Entre Sábanas y Suspiros

Por Tonkix
Entre Sábanas y Suspiros
**Entre Sábanas y Suspiros** La noche caía sobre la ciudad como un manto de terciopelo, tejido con hilos de sal y música. El festival de verano llevaba tres días, pero aquella era la primera vez que Lucas se permitía salir del minúsculo apartamento que había alquilado cerca del puerto. Había llegado hacía dos semanas, trayendo en la maleta poca ropa, muchos libros y la certeza de que necesitaba empezar de nuevo. No sabía bien qué buscaba, pero sabía que no lo encontraría encerrado entre cuatro paredes, escuchando el eco de sus propios pasos. El bar junto al mar se llamaba *Onda Brava*, un nombre que encajaba con la energía del lugar. Las paredes de madera, desgastadas por el tiempo y la salinidad, crujían suavemente con el viento que llegaba del océano. Afuera, la arena aún guardaba el calor del día, y las olas rompían en un ritmo perezoso, como si susurraran secretos a quien quisiera escucharlos. Dentro, el ambiente era una mezcla de luces doradas y sombras danzantes, proyectadas por las velas metidas en botellas de vidrio y las lámparas colgadas del techo como estrellas atrapadas en hilos. Lucas eligió un taburete en un rincón de la barra, cerca de la ventana que daba a la playa. El lugar estaba lleno, pero no abarrotado—lo suficiente para sentirse invisible, pero no aislado. Pidió una cerveza artesanal, de esas con etiqueta de papel reciclado y sabor a lúpulo amargo, y se quedó observando a la gente. Había parejas bailando en el pequeño espacio entre las mesas, grupos de amigos riendo a carcajadas, un hombre con sombrero de paja tocando la guitarra en un rincón. Nadie parecía notar su presencia, y eso, de alguna manera, lo reconfortaba. Fue entonces cuando ella entró. Clara no pasó desapercibida. Nunca pasaba. Llevaba un vestido rojo, ajustado lo suficiente para resaltar las curvas de sus caderas y el contorno de sus senos, pero suelto a la altura de los muslos, como si desafiara al viento a levantarlo. El cabello oscuro, casi negro, caía en ondas sobre sus hombros, y los labios—pintados del mismo tono que el vestido—se abrieron en una sonrisa al ver al barman, un hombre de brazos tatuados a quien saludó con un beso en la mejilla. —*Miguel, cariño, ponme un mojito. Y no escatimes en la hierbabuena.* Su voz era grave, ronca, como si hubiera pasado la vida entera riendo a carcajadas o susurrando secretos al oído de alguien. Lucas sintió que el estómago se le contraía. No era solo su belleza—que era innegable—, sino la manera en que ocupaba el espacio, como si el mundo entero girara en torno a su eje. Se sentó en el taburete junto al suyo, cruzó las piernas y dejó que la tela del vestido se deslizara un poco más hacia arriba, revelando la piel bronceada del muslo. —*Estás solo.* No era una pregunta. Era una constatación, dicha con la naturalidad de quien está acostumbrada a observar a la gente. Lucas dudó antes de responder, girando la botella de cerveza entre los dedos. —*Soy nuevo en la ciudad. Todavía no conozco a mucha gente.* Clara inclinó la cabeza, estudiándolo con unos ojos oscuros que parecían ver más de lo que a él le gustaría. Había algo depredador en la forma en que lo miraba, pero no de manera amenazante—más bien como una invitación. —*¿Y qué te trajo aquí, *nuevo en la ciudad*?* —*Necesitaba un nuevo comienzo.* Ella rio, un sonido cálido que se mezcló con el ruido de las olas afuera. —*Los nuevos comienzos son peligrosos. Nunca se sabe qué vas a encontrar.* —*O a quién.* Los ojos de ella brillaron, como si él hubiera acertado un acertijo que ni siquiera sabía que estaba proponiendo. Clara extendió la mano, los dedos largos y las uñas pintadas de un rojo oscuro. —*Clara.* —*Lucas.* El apretón de manos de ella fue firme, pero no agresivo. La piel era suave, pero había callos en las yemas de los dedos, como si tocara instrumentos o trabajara con las manos. El barman colocó el mojito frente a ella, y se lo llevó a los labios sin apartar la mirada de él. —*Entonces, Lucas, ¿qué haces cuando no estás huyendo de algo?* —*Escribo.* —*Ah, un artista.* Ella sonrió, pasando la lengua por los labios para lamer un grano de azúcar. —*¿Y qué escribes?* —*Historias. Poemas. Cosas que nunca le muestro a nadie.* —*¿Por qué no?* —*Porque tengo miedo de que no sean lo suficientemente buenas.* Clara soltó una risa baja, casi íntima. —*El miedo es un lujo que no nos podemos permitir. Especialmente en una noche como esta.* Alzó la copa, como si brindara al viento que entraba por la ventana abierta. Lucas sintió el olor del mar mezclarse con su perfume—algo cítrico, con un toque de vainilla y especias. El tipo de aroma que hacía que la cabeza le diera vueltas. —*¿Bailas, Lucas?* —*No muy bien.* —*No importa. Yo guío.* No esperó su respuesta. Bajó del taburete con un movimiento fluido, extendiendo la mano hacia él. Sus dedos estaban fríos por el vaso helado, pero quemaban contra la palma de Lucas. Él dudó por un segundo—solo uno—, pero algo en su mirada lo hizo levantarse. El vestido rojo se balanceó cuando lo arrastró hacia el centro de la gente, donde la música estaba más alta y el aire más denso. La banda tocaba una versión lenta de *Bésame Mucho*, y Clara se acercó a él hasta que sus cuerpos estuvieron casi pegados. Colocó una mano en su cintura, la otra sujetando la suya con firmeza, y comenzó a moverse. Lucas intentó seguirla, los pies torpes, pero a ella no pareció importarle. —*Relájate*—murmuró, la boca cerca de su oído. —*Déjame enseñarte cómo es.* Y entonces, como si hubiera girado una llave dentro de él, Lucas sintió que su cuerpo respondía. La mano de ella se deslizó por su espalda, los dedos trazando líneas invisibles sobre la camisa, y notó que estaba conteniendo la respiración. Clara rio bajito, como si supiera exactamente el efecto que causaba. —*Respira, *amor*. No quiero que te desmayes antes de que termine la noche.* Él obedeció, y el aire que entró en sus pulmones trajo consigo su olor, la sal del mar, el sudor de la gente alrededor. La música cambió a algo más rápido, pero ellos siguieron bailando despacio, como si el mundo entero se hubiera ralentizado solo para ellos. —*Eres peligrosa*—dijo Lucas, sin pensar. Clara sonrió, los labios casi tocando los suyos. —*Y a ti te gusta.