Entre Sábanas y Palabras

Por Tonkix
Entre Sábanas y Palabras
**Entre Sábanas y Palabras** La lluvia caía en cortinas gruesas sobre el camino de tierra, transformando la ruta en un espejo turbio de lodo y reflejos distorsionados. Clara apretó el volante del coche alquilado, los nudillos blancos bajo la luz pálida del tablero. El viento azotaba las palmeras al borde del camino, arrancando hojas que volaban como pájaros asustados antes de estrellarse contra el parabrisas. Respiró hondo, sintiendo el olor a ozono y salitre invadir el coche, mezclado con el aroma artificial del cuero de los asientos. *Llegué*, pensó, aunque la palabra sonó más como un suspiro aliviado que como una constatación. La casa de playa apareció entre la niebla como un fantasma de madera y vidrio, erguida sobre pilotes para desafiar las mareas. Clara estacionó bajo el porche cubierto, apagó el motor y se quedó allí, inmóvil, escuchando el repiqueteo de la lluvia en el techo del coche. El silencio que siguió fue casi ensordecedor. Cerró los ojos por un instante, dejando que el vaivén de las olas contra las rocas lejanas apaciguara la tormenta dentro de sí. *Tres meses*, recordó. Tres meses desde que Rafael había tirado todo por la borda con una frase dicha en el tono más casual del mundo: *«Creo que necesitamos un tiempo»*. Como si el amor fuera un mueble que se desmonta y guarda en el ático cuando uno se cansa de su forma. Con un suspiro, abrió la puerta y fue recibida por una ráfaga de aire húmedo y salado. La lluvia le resbalaba por el cabello castaño, pegando los mechones a la frente y al cuello, mientras corría hasta la puerta principal, arrastrando tras de sí la maleta de ruedas como un animal reacio. La llave giró en la cerradura con un *clic* satisfactorio, y al empujar la puerta, el olor a madera barnizada y cera de abeja la envolvió como un abrazo. La casa estaba exactamente como la recordaba: las vigas expuestas en el techo, los muebles de líneas limpias, el sofá de lino claro que Rafael siempre decía que era *«demasiado bonito para sentarse»*. Clara dejó la maleta en el suelo y encendió la chimenea de gas con un toque en el interruptor. Las llamas azules danzaron sobre los troncos falsos, proyectando sombras movedizas en las paredes. Se quitó los zapatos empapados y caminó hasta la cocina americana, pasando los dedos por el mármol frío de la encimera. La nevera estaba abastecida—había pedido a la cuidadora que dejara todo listo—y había una botella de vino tinto abierta sobre la mesa, con una nota sujeta por un imán: *«Para los días que merecen ser olvidados. Con amor, yo»*. Clara sonrió, a pesar de todo. Rafael siempre había sabido anticipar sus necesidades, incluso cuando ya no estaban juntos. Sirvió una copa generosa y se la llevó a los labios, dejando que el líquido corpóreo le quemara la garganta de un modo placentero. El alcohol se extendió por su cuerpo como un bálsamo, aflojando los nudos de tensión que llevaba en los hombros. Fue entonces cuando lo escuchó. Un ruido ahogado, casi tragado por la tormenta, llegó desde el porche. Clara frunció el ceño y se acercó a la puerta de cristal corrediza. Afuera, entre la lluvia y la oscuridad, una figura se movía. Un bulto alto, empapado, con el cabello oscuro pegado a la frente y la camisa blanca adherida al cuerpo como una segunda piel. El corazón le dio un vuelco, y por un segundo, pensó en retroceder, en fingir que no lo había visto. Pero Rafael ya la había visto. Sus ojos—esos ojos verdes que ella conocía tan bien, capaces de pasar de tiernos a ardientes en un parpadeo—se clavaron en ella a través del cristal. Él levantó una mano, vacilante, como pidiendo permiso. Clara no se movió. La lluvia caía en diagonal, azotando el rostro de Rafael, pero él no apartó la mirada. Había algo desesperado en su postura, algo que ella no veía desde la última vez que habían hecho el amor, tres meses atrás, en su apartamento, después de una pelea fea sobre plazos de proyecto. *«Me tratas como si fuera un estorbo»*, ella había gritado, mientras él la arrastraba a la cama, acallándola con besos que sabían a whisky y arrepentimiento. Ahora, él estaba allí. Empapado. Decidido. Clara respiró hondo y abrió la puerta. El viento entró primero, trayendo consigo el olor a mar y tierra mojada, y entonces Rafael cruzó el umbral, goteando agua sobre el suelo de madera. No dijo nada. Solo se quedó allí, quieto, con los brazos a los lados del cuerpo, como si no supiera qué hacer con ellos. Clara sintió el calor del vino subirle a las mejillas, mezclado con algo más antiguo, más peligroso. *Rabia*, se dijo. *Es solo rabia.* —¿Qué haces aquí? —La voz le salió más fría de lo que pretendía. Rafael se pasó una mano por el rostro, quitándose el agua de los ojos. —Intenté llamar. Mandar mensajes. No respondiste. —Porque no quería hablar contigo. —Ya lo sé. —Dio un paso adelante, y Clara retrocedió instintivamente. —Pero necesitaba verte. —¿Por qué? La pregunta quedó suspendida entre ellos, cargada de todo lo que no se había dicho. Rafael miró a su alrededor, como si buscara las palabras en la decoración minimalista de la sala. Luego, sus ojos volvieron a ella, y Clara sintió el peso de esa mirada como una caricia indeseada. —Porque no puedo dejar de pensar en ti —dijo al fin—. Ni por un segundo. Ella rió, un sonido corto y sin humor. —Eso es ridículo. Tú fuiste quien terminó con todo. —Ya lo sé. —Dio otro paso, y ahora estaba lo suficientemente cerca como para que ella sintiera el olor de su piel, a jabón mezclado con la sal del mar. —Y fue el mayor error de mi vida. Clara cruzó los brazos, como si pudiera protegerse de esa proximidad, de esa voz ronca que siempre había sabido cómo hacerla temblar. —No puedes aparecer así, después de tres meses, y creer que todo se resolverá con una disculpa. —No estoy pidiendo disculpas —murmuró Rafael, y sus dedos rozaron la muñeca de ella, ligeros como una pluma—. Estoy pidiendo una oportunidad. Debería haberse apartado. Debería haberle dicho que no, haberle cerrado la puerta en la cara, haber vuelto al vino