Entre Sábanas y Suspiros
Por Tonkix

**Entre Sábanas y Suspiros**
La galería respiraba un aire denso, cargado de pigmentos y murmullos. Las paredes blancas, inmaculadas, servían de lienzo para el caos controlado de las pinceladas: manchas de azul petróleo que se extendían como olas a punto de romper, trazos rojos que cortaban el espacio como venas palpitantes, y un ocre amarillo que, en algún punto, se disolvía en sombras casi imperceptibles. Era una exposición colectiva, pero una pintura en particular parecía absorber la atención de quien pasaba frente a ella, como si guardara un secreto entre las capas de pintura.
Lucas ajustó sus gafas de montura fina, los dedos ligeramente temblorosos al sostener la copa de espumante casi intacta. La arquitectura, para él, siempre había sido cuestión de líneas precisas, de cálculos que no dejaban margen para el azar. Pero allí, frente a aquel cuadro, se sentía desarmado. Las formas no obedecían a ninguna lógica cartesiana; eran puro instinto, pura emoción derramada sobre el lienzo. Y, sin embargo, había algo *familiar* en aquello, como si los colores supieran más de él que él mismo.
—¿Tú también estás atrapado en ella, verdad?
La voz surgió a su lado, baja y ligeramente ronca, como si hubiera sido arrastrada entre las mismas pinceladas que los retenían allí. Lucas se giró despacio, sintiendo el peso de la mirada antes incluso de verla. Sofía estaba allí, el cabello castaño cayendo en ondas sueltas sobre los hombros, los labios entreabiertos en una sonrisa que no era exactamente una sonrisa—era una invitación, o quizá un desafío. Llevaba un vestido negro, sencillo, pero que moldeaba su cuerpo de un modo que hacía que la tela pareciera una extensión de su piel. Los ojos, verdes como musgo húmedo, brillaban con una intensidad que lo hizo contener el aliento.
—Es difícil no estarlo —admitió, volviendo la mirada hacia el cuadro—. Parece que está respirando.
Sofía inclinó la cabeza, los dedos finos sosteniendo una copa de vino tinto que ya había dejado marcas rubíes en el cristal. No bebió; solo hizo girar el líquido lentamente, como si midiera las palabras antes de dejarlas escapar.
—O que nos está observando. —Su voz era un hilo de seda arrastrado sobre la piel—. A veces, el arte no trata de lo que vemos, sino de lo que *nos hace sentir*. Y esta… —hizo una pausa, los labios curvándose en algo más peligroso— …esta parece saber exactamente lo que quiere de nosotros.
Lucas sintió el calor subir por el cuello. No era solo la proximidad física—aunque ella estaba lo suficientemente cerca como para que el perfume a jazmín y óleo llegara hasta él, mezclado con algo más primitivo, como sudor fresco y piel caliente—. Era la *certeza* en aquellas palabras, como si Sofía ya supiera lo que él estaba pensando. Como si ya lo conociera.
—¿Y qué es lo que quiere de nosotros? —preguntó, la voz más baja de lo que pretendía.
Sofía no respondió de inmediato. En cambio, dio un paso adelante, tan cerca que la tela de su vestido rozó la pierna de él. El contacto fue breve, casi imperceptible, pero suficiente para que Lucas sintiera todo su cuerpo reaccionar—un escalofrío subiendo por la columna, la sangre latiendo más rápido en las venas.
—Quizá lo mismo que *nosotros* queremos de ella —murmuró, los ojos fijos en los de él—. Una excusa para dejar de fingir que no sentimos esto.
*Esto*.
La palabra flotó entre ellos, cargada de significado. Lucas no necesitaba preguntar qué era *esto*. Lo sabía. Era la tensión que endurecía sus músculos cada vez que ella se acercaba, era el calor que se acumulaba en la base de su columna, era el deseo absurdo de extender la mano y tocar aquella piel expuesta en el escote del vestido, de descubrir si era tan suave como parecía. Era el deseo, crudo e innegable, de cerrar la distancia entre ellos.
Pero antes de que pudiera responder, un grupo de visitantes pasó entre los dos, riendo alto, rompiendo el momento como un vaso estrellándose contra el suelo. Sofía retrocedió un paso, la sonrisa aún en los labios, pero ahora con un dejo de ironía.
—La galería está llena —dijo, como si aquello lo explicara todo—. Quizá deberíamos continuar esta conversación en algún lugar menos… público.
Lucas tragó saliva. La invitación era clara. Y, Dios, cómo quería aceptarla. Pero algo en su pecho se apretó—miedo, quizá, o la simple conciencia de que, una vez cruzada esa línea, no habría vuelta atrás.
