Entre Sábanas y Suspiros
Por Tonkix

**Entre Sábanas y Suspiros**
El café olía a canela y lluvia cuando Clara empujó la puerta de cristal, el timbre sobre la entrada tintineando como un aviso discreto. El viento aullaba afuera, arrastrando hojas mojadas contra los cristales, y el calor del ambiente la envolvió como un abrazo. Sacudió el abrigo empapado, dejando que las gotas resbalaran entre sus dedos antes de colgarlo en el perchero de hierro forjado, junto a un paraguas roto y un sombrero de fieltro olvidado.
La mesa en el rincón, cerca de la chimenea encendida, era su refugio habitual. Clara se deslizó hacia el asiento de terciopelo gastado, las manos temblorosas al abrir el cuaderno de tapa negra, donde las palabras solían fluir con más facilidad. Pero hoy, la pluma flotaba sobre el papel en blanco, pesada como el silencio que se había instalado entre ella y sus propias ideas. La tormenta afuera parecía haber robado no solo el sol, sino también la inspiración.
Fue entonces cuando la vio.
Lara estaba sentada en la barra, los codos apoyados en la madera pulida, los dedos largos y manchados de tinta girando una taza de té por el asa. El cabello, una cascada de rizos oscuros y rebeldes, caía sobre sus hombros como si tuviera vida propia, y los labios—Dios, aquellos labios—estaban ligeramente entreabiertos, como si saborearan el aire cargado de especias. Llevaba una blusa holgada de lino, los botones superiores desabrochados lo suficiente para revelar la curva suave de la clavícula, y una falda larga que se enredaba en sus piernas cruzadas.
Clara apartó la mirada demasiado rápido, sintiendo el calor subir por su cuello. No era de las que miraban fijamente a desconocidos, y mucho menos a mujeres como aquella—tan cómoda en su propia piel, tan *viva*. Pero algo en la postura de Lara, en la manera en que inclinaba la cabeza al observar las gotas resbalando por la ventana, la mantuvo allí, hipnotizada.
—¿Estás escribiendo o solo fingiendo? —La voz era ronca, ligeramente irónica, y Clara alzó los ojos para encontrarse con los de Lara, verdes como musgo después de la lluvia, brillando con una diversión maliciosa.
—Yo... —Clara cerró el cuaderno de golpe, las mejillas ardiendo—. Disculpa, no quería ser grosera.
Lara rio, un sonido bajo y cálido que se extendió por el café como miel derramada—. No fue grosera. Solo curiosa. Los escritores siempre parecen estar tramando algo, incluso cuando no lo están.
—¿Y tú? —Clara se arriesgó, sorprendida por su propia audacia—. ¿Qué hace una artista como tú en un día de tormenta?
—¿*Como yo*? —Lara arqueó una ceja, los dedos trazando el contorno de la taza—. ¿Me reconociste?
Clara dudó—. Vi una exposición tuya el mes pasado. *Fragmentos de Luz*, en la galería de la Plaza de las Artes.
Los ojos de Lara se iluminaron, como si Clara acabara de revelar un secreto—. Entonces te gusta el arte.
—Me gustan... —Clara buscó la palabra adecuada, sintiendo el peso de la mirada de Lara sobre ella—. Las cosas que tienen sentido. O que no lo tienen, pero que son hermosas de todos modos.
Lara se inclinó hacia adelante, los codos apoyados en la barra, el mentón descansando en sus manos entrelazadas—. ¿Y qué *haces* tú cuando las cosas no tienen sentido, Clara?
La manera en que pronunció su nombre—lenta, deliberada—hizo que algo se contrajera en el pecho de Clara—. Escribo. O lo intento.
—Intentar ya es un comienzo. —Lara sonrió, y había algo peligroso en esa sonrisa, como si supiera exactamente el efecto que causaba—. Sabes, siempre pensé que los escritores y los artistas deberían entenderse. Al fin y al cabo, ambos pasan la vida tratando de capturar lo que no puede ser capturado.
Clara sintió que el aire entre ellas se cargaba, denso como la humedad antes de una tormenta—. ¿Y tú crees que lo logras?
—A veces. —Lara extendió la mano, los dedos rozando levemente el dorso de la mano de Clara sobre la barra. Fue un toque rápido, casi imperceptible, pero suficiente para hacer que Clara contuviera la respiración—. Otras veces, solo consigo desordenarlo todo.
El café pareció volverse más cálido. Clara miró hacia abajo, hacia donde habían estado los dedos de Lara, y luego de nuevo hacia ella—. ¿Y qué estás tratando de capturar ahora?
Lara no respondió de inmediato. En cambio, tomó la taza y bebió un sorbo lento, los ojos nunca apartándose de los de Clara—. Algo que aún no tiene nombre.
El timbre de la puerta volvió a sonar, y una pareja entró riendo, sacudiendo el agua de sus abrigos. El momento se rompió, pero la tensión permaneció, enroscada entre ellas como un hilo invisible.
—Debería volver a mi mesa —murmuró Clara, pero no se movió.
—O podrías quedarte aquí. —Lara señaló el banco a su lado con un gesto perezoso—. La tormenta no va a pasar pronto.
Clara miró hacia la ventana, donde la lluvia golpeaba el cristal en olas furiosas. Después, hacia Lara—sus labios entreabiertos, la curva del cuello, la manera en que la luz de la chimenea danzaba sobre su piel.
—Solo un rato —dijo, al fin.
