Entre Sábanas y Suspiros

Por Tonkix
Entre Sábanas y Suspiros
**Entre Sábanas y Suspiros** El loft industrial olía a pintura fresca y madera envejecida, un aroma que se mezclaba con el perfume dulce de los tulipanes negros dispuestos en jarrones de vidrio esmerilado sobre las mesas altas. Las paredes de ladrillo visto absorbían la luz ámbar de los focos dirigidos, creando sombras alargadas que danzaban al compás de los invitados, copas de vino en mano, risas ahogadas por la música de piano que flotaba en el aire como humo. Era una de esas noches en las que São Paulo parecía contener el aliento, como si hasta los edificios alrededor supieran que algo estaba a punto de suceder. Lucas ajustó sus gafas de montura fina, los dedos rozando la varilla de metal como si necesitara un punto de apoyo. No era hombre de vernissages —en realidad, no era hombre de multitudes—, pero la invitación había llegado de parte de un cliente antiguo, un coleccionista de arte que insistió en que *tenía* que ver la serie de fotografías de Clara Viana. *«Ella captura lo invisible»*, le había dicho el hombre, con una sonrisa que Lucas no supo interpretar. Ahora, parado cerca de la mesa de aperitivos, observando a los demás invitados con la discreción de quien prefiere observar a ser observado, se preguntaba si lo invisible no sería justamente lo que había estado intentando ignorar en los últimos meses: la sensación de que algo —o alguien— faltaba. Fue entonces cuando la vio. Clara emergió de entre un grupo de personas como si estuviera hecha de la misma materia que la luz que la iluminaba: intensa, casi líquida. Llevaba un vestido negro, ajustado lo suficiente para resaltar las curvas de sus caderas y el contorno de sus senos, pero suelto a la altura de los muslos, como si desafiara a quien la mirara a adivinar lo que había debajo. El cabello, una cascada de ondas oscuras, caía sobre sus hombros, y cuando rió por algo que una mujer a su lado dijo, el sonido fue tan vivo que Lucas sintió que le faltaba el aire por un segundo. No era solo hermosa —era *magnética*, el tipo de mujer que hacía que hasta las paredes parecieran inclinarse hacia ella. Ella se giró, como si sintiera el peso de su mirada, y sus ojos —verdes, casi dorados bajo la luz— se encontraron con los de Lucas. No hubo sonrisa inmediata, ni ese gesto educado que la gente intercambia en eventos como ese. En cambio, lo estudió con una curiosidad descarada, como si él fuera una fotografía que aún no había decidido si revelar o romper. Lucas sintió el calor subir por su cuello, pero no apartó la mirada. Algo dentro de él, algo que había estado dormido por mucho tiempo, se agitó. —Estás mirando fijamente —dijo una voz a su lado. Lucas se sobresaltó, girándose para encontrar a la mujer que había hablado: una morena de cabello corto y labios pintados de rojo, sosteniendo una copa de vino con la familiaridad de quien ya conocía a Clara desde hacía años. —Perdón, yo… —empezó, pero la mujer rio, un sonido ligero y divertido. —No tienes que disculparte. A ella *le gusta* que la miren. —Inclinó la cabeza, evaluándolo—. Tú eres el arquitecto, ¿verdad? El del proyecto de esa casa en Alphaville. —Lucas —extendió la mano, aliviado de tener algo concreto que decir—. Sí, soy yo. —Mariana. —Ella le estrechó la mano, los dedos fríos por el contacto con la copa—. Clara habló de ti. —¿Habló? —La sorpresa hizo que su voz sonara más aguda de lo que pretendía. Mariana sonrió, como si supiera un secreto. —Dijo que tienes manos de pianista. —Antes de que pudiera responder, se alejó, dejándolo con la copa medio vacía y la sensación de que acababa de ser arrojado a aguas profundas sin aviso. Lucas buscó a Clara nuevamente con la mirada. Ella estaba cerca de una de las fotografías —una imagen en blanco y negro de una mujer de espaldas, el cabello mojado pegado a la piel, el cuerpo envuelto en vapor—, pero ahora lo miraba directamente a él. Ya no había curiosidad en su mirada. Había *hambre*. No supo cuánto tiempo estuvo allí, paralizado, hasta que ella se movió hacia él. Cada paso suyo parecía calcular el espacio entre ellos, como si el propio aire se comprimiera a su paso. Cuando se detuvo a menos de un metro, Lucas sintió el aroma de su perfume —algo cítrico, con un toque de especias, como si acabara de regresar de un viaje a Marruecos. —Así que tú eres el arquitecto —dijo ella, la voz baja, casi un susurro—. El que diseña casas para gente que nunca vive en ellas. Lucas parpadeó, sorprendido. —¿Cómo sabes eso? —Mariana me lo contó. —Inclinó la cabeza, los labios curvándose en una sonrisa lenta—. Pero yo ya lo sabía. —¿Cómo? —Porque tienes cara de quien construye cosas bonitas solo para demostrar que puede. —Extendió la mano, los dedos rozando levemente su muñeca, como si probara la textura de su piel—. Y luego se va antes de que alguien note que también quiere vivir en ellas. Lucas sintió el contacto como una descarga eléctrica. No era un apretón de manos, ni un saludo formal. Era una invitación. O quizá un desafío. —¿Y tú? —logró decir, la voz ronca—. ¿Qué fotografías? —Lo que la gente intenta esconder. —Se acercó un paso más, la tela del vestido rozando su pierna—. Como esa forma tuya de mirarme como si quisieras desarmarme y ver cómo funciono. Debería haber reído. Debería haber dicho algo ingenioso, algo que aliviara la tensión. Pero todo lo que pudo hacer fue contener la respiración cuando ella levantó la mano y, con la punta del dedo, trazó una línea imaginaria desde su mentón hasta la clavícula, como si estuviera dibujando el contorno de algo que solo ella veía. —Estás temblando —murmuró. —¿Sí? —Un poco. —Sonrió, satisfecha—. Me gusta. La música cambió. Una