y a la soledad que había elegido. Pero las palabras murieron en su garganta cuando Rafael le tomó el rostro entre las manos, los pulgares trazando círculos lentos sobre sus pómulos. Clara cerró los ojos, sintiendo el calor de su piel, la aspereza de los callos en sus palmas—callos que conocía tan bien, que habían recorrido cada centímetro de su cuerpo. —Clara —susurró, y el sonido de su nombre en su boca fue como un fósforo encendido en la oscuridad. Ella abrió los ojos. Rafael estaba tan cerca que podía ver las gotas de lluvia resbalando por su cuello, desapareciendo bajo el cuello de la camisa mojada. Él estaba esperando. Esperando a que lo empujara, a que gritara, a que hiciera cualquier cosa menos quedarse allí, inmóvil, con el corazón latiendo tan fuerte que dolía. Entonces, hizo lo único que no debería haber hecho. Se acercó. Clara sintió el peso de su propio cuerpo contra el de él antes incluso de darse cuenta de que se había movido. El aire entre ellos se condensó, espeso como la humedad de la tormenta, y por un segundo, ninguno de los dos respiró. Luego, los labios de Rafael encontraron los suyos, no con la urgencia de un hombre desesperado, sino con la lentitud de quien sabe que el tiempo, ahora, les pertenecía. Fue un beso que comenzó suave, casi tímido, como si aún dudara de que ella lo dejara continuar. Pero Clara no lo apartó. En cambio, sus manos subieron hasta los hombros de él, aferrándose a la tela empapada de la camisa, atrayéndolo más cerca, como si pudiera fundir sus cuerpos allí mismo, en el umbral de la puerta. Cuando se separaron, el sonido de sus respiraciones era el único ruido aparte del viento aullando contra las ventanas. Rafael no sonrió, pero sus ojos brillaban con algo que iba más allá del alivio—algo más peligroso, más profundo. Levantó una mano, vacilante, y apartó un mechón de cabello mojado del rostro de ella, los dedos demorándose en la curva de su cuello. —Estás temblando —murmuró. Clara no respondió. No era necesario. El temblor no era de frío. Rafael dio un paso atrás, solo lo suficiente para que ella pudiera cerrar la puerta. El estruendo de la madera al cerrarse resonó en la casa, ahogando por un instante el ruido de la tormenta. La sala estaba casi a oscuras, iluminada solo por la luz ámbar de una lámpara antigua en el rincón y por el destello ocasional de los relámpagos que rasgaban el cielo. El olor a café recién hecho aún flotaba en el aire, mezclado con el aroma a madera húmeda y el perfume cítrico que Clara siempre asociaba con Rafael—una fragancia que juraba haber olvidado, pero que ahora invadía sus sentidos con la fuerza de un recuerdo físico. Él se quitó la chaqueta, dejándola caer sobre el respaldo de un sillón, y por un momento, Clara solo pudo mirar las gotas de agua que resbalaban por sus brazos, delineando la musculatura bajo la camisa blanca, casi transparente de tan mojada. Rafael la observaba con la misma intensidad, como si intentara memorizar cada detalle de ella—la forma en que la blusa fina se adhería a sus pechos, la curva de sus caderas bajo los vaqueros, los pies descalzos hundiéndose en la alfombra mullida. —Hiciste café —dijo al fin, rompiendo el silencio. Clara cruzó los brazos, como si eso pudiera protegerla de la vulnerabilidad que sentía. —No sabía que ibas a venir. —Yo tampoco. Un trueno retumbó, haciendo temblar los cristales. Rafael no se asustó. Estaba acostumbrado a las tormentas, a las noches largas, a momentos como aquel—momentos en los que el mundo parecía reducirse a dos cuerpos y al espacio exiguo entre ellos. Dio un paso adelante, y Clara no retrocedió. En cambio, alzó la barbilla, desafiándolo. —¿Qué quieres, Rafael? La pregunta flotó en el aire, cargada de doble sentido. Él lo sabía. Ella también. Rafael no respondió de inmediato. En cambio, extendió la mano, los dedos rozando levemente la muñeca de ella, trazando una línea imaginaria hasta el codo. Clara contuvo la respiración. El contacto era ligero, casi imperceptible, pero quemaba como una brasa. —Quiero hablar —dijo, la voz ronca—. Quiero entender cómo llegamos aquí. —Llegamos aquí porque decidiste aparecer en mi casa en medio de una tormenta. —Llegamos aquí porque ninguno de los dos pudo seguir adelante. Clara soltó una risa seca, pero no se apartó. La verdad era que ella tampoco había podido. Incluso después de meses de silencio, de noches en vela, de intentar convencerse de que lo que sentía por él era solo el residuo de una pasión antigua, allí estaba, permitiéndole tocarla, invadir su espacio, su olor, su mente. —¿Crees que el café resolverá esto? —preguntó, señalando la cocina con un gesto de la cabeza. Rafael sonrió, una sonrisa lenta y peligrosa. —No. Pero es un comienzo. Se volvió hacia la cocina, y Clara lo siguió, aunque cada fibra de su cuerpo le gritaba que se quedara quieta. La luz de la sala se extendía hasta el pasillo, iluminando solo parcialmente el camino, y por un instante, recordó todas las veces que habían hecho exactamente eso—él yendo delante, ella siguiéndolo, atraída por algo que no podía nombrar. La cocina era pequeña, acogedora, con armarios de madera clara y una encimera de mármol que Clara había elegido personalmente. Rafael se detuvo junto a la cafetera, sirviendo dos tazas con movimientos precisos, como si ya conociera cada rincón de aquel lugar. Le tendió una a ella, y Clara la aceptó, los dedos rozando los suyos un segundo más de lo necesario. El primer sorbo fue amargo, fuerte, exactamente como le gustaba. Rafael la observaba por encima del borde de su taza, los ojos oscuros fijos en ella con una intensidad que la hacía sentirse expuesta. Clara desvió la mirada, posándola en la ventana sobre el fregadero. Afuera, la lluvia golpeaba el cristal en oleadas furiosas, y por un momento, se preguntó si él había venido en coche o si había desafiado la tormenta a pie, como un loco. —¿Condujiste hasta aquí con este tiempo? —preguntó, intentando sonar casual. Rafael se encogió de hombros. —Necesitaba verte. —¿Por qué? —Porque no aguantaba más sin verte. Las palabras quedaron