo empujado lejos, o al menos fingir indiferencia. Pero la forma en que la miraba—como si ella fuera lo único en el mundo que valiera la pena ver—le hizo contraer el estómago en nudos apretados. Y entonces, antes de que pudiera contenerse, las palabras escaparon: —Entonces muéstramelo. Lucas no necesitó más incentivo. En un movimiento fluido, tomó su rostro entre las manos, los pulgares acariciando sus mejillas mientras inclinaba la cabeza. Pero no la besó. Todavía no. En cambio, sus labios flotaron sobre los de ella, tan cerca que Sofía podía saborear el whisky que él había bebido antes, mezclado con algo más cálido, más salvaje. —¿Quieres que lo admita? —susurró, la voz áspera—. Está bien. Desde el momento en que te vi en medio de esa multitud, con ese vestido que parece pintado en tu cuerpo, supe que te llevaría a la cama. O al suelo. O contra la pared. —Hizo una pausa, los dedos deslizándose hacia su nuca, enredándose en su cabello—. Pero no voy a mentir y decir que es solo eso. Porque no lo es. Me afectas de una manera que no puedo explicar. Sofía sintió que el corazón le latía tan fuerte que estaba segura de que él podía oírlo. Levantó las manos, apoyándolas en su pecho, sintiendo el ritmo acelerado de su corazón bajo la camisa almidonada. Entonces, con un movimiento deliberado, lo empujó hacia atrás. —Demuéstralo —dijo, la voz temblorosa, pero firme. Lucas no dudó. En un instante, sus manos estaban sobre ella, atrayéndola contra sí con una urgencia que le hizo escapar el aire de los pulmones. Sus labios se encontraron en un beso hambriento, desesperado, como si los dos hubieran esperado por esto toda la noche—y quizá así había sido. La boca de él era cálida, exigente, la lengua deslizándose contra la suya en un ritmo que le hacía flaquear las piernas. Sofía gimió contra sus labios, las manos subiendo para agarrarse a sus hombros anchos, sintiendo los músculos tensos bajo la tela del saco. Él la empujó de espaldas contra la barandilla, el hierro frío presionando su espalda mientras las manos de Lucas exploraban su cuerpo con una posesividad que la dejaba sin aliento. Una de ellas se deslizó por la curva de su cintura, apretándola con fuerza antes de subir, los dedos rozando el costado de su seno por encima del vestido. Sofía se arqueó contra él, un gemido bajo escapando de su garganta cuando encontró el pezón ya endurecido, apretándolo entre el pulgar y el índice. —Joder —gruñó él contra su boca, los dientes mordisqueando su labio inferior—. Eres incluso mejor de lo que imaginé. Sofía no respondió. No podía. En cambio, sus manos se movieron por cuenta propia, desabotonando el saco de él con dedos temblorosos, empujándolo por los hombros hasta que cayó al suelo. Luego, atacó los botones de la camisa, uno a uno, revelando el pecho musculoso, la piel bronceada marcada por algunas cicatrices finas que ella quería explorar con la lengua. Cuando finalmente logró abrir la camisa, la sacó de los pantalones, las manos deslizándose sobre los músculos definidos del abdomen, sintiéndolo estremecer bajo su toque. Lucas gimió cuando ella trazó una línea con las uñas desde el pecho hasta la cintura de los pantalones, los dedos jugando con el botón. Pero antes de que pudiera ir más allá, él le sujetó las muñecas, inmovilizándolas por encima de su cabeza con una mano mientras la otra bajaba por su cuerpo, levantando la falda del vestido hasta que la tela quedó amontonada en su cintura. —Eres una provocadora —murmuró, los labios descendiendo por su cuello, mordisqueando la piel sensible justo debajo de la oreja—. Pero yo también sé jugar. Sofía soltó un suspiro tembloroso cuando la mano de él se deslizó entre sus piernas, los dedos encontrando la tela húmeda de su tanga. Él no perdió tiempo—apartó la tela a un lado y la tocó directamente, un dedo largo deslizándose entre los labios ya hinchados, encontrando el punto que la hizo arquear la espalda con un gemido fuerte. —*Mierda* —jadeó, las uñas clavándose en sus hombros—. Lucas… —Eso —la animó, la