melodía más lenta, más íntima, llenó el espacio entre ellos. Clara no se apartó. En cambio, se inclinó hacia adelante, los labios casi tocando su oreja cuando susurró: —A ver cuánto aguantas antes de besarme. Y entonces, como si nada hubiera pasado, se giró y caminó de regreso hacia el grupo de invitados, dejando a Lucas parado allí, con el corazón latiendo tan fuerte que estaba seguro de que todos en el loft podían escucharlo. El loft estaba más lleno ahora, cuerpos moviéndose entre las pantallas iluminadas como sombras danzantes. El vino había dejado un rastro dulce en la lengua de Lucas, pero nada comparado con el sabor que imaginaba en los labios de Clara —algo cálido, ligeramente ácido, como fruta demasiado madura. Ella había desaparecido entre los invitados, pero él la sentía. No necesitaba verla para saber dónde estaba; era como si el aire a su alrededor vibrara en una frecuencia diferente, algo que solo él captaba. Fue entonces cuando la encontró nuevamente, parada frente a una fotografía en blanco y negro: un primer plano de manos entrelazadas, dedos largos y uñas pintadas de rojo sangre. La imagen era tan íntima que parecía una invitación. Clara no lo miró, pero inclinó levemente la cabeza, como si supiera que él estaba allí. —¿Crees que es real? —preguntó, la voz baja, casi tragada por la música. Lucas se acercó, el hombro rozando el suyo. La tela fina de su vestido rozó su brazo, y sintió el calor de su piel a través del lino de su propia camisa. —¿El qué? —Lo que sintieron esas manos. —Levantó su propia mano, los dedos moviéndose en el aire como si probaran la textura de algo invisible—. Si fue amor. O solo deseo. Él contuvo la respiración. El aroma de ella —flor de azahar y algo más oscuro, como madera quemada— lo envolvió cuando se giró para mirarlo. Sus ojos brillaban bajo la luz amarillenta de las lámparas, dos estanques negros donde podría ahogarse. —¿Y tú? —murmuró—. ¿Qué *crees* tú? Clara sonrió, un extremo de su boca levantándose lentamente. No respondió. En cambio, extendió la mano y, con la punta del dedo, tocó la fotografía, trazando el contorno de los dedos entrelazados. Lucas siguió el movimiento, hipnotizado, hasta que el dedo de ella se deslizó fuera de la imagen y, sin aviso, rozó el dorso de su mano. Fue un toque mínimo. Casi imperceptible. Pero fue como si una corriente eléctrica lo atravesara, haciendo que sus músculos se contrajeran. No pudo evitar el escalofrío que recorrió su columna, ni la forma en que sus dedos se curvaron involuntariamente, como si quisieran agarrar los de ella. Clara no se apartó. Al contrario: inclinó el cuerpo hacia él, la cadera casi tocando la suya, y susurró: —¿Sentiste eso? Él tragó saliva. La garganta estaba seca, pero las palabras salieron antes de que pudiera impedirlas. —Como si me hubieras marcado. Ella rió bajito, un sonido ronco que hizo que su estómago se apretara. —Quizá lo hice. El loft estaba lleno, pero de repente parecía que solo existían ellos dos. Los demás invitados eran solo sombras, voces lejanas que se mezclaban con el zumbido de la sangre en los oídos de Lucas. Clara se acercó aún más, hasta que la tela de su vestido rozó su pantalón, y pudo sentir el calor de su cuerpo, la curva suave de su cadera, la respiración acelerada que golpeaba contra su pecho. —Me miras como si quisieras devorarme —dijo ella, los labios tan cerca del lóbulo de su oreja que sintió su aliento cálido. —Y a ti te gusta. No era una pregunta. Ella no lo negó. En cambio, mordió levemente su labio inferior, los dientes blancos hundiéndose en la carne rosada, y él tuvo que cerrar los puños para no atraerla hacia sí allí mismo. —Eres peligroso, Lucas —murmuró—. Tan callado, tan contenido… pero veo el fuego detrás de tus ojos. No pudo responder. No cuando ella levantó la mano nuevamente y, esta vez, no fue un toque accidental. Sus dedos se deslizaron por su brazo, lentos, deliberados, como si estuviera memorizando la textura de su piel, el contorno de los músculos bajo la camisa. Cuando llegó a su muñeca, se detuvo, el pulgar presionando levemente la vena que latía allí. —Tu corazón está acelerado —constató, satisfecha. —El tuyo también. Ella no lo negó. En cambio, se acercó aún más, hasta que sus senos rozaron su pecho, y pudo sentir los pezones endurecidos a través de la tela fina del vestido. Su aroma lo envolvió, más intenso ahora, mezclado con el aroma del vino y el leve sudor que brotaba entre ellos. —Clara… —empezó, pero ella lo interrumpió con un gesto. —Shhh. —Sus dedos subieron hasta sus labios, trazando el contorno de su boca—. No lo arruines con palabras. No quería obedecer. Quería decirle que no era solo deseo, que había algo más, algo que lo asustaba tanto como lo atraía. Pero entonces ella se inclinó hacia adelante, y por un segundo pensó que lo besaría. En cambio, se detuvo a un centímetro de sus labios, los ojos fijos en los suyos, desafiantes. —¿Quieres? —susurró. No necesitaba preguntar qué. Ya lo sabía. —Más que a nada. Ella sonrió, victoriosa, y retrocedió lo suficiente para que sintiera la ausencia del calor de su cuerpo como un vacío físico. —Entonces demuéstralo. Fue un desafío. Un juego. Y él estaba más que dispuesto a jugar. Lucas levantó la mano y, con la punta de los dedos, tomó su mentón, inclinando su rostro hacia arriba. Ella no se resistió. Al contrario: cerró los ojos y dejó escapar un suspiro bajo, casi un gemido, cuando rozó sus labios con los de ella —no un beso, aún no, solo un toque ligero, una promesa. —¿Así? —murmuró contra su boca. —Casi. Ella abrió los ojos, y la intensidad de su mirada lo dejó sin aliento. Entonces, antes de que pudiera reaccionar, tomó su nuca y lo atrajo hacia