Y cuando se sentó junto a Lara, lo suficientemente cerca como para sentir el calor de su cuerpo, Clara supo que aquel «solo un rato» ya era una mentira.
El banco de madera crujió levemente cuando Clara se acomodó junto a Lara, tan cerca que la tela de su vestido rozaba los vaqueros de la artista. El calor del cuerpo de Lara era una presencia casi tangible, como si irradiara a través del mínimo espacio entre ellas, calentando la piel de Clara incluso antes de cualquier contacto. El café olía a canela y granos tostados, pero bajo el aroma dulce, Clara juraría que percibía algo más—el perfume de Lara, algo cítrico y terroso, como bergamota mezclada con acuarela. Era embriagador.
—¿Siempre te quedas aquí durante las tormentas? —preguntó Lara, la voz baja, casi un susurro que se perdía en el ruido de la lluvia contra el techo.
Clara dudó. Era una pregunta sencilla, pero la manera en que Lara la miraba—como si ya supiera la respuesta, como si solo estuviera jugando con ella—le hizo contraer el estómago.
—A veces. —Enrolló los dedos alrededor de la taza, sintiendo el calor quemarle las palmas—. Es un buen lugar para observar a la gente.
Lara rio, un sonido suave y ronco, e inclinó la cabeza, los cabellos oscuros cayendo sobre un hombro.
—¿Y qué observas en mí?
Clara sintió que el rostro le ardía. No era una pregunta inocente. Lara sabía exactamente lo que estaba haciendo, y lo peor—o lo mejor—era que Clara no estaba segura de querer resistirse.
—No pareces del tipo que le gusta ser observada —dijo, desviando los ojos hacia la ventana. La lluvia resbalaba por el cristal en líneas tortuosas, distorsionando la luz de los faroles afuera—. Pareces del tipo que prefiere actuar.
La sonrisa de Lara se ensanchó, lenta y deliberada.
—¿Y si me gusta que me observes *tú*?
Clara tragó saliva. Las palabras flotaban entre ellas, cargadas de un significado que iba mucho más allá del café, de la tormenta, del mundo exterior. Sintió el peso de la mirada de Lara, como si cada centímetro de su piel estuviera siendo mapeado, memorizado. Cuando finalmente se atrevió a mirar de vuelta, encontró aquellos ojos oscuros fijos en ella, profundos como tinta, como una invitación.
—Eres peligrosa —murmuró Clara, sin saber si hablaba con Lara o consigo misma.
—No —respondió Lara, acercándose un poco más, la rodilla rozando la de Clara—. Solo honesta.
El contacto fue leve, casi accidental, pero Clara sintió como si una corriente eléctrica hubiera recorrido su cuerpo. Contuvo la respiración, esperando a ver si Lara se apartaba, si era solo una prueba. Pero Lara no se movió. En cambio, sus dedos—largos, manchados de tinta en las puntas—deslizaron por el borde de la taza de Clara, trazando círculos lentos e hipnóticos.
—¿Sobre qué escribes? —preguntó Lara, la voz ahora más ronca, como si el simple acto de hablar requiriera un esfuerzo.
—Historias —respondió Clara, la voz quebrándose—. Sobre personas. Sobre... conexiones.
—Conexiones. —Lara repitió la palabra como si la saboreara—. Me gusta eso. ¿Y ya has escrito sobre alguien como yo?
Clara rio, nerviosa.
—No. Nunca conocí a nadie como tú.
—Todavía.
El silencio que siguió fue cargado, denso. Clara podía escuchar su propio corazón latir, o tal vez era el de Lara, tan cerca que los ritmos parecían fundirse. La lluvia afuera se había intensificado, golpeando las ventanas como si quisiera entrar, como si quisiera ser testigo de lo que estaba sucediendo allí dentro.
—Estás temblando —observó Lara, los dedos finalmente dejando la taza para rozar levemente la muñeca de Clara—. ¿Tienes frío?
Clara negó con la cabeza, pero no pudo responder. El contacto de Lara era ligero, casi imperceptible, pero quemaba. Quería más. Quería que aquellos dedos subieran por su brazo, por su cuello, que la acercaran hasta que no hubiera más espacio entre ellas. Pero al mismo tiempo, una parte de ella—aquella parte racional que siempre la mantenía a salvo—gritaba que se apartara.
—No —logró decir, al fin—. No tengo frío.
Lara sonrió, satisfecha, y sus dedos se movieron de nuevo, trazando ahora una línea lenta por el antebrazo de Clara, subiendo hasta el codo, luego bajando. Era una tortura deliciosa, un juego de provocación que dejaba a Clara sin aliento.
—Eres escritora —murmuró Lara—. Entonces cuéntame una historia.
—¿Ahora?
—Ahora.
Clara dudó. No era una historia lo que Lara quería. Era otra cosa. Una prueba. Una invitación.
—Érase una vez —comenzó, la voz baja, ronca— una mujer que siempre tuvo miedo de las tormentas. Pensaba que el trueno era la voz de algo más grande, algo que la juzgaba. Así que se escondía, escribía, fingía que el mundo de afuera no existía.
Lara inclinó la cabeza, los ojos fijos en los de Clara.
—¿Y qué le pasó?
—Un día —continuó Clara, sintiendo el calor subir por su cuello—, encontró a alguien que no le tenía miedo a nada. Alguien que veía la tormenta no como un castigo, sino como un espectáculo. Y esa persona... —Se detuvo, tragando saliva—. Esa persona le enseñó a bailar bajo la lluvia.
Lara no rio. No sonrió. Solo la observó, los labios entreabiertos, como si absorbiera cada palabra, cada respiración.
