Entre Sábanas y Secretos

Por Tonkix
**Entre Sábanas y Secretos** La lluvia golpeaba contra los cristales de la librería *Libros y Silencios* como dedos ansiosos tamborileando sobre una mesa de madera envejecida. El sonido era un murmullo constante, una melodía líquida que se entrelazaba con el crujir de las páginas al ser pasadas y el crepitar ahogado de la chimenea en el rincón izquierdo del salón. El ambiente olía a papel antiguo, cuero envejecido y el leve toque cítrico del aceite de bergamota que Clara usaba para pulir los estantes. Era el tipo de aroma que se adhería a la piel, como un recuerdo que se negaba a desvanecerse. Clara se movía entre los estantes con la precisión de quien conoce cada centímetro de aquel laberinto de palabras. Sus dedos, largos y delicados, se deslizaban sobre los lomos de los libros como si acariciaran la piel de un amante secreto. Llevaba un vestido de lana gris, lo suficientemente ajustado para delinear la curva suave de sus caderas y el contorno discreto de sus pechos, pero lo bastante holgado para no llamar la atención. Los cabellos castaños, recogidos en un moño suelto, dejaban escapar mechones rebeldes que caían sobre su nuca, como si suplicaran ser apartados por manos curiosas. En los labios, un labial color vino desvaído, casi imperceptible, como si ella misma dudara de su audacia. Era una noche de jueves, de esas en las que la ciudad se recogía temprano, encogida bajo el manto de la lluvia. La librería estaba casi vacía, salvo por algún cliente perdido entre los estantes, pero ninguno parecía notar la presencia silenciosa de Clara. Ella prefería que fuera así. Le gustaba el anonimato, la sensación de ser invisible entre las historias que ordenaba, como si pudiera esconderse dentro de ellas. Su vida siempre había sido así: contenida, medida, sin sobresaltos. Incluso sus sueños estaban escritos en letras pequeñas, casi ilegibles. Al otro lado del salón, oculto entre las sombras de un estante de literatura francesa, Daniel la observaba. Llevaba casi una hora allí, fingiendo interés en una primera edición de *Las Amistades Peligrosas*, pero sus ojos no lograban apartarse de la figura de Clara. Había algo en ella que lo intrigaba—algo más allá de la timidez, más allá de esa postura de quien parecía cargar el peso del mundo sobre sus hombros estrechos. Era la manera en que mordisqueaba el labio inferior cuando pensaba, cómo sus dedos temblaban levemente al tocar un libro de tapa roja, como si supiera, en el fondo, que aquel volumen en particular guardaba secretos que ella no se atrevía a descubrir. Daniel era un hombre que entendía de secretos. Su última novela, *El Jardín de las Confesiones*, había sido un éxito inesperado, un descenso a las aguas turbias del deseo y la traición. Las críticas lo llamaban "maestro de la tensión erótica", pero él sabía que el verdadero talento estaba en capturar el instante antes del contacto, el momento en que la respiración se contiene y los cuerpos aún no se rinden. Y era exactamente eso lo que veía en Clara: la promesa de una rendición. Cerró el libro con un chasquido suave, el sonido resonando como una invitación. Sus pasos eran lentos, deliberados, como si cada movimiento formara parte de una coreografía ensayada. La lluvia afuera parecía haber redoblado su intensidad, las gotas golpeando contra el cristal en un ritmo que imitaba el acelerar de un corazón. — *Disculpe la intromisión* — dijo él, deteniéndose a una distancia respetuosa, pero no demasiado. — *Estoy buscando algo... específico.* Clara alzó los ojos, sorprendida. Sus pestañas eran largas, oscuras, y por un segundo, Daniel tuvo la impresión de que lo miraba a través de una cortina de terciopelo. Había un leve rubor en sus mejillas, como si la hubieran sorprendido en flagrante. — *Ah, claro* — respondió ella, la voz baja, casi un susurro. — *¿Qué busca el señor?* Daniel sonrió, una sonrisa lenta, peligrosa. — *Algo raro. Algo que no se encuentra en cualquier estante.* Ella parpadeó, confundida, pero no apartó la mirada. Era como si, incluso sin entender, supiera que él no estaba hablando de libros. — *La sección de rarezas está al fondo, a la izquierda* — dijo, señalando con un gesto vago. — *Pero si necesita ayuda...* — *Me encantaría su ayuda* — la interrumpió él, la voz suave, pero firme. — *Después de todo, una bibliotecaria como usted debe conocer cada volumen como si fueran viejos amigos.* Clara dudó. Había algo en su tono, en la manera en que sus palabras parecían deslizarse entre lo inocente y lo provocador, que la inquietaba. Pero solo era un cliente. Solo un escritor en busca de un libro. — *Está bien* — murmuró, intentando ignorar el calor que subía por su cuello. — *Vamos allá.* Mientras caminaban lado a lado, Daniel mantuvo los ojos fijos en ella, observando la manera en que sus caderas se movían bajo la tela del vestido, cómo sus dedos se entrelazaban nerviosamente. Sabía que estaba siendo observada—sentía el peso de su mirada cuando creía que él no lo notaba. Y eso lo excitaba más que cualquier contacto en ese momento. La sección de rarezas era pequeña, iluminada por una única lámpara de luz ámbar que proyectaba sombras alargadas sobre los estantes. Clara se detuvo frente a una estantería repleta de ediciones antiguas, pasando los dedos por los lomos con reverencia. — *¿Qué busca exactamente el señor?* — preguntó, volviéndose hacia él. Daniel no respondió de inmediato. En cambio, se acercó un paso, lo suficiente para que ella sintiera el calor de su cuerpo, el olor a cuero y tabaco que parecía emanar de su piel. — *Algo que hable de deseo* — dijo al fin. — *No el deseo obvio, de esos que se agotan en una noche. Sino aquel que se esconde entre líneas, que quema despacio, como una brasa bajo la ceniza.* Clara sintió que el aire se le atascaba en los pulmones. Había algo íntimo en esa conversación, como si él no estuviera hablando de libros, sino de ella. De sus propios deseos, de aquellos que nunca se había atrevido a nombrar. — *Yo... conozco algunos títulos* — balbuceó, volviéndose hacia el estante. — *Pero depende de lo que busque el señor. Si es algo más... clásico, o más...