—Hay un bar cerca de aquí —sugirió, la voz más firme de lo que se sentía—. El dueño es amigo de un amigo. Tiene una buena vista de la ciudad.
Sofía arqueó una ceja, divertida.
—¿Vista de la ciudad, eh? —Inclinó la cabeza, los ojos brillando con malicia—. ¿O solo quieres llevarme a algún lugar donde podamos fingir que no nos estamos mirando el uno al otro?
Lucas sintió el rostro arder. Pero antes de que pudiera defenderse, Sofía rio—un sonido ligero, musical, que hizo que su estómago diera un vuelco.
—Tranquilo, arquitecto. —Extendió la mano, los dedos rozando los de él al tomar la copa vacía de su mano—. Yo también quiero ver la ciudad.
Y, con eso, se dio la vuelta, el vestido balanceándose con el movimiento de sus caderas, dejándolo allí, parado, con la sensación de que acababa de ser desafiado a algo mucho más peligroso que una simple conversación.
Lucas la siguió con la mirada mientras se alejaba, mezclándose entre la multitud. El cuadro seguía allí, los colores ahora más vivos, más urgentes. Como si supiera que algo estaba a punto de suceder.
Y él también lo sabía.
Solo no sabía si estaba preparado para lo que vendría después.
El bar era uno de esos lugares que parecían sacados de una película francesa de los años 60: luces ámbar filtradas por cortinas de terciopelo rojo, mesas de madera oscura con marcas de copas antiguas, y un mostrador de mármol donde el barman, con tirantes y mirada cansada, servía tragos con la precisión de un cirujano. El aire olía a cigarrillo apagado, a whisky derramado y a algo más sutil, casi dulce: el perfume de Sofía, que ahora se mezclaba con el de él como si ya pertenecieran a la misma atmósfera.
Ella estaba sentada en un taburete alto, las piernas cruzadas de un modo que hacía que el vestido se subiera ligeramente por el muslo, revelando la curva suave de la piel morena. Lucas dudó un segundo antes de acercarse, como si el espacio entre ellos fuera una frontera que, una vez cruzada, no tendría vuelta atrás. Pero entonces ella alzó la mirada, y la sonrisa que le dirigió fue como una invitación firmada con tinta.
—Tardaste —dijo, empujando una copa de vino tinto hacia él—. Pensé que habías desistido.
—Tuve que pagar la cuenta —mintió, sentándose a su lado. La verdad era que se había detenido en la acera un minuto entero, intentando calmar la respiración, como si el simple acto de estar cerca de ella requiriera un entrenamiento físico—. ¿Y tú? No me digas que ya estabas aquí esperando.
Sofía rio, llevándose la copa a los labios. El vino dejó una marca rubí en el cristal, y él se encontró imaginando cómo sería saborear aquello directamente de su boca.
—Vine porque este lugar tiene el mejor vino de la ciudad —dijo, con un tono que sugería que la respuesta era solo la mitad de la verdad—. Y porque, después de verte parado frente a ese cuadro como si fuera a tragártelo, pensé que necesitabas un trago fuerte.
—¿Tragarme? —Lucas arqueó una ceja, fingiendo indignación—. Estaba *analizando*.
—Claro. —Ella hizo girar el vino en la copa, observando cómo las piernas del líquido resbalaban por las paredes de cristal—. Analizando como un arquitecto analiza un plano. O como un hombre analiza a una mujer que desea, pero no sabe cómo pedir.
El comentario lo golpeó como un puñetazo en el pecho. No por la audacia—al fin y al cabo, Sofía no parecía del tipo que se preocupaba por sutilezas—, sino por la precisión. Era exactamente eso. La deseaba. Y lo peor (o lo mejor) era que ella lo sabía.
—¿Y tú? —devolvió, acercándose un poco más, hasta que la rodilla de ella rozó la suya bajo el mostrador—. ¿Estás aquí porque te gusta el vino o porque te gusta ver a los hombres retorcerse?
Ella no retrocedió. En cambio, se inclinó hacia adelante, los labios casi tocando su oreja cuando respondió:
—Me gusta ver a los hombres inteligentes retorcerse. Es más divertido.
Su aliento era cálido, con un leve rastro de canela del vino. Lucas sintió todo su cuerpo reaccionar—los dedos de los pies encogiéndose dentro de los zapatos, la piel hormigueando como si cada terminación nerviosa hubiera sido encendida de golpe. Necesitó de toda su fuerza de voluntad para no atraerla hacia sí allí mismo, en medio de aquel bar lleno.
—¿Entonces crees que soy inteligente? —preguntó, intentando mantener la voz firme.