sí, pegando sus labios a los suyos con una urgencia que lo tomó por sorpresa. Fue un beso hambriento, desesperado, como si ambos estuvieran muriendo de sed y solo ahora encontraran agua. Su lengua invadió su boca, cálida y húmeda, explorando cada rincón, y él gimió contra sus labios, las manos bajando instintivamente hacia su cintura fina, atrayéndola hacia sí. Su cuerpo se moldeó al de él, suave y firme al mismo tiempo, y sintió su cadera encajarse en la suya como si hubieran sido hechos el uno para el otro. Por un momento, olvidaron dónde estaban. Olvidaron a los invitados, las luces, el mundo entero. Solo existían ellos dos, y ese beso que parecía capaz de consumirlos. Fue Clara quien se apartó primero, los labios hinchados y húmedos, los ojos oscuros de deseo. —Mierda —susurró, la voz ronca—. Esto fue… —Necesario —completó él, la respiración tan acelerada como la de ella. Ella rió, pero era un sonido tenso, casi nervioso. —Tenemos que irnos de aquí. Él no discutió. No cuando cada célula de su cuerpo gritaba que la llevara a algún lugar donde pudieran continuar lo que habían empezado. Pero entonces ella tomó su mano, los dedos entrelazados con los suyos, y lo arrastró de vuelta hacia la multitud. —Primero, terminemos de ver la exposición —dijo, con un brillo travieso en los ojos—. Después, decidimos qué hacer con el resto de la noche. Lucas no estaba seguro de poder esperar tanto. La noche tenía ese peso húmedo de las horas que se alargan más de lo esperado, cuando el aire parece hecho de terciopelo y cada respiración lleva el eco de algo aún no dicho. Las calles del centro, ahora desiertas, reflejaban la luz amarillenta de los faroles en charcos de lluvia antigua, mientras Lucas y Clara caminaban uno al lado del otro, los hombros casi rozándose, como si el espacio entre ellos fuera una frontera demasiado tenue para ser respetada. Clara se había quitado los zapatos de tacón alto, sosteniéndolos con una mano mientras la otra balanceaba libre, los dedos rozando los de él de vez en cuando, en un gesto casual que no engañaba a nadie. El asfalto estaba frío bajo sus pies descalzos, pero a ella no parecía importarle. De hecho, parecía gustarle esa sensación —el contraste entre el calor que aún irradiaba de su piel y el frescor de la noche. —¿Siempre caminas descalza por las calles? —preguntó Lucas, la voz baja, como si temiera romper el hechizo de ese paseo. Ella sonrió, inclinando la cabeza para mirarlo. —Solo cuando tengo prisa por llegar a algún lugar. Él rió, pero el sonido murió rápido, tragado por el silencio alrededor. Prisa. La palabra resonó entre ellos, cargada de significados. Él sentía lo mismo —una urgencia que no tenía que ver con pasos apresurados, sino con la necesidad de alargar cada segundo, de estirar el tiempo hasta que se volviera elástico, maleable, capaz de contener todo lo que aún no habían hecho. —¿Y adónde tenemos tanta prisa por llegar? —provocó, aunque sabía la respuesta. Clara se detuvo de repente, girándose hacia él con un brillo en los ojos que era puro desafío. El viento despeinó su cabello, haciéndolo danzar sobre sus hombros, y por un instante, Lucas pensó en cómo sería pasar los dedos por esos mechones, sentir su textura, tirar de ellos suavemente mientras la besaba. —A mi apartamento —dijo, simplemente—. A menos que prefieras seguir caminando hasta que salga el sol. Él no respondió con palabras. Solo tomó su mano, entrelazando sus dedos con los de ella, y la arrastró hacia adelante, acelerando el paso. Clara rió, un sonido ligero y victorioso, y corrió a su lado, los pies descalzos golpeando el suelo con un ritmo que parecía música. El edificio de ella era uno de esos antiguos, con fachada de ladrillo visto y una escalera de hierro que crujía con cada escalón. Clara subió primero, las caderas balanceándose de un lado a otro con una naturalidad que hizo que a Lucas se le secara la boca. La seguía de cerca, tan cerca que podía oler su perfume —algo cítrico, con un fondo de vainilla y piel cálida. Con cada paso, la tensión entre ellos crecía, como una cuerda siendo estirada hasta casi romperse. En el tercer piso, ella se detuvo frente a una puerta de madera oscura, llena de pegatinas de viajes y pequeños garabatos a bolígrafo. Mientras buscaba las llaves en el bolso, Lucas no resistió. Se inclinó hacia adelante, rozando los labios en la curva de su cuello, justo donde el pulso latía con fuerza. Clara tembló, dejando escapar un suspiro bajo, y las llaves tintinearon en el suelo. —Mierda —murmuró, pero no se agachó a recogerlas. En cambio, se giró en sus brazos, los ojos oscuros y hambrientos, y lo atrajo hacia un beso que no tenía nada de vacilante. Era voraz, desesperado, como si los dos hubieran pasado horas, días, una vida entera esperando ese momento. Las manos de Lucas se deslizaron por su espalda, atrayéndola hacia sí, y sintió el cuerpo de Clara moldearse al suyo, suave y firme al mismo tiempo. Cuando se separaron, ambos estaban jadeando. Clara respiró hondo, como si intentara recomponerse, pero la sonrisa que se le escapó era puro pecado. —Creo que las llaves pueden esperar —dijo, la voz ronca. Y entonces, sin aviso, empujó la puerta, que estaba sin llave. El apartamento era pequeño, pero acogedor, lleno de luces indirectas y telas coloridas. Había fotografías esparcidas por las paredes —retratos en blanco y negro, paisajes urbanos, primeros planos de manos entrelazadas, cuerpos en movimiento—. Lucas apenas tuvo tiempo de registrar los detalles, porque Clara ya lo arrastraba hacia adentro, cerrando la puerta de una patada y girando la llave con un movimiento rápido. El sonido del cerrojo resonó en el ambiente como un punto final. No había