* — *¿Más qué?* — preguntó él, la voz baja, casi un susurro contra su nuca. Clara tragó saliva. — *Más explícito.* Daniel sonrió, satisfecho. Ella había mordido el anzuelo. — *Entonces muéstreme* — dijo, acercándose aún más, hasta que sus palabras fueron un susurro contra su piel. — *¿Qué esconde una bibliotecaria tímida en los estantes más secretos?* La lluvia golpeaba contra los cristales de la librería como dedos ansiosos, trazando caminos sinuosos que se perdían en los bordes empañados. Clara aún sentía el calor residual de la pregunta de Daniel quemándole la nuca, como si él hubiera dejado una marca invisible allí. Sus dedos temblaban levemente al sacar un volumen encuadernado en cuero rojo—*La Filosofía en el Tocador*, de Sade—pero antes de que pudiera entregárselo, una sombra se alargó sobre las páginas abiertas. — *Disculpe que interrumpa su búsqueda* — la voz de él era suave, pero llevaba una corriente subterránea, como si cada sílaba fuera una invitación. — *Pero me preguntaba si podría ayudarme.* Clara alzó los ojos lentamente, como si temiera que el simple movimiento pudiera romper el hechizo de ese momento. Daniel estaba más cerca de lo que imaginaba, los hombros anchos casi rozando el estante, los dedos largos apoyados en la madera oscura. El olor a cuero y tabaco ahora se mezclaba con el aroma a papel viejo y café, creando una fragancia que parecía hecha para ella. — *Claro* — respondió, intentando sonar profesional, pero la palabra salió más como un suspiro. — *¿Qué busca el señor?* Él sonrió, una comisura de la boca levantándose de manera casi imperceptible, como si guardara un secreto. — *Algo raro. Algo que no se encuentra fácilmente en los estantes comunes.* Sus ojos descendieron por un instante hacia los labios de ella, rápidos para ser accidentales, lentos para ser inocentes. Clara sintió la sangre latirle en las sienes. — *¿Raro como...?* — dejó la pregunta en el aire, desafiándolo a ser más específico. Daniel inclinó la cabeza, como si evaluara hasta dónde podía llegar. — *Como un libro que solo aparece cuando alguien sabe exactamente dónde buscar.* Había una provocación allí, un juego de palabras al que Clara no estaba acostumbrada. Pero, para su propia sorpresa, no retrocedió. En cambio, dio un paso al lado, dejando espacio para que él se acercara al estante. — *Entonces el señor ha venido al lugar correcto* — dijo, pasando los dedos por los lomos de los libros, como si cada uno guardara una promesa. — *Aquí tenemos primeras ediciones, manuscritos olvidados, cosas que ni siquiera el catálogo registra.* — *¿Y usted los conoce todos?* — la pregunta fue acompañada por un movimiento sutil: él se inclinó hacia adelante, los labios casi rozando su oreja al hablar. — *¿O hay algunos que solo usted sabe dónde están?* Clara contuvo la respiración. El aliento cálido de él le erizó la piel, y por un segundo, imaginó cómo sería si la tocara allí, en ese punto sensible justo debajo de la oreja. Pero entonces, con un esfuerzo casi físico, se apartó lo suficiente para recuperar el control. — *Depende* — respondió, volviéndose para mirarlo. — *De lo que el señor esté dispuesto a revelar a cambio.* Daniel arqueó una ceja, claramente divertido con la respuesta. Extendió la mano, no para tocarla, sino para tomar un libro al azar—*Las Amistades Peligrosas*, de Laclos—y hojeó las páginas con una lentitud deliberada. — *Me gustan los intercambios justos* — murmuró, sin apartar los ojos del texto. — *Si yo le digo lo que busco, usted me muestra dónde está. Si le cuento un secreto, usted me cuenta otro.* Clara sintió que el corazón le latía más fuerte. No era solo la sugerencia del juego, sino la forma en que lo proponía—como si ya supiera que ella aceptaría. — *¿Y si no tengo secretos?* — lo desafió, cruzando los brazos, como si eso pudiera protegerla de la intensidad de su mirada. Daniel cerró el libro con un chasquido suave y lo devolvió al estante. Luego, sin prisa, se acercó de nuevo, hasta que el espacio entre ellos fuera apenas suficiente para que Clara sintiera el calor de su cuerpo. — *Todo el mundo tiene secretos, Clara* — dijo en voz baja. — *Los suyos solo están bien guardados.* Ella debería haberse apartado. Debería haber dicho que no era asunto suyo, que su vida era privada, que no estaba allí para ser analizada. Pero las palabras murieron en su garganta cuando él extendió la mano y, con la punta de los dedos, apartó un mechón de cabello que le había caído sobre el rostro. El contacto fue leve, casi imperceptible, pero suficiente para hacer que su piel ardiera. — *¿Es usted escritor?* — preguntó de repente, como si quisiera desviar el rumbo de la conversación. Daniel rio bajito, un sonido ronco que vibró en su pecho y resonó en el de ella. — *¿Por qué la pregunta?* — *Porque habla como si cada palabra fuera una trampa* — respondió Clara sin titubear. — *Como si estuviera escribiendo una escena en su cabeza.* Él no lo negó. En cambio, se inclinó aún más, hasta que sus labios estuvieron a centímetros de los suyos. — *¿Y si lo estoy?* — susurró. — *¿Y si estoy imaginando cómo sería besarla ahora, entre estos estantes, con la lluvia golpeando afuera?* Clara sintió que le faltaba el aire. No era una declaración, no exactamente. Era una pregunta disfrazada de provocación, una prueba para ver si retrocedía. Y, Dios, cómo quería ceder. Pero algo dentro de ella—miedo, tal vez, o solo el instinto de protegerse—la hizo dar un paso atrás. — *Creo que el señor está confundiendo la literatura con la realidad* — dijo, intentando sonar firme, pero la voz traicionó un temblor. Daniel no pareció ofendido. De hecho, parecía aún más intrigado. — *O tal vez solo sé reconocer cuando una historia está a punto de comenzar* — replicó, extendiendo la mano de nuevo, esta vez para tomar la suya. — *Y la suya, Clara, solo está esperando el primer capítulo.* Ella debería haber retirado la mano. Debería haber dicho que no era un personaje en una de sus novelas, que no estaba allí para ser seducida. Pero cuando sus dedos se entrelazaron con los de él, cálidos y firmes, no pudo moverse. — *¿Y si no quiero ser parte de su historia?