suspendidas entre ellos, pesadas, cargadas de significado. Clara sintió el calor subir por su cuello, quemándole las mejillas. Dejó la taza sobre la encimera con un poco más de fuerza de la necesaria, el líquido oscuro salpicando levemente. —No es justo —murmuró. —¿El qué no es justo? —Que aparezcas así, después de meses, y creas que puedes decir cosas como esa. Rafael dejó su propia taza junto a la de ella y dio un paso adelante, reduciendo la distancia entre ambos. Clara retrocedió instintivamente, pero la encimera la detuvo. Él no la tocó. Todavía no. Pero estaba lo suficientemente cerca como para que sintiera el calor de su cuerpo, para que viera la forma en que su respiración hacía subir y bajar su pecho, para que notara cómo sus ojos recorrían su rostro, como si intentara descifrar un enigma. —No he venido a jugar, Clara —dijo, la voz baja, casi un susurro—. He venido porque no puedo seguir fingiendo que no te echo de menos. Porque cada vez que empiezo un proyecto, es tu nombre el que me viene a la cabeza. Porque cada vez que veo una casa bonita, me pregunto cómo la diseñarías tú. Porque sueño contigo. Con nosotros. Clara cerró los ojos por un segundo, intentando controlar la ola de emociones que amenazaba con desbordarse. Cuando los abrió de nuevo, Rafael estaba aún más cerca, su aliento caliente mezclándose con el de ella. —¿Y qué esperas que haga con eso? —preguntó, la voz temblorosa. Rafael levantó la mano, vacilante, y esta vez, cuando sus dedos tocaron su rostro, Clara no se apartó. Él trazó la línea de su mandíbula, el contorno de sus labios, como si estuviera recordando cada detalle. —Espero que me digas la verdad —murmuró—. Que admitas que también me echas de menos. Que aún me deseas. Que aún me amas. Clara sintió que le faltaba el aire. Las palabras estaban ahí, en la punta de la lengua, listas para ser dichas. Pero algo la detuvo. Miedo, quizá. Orgullo. O simplemente el hecho de que, si lo decía en voz alta, no habría vuelta atrás. En lugar de eso, se inclinó hacia adelante y pegó sus labios a los de él en un beso que no tenía nada de tímido. Fue un beso de hambre, de urgencia, de todas las cosas que no podía decir. Rafael respondió con la misma moneda, sus manos deslizándose hasta su cintura, atrayéndola contra sí con fuerza. Clara gimió contra su boca, el sonido ahogado por la lluvia afuera, y por un momento, lo único que existió fue ese calor, ese deseo, esa necesidad abrumadora de perderse el uno en el otro. Pero entonces, Rafael se apartó, solo lo suficiente para apoyar la frente contra la de ella, los ojos cerrados, la respiración irregular. —No podemos volver a hacer esto —dijo, la voz ronca—. No si no es en serio. Clara abrió los ojos, mirándolo con una intensidad que lo hizo contener la respiración. —¿Y si lo es? Rafael no respondió. En cambio, tomó su rostro entre las manos y la besó de nuevo, esta vez con una ternura que hizo doler el pecho de Clara. Cuando se separaron, apoyó la frente contra la de ella, los dedos aún acariciando su piel. —Entonces hablemos —susurró—. De verdad. Clara asintió, aunque sabía que las palabras no serían suficientes. No ahora. No después de todo. Y cuando Rafael la tomó de la mano, llevándola de vuelta a la sala, donde la luz de la lámpara creaba sombras danzantes en las paredes y el viento seguía aullando afuera, supo que la conversación que necesitaban tener no sería solo de palabras. La lluvia golpeaba las ventanas como dedos impacientes, insistentes, mientras Clara seguía a Rafael hasta el sofá de lino gastado, donde la luz ámbar de la lámpara dibujaba halos dorados sobre la madera oscura de la mesa de centro. El café, ahora casi frío, desprendía un aroma terroso que se mezclaba con el olor a salitre y piel mojada—un perfume que conocía demasiado bien, que le hacía recordar noches en las que el sudor y la sal se confundían entre sábanas arrugadas. Él se quitó la chaqueta empapada, dejándola caer sobre el brazo del sofá con un sonido apagado, y por un instante, Clara quedó hipnotizada por la forma en que la camisa blanca, pegada al torso, delineaba los músculos que ya había recorrido con los labios. —Estás temblando —murmuró Rafael, la voz baja, casi tragada por el rugido del viento. Ella cruzó los brazos, como si eso pudiera contener el temblor que no venía del frío. —Es solo el shock de verte aquí. Después de meses. —Merezco eso. —Se pasó una mano por el cabello oscuro, aún goteando, y Clara notó cómo los mechones habían crecido desde la última vez, como si hasta el tiempo se hubiera rendido a la distancia entre ellos. —Pero no fue por falta de ganas que no vine antes. —¿Fue por orgullo, entonces? —Alzó la barbilla, pero la voz le salió menos firme de lo que pretendía. Rafael soltó una risa corta, sin humor. —Orgullo, miedo, vergüenza... Elige. —Se acercó, despacio, como si ella fuera un animal asustadizo que pudiera huir en cualquier momento. —Pero ahora estoy aquí. Y no me iré sin decirte lo que debería haberte dicho aquella noche, cuando tiraste mis cosas a la acera. Clara sintió que el pecho se le encogía. Recordaba aquella noche con una nitidez dolorosa: la lluvia fina, el olor a tierra mojada, las cajas de cartón aplastadas bajo sus pies mientras él gritaba algo que no quiso escuchar. Pero lo que más dolía no eran las palabras, sino el silencio que vino después. El vacío de despertarse sola, de darse cuenta de que, por primera vez en años, no habría nadie que le robara las mantas o dejara la toalla mojada sobre la cama. —Te escucho —dijo al fin, retrocediendo hasta el sillón junto a la chimenea apagada. Necesitaba espacio. Necesitaba algo sólido entre ellos. Rafael no se sentó. Se quedó de pie, las manos metidas en los bolsillos de los vaqueros, los hombros tensos bajo la tela húmeda. —Me equivoqué, Clara. No solo contigo, sino conmigo mismo. Pasé años creyendo que el éxito profesional era lo único que importaba, que si me dedicaba lo suficiente, el resto... —Hizo una pausa, buscando las palabras. —El resto se arreglaría. Pero entonces te fuiste, y de repente me di cuenta