más espacio para dudas, para vacilaciones. Solo ellos dos, y el peso de lo que estaba por venir. Clara se giró hacia él, los ojos brillando con una intensidad que hizo que el corazón de Lucas latiera más rápido. Dio un paso adelante, luego otro, hasta que sus bocas estuvieron a centímetros de distancia. Pero no lo besó. En cambio, pasó la punta de los dedos por el contorno de sus labios, trazando un camino lento hasta el mentón, el cuello, el pecho. —¿Tienes idea de cuánto he querido hacer esto desde que te vi en esa galería? —susurró, la voz casi un gemido. Lucas tragó saliva, sintiendo el calor de sus manos a través de la tela de la camisa. —Creo que tengo una idea —respondió, ronco. Ella rió, un sonido bajo y satisfecho, y entonces desabotonó el primer botón de su camisa. Luego el segundo. Y el tercero. Cada movimiento era deliberado, torturante, como si quisiera alargar el momento, saborear cada segundo de esa anticipación. —Clara… —empezó, pero ella lo interrumpió con un beso suave, casi casto, que contrastaba con la urgencia de antes. —Shhh —murmuró contra sus labios—. No hace falta que digas nada. Y entonces, con un movimiento fluido, se quitó la blusa, dejándola caer al suelo. Lucas contuvo la respiración. Llevaba un sujetador de encaje negro, sencillo, pero que parecía hecho para resaltar cada curva, cada sombra de su cuerpo. Él extendió la mano, vacilante, y ella la tomó, guiándola hacia su seno, dejándolo sentir el peso, la suavidad, el pezón ya duro bajo la tela. —Tócame —pidió, la voz un hilo de sonido. Él no necesitó más incentivo. Las manos de Lucas se deslizaron por su espalda, atrayéndola más cerca, mientras su boca encontraba la de ella nuevamente. Esta vez, el beso fue profundo, húmedo, las lenguas enredándose en un ritmo que imitaba todo lo que aún estaba por venir. Clara gimió contra sus labios, las uñas clavándose levemente en sus hombros, y él sintió todo su cuerpo responder, la sangre pulsando fuerte, la piel ardiendo donde ella lo tocaba. Sin interrumpir el beso, ella lo empujó hacia atrás, guiándolo hasta el sofá. Lucas cayó sentado, y Clara se colocó entre sus piernas, las manos apoyadas en sus rodillas mientras lo miraba desde arriba, los labios entreabiertos, el pecho subiendo y bajando con la respiración acelerada. —Eres hermoso —dijo, como si fuera una constatación obvia—. Tan hermoso que duele. Él no supo qué responder. En cambio, la atrajo hacia abajo, haciéndola sentar en su regazo, y enterró el rostro en el valle entre sus senos, inhalando profundamente. Ella olía a sexo y a algo dulce, como frutas maduras dejadas al sol. Clara arqueó la espalda, ofreciéndose, y él no resistió. Bajó los labios por su esternón, besando cada centímetro de piel expuesta, hasta llegar al sujetador. Con los dientes, bajó el encaje, liberando un seno, y tomó el pezón en su boca, succionando con fuerza. Clara gimió alto, las manos agarrando su cabello, atrayéndolo más cerca. —Joder, Lucas… Él no se detuvo. Alternó entre succionar y lamer, sintiendo su cuerpo temblar bajo sus manos, las caderas moviéndose levemente contra las suyas. Cuando finalmente se apartó, Clara estaba jadeando, los labios hinchados, los ojos vidriosos. —Te necesito —dijo, la voz quebrada—. Ahora. Y entonces, con un movimiento rápido, se levantó y le tendió la mano. Lucas la tomó, dejándose arrastrar hacia el dormitorio. Pero antes de que pudieran llegar, Clara lo empujó contra la pared del pasillo, aprisionándolo entre sus brazos. Sus cuerpos encajaron perfectamente, como si hubieran sido esculpidos el uno para el otro, y lo besó con un hambre que hizo que sus piernas flaquearan. —Quiero tenerte en mi cama —susurró, los labios rozando los suyos con cada palabra—. Pero primero, quiero verte perder el control aquí mismo. Y entonces, sin aviso, se arrodilló frente a él. La puerta se cerró tras ellos con un clic suave, ahogado por el peso del silencio que ahora llenaba el espacio entre los dos. El apartamento de Clara era un reflejo de ella: caótico y vibrante, con paredes cubiertas de fotografías en blanco y negro, telas ondeantes colgadas como cortinas improvisadas y el aroma a incienso quemado aún flotando en el aire. Lucas dudó por un segundo, los dedos rozando el pomo frío, como si necesitara un último recordatorio de que estaba allí, de verdad, y no en uno de esos sueños febriles que lo habían atormentado desde que la conoció. Clara no dijo nada. Solo sonrió, un extremo de sus labios levantándose en algo entre malicia y promesa, antes de alejarse hacia la sala. El sonido de sus tacones resonó en el suelo de madera, cada paso una provocación calculada. Se movía como si bailara, las caderas balanceándose bajo la tela fina del vestido, que ahora, bajo la luz amarillenta de la lámpara, revelaba más de lo que ocultaba. Lucas tragó saliva, los ojos siguiendo el contorno de sus piernas, la curva de su cintura, la forma en que su cabello oscuro caía en ondas sueltas sobre sus hombros. —¿Te gustan las velas? —Su voz era baja, ronca, como si ya estuviera sin aliento. Él asintió, incapaz de hablar. Clara se acercó a un estante lleno de frascos de vidrio, velas de diferentes tamaños y colores, y eligió tres. Las encendió una a una, el fósforo temblando levemente en sus manos, y el ambiente se llenó de un brillo dorado y trémulo. Las sombras danzaban en las paredes, alargándose y contrayéndose, como si el propio espacio respirara a su alrededor. Luego, fue hasta el viejo tocadiscos en un rincón de la sala y pasó los dedos por las portadas de vinilos apilados a un lado. Eligió uno sin mirar, lo colocó con cuidado, y el sonido de un saxofón lento y melancólico llenó el aire. La música era densa, casi