—¿Y bailaron? —preguntó, al fin.
Clara asintió, incapaz de apartar la mirada.
—Bailaron.
El aire entre ellas parecía vibrar. Lara se acercó aún más, tan cerca que Clara podía sentir su aliento cálido contra su mejilla.
—Quiero besarte —susurró Lara, las palabras casi perdidas en el ruido de la lluvia—. Pero no aquí.
Clara sintió que todo su cuerpo reaccionaba, una ola de calor que la dejó mareada. Quería decir que sí. Quería levantarse, salir por la puerta, dejar que Lara la llevara a cualquier lugar—el taller, un callejón oscuro, el fin del mundo. Pero las palabras no salían.
—Yo... —comenzó, pero Lara colocó un dedo sobre sus labios, silenciándola.
—No tienes que responder ahora —murmuró Lara—. Pero piénsalo. Mientras llueve. Mientras me miras y te preguntas cómo sería.
El timbre de la puerta volvió a sonar, y una pareja entró riendo, sacudiendo el agua de sus abrigos. El momento se rompió, pero la tensión permaneció, enroscada entre ellas como un hilo invisible.
—Debería volver a mi mesa —murmuró Clara, pero no se movió.
—O podrías quedarte aquí. —Lara señaló el banco a su lado con un gesto perezoso—. La tormenta no va a pasar pronto.
Clara miró hacia la ventana, donde la lluvia golpeaba el cristal en olas furiosas. Después, hacia Lara—sus labios entreabiertos, la curva del cuello, la manera en que la luz de la chimenea danzaba sobre su piel.
—Solo un rato —dijo, al fin.
Y cuando se sentó junto a Lara, lo suficientemente cerca como para sentir el calor de su cuerpo, Clara supo que aquel «solo un rato» ya era una mentira.
La tarjeta de Lara quemaba entre los dedos de Clara como una brasa olvidada. La había visto y revuelto sobre la mesa del café durante horas después de que la artista se marchara, trazando las letras irregulares del nombre con la punta del índice, como si pudiera descifrar, con el simple tacto, lo que se escondía tras aquella caligrafía apresurada. *Lara Vianna*. El nombre sonaba como una invitación, una promesa susurrada al oído. Y ahora, tres días después, allí estaba ella, parada frente a una puerta de madera descascarada en un viejo caserón del barrio de Santa Teresa, el corazón latiendo tan fuerte que temía que el eco llegara antes que ella.
El taller estaba en el último piso, y el olor a óleo y disolvente la envolvió en cuanto subió los escalones crujientes. Clara dudó antes de llamar, los nudillos flotando en el aire. ¿Qué hacía allí? No era de las que seguían impulsos—su vida estaba hecha de rutinas, de palabras cuidadosamente elegidas, de riesgos calculados en páginas de cuadernos. Pero Lara no era una ecuación por resolver. Lara era un incendio, y Clara, por primera vez en años, sentía el deseo de dejarse quemar.
La puerta se abrió antes de que pudiera llamar.
—Viniste.
Lara estaba allí, descalza, vistiendo una camisa masculina demasiado grande—probablemente de algún amante antiguo, pensó Clara, con una punzada de celos que la sorprendió—y unos pantalones de lino atados a la cintura con un nudo flojo. Los cabellos oscuros, normalmente recogidos en un moño desordenado, caían sueltos sobre sus hombros, aún húmedos, como si acabara de salir de la ducha. El olor a jabón floral se mezclaba con el aroma de la pintura, y Clara sintió que se le secaba la garganta.
—Dije que vendría —respondió Clara, intentando sonar casual, pero la voz le salió más ronca de lo que pretendía.
Lara sonrió, una de esas sonrisas lentas y peligrosas que Clara ya había aprendido a reconocer, y dio un paso al lado, invitándola a entrar.
El taller era más grande de lo que Clara había imaginado. Las paredes, pintadas de un blanco sucio, estaban cubiertas de lienzos en diferentes etapas de terminación—algunos apenas esbozados en carboncillo, otros vibrantes, con pinceladas gruesas que parecían querer saltar de la superficie. En el centro del espacio, un caballete sostenía un lienzo casi terminado: una mujer de espaldas, desnuda, los cabellos cayendo en ondas sobre la piel iluminada por una luz dorada. Clara reconoció los rasgos—era ella. O mejor dicho, una versión de ella que solo existía en los ojos de Lara.
—Me pintaste —murmuró, acercándose.
—Desde el primer día que te vi en el café —admitió Lara, cerrando la puerta tras de sí—. Estabas escribiendo, con esa arruga entre las cejas, como si las palabras fueran una batalla. Quise capturar eso.
Clara tocó el borde del lienzo, los dedos rozando levemente la pintura aún fresca.
—¿Y ahora? ¿Qué ves?
Lara no respondió de inmediato. En cambio, rodeó a Clara lentamente, como si ella fuera una de sus obras, algo que debía estudiarse desde todos los ángulos. Se detuvo detrás de ella, tan cerca que Clara sintió el calor de su cuerpo atravesar la fina capa de tela de su vestido.
—Veo a alguien que tiene miedo de desear —susurró Lara, la voz baja, casi un soplo contra la nuca de Clara—. A alguien que se esconde tras las palabras porque es más fácil que sentir.
Clara cerró los ojos. Las palabras la golpearon como un puñetazo, porque eran ciertas. Siempre había sido así—observadora, contenida, como si el mundo fuera un lugar demasiado peligroso para entregarse por completo. Pero allí, en aquel taller lleno de colores y promesas, con el olor a pintura y el calor de Lara a su espalda, algo dentro de ella se rebelaba.