—Creo que eres el tipo de hombre que piensa demasiado —respondió, recostándose en el taburete, pero sin apartar la rodilla de la suya—. El tipo que planea cada paso, cada palabra, como si el mundo fuera un proyecto arquitectónico. Pero el problema, arquitecto, es que la vida no está hecha de líneas rectas.
—¿Y de qué está hecha, entonces?
Sofía sonrió, como si él acabara de caer en una trampa.
—De curvas. —Pasó la punta del dedo por el borde de la copa, dibujando un círculo lento—. De ángulos inesperados. De cosas que no puedes controlar.
Lucas apretó el vaso con más fuerza, sintiendo el frío del vidrio contra la palma de la mano. Quería argumentar, decir que sí, que sabía manejar imprevistos, que era un maestro en anticipar problemas. Pero entonces ella extendió la mano y, como si fuera lo más natural del mundo, tocó su muñeca. Un contacto leve, casi inocente, pero que lo atravesó como una corriente eléctrica.
—Estás temblando —murmuró.
—No es cierto.
—Sí lo estás. —Le dio la vuelta a la mano, exponiendo la palma, y trazó una línea con la uña, desde el centro hasta la base del dedo índice—. Aquí. Y aquí. —Otra línea, bajando por la muñeca, donde la sangre latía visible bajo la piel—. Tu cuerpo está gritando lo que tu boca no dice.
Él tragó saliva. No había cómo negarlo. No cuando cada célula de su ser parecía sintonizada con ella, como si Sofía fuera una estación de radio y él, un aparato antiguo, captando cada frecuencia.
—¿Y qué debería decir mi boca? —preguntó, la voz ronca.
Ella se acercó de nuevo, los labios tan cerca de los suyos que podía sentir el calor, pero no el contacto. Todavía no.
—Que quieres besarme. —Hizo una pausa, el aliento danzando contra su boca—. Que quieres tocarme. Que quieres saber cómo es sentir mi piel contra la tuya, sin telas, sin excusas, sin este baile de quién cederá primero.
Lucas cerró los ojos por un segundo. Cuando los abrió, ella seguía allí, esperando. No con impaciencia, sino con una certeza tranquila, como si supiera que era solo cuestión de tiempo.
—¿Y si digo que sí? —murmuró.
—Entonces te llevaré a un lugar donde toda la ciudad pueda vernos. —Sonrió, maliciosa—. O quizá a un lugar donde nadie pueda.
El barman eligió ese momento para acercarse, rompiendo el hechizo con un tintineo de copas.
—¿Otra ronda? —preguntó, mirando de uno a otro con una sonrisa cómplice.
Sofía no apartó los ojos de Lucas.
—No —dijo, sin prisa—. Creo que ya hemos bebido suficiente.
Se deslizó del taburete, el vestido ajustándose a su cuerpo al levantarse, y le tendió la mano. Lucas la tomó, sintiendo la suavidad de su piel, la firmeza de los dedos entrelazados con los suyos. Cuando se levantó, notó que el mundo a su alrededor se había vuelto más lento, más borroso. Solo ella estaba nítida.
—¿Adónde vamos? —preguntó, aunque no le importaba la respuesta.
Sofía sonrió, tirando de él hacia la salida.
—A algún lugar donde la vista sea tan hermosa como la compañía.
Y, con eso, lo guió fuera del bar, dejando atrás el olor a alcohol y el murmullo de las conversaciones, hacia la noche cálida y las promesas que esta llevaba.
El ascensor subió despacio, como si todo el edificio supiera que no tenían prisa. Las puertas se abrieron con un *ding* suave, revelando el pasillo estrecho que llevaba al apartamento de Lucas. Sofía sintió el peso de su mirada en la espalda mientras caminaban, los pasos sincronizados, casi como si bailaran. El aire estaba cargado, denso, cada respiración más profunda que la anterior.
—Llegamos —murmuró Lucas, la voz baja y ronca, mientras metía la llave en la cerradura.
La puerta se abrió a un espacio iluminado solo por la luz ámbar de los faroles de la calle, filtrada por las cortinas de lino. El apartamento era exactamente como ella lo había imaginado: líneas limpias, muebles de madera oscura, paredes blancas con algunas obras de arte colgadas—pero ninguna de ellas captó su atención. No ahora. Sus ojos encontraron los de él, y el mundo alrededor pareció disolverse.
Lucas cerró la puerta con un clic suave. El sonido resonó entre ellos, marcando el inicio de algo que ninguno de los dos se atrevía a nombrar.
—¿Quieres tomar algo? —preguntó, dirigiéndose ya hacia la cocina.