* — preguntó, pero la pregunta sonó débil, incluso para ella. Daniel sonrió, lento y peligroso. — *Entonces demuéstremelo.* El desafío flotó entre ellos, cargado de posibilidades. Clara miró hacia abajo, hacia las manos unidas, hacia la forma en que los dedos de él encajaban en los suyos como si siempre hubieran pertenecido allí. Y entonces, sin pensar, apretó a su vez. — *Está bien* — dijo, alzando los ojos para encontrar los de él. — *Pero con una condición.* — *¿Cuál?* — *Que me diga primero lo que busca.* Daniel rio, un sonido bajo y satisfecho, como si ella acabara de confirmar algo que ya sospechaba. — *Hecho* — murmuró, tirando de ella suavemente hacia el fondo de la librería, donde las luces eran más tenues y los libros más antiguos. — *Pero prepárese, Clara. Porque lo que yo quiero no es un libro.* Ella debería haber preguntado qué era. Debería haber exigido una respuesta clara. Pero cuando la guió detrás de un estante alto, donde la luz apenas llegaba y el olor a papel viejo se mezclaba con su perfume, Clara comprendió que ya lo sabía. Y, por primera vez en mucho tiempo, no tuvo miedo de lo que vendría después. El estante alto los ocultaba del resto de la librería, pero no de los ojos del otro. La luz tenue de la lámpara de mesa, filtrada por los estantes de madera oscura, proyectaba sombras doradas sobre los rostros de Clara y Daniel, como si el propio ambiente conspirara para convertirlos en cómplices. El aire allí era más denso, cargado con el olor a cuero envejecido y papel amarillento, mezclado con el perfume cítrico y ligeramente amaderado que emanaba de él. Clara sintió el calor subir por el cuello cuando él se acercó un paso, reduciendo la distancia entre ellos a un espacio peligrosamente íntimo. — *¿Sabes?* — comenzó Daniel, la voz baja, casi un susurro —, *que los libros más interesantes casi nunca están en los estantes delanteros? Se esconden, esperando a alguien con suficiente valor para buscarlos.* Clara alzó la barbilla, intentando ignorar la forma en que su mirada recorría su rostro como una caricia lenta. Había algo depredador en esos ojos oscuros, algo que la hacía querer acercarse y retroceder al mismo tiempo. — *O alguien que sepa exactamente lo que busca* — replicó, cruzando los brazos como si pudiera protegerse de su intensidad. Daniel sonrió, una comisura de la boca levantándose en diversión. — *O alguien que finja no saber.* — Extendió la mano, los dedos rozando levemente el lomo de un volumen encuadernado en tela rojo oscuro. — *Como este. ¿Lo has leído?* Clara reconoció la portada al instante: *Las Amistades Peligrosas*, de Laclos. Un clásico, sí, pero no exactamente el tipo de libro que se dejaba a la vista. Dudó antes de responder, las puntas de los dedos hormigueando con el recuerdo de los pasajes que había leído en secreto, tarde en la noche, cuando la biblioteca estaba vacía y el silencio la hacía sentir audaz. — *Es... interesante* — admitió, eligiendo las palabras con cuidado. — *¿Interesante?* — Daniel soltó una risa suave, sacando el libro del estante y hojeándolo con una lentitud deliberada. — *Es una obra maestra de la manipulación, de la seducción como arma. Cada palabra está calculada para despertar el deseo, para hacer que el lector se pregunte hasta dónde iría si estuviera en el lugar de los personajes.* Alzó los ojos hacia ella, el pulgar trazando una línea invisible en la página abierta. — *¿Te lo has preguntado alguna vez, Clara? ¿Hasta dónde irías?* El corazón de ella latió más rápido. Había algo en la forma en que pronunciaba su nombre, como si lo saboreara, que la hacía sentir expuesta, como si él pudiera ver a través de las capas de timidez que había construido a lo largo de los años. — *La literatura no tiene por qué ser autobiográfica* — dijo, intentando sonar firme, pero la voz le salió más temblorosa de lo que hubiera querido. — *No tiene por qué* — coincidió Daniel, cerrando el libro con un chasquido suave. — *Pero a veces lo es. A veces, las palabras son solo una excusa para decir lo que no tenemos el valor de admitir en voz alta.* Volvió a colocar el volumen en el estante, pero no se apartó. En cambio, se inclinó levemente hacia adelante, los labios casi rozando su oreja cuando murmuró: — *Como el hecho de que ahora mismo estás sonrojada.* Clara sintió que el rostro le ardía. Intentó apartarse, pero el estante detrás de ella no le permitía escapar. Daniel no la tocó, pero la proximidad era casi física, como si el calor de su cuerpo la envolviera, atrayéndola más cerca. — *Te gusta provocarme* — acusó, pero no había ira en su voz, solo una curiosidad que la sorprendió. — *Me gusta ver tus reacciones* — admitió, retrocediendo solo lo suficiente para que pudiera respirar. — *Es como leer un libro sin palabras. Cada expresión, cada temblor, cada vez que te muerdes el labio... es una pista de lo que estás pensando.* Inclinó la cabeza, estudiándola con una intensidad que la hizo estremecer. — *¿Y qué estás pensando ahora, Clara?* Tragó saliva. No podía mentir, no cuando la miraba de esa manera, como si ya supiera la respuesta. Entonces, en lugar de responder, contraatacó: — *¿Y tú? ¿Qué hace un escritor como tú en una librería de noche, buscando libros que ya conoce de memoria?* Daniel sonrió, como si ella acabara de darle exactamente lo que quería. — *Busco inspiración* — dijo, la voz baja. — *Y a veces, la inspiración viene en forma de una bibliotecaria que lee a Laclos en secreto y finge no saber el poder que tienen las palabras.* Clara sintió que le faltaba el aire. ¿Cómo lo sabía? ¿Cómo podía adivinar algo que apenas admitía para sí misma? — *No finjo nada* — mintió, pero la voz traicionó su vacilación. — *¿No?* Daniel dio un paso atrás, pero solo para apoyarse en el estante opuesto, los brazos cruzados sobre el pecho. — *Entonces dime, Clara: ¿cuál es tu libro erótico favorito?* Ella abrió la boca, pero no salió ninguna palabra. Era una pregunta simple, pero cargada de significado. Admitir que tenía un favorito era admitir que leía el género, que se permitía soñar con eso, que tal vez, solo tal vez, deseaba algo más allá de las páginas. — *Yo... no tengo uno favorito* — dijo al fin, pero la mentira sonó falsa incluso para sus propios oídos. Daniel arqueó una ceja. — *¿Ninguno? ¿Ni siquiera uno que hayas releído tantas veces que las páginas estén gastadas?