Entre Sábanas y Suspiros
Por Tonkix
**Entre Sábanas y Suspiros**
La galería olía a pintura fresca y madera barnizada, un aroma que se mezclaba con el perfume dulce de las flores dispuestas en jarrones de cerámica rústica. Las paredes, pintadas de un gris suave, servían de telón de fondo para las telas vibrantes, cada una de ellas un universo particular de colores y texturas. La luz de los focos estaba cuidadosamente dirigida, creando halos dorados sobre las obras y proyectando sombras alargadas sobre el suelo de tablones corridos. Era una de esas noches en las que São Paulo parecía contener la respiración, como si hasta la ciudad supiera que algo especial estaba a punto de suceder.
Lucas ajustó sus gafas de montura fina, los dedos ligeramente temblorosos al sostener la copa de vino blanco. No solía asistir a vernissages —de hecho, evitaba las multitudes siempre que podía—, pero algo en aquella exposición lo había atraído. Tal vez fuera el nombre del artista, un viejo conocido de la facultad, o quizá solo el cansancio de semanas dibujando planos y revisando proyectos que nunca salían exactamente como imaginaba. De cualquier forma, allí estaba, entre extraños de risas altas y conversaciones sobre técnicas de acuarela, sintiéndose fuera de lugar y, al mismo tiempo, extrañamente cómodo.
Fue entonces cuando la vio.
Clara estaba de espaldas a él, el cabello castaño recogido en un moño suelto que dejaba algunos mechones danzando sobre la nuca. Llevaba un vestido negro, ajustado en la cintura y suelto en las piernas, la tela lo suficientemente ligera como para sugerir movimiento incluso cuando estaba quieta. En las manos, una copa de vino tinto, casi intacta, como si toda su atención estuviera puesta en la tela frente a ella. Era una obra abstracta, manchas de azul y rojo que parecían estallar hacia el observador, y la estudiaba con una intensidad que hizo contener la respiración a Lucas.
Se acercó sin pensar, atraído por aquella concentración casi física. Cuando se detuvo a su lado, ella no se giró de inmediato, pero él notó el leve endurecimiento de sus hombros, como si supiera que ya no estaba sola.
—Disculpa —dijo él, la voz baja, casi ahogada por el murmullo de la galería—. No pude resistirme. Esa tela... parece viva.
Clara por fin lo miró, y Lucas sintió el impacto de aquellos ojos verdes, claros como el vidrio de una botella bajo la luz. Había algo en ellos, una mezcla de curiosidad y desafío, como si estuviera acostumbrada a ser observada, pero no a ser sorprendida.
—Lo está —respondió, la voz suave pero firme—. El artista dijo que la pintó durante una tormenta. Dice que capturó el momento en que el relámpago rasgó el cielo.
Lucas miró de nuevo la tela, tratando de ver lo que ella veía. Las pinceladas eran brutales, casi violentas, pero había una armonía allí, una especie de caos controlado que lo fascinaba.
—¿Tú crees eso? —preguntó, sin apartar los ojos de la obra—. ¿Que el arte puede capturar algo tan efímero?
Clara sonrió, una comisura de la boca levantándose de forma casi imperceptible.
—Yo creo que el arte captura lo que uno permite. Si él vio un relámpago, entonces es un relámpago. Si yo veo el mar, es el mar.
Lucas por fin la miró, y la sonrisa de ella se ensanchó, como si supiera exactamente el efecto que sus palabras tenían sobre él.
—¿Y qué ves tú? —preguntó ella, inclinando levemente la cabeza.
Él dudó. No solía hablar de arte —de hecho, no solía hablar casi de nada—, pero algo en aquella mujer lo hacía querer intentarlo.
—Yo veo... una pregunta. —Señaló el centro de la tela, donde los colores chocaban—. Como si la obra estuviera pidiendo ser interpretada, pero al mismo tiempo no quisiera una respuesta.
Clara lo observó por un largo momento, como si evaluara si era digno de aquella conversación. Luego, extendió la mano.
—Clara. Artista plástica. Y, aparentemente, intérprete de relámpagos.
Lucas rio, un sonido bajo y sorprendido, y estrechó su mano. La piel era suave, pero el apretón firme.
—Lucas. Arquitecto. Y, aparentemente, un pésimo crítico de arte.
—No seas modesto —dijo ella, soltando su mano con renuencia—. Acabas de describir esa tela mejor que la mayoría de los periodistas que han pasado por aquí hoy.
Se quedaron en silencio por un instante, las miradas encontrándose y desviándose, como si ambos supieran que algo había cambiado, pero ninguno quisiera ser el primero en admitirlo.
—¿Viniste sola? —preguntó Lucas, tratando de sonar casual.
Clara alzó una ceja.
—¿Y tú?
—También.
Ella sonrió, como si aquella respuesta la complaciera.
—Qué bien. Así no tengo que compartirte.
Lucas sintió el calor subir por el cuello. No era un hombre acostumbrado a los flirteos, mucho menos a frases tan directas, pero algo en Clara lo hacía sentirse... seguro. Como si pudiera ser audaz sin miedo a hacer el ridículo.
—¿Puedo mostrarte otra obra? —preguntó, extendiendo el brazo hacia el pasillo—. Hay una serie de fotografías allá atrás que creo que te gustarán.
Clara no respondió de inmediato. En cambio, llevó la copa a los labios y tomó un sorbo lento, los ojos nunca apartándose de los suyos. El vino tinto teñó sus labios de un rojo oscuro, y Lucas tuvo que controlarse para no mirarlos fijamente.
—Depende —dijo ella, al fin—. ¿Me vas a explicar lo que ves en ellas también?
Él sonrió.
—Solo si tú prometes hacer lo mismo.
Ella asintió, y juntos se alejaron del grupo principal, caminando hacia las fotografías en blanco y negro que ocupaban la pared del fondo. La galería parecía más silenciosa allí, como si el mundo se hubiera reducido a aquel pasillo estrecho y a la presencia del otro.
Una de las fotos mostraba a una mujer de espaldas, desnuda, mirando hacia el mar. La luz de la mañana bañaba su piel, creando un juego de sombras que resaltaba cada curva, cada línea del cuerpo. Clara se detuvo frente a ella, los dedos rozando levemente el marco.
—¿Qué ves? —preguntó Lucas, la voz baja.
Ella tardó en responder.
—Veo soledad. Pero no una soledad triste. Una soledad... elegida. Como si estuviera exactamente donde quería estar.
Lucas la observó, fascinado por la forma en que hablaba, como si cada palabra fuera una pincelada en un cuadro invisible.
—¿Y tú? —preguntó ella, volviéndose hacia él—. ¿Qué ves?
Él dudó, pero entonces decidió ser honesto.