voz un gruñido—. Dime lo que quieres. —Yo quiero… —comenzó, pero las palabras murieron en su garganta cuando él añadió un segundo dedo, moviéndolos en círculos lentos y tortuosos—. Te quiero a ti. Dentro de mí. Lucas soltó un sonido gutural, los dedos deteniéndose por un instante antes de reanudar el movimiento con más intensidad. Presionó el pulgar contra su clítoris, haciéndola gemir y retorcerse contra su mano. —Todavía no —dijo, los labios rozando su oreja—. Primero, quiero sentirte correrte así. Con mis dedos. Con mi boca. —Le mordió el lóbulo de la oreja, haciéndola estremecer—. Después, te voy a follar hasta que olvides tu propio nombre. Sofía no pudo responder. Las palabras de él, combinadas con el movimiento implacable de sus dedos, la llevaron al borde del precipicio. Clavó las uñas en su espalda, el cuerpo entero tenso mientras el orgasmo se acercaba, una ola caliente y abrumadora que la hizo gritar su nombre. Lucas no se detuvo. Siguió moviendo los dedos, prolongando su placer hasta que quedó laxa en sus brazos, la respiración entrecortada, el cuerpo tembloroso. Solo entonces la soltó, dejándola apoyarse contra la barandilla mientras recuperaba el aliento. Sofía abrió los ojos, encontrando su mirada—oscura, hambrienta, llena de promesas. Lamió sus labios, sintiendo el sabor salado de su propio sudor, y entonces, con una sonrisa lenta y peligrosa, extendió la mano hacia él. —Ahora —dijo, la voz ronca de deseo—, es mi turno. El taxi se detuvo frente al edificio de Sofía con un suave sacudón, como si hasta el conductor supiera que ese momento merecía delicadeza. Ella bajó primero, los tacones resonando en el pavimento húmedo de la madrugada, el vestido de seda azul aún pegado en algunos puntos de su piel por el calor de la noche. Lucas la siguió, pagando el viaje con billetes arrugados que sacó del bolsillo sin mirar, los ojos fijos en ella—en la forma en que la brisa movía los mechones sueltos de su cabello, en el contorno de su espalda desnuda bajo la luz amarillenta del farol. El portero nocturno, un hombre de bigote canoso y mirada cansada, los saludó con un gesto discreto. Sofía respondió con una sonrisa rápida, pero sus dedos temblaban levemente al insertar la llave en la cerradura del ascensor. Lucas entró tras ella, tan cerca que podía oler su perfume mezclado con el sudor dulce de su piel, con el vino tinto que aún ardía en sus venas. El espejo del ascensor reflejaba a ambos: ella, con las mejillas sonrojadas y los labios entreabiertos; él, con la corbata ya aflojada, los ojos oscuros como tinta derramada. —Estás nerviosa —murmuró él, la voz ronca, mientras el ascensor subía con un zumbido casi imperceptible. Sofía rio, un sonido breve y tembloroso. —¿Y tú no? Lucas no respondió. En cambio, le tomó el mentón entre los dedos y la besó, lento, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Su lengua exploró la de ella con una paciencia que la hizo gemir bajito, las manos aferrándose a la solapa de su saco. Cuando el ascensor se detuvo, ella estaba jadeante, los labios hinchados, los pezones duros bajo la tela fina del vestido. El apartamento de Sofía era exactamente como él lo había imaginado: desordenado, vivo, lleno de color. Cuadros inacabados apoyados contra las paredes, pinceles sumergidos en vasos de vidrio, el olor a óleo y café viejo flotando en el aire. Ella encendió una lámpara de pie, bañando la sala en una luz ámbar que suavizaba las sombras. Lucas se quitó el saco y lo arrojó sobre el brazo del sofá, los ojos recorriendo el espacio con curiosidad. —Me gusta aquí —dijo, finalmente. Sofía sonrió, pero no respondió. En cambio, se acercó a él, las manos deslizándose por su pecho ancho, sintiendo el calor de su piel bajo la camisa. Desabotonó el primer botón, luego el segundo, los dedos temblorosos rozando su clavícula prominente. —Hablas demasiado —susurró, atrayéndolo para otro beso. Esta vez no había prisa. No había público, no había vernissage, no había nada más que ellos dos y ese apartamento que olía a