de que ya no tenía a nadie a quien mostrarle los proyectos, nadie con quien reírme de mis chistes malos sobre vigas y albañilería. Nadie que me recordara que no soy solo un nombre en una placa de bronce. Ella desvió la mirada, fijándose en las llamas imaginarias de la chimenea. —Tenías a tu familia. A tus amigos. —No era lo mismo. —Dio un paso adelante, luego otro, hasta que sus rodillas casi tocaron las de ella. —Con ellos, podía fingir que todo estaba bien. Contigo... —La voz le falló. —Contigo, nunca tuve que fingir. Clara cerró los ojos por un segundo, sintiendo el peso de esas palabras posarse sobre ella como una mano cálida. Recordó las noches en que él llegaba tarde de la oficina, exhausto, y ella lo esperaba con una copa de vino y un plato de queso derretido, como si eso pudiera compensar el cansancio. Recordó cómo la atraía hacia su regazo, hundiendo el rostro en su cuello, y cómo ella reía cuando él murmuraba cosas sin sentido sobre ángulos y proporciones, como si su cuerpo fuera un proyecto que aún no había dominado. —Yo también te eché de menos —admitió, antes de poder contenerse. Las palabras salieron bajas, casi un susurro, pero resonaron entre ellos como un trueno. Rafael se arrodilló frente a ella, los ojos oscuros brillando en la penumbra. —Entonces, ¿por qué no atendiste mis llamadas? ¿Por qué no respondiste ninguno de mis mensajes? —Porque necesitaba saber si era real. —Clara se aferró al brazo del sillón con fuerza, las uñas clavándose en el tapizado. —Porque cada vez que pensaba en ti, recordaba lo fácil que era perdernos el uno en el otro. Y no quería perderme más, Rafael. Quería encontrarme. Él extendió la mano, vacilante, y cuando ella no se apartó, sus dedos rozaron la piel desnuda de su tobillo, trazando círculos lentos que la hicieron contener la respiración. —¿Y te encontraste? —No. —La palabra salió más áspera de lo que pretendía. —Porque, al final, solo podía pensar en lo bueno que era cuando estábamos juntos. Incluso cuando peleábamos. Incluso cuando dejabas tus calcetines sucios en el suelo del baño. Rafael rió, un sonido ronco y familiar que hizo que algo dentro de ella se soltara. —Todavía lo hago. —Ya lo sé. —Sonrió, a pesar de todo. —Vi tus calcetines en el cesto cuando llegué. Y casi lloré. Él le tomó el tobillo con más firmeza, atrayéndola suavemente hacia el borde del sillón, hasta que sus rodillas se tocaron. —¿Me perdonas? Clara lo miró, al rostro que conocía tan bien—las arrugas alrededor de los ojos cuando sonreía, la cicatriz casi imperceptible en la barbilla de cuando se cayó de la bicicleta a los doce años, la forma en que la barba incipiente sombreaba su mandíbula. Y entonces, sin pensarlo, levantó la mano y le tocó el rostro, los dedos deslizándose por la piel áspera, sintiendo el calor que irradiaba. —Ya te había perdonado —susurró—. Solo no sabía cómo decírtelo. Rafael cerró los ojos por un instante, como si esas palabras fueran un bálsamo. Cuando los abrió de nuevo, había algo nuevo en ellos—algo que Clara reconoció al instante: deseo, crudo y urgente, pero templado por algo más profundo. Se inclinó hacia adelante, los labios flotando sobre los de ella, tan cerca que podía sentir su aliento cálido mezclado con el olor a café y lluvia. —¿Puedo besarte? —preguntó, la voz ronca. Clara no respondió. En cambio, le tomó la nuca y lo atrajo hacia sí, los labios encontrándose en un beso que comenzó lento, casi reverente, pero que pronto se transformó en algo más voraz. Rafael gimió contra su boca, las manos deslizándose por sus muslos, atrayéndola más cerca, hasta que ella estuvo prácticamente en su regazo. Clara sintió el cuerpo de él reaccionar, duro contra su vientre, y un escalofrío le recorrió la espalda. —Clara... —murmuró, apartándose solo lo suficiente para respirar—. Si seguimos así, no podré parar. Ella lo miró, los labios hinchados, el corazón latiendo tan fuerte que parecía que iba a salírsele por la boca. —¿Quién dijo que quiero que pares? Rafael no necesitó más incentivo. Con un movimiento rápido, la levantó del sillón, haciéndola rodear su cintura con las piernas mientras la llevaba de vuelta al sofá. Clara rió, sorprendida, pero el sonido se transformó en un gemido cuando él la tendió sobre los cojines y se colocó entre sus piernas, el peso de su cuerpo presionándola contra el tapizado. —Eres hermosa —murmuró, apartando un mechón de cabello húmedo de su rostro—. Tan hermosa que duele. Clara arqueó la espalda, sintiendo el calor extenderse por su vientre. —Deja de hablar y bésame. Rafael obedeció, pero no antes de murmurar contra sus labios: —Solo si prometes que no volverás a huir. Ella no respondió. En cambio, le arrancó la camisa hacia arriba, quitándosela con una urgencia que los dejó a ambos jadeantes. La piel de él estaba caliente bajo sus manos, los músculos contrayéndose mientras ella exploraba cada centímetro conocido y, al mismo tiempo, extrañamente nuevo. Rafael gimió cuando los dedos de ella encontraron el botón de sus vaqueros, y por un instante, Clara vaciló, recordando sus palabras—*no si no es en serio*. Pero entonces él la besó de nuevo, con un hambre que borró todas las dudas, y supo que, en ese momento, no había espacio para nada más que el deseo que los consumía. La tormenta afuera aullaba, pero dentro de esa sala, el único sonido era el de las respiraciones entrecortadas, los gemidos ahogados, la piel encontrándose con piel en una danza antigua e inevitable. Y cuando Rafael deslizó la mano bajo su blusa, los dedos trazando caminos que hacían temblar todo su cuerpo, Clara supo que no había vuelta atrás. No esta vez. El aliento de Rafael quemaba contra los labios de Clara, caliente e irregular, como si hubiera estado conteniendo el aire desde el momento en que la vio en esa sala. Sus dedos se enredaron en el cabello de ella, atrayéndola más cerca, y el cuerpo de Clara reaccionó antes incluso de que su mente pudiera protestar—la cadera se arqueó, buscando la de él, las uñas clavándose en los hombros anchos bajo la camisa mojada. Él gimió contra su boca, un sonido ronco, casi animal, y ese sonido fue suficiente para desmantelar cualquier resto de resistencia. —*Joder, Clara*— la voz de él era un susurro quebrado, las palabras perdiéndose entre los besos. —*No tienes idea de cuánto he esperado por esto.