—¿Y tú? —preguntó, girándose lentamente—. ¿Qué quieres?
Lara sonrió, pero había algo distinto en esa sonrisa. Menos provocación, más vulnerabilidad.
—Hoy, solo quiero que te quedes.
Fue así de simple. Clara no sabía si era la manera en que Lara la miraba—como si ella fuera lo único que importaba en el mundo—o si era el peso de los últimos días, de esa curiosidad que crecía dentro de ella como una planta hambrienta. Pero cuando Lara le tendió la mano, Clara la tomó. Los dedos se entrelazaron, y fue como si un hilo invisible las atrajera la una hacia la otra.
Lara la guió hasta un sofá gastado en un rincón del taller, cubierto por una sábana manchada de pintura. Se sentaron una junto a la otra, las rodillas tocándose, y por un momento, ninguna de las dos habló. El silencio entre ellas no era incómodo, sino cargado, como el aire antes de una tormenta.
—¿Tienes miedo? —preguntó Lara, rompiendo el hechizo.
Clara dudó.
—No sé. Tal vez.
—¿De qué?
—De no ser suficiente. De perderme.
Lara inclinó la cabeza, los ojos oscuros fijos en los de ella.
—¿Y si te digo que no tienes que tener miedo? ¿Que no voy a dejar que te pierdas?
Clara sintió que algo se soltaba en su pecho, como si una cuerda que la ataba desde hacía años hubiera sido cortada. Antes de que pudiera responder, Lara se acercó, los labios flotando a centímetros de los suyos.
—¿Puedo? —murmuró.
Clara no dijo nada. En cambio, cerró la distancia entre ellas.
El primer beso fue suave, casi vacilante, como si ambas estuvieran probando el terreno. Lara sabía a café y a algo dulce—miel, quizá, o el azúcar de las frutas que Clara había visto en un bol sobre la mesa. Sus labios eran suaves, cálidos, y cuando Clara los abrió ligeramente, Lara profundizó el beso con un gemido bajo, las manos subiendo para sujetar su rostro como si temiera que huyera.
Pero Clara no tenía intención de ir a ningún lado.
Las manos de Lara se deslizaron hacia sus hombros, atrayéndola más cerca, y Clara sintió que todo su cuerpo reaccionaba—los pezones endureciéndose bajo el vestido, un calor húmedo acumulándose entre sus piernas. Lara lo notó, por supuesto que lo notó, y sonrió contra su boca antes de morderle levemente el labio inferior, arrancándole un suspiro a Clara.
—Eres tan sensible —murmuró Lara, apartándose solo lo suficiente para hablar—. Me encanta.
Clara no tuvo tiempo de responder. Lara la empujó suavemente contra el sofá, acostándola sobre la sábana áspera, y se colocó entre sus piernas. El peso del cuerpo de Lara sobre el suyo era delicioso, y Clara arqueó la espalda instintivamente, buscando más contacto. Lara rio, un sonido bajo y ronco, y bajó los labios por el cuello de Clara, dejando un rastro de besos húmedos hasta la clavícula.
—¿Tienes idea de lo que me haces? —susurró Lara, las manos deslizándose por los muslos de Clara, levantando el vestido lentamente—. ¿De cuánto he querido tocarte desde aquel primer día?
Clara gimió cuando los dedos de Lara encontraron la piel desnuda por encima de las medias, trazando círculos perezosos en la parte interna de sus muslos.
—Muestra —pidió, la voz temblorosa.
Lara no necesitó más incentivo. Con un movimiento rápido, subió el vestido de Clara, exponiendo su cuerpo—el sujetador de encaje blanco, las bragas a juego, las piernas aún cubiertas por las medias negras que terminaban en encajes delicados. Lara la miró como si estuviera ante una obra de arte, los ojos brillando de deseo.
—Hermosa —murmuró, antes de inclinarse y besar la parte interna del muslo de Clara, muy cerca de la ingle—. Tan hermosa.
Clara arqueó las caderas, impaciente, pero Lara la sujetó por las caderas, manteniéndola en su lugar.
—Paciencia —susurró, antes de apartar las bragas de Clara y pasar la lengua lentamente sobre su sexo.
El gemido que escapó de Clara fue fuerte, casi un grito, y agarró los cabellos de Lara, tirando de ellos levemente. Lara rio contra su piel, el aliento cálido provocando escalofríos, y luego hundió la lengua más profundo, explorando cada pliegue con una precisión que hizo ver estrellas a Clara.
—Por favor —suplicó Clara, las piernas temblando—. No pares.
Lara no paró. Usó los dedos para abrirla aún más, lamiendo y succionando con una voracidad que dejaba claro que no buscaba solo placer—era posesión. Y Clara se entregó, dejando que Lara la llevara al borde del abismo, las caderas moviéndose al ritmo de la boca de la artista, hasta que el orgasmo la golpeó como una ola, dejándola sin aliento, los músculos contrayéndose en espasmos deliciosos.
Cuando volvió en sí, Lara estaba acostada a su lado, los labios brillantes, una sonrisa satisfecha en el rostro.
—Ahora —dijo Lara, pasando el pulgar sobre el labio inferior de Clara—, es mi turno.