—Veo... deseo. No solo el de ella, sino el mío. De estar allí, en ese momento, con ella. De sentir el viento en el rostro y el sol en la piel.
Clara lo miró, los ojos verdes brillando bajo la luz suave. Por un segundo, pensó que había ido demasiado lejos, pero entonces ella sonrió, una sonrisa lenta y peligrosa.
—Eres más interesante de lo que pareces, arquitecto.
—Y tú eres más peligrosa de lo que pareces, artista.
Ella rio, un sonido ligero que resonó en el pasillo vacío.
—Tal vez. Pero creo que a ti te gusta el peligro.
Lucas no respondió. En cambio, extendió la mano y rozó los dedos de ella, un toque leve, casi imperceptible. Clara no se apartó. En cambio, entrelazó sus dedos con los de él, apretando suavemente.
—¿Vamos a ver más obras? —preguntó ella, la voz un poco ronca.
Él asintió, pero ninguno de los dos se movió. Se quedaron allí, tomados de la mano, los cuerpos lo suficientemente cerca como para que él sintiera su calor, el perfume cítrico que emanaba de su piel.
La galería parecía girar a su alrededor, las voces de los otros visitantes convirtiéndose en un murmullo lejano. Lucas sabía que, si inclinaba la cabeza solo unos centímetros, sus labios se encontrarían. También sabía que, si lo hacía, no habría vuelta atrás.
Pero aún no.
Por ahora, bastaba con ese momento: el vino, las obras, su mano en la suya. El resto vendría después.
La galería quedó atrás como un sueño que se disuelve en la mañana siguiente. Las puertas de vidrio se cerraron tras ellos con un suspiro suave, y el aire de la noche paulista los envolvió —húmedo, denso, cargado del olor a asfalto mojado y jazmín que escapaba de los jardines de los edificios. Clara apretó los dedos de Lucas una última vez antes de soltarlos, como si temiera que la realidad deshiciera el hechizo del contacto. Él sintió la ausencia de aquella presión cálida en la palma de su mano, pero no le importó. Había algo más urgente en el aire, algo que los empujaba hacia adelante, lejos de las luces artificiales de la vernissage, hacia las calles que brillaban bajo la luna.
—¿Vives lejos? —preguntó ella, ajustando la correa del bolso en el hombro. La tela del vestido rozó sus muslos cuando se giró hacia él, y Lucas siguió el movimiento con los ojos, demorándose un segundo más de lo debido.
—No. Unos veinte minutos caminando. —Hizo una pausa, luego añadió—: Pero puedo acompañarte adonde quieras.
Clara sonrió, un destello de dientes blancos en la penumbra.
—Iba a sugerir lo mismo.
Bajaron las escaleras de la galería, los pasos sincronizados sin necesidad de ponerse de acuerdo. La acera estaba vacía, excepto por una pareja que reía a lo lejos, las voces ahogadas por la distancia. El silencio entre ellos no era incómodo, sino cargado —como la pausa entre un aliento y otro, como el instante antes de sumergirse.
—¿Siempre vas a vernissages solo? —preguntó Clara, rompiendo el hielo con una pregunta que sonaba casual, pero que llevaba un peso oculto.
—Solo cuando estoy aburrido. —Lucas sonrió, mirándola de reojo—. O cuando quiero ver algo que valga la pena.
Ella rio, y el sonido se esparció por la calle como una melodía.
—¿Y valió la pena?
—Todavía no lo sé. —Dejó la respuesta flotando entre ellos, deliberadamente ambigua—. Pregúntame de nuevo en unas horas.
Clara mordió su labio inferior, un gesto rápido que hizo latir más fuerte el corazón de Lucas.
—Eres bueno en esto.
—¿En qué?
—En dejar las cosas en el aire.
Él no respondió. En cambio, extendió la mano y rozó los nudillos contra su brazo, un toque ligero, casi accidental. La piel de Clara estaba cálida, suave, y sintió el escalofrío que recorrió su cuerpo. Ella no se apartó.
—¿Y tú? —preguntó él, la voz más baja—. ¿Siempre vas a eventos así?
—Solo cuando estoy inspirada. O cuando quiero huir del estudio. —Hizo una pausa, mirando al cielo, donde las estrellas luchaban contra la contaminación lumínica de la ciudad—. A veces, el arte necesita aire fresco para respirar.
—¿Y qué te inspira ahora?
Clara se detuvo y se giró hacia él, los ojos brillando bajo la luz de un farol.
—Tú.
El mundo pareció contener la respiración. Lucas sintió el peso de aquella palabra, la forma en que cayó entre ellos como una piedra en aguas tranquilas, creando ondas que se expandían en círculos cada vez más amplios. No sabía qué decir, así que no dijo nada. Solo sostuvo su mirada, dejando que el silencio hablara por sí mismo.
Reanudaron la caminata, pero ahora había una nueva urgencia en sus pasos, como si ambos supieran que el tiempo se les escapaba. Las calles de São Paulo se desplegaban ante ellos, un laberinto de luces y sombras, y cada esquina parecía prometer algo —un callejón oscuro, una plaza vacía, un momento robado.
—¿Crees en el destino? —preguntó Clara de repente, mientras cruzaban una calle casi desierta.
—No. —Lucas dudó—. Pero creo en las coincidencias con propósito.
—Eso es casi lo mismo.
—Casi. —Sonrió—. Pero el destino parece una condena. Las coincidencias son elecciones disfrazadas.
Ella se detuvo de nuevo, esta vez bajo la luz amarillenta de un farol antiguo, cuyas bombillas parpadeaban como velas. El vestido de Clara parecía absorber la luz, volviéndose casi dorado, y sus ojos reflejaban el brillo de las estrellas lejanas.
—¿Y si te dijera que esta noche es una elección? —murmuró, acercándose un paso.
Lucas sintió el calor de su cuerpo antes incluso de que se tocaran. El perfume cítrico que emanaba de su piel se mezclaba con el olor de la noche, y tuvo la sensación de que, si cerraba los ojos, aún sería capaz de encontrarla en la oscuridad.
—Diría que eres peligrosa —respondió, la voz ronca.
—Y a ti te gusta el peligro.
No era una pregunta.
Él no respondió. En cambio, levantó la mano y tomó su rostro, los dedos deslizándose por la línea de la mandíbula, sintiendo el pulso acelerado bajo la piel. Clara cerró los ojos por un instante, como si saboreara el contacto, y cuando los abrió de nuevo, había algo salvaje en ellos.
—Lucas —susurró, y la forma en que dijo su nombre hizo que su estómago se contrajera.
No necesitó más incentivo. Se inclinó hacia adelante, despacio, dándole tiempo para retroceder si quería. Pero Clara no retrocedió. En cambio, alzó la barbilla, encontrándolo a medio camino.