* Ella no respondió. No con palabras. En cambio, mordió el labio inferior de él, tirando de él entre los dientes hasta sentir el sabor metálico de la sangre, y Rafael soltó un gruñido, las manos bajando por su espalda con una urgencia que hizo arder su piel. La pared fría presionó contra los hombros de Clara cuando él la empujó contra ella, todo su cuerpo pegado al de ella, cada músculo tenso, cada respiración una petición silenciosa. La ropa mojada se adhería a la piel, fría e incómoda, pero el calor entre ellos era insoportable, una fragua que lo consumía todo. —*Quítate eso*— ordenó, tirando de la camisa de él con fuerza, los botones esparciéndose por el suelo de madera. Rafael no dudó. Se la arrancó con un movimiento brusco, los músculos del pecho y los brazos contrayéndose bajo la luz tenue de la chimenea, la piel marcada por pequeñas cicatrices—recuerdos de obras, de caídas, de una vida entera construida a su lado. Clara pasó las manos por ese pecho, sintiendo el corazón de él latir desbocado bajo las yemas de los dedos, y el sonido que escapó de la garganta de Rafael fue casi un rugido. —*Tú también*— murmuró, los dedos ya trabajando en los botones de la blusa de ella, uno por uno, con una lentitud torturante. Clara arqueó la espalda cuando finalmente la despojó de la prenda, dejando que cayera a sus pies, el aire frío de la noche besando su piel expuesta. Pero el frío no duró. Las manos de Rafael estaban por todas partes—en los pechos, en la cintura, bajando por los muslos—y cada toque dejaba un rastro de fuego. —*Estás temblando*— observó, la voz baja, casi un susurro, mientras los labios trazaban un camino húmedo por su cuello. —*No es de frío*— logró decir Clara, las palabras saliendo entrecortadas cuando los dientes de él encontraron la curva de su hombro, mordisqueando suavemente. Se aferró al cabello de él, atrayéndolo más cerca, y Rafael respondió con un gemido, las manos deslizándose hacia abajo, hasta encontrar el cinturón de sus vaqueros. —*Necesito sentirte*— murmuró contra su piel, los dedos ya trabajando en el botón, en la cremallera, bajando la tela con una urgencia que hizo reír a Clara, un sonido bajo y jadeante. —*Impaciente*— lo provocó, pero la voz le falló cuando él la levantó del suelo, las piernas de ella enroscándose automáticamente alrededor de su cintura. Rafael la presionó contra la pared con más fuerza, el peso de su cuerpo inmovilizándola allí, y Clara sintió la dureza de él contra su vientre, caliente e insistente, incluso a través de las capas de ropa que aún los separaban. —*No tienes idea*— rugió, los labios encontrando los de ella de nuevo, la lengua invadiendo su boca con un hambre que hizo flaquear sus rodillas. Clara respondió con la misma intensidad, las uñas arañando su espalda, las caderas moviéndose en un ritmo antiguo, instintivo, como si sus cuerpos ya supieran exactamente qué hacer, incluso después de tanto tiempo. Las manos de Rafael bajaron hasta su ropa interior, los dedos deslizándose bajo la tela, y Clara soltó un gemido cuando la tocó, el pulgar presionando justo donde más lo necesitaba. Arqueó la espalda, los dedos enredándose en su cabello, atrayéndolo más cerca, como si pudiera fundir sus cuerpos allí mismo. —*Rafael…*— su nombre salió como una súplica, y él sonrió contra su boca, una sonrisa perversa, llena de promesas. —*Dime qué quieres*— ordenó, los dedos moviéndose en círculos lentos, torturantes. —*Dímelo, Clara.* Ella no dudó. —*A ti*— la palabra salió en un susurro ronco, pero fue suficiente. Rafael la soltó por un instante, solo el tiempo necesario para deshacerse de su propia ropa, y Clara aprovechó para hacer lo mismo, pateando los vaqueros lejos, la ropa interior siguiendo el mismo camino. Cuando él volvió, estaba desnudo, el cuerpo entero tenso de deseo, y Clara no pudo evitarlo—extendió la mano, envolviéndolo con los dedos, sintiendo cómo palpitaba contra su palma. Rafael soltó un gemido estrangulado, las caderas moviéndose en un ritmo involuntario, y por un momento, Clara pensó que perdería el control allí mismo. Pero entonces él la tomó por las caderas, levantándola de nuevo, y Clara sintió la punta de él presionando contra ella, caliente e insistente. —*Mírame*— ordenó, la voz ronca, los ojos oscuros fijos en los de ella. Clara obedeció, los labios entreabiertos, la respiración acelerada. Y entonces, con un movimiento lento y deliberado, la penetró, llenándola de una vez, y los dos gimieron al unísono, el sonido resonando en la sala como una plegaria. La tormenta afuera aullaba, el viento golpeando contra las ventanas, pero dentro de esa sala, el único sonido era el de las respiraciones entrecortadas, los cuerpos moviéndose en un ritmo cada vez más frenético. Rafael la sostenía con fuerza, los dedos clavados en la carne de sus caderas, y Clara se aferró a sus hombros, las uñas dejando marcas mientras él la empujaba contra la pared, cada embestida más profunda, más urgente, como si quisiera fundirse con ella de una vez por todas. —*Joder, Clara*— gruñó, los labios encontrando los de ella de nuevo, la lengua invadiendo su boca con un hambre que reflejaba el movimiento de sus caderas. —*Eres tan… maldita sea…* Ella no pudo responder. Las palabras se perdieron en un gemido cuando él cambió el ángulo, alcanzando un punto que hizo temblar todo su cuerpo. Clara sintió el orgasmo acercarse, una ola caliente y abrumadora, y se aferró a él con más fuerza, las caderas moviéndose al unísono con las de él, buscando más, siempre más. —*Córrete para mí*— ordenó Rafael, la voz ronca, los dientes mordisqueando el lóbulo de su oreja. —*Ahora, Clara.