* No era una pregunta. Era la verdad. Y, por primera vez en mucho tiempo, Lucas no tuvo miedo de admitir que sí. La música cambió de nuevo, esta vez a algo más lento, una melodía que parecía hecha de suspiros y promesas. El bajo vibraba en el pecho de Lucas, un ritmo que sentía en los huesos, como si el propio aire estuviera pulsando. Clara inclinó la cabeza hacia un lado, los ojos brillando bajo las luces doradas del bar, y extendió la mano. —*Ven.* Él dudó por un segundo, los dedos rozando los suyos antes de entrelazarse. La palma de Clara estaba caliente, firme, y cuando lo arrastró hacia la pista de baile improvisada en la arena, Lucas sintió que el mundo a su alrededor se desvanecía. Las voces de la gente, el tintineo de los vasos, incluso el sonido de las olas rompiendo en la playa—todo se convirtió en un borrón lejano, ahogado por el latido de la sangre en sus oídos. La arena estaba fría bajo sus pies descalzos, pero el cuerpo de Clara irradiaba calor. Se acercó tanto que pudo sentir su perfume—algo cítrico, con un toque de vainilla, mezclado con la sal del mar. Los dedos de ella subieron por su brazo, dejando un rastro de escalofríos, y luego se enredaron en su nuca, atrayéndolo más cerca. —*Así*—murmuró, la voz baja, casi un susurro. —*Déjame guiarte.* Lucas no sabía bailar. O mejor dicho, conocía los pasos básicos, pero nunca le había importado demasiado. Pero allí, con Clara, era diferente. Ella se movía como si la música fuera parte de sí misma, las caderas balanceándose en un ritmo que parecía natural, instintivo. Y cuando intentó seguirla, tropezando con sus propios pies, ella solo rio, un sonido suave y alentador. —*Relájate*—dijo, los labios rozando su oreja. —*No es un examen. Es solo placer.* Tragó saliva, sintiendo el peso de las palabras. *Placer.* La palabra resonó dentro de él, despertando algo que ni siquiera sabía que estaba allí. Los dedos de Clara se deslizaron por su espalda, presionando levemente, como si lo estuviera moldeando a su cuerpo. Y entonces, sin aviso, lo giró, atrayéndolo de nuevo contra sí, su espalda pegada a su pecho. El contacto fue eléctrico. Lucas sintió cada curva de ella, el contorno de sus senos contra sus omóplatos, la presión de sus muslos contra los suyos. Su respiración estaba caliente en su cuello, y cuando habló, las palabras vibraron contra su piel. —*¿Lo sientes?* Él lo sintió. Lo sintió todo. El calor de su cuerpo, la manera en que sus dedos apretaban ligeramente los suyos, la forma en que el aire mismo parecía cargado de algo indescriptible. Asintió, porque las palabras parecían atrapadas en su garganta. Clara rio de nuevo, pero esta vez no hubo burla en el sonido. Era algo más íntimo, como si estuviera compartiendo un secreto. Y entonces, lentamente, lo giró de nuevo, de frente a ella, las manos deslizándose por sus brazos hasta encontrar las suyas. —*Ahora sí*—dijo, los ojos fijos en los suyos. —*Así está mejor.* La música continuó, un ritmo lento e hipnótico que parecía hecho para ellos. Clara se acercó aún más, los cuerpos casi fusionándose, y Lucas notó que estaba conteniendo la respiración de nuevo. Ella lo notó, por supuesto que lo notó, y sonrió, los labios curvándose en una sonrisa que era a la vez desafiante y cariñosa. —*Respira*—murmuró, la boca tan cerca de la suya que podía sentir su aliento cálido. —*O tendré que recordarte cómo se hace.* Él obedeció, inhalando profundamente, y el aire entró en sus pulmones cargado con su olor, con la sal del mar, con la dulzura de la bebida que ella había tomado antes. Era demasiado. Era poco. Era exactamente lo que necesitaba. Los dedos de ella subieron por su pecho, trazando líneas invisibles sobre la camisa, y Lucas sintió que su cuerpo respondía, una ola de calor extendiéndose bajo su piel. Clara lo notó, por supuesto que lo notó, y sus ojos se oscurecieron, como si algo dentro de ella también se hubiera despertado. —*Estás lleno de sorpresas*—dijo, la voz ronca. —*Me gusta eso.* Él quiso responder, decir algo inteligente, algo que la impresionara. Pero las palabras se esfumaron, reemplazadas por un gemido bajo cuando ella apretó las caderas contra las suyas, el movimiento lento y deliberado. La música cambió de nuevo, pero ellos no se detuvieron. No podían detenerse. La brisa del mar sopló, trayendo consigo el olor a algas y sal, y Clara inclinó la cabeza hacia atrás, los ojos cerrados, como si estuviera saboreando el momento. Lucas aprovechó la oportunidad para observar cada detalle de ella—el contorno del cuello, la curva de los labios, la manera en que las pestañas proyectaban sombras sobre sus mejillas. Y entonces, sin aviso, ella abrió los ojos y lo miró. —*¿En qué piensas?*—preguntó, la voz baja, casi un susurro. Él dudó, pero algo en su expresión—algo abierto, algo sincero—lo hizo responder. —*En que nunca me había sentido así antes.* Clara sonrió, una sonrisa lenta y satisfecha, como si acabara de recibir un regalo. —*Yo tampoco*—admitió, sorprendiéndolo. —*Pero me está gustando.* Sus manos subieron por su pecho, los dedos enredándose en el cuello de su camisa, y luego lo atrajo más cerca, los labios casi tocando los suyos. —*¿Y tú?* Lucas no necesitaba preguntar qué quería decir. Lo sabía. Y por primera vez en su vida, no tuvo miedo de responder. —*A mí también.