El primer contacto de los labios fue suave, casi vacilante. Un beso de reconocimiento, como si estuvieran probando el terreno. Pero entonces Clara suspiró contra su boca, y algo se quebró dentro de él. Lucas profundizó el beso, las manos deslizándose hacia su nuca, acercándola más. Ella respondió con la misma intensidad, los dedos enredándose en el cuello de su camisa, como si temiera que pudiera desaparecer.
El mundo a su alrededor se desvaneció. No había más calles, ni faroles, ni el murmullo lejano de la ciudad. Solo estaba el sabor a vino y menta en su lengua, el calor de su cuerpo presionado contra el suyo, el sonido de sus respiraciones entrecortadas mezclándose con el viento nocturno.
Cuando se separaron, ambos estaban jadeando. Clara apoyó la frente contra la suya, los ojos cerrados, como si intentara memorizar ese momento.
—Eso —murmuró— fue mejor de lo que imaginé.
Lucas rio suavemente, el sonido vibrando entre ellos.
—¿Lo imaginaste?
—Desde la primera mirada.
Él no preguntó qué había imaginado. No necesitaba hacerlo. Porque, en ese instante, él también lo sabía.
Se quedaron allí un rato, abrazados bajo la luz temblorosa del farol, los cuerpos pegados, las respiraciones calmándose poco a poco. Pero entonces Clara se apartó, tomando su mano con una sonrisa traviesa.
—¿Vamos?
—¿Adónde?
—A mi apartamento. —Lo arrastró de la mano, los pasos ahora apresurados—. Tengo vino. Y cuadros. Y... otras cosas.
Lucas no se resistió. No quería resistirse.
Y mientras caminaban por las calles iluminadas de São Paulo, las manos entrelazadas, los cuerpos rozándose a cada paso, supo que no había vuelta atrás.
La noche apenas comenzaba.
El ascensor subió despacio, como si todo el edificio supiera lo que estaba por venir. Clara apretaba la mano de Lucas con más fuerza que antes, los dedos entrelazados, las uñas cortas presionando levemente su palma. El espejo empañado reflejaba solo siluetas borrosas —un hombro aquí, la curva de una cadera allá—, pero era suficiente para que Lucas sintiera el calor subir por el cuello. Ella mordisqueó el labio inferior, los ojos brillando bajo la luz amarillenta, y él notó que estaba conteniendo la respiración.
Cuando las puertas se abrieron, Clara lo arrastró hacia afuera con un movimiento decidido, pero en cuanto cruzaron el umbral del apartamento, algo cambió. El pasillo estrecho, iluminado por una lámpara de papel que colgaba del techo como una luna marchita, pareció tragárselos. Ella soltó su mano por un instante, solo el tiempo suficiente para girar la llave en la cerradura, y el clic metálico resonó entre ellos como una advertencia. *Ahora no hay vuelta atrás.*
El apartamento olía a óleo y jazmín. Cuadros enmarcados en negro ocupaban cada pared disponible —algunos abstractos, otros tan realistas que Lucas tuvo la impresión de que las pinceladas respiraban. Plantas colgantes en macetas de cerámica se derramaban desde los estantes, hojas anchas rozando el suelo de madera encerada. En un rincón, un caballete exhibía una tela inacabada, cubierta por manchas de azul y dorado, como si alguien hubiera capturado el reflejo del cielo en un lago agitado.
Clara cerró la puerta tras ellos y, por un segundo, se quedó quieta, la espalda apoyada en la madera. Sus ojos recorrieron el cuerpo de Lucas, lentos, deliberados, como si lo estuviera dibujando en la memoria. Él sintió el peso de aquella mirada como un contacto físico, cada centímetro de su piel erizándose bajo la camisa.
—Estás nervioso —dijo ella, no una pregunta, sino una constatación.
—Un poco —admitió, la voz ronca—. ¿Y tú?
Ella sonrió, una comisura de la boca levantándose.
—También. Pero de una manera buena.
Entonces dio un paso adelante, acortando la distancia entre ellos. El espacio entre sus cuerpos era mínimo ahora, apenas suficiente para que el calor de uno se filtrara en el otro. Clara alzó la mano y, con la punta de los dedos, trazó el contorno de la mandíbula de Lucas, siguiendo la línea de la barba incipiente hasta el labio inferior. Él cerró los ojos por un instante, sintiendo el temblor leve de aquella caricia, como si ella estuviera probando el terreno.
—¿Puedo? —susurró.
Él no respondió. Solo inclinó la cabeza, ofreciéndose, y Clara no dudó. Sus labios se encontraron en un beso suave, casi reverente, como si estuvieran sellando un pacto. Pero entonces su lengua rozó la de él, tímida, y el beso se profundizó, ganando urgencia. Lucas llevó las manos a la cintura de Clara, acercándola más, y ella gimió bajito contra su boca, un sonido que vibró directo en su pecho.
Cuando se separaron, ambos estaban jadeando. Clara rio, un sonido ahogado, y apoyó la frente contra la suya.
—Quería hacer esto desde que te vi cerca de esa escultura de vidrio —confesó—. Estabas tan serio, analizando cada detalle como si fuera un rompecabezas.
—Y tú te reías de mí —replicó él, pero sonrió.
—No de ti. *Contigo*. —Volvió a morderse el labio, los ojos brillando—. ¿Vamos al cuarto?
Lucas asintió, pero antes de que pudiera moverse, Clara tomó su rostro entre las manos y lo besó de nuevo, más despacio esta vez, como si tuvieran todo el tiempo del mundo. Las manos de él se deslizaron por su espalda, sintiendo la curva de la columna bajo la tela fina del vestido, y cuando Clara arqueó levemente el cuerpo, presionándose contra él, Lucas sintió su propio deseo responder, duro e insistente.
Ella se apartó lo justo para murmurar:
—Por aquí.
El cuarto era una extensión del resto del apartamento —caótico, vivo, lleno de texturas. La cama, cubierta por una colcha de lino crudo, estaba desordenada, como si Clara se hubiera revolcado en ella antes de salir a la vernissage. Más cuadros colgaban de las paredes, algunos enmarcados, otros simplemente pegados con cinta adhesiva. Una lámpara de pie arrojaba una luz ámbar sobre la mesita de noche, donde pilas de libros y pinceles compartían espacio con un frasco de perfume abierto.
Clara encendió una vela sobre la cómoda —el aroma a sándalo se esparció por el aire— y luego se giró hacia Lucas, los ojos oscuros bajo la luz temblorosa. Por un instante, ninguno de los dos se movió. Era como si estuvieran esperando que el otro tomara la iniciativa, como si el peso de aquella primera vez juntos exigiera un permiso silencioso.