ella. Lucas la empujó suavemente contra la pared, las manos grandes sosteniendo su rostro mientras la besaba como si quisiera memorizar el sabor de su boca. Sofía gimió contra sus labios, las uñas arañando levemente la tela de su camisa, atrayéndolo más cerca. —Quítate eso —pidió, la voz entrecortada, mientras sus manos bajaban hacia su cinturón. Lucas obedeció, desabotonando la camisa con movimientos lentos, revelando el pecho esculpido, los músculos definidos bajo la piel bronceada. Sofía no resistió: se inclinó hacia adelante y pasó la lengua por su pezón, sintiéndolo endurecer bajo el contacto. Él gimió, las manos enredándose en su cabello, atrayéndola más cerca. —Joder, Sofía… Ella rio, un sonido bajo y satisfecho, y continuó su exploración, bajando con besos húmedos por su abdomen, hasta llegar al botón de los pantalones. Sus dedos trabajaron con una prisa que no combinaba con la lentitud de los besos anteriores, y pronto los pantalones cayeron al suelo, seguidos por los calzoncillos. Lucas estaba duro, la erección palpitando contra la tela de su tanga cuando ella se levantó, los ojos oscuros fijos en los suyos. —Tu turno —dijo él, la voz ronca de deseo. Sofía no necesitó más incentivo. Se dio la vuelta, ofreciéndole la cremallera del vestido. Lucas la bajó despacio, los dedos rozando la piel expuesta, sintiendo los escalofríos que surgían bajo su toque. Cuando el vestido cayó a sus pies, revelando el conjunto de encaje negro que apenas cubría su cuerpo, él no pudo contener un suspiro. —Eres hermosa —murmuró, las manos deslizándose por su espalda, sintiendo la curva de su columna, la suavidad de su piel. Sofía se giró, los ojos brillando de deseo y algo más—algo que parecía vulnerabilidad. —Tú también —dijo, las manos explorando su pecho, bajando hasta su miembro duro, envolviéndolo con los dedos. Lucas gimió, la cabeza cayendo hacia atrás mientras ella lo acariciaba, lenta y deliberadamente. —Si sigues así, no voy a durar —admitió, la voz entrecortada. Sofía sonrió, una sonrisa lenta y peligrosa, y lo empujó hacia el sofá. Lucas cayó sentado, los ojos fijos en ella mientras se arrodillaba entre sus piernas. Sus labios envolvieron la punta de su miembro, la lengua girando en círculos lentos, y Lucas gimió fuerte, las manos enredándose en su cabello. —Mierda… —susurró, las caderas moviéndose instintivamente, buscando más. Sofía lo llevó profundo, hasta la garganta, los ojos lagrimeando levemente con el esfuerzo. Lo saboreó, la textura sedosa de su piel, el sabor salado del pre-semen, la forma en que él se estremecía bajo su toque. Cuando él la apartó tirando de su cabello con un gemido ronco, ella supo que estaba cerca. —Basta —dijo él, la voz áspera—. Te quiero en la cama. Sofía se levantó, las rodillas temblorosas, y le tendió la mano. Lucas la tomó y la llevó al dormitorio, un espacio pequeño dominado por una cama deshecha y cortinas pesadas que bloqueaban la luz de la calle. La acostó sobre las sábanas, los ojos recorriendo cada centímetro de su cuerpo—los pechos pequeños y firmes, el vientre ligeramente marcado por cicatrices antiguas, los muslos suaves que se abrían para él. —Eres perfecta —murmuró, inclinándose para besar una de las cicatrices, luego otra, como si quisiera memorizar cada marca. Sofía se estremeció, los dedos enredándose en las sábanas. Nunca se había sentido tan expuesta, tan vulnerable—y, al mismo tiempo, tan deseada. —Lucas… —susurró, la voz temblorosa. Él no respondió con palabras. En cambio, bajó por su cuerpo, los labios dejando un rastro de fuego en su piel. Cuando llegó al centro de sus piernas, apartó la tanga a un lado y la probó por primera vez, la lengua deslizándose entre sus labios hinchados, saboreándola con una lentitud torturante. Sofía arqueó la espalda, un gemido fuerte escapando de sus labios. —Eso… —susurró, las manos enredándose en su cabello—. Así… Lucas la lamió como si fuera lo más delicioso que hubiera probado, los dedos uniéndose a su lengua, penetrándola lentamente mientras ella