Clara no tuvo tiempo de procesar las palabras. Lara la atrajo hacia arriba, invirtiendo sus posiciones, y en segundos, Clara estaba de rodillas entre las piernas de la artista, mirándola con una mezcla de deseo y nerviosismo. Lara se quitó la camisa, revelando los pechos pequeños y firmes, los pezones ya duros, y luego desató los pantalones, dejándolos caer al suelo.
—Tócame —pidió Lara, la voz ronca—. Como quieras.
Clara dudó solo un segundo antes de inclinarse y besar a Lara de nuevo, esta vez con más confianza. Las manos exploraron el cuerpo de la artista—los pechos, el vientre, los muslos—mientras Lara gemía y se retorcía bajo su tacto. Cuando Clara finalmente deslizó los dedos entre las piernas de Lara, la encontró ya mojada, lista.
—Eres increíble —susurró Lara, los ojos cerrados, la cabeza echada hacia atrás mientras Clara la penetraba con dos dedos, lentamente, observando cada reacción.
Lara llegó al clímax con un grito ahogado, el cuerpo arqueándose, las uñas clavándose en los brazos de Clara. Cuando se derrumbó de nuevo sobre el sofá, jadeante, atrajo a Clara hacia sí, besándola con una urgencia que dejaba claro que aquello era solo el comienzo.
—Quédate —murmuró Lara contra sus labios—. Hoy. Toda la noche.
Clara sabía que debería decir que no. Sabía que debería irse, que aquello era peligroso, que se estaba involucrando en algo que podría destruirla. Pero cuando Lara la besó de nuevo, con una ternura que contrastaba con la pasión de minutos antes, Clara supo que ya era demasiado tarde.
—Me quedo —respondió, y la sonrisa que Lara le dedicó fue como el sol rompiendo las nubes tras una tormenta.
La noche se extendía como una invitación, pesada y dulce, el aire entre ellas cargado de algo que ya no podía ignorarse. Clara había aceptado quedarse, y ahora estaban allí, en el apartamento de Lara, donde las paredes parecían respirar con la misma intensidad que sus cuerpos. El sofá, testigo silencioso de lo que había ocurrido antes, ahora era solo un detalle—el verdadero escenario era la cama, las sábanas revueltas, el olor a sexo y sudor ya impregnando el ambiente.
Lara encendió una vela sobre la mesita de noche, y la luz temblorosa danzó sobre su piel, destacando las curvas de los pechos, la línea suave de la cintura, el brillo húmedo entre sus muslos. Clara la observaba, fascinada, como si nunca hubiera visto a una mujer antes—como si *aquella* mujer fuera la primera. Lara sonrió, lenta, sabiendo exactamente el efecto que causaba.
—Estás pensando demasiado —murmuró, acercándose. Sus dedos rozaron el brazo de Clara, ligeros como una brisa, pero suficientes para hacer que su piel se erizara—. Ven aquí.
Clara obedeció, o tal vez no—quizá era solo el deseo hablando por ella. Cuando sus cuerpos se encontraron de nuevo, no hubo espacio para la vacilación. Lara la atrajo hacia sí, las manos deslizándose por la espalda de Clara hasta encontrar el cierre del sujetador, desabrochándolo con una facilidad que delataba práctica. La tela cayó, y Clara sintió el aire fresco de la noche contra los pezones ya endurecidos.
—Joder —susurró Lara, los ojos oscuros fijos en los pechos de Clara—. Eres preciosa.
No era un cumplido vacío. Había algo reverencial en la forma en que Lara la tocó, como si cada centímetro de Clara fuera una obra de arte que necesitaba memorizar. Sus dedos trazaron círculos alrededor de los pezones, apretándolos levemente, probando las reacciones. Clara gimió, bajo, y Lara sonrió, satisfecha.
—¿Te gusta? —preguntó, la voz ronca.
Clara asintió, pero Lara negó con la cabeza.
—Dilo.
—Me gusta —admitió Clara, las palabras saliendo en un hilo de voz—. Mucho.
Lara no necesitó más incentivo. Se inclinó y tomó un pezón en la boca, succionándolo con fuerza, la lengua caliente y húmeda explorando cada sensación. Clara arqueó la espalda, las uñas clavándose en los hombros de Lara, el placer tan intenso que rozaba el dolor. Cuando Lara pasó al otro pecho, Clara ya estaba jadeante, el cuerpo entero temblando.
—Eres tan sensible —murmuró Lara, los labios aún rozando la piel de Clara—. Me encanta.
Clara no respondió. No podía. Las palabras se habían disuelto en algún lugar entre el deseo y la realidad, reemplazadas por sonidos guturales, por suspiros entrecortados. Lara la empujó suavemente contra la cama, acostándola sobre las sábanas ásperas, y luego se colocó entre sus piernas. Clara sintió el peso del cuerpo de Lara sobre el suyo, la presión deliciosa de las caderas contra las suyas, y gimió fuerte cuando Lara comenzó a moverse, lenta, deliberada, frotándose contra ella.
—Eso —susurró Lara, los labios rozando la oreja de Clara—. Déjame mostrarte lo bueno que es.
Clara no tenía elección. Ya estaba perdida.
Las manos de Lara bajaron, ágiles, desabrochando los pantalones de Clara y bajándolos junto con las bragas. El aire frío tocó su piel desnuda, pero pronto fue reemplazado por el calor del cuerpo de Lara, que se arrodilló entre sus piernas, los ojos fijos en lo que había revelado.
—Tan mojada —murmuró Lara, pasando un dedo por la humedad de Clara—. Me vuelves loca.