* Y ella obedeció. El placer la golpeó como un rayo, el cuerpo entero contrayéndose alrededor de él, los músculos internos apretándolo con fuerza mientras gritaba su nombre, el sonido ahogado contra su hombro. Rafael gimió, los movimientos volviéndose más erráticos, más desesperados, y entonces la sostuvo con fuerza, enterrándose en ella una última vez antes de correrse, el cuerpo entero temblando mientras se derramaba dentro de ella. Por un momento, los dos se quedaron allí, inmóviles, los cuerpos aún unidos, las respiraciones pesadas mezclándose en el aire. Rafael apoyó la frente contra la de ella, los ojos cerrados, como si intentara memorizar ese momento. Clara pasó los dedos por su cabello húmedo, sintiendo el corazón de él latir desbocado contra el suyo. —*Esto…*— comenzó, la voz fallándole. —*Esto no resuelve nada.* Rafael rió, un sonido bajo y satisfecho, y la besó suavemente en los labios. —*Para mí sí*— murmuró, los dedos trazando círculos perezosos en su espalda. —*Por ahora.* Debería haber protestado. Debería haberlo empujado lejos, recordarle todas las razones por las que aquello era una mala idea. Pero entonces él la llevó al sofá, tendiéndola sobre las mantas suaves, y Clara supo que, esa noche, no habría espacio para arrepentimientos. Solo para ellos. Rafael la tendió sobre las mantas con una delicadeza que desmentía la urgencia de los minutos anteriores. El sofá de lino claro, ahora arrugado y marcado por la tormenta que los había llevado hasta allí, cedió bajo el peso de los dos cuerpos entrelazados. Clara sintió el calor de su piel antes incluso de que la tocara—una promesa que se cumplía en oleadas, como el mar rompiendo contra las rocas afuera. El viento aullaba en las rendijas de las ventanas, pero dentro de la sala, el único sonido que importaba era el de sus respiraciones entrecortadas, el crujido de las sábanas al ser arrastradas, el chasquido suave del fuego en la chimenea que alguien—quizá ella, quizá él—había encendido sin darse cuenta. Empezó por los tobillos. No era un gesto calculado, sino algo instintivo, como si su cuerpo supiera exactamente por dónde reanudar. Los dedos de Rafael se deslizaron por la curva de su pie, presionando levemente la planta, y Clara arqueó la espalda sin querer, un gemido bajo escapando de sus labios entreabiertos. Él sonrió, esa sonrisa torcida que siempre la desarmaba, y subió lentamente, besando la parte interna de las rodillas, el pliegue sensible del muslo, la piel temblorosa justo encima del hueso de la cadera. Cada toque era un recuerdo: la primera vez que la había tocado así, años atrás, en un apartamento diminuto en el centro de la ciudad, cuando los dos aún eran lo suficientemente jóvenes como para creer que el deseo era algo que se controlaba. Ahora, no había espacio para el control. —*Todavía sabes a sal*— murmuró contra su piel, la lengua trazando un camino húmedo hasta el ombligo. —*Y a lluvia.* Clara enredó los dedos en su cabello, atrayéndolo hacia arriba, necesitando sentir el peso de su cuerpo sobre el suyo. Rafael obedeció, pero no antes de mordisquear la curva de su cadera, los dientes rozando levemente, solo lo suficiente para hacerla estremecer. Cuando finalmente se tendió sobre ella, la presión fue perfecta—lo suficiente para sentir cada músculo, cada línea dura de su cuerpo contra el de ella, pero sin aplastarla. Apoyó los antebrazos a cada lado de su cabeza, los ojos oscuros fijos en los suyos, y por un segundo, Clara se perdió en la intensidad de esa mirada. Era como si la viera de verdad, no solo a la arquitecta competente o a la mujer que lo había dejado meses atrás, sino a *ella*, Clara, con todas sus cicatrices y deseos. —*Dime*— pidió, la voz ronca. —*¿Qué quieres?* Ella no respondió con palabras. En cambio, lo atrajo hacia un beso, lento y profundo, la lengua explorando su boca con una familiaridad que la hizo temblar. Rafael gimió contra sus labios, las manos bajando para tomar sus caderas, apretándolas con fuerza antes de deslizarse hacia su espalda, atrayéndola más cerca. La tela de la manta entre ellos era una barrera irritante, y Clara la apartó con impaciencia, necesitando sentir su piel contra la de él, sin nada en medio. Rafael entendió el mensaje. Con un movimiento rápido, se deshizo de los vaqueros que aún llevaba puestos, arrojándolos al suelo sin ceremonia. Clara aprovechó para pasar las manos por su pecho, sintiendo la textura de los músculos bajo sus dedos, la leve aspereza del vello en el camino hacia su abdomen. Él estaba más delgado que la última vez que lo había visto desnudo—el estrés del trabajo, quizá, o las noches en vela después de la separación. Pero seguía siendo *él*, y eso era todo lo que importaba. —*Joder, Clara*— susurró cuando ella lo envolvió con la mano, acariciándolo con movimientos lentos y deliberados. —*Me vas a matar.* Ella rió, un sonido bajo y satisfecho, y lo empujó de espaldas sobre el sofá, montándose sobre él. Rafael le tomó los pechos con ambas manos, los pulgares trazando círculos alrededor de los pezones hasta que se endurecieron, y Clara echó la cabeza hacia atrás, dejando que el placer la invadiera. Él se incorporó, atrayéndola más cerca, y tomó uno de los pezones en su boca, la lengua trabajando en círculos mientras la mano libre se deslizaba entre sus piernas. Clara gimió en voz alta cuando sus dedos la encontraron mojada, lista, y se movió contra su mano, buscando más presión, más fricción. —*Dios, estás empapada*— murmuró, apartándose solo lo suficiente para mirarla a los ojos. —*Extrañabas esto, ¿verdad?* Clara no lo negó. En cambio, se inclinó hacia adelante y le mordió el labio inferior, tirando de él con la fuerza suficiente para hacerlo sisear. Rafael respondió con una palmada suave en su muslo, el sonido resonando en la sala silenciosa, y entonces la tomó por las caderas, posicionándola sobre sí. —*Vamos*— ordenó, la voz áspera. —*Enséñame cuánto lo extrañaste.