gemía y se retorcía bajo su toque. Podía sentir su sabor volviéndose más intenso, su cuerpo tensándose, los músculos internos apretando sus dedos. —Córrete para mí —murmuró contra su piel, la voz vibrando contra su clítoris—. Quiero sentirte correrte en mi boca. Sofía no pudo resistir. Con un grito ahogado, se deshizo, el orgasmo atravesándola como una ola caliente, dejándola laxa y temblorosa bajo él. Lucas no se detuvo, lamiéndola hasta el último espasmo, hasta que ella lo atrajo por el cabello, los ojos suplicantes. —Ahora —dijo, la voz ronca—. Te necesito dentro de mí. Lucas se levantó, los labios brillando con su sabor, y se quitó la tanga con un movimiento rápido. Sofía abrió las piernas para él, los ojos fijos en los suyos mientras se posicionaba entre sus muslos, la punta de su miembro rozando su entrada. —¿Estás segura? —preguntó, la voz tensa de deseo. Sofía asintió, las uñas clavándose en sus hombros. —Nunca he estado tan segura en mi vida. Y entonces, con un gemido ronco, Lucas la penetró—despacio, tan despacio que ella sintió cada centímetro de él llenándola, estirándola, marcándola de una manera que supo que nunca sería la misma. Sofía gritó, su cuerpo adaptándose a él, los músculos internos apretándolo con fuerza. —Joder, estás tan apretada… —Lucas gimió, las caderas comenzando a moverse en un ritmo lento y profundo. Sofía envolvió las piernas alrededor de su cintura, atrayéndolo más cerca, más profundo. Podía sentir cada movimiento, cada respiración, cada latido acelerado de su corazón contra el suyo. Y cuando Lucas inclinó la cabeza para capturar sus labios en un beso hambriento, supo que estaba perdida. —Más rápido —pidió, la voz entrecortada. Lucas obedeció, las caderas moviéndose con más urgencia, sus gemidos mezclándose con los de ella. Sofía sintió que el placer crecía nuevamente, una presión caliente en el vientre, los músculos contrayéndose alrededor de él. —Voy a… —logró decir, antes de que el orgasmo la golpeara con fuerza, haciéndola gritar y retorcerse bajo él. Lucas no se detuvo. Siguió moviéndose, prolongando su placer hasta que sus propios gemidos se volvieron más fuertes, más desesperados. Y cuando finalmente se corrió, fue con un gruñido ronco, el cuerpo entero tenso mientras se derramaba dentro de ella, los dos sudorosos, jadeantes, entrelazados en una danza sin fin. Por un momento, no hubo nada más que el sonido de sus respiraciones mezcladas, los latidos desacelerándose, los cuerpos aún unidos. Sofía pasó los dedos por su espalda, sintiendo las cicatrices antiguas, los músculos tensos. —Esto fue… —comenzó, pero no pudo terminar. Lucas sonrió contra su cuello, depositando un beso suave en su piel húmeda. —Solo el comienzo —murmuró. Y Sofía, con el cuerpo aún temblando de placer, supo que tenía razón. La habitación estaba sumida en una penumbra dorada, cortada solo por la luz ámbar de la lámpara de noche, que proyectaba sombras largas sobre las sábanas arrugadas. Sofía sentía el peso del cuerpo de Lucas sobre el suyo, no como algo opresivo, sino como un ancla—algo que la mantenía atada a la tierra mientras el mundo a su alrededor se disolvía en sensaciones. Sus dedos aún temblaban levemente, marcados por el recuerdo de su tacto, por la forma en que la había explorado con una paciencia casi cruel, como si cada centímetro de su piel fuera un mapa por descifrar. Ahora, sin embargo, no había espacio para vacilaciones. Lucas se apoyó en los codos, los músculos de los brazos definidos bajo la piel cálida, y la miró con una intensidad que hizo vibrar el aire entre ellos. Había algo depredador en esa mirada, pero también una ternura que la desarmaba. No dijo nada. No necesitaba hacerlo. Los labios entreabiertos de Sofía, la forma en que sus piernas se abrieron un poco más, como invitándolo a llenar el espacio que ya ansiaba por él—todo eso era respuesta suficiente. Se posicionó entre sus muslos, la punta de su miembro rozándola de manera deliberada, lenta. Sofía arqueó la espalda sin querer, un gemido bajo escapando