* Clara sintió que el rostro le ardía de nuevo. Había uno. Claro que lo había. *La Venus de las Pieles*, de Sacher-Masoch. Un libro que la fascinaba y la asustaba en igual medida, con sus escenas de sumisión y poder, de dolor transformado en placer. Pero ¿cómo admitir eso ante un desconocido? ¿Ante *él*? — *No es asunto tuyo* — murmuró, desviando la mirada. — *Ah, pero lo es* — Daniel se acercó de nuevo, la voz como un hilo de seda. — *Porque ahora quiero saber. Quiero saber qué hace brillar tus ojos cuando nadie mira. Quiero saber qué hace reaccionar a tu cuerpo antes de que tu mente lo entienda.* Clara sintió que el estómago se le contraía. Nadie le había hablado nunca así, con esa mezcla de curiosidad y deseo que la hacía sentir vulnerable y poderosa al mismo tiempo. — *¿Y si no quiero decírtelo?* — lo desafió, alzando la barbilla. Daniel sonrió, lento y peligroso. — *Entonces tendré que descubrirlo por mi cuenta.* Extendió la mano, los dedos rozando levemente la portada de un libro junto a ella. — *Pero tengo la sensación de que te gustará dejarme intentarlo.* Antes de que pudiera responder, sacó otro volumen del estante, este con una cubierta de cuero envejecido y letras doradas desvaídas. *La Filosofía en el Tocador*, de Sade. Clara conocía el libro, por supuesto. Todos en el mundo de la literatura lo conocían. Pero nunca lo había leído. O mejor dicho, nunca lo había *terminado*. — *Este* — dijo Daniel, hojeando las páginas con una familiaridad que la hizo preguntarse cuántas veces lo había abierto — *trata sobre la libertad. Sobre el placer como algo que no necesita excusas ni permiso.* Se detuvo en una página, los ojos recorriendo las líneas antes de alzar la mirada hacia ella. — *¿Crees en eso, Clara? ¿Que el placer no necesita excusas?* Ella debería haber dicho que no. Debería haber retrocedido, cambiado de tema, cualquier cosa para escapar de esa conversación que la dejaba expuesta. Pero sus palabras la envolvían como una telaraña, y la curiosidad, esa maldita curiosidad que siempre la llevaba a lugares peligrosos, la hizo responder: — *Depende del placer.* Daniel rio, un sonido bajo y satisfecho. — *¿Depende de quién lo proporciona?* — Cerró el libro, pero mantuvo los dedos sobre la cubierta, como si lo sostuviera para ella. — *¿O depende de quién lo recibe?* Clara sintió la garganta seca. Había algo hipnótico en la forma en que hablaba, como si cada palabra fuera una promesa, una invitación. — *De ambos* — admitió al fin. — *Entonces dime* — Daniel se acercó una vez más, la voz un susurro —, *¿cuál es el placer que nunca te has permitido sentir?* Ella debería haber mentido. Debería haber inventado algo seguro, algo que no la dejara tan vulnerable. Pero la verdad escapó antes de que pudiera detenerla: — *El de ser deseada sin restricciones.* Daniel se quedó inmóvil por un instante, como si sus palabras lo hubieran golpeado con más fuerza de la que esperaba. Luego, lentamente, extendió la mano, los dedos rozando su muñeca, trazando un camino invisible hasta el codo. — *¿Y si te dijera* — murmuró, la boca tan cerca de la suya que podía sentir el calor de su aliento — *que es exactamente eso lo que quiero darte?* Clara sintió que todo su cuerpo reaccionaba. El aire entre ellos parecía cargado de electricidad, cada terminación nerviosa alerta, esperando el siguiente movimiento. Pero antes de que pudiera responder, antes de que pudiera siquiera pensar en una respuesta, la campanilla de la librería sonó, anunciando la llegada de un cliente. Daniel retrocedió, pero no apartó los ojos de ella. — *Creo que nuestra conversación tendrá que continuar en otro lugar* — dijo, la voz aún baja, pero con un tono de promesa que la hizo estremecer. Clara asintió, sin confiar en su propia voz. Mientras él se alejaba para atender al cliente, ella se quedó allí, apoyada en el estante, intentando recuperar el aliento. Pero no era solo el aire lo que le faltaba. Era la certeza de que, a partir de ese momento, nada sería como antes. Y, por primera vez en mucho tiempo, no tuvo miedo de lo que vendría después. Solo curiosidad. Y un deseo que crecía a cada segundo, como una llama que ya no sabía cómo—o si quería—apagar. La lluvia había disminuido hasta convertirse en una llovizna fina cuando Clara giró la llave en la cerradura de la librería, el clic metálico resonando en el silencio de la noche. El aire estaba cargado de humedad, el olor a papel viejo y madera barnizada mezclándose con el perfume cítrico que Daniel dejaba a su paso. Se volvió hacia él, los dedos aún temblorosos en el llavero, y encontró su mirada—esa misma que la desarmaba, como si pudiera ver a través de las capas de timidez que tanto se esforzaba por mantener. — *Voy a cerrar la puerta de atrás* — dijo, la voz más firme de lo que se sentía. — *Ya está todo organizado.* Daniel no respondió de inmediato. Solo observó mientras ella se alejaba por el pasillo estrecho, el suave balanceo de sus caderas bajo el vestido de algodón, la manera en que la luz amarillenta de las lámparas de pared proyectaba sombras danzantes en sus piernas. Cuando regresó, él estaba parado exactamente donde lo había dejado, pero algo en su postura había cambiado. Menos casual, más depredador. — *¿No te vas a ir así, verdad?* — preguntó, inclinando la cabeza. — *Después de dejarme tan... intrigado.* Clara mordió el labio inferior, sintiendo el peso de la pregunta. No era una pregunta real, por supuesto. Era una invitación disfrazada, una trampa dulce. Y ella, que había pasado la vida entera huyendo de las trampas, ahora quería caer en esta. — *¿Intrigado?* — repitió, jugando con la correa de su bolso. — *¿Con qué? ¿Literatura erótica?* Una sonrisa lenta se extendió por el rostro de él, revelando dientes blancos y ligeramente irregulares, como si hubiera sido esculpido por manos imperfectas—y por eso mismo, irresistible. — *Contigo* — dijo, acercándose un paso. — *Con esa boca que dice una cosa y esos ojos que dicen otra. Con la manera en que te sonrojas cuando hablo de deseo, pero no apartas la mirada. Con el modo en que tus dedos tiemblan cuando tocas algo que te excita.