* Ella no necesitó más incentivo. Clara se bajó lentamente, sintiendo cómo la llenaba centímetro a centímetro, los ojos cerrándose mientras su cuerpo se ajustaba al de él. Cuando finalmente lo tomó por completo, los dos soltaron un gemido al unísono, y Rafael le tomó el rostro entre las manos, besándola con una urgencia que rayaba en la desesperación. —*Eso*— murmuró contra sus labios. —*Eso, amor…* Clara comenzó a moverse, primero despacio, sintiendo cada punto de contacto entre ellos, la forma en que la llenaba, la manera en que sus cuerpos encajaban como si hubieran sido hechos el uno para el otro. Rafael siguió su ritmo, las manos aferrando sus caderas con fuerza, guiándola, pero sin apurarla. Era como si tuvieran todo el tiempo del mundo, como si la tormenta afuera no rugiera, como si el mundo más allá de esa sala no existiera. Pero entonces Clara aceleró, los movimientos volviéndose más urgentes, más desesperados, y Rafael gimió, los dedos clavándose en su piel. Se incorporó, atrayéndola más cerca, y enterró el rostro entre sus pechos, la lengua y los dientes trabajando en un ritmo que la hizo arquear la espalda. Clara enredó los dedos en su cabello, tirando de él hacia atrás solo lo suficiente para mirarlo a los ojos mientras se movía. —*Te odio*— susurró, la voz quebrándose. —*Te odio por hacerme esto.* Rafael rió, un sonido bajo y satisfecho, y le tomó el rostro entre las manos, besándola con fuerza. —*Mientes*— murmuró contra sus labios. —*Me amas.* Y entonces no hubo más espacio para palabras. Clara lo empujó de vuelta al sofá y se movió con más fuerza, más rápido, los cuerpos chocando el uno contra el otro en un ritmo que hacía eco del trueno afuera. Rafael le tomó las caderas, ayudándola a encontrar el ángulo perfecto, y Clara sintió el placer creciendo dentro de sí, una ola que amenazaba con tragársela por completo. Cuando finalmente se corrió, fue con un grito ahogado contra su hombro, el cuerpo temblando mientras las olas de placer la atravesaban. Rafael no tardó en seguirla. Con un gemido ronco, la sostuvo con fuerza y se enterró en ella una última vez, el cuerpo temblando mientras se derramaba dentro de ella. Por un momento, los dos se quedaron allí, inmóviles, los cuerpos aún unidos, las respiraciones pesadas mezclándose en el aire. Rafael apoyó la frente contra la de ella, los ojos cerrados, como si intentara memorizar ese momento. Clara pasó los dedos por su cabello húmedo, sintiendo su corazón latir desbocado contra el suyo. —*Esto…*— comenzó, la voz fallándole. —*Esto no resuelve nada.* Rafael rió, un sonido bajo y satisfecho, y la besó suavemente en los labios. —*Para mí sí*— murmuró, los dedos trazando círculos perezosos en su espalda. —*Por ahora.* Debería haber protestado. Debería haberlo empujado lejos, recordarle todas las razones por las que aquello era una mala idea. Pero entonces él la llevó al sofá, tendiéndola sobre las mantas suaves, y Clara supo que, esa noche, no habría espacio para arrepentimientos. Solo para ellos. Y cuando Rafael se deslizó dentro de ella de nuevo, esta vez más despacio, como si tuviera todo el tiempo del mundo, Clara se dio cuenta de que quizá—solo quizá—él tenía razón. Quizá, por ahora, era suficiente. El primer rayo de sol de la mañana atravesó las cortinas entreabiertas como un dedo dorado, acariciando la piel de Clara antes incluso de que abriera los ojos. El calor suave se extendió por su hombro, se deslizó por el brazo entrelazado con el de Rafael, y por un instante, se permitió fingir que ese momento era eterno—que la noche anterior no había sido solo un paréntesis de pasión, sino el comienzo de algo más grande. La sábana de lino blanco, arrugada y ligeramente húmeda de sudor, envolvía sus cuerpos como una segunda piel, y el olor a mar mezclado con el perfume almizclado del sexo aún flotaba en el aire, denso e intoxicante. Rafael estaba despierto. Lo sintió antes incluso de girar el rostro hacia él: la respiración lenta y profunda, el peso del brazo que la atraía contra su pecho, los dedos que, incluso en reposo, trazaban círculos perezosos en su cintura. Cuando finalmente abrió los ojos, se encontró con los suyos ya sobre ella—oscuros, intensos, como si hubieran pasado la noche entera intentando descifrarla. Había algo nuevo en ellos, una vulnerabilidad que no veía desde los primeros meses de noviazgo, cuando todo era aún descubrimiento y promesas susurradas entre besos. —*¿Llevas mucho tiempo despierta?* —la voz de él era ronca, áspera por el sueño y por todo lo que habían hecho la noche anterior. Clara sonrió, una sonrisa pequeña y cómplice, y se acercó más, hasta que sus narices casi se tocaron. —*El suficiente para verte robar las mantas.* Él rió, un sonido bajo que vibró contra el pecho de ella, y la atrajo aún más hacia sí, hasta que sus piernas se entrelazaron y no hubo más espacio entre ellos. —*Mentira. Estabas tan quieta que pensé que habías huido de nuevo.* La mención a la huida hizo que algo se contrajera en el pecho de ella. Clara desvió la mirada por un segundo, observando cómo la luz danzaba sobre la madera clara de la mesita de noche, donde un libro de poesía olvidado compartía espacio con un vaso de agua a medio terminar. —*No huí*— murmuró, al fin. —*Solo… necesitaba espacio.* Rafael no respondió de inmediato. En cambio, pasó los dedos por su cabello, apartándolo del rostro con una delicadeza que la hizo cerrar los ojos por un instante. —*Lo sé*— dijo, por fin. —*Y debería habértelo dado. Pero no aguanto más fingir que no te echo de menos. Que no me despierto pensando en ti. Que no…*— vaciló, como si las palabras fueran demasiado afiladas para decirlas en voz alta. —*Que no te amo.* El corazón de Clara se aceleró. No era la primera vez que él decía eso, pero era la primera vez que sonaba como una confesión, no como una disculpa. Levantó la mano, tocándole el rostro, sintiendo la barba incipiente arañando levemente su palma. —*Me lastimaste*— dijo, la voz firme, pero sin rabia. —*Mucho.* —*Lo sé*— Rafael le tomó la mano contra su rostro, girando la cabeza para besarle la palma. —*Y pasaré el resto de mi vida intentando enmendarlo, si me dejas.