Entre Sábanas y Palabras

Por Tonkix
Entre Sábanas y Palabras
**Entre Sábanas y Palabras** La lluvia caía en cortinas gruesas sobre la ciudad, transformando las luces de los postes en manchas difusas de amarillo pálido, como si el propio aire se hubiera licuado. Clara se detuvo por un instante bajo el toldo del edificio, sacudiendo el bolso de cuero italiano contra el muslo para librarlo de las gotas insistentes. El olor a asfalto mojado se mezclaba con el perfume cítrico que llevaba —una fragancia que Rafael siempre decía le recordaba al verano en Búzios, donde habían pasado una semana entera encerrados en un bungaló, entre sábanas arrugadas y botellas de vino vacías. Respiró hondo, como si pudiera inhalar el pasado junto con el aire húmedo, y entonces empujó la puerta de vidrio. El vestíbulo estaba en silencio, iluminado solo por la luz fría de los focos empotrados en el techo. Clara se quitó los tacones altos con un suspiro, sintiendo el mármol frío bajo los pies. El día había sido agotador: una audiencia que se había alargado por horas, un cliente insoportable que había insistido en cuestionar cada cláusula del contrato como si ella fuera una pasante, y el tráfico detenido en la Avenida Brasil, donde la radio solo transmitía noticias de accidentes y protestas. Solo quería un baño caliente, una copa de vino y la paz de saber que, por unas horas, no tendría que pensar en nada más que en el silencio de su propio apartamento. Fue entonces cuando lo vio. Rafael estaba sentado en el tercer escalón de la escalera, los codos apoyados en las rodillas, las manos entrelazadas como si rezara. La camisa blanca, antes impecable, ahora se adhería a su cuerpo como una segunda piel, delineando los hombros anchos y los brazos que ella conocía tan bien —brazos que ya la habían levantado contra paredes, llevado hasta la cama, apretado con fuerza mientras ella arqueaba la espalda gimiendo su nombre. El agua de la lluvia escurría por los mechones oscuros de su cabello, goteando en el cuello de la camisa, y por un momento Clara pensó que era una alucinación, un fantasma convocado por el agotamiento y la memoria. Pero entonces él levantó los ojos. Y allí estaba: la misma mirada que la había hecho perder el aliento años atrás, cuando él entró en el bar donde ella celebraba su aprobación en el Colegio de Abogados, los ojos verdes brillando bajo la luz ámbar, fijos en ella como si el resto del mundo hubiera desaparecido. Solo que ahora había algo diferente. Una sombra. Un dolor que ella no sabía nombrar. —Clara —dijo, y su voz salió ronca, como si hubiera pasado horas gritando o callado demasiado. Ella no respondió de inmediato. Solo se quedó quieta, los dedos apretando el asa del bolso, el corazón latiendo tan fuerte que podía sentirlo en la garganta. La última vez que lo había visto fue en el tribunal, meses atrás, cuando él testificó a favor de un cliente suyo —un caso de divorcio litigioso en el que Rafael, por ironía del destino, era el perito nombrado por el juez. Ella lo había evitado todo el tiempo, intercambiando solo las palabras necesarias, las miradas profesionales, las manos que no se tocaban. Y ahora allí estaba él, empapado, vulnerable, como si el universo hubiera decidido lanzarlo de vuelta a su vida en el momento exacto en que menos lo esperaba. —¿Qué haces aquí? —preguntó, finalmente, la voz más fría de lo que pretendía. Rafael se levantó despacio, como si cada movimiento le doliera. El agua escurría por los jeans, formando un charco a sus pies. Era más alto de lo que ella recordaba, o quizá fuera la forma en que se encorvaba ahora, como si llevara un peso invisible sobre los hombros. —Necesitaba verte —dijo, y había algo roto en esas palabras, algo que hizo que Clara sintiera un nudo en el pecho. Debería haber dicho que no. Debería haber dado media vuelta, llamado al ascensor, subido a su apartamento y cerrado la puerta tras de sí. Pero algo la detuvo. Quizá fuera la forma en que temblaba, a pesar del calor húmedo de la noche. Quizá fuera el hecho de que, incluso después de todo, incluso después de los silencios, las peleas, el dolor de verlo partir, aún podía olerlo en el aire —sándalo y cuero, el perfume que usaba desde los veinte años y que ella nunca más había podido oler sin que una parte de sí misma doliera. —Estás empapado —murmuró, como si eso explicara por qué seguía allí, parada, en lugar de echarlo. Rafael sonrió, pero no había alegría en el gesto. Era la sonrisa de quien sabe que no merece una segunda oportunidad, pero está dispuesto a suplicar por ella