Fue Lucas quien rompió el hechizo. Dio un paso adelante y, con cuidado, atrajo a Clara hacia sí, las manos deslizándose por sus brazos hasta encontrar los dedos entrelazados. La besó de nuevo, pero esta vez dejó que sus manos exploraran —deslizó una por su espalda, sintiendo la piel cálida bajo el vestido, los músculos tensos de anticipación. Clara suspiró contra su boca, los dedos enredándose en su cabello, acercándolo más.
—Eres hermosa —murmuró él, la voz ronca, las palabras saliendo antes de que pudiera pensarlo.
Ella rio, un sonido bajo y satisfecho, y mordió suavemente su labio inferior.
—Tú también.
Entonces, con un movimiento fluido, Clara se apartó y llevó las manos a los tirantes del vestido. Los ojos de Lucas siguieron el movimiento, el corazón latiendo más rápido. Ella dudó por un segundo, como si estuviera a punto de sumergirse en aguas desconocidas, pero luego dejó que la tela se deslizara por sus hombros, revelando la piel desnuda debajo.
El vestido cayó a sus pies, un montón de seda azul marino en el suelo.
Lucas contuvo la respiración.
Clara estaba frente a él solo con unas bragas —un trozo de encaje negro que apenas cubría lo necesario— y los pechos pequeños, los pezones ya duros, pidiendo atención. Cruzó los brazos por un instante, como si sintiera frío, pero luego los dejó caer, exponiéndose por completo.
—Tu turno —dijo, la voz un poco temblorosa.
Lucas no necesitó más incentivo. Se quitó la camisa de un movimiento rápido, los botones volando, y la arrojó a un lado. Clara dio un paso adelante y, con manos temblorosas, desabrochó su pantalón, los dedos rozando la dureza bajo la tela. Lucas gimió, un sonido gutural, y cuando ella finalmente bajó la cremallera, sintió el alivio mezclado con una nueva ola de deseo.
—Eres perfecto —susurró, pasando la mano por su pecho, bajando hasta el abdomen.
Lucas tomó su rostro entre las manos y la besó con fuerza, como si quisiera devorarla. Las manos de Clara exploraron su cuerpo —los hombros anchos, la espalda musculosa, la piel cálida bajo las palmas—. Cuando ella envolvió su miembro con los dedos, Lucas gimió contra su boca, todo su cuerpo tensándose.
—Joder —murmuró, la voz quebrada.
Clara rio, satisfecha, y lo empujó suavemente, haciéndolo sentar en el borde de la cama. Luego se arrodilló entre sus piernas, los ojos fijos en los suyos mientras pasaba la lengua por los labios.
—¿Puedo? —preguntó, la mano aún envolviendo la base de su miembro.
Lucas solo pudo asentir.
Ella no dudó. Se inclinó hacia adelante y lo llevó a su boca, la lengua cálida y húmeda deslizándose por la cabeza, explorando cada vena, cada centímetro. Lucas arqueó la espalda, las manos enredándose en las sábanas, los dedos apretando la tela con fuerza. Clara lo chupó despacio, como si estuviera saboreando algo precioso, los labios cerrándose alrededor de él con una presión deliciosa.
—Dios, Clara... —gimió, la voz ronca de deseo.
Ella alzó los ojos, encontrando los suyos, y sonrió alrededor de su miembro, antes de acelerar el ritmo, llevándolo más profundo. Lucas sintió el placer acumularse en la base de la columna, una presión insoportable, y tuvo que contenerse para no correrse allí mismo.
—Para —pidió, la voz casi un gruñido—. Quiero estar dentro de ti.
Clara lo soltó con un chasquido húmedo y se levantó, los labios brillantes. Se quitó las bragas con un movimiento rápido y se subió a la cama, acostándose de espaldas, las piernas ligeramente abiertas. Lucas no perdió tiempo. Se acostó sobre ella, apoyando el peso en los codos, y la besó de nuevo, sintiendo el sabor salado de su propio placer en su boca.
Las manos de Clara se deslizaron por su espalda, las uñas arañando levemente su piel, y cuando ella envolvió sus piernas alrededor de su cintura, Lucas sintió el calor húmedo de su sexo contra su miembro. Gimió, hundiendo el rostro en su cuello, mordisqueando la piel sensible, oliendo el aroma a sudor y perfume.
—Te quiero —susurró ella, las palabras saliendo entrecortadas—. Ahora.
Lucas no necesitó más. Con una mano, se guió hasta su entrada, sintiendo la humedad, la suavidad, el calor. Clara arqueó la espalda, los dedos clavándose en sus hombros, y cuando él comenzó a penetrarla, despacio, centímetro a centímetro, ambos gimieron al unísono.
—Dios mío —murmuró ella, los ojos cerrados, la boca entreabierta.
Lucas se detuvo por un instante, dejándola acostumbrarse a la sensación, antes de comenzar a moverse. Los primeros movimientos fueron lentos, vacilantes, como si estuvieran aprendiendo el ritmo del otro. Pero entonces Clara alzó las caderas, encontrándolo a medio camino, y el ritmo se volvió más urgente, más profundo.
Las manos de Lucas encontraron las suyas, entrelazando los dedos, y las inmovilizó sobre su cabeza, los cuerpos moviéndose en perfecta sincronía. El sonido de la piel chocando contra la piel llenó la habitación, mezclado con los gemidos ahogados y los susurros de placer.
—Más —pidió ella, la voz ronca—. Más fuerte.
Lucas obedeció. Aumentó el ritmo, las caderas golpeando contra las suyas con fuerza, cada embestida arrancando un gemido más alto de Clara. Ella envolvió sus piernas alrededor de él, acercándolo más, y Lucas sintió el placer acumularse, una ola inevitable.
—Voy a correrme —advirtió, la voz tensa.
—Córrete conmigo —pidió ella, los ojos fijos en los suyos.
Y entonces sucedió. Clara arqueó la espalda, todo su cuerpo tensándose, y Lucas sintió su sexo contraerse alrededor de su miembro, apretándolo con fuerza. El placer lo atravesó como un rayo, y se corrió con un gemido ronco, hundiendo el rostro en su cuello mientras el orgasmo lo consumía.
Por un largo momento, ninguno de los dos se movió. Solo permanecieron allí, jadeantes, los cuerpos entrelazados, el sudor mezclándose. Entonces Clara rio, un sonido suave y satisfecho, y besó su hombro.
—Eso —murmuró— fue incluso mejor de lo que imaginé.
Lucas también rio, girando el rostro para besarla en los labios.
—No sabía que lo habías imaginado tanto.
—Ah, lo imaginé —dijo ella, los ojos brillando—. Pero la realidad superó todo.
Él la besó de nuevo, despacio, sintiendo el sabor de su propio placer en su boca. Las manos de Clara se deslizaron por su espalda, trazando círculos perezosos sobre su piel sudada.