de su garganta. La expectativa era casi insoportable. Ya lo había sentido antes, en caricias furtivas, en besos que descendían por su vientre, pero ahora, ahora él estaba allí, duro y palpitante, listo para invadirla. —*Por favor* —susurró, la voz ronca, las uñas clavándose en las sábanas. Lucas sonrió, una sonrisa lenta y peligrosa, y entonces, con un movimiento suave, comenzó a entrar. La sensación fue abrumadora—no solo por la presión, por el estiramiento, sino por la manera en que lo hizo, como si cada milímetro fuera una promesa. Sofía mordió su labio inferior, los ojos cerrándose por un instante mientras su cuerpo se adaptaba a la intrusión, a la plenitud que la hacía sentirse completa de una manera que nunca antes había experimentado. —*Respira* —murmuró él, inclinándose para besarle la sien, la mandíbula, la comisura de los labios. Ella obedeció, soltando el aire en un suspiro tembloroso, y entonces él se movió. No fue un empuje brusco, no fue una embestida desesperada. Fue algo calculado, casi torturante en su lentitud. Lucas salió casi por completo, dejando solo la punta dentro de ella, antes de volver a llenarla con una estocada profunda y deliberada. Sofía gimió fuerte, las uñas clavándose ahora en su espalda, sintiendo los músculos contraerse bajo sus dedos. Cada movimiento era una ola de placer, cada retirada una privación que la hacía arquear las caderas, buscando más. —¿*Te gusta eso?* —preguntó él, la voz baja, los labios rozando su oreja mientras se movía en un ritmo constante, implacable. —*Sí* —logró decir, la palabra entrecortada—. *Más.* Él rio, un sonido oscuro y satisfecho, y entonces aceleró ligeramente, las estocadas volviéndose más profundas, más urgentes. El sonido de sus cuerpos encontrándose resonaba en la habitación—piel contra piel, sudor escurriéndose, respiraciones entrecortadas. Sofía sentía cada centímetro de él, cada movimiento que la acercaba más al límite. Sus pechos se balanceaban con cada embestida, los pezones duros rozando contra su pecho, aumentando la sensación. —*Mírame* —ordenó Lucas, la voz ronca. Ella abrió los ojos, encontrando su mirada—oscura, intensa, llena de un hambre que la hizo estremecer. Él le sujetó el mentón con una mano, manteniéndola inmóvil mientras seguía moviéndose dentro de ella, cada estocada más profunda que la anterior. Sofía sintió que el orgasmo se acercaba, una presión caliente en el vientre, los músculos contrayéndose alrededor de él. —*Voy a…* —logró decir, antes de que la ola la golpeara. El placer explotó dentro de ella, un calor intenso que se extendió por cada nervio, cada célula. Sofía gritó, el cuerpo retorciéndose bajo el de él, las uñas clavándose más hondo en su espalda mientras el orgasmo la consumía. Él no se detuvo. Siguió moviéndose, prolongando su placer, los gemidos volviéndose más fuertes, más desesperados, hasta que sintió sus propios músculos apretándolo con fuerza, como si no quisiera dejarlo ir. Lucas gimió, el ritmo volviéndose más errático, las estocadas más cortas, más intensas. Sofía sintió cuando llegó al límite—el cuerpo entero tenso, los músculos de la espalda contrayéndose bajo sus manos, los gemidos transformándose en un gruñido ronco. Con un último movimiento profundo, se corrió, el calor extendiéndose dentro de ella mientras los dos se perdían en la sensación. Por un largo momento, no hubo nada más que el sonido de sus respiraciones mezcladas, los corazones latiendo al mismo ritmo acelerado, los cuerpos aún unidos. Sofía pasó los dedos por su espalda, sintiendo las cicatrices antiguas, los músculos tensos bajo la piel húmeda. Había algo íntimo en ese gesto, algo que iba más allá del placer físico. —*Esto fue…* —comenzó, pero las palabras murieron en su garganta. Lucas sonrió contra su cuello, depositando un beso suave en su piel húmeda. —*Solo el comienzo* —murmuró. Y Sofía, con el cuerpo aún temblando de placer, supo que tenía razón. Porque ahora, allí, entrelazados entre las sábanas, con el sudor secándose sobre la piel y su