* Debería haber reído. Debería haber dicho que las palabras no bastaban, que necesitaba pruebas, que el perdón no era algo que se ganara con promesas vacías. Pero entonces él la besó—lento, profundo, como si tuviera todo el tiempo del mundo para convencerla—, y Clara sintió el sabor del café que él debía haber tomado mientras ella aún dormía, mezclado con la sal del mar y su propio deseo. Era un beso que pedía permiso, que no exigía nada más que honestidad, y cuando se apartó, los labios le hormigueaban. —*No quiero volver a lo que teníamos*— dijo, al fin, los dedos jugando con los mechones oscuros de su pecho. —*Esa relación… era tóxica. Tú me asfixiabas, Rafael. Y yo también te asfixiaba.* Él asintió, los ojos nunca dejando los de ella. —*Lo sé. Y no quiero eso de vuelta. Quiero algo nuevo. Algo…*— buscó la palabra adecuada— *…más ligero. Pero no menos intenso.* Clara sonrió, una sonrisa genuina esta vez, y se apoyó sobre el codo, mirándolo desde arriba. —*¿Eso existe?* —*Con nosotros, siempre existió*— respondió, atrayéndola hacia abajo hasta que quedó tendida sobre él, piel contra piel, corazón contra corazón. —*Incluso cuando peleábamos. Incluso cuando dolía. La intensidad nunca fue el problema. Fue el miedo.* Ella sabía que tenía razón. El miedo a no ser suficientes, a no poder con el otro, a perderse en el camino. Pero allí, en esa habitación que olía a sal y a sexo, con el sol de la mañana calentando sus espaldas y el sonido de las olas rompiendo a lo lejos, el miedo parecía demasiado pequeño para competir con lo que sentían. —*¿Y si nos equivocamos de nuevo?* —preguntó, la voz casi un susurro. Rafael le tomó el rostro entre las manos, los pulgares acariciándole las mejillas. —*Nos equivocaremos*— dijo, con una sinceridad que la hizo temblar. —*Pero esta vez, nos equivocaremos juntos. Sin huir. Sin mentiras. Solo… nosotros.* Clara cerró los ojos por un segundo, dejando que las palabras se asentaran. Cuando los abrió de nuevo, había una decisión en ellos—una claridad que no sentía desde hacía meses. —*Está bien*— dijo, simplemente. —*Pero si vuelves a portarte mal, te tiro por el balcón.* Rafael rió, un sonido lleno de alivio y promesa, y la hizo rodar en la cama, inmovilizándola bajo su cuerpo. —*¿Prometes empujarme desnudo?* Ella le dio un manotazo en el hombro, riendo, pero la risa pronto se transformó en un gemido cuando él le mordisqueó el cuello, los dientes rozando la piel sensible. —*Idiota*— murmuró, pero sus manos ya lo atraían más cerca, las uñas clavándose en su espalda. Él se detuvo por un instante, los labios flotando sobre los de ella. —*Te amo*— dijo, como si fuera la cosa más natural del mundo. —*Y no voy a dejar que lo olvides.* Clara no respondió con palabras. En cambio, rodeó su cintura con las piernas, atrayéndolo hacia sí con una urgencia que los sorprendió a ambos. El gemido que escapó de los labios de Rafael fue ronco, casi animal, y cuando comenzó a moverse, lento y profundo, como si estuviera saboreando cada segundo, ella supo que tenía razón. No necesitaban promesas grandiosas. No en ese momento. Lo que necesitaban era eso—el calor de los cuerpos entrelazados, las respiraciones mezcladas, el placer que crecía entre ellos como una ola, lenta e inexorable. Rafael apoyó las manos a cada lado de su cabeza, los músculos de los brazos tensos mientras se movía, y Clara arqueó la espalda, ofreciéndose a él con una entrega que no era sumisión, sino confianza. —*Mírame*— pidió, la voz ronca, y cuando ella obedeció, se encontró con sus ojos oscuros de deseo, pero también de algo más profundo, algo que iba más allá de lo físico. —*Quiero verte.* Y ella lo dejó. Lo dejó ver todo—el placer, la vulnerabilidad, el amor que aún ardía, a pesar de todo. Cuando el orgasmo la alcanzó, fue como si el mundo entero se redujera a esa habitación, a esa cama, a ese hombre que la miraba como si fuera lo más preciado que había visto nunca. Rafael la siguió segundos después, hundiendo el rostro en su cuello mientras se entregaba, el cuerpo temblando con la fuerza de la liberación. Por un largo momento, no hubo nada más que el sonido de sus respiraciones entrecortadas y el corazón latiendo con fuerza. Rafael rodó hacia un lado, atrayéndola hacia sus brazos, y Clara se acurrucó contra él, la cabeza apoyada en su pecho, escuchando el ritmo acelerado de su corazón que, poco a poco, volvía a la normalidad. —*Entonces*— dijo, después de un rato, la voz perezosa. —*¿Qué hacemos ahora?* Clara sonrió contra su piel, trazando círculos perezosos con los dedos. —*Empezamos de nuevo*— dijo, simplemente. —*Sin prisas. Sin expectativas. Solo… nosotros.* Rafael le besó la coronilla, los labios demorándose en su cabello. —*Me gusta ese plan.* Ella alzó el rostro, encontrándose con sus ojos. —*A mí también.* Y cuando él la besó de nuevo, esta vez con una ternura que le hizo doler el pecho, Clara supo que, por primera vez en mucho tiempo, estaba exactamente donde debía estar. No había garantías, no había certezas—solo ellos, el mar allá afuera y la promesa silenciosa de que, esta vez, lo harían funcionar. El sol ya estaba alto cuando finalmente se levantaron, los cuerpos aún perezosos, las almas ligeras. Rafael preparó café mientras Clara se daba una ducha rápida, y cuando salió del baño, envuelta en una toalla, lo encontró en el porche, con dos tazas humeantes en las manos. —*Pensé en quedarme aquí unos días más*— dijo, tendiéndole una de las tazas. —*Si no te importa.* Clara aceptó el café, los dedos rozando los de él. —*Me encantaría.* Se quedaron allí, uno al lado del otro, observando el mar extenderse hasta el horizonte, el viento despeinándole el cabello mientras el sol calentaba sus pieles. No había prisa. No había nada más que ese momento, esa paz, esa certeza silenciosa de que, juntos, podrían enfrentar cualquier cosa. —*Entonces*— dijo Rafael, después de un rato, una sonrisa jugando en sus labios. —*¿Empezamos de nuevo esta noche?* Clara rió, el sonido ligero y feliz, y se acercó a él, rodeando su cintura con los brazos. —*Solo si prometes no volver a robarme las mantas.* Él la atrajo hacia un beso, largo y dulce, y cuando se apartó, sus ojos brillaban con una promesa. —*Lo prometo.* Y, por primera vez en mucho tiempo, Clara le creyó.

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