de todos modos. —Vine caminando —confesó—. Desde la estación de metro. Creo que perdí el paraguas en el camino. Clara dudó. Luego, con un suspiro que parecía cargar el peso de todos los años que habían pasado separados, se quitó el abrigo y se lo tendió. —Sube —dijo, la voz baja—. Antes de que cojas una pulmonía. Él no se movió de inmediato. Solo miró el abrigo, luego a ella, como si no pudiera creer lo que estaba escuchando. Clara sintió el aire atrapado en los pulmones. Sabía que estaba cometiendo un error. Sabía que, en el momento en que él entrara en su apartamento, todo volvería a la superficie —las noches en vela, las promesas rotas, el amor que no había sido suficiente para mantenerlos juntos. Pero también sabía que, si lo dejaba allí, empapado y solo, nunca se lo perdonaría. Entonces le tendió la mano. Rafael la tomó. Sus dedos estaban helados, pero el contacto fue como una descarga eléctrica, un recordatorio de todo lo que habían sido el uno para el otro. Clara sintió el calor subir por su brazo, extendiéndose por su cuerpo como un fuego lento, y supo, en ese instante, que estaba perdida. El ascensor llegó con un *ding* suave. Las puertas se abrieron, revelando el espacio pequeño e iluminado, donde cada respiración parecía hacer eco. Clara entró primero, seguida por Rafael. Cuando las puertas se cerraron, el aire entre ellos se volvió denso, cargado de palabras no dichas y deseos prohibidos. Y entonces, como si el universo conspirara contra ella, el ascensor se detuvo entre los pisos. Rafael la miró, los ojos verdes oscurecidos por la penumbra. Clara sintió el corazón desbocarse. —¿Coincidencia —murmuró él, la voz ronca— o destino? Ella no respondió. No necesitaba hacerlo. Porque, en ese momento, con la lluvia golpeando contra las paredes del edificio y el olor a sándalo invadiendo sus sentidos, Clara supo que no había vuelta atrás. El ascensor volvió a funcionar con una sacudida, como si todo el edificio suspirara aliviado. Las puertas se abrieron en el duodécimo piso, y Clara salió primero, los tacones altos resonando en el pasillo vacío. Rafael la siguió, los pasos más lentos, como si cada movimiento requiriera un esfuerzo consciente. El silencio entre ellos no estaba vacío —estaba cargado, espeso, como el aire antes de una tormenta. Ella abrió la puerta del apartamento con manos firmes, pero el metal de la llave temblaba levemente contra el cilindro. La cerradura cedió con un clic seco, y el olor a hogar la envolvió: lavanda, café viejo y el perfume cítrico que siempre dejaba en el difusor de la entrada. Rafael entró tras ella, los hombros anchos casi rozando el marco de la puerta, y Clara sintió el peso de su mirada en la espalda. Cerró la puerta con cuidado, como si un movimiento brusco pudiera romper algo demasiado frágil. El apartamento estaba sumido en penumbra, solo la luz anaranjada de los postes de la calle filtrándose por las cortinas de lino. Clara encendió una lámpara, y el ambiente adquirió contornos dorados, revelando los detalles que ella conocía de memoria: la estantería de libros jurídicos encuadernados en cuero, el sofá de terciopelo azul marino donde pasaba noches leyendo expedientes, el jarrón de orquídeas blancas que insistían en florecer incluso cuando se olvidaba de regarlas. Rafael se quedó parado en el centro de la sala, las manos metidas en los bolsillos de los jeans oscuros, el cabello aún húmedo por la lluvia pegado a la frente. —Estás empapado —dijo ella, finalmente rompiendo el silencio. La voz le salió más ronca de lo que pretendía. Rafael alzó los ojos, y el verde de estos pareció más intenso bajo la luz tenue. —No me di cuenta. Clara dudó un segundo antes de acercarse al armario del pasillo. Tomó una toalla esponjosa, blanca, y volvió hacia él. Se la tendió sin decir nada, pero cuando los dedos de Rafael rozaron los suyos para tomarla, el contacto fue como un choque. No el choque frío de la lluvia, sino algo cálido, casi doloroso, que se extendió por su brazo y descendió hacia su vientre. Él sostuvo la toalla, pero no la usó. En cambio, la dejó caer sobre su hombro y tomó la muñeca de Clara entre sus dedos. Su piel estaba caliente, palpitando bajo el tacto de él. Rafael trazó un círculo lento con el pulgar en la parte interna de su brazo, donde las venas eran más visibles, y Clara sintió que el aire se le atascaba en los pulmones. —Todavía usas el mismo perfume —murmuró él, inclinándose levemente. Su aliento olía a menta y a algo más oscuro, quizá whisky, quizá nostalgia. —*J’adore* —respondió ella, la voz casi un