* Los labios de ella se curvaron en una sonrisa contra los suyos, y entonces, por fin, lo besó. Fue un beso suave, casi vacilante al principio, como si estuviera probando el terreno. Pero entonces Lucas respondió, los dedos enredándose en su cabello, atrayéndola más cerca, y el beso se volvió más profundo, más urgente. Su lengua rozó la suya, y él gimió, el sonido ahogado por la música, pero ella lo escuchó, porque una sonrisa satisfecha se extendió por sus labios. Cuando se separaron, ambos estaban sin aliento. Clara apoyó la frente contra la suya, los ojos cerrados, como si estuviera saboreando el momento. —*Vámonos de aquí*—murmuró, la voz ronca. Lucas no necesitó preguntar adónde. Ya lo sabía. Y cuando ella tomó su mano y lo arrastró lejos de la pista de baile, la siguió sin dudar. La arena aún guardaba el calor del día, suave bajo sus pies descalzos, mientras las olas rompían en un ritmo perezoso, como si el mar también estuviera ebrio por la música que habían dejado atrás. Clara entrelazó los dedos con los de Lucas, arrastrándolo con firmeza, pero sin prisa, como si el tiempo se hubiera extendido solo para ellos. La brisa salada despeinaba sus cabellos, y él sintió su perfume—algo floral mezclado con un toque cítrico, como si la piel de Clara hubiera absorbido el olor del verano. —*Estás temblando*—murmuró, deteniéndose un instante para observar su rostro bajo la luz plateada de la luna. Lucas no lo había notado, pero era cierto. Sus manos estaban ligeramente húmedas, los dedos contrayéndose en los de ella como si buscaran un punto de apoyo. Clara sonrió, esa sonrisa lenta y conocedora que le hacía dar un vuelco al estómago. —*No tienes que avergonzarte*—continuó, acercándose lo suficiente para que sus cuerpos casi se tocaran. —*Yo también me pongo nerviosa a veces.* Él lo dudaba. Clara parecía hecha de una materia distinta, más sólida, más segura. Pero la mentira era dulce, y se aferró a ella como a un salvavidas. —*Es solo que…*—vaciló, buscando las palabras adecuadas. —*No quiero arruinarlo todo.* Ella inclinó la cabeza, los labios curvándose en una expresión divertida. —*Lucas, cariño*—dijo, pasando el pulgar por la palma de su mano en un gesto que era a la vez íntimo y reconfortante, —*la única manera de arruinarlo todo es si dejamos de tocarnos.* Y entonces, antes de que él pudiera responder, se puso de puntillas y lo besó. Esta vez no hubo vacilación. Sus labios eran suaves, cálidos, y cuando su lengua tocó la suya, Lucas sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Clara lo atrajo más cerca, una mano deslizándose por su nuca, los dedos enredándose en los mechones cortos de su cabello. Él gimió bajito, el sonido perdiéndose en el ruido de las olas, y ella sonrió contra su boca. —*Me gustó ese sonido*—susurró, apartándose solo lo suficiente para hablar. —*Quiero oír más.* Lucas no sabía cómo responder, pero no fue necesario. Clara lo guió con gestos, no con palabras—primero, un beso en la barbilla, luego en el cuello, los dientes rozando levemente la piel sensible justo debajo de la oreja. Él se estremeció, los dedos cerrándose instintivamente en sus caderas. —*Relájate*—murmuró, la voz ronca. —*No voy a morderte. A menos que me lo pidas.* Él rio, nervioso, pero la risa murió en su garganta cuando ella tomó su rostro entre las manos y lo besó de nuevo, más despacio, más profundo, como si estuviera saboreando cada segundo. Cuando se apartó, sus ojos brillaban bajo la luz de la luna, oscuros y hambrientos. —*Vamos a caminar*—dijo, arrastrándolo de la mano. Caminaron en silencio unos metros, la arena húmeda cediendo bajo sus pies, el sonido de las olas llenando el espacio entre ellos. Clara no soltó su mano, pero la otra subió a su brazo, los dedos trazando círculos perezosos sobre su piel, como si estuviera memorizando cada detalle. Lucas sentía el corazón latir tan fuerte que estaba seguro de que ella podía oírlo. —*Eres hermoso*—dijo de repente, deteniéndose de nuevo. —*Me fijé en ti en cuanto entraste al bar. Esa camisa blanca, la manera en que mirabas todo como si fuera la primera vez…* Él se sonrojó, agradecido por la oscuridad que ocultaba el rubor. —*Estaba nervioso.* —*Lo sé.* Ella sonrió, pasando el pulgar por su labio inferior. —*Pero ahora no tienes por qué estarlo.* Y entonces, sin aviso, lo empujó suavemente contra una duna baja, cubierta por una vegetación rala que crujía con el viento. Lucas no opuso resistencia. Clara se acercó, el cuerpo presionado contra el suyo, y sintió su calor a través de la tela fina de la camisa. —*¿Puedo?*—preguntó, las manos ya deslizándose hacia el dobladillo de la prenda. Él asintió, sin palabras, y ella se la quitó por la cabeza, dejándola caer sobre la arena. El aire de la noche era fresco contra su piel expuesta, pero el calor del cuerpo de Clara lo calentaba. Clara pasó las manos por su pecho, los dedos explorando cada músculo, cada curva, como si estuviera leyendo un mapa. —*¿Haces ejercicio?*—preguntó, la voz baja. —*A veces*—logró decir, la respiración entrecortada. —*Me gusta*—murmuró, inclinándose para besarle el hombro, luego el pecho, la lengua trazando un camino húmedo hasta el pezón. Lucas arqueó la espalda, un gemido escapando de sus labios cuando ella lo mordisqueó levemente. —*Joder*—susurró, las manos encontrando su cabello. Clara rio, un sonido bajo y satisfecho. —*¿Te gustó?* —*Sí.* —*Entonces también te va a gustar esto.* Bajó más, los labios trazando un camino por su abdomen, los dientes rozando levemente la piel sensible. Lucas sintió que todo su cuerpo se tensaba, la respiración atrapada en la garganta. Cuando llegó al cinturón de su pantalón, se detuvo, mirándolo con una pregunta en los ojos. —*¿Puedo continuar?* Él asintió, la voz fallándole. —*Por favor.* Ella sonrió, desabrochando el pantalón con movimientos lentos, deliberados, como si estuviera desenvolviendo un regalo. Lucas sintió el aire frío contra su piel cuando ella se lo bajó junto con los calzoncillos, dejándolo desnudo ante ella. Clara no apartó la mirada, los ojos recorriendo cada centímetro de él con una intensidad que lo hizo temblar. —*Tan hermoso*—repitió, la voz casi un susurro. Y entonces, antes de que pudiera avergonzarse de su propia erección, se arrodilló en la arena y lo tomó en su boca. Lucas gimió en voz alta, las manos cerrándose instintivamente en su cabello. Clara no se apresuró—lamió la punta, luego la base, los labios cerrándose alrededor de él en un ritmo lento, torturante. Sintió que las rodillas le flaqueaban, pero ella lo sostuvo por las caderas, manteniéndolo en pie. —*Clara…*—susurró, su nombre sonando como una plegaria. Ella alzó los ojos, los labios aún alrededor de él, y la sonrisa que le lanzó fue pura malicia. —*Shhh*—murmuró, la voz vibrando contra su piel sensible. —*Déjame cuidar de ti.