* Clara sintió que el rostro le ardía. No era justo. La observaba con tanta intensidad, como si cada reacción suya fuera un mapa que ya sabía descifrar. — *Eres un escritor* — murmuró, intentando esquivarse. — *Es tu trabajo prestar atención a esos detalles.* — *No* — respondió él, la voz baja, casi un susurro. — *Es mi placer.* El silencio que siguió fue tan denso que Clara casi pudo escuchar los latidos de su propio corazón. Daniel extendió la mano, los dedos rozando levemente el dorso de la suya, un contacto tan breve que podría haber sido accidental—si no fuera por la manera en que la miró después, como si esperara una reacción. — *Vamos a tomar un café* — sugirió al fin. — *Hay un bar cerca de aquí, ese con los sillones rojos. Creo que te gustará.* Ella debería haber rechazado. Debería haber inventado una excusa—un compromiso, un dolor de cabeza, cualquier cosa. Pero la verdad era que no quería rechazarlo. Quería seguir a ese hombre hasta el final de la noche, hasta el final de sí misma, si fuera necesario. — *Está bien* — aceptó, sorprendida por la firmeza en su propia voz. — *Pero solo un café.* Daniel rio, un sonido grave y ronco que reverberó en su pecho. — *Claro* — dijo, ofreciéndole el brazo. — *Solo un café.* --- El bar era pequeño, acogedor, iluminado por velas que titilaban sobre las mesas de madera oscura. Los sillones rojos eran aún más mullidos de lo que Clara había imaginado, hundiéndose bajo su peso mientras se acomodaba. Daniel pidió dos cafés negros—*sin azúcar, como te gusta*—y ella no tuvo valor para corregirlo. Era cierto. Siempre había preferido el amargor. — *Entonces* — comenzó él, apoyando los codos en la mesa e inclinándose hacia adelante. — *Cuéntame sobre esa tu pasión por la literatura erótica.* Clara sintió que el estómago le daba un vuelco. No era una pregunta inocente. Él lo sabía. Ella lo sabía. — *No es una pasión* — corrigió, jugando con la cuchara. — *Es curiosidad. Me gusta entender cómo la gente escribe sobre el deseo. Cómo transforman algo tan... íntimo en palabras.* — *¿Y qué has descubierto?* — preguntó Daniel, los ojos fijos en los de ella. — *Sobre el deseo, quiero decir.* Ella dudó. El café llegó, humeante, y envolvió la taza con las manos, buscando consuelo en el calor. — *Que es más complicado de lo que parece* — admitió. — *Que la gente le tiene miedo. O finge tenerlo. Que es más fácil tacharlo de pecado que admitir que es... natural.* Daniel sonrió, como si ella hubiera dicho exactamente lo que él quería escuchar. — *O tal vez* — murmuró, acercándose aún más, la voz como un hilo de seda — *la gente le tiene miedo a admitir que quiere ser tocada. Que quiere ser deseada. Que quiere perderse en algo que no puede controlar.* Clara sintió que le faltaba el aire. El espacio entre ellos parecía reducirse con cada palabra, con cada respiración. Cuando Daniel extendió la mano y rozó los nudillos contra el dorso de la suya, no se apartó. — *Hablas como si fuera tan simple* — susurró. — *No lo es* — coincidió él, los dedos deslizándose ahora hacia su muñeca, trazando círculos lentos sobre la piel sensible. — *Pero tampoco tiene por qué ser tan difícil.* Cerró los ojos por un instante, sintiendo cómo el contacto reverberaba por todo su cuerpo. Cuando los abrió, Daniel estaba más cerca, el aliento cálido mezclándose con el suyo. — *Dime una cosa* — pidió, la voz ronca. — *¿Qué harías si te besara ahora?* Clara sintió que el corazón se le aceleraba. No era una pregunta retórica. Él esperaba una respuesta. Y, por primera vez, no quiso mentir. — *No lo sé* — admitió, la voz temblorosa. — *Pero creo que... no te detendría.* Los labios de él se curvaron en una sonrisa lenta, satisfecha. — *Buena respuesta* — murmuró, inclinándose más. — *Pero no es suficiente.* Antes de que pudiera preguntar qué quería decir, Daniel se apartó, dejándola suspendida en el aire, como si le hubieran privado de algo que apenas había comenzado a sentir. Tomó un sorbo de café, los ojos nunca dejando los de ella. — *Quiero que me lo pidas* — dijo al fin. — *No con palabras. Con el cuerpo. Con los ojos. Quiero que admitas, aunque sea solo para ti misma, que lo deseas.* Clara sintió que el rostro le ardía. Era un juego peligroso. Un juego en el que no conocía las reglas. — *¿Y si no sé cómo?* — preguntó, la voz casi un susurro. Daniel se recostó en el sillón, cruzando los brazos. — *Entonces te enseño.* El silencio que siguió solo fue interrumpido por el sonido de la lluvia golpeando las ventanas y el ritmo acelerado de su respiración. Clara miró sus propias manos, la taza de café intacta, cualquier cosa que no fueran esos ojos oscuros que la desnudaban sin esfuerzo. — *Yo no... yo nunca...* — comenzó, pero las palabras murieron en su garganta. — *¿Nunca qué?* — insistió Daniel, la voz suave, pero firme. — *¿Nunca dejaste que alguien te tocara como mereces? ¿Nunca te permitiste sentir placer sin culpa? ¿Nunca te miraste al espejo y te gustó lo que viste?* Negó con la cabeza, sintiendo que las lágrimas le quemaban los ojos. No eran lágrimas de tristeza. Eran de rabia—rabia hacia sí misma, por haber pasado tanto tiempo escondiéndose. Daniel se inclinó hacia adelante de nuevo, los dedos rozando levemente su rodilla por debajo de la mesa. Un contacto leve, casi imperceptible, pero suficiente para hacerla estremecer. — *Entonces hoy es el día en que empiezas* — dijo, la voz baja, persuasiva. — *Hoy es el día en que dejas de preguntarte si puedes y simplemente... sientes.* Clara lo miró, sintiendo el peso de esas palabras. Era un desafío. Una invitación. Una promesa. Y, por primera vez, quiso aceptarlo. El taxi se detuvo frente a un edificio antiguo de fachada de ladrillos a la vista, las luces de la calle reflejándose en los charcos que la lluvia había dejado atrás. Daniel pagó al conductor sin prisa, los dedos rozando la muñeca de Clara cuando se volvió para ayudarla a salir. El contacto fue breve, pero suficiente para que sintiera el calor subir por el brazo, como si la piel de él guardara brasas bajo la superficie fría de la noche. — *¿Vives aquí?