susurro—. Nunca pude cambiarlo. Rafael sonrió, una sonrisa lenta y peligrosa. —Lo recuerdo. Su pulgar continuó el movimiento, ahora subiendo por el antebrazo de Clara, hasta el codo. Ella debería haberse apartado. Debería haber tomado la toalla y mandarlo a secarse, ofrecerle un café, cualquier cosa que no fuera quedarse allí, inmóvil, mientras todo su cuerpo respondía a su tacto como si los años no hubieran pasado. Pero no se movió. En cambio, alzó el rostro, encontrando sus ojos, y vio en ellos el mismo hambre que sentía crecer dentro de sí. —¿Qué haces aquí, Rafael? —La pregunta escapó antes de que pudiera contenerla. Él no respondió de inmediato. En cambio, soltó su muñeca y tomó su rostro entre las manos, los dedos fríos contrastando con el calor de su piel. Clara cerró los ojos por un instante, sintiendo el pulgar de él acariciar su labio inferior, trazando el contorno como si memorizara cada detalle. —Intenté —dijo él, finalmente—. Intenté olvidarte. Intenté convencerme de que era solo orgullo, de que lo que sentía había muerto junto con el final. Pero cada vez que cerraba los ojos, eras tú quien veía. Cada vez que tocaba a alguien, eras tú quien quería. Las palabras cayeron entre ellos como piedras en un lago quieto, creando ondas que Clara sintió reverberar hasta los huesos. Abrió los ojos, y la intensidad de su mirada la hizo retroceder un paso. Pero Rafael no la dejó. La tomó por la nuca, acercándola más, hasta que sus cuerpos casi se tocaron. —No finjas que no sentiste lo mismo —desafió él, la voz baja y peligrosa—. Vi cómo me miraste en el ascensor. Vi cómo reaccionó tu cuerpo cuando nos tocamos. Clara tragó saliva. No tenía sentido negarlo. No cuando cada fibra de su ser clamaba por él. Pero aún había miedo —miedo a entregarse de nuevo, miedo a que el dolor volviera, tan afilado como antes. —Eso no cambia nada —mintió, la voz temblorosa—. Nosotros no podemos simplemente… —Podemos —interrumpió Rafael, acercándose aún más. Ahora, el calor de su cuerpo atravesaba la ropa húmeda, quemando la piel de Clara—. Nosotros *podemos*. Y lo *vamos* a hacer. Ella debería haber protestado. Debería haberlo empujado, pedido que se fuera, recordarle todas las razones por las que habían terminado. Pero cuando él inclinó la cabeza y rozó sus labios con los de ella, vacilante, como si pidiera permiso, Clara no pudo hacer nada más que cerrar los ojos y dejar que su boca encontrara la suya. El beso comenzó suave, casi tímido, como si ambos estuvieran reaprendiendo el sabor del otro. Pero entonces Rafael gimió contra sus labios, un sonido ronco y animal, y el control se hizo añicos. Clara agarró su camisa mojada, acercándolo más, mientras la lengua de Rafael invadía su boca con una urgencia que la hizo arquearse. Sus manos se deslizaron por su espalda, apretándola contra su cuerpo, y Clara sintió la evidencia de su deseo presionando contra su vientre. El calor se extendió entre sus piernas, húmedo e insistente. Ella mordió su labio inferior, arrancándole otro gemido, y entonces las manos de Rafael estaban en su cabello, tirando de él levemente, exponiendo su cuello. —Joder, Clara —susurró él contra su piel, los labios trazando un camino de fuego hasta la clavícula—. He soñado con esto tantas veces. Ella no respondió. No podía. Las palabras se habían disuelto en un enredo de sensaciones —el olor a lluvia y sándalo, el calor de su cuerpo, la aspereza de su barba incipiente rozando su piel. En cambio, tiró de su camisa hacia arriba, arrancándosela con prisa, y él la ayudó, arrojándola al suelo con un ruido húmedo. Su pecho estaba expuesto, los músculos definidos bajo la luz dorada, la piel aún fría por la lluvia. Clara pasó las manos sobre él, sintiendo los contornos familiares, los pezones endureciéndose bajo su tacto. Rafael gimió cuando ella los pellizcó levemente, y entonces sus manos estaban en su cintura, acercándola contra sí con fuerza. —Te deseo —murmuró él, los labios rozando su oreja—. Ahora. Clara sintió todo su cuerpo temblar. Sabía lo que vendría después. Sabía que, si lo permitía, no habría vuelta atrás. Pero cuando Rafael la levantó en brazos, sus piernas envolviendo su cintura instintivamente, supo que ya era demasiado tarde para retroceder. Él la llevó hasta el sofá, acostándola sobre el terciopelo azul marino, y por un instante, Clara se perdió en la imagen de él sobre ella —los ojos verdes ardientes, los labios entreabiertos, el pecho subiendo y bajando con respiraciones aceleradas. Rafael se inclinó, capturando su boca en otro beso, más profundo, más