* Y él la dejó. Su boca era cálida, húmeda, perfecta. Lucas cerró los ojos, la cabeza cayendo hacia atrás mientras ella lo llevaba cada vez más profundo, los dedos enredándose en la base de su pene en un ritmo que combinaba con los movimientos de su lengua. Sintió que el placer se acumulaba, una presión deliciosa en la base de la columna, y supo que no duraría mucho. —*Voy a…*—empezó, pero ella no se detuvo. —*Córrete para mí*—ordenó, la voz ronca. —*Quiero sentirte.* Y fue suficiente. Lucas se entregó, todo su cuerpo contrayéndose mientras el orgasmo lo atravesaba en oleadas. Clara no se apartó, tragando cada gota, los dedos aún sujetándolo con firmeza. Cuando finalmente dejó de temblar, ella se levantó, los labios brillando bajo la luz de la luna. —*¿Mejor?*—preguntó, pasando el pulgar por la comisura de su boca. Lucas no pudo responder. En lugar de eso, la atrajo para besarla, saboreándose a sí mismo en su lengua. Clara rio contra sus labios, las manos deslizándose por su espalda en una caricia lenta. —*Me gustó verte así*—murmuró. —*Suelto. Sin miedo.* Él sonrió, aún sin aliento. —*Tú me haces así.* Ella lo besó de nuevo, más suave esta vez, como si estuviera sellando una promesa. —*Entonces ven*—dijo, tomando su mano. —*La noche aún no ha terminado.* Y mientras lo arrastraba de vuelta a la arena, Lucas supo que, sin importar lo que pasara después, esa noche ya lo había cambiado todo. La puerta del cuarto de Clara se cerró con un clic suave, ahogando el sonido lejano de las olas y las risas que aún resonaban en la playa. El ambiente estaba sumido en una penumbra azulada, cortada solo por la luz plateada de la luna que se filtraba a través de las cortinas de encaje, dibujando franjas pálidas sobre las sábanas blancas. El aire olía a sal, a perfume de jazmín y a algo más—el calor húmedo de sus pieles, ya mezclado antes incluso de volver a tocarse. Lucas dudó por un segundo, los dedos aún entrelazados con los de Clara. La habitación era pequeña, pero acogedora: una cama de hierro forjado cubierta por cojines sueltos, una estantería repleta de libros de tapas gastadas, una lámpara de cerámica con la bombilla apagada. Nada allí parecía planeado para seducir, y sin embargo, era como si cada objeto respirara el mismo deseo que los consumía. Clara soltó su mano y se giró, dándole la espalda mientras caminaba hacia la ventana. Los dedos ágiles desataron el nudo del vestido de lino, que se deslizó por sus hombros y cayó a sus pies en un susurro de tela. —¿Vas a quedarte ahí parado?—preguntó, sin mirar atrás, la voz baja y ronca. La luz de la luna bañaba su espalda desnuda, destacando la curva suave de su columna, las marcas leves de las tiras del sujetador que ahora desabrochaba con un movimiento lento, casi perezoso. Lucas tragó saliva. Ya la había visto semidesnuda en la playa, pero allí, en ese espacio íntimo, bajo su mirada que lo desafiaba a avanzar, todo parecía más intenso. Las manos le temblaban cuando llevó los dedos al dobladillo de la camisa, quitándosela con un movimiento brusco. La tela se enredó en sus brazos, y maldijo en voz baja, sintiendo que el rostro le ardía. Clara rio, un sonido cálido que lo envolvió como una invitación. —Torpe—murmuró, dándose la vuelta por fin. Los pechos desnudos se balancearon levemente con el movimiento, los pezones ya rígidos por el fresco de la noche. —Pero hermoso. Se acercó, los pies descalzos silenciosos sobre el suelo de madera. Se detuvo a centímetros de él, el cuerpo casi tocando el suyo, pero sin prisa. Los dedos recorrieron el contorno de su pecho, trazando los músculos aún tensos, las costillas que subían y bajaban con la respiración acelerada. Lucas cerró los ojos cuando ella deslizó las uñas por su piel, arrancándole un escalofrío que le recorrió la espalda. —Eres todo ángulos—observó, la voz como un hilo de seda. —Me gusta eso. Él abrió los ojos y la encontró sonriendo, los labios entreabiertos, los ojos oscuros brillando con una malicia que ya conocía. Antes de que pudiera responder, Clara se inclinó y capturó su boca en un beso lento, profundo. Su lengua exploró la suya con una calma deliberada, como si tuvieran todo el tiempo del mundo. Lucas gimió contra sus labios, las manos encontrando por fin el valor para tocar—primero las caderas, luego la cintura estrecha, atrayéndola más cerca hasta que sus cuerpos se encajaron, piel contra piel. El calor de ella era embriagador. Clara se apartó solo lo suficiente para desabrocharle el pantalón, los dedos ágiles deslizándose por la cinturilla, empujando la tela hacia abajo junto con los calzoncillos. Lucas pateó la ropa a un lado, sintiendo el aire fresco de la noche rozar su erección, ahora libre y dolorosamente dura. Ella no apartó la mirada, los labios curvándose en una sonrisa satisfecha. —Mejor así—susurró, pasando la punta de los dedos por su longitud, trazando venas y contornos con una curiosidad casi clínica. —Mucho mejor. Lucas se estremeció. Cada toque de ella era una chispa, un recordatorio de que nunca se había sentido tan expuesto—ni siquiera en la playa, bajo las estrellas. Clara notó su tensión y se arrodilló frente a él, los labios rozando el muslo interno en un beso ligero como una promesa. Él contuvo el aliento cuando sopló aire cálido sobre su piel, los dedos envolviendo la base de su pene con firmeza. —Relájate—murmuró, alzando la vista. Sus ojos brillaban, oscuros y hambrientos. —No voy a hacerte daño. Y entonces lo llevó a su boca. El primer contacto fue una descarga eléctrica. Su lengua era cálida, húmeda, deslizándose por el glande antes de envolverlo por completo. Lucas gimió, las manos buscando instintivamente apoyo—encontraron su cabello, los mechones suaves entre sus dedos. Clara gimió en respuesta, el sonido vibrando contra su piel, y sintió que las piernas le flaqueaban. Ella no tenía prisa, moviéndose despacio, succionando con una presión perfecta, los labios deslizándose hasta la base y volviendo, mientras la mano libre acariciaba sus testículos con una delicadeza que contrastaba con la voracidad de su boca. —Joder…—logró articular, la voz ronca. —Clara… Ella lo soltó con un chasquido suave, los labios brillantes. —¿Te gusta?