* — preguntó, mirando hacia arriba, hacia las ventanas iluminadas del tercer piso. — *Por ahora* — respondió él, guiándola con la mano en la base de la espalda. — *Me gustan los lugares que tienen historia. Tienen... texturas.* Clara no respondió. La palabra *texturas* resonó en su mente, asociándose con cosas que no eran paredes ni libros: la aspereza de una barba incipiente, la suavidad de una sábana recién lavada, el relieve de una cicatriz casi invisible en su hombro, que había notado antes, cuando la luz del café incidía de lado. El ascensor era antiguo, con rejas de hierro forjado, y subió con un crujido que parecía un gemido. Daniel apretó el botón del tercer piso y, antes de que las puertas se cerraran, atrajo a Clara hacia sí. No fue un movimiento brusco—solo lo suficiente para que sintiera su cuerpo contra el de ella, el muslo presionando el suyo, el aliento cálido en el cuello cuando inclinó la cabeza. — *Estás nerviosa* — murmuró, los labios rozando su oreja. — *No es nerviosismo* — mintió, pero la voz le salió temblorosa. — *Entonces ¿qué es?* — Los dedos de él se deslizaron por su costado, deteniéndose en la curva de su cintura. — *¿Miedo?* — *No.* — *¿Culpa?* Vaciló. — *Tal vez.* Daniel rio bajito, un sonido que vibró contra su piel. — *La culpa es un hábito, Clara. Y los hábitos pueden romperse.* Las puertas se abrieron con un *ding* suave. — *Ven.* El apartamento era más pequeño de lo que había imaginado, pero cada detalle parecía elegido con cuidado: una estantería de madera oscura repleta de libros, un sofá de cuero gastado, una mesa de trabajo con pilas de papeles y una laptop abierta, la pantalla mostrando un documento en blanco. Olía a café viejo, a tinta y a algo más—algo que no podía nombrar, pero que le recordaba a noches de verano y sábanas arrugadas. Daniel se quitó el abrigo y lo arrojó sobre el respaldo de una silla, luego se volvió hacia ella. — *¿Quieres tomar algo?* — *No* — respondió demasiado rápido. Él sonrió, acercándose lentamente, como si fuera un animal salvaje a punto de huir. — *¿Segura?* Clara tragó saliva. — *Sí.* — *Entonces dime qué quieres.* Las palabras flotaron entre ellos, cargadas de un significado que iba más allá de lo obvio. Ella miró hacia abajo, hacia las manos de él—manos de escritor, con dedos largos y venas marcadas, manos que sostenían plumas y hojas de papel, pero que ahora parecían capaces de cosas mucho más interesantes. — *No lo sé* — admitió, la voz casi un susurro. — *Sí lo sabes.* Daniel le levantó el mentón, obligándola a mirarlo a los ojos. — *Solo que nunca te has permitido admitirlo.* Y entonces la besó. No fue un beso suave, de quien pide permiso. Fue un beso de quien toma lo que ya sabe que es suyo—lento, profundo, los labios explorando los de ella con una paciencia que rayaba en la crueldad. Clara sintió el sabor a vino tinto y a algo más dulce, tal vez miel, tal vez solo el sabor de su propia rendición. Los dedos de él se enredaron en su cabello, tirando levemente, y ella gimió contra su boca, un sonido que nunca antes había salido de su garganta. Cuando se apartó, los ojos de Clara estaban entrecerrados, la respiración acelerada. — *Eso* — murmuró él, los labios rozando los de ella mientras hablaba — *es lo que quieres.* Ella no lo negó. Daniel la atrajo hacia el sofá, sentándose primero y guiándola para que se sentara a horcajadas sobre él, las rodillas hundiéndose en el cuero suave. Sus manos se deslizaron por los muslos de ella, subiendo lentamente, hasta que los dedos encontraron el dobladillo del vestido. Clara se estremeció cuando lo levantó, exponiendo la piel desnuda de sus piernas, la tela acumulándose en su cintura. — *Mírame* — ordenó, la voz ronca. Ella obedeció. Los ojos de él estaban oscuros, casi negros, las pupilas dilatadas de deseo. Le sujetó las caderas, atrayéndola más cerca, hasta que sintió la evidencia de su propio deseo presionando contra él, separados solo por la fina capa de ropa. — *¿Sientes eso?* — preguntó, moviéndola levemente, haciendo que rozara contra él. Clara mordió el labio. — *Sí.* — *Eso eres tú.* Los dedos de él apretaron la carne de sus muslos. — *Eso es tu cuerpo queriendo el mío. No hay vergüenza en eso, Clara. No hay culpa.* Cerró los ojos, intentando concentrarse en la sensación—el calor entre las piernas, la presión deliciosa, la manera en que su cuerpo parecía hecho para encajar en el de él. Pero entonces Daniel le sujetó el rostro con una mano, obligándola a mirarlo de nuevo. — *No te escondas de mí* — dijo, la voz firme. — *Quiero verte.* Clara sintió que las mejillas le ardían, pero no apartó la mirada. Lentamente, como si se moviera por primera vez, comenzó a balancearse sobre él, las caderas encontrando un ritmo propio, instintivo. El placer creció en oleadas, cada movimiento haciéndola gemir más fuerte, hasta que Daniel cubrió su boca con la suya, tragándose los sonidos que no podía contener. — *Eso es* — murmuró contra sus labios. — *Déjalo salir.* Las manos de él encontraron los botones del vestido, desabrochándolos uno a uno, hasta que la tela se abrió, revelando el sujetador de encaje negro que llevaba debajo. Clara sintió el aire frío del apartamento tocar su piel, pero no tuvo tiempo de sentir vergüenza—porque enseguida los labios de Daniel estuvieron allí, besando el valle entre sus pechos, la lengua trazando círculos perezosos sobre el encaje. — *Tan hermosa* — susurró, los dedos enganchándose en las tiras del sujetador, bajándolas. — *Tan perfecta.* Clara arqueó la espalda cuando tomó un pezón en la boca, succionando con fuerza, la lengua jugando con la punta sensible. Nunca había imaginado que algo pudiera doler tanto y ser tan bueno al mismo tiempo. Sus manos se enredaron en el cabello de él, atrayéndolo más cerca, como si quisiera fundir sus cuerpos en uno solo. Daniel rio contra su piel, un sonido bajo y satisfecho. — *¿Impaciente, eh?* — *Cállate* — murmuró, sorprendiéndose a sí misma con la audacia. Él alzó la cabeza, los ojos brillando de diversión. — *Ah, entonces ahora tienes exigencias.