líquida, envolviéndolos como un abrazo. Clara cerró los ojos por un instante, balanceándose levemente al ritmo, los labios entreabiertos como si ya estuviera saboreando algo. —*The Look of Love* —murmuró, girándose hacia él—. ¿La conoces? Lucas negó con la cabeza, los ojos fijos en ella. Cada movimiento suyo parecía calculado para enloquecerlo: la forma en que sus dedos se deslizaban por su brazo, la lengua humedeciendo sus labios, el modo en que el vestido se ajustaba a su cuerpo cuando se inclinaba. —Es una canción sobre el deseo —continuó, acercándose lentamente, como si tuviera todo el tiempo del mundo—. Sobre querer a alguien con tanta intensidad que duele. Sus pasos eran silenciosos, pero cada uno resonaba dentro de él como un trueno. Cuando se detuvo a centímetros de distancia, Lucas pudo sentir su perfume —algo floral mezclado con un toque de especias, como jazmín y canela— y el calor que emanaba de su cuerpo. Levantó la mano, los dedos rozando el cuello de su camisa, trazando una línea lenta hasta el primer botón. —Estás temblando —observó, la voz casi un susurro. —No estoy acostumbrado a esto —admitió, la garganta seca. —¿A qué? ¿A mujeres que saben lo que quieren? —A mujeres que… —Vaciló, buscando las palabras adecuadas—. Que no tienen miedo de mostrarlo. Ella rio bajito, un sonido que vibró en algún lugar profundo de su pecho. —Ah, Lucas… —Sus dedos se deslizaron por su pecho, deteniéndose sobre su corazón, que latía desbocado—. Yo no tengo miedo de nada cuando se trata de ti. Y entonces, sin aviso, se acercó aún más, los labios casi tocando los suyos. Lucas contuvo la respiración, sintiendo su aliento cálido, el aroma a vino tinto aún presente en su boca. Pero Clara no lo besó. En cambio, inclinó la cabeza, los labios rozando su oreja mientras susurraba: —¿Lo deseas tanto como yo? La pregunta era innecesaria. Los dos conocían la respuesta. Pero la forma en que la hizo, con esa voz ronca y llena de promesas, hizo que algo dentro de él se quebrara. Antes de que pudiera responder, Lucas tomó su rostro entre las manos y la atrajo hacia un beso. Fue como si se rompiera un dique. Los labios de Clara eran suaves, cálidos, y su sabor —dulce y ligeramente ácido, como fruta madura— explotó en su boca. Ella gimió contra él, las manos agarrando su camisa con fuerza, atrayéndolo más cerca, como si quisiera fundir sus cuerpos allí mismo. Sus lenguas se encontraron en un ritmo lento, exploratorio, pero pronto la urgencia se apoderó de ellos. Clara mordió su labio inferior, tirando de él levemente, y Lucas gimió, el sonido ahogado contra su boca. —Joder… —murmuró, las manos deslizándose por su espalda, sintiendo la curva de su columna, los músculos tensos bajo la tela fina del vestido. Clara rio, un sonido bajo y satisfecho, antes de apartarse lo suficiente para mirarlo a los ojos. —He esperado tanto por esto —confesó, los dedos jugando con el cabello de su nuca—. Por ti. Lucas no respondió. No necesitaba hacerlo. En cambio, la atrajo de vuelta para otro beso, más profundo, más desesperado. Las manos de ella ahora exploraban su cuerpo con una intimidad que lo volvía loco: los dedos trazando los contornos de sus hombros, bajando por sus brazos, apretando sus bíceps como si quisiera memorizar cada centímetro. Cuando llegó al dobladillo de su camisa y comenzó a sacársela de los pantalones, Lucas tembló. —Clara… —intentó decir, pero las palabras se perdieron cuando ella desabotonó el primer botón, luego el segundo, los dedos rozando la piel expuesta. —Shhh —susurró, los labios ahora en su cuello, besando, mordisqueando, dejando un rastro de fuego en su piel—. Déjame cuidar de ti. Y él se dejó. Sus manos eran hábiles, desabotonando la camisa con una lentitud agonizante, mientras sus labios continuaban su exploración. Cuando finalmente la camisa cayó al suelo, Clara se apartó por un segundo, los ojos recorriendo su cuerpo con una intensidad que lo hizo sentirse desnudo de una manera que iba más allá de lo físico. —Eres hermoso —murmuró, los dedos trazando los músculos de su pecho, bajando hasta su abdomen—. Tan… perfecto. Lucas contuvo la respiración cuando ella se acercó nuevamente, los labios ahora en su hombro, besando, lamiendo, mientras las manos se deslizaban por su espalda, atrayéndolo más cerca. Podía sentir el calor de su cuerpo a través del vestido, la presión de sus senos contra su pecho, los pezones endurecidos bajo la tela. El deseo era algo vivo entre ellos, pulsando, creciendo, amenazando con consumirlos. —Clara —gimió, las manos finalmente encontrando el cierre del vestido en su espalda—. Necesito tocarte. Ella no respondió con palabras. Solo se apartó lo suficiente para que él pudiera bajar el cierre, el sonido suave de la tela abriéndose resonando en el silencio de la sala. El vestido se deslizó por sus hombros, revelando su piel dorada, los senos pequeños y firmes, la curva suave de su vientre. Lucas contuvo la respiración, los ojos fijos en ella, como si estuviera ante algo sagrado. —Dios mío… —murmuró, las manos temblando levemente mientras las levantaba para tocar. Clara sonrió, tomando sus manos y guiándolas hacia sus senos. Lucas gimió al sentir la suavidad de su piel, los pezones endurecidos bajo sus dedos. Los acarició lentamente, apretando levemente, y Clara arqueó la espalda, un suspiro escapando de sus labios. —Así… —susurró, los ojos cerrados, la cabeza inclinada hacia atrás—. Justo así. Lucas se inclinó, reemplazando los dedos con la boca, succionando uno de los pezones con cuidado. Clara gimió alto, las manos agarrando su cabello, atrayéndolo más cerca. Alternó entre los senos, lamiendo, mordisqueando, sintiendo su cuerpo temblar bajo sus