Clara no pudo responder. Estaba demasiado ocupada tratando de no deshacerse allí mismo. Lara no esperó permiso—no lo necesitaba. Se inclinó y reemplazó el dedo por la boca, la lengua caliente y húmeda explorando cada pliegue, cada punto sensible. Clara gritó, las manos agarrando las sábanas con fuerza, el cuerpo entero tensándose.
—Lara... por favor...
—¿Por favor qué? —preguntó Lara, levantando la cabeza solo lo suficiente para mirarla, los labios brillantes—. Dime lo que quieres.
Clara dudó. Nunca había sido tan explícita antes, nunca había necesitado poner en palabras lo que deseaba. Pero algo en Lara la hacía querer entregarse por completo.
—Quiero... quiero que me hagas correrme.
Lara sonrió, satisfecha.
—Buena chica.
Y luego volvió al trabajo, la lengua ahora más insistente, los dedos uniéndose al juego, entrando en Clara con una lentitud torturante. Clara se retorció, el placer creciendo en oleadas, cada vez más intenso, hasta que no pudo contenerse más. Gritó el nombre de Lara mientras llegaba al clímax, el cuerpo entero temblando, los músculos internos apretando los dedos que aún la penetraban.
Lara no se detuvo. Siguió moviendo los dedos, prolongando el orgasmo de Clara hasta que estuvo completamente exhausta, los gemidos convirtiéndose en susurros incoherentes. Solo entonces Lara se incorporó, los labios húmedos, los ojos brillando de satisfacción.
—Ahora —dijo Lara, pasando el pulgar sobre el labio inferior de Clara—, es mi turno.
Clara no tuvo tiempo de procesar las palabras. Lara la atrajo hacia arriba, invirtiendo sus posiciones, y en segundos, Clara estaba de rodillas entre las piernas de la artista, mirándola con una mezcla de deseo y nerviosismo. Lara se quitó la camisa, revelando los pechos pequeños y firmes, los pezones ya duros, y luego desató los pantalones, dejándolos caer al suelo.
—Tócame —pidió Lara, la voz ronca—. Como quieras.
Clara dudó solo un segundo antes de inclinarse y besar a Lara de nuevo, esta vez con más confianza. Las manos exploraron el cuerpo de la artista—los pechos, el vientre, los muslos—mientras Lara gemía y se retorcía bajo su tacto. Cuando Clara finalmente deslizó los dedos entre las piernas de Lara, la encontró ya mojada, lista.
—Eres increíble —susurró Lara, los ojos cerrados, la cabeza echada hacia atrás mientras Clara la penetraba con dos dedos, lentamente, observando cada reacción.
Lara llegó al clímax con un grito ahogado, el cuerpo arqueándose, las uñas clavándose en los brazos de Clara. Cuando se derrumbó de nuevo sobre la cama, jadeante, atrajo a Clara hacia sí, besándola con una urgencia que dejaba claro que aquello era solo el comienzo.
—Quédate —murmuró Lara contra sus labios—. Hoy. Toda la noche.
Clara sabía que debería decir que no. Sabía que debería irse, que aquello era peligroso, que se estaba involucrando en algo que podría destruirla. Pero cuando Lara la besó de nuevo, con una ternura que contrastaba con la pasión de minutos antes, Clara supo que ya era demasiado tarde.
—Me quedo —respondió, y la sonrisa que Lara le dedicó fue como el sol rompiendo las nubes tras una tormenta.
La habitación estaba envuelta en una penumbra dorada, cortada solo por la luz ámbar de una lámpara que Lara había insistido en dejar encendida. El aire olía a sexo y a algo más—el perfume dulce de jazmín que Clara ahora asociaba con la piel de Lara, mezclado con el olor terroso de los pinceles y las pinturas secas que se filtraban por los rincones del taller. Las cortinas, entreabiertas, dejaban ver el cielo nocturno, aún cargado de nubes pesadas, como si la tormenta de horas antes solo se hubiera retirado, al acecho.
Clara estaba acostada de lado, las sábanas arrugadas a la altura de las caderas, el cuerpo aún hormigueando en los lugares donde Lara la había tocado. La artista, por su parte, estaba sentada en el borde de la cama, la espalda desnuda ligeramente curvada, los dedos jugando con el elástico de las bragas que acababa de ponerse. Había algo en la manera en que evitaba mirar a Clara que hizo que el estómago de la escritora se contrajera.
—Estás callada —murmuró Clara, extendiendo la mano para acariciar la curva de la columna de Lara. La piel allí era suave, pero tensa, como si cada vértebra estuviera a punto de romperse bajo el peso de algo no dicho.
Lara cerró los ojos por un instante, dejando escapar un suspiro que parecía haber estado guardado por años.
—No quería arruinar esto —dijo, finalmente, girándose para mirarla. Había una vulnerabilidad en su rostro que Clara nunca había visto antes, ni siquiera en los momentos en que Lara se entregaba por completo—. Pero creo que no tengo elección.
—¿Qué pasa?
Lara se mordió el labio inferior, un gesto que, en cualquier otra circunstancia, habría hecho que Clara se inclinara para besarla. Ahora, sin embargo, la distancia entre ellas parecía un abismo.
—Ya estuve enamorada antes —comenzó, la voz baja, casi un susurro—. No así, no como es contigo. Pero lo suficiente para saber cómo termina.
Clara sintió que el aire le faltaba. No era celos, no exactamente. Era el peso de esas palabras, la forma en que se enroscaban en su pecho como dedos helados.
—Lara...