* Antes de que pudiera responder, la levantó del regazo con un movimiento rápido, acostándola en el sofá y cubriendo su cuerpo con el suyo. — *Veamos qué más te gusta.* Sus manos recorrieron cada centímetro de ella, como si estuvieran mapeando un territorio desconocido. Clara sintió los dedos deslizarse por su vientre, deteniéndose en el elástico de las bragas, jugando con el encaje antes de bajarlas. Levantó las caderas, ayudándolo, y cuando la prenda finalmente salió, quedó completamente desnuda bajo su mirada. — *Dios, Clara* — murmuró, los ojos recorriendo su cuerpo con una intensidad que la hizo temblar. — *No tienes idea de cuánto te deseo.* Ella no respondió. No podía. Porque entonces él se arrodilló entre sus piernas, los hombros anchos separándolas aún más, y antes de que pudiera protestar—o suplicar—sus labios estuvieron allí, besándola de una manera que nunca había imaginado posible. Clara gritó, las manos aferrándose a su cabello con fuerza. La lengua de él era implacable, explorándola con una precisión que la volvía loca, alternando entre movimientos lentos y rápidos, hasta que no supo dónde terminaba el placer y comenzaba el dolor. Las piernas le temblaban, las caderas moviéndose involuntariamente, buscando más contacto, más presión, más *de él*. — *Daniel...* — gimió, la voz quebrada. — *Yo... yo no...* — *Shh* — murmuró, los labios aún contra ella. — *Déjalo pasar.* Y pasó. El orgasmo la golpeó como una ola, arrastrándola a un lugar donde no había pensamientos, solo sensaciones—el calor, la humedad, el placer extendiéndose por su cuerpo en espasmos que la dejaron sin aliento. Arqueó la espalda, los dedos de los pies curvándose, mientras Daniel la sostenía, prolongando cada segundo hasta que no pudo aguantar más. Cuando finalmente abrió los ojos, él estaba de pie, mirándola con una expresión que mezclaba satisfacción y algo más oscuro, más hambriento. — *Aún no hemos terminado* — dijo, desabotonándose la camisa con movimientos lentos, deliberados. Clara lo observó, el corazón aún latiendo con fuerza, el cuerpo aún hormigueando. Debería estar exhausta. Debería estar avergonzada. Pero todo lo que sentía era un hambre nueva, más profunda, más urgente. Y cuando se acercó de nuevo, desnudo, el cuerpo esculpido por la luz tenue de la lámpara, supo que esa noche estaba lejos de terminar. Lo primero que sintió Clara al despertar fue el calor. No el calor húmedo de la noche anterior, ese que subía en oleadas por su cuerpo cuando los dedos de Daniel la exploraban, sino algo más suave, más constante—como si el propio aire a su alrededor hubiera sido calentado por horas de proximidad. La luz del amanecer se filtraba por las cortinas entreabiertas, pintando franjas doradas sobre las sábanas arrugadas, sobre la piel expuesta de Daniel, sobre el contorno de sus propios hombros, aún marcados por los leves arañazos de sus uñas. Se movió lentamente, como si cualquier movimiento brusco pudiera deshacer la magia de esas horas. Su cuerpo dolía en lugares que ni siquiera sabía que podían doler—entre las piernas, sí, pero también en los muslos, en los músculos de la espalda, incluso en los labios, hinchados de tanto ser mordidos, succionados, besados. Y, sin embargo, no había arrepentimiento. Solo una quietud extraña, como si hubiera pasado la noche entera corriendo y, ahora, por fin, pudiera detenerse. Daniel no dormía. Estaba acostado de lado, la cabeza apoyada en la mano, observándola con esa misma mirada que la había hecho temblar la noche anterior—medio depredador, medio fascinado. Los cabellos oscuros caían desordenados sobre la frente, y la barba incipiente sombreaba su mandíbula, dándole un aire aún más peligroso. Cuando ella abrió los ojos, sonrió, lento, como si supiera exactamente lo que estaba pensando. — *Buenos días* — murmuró, la voz ronca por el sueño y por otras cosas. Clara intentó responder, pero la garganta estaba seca. Tragó saliva, sintiendo el sabor residual de vino y de algo más dulce, más íntimo. Daniel lo notó y, sin decir nada, se inclinó para tomar el vaso de agua de la mesita de noche. Lo acercó a sus labios, los dedos rozando levemente su mentón mientras la ayudaba a beber. El líquido fresco bajó por su garganta, aliviando la sequedad, pero no el calor que aún latía bajo su piel. — *Estás callada* — comentó, dejando el vaso a un lado. — *Eso es raro.* Ella sonrió, un poco avergonzada. — *Estoy intentando entender cómo me siento.* — *¿Y cómo te sientes?* — *Diferente.* La palabra salió antes de que pudiera filtrarla. Clara mordió el labio, como si pudiera retractarse, pero Daniel solo arqueó una ceja, intrigado. — *¿Diferente cómo?* Vaciló. ¿Cómo explicar que, por primera vez, no se sentía como una sombra? Que, durante años, se había movido por el mundo como si fuera invisible, como si su presencia fuera solo un detalle sin importancia, hasta que él la miró como si fuera la única cosa que valía la pena ver? ¿Cómo decir que, ahora, cada centímetro de su cuerpo parecía más vivo, más real, como si hubiera pasado la vida entera durmiendo y solo ahora hubiera despertado? — *Como si...* — comenzó, buscando las palabras adecuadas. — *Como si hubiera pasado años mirando el mundo a través de un cristal empañado, y alguien por fin lo hubiera limpiado.* Daniel no se rio. No hizo un chiste. Solo la observó por un largo momento, como si estuviera decidiendo algo. Entonces, sin aviso, extendió la mano y apartó la sábana que aún cubría parcialmente su cuerpo, exponiéndola por completo. Clara instintivamente intentó cubrirse, pero él le sujetó la muñeca, impidiéndolo. — *No* — dijo, la voz baja, pero firme. — *No te escondas. No ahora.* Respiró hondo, sintiendo el aire fresco de la mañana tocar su piel desnuda. No era la primera vez que él la veía así—la noche anterior, había sido desnudada, tocada, probada en todos los sentidos posibles. Pero esto era diferente. Era de día. Había luz. Y, de repente, todas las inseguridades que creía haber dejado atrás volvieron con fuerza. — *Yo no...