—preguntó, pasando la lengua por la comisura de su boca. Lucas no respondió. En lugar de eso, la atrajo hacia arriba, capturando su boca en un beso hambriento, saboreándose a sí mismo en su lengua. Clara rio contra sus labios, pero no se resistió cuando la empujó suavemente hacia la cama. El colchón crujió bajo el peso de ambos, y ella se recostó de espaldas, el cabello esparcido sobre la almohada como una mancha oscura. Lucas se arrodilló entre sus piernas, los ojos recorriendo su cuerpo—los senos llenos, el vientre ligeramente redondeado, el triángulo oscuro entre los muslos, ya húmedo. —Eres hermosa—murmuró, inclinándose para besarle el ombligo, luego más abajo, trazando un camino de besos hasta el hueso de la cadera. Clara arqueó la espalda cuando sopló sobre su sexo, los dedos enredándose en las sábanas. —No me provoques—suplicó, la voz temblorosa. Lucas sonrió. No tenía intención de provocarla—al menos, no por mucho tiempo. Apartó sus piernas con los hombros, exponiéndola por completo, y entonces su lengua encontró su centro. Clara gimió en voz alta, las manos buscando apoyo en su cabello mientras la lamía con movimientos lentos y deliberados, explorando cada pliegue, cada punto sensible. Estaba empapada, el sabor salado y dulce a la vez, y él no podía tener suficiente. Cuando sus dedos se unieron a su lengua, penetrándola con cuidado, ella arqueó el cuerpo, las uñas clavándose en su cuero cabelludo. —*Lucas…*—jadeó, su nombre una súplica. —*Por favor…* Él alzó la vista, viéndola retorcerse bajo su toque, los labios entreabiertos, los senos subiendo y bajando con la respiración acelerada. Era la visión más erótica que jamás había presenciado. Con un último beso en el clítoris, se levantó, los labios húmedos, el cuerpo palpitando de deseo. Clara extendió la mano, atrayéndolo hacia ella. Sus cuerpos se encajaron de nuevo, piel contra piel, su pene rozando su entrada. Ella mordió el labio inferior, los ojos fijos en los suyos. —¿Tienes condón?—preguntó, la voz ronca. Él asintió, señalando hacia la mesita de noche. Lucas extendió la mano, tanteando hasta encontrar el cajón, los dedos temblando mientras rasgaba el envoltorio. Clara lo observaba, los dedos jugando con sus pezones mientras él se cubría, el látex deslizándose sobre su erección con un movimiento lento. —Date prisa—susurró, alzando las caderas en una invitación silenciosa. Lucas no necesitó más incentivo. Se guió hacia ella, la punta de su pene rozando su entrada antes de penetrarla con un movimiento cuidadoso. Clara gimió, las uñas clavándose en su espalda mientras él se hundía, centímetro a centímetro, hasta estar completamente dentro. Por un momento, ninguno de los dos se movió, solo se miraron, sintiendo la conexión—cálida, apretada, perfecta. —Eres…—empezó, pero las palabras murieron cuando ella se movió, alzando las caderas y atrayéndolo más profundo. Ya no pudo pensar más. Los movimientos comenzaron lentos, pero pronto se volvieron más urgentes, los cuerpos chocando en un ritmo que parecía ensayado durante siglos. Clara envolvió las piernas alrededor de su cintura, atrayéndolo más cerca, los labios buscando los suyos en besos hambrientos, las lenguas enredándose mientras los gemidos se mezclaban. —Más fuerte—pidió, la voz quebrada. —*Por favor.* Lucas obedeció, aumentando el ritmo, las caderas golpeando contra las suyas con una fuerza que arrancaba suspiros de ambos. La habitación se llenó con el sonido de la piel chocando, los gemidos ahogados, la respiración entrecortada. Clara se arqueó, los músculos internos contrayéndose alrededor de él, y supo que estaba cerca. Con un último impulso, la llevó al límite, sintiéndola deshacerse bajo su cuerpo, los gemidos transformándose en un grito ahogado contra su hombro. El orgasmo de ella lo arrastró consigo. Con un gemido ronco, Lucas se hundió profundo y se corrió, el placer estallando en oleadas que lo dejaron sin aliento. Por unos segundos, el mundo se redujo a esa habitación, a esa cama, a esos cuerpos entrelazados y jadeantes. Cuando por fin volvió en sí, se apoyó en los codos, mirando a Clara. Estaba hermosa—los labios hinchados, el cabello despeinado, los ojos aún nublados de placer. Una sonrisa lenta se dibujó en su rostro. —Esto—murmuró, pasando los dedos por su pecho sudoroso—fue solo el principio. Y antes de que pudiera responder, lo atrajo para un beso, los cuerpos aún unidos, el deseo ya reavivándose entre ellos. La habitación olía a sal, a piel caliente y al perfume dulce de Clara—algo floral con un toque de ámbar, que ahora se mezclaba con el sudor de sus cuerpos entrelazados. La luz de la luna, filtrada por la cortina de lino, dibujaba franjas plateadas sobre las sábanas arrugadas, como si el propio mar se hubiera colado allí, dejando su marca de espuma y misterio. Lucas sentía el peso del momento, no como algo que lo atara, sino como una corriente que lo arrastraba más profundo, hacia donde las palabras perdían sentido y solo quedaban los sonidos: el roce de la piel, el jadeo entrecortado, el chasquido de los labios al encontrarse. Clara estaba encima de él ahora, las rodillas hundidas en el colchón, las manos apoyadas en su pecho mientras se movía despacio, como si bailara una música que solo ella escuchaba. Los dedos de él apretaron sus caderas, no para guiarla, sino para anclarse, como si temiera que, si la soltaba, pudiera disolverse en el aire. Ella sonrió, inclinándose para mordisquearle el lóbulo de la oreja, la voz un susurro ronco: —¿Te gusta así? Lucas no respondió con palabras. En lugar de eso, alzó las caderas, encontrando su ritmo, sintiendo el calor húmedo envolviéndolo por completo. Un gemido escapó de su garganta, algo primitivo, que ni siquiera sabía que podía producir. Clara rio bajito, satisfecha, y se enderezó, los senos balanceándose levemente con el movimiento. Él extendió la mano, tocándolos con reverencia, como si estuvieran hechos de algo más precioso que carne y hueso. Los pezones se endurecieron bajo sus dedos, y ella arqueó la espalda, empujándose contra su palma. —Eso…—murmuró, cerrando los ojos. —Más fuerte. Lucas obedeció, apretándola con más firmeza, sintiendo el peso de sus senos en sus manos, la suavidad