—¿Y ahora? —preguntó él, la voz aún ronca.
Clara sonrió, una sonrisa lenta y llena de promesas.
—Ahora —dijo, acercándolo más— la noche aún está lejos de terminar.
El aire entre ellos estaba cargado, denso como el olor a pintura fresca en los cuadros de Clara, como si cada molécula vibrara con la promesa de lo que estaba por venir. Las manos de Lucas, antes vacilantes, ahora se deslizaban con más firmeza por su espalda, sintiendo la piel cálida bajo sus dedos, la curva suave de su columna arqueándose levemente bajo su toque. Clara respondió acercándolo más, los labios buscando los suyos en un beso más profundo, más urgente, como si quisiera devorar cada suspiro que él aún no había dado.
—Eres hermoso —murmuró contra su boca, las palabras saliendo entre respiraciones entrecortadas—. Quiero dibujarte así.
Lucas rio, un sonido bajo y ronco, mientras sus dedos encontraban la cremallera de su vestido, bajándola despacio, como si cada centímetro revelado fuera un regalo.
—No soy modelo —dijo, la voz un poco temblorosa—. Pero si quieres intentarlo...
Clara sonrió, los ojos oscuros brillando con una mezcla de malicia y ternura.
—Quiero intentar todo contigo.
El vestido se deslizó por sus hombros, revelando la piel suave, los pechos pequeños y firmes, los pezones ya duros por el frío del aire acondicionado y por el deseo. Lucas contuvo la respiración por un segundo, como si hubiera sido alcanzado por algo inesperado. No era la primera vez que veía un cuerpo desnudo, pero era la primera vez que veía *ese* cuerpo, el que lo hacía sentir como si estuviera frente a algo sagrado.
—Eres perfecta —susurró, pasando los dedos ligeramente sobre su clavícula, sintiendo el temblor que recorrió a Clara.
Ella rio, pero había un dejo de vulnerabilidad en su voz.
—No lo soy. Pero me gusta que lo pienses.
—No lo estoy pensando —dijo, inclinándose para besar el valle entre sus pechos—. Lo estoy sintiendo.
Clara arqueó la espalda, un gemido bajo escapando de sus labios mientras las manos de Lucas exploraban cada curva, cada línea, como si quisiera memorizarlo todo. Ella también comenzó a desabotonar su camisa, los dedos un poco torpes, pero decididos. Cuando finalmente logró abrir el último botón, empujó la tela hacia atrás, revelando el pecho ancho, los músculos definidos por la rutina de gimnasio que mantenía más por disciplina que por vanidad.
—Eso lo escondes bien —dijo, pasando las uñas ligeramente sobre sus pezones, sintiéndolos endurecerse bajo su toque.
—No es a propósito —admitió, la voz ronca—. Solo... no suelo mostrar mucho.
Clara sonrió, acercándolo más.
—Entonces hoy es mi día de suerte.
Cayeron juntos en la cama, los cuerpos encajando como piezas de un rompecabezas que solo ellos sabían armar. Lucas deslizó la mano entre sus piernas, sintiendo la humedad cálida, la forma en que ella se abría para él sin vacilar. Clara gimió, los dedos clavándose en sus hombros mientras la tocaba con una lentitud torturante, como si quisiera prolongar cada sensación.
—¿Te gusta esto? —preguntó, la voz baja, los labios rozando su oreja.
—Sí —jadeó—. Más.
Él obedeció, los dedos moviéndose en círculos lentos, presionando con más firmeza, sintiendo su cuerpo retorcerse bajo el suyo. Clara mordió su labio inferior, tratando de contener los gemidos, pero estos escapaban de todos modos, pequeños y desesperados.
—No te contengas —murmuró, besando su cuello—. Quiero oírte.
Ella no necesitó más incentivo. Los sonidos que escaparon de su garganta eran música pura, un coro de suspiros y gemidos que hicieron hervir la sangre de Lucas. La besó de nuevo, tragándose aquellos sonidos, queriendo más, queriendo todo.
—Te quiero —dijo ella, las manos bajando por su cuerpo, encontrando el elástico de su pantalón—. Ahora.
Lucas dudó por un segundo, no por falta de deseo, sino por una repentina oleada de nerviosismo. Era la primera vez con ella, la primera vez con alguien que lo hacía sentir tanto en tan poco tiempo. ¿Y si no era bueno? ¿Y si no sabía cómo complacerla?
Clara pareció percibir su vacilación, porque tomó su rostro entre las manos, obligándolo a mirarla.
—Oye —dijo, la voz suave—. Está todo bien. No tenemos que apresurarnos.
—No es eso —admitió, la voz ronca—. Es solo que... quiero que sea perfecto para ti.
Ella sonrió, una sonrisa tan dulce que le dolió el pecho.
—Ya lo es.
Y entonces, como para probar sus palabras, lo atrajo hacia un beso lento, profundo, mientras sus manos trabajaban en el botón de su pantalón. Lucas ayudó, levantando las caderas para que ella pudiera bajar la tela, sintiendo el aire frío contra su piel caliente. Clara no apartó la mirada cuando lo vio desnudo, los dedos trazando líneas perezosas sobre su abdomen, bajando despacio, hasta envolver su miembro duro, ya húmedo de excitación.
—Eres hermoso —repitió, la voz un susurro—. Todo en ti.
Lucas cerró los ojos por un segundo, dejando que sus palabras lo envolvieran como un abrazo. Cuando los abrió de nuevo, vio a Clara posicionándose sobre él, el cabello cayendo como una cortina alrededor de ambos, los labios entreabiertos en una sonrisa que era puro deseo.
—Quiero sentirte —dijo, la voz temblorosa—. Todo de ti.
Él no necesitó más. Con un movimiento suave, la guió hacia abajo, sintiendo su cuerpo abrirse para él, cálido, apretado, perfecto. Clara jadeó cuando entró, los dedos clavándose en sus hombros mientras se ajustaba a la sensación.
—Despacio —pidió, la voz un susurro.
Lucas obedeció, moviéndose con cuidado, sintiendo cada centímetro de ella envolviéndolo, cada temblor, cada suspiro. Encontraron un ritmo juntos, lento al principio, como si estuvieran aprendiendo la danza del otro. Pero a medida que el placer crecía, los movimientos se volvieron más urgentes, más profundos, los cuerpos moviéndose en sincronía, como si siempre hubieran sabido cómo encajar.
Clara echó la cabeza hacia atrás, el cabello rozando su espalda mientras se movía sobre él, las caderas balanceándose en un ritmo que lo dejaba sin aliento. Él tomó sus pechos, los pulgares rozando sus pezones, sintiéndolos endurecerse bajo su toque.