—Escúchame —pidió Lara, tomando sus manos entre las suyas. Los dedos estaban fríos—. Se llamaba Sofía. Era bailarina. Nos conocimos en un festival en Buenos Aires, hace tres años. Ella tenía esa luz... como si llevara el sol dentro. Y yo caí. Caí tan hondo que no podía ver el suelo.
Clara tragó saliva. Podía imaginarlo. Podía ver a Lara, más joven, los cabellos más largos, los ojos brillando con la misma intensidad con que la miraban ahora.
—¿Qué pasó?
Lara soltó una risa amarga, pasando la mano por los cabellos.
—Me amó. Pero amó más la idea de una vida que yo no podía darle. Yo era solo una artista sin dinero, sin planes, sin nada más que lienzos y sueños. Y ella quería seguridad. Quería un futuro que yo no podía prometer.
—¿Entonces te dejó?
—No de una vez. Intentó cambiarme. Dijo que necesitaba madurar, que necesitaba un trabajo de verdad, un apartamento, un coche. Cosas que yo nunca quise. —Lara cerró los ojos, como si reviviera cada palabra—. Al final, encontró a alguien que podía darle todo eso. Un abogado. Un hombre.
Clara sintió que la bilis le subía por la garganta. No por la traición en sí, sino por la forma en que Lara hablaba, como si aún llevara el peso de esa elección.
—¿Y crees que yo soy como ella?
—¡No! —Lara apretó sus manos con fuerza—. Tú eres diferente. Tú me ves. Me dejas ser quien soy. Pero... —Hesitó, los ojos brillando con algo que Clara no pudo descifrar—. Me prometí a mí misma que nunca más me pondría en esa posición. Que nunca más dejaría que alguien tuviera ese poder sobre mí.
El silencio que siguió fue pesado, cargado de todo lo que no se decía. Clara podía escuchar su propio corazón, un tambor sordo en sus oídos.
—¿Y qué significa eso? —preguntó, finalmente, la voz temblorosa—. ¿Que te vas a ir?
Lara no respondió de inmediato. En cambio, se levantó y caminó hasta la ventana, la espalda desnuda vuelta hacia Clara. La luz de la lámpara dibujaba sombras largas sobre su piel, como si hasta la habitación supiera que algo se estaba rompiendo.
—No lo sé —admitió—. Solo sé que duele. Duele pensar que, un día, puedes despertar y darte cuenta de que quieres más de lo que yo puedo darte.
Clara sintió que algo se rompía dentro de ella. No era rabia, ni tristeza. Era algo más profundo, más visceral. Era el miedo a perder lo que apenas había comenzado.
—Lara —dijo, levantándose despacio, las sábanas cayendo a su alrededor—. Mírame.
La artista se giró, los ojos rojos, las manos cerradas en puños a los lados del cuerpo.
—No soy ella —continuó Clara, dando un paso hacia adelante—. No quiero cambiarte. No quiero que seas nada más que lo que ya eres.
—Pero ¿y si un día quieres? —susurró Lara—. ¿Y si un día despiertas y te das cuenta de que necesitas más?
Clara cerró la distancia entre ellas, tomando el rostro de Lara entre sus manos. Su piel estaba caliente, húmeda de lágrimas que aún no habían caído.
—Entonces te lo diré —murmuró—. Y lo resolveremos juntas. Porque no quiero una vida sin ti. No quiero despertarme un día y darme cuenta de que dejé escapar la única cosa que ha tenido sentido en años.
Lara cerró los ojos, una lágrima resbalando por su rostro.
—También te amo —susurró, la voz quebrada—. Pero no sé cómo hacer que esto funcione.
Clara sonrió, secando la lágrima salada con los pulgares.
—Nadie lo sabe. Solo... lo intentamos.
Y entonces se besaron de nuevo, más despacio esta vez, más dulce. El café se enfrió en la encimera, olvidado. El mundo exterior podía esperar.
Porque allí, entre sábanas revueltas y suspiros entrecortados, habían encontrado algo raro—algo por lo que valía la pena luchar.
El amanecer llegó despacio, como si el propio tiempo dudara en interrumpir lo que había nacido entre ellas. La luz se filtraba por las cortinas de lino crudo del taller de Lara, pintando franjas doradas sobre las sábanas arrugadas, sobre la piel aún cálida de Clara, sobre las marcas que las uñas y los dientes habían dejado como pruebas de una noche que no quería terminar. El aire olía a café recién hecho, a pintura seca y a algo más profundo, más íntimo—el aroma del sudor mezclado con el perfume de jazmín que Lara usaba, ahora impregnado en las almohadas.
Clara despertó primero, pero no se movió. Se quedó allí, acostada de lado, observando a Lara dormir. Los labios entreabiertos, la respiración lenta, las cejas ligeramente fruncidas, como si incluso en el sueño resistiera algo. Había una vulnerabilidad en ella ahora que Clara nunca había visto antes, una suavidad que contrastaba con la mujer segura y provocadora que la había seducido en el café días atrás. Era como si, al entregarse, Lara hubiera dejado caer una máscara que ni siquiera ella sabía que llevaba.
El sol subió un poco más, y un rayo de luz cayó directamente sobre el rostro de Lara, haciéndola parpadear. Se estiró, los músculos alargándose bajo la piel, y entonces sus ojos se abrieron—lentos, somnolientos, pero pronto iluminándose al encontrar los de Clara.
—Buenos días —murmuró Lara, la voz ronca por el sueño y por todo lo que habían hecho la noche anterior.
Clara sonrió, extendiendo la mano para apartar un mechón de cabello que caía sobre los ojos de Lara.
—Buenos días.