olor impregnado en cada fibra de su ser, no había vuelta atrás. Esa noche había cambiado algo entre ellos—algo que ninguno de los dos podría ignorar. Afuera, el cielo comenzaba a clarear, las primeras luces del amanecer invadiendo la habitación a través de las cortinas entreabiertas. Sofía cerró los ojos por un instante, sintiendo el peso del cuerpo de Lucas sobre el suyo, el ritmo lento de su respiración. Él aún estaba dentro de ella, como si ninguno de los dos quisiera ser el primero en separarse. —*Quédate* —susurró, sin estar segura de si le pedía que permaneciera allí, en ese momento, o si hablaba de algo más. Lucas no respondió con palabras. Solo se movió a un lado, atrayéndola hacia sí, los cuerpos encajando como si estuvieran hechos para eso. Sofía se acurrucó contra él, sintiendo el calor de su piel, el olor a sexo y sudor mezclado con el perfume cítrico que él usaba. Sus dedos trazaban círculos perezosos en su espalda, como si memorizara cada curva. —*No voy a ninguna parte* —murmuró, la voz ronca de sueño y saciedad. Y, por primera vez en esa noche, Sofía creyó que quizá—solo quizá—aquello no era solo un encuentro casual. Que quizá, entre sábanas y suspiros, algo más estaba comenzando. La primera luz de la mañana se filtraba por las cortinas entreabiertas como una invitación tímida, pintando franjas doradas sobre la piel aún cálida de Sofía. Se despertó antes que Lucas, las pestañas temblando contra la claridad mientras el cuerpo de él la envolvía por detrás, un brazo pesado sobre su cintura, los dedos entrelazados con los suyos. La sábana había resbalado hasta la cintura de ambos, dejando al descubierto las marcas de la noche anterior—arañazos leves en su espalda, una mordida morada en su hombro, los pechos aún sensibles al tacto del aire matutino. Sofía sonrió incluso antes de abrir los ojos por completo. El olor a sexo y sudor se había transformado en algo más suave, mezclado con el aroma del café que comenzaba a invadir el apartamento desde la cocina—alguien, probablemente ella misma la noche anterior, había programado la cafetera. Pero lo que la hizo contener la respiración fue la sensación de los labios de Lucas rozando su nuca, perezosos, como si aún estuvieran soñando. —*Estás despierto* —murmuró, girándose lentamente para mirarlo. Los ojos de él, antes tan intensos bajo la luz artificial de la galería, ahora brillaban con una languidez satisfecha, las pupilas dilatadas lo justo para revelar que el deseo de la noche anterior no se había disipado con el sueño. No respondió de inmediato. En cambio, la atrajo más cerca, encajando su cuerpo contra el de ella, y rozó su nariz con la suya, en un gesto tan íntimo que hizo que el corazón de Sofía diera un salto. —*Estoy despierto desde que empezaste a moverte* —confesó, la voz áspera de sueño, los dedos trazando un camino lento por su columna—. *Y desde entonces, he estado tratando de decidir si te despierto o te dejo dormir un poco más.* Sofía rio, bajito, y mordisqueó su labio inferior en broma. —*¿Y cuál fue la conclusión?* —*Que prefiero despertarte así.* Y entonces la besó, no con la urgencia de la noche anterior, sino con una lentitud deliberada, como si tuviera todo el tiempo del mundo para explorar su boca. Sofía gimió contra sus labios, sintiendo que su cuerpo reaccionaba al instante—los pezones endureciéndose, el calor extendiéndose entre sus piernas. Se apretó contra él, sintiendo su erección matutina rozando su muslo, y Lucas soltó un suspiro ronco, las manos bajando para apretar su trasero. —*Eres insaciable* —murmuró, pero no había queja en su voz, solo diversión y algo más profundo, algo que hizo que el estómago de Sofía se contrajera. —*Y a ti te gusta* —replicó ella, pasando la lengua por su labio inferior. Lucas rio, un sonido grave y delicioso, y rodó sobre ella, aprisionándola entre sus brazos. La sábana finalmente cayó, dejándolos completamente desnudos bajo la luz del sol, y Sofía no pudo evitar un escalofrío cuando él se posicionó entre sus piernas, la