manos. —Lucas… —dijo, la voz quebrada—. Necesito más. Él no necesitó que se lo pidiera dos veces. Sus manos se deslizaron por su cintura, bajando hasta sus muslos, atrayéndola más cerca. Clara gimió cuando sintió su erección presionando contra su vientre, y sus caderas se movieron instintivamente, buscando alivio. —Me vuelves loco —murmuró contra su piel, los labios ahora en su cuello, besando, mordisqueando. Clara rio, un sonido bajo y satisfecho, antes de empujarlo levemente hacia atrás. —Entonces demuéstramelo —desafió, los ojos brillando de deseo—. Demuéstrame cuánto me deseas. Lucas no vaciló. La tomó en brazos con facilidad, sus piernas envolviendo su cintura, y la llevó hacia el dormitorio. Pero antes de que pudiera llegar, Clara lo empujó contra la pared del pasillo, aprisionándolo entre sus brazos. —Aquí —susurró, los labios rozando los suyos—. Ahora. Y entonces, sin aviso, se arrodilló frente a él. Lucas apenas tuvo tiempo de procesar el peso de su cuerpo cediendo ante el suyo, el aire escapando de sus pulmones en un suspiro ronco cuando Clara desabotonó sus pantalones con una lentitud deliberada, los dedos rozando la piel sensible bajo la tela. El sonido de la cremallera bajando resonó en el pasillo estrecho, mezclándose con la respiración acelerada de ambos, el crujido del algodón siendo empujado hacia abajo. Se apoyó en la pared detrás de él, los nudillos blancos de tanto apretar, mientras ella lo liberaba con un movimiento fluido, los ojos fijos en los suyos, oscuros y hambrientos. —Joder —gimió, la palabra saliendo entre dientes cuando los dedos de ella lo envolvieron, cálidos y firmes, explorándolo con una intimidad que lo hizo arquear la espalda. Clara sonrió, satisfecha con la reacción, e inclinó la cabeza hacia adelante, los labios entreabiertos rozando la punta, provocando. Lucas sintió el calor húmedo de su boca antes incluso de que lo tomara, un gemido gutural escapando de su garganta cuando lo envolvió por completo, la lengua trazando círculos lentos, implacables. —Clara… —advirtió, la voz estrangulada, pero ella solo lo sujetó con más fuerza, los dedos apretando la base mientras movía la cabeza en un ritmo que lo llevaba al borde del abismo. Enredó los dedos en su cabello, no para guiarla, sino para anclarse a algo, a cualquier cosa, mientras el placer se enroscaba en su columna, apretando, apretando— —Basta —gruñó, levantándola con un movimiento brusco, las manos agarrando sus brazos para ponerla de pie. Clara rio, el sonido vibrando contra sus labios cuando la besó, hambriento, el sabor salado de sí mismo aún presente en su lengua—. Me vas a matar antes de que lleguemos a la cama. —¿Y cuál es el problema? —murmuró, mordisqueando su labio inferior—. Morir así no parece tan malo. Él no respondió. En cambio, los giró, aprisionándola contra la pared, las manos deslizándose bajo su vestido, subiendo por sus muslos hasta encontrar el encaje húmedo de su tanga. Clara arqueó la espalda contra él con un gemido cuando sus dedos la tocaron allí, presionando, explorando, hasta que un dedo se deslizó dentro, lento, deliberado. Ella mordió su hombro, ahogando un grito, las uñas clavándose en su espalda. —Así —susurró, la voz temblorosa—. Más. Lucas obedeció, añadiendo otro dedo, curvándolos al ritmo que la hacía retorcerse, las caderas moviéndose al compás de sus embestidas. Observaba su rostro, los labios entreabiertos, los párpados pesados, el rubor subiendo por su cuello, y sintió una oleada de posesividad primitiva. *Es mía*, pensó, salvaje, mientras la besaba nuevamente, tragándose sus gemidos. Pero Clara no era de las que se dejan llevar sin luchar. Con un movimiento rápido, lo empujó hacia atrás, los ojos brillando con un desafío. —Ahora es mi turno de desnudarte —dijo, la voz ronca, y antes de que pudiera protestar, ya estaba sacándole la camisa, los dedos trazando los contornos de los músculos de su abdomen, bajando hasta la cintura de sus pantalones, que aún colgaban flojos en sus caderas. Él se dejó guiar hasta el dormitorio, las piernas temblorosas, el cuerpo entero pulsando de deseo. La luz suave de las velas que Clara había encendido antes danzaba en las paredes, proyectando sombras largas que se movían como si también estuvieran vivas, acompañando el ritmo de los cuerpos entrelazados. Cuando llegaron a la cama, ella lo empujó de espaldas sobre el colchón, subiendo sobre él con una gracia felina, el vestido aún enrollado en su cintura, la tanga ahora un detalle casi irrelevante. —Eres hermoso —murmuró, las manos deslizándose por su pecho, bajando hasta la línea de vello que desaparecía bajo sus pantalones—. Todo ese autocontrol… y ahora estás aquí, entregado. Lucas tomó sus caderas, atrayéndola hacia abajo hasta que estuvo sentada sobre su erección, la humedad de la tela fina entre ellos haciendo el contacto casi insoportable. Clara gimió, echando la cabeza hacia atrás, el cabello cayendo en ondas sobre sus hombros. —Quiero sentirte —dijo, la voz áspera—. *Todo* de ti. Ella no necesitó más incentivo. Con movimientos lentos, deliberados, Clara se quitó el vestido por la cabeza, dejándolo caer al suelo junto a la cama. El sujetador siguió el mismo camino, y entonces estuvo desnuda sobre él, la piel dorada bajo el fuego de las velas, los pezones duros, suplicando atención. Lucas se incorporó, rodeándola con los brazos, la boca encontrando un seno, luego el otro, los dientes raspando levemente, la lengua calmando el ardor. Clara arqueó la espalda contra él, las manos enredadas en su cabello, guiándolo, exigiendo más. Él la acostó de espaldas, los labios trazando un camino de besos por su vientre, bajando hasta que estuvo entre sus piernas, la lengua