—Así —gimió ella—. Así.
Lucas se sentó, acercándola más, los labios encontrando los suyos en un beso hambriento. Las manos de Clara se deslizaron por su espalda, las uñas dejando marcas leves en su piel, mientras él la penetraba con más fuerza, más profundo, como si quisiera perderse dentro de ella.
—No voy a durar mucho —admitió, la voz ronca de deseo.
—No hace falta —dijo ella, los labios rozando su oreja—. Quiero sentirte correrte dentro de mí.
Las palabras fueron demasiado. Lucas gimió, las caderas moviéndose con más urgencia, sintiendo el placer crecer en oleadas, cada vez más intenso, hasta que no hubo más vuelta atrás. Clara lo abrazó con fuerza, los cuerpos pegados, los gemidos mezclándose mientras él la llenaba, el orgasmo atravesándolo como una corriente eléctrica.
Por un momento, el mundo pareció detenerse. Permanecieron allí, jadeantes, los cuerpos aún unidos, el sudor mezclándose, los corazones latiendo al mismo ritmo acelerado. Clara rio, un sonido suave y satisfecho, y besó su hombro.
—Eso —murmuró— fue incluso mejor de lo que imaginé.
Lucas también rio, girando el rostro para besarla en los labios.
—No sabía que lo habías imaginado tanto.
—Ah, lo imaginé —dijo ella, los ojos brillando—. Pero la realidad lo superó todo.
Él la besó de nuevo, despacio, sintiendo el sabor de su propio placer en su boca. Las manos de Clara se deslizaron por su espalda, trazando círculos perezosos sobre su piel sudada.
—¿Y ahora? —preguntó él, la voz aún ronca.
Clara sonrió, una sonrisa lenta y llena de promesas.
—Ahora —dijo, acercándolo más— la noche aún está lejos de terminar.
Y entonces, como para probar sus palabras, lo empujó de vuelta al colchón, montando sobre él con un brillo malicioso en los ojos, lista para explorar cada centímetro de su cuerpo, como si tuvieran todo el tiempo del mundo.
Clara no esperó. Con un movimiento fluido, descendió sobre él, las caderas encontrando las suyas en un encaje que hizo contener la respiración a ambos. Su piel estaba cálida, húmeda, y Lucas sintió cada centímetro de su cuerpo moldeándose al suyo, como si hubieran sido hechos para ese momento. Los dedos de ella se entrelazaron con los suyos, apretando con fuerza, mientras se movía despacio, probando, explorando, como si quisiera memorizar cada sensación.
—Joder —gimió él, la voz ronca, los ojos fijos en los suyos—. Eres... increíble.
Clara sonrió, una sonrisa que mezclaba malicia y ternura, e inclinó la cabeza para besarlo, la lengua deslizándose contra la suya en un ritmo que imitaba el movimiento de sus cuerpos. Las manos de Lucas recorrieron su espalda, sintiendo la curva de su columna, los músculos tensos bajo la piel suave. Ella arqueó el cuerpo, ofreciéndose, y él no resistió, llevando la boca a su pecho, succionando el pezón con una lentitud torturante.
Un suspiro escapó de los labios de Clara, largo y tembloroso, mientras se movía más rápido, más profundo, las caderas rozando contra las suyas en un ritmo que los dejaba sin aliento. La habitación se llenó de sonidos —gemidos ahogados, el crujido de las sábanas, el suave chirrido de la cama— y el olor a sexo y sudor impregnó el aire, denso e intoxicante.
—Lucas... —murmuró ella, su nombre saliendo como una plegaria—. No pares.
Él no tenía intención de parar. Cada toque, cada movimiento, era una promesa silenciosa, un juramento de que aquello era más que deseo. Las manos de ella apretaron sus hombros, las uñas clavándose en su piel, y él gimió, sintiendo el placer acumularse en la base de su columna, una presión deliciosa que amenazaba con estallar en cualquier momento.
—No voy a hacerlo —prometió, la voz entrecortada—. Nunca.
Clara rio, un sonido bajo y satisfecho, e inclinó la cabeza hacia atrás, apoyando las manos en sus rodillas, cambiando el ángulo de tal manera que cada movimiento arrancaba un gemido más alto de ambos. Sus ojos brillaban, oscuros e intensos, y él no podía apartar la mirada, hipnotizado por la forma en que se entregaba, por la confianza que depositaba en él.
—Eres hermosa —susurró, las manos deslizándose por su pecho, sintiendo los latidos acelerados de su corazón—. Tan hermosa.
Lucas tomó sus caderas, guiándola, sintiendo su cuerpo apretarse alrededor del suyo, una sensación que lo llevaba al borde del abismo. Quería prolongar ese momento, quería que durara para siempre, pero el deseo era más fuerte, una fuerza primitiva que los arrastraba juntos.
—Clara... —gimió, su nombre una advertencia y una súplica.
Ella entendió. Con un movimiento rápido, se acostó sobre él, los cuerpos pegados, pecho contra pecho, boca contra boca. Los movimientos se volvieron más urgentes, más desesperados, como si ambos supieran que estaban a punto de perderse el uno en el otro.
—Córrete conmigo —pidió ella, los labios rozando su oreja—. Ahora.
Y entonces, como si su cuerpo obedeciera solo a ella, Lucas sintió el placer estallar, una ola abrumadora que lo atravesó de arriba abajo, dejándolo sin aire. Clara lo siguió, sus músculos contrayéndose alrededor de él en espasmos deliciosos, mientras un gemido largo y gutural escapaba de sus labios entreabiertos.
Por un instante, el mundo pareció detenerse. Los cuerpos aún unidos, el sudor mezclándose, los corazones latiendo al mismo ritmo acelerado. Clara rio, un sonido suave y satisfecho, y besó su hombro, los labios cálidos contra su piel húmeda.
—Eso —murmuró— fue incluso mejor de lo que imaginé.
Lucas también rio, girando el rostro para besarla en los labios, sintiendo el sabor de su propio placer en su boca. Las manos de Clara se deslizaron por su espalda, trazando círculos perezosos sobre su piel sudada, como si quisiera grabar cada detalle de ese momento en la memoria.
—¿Y ahora? —preguntó él, la voz aún ronca, los dedos jugando con un mechón de su cabello.
Clara sonrió, una sonrisa lenta y llena de promesas, los ojos entrecerrados de satisfacción.
—Ahora —dijo, acercándolo más— la noche aún está lejos de terminar.
Lo empujó de vuelta al colchón, montando sobre él con un brillo malicioso en los ojos. Las sábanas estaban arrugadas, la habitación olía a sexo y a algo más, algo dulce y peligroso, como el comienzo de una historia que ninguno de los dos sabía cómo terminaría.