Sofía lo observó por un instante, la forma en que los músculos de su espalda se movían bajo la camisa, cómo sus dedos largos se cerraban alrededor de la botella de vino que tomó de la encimera. No respondió. En cambio, dio un paso adelante, los tacones de sus zapatos hundiéndose en la alfombra mullida.
—No —dijo, finalmente, la voz un susurro—. No quiero beber.
Lucas se giró, la botella aún en la mano. Sus ojos oscuros la estudiaron, como si intentara descifrar lo que ella realmente quería. Sofía sonrió, una sonrisa lenta, provocadora, los labios pintados de rojo curvándose de un modo que hizo que el estómago de él se contrajera.
—¿Qué quieres, entonces? —preguntó, la voz más grave que antes.
Ella no respondió de inmediato. En cambio, caminó hacia él, las caderas balanceándose levemente, como si el mismo aire la empujara en su dirección. Cuando estuvo lo suficientemente cerca para sentir el calor de su cuerpo, se detuvo. Sus dedos rozaron la etiqueta de la botella, deslizándose hasta la mano de Lucas, que aún la sostenía.
—Quiero que me beses —dijo, los ojos fijos en los de él—. Pero solo si tienes valor.
El desafío flotó entre ellos, pesado, eléctrico. Lucas no se movió. Por un segundo, Sofía pensó que retrocedería, que la tensión se rompería en risas nerviosas o en un comentario torpe. Pero entonces él dejó la botella sobre la encimera con un movimiento deliberadamente lento, como si cada gesto fuera una promesa.
—¿Valor? —repitió, la voz un gruñido bajo—. ¿Crees que no lo tengo?
Sofía alzó una ceja, los labios aún curvados en una sonrisa.
—No lo sé. ¿Lo tienes?
Él no respondió con palabras. En un movimiento rápido, tomó su muñeca y la atrajo contra sí, la espalda de Sofía chocando suavemente contra su pecho. Ella soltó un suspiro sorprendido, pero no se resistió. Lucas inclinó la cabeza, los labios rozando el lóbulo de su oreja mientras hablaba, el aliento cálido haciéndola estremecer.
—Lo tengo —murmuró—. Pero quiero estar seguro de que tú también.
Sofía giró el rostro, los labios casi tocando los de él. El aliento de Lucas olía a vino y a algo más dulce, más peligroso.
—No habría venido hasta aquí si no lo tuviera.
Fue suficiente.
Los labios de Lucas encontraron los suyos en un beso que no era suave, no era vacilante. Era hambre pura, una necesidad que ambos habían reprimido desde el momento en que se vieron en la galería. Sofía gimió contra su boca, los dedos enredándose en el cabello oscuro de Lucas, atrayéndolo más cerca. Él la sujetó por la cintura, las manos grandes extendidas sobre su espalda, como si quisiera memorizar cada curva.
El beso se profundizó, lenguas encontrándose en una danza lenta y húmeda. Sofía sintió el sabor del vino, del deseo, de la promesa de algo que iba más allá de esa noche. Lucas mordió suavemente su labio inferior, y ella respondió con un gemido bajo, las caderas arqueándose involuntariamente contra las suyas.
—Joder —murmuró él contra su boca, la voz ronca de deseo—. No tienes idea de lo que me haces.
Sofía sonrió, los labios hinchados por el beso.
—Tengo una idea —dijo, los dedos deslizándose por su pecho, sintiendo el corazón acelerado bajo la camisa—. Pero quiero ver.
Lucas no necesitó más incentivo. Con un movimiento rápido, la levantó, las manos firmes bajo sus muslos, y la sentó sobre la encimera de la cocina. Sofía soltó un gritito sorprendido, pero pronto se acomodó, las piernas abriéndose para acomodar sus caderas. Lucas se colocó entre ellas, el cuerpo presionando contra el suyo de una manera que los hizo gemir a ambos.
—Eso es trampa —susurró, los dedos trazando el contorno de su mandíbula.
—Nunca dije que jugara limpio —respondió, los labios descendiendo por su cuello, dejando un rastro de besos húmedos y mordiscos leves.
Sofía inclinó la cabeza hacia atrás, dándole más acceso. Cada toque de sus labios enviaba oleadas de placer por su cuerpo, haciéndola arquearse contra él. Sintió sus manos deslizarse por sus muslos, los dedos trazando círculos lentos sobre la tela del vestido, cada vez más cerca del centro de su deseo.
—Lucas… —gimió, su nombre saliendo como una súplica.
—¿Qué? —murmuró, los labios ahora en el valle entre sus senos—. ¿Quieres que pare?
—No te atrevas.