contrastando con la rigidez de los pezones. Clara gimió, echando la cabeza hacia atrás, el cabello oscuro cayendo en cascada por su espalda. El movimiento hizo que se inclinara hacia adelante, cambiando el ángulo, y de repente él estaba más profundo, tan profundo que Lucas sintió que el mundo temblaba. Un escalofrío le recorrió la espalda, y agarró las sábanas con fuerza, los nudillos blancos. —Joder…—la palabra escapó de él, baja y gutural. Clara se inclinó para besarlo, lenta y deliberadamente, la lengua explorando su boca como si tuviera todo el tiempo del mundo. Él sintió su sabor—vino dulce y algo más, algo salvaje e intoxicante. Cuando se apartó, los labios estaban húmedos, los ojos brillando con una promesa. —Todavía no has visto nada—dijo, la voz cargada de malicia. Antes de que pudiera responder, ella se levantó, saliendo de encima de él con un movimiento fluido. Lucas sintió el vacío de repente, el aire frío golpeando donde antes estaba el calor de ella, y casi protestó. Pero Clara ya se estaba posicionando entre sus piernas, los dedos trazando círculos perezosos en la parte interna de sus muslos. Él se estremeció, el cuerpo reaccionando antes incluso de que lo tocara de verdad. —Relájate—susurró, soplando aire cálido sobre su piel sensible. —Déjame mostrarte lo bueno que es cuando alguien sabe lo que hace. Y entonces lo tomó en su boca. Lucas arqueó la espalda, un sonido estrangulado escapando de su garganta. La sensación era casi demasiado—húmeda, cálida, envolvente. Clara no tenía prisa, moviéndose despacio, la lengua trabajando en círculos mientras los labios lo succionaban con una presión perfecta. Él intentó controlarse, pero sus dedos encontraron sus testículos, masajeándolos con una delicadeza que contrastaba con la intensidad de lo que hacía con la boca. Un gemido escapó de él, largo y desesperado. —Clara… no…—intentó advertir, pero las palabras se perdieron en un suspiro cuando ella lo llevó más profundo, la garganta contrayéndose alrededor de la punta. —Shhh—murmuró, alzando la vista hacia él mientras lo soltaba por un segundo. —Solo siente. Y él sintió. Sintió cada movimiento, cada succión, cada vez que ella lo tragaba un poco más. Sintió que el placer se enroscaba en la base de su columna, apretando, apretando, hasta que no pudo aguantar más. Con un gemido ronco, sujetó su cabello, atrayéndola hacia arriba. —Quiero…—dijo, la voz fallándole. —Quiero estar dentro de ti. Clara sonrió, lamiéndose los labios como si aún pudiera saborearlo. Entonces, sin prisa, se arrodilló sobre él, las rodillas a cada lado de sus caderas. Lucas extendió la mano, tocándola entre las piernas, sintiendo lo mojada que estaba, lista. Ella gimió cuando sus dedos la penetraron, pero no se detuvo, guiándolo hacia su interior con un movimiento lento, torturante. El primer empujón fue casi demasiado. Lucas sintió sus paredes apretándolo, cálidas y húmedas, y por un momento pensó que no podría contenerse. Pero Clara se inclinó hacia adelante, besándolo con fuerza, y el mundo se redujo a ese punto de contacto, a ese calor que lo consumía. —Ahora—susurró contra sus labios. —Ahora, Lucas. Y él se movió. Ya no hubo más vacilación, no hubo más timidez. La sujetó por las caderas, alzándose para encontrar cada descenso de ella, los cuerpos chocando en un ritmo que parecía haber sido ensayado durante siglos. Clara envolvió las piernas alrededor de su cintura, atrayéndolo más cerca, los labios buscando los suyos en besos hambrientos, las lenguas enredándose mientras los gemidos se mezclaban. —Más fuerte—pidió, la voz quebrada. Él obedeció, invirtiendo las posiciones con un movimiento rápido, inmovilizándola bajo su cuerpo. Clara envolvió las piernas alrededor de su cintura, atrayéndolo más cerca, más profundo. Lucas enterró el rostro en su cuello, sintiendo el olor de su piel, el sabor salado de su sudor. Sus gemidos se mezclaban con los suyos, un coro de placer que llenaba la habitación, ahogado solo por la respiración entrecortada. —Lucas…—susurró, los dedos enredándose en su cabello. —Voy a… Él lo sintió. Sintió cómo su cuerpo se contraía alrededor del suyo, los músculos internos apretándolo en oleadas. Clara arqueó la espalda, un grito ahogado escapando de sus labios mientras el orgasmo la atravesaba. La visión de ella deshaciéndose bajo su cuerpo, los labios entreabiertos, los ojos cerrados en éxtasis, fue suficiente para arrastrarlo consigo. Con un gemido ronco, Lucas se hundió profundo una última vez, sintiendo que el placer estallaba dentro de él, cálido e intenso. Por un momento, el mundo pareció detenerse, y todo lo que existía era esa habitación, esa cama, esos cuerpos entrelazados. Cuando volvió en sí, se apoyó en los codos, mirando a Clara. Estaba hermosa—los labios hinchados, el cabello despeinado, los ojos aún nublados de placer. Una sonrisa lenta se dibujó en su rostro. —Esto—murmuró, pasando los dedos por su pecho sudoroso—fue solo el principio. Y antes de que pudiera responder, lo atrajo para un beso, los cuerpos aún unidos, el deseo ya reavivándose entre ellos. Afuera, el mar continuaba su canción nocturna, indiferente a los suspiros que resonaban entre las paredes. Pero allí, en esa habitación, algo había cambiado. Algo que ninguno de los dos tenía prisa por nombrar. Lo primero que sintió Lucas al despertar fue el calor. No el calor húmedo de la noche anterior, que pegaba la piel a las sábanas y hacía que el sudor le resbalara por la espalda, sino algo más suave, casi líquido, como si el sol de la mañana se hubiera colado entre los hilos del edredón y se hubiera enredado en sus huesos. Abrió los ojos despacio, parpadeando contra la luz dorada que invadía la habitación a través de las cortinas entreabiertas. Por un instante, no supo dónde estaba—el techo blanco, el olor a sal y café recién hecho, el peso de un brazo femenino sobre su pecho. Entonces, la memoria regresó en fragmentos: los besos en la playa, las manos de Clara guiando las suyas, la manera en que ella había susurrado *más despacio* cuando él temblaba demasiado. Giró la cabeza. Clara dormía de lado, el rostro parcialmente oculto por el cabello oscuro, esparcido