—Tienes idea —murmuró, inclinándose para besar su cuello— de lo que aún quiero hacerte?
Lucas gimió, las manos apretando sus caderas, sintiendo su cuerpo responder incluso después del clímax. El deseo no había desaparecido; solo había cambiado de forma, transformándose en algo más profundo, más voraz.
—Muéstramelo —pidió, los ojos oscuros de lujuria.
Clara sonrió, los labios rozando su piel mientras descendía, lenta y deliberadamente, dejando un rastro de besos por su pecho, su abdomen, hasta llegar al punto donde su cuerpo aún palpitaba, sensible y ávido de más. Lo miró, los ojos brillando con una mezcla de ternura y deseo, antes de llevarlo a su boca, probándolo con una lentitud que lo llevó al borde de la locura.
La habitación se llenó de nuevos sonidos —suspiros, gemidos ahogados, el sonido húmedo de sus labios trabajando con una habilidad que lo volvía loco—. Cerró los ojos, tratando de controlarse, pero era imposible. Cada toque, cada movimiento, era una tortura deliciosa, una promesa de que esa noche sería larga, muy larga.
Y cuando Clara finalmente subió de nuevo, los labios húmedos y los ojos oscuros de deseo, Lucas supo que no había vuelta atrás. Aquello era más que sexo. Era el comienzo de algo que ninguno de los dos estaba listo para nombrar, pero que ya los consumía por completo.
—Eres peligrosa —murmuró, atrayéndola hacia un beso profundo.
Clara rio contra sus labios, los cuerpos encajando de nuevo, como si no pudieran estar separados por más de unos segundos.
—Y tú —susurró, las caderas comenzando a moverse en un ritmo lento y provocador— aún no has visto nada.
La primera luz de la mañana se filtraba por las rendijas de la cortina de lino crudo, dibujando franjas doradas sobre los cuerpos entrelazados. La habitación olía a sudor reseco, a piel calentada por el sueño y al perfume dulce de Clara —un aroma a jazmín y algo más salvaje, como tierra mojada después de la lluvia—. Lucas despertó despacio, los músculos pesados, la piel sensible en lugares que ni siquiera sabía que podían quedar así, palpitando suavemente con el recuerdo de su toque. A su lado, Clara dormía boca abajo, el rostro hundido en la almohada, un mechón de cabello oscuro esparcido sobre su espalda desnuda, marcada por leves arañazos que él había hecho sin darse cuenta.
Extendió la mano, vacilante, y apartó el mechón rebelde, descubriendo la curva de su hombro. La piel allí era suave, cálida, y cuando sus dedos rozaron la marca de un chupetón que no recordaba haber dejado, Clara soltó un suspiro somnoliento y se giró de lado, los ojos aún cerrados, pero los labios curvándose en una sonrisa perezosa.
—¿Me estás mirando mientras duermo, arquitecto? —Su voz era ronca, arrastrada por el sueño y por el uso de la noche anterior.
—Solo admirando la obra —murmuró, pasando el pulgar por el contorno de su clavícula—. Eres un lienzo andante.
Clara rio, un sonido bajo y satisfecho, y abrió los ojos despacio. Las pupilas estaban dilatadas, aún oscuras de deseo, pero había algo nuevo en ellas —una calma, una certeza que no estaba allí antes—. Se estiró como una gata, los pechos rozando su pecho, y Lucas sintió su cuerpo reaccionar al instante, incluso después de horas de agotamiento.
—¿Qué hora es? —preguntó, sin prisa, mientras una mano se deslizaba por su abdomen, trazando círculos perezosos.
—No sé. El sol aún está débil. —Capturó su mano antes de que bajara más, entrelazando los dedos con los suyos—. Si seguimos así, no saldremos de la cama hoy.
—¿Y cuál es el problema? —Clara se acercó, mordisqueando su labio inferior—. Tenemos todo el día.
El aliento de ella olía a vino de la noche anterior y a algo más dulce, como miel. Lucas gimió bajito, acercándola más, pero entonces su estómago rugió, alto e insistente, rompiendo el hechizo. Los dos rieron, y Clara escondió el rostro en su cuello, avergonzada.
—Perdón —murmuró—. Creo que quemé todas mis calorías.
—Yo también. —La besó en la coronilla, oliendo el champú de coco que ella usaba—. Vamos a desayunar. Yo preparo.
Clara alzó la cabeza, sorprendida.
—¿Sabes cocinar?
—Sobrevivo. —Sonrió—. Pero hago un café decente. Y huevos revueltos, si tienes.
Ella lo empujó en broma, saliendo de la cama con un movimiento fluido que hizo que las sábanas se deslizaran, revelando su espalda marcada, las nalgas firmes, los muslos aún ligeramente temblorosos. Lucas la observó, fascinado, mientras ella se ponía una camiseta ancha —una de las suyas, que había quedado tirada en el suelo— y desaparecía hacia la cocina.
El apartamento era pequeño pero acogedor, lleno de vida. Cuadros inacabados se amontonaban en caballetes, pinceles secos esparcidos sobre la mesa del comedor, macetas con plantas colgantes del techo proyectando sombras danzantes en las paredes. Lucas se puso unos calzoncillos y siguió el aroma a café recién hecho, encontrando a Clara apoyada en la encimera, los codos desnudos sobre la piedra fría, los ojos cerrados mientras inhalaba el aroma.
—Eres una diosa —dijo, sin abrir los ojos.
—Solo porque encendí la cafetera? —Rio, tomando dos tazas del armario.
—No. Porque estás aquí. —Después de anoche... no sabía si querrías que me quedara.
Lucas se detuvo, la taza a medio camino de su boca. Luego la dejó de nuevo sobre la encimera y se acercó, atrapándola entre sus brazos, las manos apoyadas en la piedra a cada lado de su cuerpo.
—Clara —dijo, bajo—, no me habría ido ni aunque el edificio estuviera en llamas.
Ella sonrió, pero había un temblor en sus labios.
—Yo tampoco quería que te fueras.
La besó entonces, lento, profundo, como si tuvieran todo el tiempo del mundo. Los labios de ella estaban cálidos, suaves, y cuando su lengua encontró la suya, Lucas sintió el deseo reavivarse, lento e insistente, como brasas que nunca se apagan del todo. Clara gimió contra su boca, las manos deslizándose bajo su camiseta —la de él, aún—, explorando su espalda, sus costillas, los músculos tensos bajo su piel.
—El café primero —murmuró, apartándose a regañadientes—. O no vamos a comer nada hoy.
Ella hizo un puchero, pero obedeció, tomando las tazas mientras él encendía la estufa. El silencio entre ellos no era incómodo; estaba lleno de cosas no dichas, de miradas furtivas, de sonrisas que se abrían sin motivo. Lucas batió los huevos en un tazón, mientras Clara se sentaba en la encimera, las piernas balanceándose, observándolo con una intensidad que lo ponía nervioso.