punta de su miembro ya húmeda rozando su clítoris. —*Me gustas tú* —corrigió, la voz baja, los ojos fijos en los de ella mientras se enterraba lentamente, centímetro a centímetro, hasta llenarla por completo. Sofía arqueó la espalda, las uñas clavándose en sus hombros, y gimió fuerte, el sonido resonando en la habitación. Esta vez no había prisa. No había necesidad de explorar, de descubrir—ya conocían los cuerpos del otro, las curvas, los puntos que hacían contraer los músculos, los suspiros que precedían al clímax. Lucas se movió en un ritmo lento, casi perezoso, las caderas girando en círculos mientras su boca encontraba su seno, la lengua jugando con el pezón antes de succionarlo con fuerza. —*Dios, Lucas…* —jadeó, las piernas envolviendo su cintura, atrayéndolo más profundo. Él sonrió contra su piel, los dientes raspando levemente antes de levantar la cabeza y capturar su boca nuevamente. El beso fue largo, húmedo, las lenguas enredándose mientras sus cuerpos se movían en perfecta sincronía. Sofía podía sentir el sudor escurriéndose entre sus pechos, el calor del sol golpeando su espalda, el peso de él sobre ella—todo mezclándose en una sensación abrumadora de placer y pertenencia. Cuando aceleró el ritmo, ella ya estaba cerca. Los gemidos se volvieron más fuertes, más desesperados, y Lucas cubrió su boca con la mano, los ojos oscuros brillando con malicia. —*Shhh…* —susurró, la voz ronca—. *Los vecinos.* Sofía mordió la palma de su mano, el orgasmo explotando en olas calientes que la hicieron temblar entera. Lucas no tardó en seguirla, enterrándose profundo con un gemido ahogado contra su cuello, el cuerpo estremeciéndose mientras se corría. Por un largo momento, ninguno de los dos se movió. Solo respiraban, los corazones latiendo al mismo ritmo acelerado, los cuerpos aún unidos. Sofía pasó los dedos por su espalda, sintiendo las cicatrices antiguas, los músculos tensos bajo la piel húmeda. Había algo íntimo en ese gesto, algo que iba más allá del placer físico. —*Buenos días* —murmuró él, finalmente. Sofía rio, pasando los dedos por su cabello húmedo de sudor en la nuca. —*Buenos días para ti también.* Él rodó a un lado, atrayéndola consigo, y Sofía se acurrucó contra su pecho, escuchando el ritmo de su corazón desacelerarse. El sol ahora inundaba la habitación, iluminando las paredes llenas de cuadros inacabados, los bocetos esparcidos sobre la mesa de trabajo, la ropa arrugada en el suelo—su vestido negro, su camisa de vestir, los zapatos abandonados a medio camino. —*Debería haberte llevado a mi casa* —comentó Lucas, los dedos jugando con un mechón de su cabello—. *Al menos allí tengo café decente.* Sofía levantó la cabeza, sorprendida. —¿*Te estás quejando de mi café?* —*Me estoy quejando de que me distrajeras antes de poder tomar un sorbo* —corrigió, sonriendo—. *Pero admito que la distracción valió la pena.* Ella le dio un golpe juguetón en el pecho, pero no pudo contener la sonrisa. Entonces, de repente, se puso seria, los dedos trazando círculos perezosos en su piel. —¿*Y ahora?* Lucas no fingió no entender. Inclinó el mentón hacia abajo, los ojos encontrando los de ella con una intensidad que le hizo apretar el estómago. —Ahora vemos en qué queda —dijo, simple—. *No tengo prisa. ¿Y tú?* Ella negó con la cabeza, lentamente. —*Yo tampoco.* Y era verdad. Por primera vez en mucho tiempo, Sofía no sentía la necesidad de planear, de controlar, de anticipar cada paso. Solo quería quedarse allí, en ese apartamento desordenado, con el olor a café y sexo en el aire, el cuerpo aún hormigueando, el corazón ligero. Lucas se inclinó y la besó de nuevo, un beso largo y lento, como si quisiera sellar esa promesa silenciosa. Cuando se apartó, sus labios estaban rojos, los ojos brillantes. —*Entonces está decidido* —murmuró—. *Hoy nos quedamos aquí. Mañana… vemos.* Sofía sonrió, atrayéndolo para otro beso. —*Mañana* —aceptó, sabiendo que, de alguna manera, ese mañana ya había comenzado.

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