sobre la almohada como tinta derramada. La boca estaba ligeramente abierta, los labios aún hinchados por los besos de la noche anterior, y un mechón rebelde le rozaba la mejilla. Lucas observó la curva de su hombro desnudo, la línea de la clavícula, la sombra suave entre sus senos—pequeños detalles que, en la oscuridad, había tocado, probado, pero no visto. Ahora, a la luz del día, cada centímetro de ella parecía una revelación. Pasó los dedos por el brazo que lo envolvía, trazando la piel suave hasta la muñeca, donde una vena azulada latía despacio. Ella suspiró, pero no despertó. Se permitió quedarse allí, inmóvil, escuchando el ritmo de su respiración, sintiendo su propio cuerpo aún pesado de sueño y placer. La habitación olía a sexo y a algo dulce—tal vez el perfume de Clara, tal vez el jabón de coco que usaba. Había marcas en la piel de ambos: un chupetón en su cuello, que no recordaba haber hecho, arañazos leves en su espalda, donde las uñas de ella se habían clavado. Eran pruebas tangibles de lo que había sucedido, y, por algún motivo, eso lo hizo sonreír. El sol ya estaba alto cuando Clara finalmente se movió. Primero, un fruncir de cejas, como si estuviera intentando descifrar un sueño. Luego, un bostezo largo, los brazos estirándose por encima de la cabeza en un movimiento que hizo que sus senos se alzaran bajo la sábana. Por último, los ojos se abrieron—despacio, perezosos, como si despertar fuera un lujo que no tenía prisa por abandonar. Cuando su mirada se encontró con la de él, una sonrisa se formó, lenta y satisfecha. —Buenos días—murmuró, la voz ronca de sueño. —Buenos días—respondió él, la garganta seca. Ella se acercó, rozando sus labios con los de él en un beso rápido, casi casto, pero que aun así hizo reaccionar a su cuerpo. Cuando se apartó, Clara rio bajito, como si supiera exactamente el efecto que causaba. —Eres un peligro—dijo, pasando la mano por su pecho, bajando hasta su abdomen, donde los músculos se contrajeron bajo su toque. —¿Dormiste bien? —Mejor que nunca. —Mentiroso. Resoplaste en sueños. —¿Resoplé? —Sí. Algo sobre… *no parar*.—Arqueó una ceja, divertida. —Debió ser un sueño interesante. Lucas sintió que el rostro le ardía. Clara rio de nuevo, esta vez más fuerte, y rodó fuera de la cama, estirando el cuerpo desnudo en un movimiento que delineó cada músculo. Él no pudo evitarlo: sus ojos siguieron cada curva, cada movimiento, como si la estuviera viendo por primera vez. Ella tomó una bata de seda que estaba tirada sobre una silla—negra, casi transparente, que apenas cubría sus muslos—y se la puso con una naturalidad que lo dejó aún más fascinado. —¿Café?—preguntó, ya caminando hacia la puerta. —Por favor. El balcón era pequeño, pero aireado, con vista directa al mar. El sol de la mañana ya calentaba las tablas de madera, y el olor a sal se mezclaba con el aroma del café recién hecho y las frutas cortadas sobre la mesa. Clara lo había preparado todo antes de que él despertara—tazas de porcelana, pan tostado, mermelada de albaricoque, una jarra de jugo de naranja. Se sentó en una de las sillas de mimbre, cruzando las piernas, y sirvió el café con una elegancia que hizo que Lucas se sintiera torpe. Él se puso unos jeans y una camiseta que encontró doblada sobre la mesita de noche—su ropa, que ella debía haber recogido de su apartamento mientras dormía—y se unió a ella. —Eres llena de sorpresas—comentó, tomando la taza que le ofrecía. —¿Por qué? —Por esto.—Hizo un gesto hacia la mesa puesta. —Desayuno en el balcón, vista al mar… ¿Haces esto con todos los chicos que traes a casa? Clara tomó un sorbo de café antes de responder, los ojos fijos en los suyos por encima del borde de la taza. —No. Solo con los que valen la pena. Hubo un silencio. No era incómodo, sino uno de esos momentos en los que las palabras parecían innecesarias, como si todo lo que necesitaba decirse ya estuviera implícito en las miradas, en las sonrisas, en la manera en que sus dedos se rozaban al pasarle el azúcar. Lucas rompió el hielo primero. —¿Y yo valgo la pena? Ella inclinó la cabeza, fingiendo pensarlo. —Todavía lo estoy decidiendo. —Ah, ¿sí? —Sí.—Mordió el labio inferior, como si estuviera conteniendo una sonrisa. —Pero hasta ahora, creo que sí. Él rio, y el sonido salió más ligero de lo que esperaba. Era extraño cómo, en pocas horas, ella había logrado desmontar la timidez que lo acompañaba desde siempre. Allí, con el sol dándole en el rostro y el mar de fondo, se sentía… diferente. Más suelto. Más *él*. —Entonces—dijo, tomando un trozo de pan—, ¿qué hacemos ahora? —Ahora—Clara apoyó el mentón en la mano, los ojos brillando con una malicia que ya conocía—, terminamos el café. Después, vemos. —¿Ver qué? —Lo que queramos. Y así empezaron. Terminar el café se convirtió en un juego: ella untaba mermelada en el pan y se lo ofrecía, los dedos rozando sus labios antes de que él mordiera. Él, a su vez, tomaba una fresa y se la llevaba a la boca, observando cómo sus dientes blancos se hundían en la fruta, el jugo resbalando por su barbilla. En cierto momento, Clara se levantó y se sentó en su regazo, las piernas desnudas rozando las suyas, la bata subiendo lo suficiente para revelar la curva de sus nalgas. Lucas sujetó su cintura, los pulgares trazando círculos lentos sobre su piel suave, y ella inclinó la cabeza hacia atrás, exponiendo el cuello. —Eres peligrosa—murmuró contra su piel, oliendo su perfume mezclado con el sudor de la noche anterior. —Y a ti te gusta—respondió, girándose para mirarlo, las manos enredándose en su cabello. —Me gusta. Se besaron allí mismo, en el balcón, con el sol dándoles en la espalda y el viento trayendo el olor del mar. Fue un beso lento, perezoso, como si tuvieran todo el tiempo del mundo. Cuando se separaron, Clara sonrió y se levantó, arrastrándolo de la mano. —Ven. Vamos a ducharnos. El baño era pequeño, pero acogedor, con azulejos azules y una ventana que dejaba entrar la luz de la mañana. Clara abrió la ducha y ajustó la temperatura mientras Lucas se quitaba la camiseta, los ojos fijos en ella. Se dio la vuelta, la bata ya cayendo de sus hombros, y lo miró con un desafío en los