Él rio, un sonido bajo y satisfecho, antes de bajar el escote del vestido, exponiendo el sujetador de encaje negro. Los ojos de Lucas se oscurecieron aún más al ver sus pezones endurecidos bajo la tela fina.
—Hermosa —murmuró, antes de bajar la cabeza y capturar uno con la boca, la lengua caliente y húmeda haciéndola gemir alto.
Sofía se aferró a su cabello, atrayéndolo más cerca, mientras el placer se extendía por su cuerpo en oleadas. Lucas alternaba entre los senos, los dientes rozando suavemente, la lengua aliviando el ardor, hasta que ella estaba jadeante, las caderas moviéndose contra las suyas en busca de alivio.
—Te gusta esto —dijo, más una afirmación que una pregunta.
—Sí —admitió, la voz temblorosa—. Pero quiero más.
Lucas alzó la cabeza, los labios brillantes, los ojos ardiendo de deseo.
—¿Dónde? —preguntó, los dedos deslizándose por el muslo de ella, cada vez más cerca del calor entre sus piernas—. ¿Aquí?
Sofía mordió el labio, los ojos cerrándose por un instante.
—Sí.
Él no dudó. Con un movimiento rápido, apartó su tanga a un lado y deslizó un dedo dentro, sintiendo lo mojada que ya estaba. Sofía gimió alto, las caderas arqueándose contra su mano, buscando más.
—Joder, estás empapada —murmuró, los labios rozando su oreja mientras añadía otro dedo, moviéndolos en un ritmo lento y torturante.
—Lucas, por favor… —suplicó, las uñas clavándose en sus hombros.
—¿Por favor qué? —provocó, los dedos deteniéndose por un instante.
Sofía abrió los ojos, encontrando su mirada.
—No pares.
Él sonrió, una sonrisa perversa, antes de comenzar a mover los dedos de nuevo, ahora más rápido, más profundo. Sofía se aferró a él, los gemidos volviéndose más altos, más urgentes, mientras el placer se acumulaba dentro de ella, a punto de estallar.
—Quiero que te corras —murmuró, los labios contra los de ella—. Quiero sentirte temblar en mis dedos.
Las palabras fueron suficientes. Sofía gimió alto, el cuerpo contrayéndose alrededor de sus dedos mientras la ola de placer la recorría. Lucas la sostuvo firme, los labios capturando sus gemidos en un beso profundo, mientras ella cabalgaba las últimas olas del orgasmo.
Cuando finalmente se calmó, jadeante, él retiró los dedos lentamente, llevándoselos a los labios y probándola con un gemido bajo.
—Eres deliciosa —dijo, la voz ronca.
Sofía lo observó, los ojos aún nublados por el placer, antes de atraerlo hacia sí, los labios encontrando los suyos en un beso lento y profundo.
—Tu turno —murmuró contra su boca.
Lucas no necesitó más incentivo. Con un movimiento rápido, la levantó de la encimera, cargándola hacia el dormitorio. Sofía rio, los brazos enredados alrededor de su cuello, mientras él la depositaba sobre la cama, los cuerpos encajando perfectamente entre las sábanas.
—No tienes idea de lo que viene —prometió, los labios descendiendo por su cuello, mientras las manos comenzaban a explorar cada centímetro de su cuerpo.
Sofía sonrió, los dedos ya trabajando en los botones de su camisa.
—Entonces muéstramelo.
Lucas no perdió tiempo. Con un movimiento ágil, desabrochó la camisa que Sofía ya había comenzado a soltar, revelando el pecho desnudo bajo la tela, la piel bronceada contrastando con el blanco de las sábanas. Ella arqueó la espalda al sentir sus labios recorrer la clavícula, descendiendo lentamente, como si cada centímetro mereciera una atención especial. Los dientes rozaron suavemente el pezón, provocando un escalofrío que la hizo gemir bajo, las uñas clavándose en sus hombros.
—Eres tan sensible —murmuró, la voz ronca contra su piel, mientras la mano se deslizaba por su cintura, atrayéndola más cerca.
Sofía respondió con una sonrisa perezosa, los dedos enredándose en su cabello, guiándolo más cerca. No había prisa, solo la certeza de que cada toque era una promesa, cada beso un juramento silencioso. Sintió las manos de Lucas explorar sus curvas, lentas y deliberadas, como si memorizara cada detalle: el contorno de las caderas, la suavidad del muslo, la humedad entre sus piernas que ya lo esperaba.
—¿Te gusta esto? —preguntó, los dedos trazando círculos perezosos en la parte interna de su muslo, acercándose al centro sin llegar a tocarlo.
—Sí —susurró, la respiración entrecortada—. Pero quiero más.