desesperado, mientras sus manos recorrían su cuerpo con una urgencia que la dejaba sin aliento. —No tienes idea —susurró él, sus dedos encontrando la cremallera de su vestido— de cuánto he esperado por esto. Clara arqueó la espalda cuando él bajó el tejido, exponiendo sus pechos, el sujetador de encaje negro que apenas los cubría. Rafael no perdió tiempo. Bajó la cabeza, tomando un pezón en su boca, y Clara gimió en voz alta, las uñas clavándose en sus hombros. El placer era casi insoportable, una corriente eléctrica que la atravesaba de arriba abajo. —Rafael… —jadeó ella, acercándolo más. Él rió, un sonido bajo y satisfecho, y entonces sus manos estaban en todas partes —deslizándose por su vientre, bajando el vestido, arrancándole las bragas con un movimiento rápido. Clara sintió el aire frío contra su piel desnuda, pero no tuvo tiempo de avergonzarse. Rafael se arrodilló entre sus piernas, los ojos fijos en los suyos mientras sus dedos encontraban el centro húmedo y cálido. —Joder —gimió él, deslizando un dedo dentro de ella—. Estás tan mojada. Clara mordió su labio para no gritar. Su dedo se movía con una lentitud torturante, mientras el pulgar presionaba su clítoris en círculos precisos. Ella se retorció, las piernas temblando, pero Rafael no se detuvo. En cambio, se inclinó y reemplazó el pulgar con su boca, la lengua cálida y húmeda explorándola con una precisión que la hizo arquear la espalda. —Rafael, yo… —intentó advertirle, pero las palabras se perdieron en un gemido cuando él succionó con fuerza, sus dedos acelerando el ritmo. El orgasmo la golpeó como una ola, violento e inesperado, y Clara se aferró a su cabello, tirando de él mientras todo su cuerpo convulsionaba. Rafael no se detuvo hasta que ella estuvo completamente exhausta, sus gemidos transformándose en suspiros entrecortados. Cuando él se incorporó, los labios brillantes, Clara vio en sus ojos algo que la asustó y la excitó al mismo tiempo: posesión. —Esto —dijo él, la voz ronca— fue solo el principio. Y entonces, antes de que ella pudiera recuperar el aliento, Rafael la tomó en brazos nuevamente, llevándola hacia el dormitorio. Clara sabía que, cuando llegaran allí, no habría más vuelta atrás. Y, por primera vez en años, no quería que la hubiera. Clara cerró los ojos por un instante, sintiendo el peso del momento instalarse entre ellos como una tercera presencia en el ambiente. El aire estaba cargado, no solo por la humedad de la lluvia que aún impregnaba la piel de Rafael, sino por la electricidad que parecía danzar entre sus cuerpos desde el instante en que sus dedos se tocaron. Respiró hondo, intentando ordenar los pensamientos que se enredaban en su mente, pero era inútil. Cada vez que lo miraba, los recuerdos volvían con una intensidad abrumadora: el olor del perfume que él usaba, la manera en que sus labios se curvaban al sonreír, la forma en que sus manos la tocaban como si estuviera hecha de algo precioso y frágil. Rafael estaba parado en medio de la sala, el cabello oscuro aún húmedo, las gotas de agua escurriendo por su cuello y desapareciendo bajo el cuello de la camisa blanca, que ahora se adhería a su pecho. La observaba con una intensidad que la hacía sentir expuesta, como si pudiera ver a través de las capas de profesionalismo y frialdad que ella había construido a lo largo de los años. Clara cruzó los brazos, como si eso pudiera protegerla del torbellino de emociones que la invadía. —No deberías estar aquí —dijo, finalmente, la voz más firme de lo que se sentía. Rafael soltó una risa baja, casi amarga. —Lo sé. Pero tampoco debería haber pasado los últimos dos años intentando convencerme de que podía vivir sin ti. Las palabras flotaron en el aire, pesadas y cargadas de significado. Clara sintió un nudo formarse en su garganta. Quería responder, pero las palabras parecían atrapadas, como si todo su cuerpo estuviera en conflicto consigo mismo. Una parte de ella quería acercarse, sentir su calor nuevamente, pero otra parte —la que había aprendido a protegerse— gritaba para que mantuviera la distancia. —No es tan simple —murmuró, desviando la mirada. —¿Por qué? —Rafael dio un paso adelante, acortando la distancia entre ellos—. ¿Porque te convenciste de que no mereces ser feliz? ¿O porque tienes miedo de admitir que aún me deseas? Clara sintió el corazón acelerarse. Él estaba demasiado cerca, lo suficiente para que pudiera oler la lluvia mezclada con su perfume, lo suficiente para que, si estiraba la mano, pudiera tocar la piel húmeda de su cuello. Tragó saliva, luchando contra el impulso de