* — comenzó, pero las palabras murieron en su garganta cuando Daniel se inclinó y besó su hombro, luego la curva de su cuello, luego la línea de su clavícula. No era un beso hambriento, como los de la noche anterior. Era lento, casi reverente, como si estuviera memorizando cada centímetro de ella. — *Eres hermosa* — murmuró contra su piel. — *Y no solo porque seas bonita. Sino porque, por primera vez, estás dejando que alguien te vea de verdad.* Clara cerró los ojos, sintiendo que las lágrimas le quemaban detrás de los párpados. No eran lágrimas de tristeza. Eran de alivio, de gratitud, de algo mucho más profundo que aún no podía nombrar. — *No sabía que podía ser así* — confesó, la voz temblorosa. Daniel alzó la cabeza, los ojos oscuros fijos en los de ella. — *¿Así cómo?* — *Tan... intenso. Tan... real.* Asintió. Él sonrió, una sonrisa lenta y satisfecha, como si acabara de ganar una apuesta que ni siquiera sabía que estaba haciendo. — *Bienvenida al mundo de los vivos, Clara.* Antes de que pudiera responder, la atrajo hacia sí, envolviéndola en sus brazos. Su cuerpo estaba cálido, sólido, y ella se acurrucó contra él, sintiendo los latidos de su corazón contra los suyos. Por un momento, permanecieron así, en silencio, solo respirando. Entonces, Daniel habló, la voz baja, casi un susurro: — *¿Quieres irte?* La pregunta la sorprendió. Se apartó un poco, mirándolo. — *¿Quieres que me vaya?* Él rio, un sonido grave y ronco. — *Clara, si tuviera lo que quiero, nunca saldrías de esta cama.* Se sonrojó, pero no apartó la mirada. — *Entonces ¿por qué preguntaste?* — *Porque quiero que te quedes porque quieres. No porque creas que debes.* Pensó por un momento. Pensó en la librería, en los libros que la esperaban, en la rutina que la aguardaba fuera de ese apartamento. Pensó en cómo, hasta la noche anterior, su vida había sido una sucesión de días predecibles, seguros, sin riesgos. Y luego pensó en él—en Daniel, con sus ojos oscuros y sus manos hábiles, en cómo la había hecho sentir cosas que ni siquiera sabía que eran posibles. — *Quiero quedarme* — dijo al fin. Daniel no sonrió. No celebró. Solo la atrajo de nuevo hacia sus brazos, como si esa fuera la respuesta que ya sabía que recibiría. — *Entonces quédate* — murmuró, los labios rozando su oreja. — *Pero ten en cuenta una cosa: si te quedas, no será solo hoy. No será solo esta mañana. Voy a mostrarte cosas que ni siquiera imaginas. Voy a llevarte a lugares que nunca pensaste en explorar.* Clara se estremeció, pero no de miedo. De anticipación. — *¿Y si no estoy preparada?* Él rio, un sonido bajo y peligroso. — *Ya lo estás.* Y entonces, sin aviso, la volteó de espaldas, inmovilizándola bajo el peso de su cuerpo. Clara jadeó, sintiendo su erección presionar contra su muslo. No era la primera vez que despertaban así—de hecho, así había comenzado la noche anterior, con él despertándola con besos lentos y manos exploradoras. Pero ahora era diferente. Ahora, ella no estaba sorprendida. Ahora, sabía qué esperar. Y, Dios, cómo lo deseaba. Daniel no la besó de inmediato. En cambio, se quedó allí, cerniéndose sobre ella, los ojos recorriendo cada centímetro de su cuerpo como si estuviera decidiendo por dónde empezar. Clara sintió que el corazón se le aceleraba, la respiración se le volvía más rápida. Él extendió la mano y tocó su pecho, primero con suavidad, luego con más firmeza, los dedos jugando con el pezón hasta que se endureció. — *¿Te gusta esto?* — preguntó, la voz ronca. Asintió, incapaz de hablar. — *Dilo* — exigió, pellizcando levemente. — *Quiero oírlo.* — *Sí* — logró decir, la voz un susurro. — *Me gusta.* Él sonrió, satisfecho, e inclinó la cabeza para tomar el pezón en la boca. Clara arqueó la espalda, un gemido escapando de sus labios. Lo chupó con fuerza, luego con suavidad, alternando entre ambos hasta que ella se retorció debajo de él, las uñas clavándose en sus hombros. — *Daniel...* — gimió, su nombre una súplica. Él alzó la cabeza, los labios húmedos, los ojos oscuros de deseo. — *¿Qué quieres, Clara?* — *A ti* — dijo, sin dudar. — *Solo a ti.* No necesitó más incentivo. Con un movimiento rápido, se posicionó entre sus piernas, la punta de su miembro rozando su entrada ya húmeda. Clara contuvo la respiración, esperando, pero él no la penetró. En cambio, se frotó contra ella, provocándola, haciéndola gemir de frustración. — *Por favor* — suplicó, levantando las caderas en busca de contacto. Daniel rio, un sonido bajo y satisfecho. — *Tan impaciente* — murmuró, pero finalmente, finalmente, empujó dentro de ella. Clara gritó, el placer tan intenso que rayaba en el dolor. Él era grande, más grande de lo que recordaba, y la sensación de ser llenada por él era casi demasiado. Pero entonces comenzó a moverse, despacio al principio, luego con más fuerza, y ella olvidó todo—el mundo exterior, las dudas, los miedos. Solo existía él, solo existía eso, el ritmo de sus cuerpos chocando, el sonido de la piel contra la piel, los gemidos mezclándose en el aire. Daniel le sujetó las caderas, guiándola, controlando el ritmo, y Clara se dejó llevar, entregándose por completo. La besó, la lengua invadiendo su boca al mismo ritmo que su miembro invadía su cuerpo, y sintió que el placer crecía, crecía, hasta que no hubo espacio para nada más que esa ola inminente. — *Córrete para mí* — ordenó, la voz un gruñido. — *Ahora.* Y ella obedeció. El orgasmo la golpeó como un rayo, arrancándole un grito de los labios. Se aferró a él, las uñas clavándose en su espalda, el cuerpo temblando mientras ola tras ola de placer la atravesaba. Daniel no se detuvo, continuando moviéndose dentro de ella hasta que, con un gemido ronco, se corrió también, el calor de su semen inundándola. Por un largo momento, permanecieron así, jadeantes, los cuerpos aún unidos. Entonces, Daniel rodó hacia un lado, atrayéndola hacia sí. Clara se acurrucó contra él, sintiendo los latidos descompasados de su corazón contra los suyos. — *¿Aún crees que esto fue solo el comienzo?* — preguntó, la voz perezosa. Ella sonrió, cerrando los ojos. — *Estoy segura.* Y, por primera vez en mucho tiempo, Clara no sintió miedo de lo que vendría después. Solo sintió expectación. Y, sobre todo, deseo.

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