Lucas rio bajo, un sonido que vibró contra su piel antes de que su boca descendiera, reemplazando los dedos. Sofía se arqueó con un gemido, los dedos apretando las sábanas cuando su lengua encontró el clítoris, lenta y torturante. Él la saboreó como si fuera un vino raro, cada movimiento calculado para prolongar el placer, para hacerla temblar antes incluso de llegar al clímax.
—Lucas… —gimió, su nombre saliendo como una súplica.
Él alzó la mirada, los labios brillantes, los ojos oscuros de deseo.
—¿Qué quieres, Sofía?
—A ti —respondió, sin dudar—. Dentro de mí.
Él no necesitó que se lo repitiera. Con un movimiento fluido, se colocó entre sus piernas, el cuerpo caliente presionando contra el suyo. Sofía sintió la punta de su miembro rozar su entrada, húmeda y lista, y gimió al anticipar la sensación. Pero Lucas no la penetró de inmediato. En cambio, sujetó su rostro entre las manos, besándola profundamente, como si quisiera saborear cada suspiro, cada temblor.
—Quiero que sientas cada centímetro —murmuró contra sus labios.
Y entonces, lentamente, entró. Sofía soltó un gemido largo, los dedos clavándose en su espalda mientras su cuerpo se ajustaba a la invasión. Era una sensación abrumadora: el calor, la presión, la plenitud. Lucas se detuvo por un momento, los ojos fijos en los de ella, como si quisiera grabar cada expresión, cada reacción.
—¿Estás bien? —preguntó, la voz tensa por el esfuerzo de contenerse.
—Mejor que bien —respondió, levantando las caderas en una invitación silenciosa.
Él comenzó a moverse, lento al principio, cada embestida profunda y deliberada. Sofía siguió el ritmo, los cuerpos sincronizados como si bailaran una música solo de ellos. Sus gemidos se mezclaban con los suspiros de él, la cama crujiendo levemente bajo el peso de ambos. Lucas aceleró el ritmo, las manos sujetando sus caderas con firmeza, guiándola para recibir cada embestida.
—Estás tan apretada —gimió, los labios rozando su oreja—. Tan perfecta.
Sofía no respondió con palabras. En cambio, envolvió las piernas alrededor de su cintura, atrayéndolo más cerca, más profundo. El placer crecía dentro de ella como una ola, cada movimiento acercándolos más al límite. Sintió los músculos de él tensarse, los gemidos volviéndose más urgentes, y supo que estaba cerca.
—Córrete conmigo —pidió, la voz entrecortada.
Lucas no se resistió. Con un último impulso, la penetró profundamente, el cuerpo temblando mientras el orgasmo lo atravesaba. Sofía sintió el calor de él dentro de sí, los espasmos que la llevaron a su propio clímax, los cuerpos entregándose juntos en una explosión de placer que parecía no tener fin.
Cuando finalmente se calmaron, Lucas se desplomó sobre ella, el peso reconfortante, los corazones latiendo al unísono. Sofía pasó los dedos por su cabello, los labios encontrando su sien en un beso suave.
—Esto fue… —comenzó, sin encontrar las palabras.
—Inolvidable —completó él, levantándose para mirarla a los ojos.
Sofía sonrió, los dedos trazando el contorno de su rostro.
—Y aún no ha terminado.
Lucas rio bajo, rodando hacia un lado y atrayéndola contra sí, los cuerpos aún entrelazados.
—No —murmuró, los labios rozando su hombro—. Aún no.
Afuera, el cielo comenzaba a clarear, pero allí, entre las sábanas revueltas, el tiempo parecía haberse detenido. Y ninguno de los dos tenía prisa por que volviera a empezar.
La luz de la mañana se filtraba por las rendijas de la cortina, dibujando franjas doradas sobre la piel aún cálida de Sofía. Ella se desperezó lentamente, los músculos levemente adoloridos, pero de una manera agradable—como si cada fibra de su cuerpo guardara el recuerdo de la noche anterior. A su lado, Lucas respiraba hondo, el pecho subiendo y bajando en un ritmo perezoso, las pestañas proyectando sombras finas sobre los pómulos. Por un instante, ninguno de los dos se movió, como si temieran romper el hechizo de aquel silencio cómplice.
Fue él quien habló primero, la voz ronca de sueño y de algo más—algo que aún vibraba entre ellos.
—Estás despierta.
Sofía sonrió, girándose de lado para mirarlo. Las sábanas se deslizaron hasta su cintura, revelando sus senos marcados por chupetones leves, recuerdos visibles de lo que habían compartido.
—Dormí lo suficiente como para saber que no quiero irme de aquí.