ojos. —¿Vas a quedarte ahí parado? Él no necesitó más incentivo. Se quitó el pantalón y entró en la ducha, sintiendo el agua caliente resbalar por su cuerpo. Clara lo siguió, presionándose contra él, las manos deslizándose por su pecho mojado, bajando hasta su abdomen. Lucas gimió cuando ella lo sujetó, firme y decidida, y la atrajo más cerca, las bocas encontrándose en un beso hambriento. —Aprendes rápido—susurró contra sus labios, los dedos trazando círculos lentos que lo hicieron temblar. —Tú eres una buena maestra. Ella rio, y el sonido resonó en el baño, mezclándose con el ruido del agua. Entonces, sin aviso, se arrodilló, los ojos nunca apartándose de los suyos, y lo tomó en su boca. Lucas apoyó las manos en la pared, los dedos clavándose en los azulejos, mientras ella lo exploraba con una lentitud torturante. Cada movimiento de su lengua, cada succión, cada vez que lo llevaba hasta el fondo de su garganta y luego retrocedía, era una lección de placer. Intentó controlarse, intentó durar, pero la manera en que ella lo miraba—como si supiera exactamente lo que estaba haciendo, como si *le gustara* verlo perder el control—era demasiado. —Clara…—gimió, la voz ronca. Ella no se detuvo. Solo aceleró el ritmo, las manos trabajando en sincronía con su boca, hasta que no pudo aguantar más. Con un último gemido, se entregó, sintiendo que el placer estallaba en oleadas cálidas mientras ella tragaba todo, los ojos fijos en los suyos todo el tiempo. Cuando terminó, ella se levantó, lamiéndose los labios, y lo atrajo para un beso. Lucas pudo saborearse a sí mismo en su boca, y eso, de alguna manera, lo excitó aún más. —Ahora—murmuró—, terminamos de ducharnos. Se lavaron el uno al otro con una lentitud deliberada, las manos explorando cada centímetro de piel, como si estuvieran memorizando un mapa. Clara le enjabonó el cabello, los dedos masajeando su cuero cabelludo, y Lucas le devolvió el favor, pasando las manos por su espalda, bajando hasta sus nalgas, apretándolas con fuerza. Ella rio y lo empujó contra la pared, la boca encontrando la suya mientras el agua resbalaba entre sus cuerpos. Cuando salieron de la ducha, estaban ambos jadeantes, la piel enrojecida por el calor y el roce. Clara tomó dos toallas y le lanzó una antes de envolverse en la otra, el cabello oscuro goteando sobre sus hombros. —Tengo que pasar por mi apartamento—dijo, secándose. —Recoger algunas cosas. —Está bien.—Pasó los dedos por su pecho, dejando un rastro húmedo. —Pero vuelve pronto. —Te lo prometo. Ella lo acompañó hasta la puerta, aún envuelta en la toalla, y lo besó una última vez antes de dejarlo salir. —No tardes—susurró, mordiéndose el labio inferior. —No lo haré. Lucas bajó las escaleras del edificio con una sonrisa en el rostro, sintiendo el sol de la mañana calentándole la piel. La ciudad aún estaba tranquila, los primeros rayos de sol reflejándose en los charcos dejados por la marea alta. Respiró hondo, sintiendo el aire salado llenar sus pulmones. Por primera vez en mucho tiempo, no se sintió perdido. No se sintió solo. Al llegar al apartamento, tomó una mochila y metió algunas prendas, junto con lo necesario para pasar la noche. Miró a su alrededor, como si estuviera despidiéndose de algo, y luego cerró la puerta. En el camino de vuelta, se detuvo en una panadería y compró croissants recién hechos y más café, porque sabía que a Clara le gustaban. Cuando regresó al apartamento de ella, la encontró en el balcón, ahora vestida con unos shorts vaqueros y una blusa holgada que dejaba un hombro al descubierto. Estaba de espaldas, mirando al mar, el cabello aún húmedo cayendo en ondas sobre su espalda. Lucas se acercó en silencio y la abrazó por la cintura, besándole el cuello expuesto. —Traje el desayuno—murmuró. Ella se giró en sus brazos, los ojos brillantes. —Eres un ángel. —Solo estoy devolviéndote el favor. Se sentaron a la mesa de nuevo, compartiendo los croissants y el café recién hecho, riendo de cosas sin importancia. Clara le contó la vez que intentó surfear y terminó cayendo de bruces en la arena, y Lucas confesó que, a los dieciséis años, había intentado impresionar a una chica tocando la guitarra y rompió dos cuerdas en medio de la canción. —Eres un desastre—dijo, riendo. —Y a ti te gusta. —Me gusta. El sol ya estaba alto cuando terminaron de comer. Clara se levantó y le tendió la mano. —Ven. Quiero enseñarte algo. —¿El qué? —Una sorpresa. La siguió hasta el dormitorio, donde ella abrió el armario y sacó una caja de madera tallada. Dentro había un collar—una cadena fina de plata con un pequeño colgante en forma de concha. —Es hermoso—dijo, tocando el colgante con los dedos. —Era de mi abuela.—Tomó el collar y se lo puso alrededor del cuello. —Ahora es tuyo. —Clara…—Se giró para mirarla, sorprendido. —No tienes que… —Quiero.—Le sujetó el rostro entre las manos. —Anoche no fue solo sexo, Lucas. Fue… algo más. Tragó saliva, sintiendo el peso de sus palabras. No sabía qué decir, así que simplemente la atrajo para besarla, largo y profundo, como si pudiera transmitirle todo lo que sentía a través de ese gesto. Cuando se separaron, Clara sonrió y le tomó la mano. —Ven. Vamos a dar un paseo. Salieron del apartamento de la mano, bajando las escaleras hacia la playa. El sol ya estaba fuerte, pero la brisa del mar aliviaba el calor. Caminaron en silencio un rato, los pies descalzos hundiéndose en la arena húmeda, hasta que Clara se detuvo y se giró hacia él. —¿Sabes en qué estaba pensando?—preguntó, los ojos reflejando el azul del mar. —¿En qué? —En que podríamos viajar. Juntos.—Mordió el labio, como si estuviera nerviosa. —Solo nosotros dos. Adonde tú quieras. Lucas sintió que el corazón se le aceleraba. No era una pregunta, exactamente. Era una invitación. Un paso adelante. —Podríamos ir a Lisboa—dijo, sin pensar. —O a Barcelona. O a cualquier lugar donde haya mar. Clara sonrió, apretando su mano. —Me gusta esa idea. Y mientras caminaban de vuelta por la arena, con el sol acariciándoles la piel y el sonido de las olas acompañándolos, Lucas supo que, sin importar adónde fueran, ya no estaría solo.

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