ceder. —No es solo eso —dijo, la voz casi un susurro—. Me lastimaste, Rafael. No fue solo una pelea, fue… fue como si me hubieras arrancado un pedazo de mí y te lo hubieras llevado. Él cerró los ojos por un instante, como si sus palabras lo golpearan físicamente. Cuando los abrió nuevamente, había un dolor genuino en ellos, algo que Clara no esperaba ver. —Lo sé —admitió, la voz ronca—. Y si pudiera volver atrás, haría todo diferente. Pero no puedo. Solo puedo pedirte una oportunidad de demostrarte que he cambiado. Clara sintió las lágrimas quemarle los ojos, pero se negó a dejarlas caer. No quería debilidad, no ahora. No cuando estaba tan cerca de ceder. —¿Y qué te hace pensar que yo quiero eso? —preguntó, desafiante. Rafael no respondió de inmediato. En cambio, extendió la mano lentamente, como si temiera asustarla, y tocó su rostro. Sus dedos estaban cálidos contra su piel, y Clara sintió un escalofrío recorrer su cuerpo. Él trazó el contorno de su mandíbula, el pulgar rozando levemente su labio inferior, y ella no pudo evitar un suspiro tembloroso. —Porque lo veo en tus ojos —murmuró—. Aún me deseas. Tanto como yo a ti. Clara debería haberse apartado. Debería haber dicho que no, debería haber mantenido las barreras que había levantado con tanto cuidado. Pero cuando él se inclinó, acercándose aún más, no pudo moverse. Sus labios estaban a centímetros de los suyos, y podía sentir el calor de su aliento, podía oler su piel, mezclado con el aroma de la lluvia y algo más profundo, algo que solo le pertenecía a Rafael. —Clara… —susurró él, y el sonido de su nombre en sus labios fue como una chispa. Ella cerró los ojos y, antes de que pudiera pensarlo mejor, se inclinó hacia adelante. Sus labios se encontraron en un beso vacilante, casi tímido, como si ambos temieran que el momento se desvaneciera si se atrevían a ir más allá. Pero entonces Rafael profundizó el beso, sus manos deslizándose hacia su nuca, acercándola más, y Clara no pudo resistirse más. El beso se transformó en algo más urgente, más desesperado. Era como si todos los años de distancia, todas las noches en que se había preguntado cómo sería tenerlo de vuelta, estuvieran condensados en ese único momento. Las manos de Rafael bajaron por su espalda, acercándola contra su cuerpo, y Clara sintió su calor incluso a través de la ropa. Gimió suavemente contra sus labios, sus propias manos encontrando el camino hacia su cabello, tirando de él levemente mientras el beso se volvía más intenso. Cuando finalmente se separaron, ambos estaban jadeando. Rafael apoyó la frente contra la de ella, los ojos cerrados, como si intentara controlarse. —Te extrañé —confesó, la voz ronca—. Cada maldito día. Clara sintió que las lágrimas escapaban, traicionándola. No quería llorar, no quería mostrar debilidad, pero sus palabras la golpearon como un puñetazo en el pecho. —Yo también —admitió, la voz quebrada—. Más de lo que debería. Rafael abrió los ojos y la miró, y había algo tan intenso en su mirada que Clara sintió un escalofrío recorrer su espalda. No dijo nada. En cambio, tomó su rostro entre las manos y la besó nuevamente, pero esta vez con una urgencia diferente, como si intentara transmitir todo lo que no podía poner en palabras. Clara correspondió al beso con la misma intensidad, sus manos deslizándose bajo su camisa, sintiendo la piel cálida y húmeda bajo sus dedos. Quería más. Quería sentir su peso sobre ella, quería escuchar sus gemidos, quería perderse en él de la misma manera que se había perdido años atrás. Pero entonces Rafael se apartó, respirando con dificultad. —Si seguimos así —dijo, la voz ronca—, no voy a poder parar. Clara mordió su labio, sintiendo el deseo pulsar entre sus piernas. Sabía que él tenía razón. Sabía que, si cedían ahora, no habría vuelta atrás. Y, en el fondo, era exactamente lo que quería. —¿Quién dijo que quiero que pares? —preguntó, desafiante. Rafael la miró por un instante, los ojos oscuros brillando con una mezcla de deseo y algo más profundo, algo que ella no se atrevía a nombrar. Entonces, sin decir una palabra, la tomó en brazos y la llevó hacia el dormitorio, dejando claro que, esta vez, no habría espacio para dudas. Rafael la depositó sobre la cama con una delicadeza que contrastaba con la urgencia en sus ojos. Las sábanas frías tocaron la piel de Clara, pero ella apenas sintió el escalofrío —el calor de su cuerpo ya la envolvía, como si la propia habitación se hubiera inclinado para acercarlos más. Él se arrodilló entre sus piernas, las manos grandes recorriendo sus muslos con