Lucas extendió la mano, los dedos trazando una línea perezosa desde su hombro hasta la cadera, como si necesitara confirmar que ella era real. La piel de Sofía se erizó bajo su toque, un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío de la mañana.
—Tengo café —murmuró—. Y pan. Y esa mermelada de frambuesa que te gustó ayer.
Ella arqueó una ceja, divertida.
—¿Te acuerdas de eso?
—Recuerdo todo.
La forma en que lo dijo, con una intensidad que iba más allá de las palabras, hizo que su corazón latiera más rápido. Sofía se acercó, rozando los labios contra los de él en un beso suave, prolongado, como si aún estuvieran descubriendo el sabor del otro.
—Entonces vamos —susurró—. Antes de que decida que el desayuno está sobrevalorado.
Lucas rio, bajo y ronco, y se levantó de la cama con un movimiento fluido. Sofía no pudo evitar admirar la forma en que los músculos de su espalda se contraían mientras se ponía unos pantalones de chándal, la tela cayendo baja sobre las caderas. Él le tendió la mano, los ojos brillando con una promesa que no necesitaba ser dicha.
—Ven.
El apartamento estaba bañado en una luz ámbar, las paredes claras reflejando el sol que ya ascendía en el horizonte. Sofía siguió a Lucas hasta la cocina, los pies descalzos sobre el suelo frío, el cuerpo aún envuelto en la sábana que arrastraba tras de sí como una cola de seda. Él abrió la nevera, sacó huevos, mantequilla, una botella de zumo de naranja recién exprimido. El aroma del café recién hecho se mezclaba con el perfume cítrico, y Sofía se apoyó en la encimera, observándolo trabajar.
—¿Sabes cocinar? —preguntó, curiosa.
—Solo lo básico. —Rompiendo un huevo en la sartén con una precisión que la hizo sonreír—. Pero hago un desayuno decente.
—¿Decente? —Se acercó, pasando los brazos alrededor de su cintura por detrás, los senos presionados contra su espalda ancha—. Creo que subestimas tus habilidades.
Lucas rio, girándose para besarla, la mano libre sujetando su nuca con una posesividad suave.
—Quizá solo estoy tratando de impresionarte.
—Ya lo lograste.
Él la atrajo más cerca, el beso profundizándose hasta que Sofía sintió el calor de la sartén detrás de sí, el aroma a mantequilla derretida mezclándose con el perfume de su piel. Cuando se separaron, sus labios estaban hinchados, el cuerpo pulsando con una necesidad que no había desaparecido—solo dormido.
—Siéntate —ordenó, señalando la pequeña mesa de comedor cerca de la ventana—. Antes de que decida que la comida está sobrevalorada.
Sofía obedeció, riendo, y se acomodó en la silla. El sol incidía directamente sobre ella, calentando su piel desnuda, y por un momento, cerró los ojos, dejando que la luz la envolviera. Cuando los abrió, Lucas estaba colocando un plato frente a ella: huevos revueltos cremosos, tostadas doradas, rodajas de aguacate y una taza de café humeante.
—Esto parece delicioso —murmuró, tomando el tenedor.
—Espero que lo sea. —Se sentó a su lado, las rodillas rozando las suyas bajo la mesa—. Porque planeo hacer esto de nuevo. Muchas veces.
Sofía mordió el labio inferior, los ojos fijos en los de él.
—¿Muchas veces?
—Tantas como aguantes.
Ella rio, pero el sonido murió en su garganta cuando él extendió la mano y pasó el pulgar sobre su labio inferior, tirando de él suavemente.
—Eres peligroso, ¿sabías?
—Solo contigo.
Comieron en silencio por unos minutos, las miradas encontrándose de vez en cuando, las piernas tocándose bajo la mesa. Sofía sentía cada movimiento de él como si fuera una caricia: la forma en que sus dedos sostenían la taza, cómo sus labios se cerraban alrededor del tenedor, cómo su lengua pasaba discretamente para lamer una miga de la comisura de su boca.
—Me estás mirando —dijo él, sin apartar los ojos del plato.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque me gusta lo que veo.
Lucas sonrió, lento y satisfecho, y empujó la silla hacia atrás, tendiéndole la mano.
—Ven aquí.
Sofía no dudó. Se levantó, dejando caer la sábana al suelo, y se sentó sobre su regazo, las piernas abiertas sobre sus muslos musculosos. Lucas sujetó su cintura, los dedos hundiéndose en su carne suave, y la atrajo más cerca, hasta que sintió su erección matutina presionando contra su vientre.
—¿No acabas de comer? —provocó, rozando los labios contra su cuello.