reemplazando los dedos, lamiendo, succionando, hasta que ella se retorcía, los gemidos convirtiéndose en súplicas. —Lucas, por favor —rogó, la voz quebrada—. Te necesito *dentro* de mí. Él no la hizo esperar. Subió por su cuerpo, besándola profundamente mientras se posicionaba, la punta presionando contra ella, provocando. Clara levantó las caderas, impaciente, las uñas clavándose en su espalda. —Ahora —ordenó, y él obedeció, entrando en ella con un movimiento único, profundo, que arrancó un grito de ambos. El mundo pareció detenerse por un instante. Lucas se quedó inmóvil, sintiéndola alrededor de sí, cálida, apretada, perfecta. Clara respiró hondo, los ojos cerrados, las manos agarrando sus hombros como si temiera que desapareciera. —¿Estás bien? —preguntó, la voz ronca, preocupado a pesar del deseo que lo consumía. Ella abrió los ojos, una sonrisa lenta extendiéndose por sus labios. —Mejor que bien —susurró—. Muévete. Y él se movió. Al principio despacio, cada embestida un descubrimiento, cada retirada una tortura. Clara acompañaba sus movimientos, las caderas levantándose para encontrarlo, las piernas envolviendo su cintura, atrayéndolo más profundo. Sus gemidos se mezclaban con los de él, el sonido húmedo de los cuerpos uniéndose llenando la habitación, junto con el crujido de la cama, el susurro de las sábanas. Lucas aceleró el ritmo, las manos sujetando sus caderas con fuerza, guiándola, sintiendo cómo se apretaba alrededor de él con cada embestida. Clara clavó los dientes en su hombro, ahogando un grito, el cuerpo entero temblando. —Más fuerte —pidió, la voz casi un sollozo—. Por favor. Él obedeció, los movimientos volviéndose más bruscos, más urgentes, el placer enroscándose en la base de su columna como un hilo a punto de romperse. Clara gimió, la espalda arqueándose, los músculos internos contrayéndose alrededor de él en oleadas rítmicas, y fue suficiente para empujarlo más allá del límite. Con un gruñido ronco, Lucas se enterró en ella una última vez, el cuerpo entero temblando mientras el orgasmo lo atravesaba, cálido, intenso, interminable. Clara lo abrazó con fuerza, las piernas trabadas alrededor de su cintura, como si temiera que se alejara. Durante largos minutos, ninguno de los dos se movió. Solo respiraban, los corazones latiendo al unísono, los cuerpos aún unidos, sudorosos, saciados. Lucas se deslizó a un lado, atrayéndola contra sí, los brazos rodeándola con fuerza, como si quisiera fundirla con su piel. Clara suspiró, acurrucándose contra él, los dedos trazando círculos perezosos en su pecho. —Esto fue… —empezó, pero no terminó la frase. —Ya lo sé —murmuró, besando la parte superior de su cabeza. Y lo sabía. Porque no había sido solo sexo. Había sido algo más, algo que los había unido de una manera que no sabía si podría deshacerse. Afuera, el cielo comenzaba a clarear, las primeras luces de la mañana filtrándose por las cortinas. Clara bostezó, acurrucándose aún más contra él. —Quédate —susurró. Lucas no respondió. Solo la atrajo más cerca, sabiendo que no había otro lugar en el mundo donde quisiera estar. Pero, mientras el sueño comenzaba a arrastrarlos, una pregunta flotaba en el aire, sin respuesta: *¿qué pasaría cuando el sol saliera de verdad?* Lo primero que Clara sintió al despertar fue el calor. No el calor húmedo de la noche anterior, ese que pegaba la piel a las sábanas y hacía que los cuerpos se deslizaran uno contra el otro como si estuvieran hechos de cera derretida, sino un calor seco, suave, el tipo que solo surge cuando dos cuerpos se acoplan perfectamente bajo una manta ligera, como si el propio aire entre ellos se hubiera convertido en una extensión de sus miembros. Abrió los ojos lentamente, parpadeando contra la luz pálida que se filtraba por las rendijas de la cortina, pintando franjas doradas en el techo inclinado del dormitorio. El aroma a café recién hecho se mezclaba con el perfume residual del sexo —sándalo, sudor, la fragancia cítrica que ella usaba y que ahora parecía haberse impregnado en su piel. Lucas aún dormía, el rostro enterrado en la curva de su cuello, un brazo pesado sobre su cintura. Clara sonrió, los dedos trazando líneas invisibles en su pecho, bajando por la clavícula, subiendo por el contorno de su hombro. Él murmuró algo incomprensible, el aliento cálido contra su piel, y ella sintió su cuerpo reaccionar antes incluso de que la conciencia lo alcanzara —una tensión sutil en los músculos, un movimiento involuntario de las caderas que la hizo contener una risa. —Buenos días —susurró, la voz ronca por el sueño y por todas las cosas que habían hecho la noche anterior. Lucas gruñó, apretándola más contra sí, como si quisiera fundirla con su propio cuerpo. Los dedos de él se enredaron en los suyos, interrumpiendo el dibujo perezoso que trazaba en su piel. —¿Qué hora es? —preguntó, la voz gruesa, aún cargada de sueño. —No sé. —Clara se giró ligeramente, lo suficiente para ver el reloj en la mesita de noche—. Siete y media. —Mierda. —Se movió, pero no se apartó. En cambio, presionó el rostro contra su hombro, inhalando profundamente—. Debería irme. —¿Deberías? —Arqueó una ceja, los labios rozando su oreja—. ¿O quieres? Lucas no respondió de inmediato. En cambio, deslizó la mano por su costado, los dedos recorriendo la curva de su cintura, la elevación de su cadera, como si estuviera memorizando cada centímetro. Clara tembló, no de frío, sino de esa sensación extraña y deliciosa de ser tocada con tanta intimidad, como si él ya conociera su cuerpo mejor que ella misma. —No quiero —admitió, finalmente, la voz baja—. Pero tengo una reunión a las nueve. —Mmm. —Mordió su labio inferior, los dedos ahora jugando con el