una lentitud torturante, como si memorizara cada curva, cada cicatriz invisible que el tiempo había dejado. —No tienes idea de cuánto he soñado con esto —murmuró, la voz áspera, mientras sus dedos se deslizaban bajo el dobladillo de su blusa, levantándola lentamente. Clara arqueó la espalda para ayudarlo, los pezones ya rígidos bajo el sujetador de encaje negro, implorando por atención. Rafael no los ignoró. Con un movimiento preciso, desabrochó el cierre y liberó sus pechos, inclinándose para capturar uno con la boca. Ella gimió, los dedos enredándose en su cabello húmedo. La lengua de Rafael era cálida, húmeda, explorándola con una voracidad que la hacía arquearse. Él mordisqueó suavemente, luego alivió el dolor con un beso húmedo, mientras sus manos bajaban hacia el botón de su pantalón. Clara levantó las caderas, permitiéndole desvestirla, y pronto la prenda se deslizó por sus piernas, seguida por las bragas, que Rafael arrojó al suelo sin mirar. —Joder, Clara —susurró él, los ojos recorriendo su cuerpo desnudo como si fuera la primera vez—. Eres aún más hermosa de lo que recordaba. Ella sonrió, maliciosa. —¿Y cuál es el problema? —El problema —respondió él, empujándola de vuelta contra los almohadones— es que quiero sentirte apretándome cuando me corra. Quiero que grites mi nombre mientras estoy enterrado hasta el fondo. Las palabras la hicieron estremecer. Rafael se posicionó entre sus piernas, la punta de su miembro rozando su entrada, provocadora. Clara levantó las caderas, impaciente, pero él le sujetó las muñecas por encima de la cabeza, inmovilizándolas con una mano mientras la otra guiaba su pene dentro de ella. —Por favor —susurró ella, las piernas envolviendo su cintura, intentando atraerlo más profundo. Rafael obedeció, pero lentamente. Demasiado lento. La penetró centímetro a centímetro, los ojos fijos en los suyos, como si quisiera grabar cada expresión de placer en su rostro. Clara sintió cada centímetro de él, estirándola, llenándola de una manera que hacía vibrar todo su cuerpo. Cuando finalmente estuvo completamente dentro, se detuvo, permitiéndole adaptarse a su tamaño. —Estás tan apretada —gimió él, los dientes apretados—. Joder, Clara… Ella no pudo aguantar más. Con un movimiento brusco, levantó las caderas, forzándolo a moverse. Rafael soltó un gruñido y comenzó a embestir, primero despacio, luego con más fuerza, cada embestida más profunda que la anterior. Clara se aferró a las sábanas, los gemidos escapando de sus labios sin control, mientras el placer se acumulaba nuevamente, más intenso, más urgente. —Más rápido —pidió, la voz entrecortada—. Por favor, Rafael, más rápido… Él obedeció, aumentando el ritmo, las caderas golpeando contra las suyas con una fuerza que hacía crujir la cama. Clara sintió el orgasmo acercarse nuevamente, más fuerte, más abrumador. Clavó las uñas en su espalda, los dientes mordiendo su hombro para no gritar, mientras Rafael la penetraba con una pasión que parecía capaz de romperla. —Córrete conmigo —ordenó él, la voz ronca—. Ahora, Clara. Y ella se corrió. El placer la golpeó como una explosión, haciendo que todo su cuerpo se contrajera mientras Rafael seguía moviéndose, prolongando su éxtasis hasta que él tampoco pudo aguantar más. Con un gemido gutural, se enterró profundo una última vez, corriéndose dentro de ella con un temblor violento. Por un momento, no hubo nada más que respiraciones entrecortadas y cuerpos sudorosos entrelazados. Rafael se desplomó sobre ella, el peso delicioso, y Clara lo envolvió en sus brazos, sintiendo su corazón latir desbocado contra el suyo. Pero entonces, como si una corriente eléctrica los atravesara, Rafael levantó la cabeza, los ojos oscuros brillando con una intensidad que la hizo estremecer. —Esto fue solo el principio —murmuró, la voz cargada de promesas. Y antes de que ella pudiera responder, la volteó boca abajo, las manos firmes en sus caderas, listo para comenzar de nuevo. La habitación estaba impregnada del calor de los cuerpos entrelazados, del olor a sudor y sexo mezclado con el perfume cítrico que aún persistía en la piel de Clara. Rafael la volteó con una urgencia que no dejaba espacio para vacilaciones, sus manos grandes y callosas deslizándose por sus caderas con una posesión que la hacía gemir. Sintió el colchón hundirse bajo el peso de ambos, la tela suave de la colcha rozando su espalda mientras él la posicionaba boca abajo, sus piernas abriéndose instintivamente para recibirlo. —Eres hermosa así —murmuró él, la voz ronca contra su nuca, los labios cálidos