—¿Qué pasa? —preguntó, al fin.
—Nada. —Mordió su labio—. Solo estoy tratando de entender cómo un tipo que dibuja edificios perfectos en el tablero puede ser tan... desordenado en la cocina.
Lucas rio, echando un trozo de mantequilla en la sartén.
—La arquitectura es control. Cocinar es caos. —La miró por encima del hombro—. Como el arte.
Clara inclinó la cabeza, considerando.
—¿Entonces dices que yo soy el caos?
—Eres *el* caos. —Se acercó, sosteniendo su mentón entre los dedos—. Y me gusta.
Ella lo atrajo hacia un beso rápido, luego lo empujó suavemente.
—Revuelve los huevos, arquitecto. Antes de que se quemen.
Comieron en el sofá, los platos en el regazo, los pies descalzos tocándose. Clara le contó sobre la exposición que estaba preparando, sobre cómo odiaba cuando los críticos decían que su trabajo era "demasiado sensorial", como si eso fuera un defecto. Lucas habló sobre el proyecto de un edificio sostenible en Curitiba, sobre cómo la gente no entendía que la belleza podía ser funcional.
—Eres un romántico, ¿sabías? —dijo Clara, lamiendo mantequilla de su pulgar.
—¿Yo? —Arqueó una ceja—. Soy pragmático.
—Claro. —Rio—. Por eso pasas horas dibujando detalles que nadie va a ver. Por eso me besaste anoche como si fuera la última mujer en la Tierra.
Lucas no respondió. En cambio, tomó su plato y lo puso en el suelo, junto con el suyo. Luego la atrajo hacia su regazo, sus piernas abriéndose automáticamente para acomodarlo.
—Tienes razón —admitió, las manos deslizándose bajo su camiseta, encontrando la piel desnuda de su espalda—. Soy un romántico. Pero solo contigo.
Clara suspiró, los dedos enredándose en su cabello.
—Eso es peligroso.
—¿Por qué?
—Porque yo también lo soy. —Lo besó, lento y profundo, hasta que ambos quedaron sin aliento—. Y dos románticos juntos... es receta para el desastre.
—O para algo increíble —murmuró contra sus labios.
Ella no respondió. En cambio, se quitó la camiseta por la cabeza, dejándola caer al suelo, y guió sus manos hacia sus pechos, los pezones ya duros bajo su toque. Lucas gimió, apretándolos con cuidado, sintiendo su peso, su suavidad, la forma en que arqueaba la espalda, ofreciéndose.
—Clara... —susurró, pero ella lo silenció con otro beso.
—Shhh. —Sus dedos bajaron, encontrando su erección a través de la tela fina de sus calzoncillos—. Tenemos todo el día, ¿recuerdas?
Y entonces no hubo más palabras. Solo toques, suspiros, el sonido de la respiración acelerada mezclándose con el crujido del viejo sofá. Clara lo empujó hacia atrás, montando sobre él, las caderas moviéndose en círculos lentos y torturantes. Lucas tomó su cintura, los dedos hundiéndose en su carne suave, guiándola, sintiendo el calor húmedo de ella incluso a través de la tela que los separaba.
—Joder —gimió, echando la cabeza hacia atrás—. Me vas a matar.
Clara rio, baja y satisfecha, y luego se levantó, bajando sus calzoncillos con un movimiento rápido. Lucas la observó, fascinado, mientras se arrodillaba entre sus piernas, los labios cerrándose alrededor de la punta, la lengua girando en círculos lentos.
—Dios —siseó, los dedos enredándose en su cabello.
Clara lo llevó más profundo, los ojos fijos en los suyos, desafiantes, como si dijera: *¿Ves? Aún no ha terminado.* Y él no podía estar en desacuerdo. Cada movimiento de su boca era una promesa, cada gemido ahogado una confesión. Cuando finalmente se apartó, los labios hinchados y brillantes, Lucas la atrajo hacia arriba, besándola con hambre, sintiendo su propio sabor en su lengua.
—Mi turno —murmuró, invirtiendo las posiciones, acostándola en el sofá.
Clara rio, pero la risa se convirtió en un gemido cuando su boca encontró el centro de sus piernas, la lengua deslizándose entre sus pliegues húmedos, explorando, provocando. Ella tomó su cabello, las caderas moviéndose al ritmo de los movimientos de su lengua, los sonidos que escapaban de su garganta cada vez más altos, más urgentes.
—Lucas... por favor... —suplicó, la voz quebrada.
Él alzó la cabeza, los labios húmedos, los ojos oscuros de deseo.
—¿Por favor qué?
—Te necesito. *Ahora.*
No había cómo resistirse a un pedido así. Lucas se levantó, tomando un preservativo de su billetera —porque, sí, había aprendido la lección la noche anterior— y lo colocó con manos temblorosas. Luego se posicionó entre sus piernas, los cuerpos encajando como si hubieran sido hechos el uno para el otro.
—Mírame —pidió, la voz ronca.
Clara abrió los ojos, las pupilas dilatadas, los labios entreabiertos. Y cuando entró en ella, despacio, centímetro a centímetro, ambos soltaron el mismo suspiro de alivio, de placer, de *sí, es esto, es aquí donde pertenecemos.*
—Dios mío —gimió ella, las uñas clavándose en su espalda—. ¿Cómo puede ser tan bueno?
Lucas no respondió. No había palabras. Solo movimiento, ritmo, la sensación de estar exactamente donde debía estar. La besó, tragándose sus gemidos, sintiendo su cuerpo contraerse alrededor del suyo, cada vez más rápido, más intenso, hasta que el mundo entero se redujo a ese sofá, a ese momento, a esa mujer.
Cuando se corrieron, fue juntos, los cuerpos temblando, los suspiros mezclándose, sus nombres en los labios del otro como una plegaria. Lucas se desplomó sobre ella, el corazón latiendo tan fuerte que estaba seguro de que Clara podía oírlo. Ella lo abrazó, los dedos trazando círculos perezosos en su espalda, mientras ambos recuperaban el aliento.
—Creo que el desayuno tendrá que esperar —murmuró, después de un rato.
Lucas rio, besando su cuello.
—Pidamos delivery.
Clara lo atrajo más cerca, los cuerpos aún unidos, aún saciados.
—O podemos quedarnos aquí. Para siempre.
Él no respondió. En cambio, la besó de nuevo, lento y profundo, sabiendo que, de alguna manera, ella ya había respondido por él. Porque *para siempre* era una palabra demasiado grande, demasiado aterradora. Pero *hoy*? *Hoy* lo tenían. Y eso, por ahora, era suficiente.