cabello de su nuca—. ¿Y si te digo que puedes llegar tarde? Lucas rio, un sonido grave que vibró contra su piel. —Eres mala. —No. —Clara se giró completamente, montándolo con un movimiento fluido, las piernas desnudas a cada lado de sus caderas—. Soy práctica. Si te vas, al menos dame un motivo para recordarte todo el día. Él la miró desde abajo, los ojos oscuros aún somnolientos, pero ya ardiendo con algo más peligroso. Sus manos subieron por sus muslos, apretándola con la fuerza suficiente para dejar marcas. —¿Y qué sugieres? Clara no respondió con palabras. En cambio, se inclinó hacia adelante, los labios rozando los suyos en un beso lento, deliberado. Su lengua trazó el contorno de su boca antes de sumergirse en su interior, explorándolo con una lentitud torturante. Lucas gimió, las manos deslizándose por su espalda, atrayéndola más cerca, como si quisiera devorarla entera. Cuando se apartó, sus labios estaban rojos, húmedos. —Café primero —murmuró, mordisqueando su mentón—. Después, me muestras cómo es despertar despacio. --- El café estaba fuerte, amargo, exactamente como le gustaba. Clara lo sirvió en dos tazas de cerámica descascarada, observando mientras Lucas se movía por el apartamento con una naturalidad que la sorprendió. Solo se había puesto los jeans, dejando el pecho desnudo, y ella no podía apartar los ojos de los músculos definidos de su espalda mientras revolvía la cafetera, como si ya conociera cada rincón de su cocina. —¿Siempre haces esto? —preguntó, apoyándose en la encimera. —¿El qué? —Invadir la casa de la gente y actuar como si fueras el dueño. Lucas sonrió, girándose para mirarla. —Solo cuando la dueña de la casa me invita a quedarme. Clara rio, llevándose la taza a los labios. El café le quemó la lengua, pero no le importó. Había algo deliciosamente prohibido en estar allí, semidesnuda, con él, mientras el mundo afuera comenzaba a despertar. —¿Y si te digo que puedes invadir mi espacio cuando quieras? Él no respondió. En cambio, dejó la taza sobre la encimera y acortó la distancia entre ellos en dos pasos largos. Sus manos encontraron su cintura, atrayéndola contra sí con fuerza. Clara suspiró cuando sintió su erección presionando su vientre, cálida incluso a través de la tela de sus pantalones. —Estás jugando con fuego —murmuró, los labios rozando el lóbulo de su oreja. —Tal vez me gusta quemarme. Lucas gimió, las manos deslizándose hacia abajo, agarrando la curva de sus nalgas. —Me vas a hacer perder la reunión. —Y tú me vas a hacer perder la cordura si no haces algo al respecto. Él no necesitó más incentivo. Con un movimiento rápido, Lucas la levantó, sentándola sobre la encimera de la cocina. Clara abrió las piernas instintivamente, atrayéndolo más cerca, los talones presionando la parte posterior de sus muslos. Sus manos estaban en todas partes —en su cabello, en sus senos, bajando por su vientre hasta encontrar el calor húmedo entre sus piernas. —Joder —susurró, los dedos deslizándose dentro de ella con una facilidad que la hizo arquear la espalda—. Estás empapada. Clara mordió su labio, los ojos cerrándose mientras la tocaba con una precisión que la volvía loca. —Es lo que pasa cuando me dejas así toda la noche. Lucas rio, bajo y perverso, antes de arrodillarse frente a ella. Clara se agarró al borde de la encimera con fuerza cuando sintió su lengua reemplazando los dedos, lenta, deliberada, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Gimió, las piernas temblando, pero él la sujetó firme, las manos apretando sus muslos mientras la devoraba. —Lucas… —jadeó, su nombre saliendo como una plegaria. Él no se detuvo. No hasta que ella se retorcía, los dedos enredados en su cabello, tirando de él con fuerza mientras el orgasmo la desgarraba por dentro. Clara gritó, el sonido ahogado contra la palma de su propia mano, el cuerpo entero temblando. Cuando él se levantó, los labios brillantes, ella lo atrajo hacia un beso, probándose en él. —Ahora puedes irte —murmuró, jadeante. Lucas rio, pero no se movió. En cambio, desabotonó sus pantalones, liberándose con un suspiro de alivio. —No tan rápido. Clara no protestó. En cambio, envolvió las piernas alrededor de su cintura, atrayéndolo hacia su interior con un movimiento único. Ambos gimieron, los cuerpos encajando como si hubieran sido hechos el uno para el otro. —Mierda —gruñó, las manos sujetando sus caderas mientras comenzaba a moverse—. Me vas a matar. —Entonces muere feliz —susurró, los labios encontrando los suyos. Y así fue como se despidieron —con Lucas tomándola allí mismo, sobre la encimera de la cocina, los cuerpos sudorosos, los gemidos ahogados contra la boca del otro, hasta que no hubo nada más que el placer, el calor, el momento presente. --- Más tarde, cuando finalmente se vistió, Clara lo observó desde el sofá, envuelta en una bata de seda que apenas cubría sus muslos. Lucas se acercó, inclinándose para besarla una última vez, los dedos rozando su mejilla. —Te llamo después —prometió. —Más te vale. Él sonrió, pero había algo en sus ojos —una vacilación, una pregunta no formulada—. Clara tomó su rostro entre las manos, besándolo con fuerza. —Vete —dijo, empujándolo suavemente—. Antes de que decida secuestrarte aquí para siempre. Lucas rio, pero obedeció. Cuando la puerta se cerró tras él, Clara se quedó quieta por un momento, escuchando el sonido de sus pasos bajando las escaleras. Luego, suspiró, pasando los dedos por sus labios aún hinchados. El desayuno podía esperar. Por ahora, solo había el silencio del apartamento, el aroma de él aún en el aire, y la certeza de que aquello —fuera lo que fuera— apenas estaba comenzando.

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