Lara se acercó, rozando los labios de Clara con un beso ligero, casi tímido, como si aún no creyera que podía hacer eso. Pero entonces el calor entre ellas despertó de nuevo, y el beso se profundizó, lento, húmedo, lleno de promesas no dichas. Cuando se separaron, Lara apoyó la frente en la de Clara, los dedos trazando círculos perezosos en la curva de su cadera.
—No quiero que esto termine —confesó, la voz baja, casi un susurro.
Clara sintió que el corazón se le encogía. Sabía lo que Lara quería decir. No era solo por la mañana, o la noche, o el sexo. Era el miedo a que, al levantarse de esa cama, el mundo exterior las obligara a volver a ser quienes eran antes—dos mujeres que apenas se conocían, dos vidas que no deberían haberse cruzado.
—No terminará —respondió Clara, pero las palabras sonaron frágiles incluso para ella.
Lara suspiró, rodando sobre su espalda y mirando al techo. El movimiento hizo que la sábana se deslizara, revelando los pechos, las marcas rojas que Clara había dejado en su piel. Lara no intentó cubrirse. En cambio, pasó la mano por su propio cuerpo, como si memorizara cada sensación.
—No sabes lo que dices.
—Entonces dime.
Un silencio. El viento afuera sacudía los árboles, y el sonido de las hojas susurrando se mezclaba con el ritmo de sus respiraciones. Lara cerró los ojos por un momento, como si reuniera valor.
—Ya he estado aquí antes —dijo, al fin—. Con otras personas. Con otras mujeres. Y siempre... siempre termina igual. Ellas no entienden. Quieren que sea alguien que no soy.
Clara se apoyó en el codo, mirándola.
—¿Y quién eres?
Lara rio, pero no había humor en la risa.
—Alguien que no se queda. Alguien que rompe cosas. Alguien que... —Hesitó, los dedos apretando la sábana—. Alguien que no sabe amar sin lastimar.
Clara no apartó la mirada. En cambio, extendió la mano y tomó el rostro de Lara entre las suyas, obligándola a mirarla.
—Estás aquí ahora. Eso ya es algo.
Lara contuvo la respiración. Había algo en el tacto de Clara, en la firmeza de esa mano, que la hacía querer creer. Pero el miedo era una sombra antigua, demasiado arraigada para ser disipada con palabras bonitas.
—¿Y si no puedo quedarme? —preguntó, la voz casi quebrándose.
Clara no respondió de inmediato. En cambio, se inclinó y besó a Lara de nuevo, esta vez con una lentitud deliberada, como si quisiera grabar el sabor de ella en la memoria. Cuando se apartó, sus labios aún rozaban los de Lara al hablar:
—Entonces te esperaré.
Lara sintió que algo se soltaba dentro de ella, algo que ni siquiera sabía que estaba atado. Los ojos le ardieron, y parpadeó rápido, intentando contener las lágrimas. Pero entonces Clara estaba allí, atrayéndola hacia sí, envolviéndola en un abrazo que olía a café, a piel, a futuro.
—No quiero lastimarte —murmuró Lara contra su hombro.
—Entonces no lo hagas —respondió Clara, las manos deslizándose por la espalda de Lara, sintiendo cada músculo, cada cicatriz, cada parte de ella que ahora pertenecía a Clara tanto como Clara le pertenecía a ella—. Quédate.
Lara dudó por un instante. Entonces, con un suspiro que parecía cargar el peso del mundo, se apartó lo suficiente para mirar a Clara a los ojos.
—No puedo prometer que será fácil.
—No pido que sea fácil —dijo Clara, sonriendo a pesar de las lágrimas—. Te pido a ti.
Lara no respondió con palabras. En cambio, atrajo a Clara hacia la cama, los cuerpos enredándose una vez más, pero ahora con una urgencia diferente. No era solo deseo. Era una necesidad, una confirmación de que, a pesar de todo, aún estaban allí. Juntas.
Los besos fueron más lentos esta vez, más profundos. Lara exploró cada centímetro de Clara como si fuera la primera vez, como si quisiera memorizar cada curva, cada suspiro. Y Clara se dejó llevar, entregándose no solo al placer, sino a la vulnerabilidad de saber que, sí, eso podía doler. Pero que valía la pena.
Cuando llegaron al clímax, fue como si el mundo entero se hubiera detenido. Lara hundió el rostro en el cuello de Clara, los dientes marcando levemente su piel, y Clara arqueó la espalda, las uñas clavándose en los hombros de Lara, como si quisiera asegurarse de que Lara no se iría a ningún lado.
Después, cuando sus cuerpos finalmente se calmaron, Lara no se apartó. Se quedó allí, acostada sobre Clara, la respiración cálida contra su piel.
—No me voy a ir —murmuró, al fin.
Clara sonrió, pasando los dedos por los cabellos de Lara.
—Lo sé.
Pero incluso mientras lo decía, una sombra de duda permaneció. Porque, en el fondo, las dos sabían que algunas heridas no cicatrizan solo con palabras. Y que el amanecer traería consigo no solo la luz, sino también la verdad desnuda y cruda de lo que habían elegido enfrentar.
Lara se durmió primero, el cuerpo pesado de agotamiento y alivio. Clara se quedó despierta, observando el movimiento lento de su pecho, escuchando el ritmo de su respiración. Y, por primera vez, se permitió imaginar el futuro.
No era perfecto. No era seguro. Pero, por primera vez, era real.
Y eso, se dio cuenta, era más aterrador que cualquier secreto.