dejando un rastro de fuego mientras descendían por su columna—. Toda mía. Clara no respondió con palabras. En cambio, arqueó las caderas, ofreciéndose, sintiendo su miembro rígido rozar sus muslos, ya resbaladizo por la excitación de ambos. Un gemido escapó de sus labios cuando Rafael finalmente se encajó en ella, deslizándose lentamente, como si quisiera memorizar cada centímetro del camino. Pero la lentitud duró poco. Pronto, los movimientos se volvieron más profundos, más urgentes, cada embestida arrancándole un suspiro entrecortado. —Joder, Clara… —Rafael gimió, las manos apretando sus caderas con fuerza suficiente para dejar marcas—. Me aprietas tanto… Ella mordió su labio inferior, intentando contener los sonidos que insistían en escapar, pero era inútil. El placer era abrumador, una ola que crecía con cada embestida, cada vez más intensa, más necesaria. Rafael se inclinó sobre ella, el pecho ancho presionando su espalda, y Clara sintió sus dientes rozar el lóbulo de su oreja antes de que susurrara: —Quiero escucharte. Córrete por mí, amor. La palabra *amor* la golpeó como una descarga eléctrica. No era un término que usaran antes, no con esa intensidad, no con esa entrega. Pero ahora, en ese momento, sonaba como una confesión. Clara giró el rostro hacia un lado, los ojos semicerrados encontrando los suyos, oscuros y hambrientos. Y entonces, sin poder contenerse, dejó escapar: —Más fuerte. Rafael no necesitó más incentivo. Con un gruñido gutural, la atrajo hacia sí, las manos sujetando sus hombros mientras aumentaba el ritmo, cada embestida más profunda, más posesiva. El sonido de piel contra piel llenó la habitación, mezclado con los gemidos de Clara y los murmullos roncos de él, una sinfonía de deseo que parecía no tener fin. —Así… —jadeó ella, las uñas clavándose en las sábanas—. Así, Rafael… Él respondió con un rugido, las caderas golpeando contra las suyas con una fuerza que la hacía temblar. Clara sintió el orgasmo acercarse, una presión deliciosa en el vientre, los músculos internos contrayéndose en anticipación. Rafael lo notó. Siempre lo notaba. Una de sus manos se deslizó bajo ella, los dedos encontrando el punto sensible entre sus piernas, masajeándolo en círculos firmes mientras seguía penetrándola. —Córrete —ordenó él, la voz baja y peligrosa—. Córrete en mi polla. Y ella no resistió. El placer la atravesó como una tormenta, haciendo que todo su cuerpo se arqueara mientras olas de éxtasis la recorrían. Clara gritó, el sonido ahogado contra la almohada, pero Rafael no se detuvo. Siguió moviéndose, prolongando su clímax hasta que sus propios gemidos se volvieron más urgentes, más desesperados. —Joder, Clara… —gimió él, los movimientos perdiendo el ritmo mientras su propio placer lo consumía. Con un último impulso, se enterró profundo, el cuerpo temblando mientras se corría dentro de ella, cálido e intenso. Por un instante, no hubo nada más que el sonido de sus respiraciones entrecortadas, de los cuerpos sudorosos pegados el uno al otro. Rafael se desplomó sobre ella, el peso delicioso, y Clara lo envolvió con los brazos, sintiendo su corazón latir descompasado contra su espalda. El sudor escurría entre ellos, la piel de ambos ardía, pero ninguno de los dos hizo ademán de separarse. Entonces, como si aún quedara una chispa, Rafael levantó la cabeza, los ojos oscuros encontrando los suyos con una intensidad que la hizo estremecer. —¿Crees que voy a dejarte ir después de esto? —murmuró, la voz cargada de algo que iba más allá del deseo. Era promesa. Era amenaza. Clara no respondió. No necesitaba hacerlo. Porque, en ese momento, supo que ella tampoco quería irse a ningún lado. La habitación aún olía a sexo y sudor, a la mezcla dulce y salada de los cuerpos que se habían encontrado con un hambre que ni el tiempo había logrado apagar. La luz de la calle se filtraba por las cortinas entreabiertas, pintando franjas doradas sobre la piel de Clara, sobre la espalda ancha de Rafael, aún parcialmente cubierta por la sábana arrugada a los pies de la cama. El aire estaba pesado, cargado de una quietud que no era silencio —era el tipo de calma que sigue a la tormenta, cuando el cuerpo aún vibra con los ecos del trueno. Clara se giró de lado, apoyando la cabeza en la mano. El movimiento hizo que la sábana se deslizara un poco más, revelando el contorno de sus pechos, la curva suave de su cadera. Rafael siguió el gesto con los ojos, como si cada centímetro de piel expuesta fuera una promesa aún no cumplida. Extendió la mano, los dedos trazando un camino perezoso