—No era eso lo que estaba comiendo.
Sofía rio, pero el sonido se transformó en un gemido cuando él mordisqueó suavemente su pezón, la lengua caliente y húmeda haciéndola arquear la espalda. Sus manos subieron por su espalda, sujetándola con firmeza mientras su boca exploraba cada centímetro de piel expuesta.
—Lucas… —susurró, las uñas clavándose en sus hombros—. Todavía no terminamos el desayuno.
—Yo ya terminé el mío.
La levantó con facilidad, colocándola sentada sobre la mesa, y se arrodilló entre sus piernas. Sofía contuvo la respiración cuando sintió su aliento cálido contra la parte interna del muslo, los dedos de él abriéndola con una lentitud deliberada.
—¿Qué estás haciendo?
—Terminando el desayuno.
La primera lamida fue lenta, exploratoria, su lengua trazando un camino húmedo desde la entrada hasta el clítoris. Sofía se aferró al borde de la mesa, los nudillos palideciendo, mientras él la saboreaba con una devoción que la dejaba sin aliento. Los gemidos escapaban de ella sin control, mezclándose con el sonido húmedo de sus labios contra su piel.
—Dios, Lucas… —gimió, echando la cabeza hacia atrás—. Esto es… es…
—¿Delicioso? —murmuró, la voz vibrando contra ella.
—Sí. Dios, sí.
Él no se detuvo. Su lengua se movía en círculos lentos, presionando, provocando, hasta que Sofía sintió el orgasmo construirse dentro de ella como una ola. Cuando succionó el clítoris entre sus labios, ella se corrió con un grito ahogado, el cuerpo temblando, las piernas apretando sus hombros con fuerza.
Lucas se levantó lentamente, los labios brillantes, y la besó, dejándola saborearse a sí misma en su boca. Sofía lo atrajo más cerca, las manos deslizándose dentro de su pantalón de chándal, sujetándolo con firmeza.
—Ahora es mi turno —susurró contra sus labios.
Él no protestó cuando ella lo empujó hacia la silla, arrodillándose entre sus piernas. Su miembro estaba duro, palpitante, y Sofía lo sujetó con una mano, pasando la lengua por la cabeza antes de llevárselo entero a la boca. Lucas gimió, los dedos enredándose en su cabello, guiándola sin prisa.
—Joder, Sofía…
Ella lo chupó lentamente, saboreando cada centímetro, la mano trabajando al unísono con la boca. El sabor de él era salado, masculino, y le encantaba la forma en que reaccionaba: las caderas moviéndose levemente, los gemidos roncos, las manos apretando su cabello cuando lo llevaba hasta el fondo de su garganta.
—Para —pidió, la voz tensa—. Quiero correrme dentro de ti.
Sofía se levantó, lamiéndose los labios, y montó sobre él de nuevo, guiándolo dentro de sí con una lentitud torturante. Los dos gimieron cuando él la llenó por completo, los cuerpos encajando como si hubieran sido hechos el uno para el otro.
—Así —murmuró, comenzando a moverse—. Así mismo.
Lucas sujetó sus caderas, ayudándola a encontrar un ritmo, los ojos fijos en los de ella mientras se entregaban al placer. La mesa crujía bajo su peso, pero a ninguno de los dos le importó. El mundo exterior podía esperar. Allí, entre huevos fríos y café olvidado, solo existían ellos: los cuerpos entrelazados, los suspiros mezclados, el placer creciendo hasta volverse insoportable.
Cuando se corrieron, fue juntos, los cuerpos temblando, los labios encontrándose en un beso desesperado. Sofía se desplomó sobre él, el corazón latiendo tan fuerte que estaba segura de que él podía sentirlo.
—Todavía no ha terminado —murmuró, repitiendo las palabras de la noche anterior.
Lucas rio, bajo y satisfecho, y la besó de nuevo.
—No. Todavía no.
Se quedaron allí por un largo rato, abrazados, los cuerpos pegados por el sudor, los latidos recuperando poco a poco la normalidad. Cuando finalmente se levantaron, el desayuno estaba frío, pero a ninguno de los dos le importó. Lucas preparó más café, y se sentaron en el sofá, envueltos en una manta, observando cómo la ciudad despertaba por la ventana.
—¿Qué pasa ahora? —preguntó Sofía, apoyando la cabeza en su hombro.
Lucas besó la parte superior de su cabeza.
—Ahora vivimos.
Ella sonrió, cerrando los ojos, sabiendo que, fuera lo que fuera, lo enfrentarían juntos. Y que, entre sábanas y suspiros, habían encontrado algo que iba mucho más allá de una primera vez.