desde su hombro hasta su cintura, como si quisiera memorizar cada detalle. —Estás callada —murmuró él, la voz ronca, aún marcada por el esfuerzo—. ¿En qué piensas? Ella sonrió, los labios hinchados por los besos, los ojos brillando con una malicia que él conocía bien. —En cómo aún me dejas sin aliento. Incluso después de todo. Rafael soltó una risa baja, el sonido vibrando contra su piel cuando se inclinó para besarle el hombro. —¿Eso es bueno o malo? —Es peligroso —admitió ella, pero no había miedo en su voz, solo una aceptación que sonaba a rendición—. Siempre fuiste peligroso para mí. Él no respondió de inmediato. En cambio, la atrajo más cerca, hasta que sus cuerpos encajaron como piezas de un rompecabezas perdido hacía tiempo. El calor entre ellos era casi insoportable, pero ninguno de los dos hizo ademán de separarse. Rafael hundió el rostro en su cuello, inhalando el perfume a jazmín y sexo, el aroma que lo perseguía en sueños desde que se habían separado. —Intenté olvidarte —confesó, las palabras saliendo casi como un susurro—. Juro que lo intenté. Pero cada vez que cerraba los ojos, eras tú. Cada vez que escuchaba una risa parecida a la tuya, o olía café fuerte por la mañana, era como si alguien me apuñalara. Clara cerró los ojos, sintiendo el peso de esas palabras. Ella también había intentado. Se había sumergido en el trabajo, en casos difíciles, en noches de vino y soledad, en otros cuerpos que nunca lograron borrar el recuerdo del suyo. Pero Rafael siempre volvía, como una marea que no podía contenerse. —¿Y ahora? —preguntó, la voz suave, casi tímida—. ¿Qué hacemos con esto? Él levantó la cabeza, los ojos oscuros encontrando los suyos con una intensidad que la hizo contener la respiración. —Ahora dejamos de fingir que podemos vivir sin esto. —Su mano se deslizó hasta su nuca, los dedos enredándose en su cabello húmedo—. Sin *ti*. Clara sintió que el corazón le latía más fuerte, no de miedo, sino de algo más profundo, más visceral. Era como si, después de años vagando en círculos, finalmente hubiera encontrado el camino de regreso a casa. —¿Y eso qué significa? —insistió, necesitando escuchar las palabras, necesitando que él las dijera en voz alta. Rafael no dudó. —Significa que no me iré de nuevo. Significa que despertaré a tu lado mañana, y al día siguiente, y al otro. Significa que te besaré cada vez que entres en una habitación, que te tocaré como si fueras mía, porque lo *eres*. —Hizo una pausa, los labios rozando su oreja—. Y significa que pasaré el resto de mi vida intentando ser el hombre que mereces. Las palabras la golpearon como un puñetazo en el pecho, dulce y doloroso a la vez. Clara sabía que no sería fácil. Sabía que tenían cicatrices, que el pasado no desaparecería solo porque el deseo había vencido. Pero, en ese momento, con su cuerpo aún cálido contra el suyo, con su sabor aún en la boca, no quería pensar en nada más que en el ahora. —¿Y si te digo que no quiero que seas perfecto? —murmuró, los dedos trazando círculos perezosos en su pecho—. ¿Y si te digo que te quiero exactamente como eres? Con tus defectos, tus manías, tus noches en vela. Rafael sonrió, una sonrisa lenta y peligrosa que hizo que su estómago se contrajera. —Entonces diría que estás tan loca como yo. Ella rió, el sonido resonando entre ellos, ligero y libre. Era extraño cómo, después de todo, aún podían reír juntos. Como si la risa fuera la prueba de que, a pesar de todo, aún encajaban. —Quizá lo esté —admitió—. Pero al menos soy tu loca. Él no respondió con palabras. En cambio, capturó su boca en un beso lento, profundo, lleno de promesas no dichas. Era diferente a los besos anteriores —menos urgente, menos desesperado, pero no menos intenso. Era el tipo de beso que sella acuerdos, que marca territorios, que dice *aquí es donde pertenezco*. Cuando se separaron, Clara estaba sin aliento, los labios hormigueando, el cuerpo respondiendo incluso después de todo lo que habían compartido. —Entonces, ¿es eso? —preguntó, la voz un poco temblorosa—. ¿Simplemente… volvemos? Rafael le tomó el rostro entre las manos, los pulgares acariciando sus mejillas con una ternura que la hizo querer llorar. —No. No volvemos. *Recomenzamos*. Y allí, entre sábanas arrugadas y el olor a sexo en el aire, Clara supo que tenía razón. No era un regreso. Era un nuevo comienzo. Uno que, esta vez, no dejarían escapar. Ella sonrió, los ojos brillando con lágrimas que no cayeron. —Entonces recomienza conmigo. Rafael no necesitó más incentivo. La atrajo hacia sí, sus cuerpos encajando una vez más, pero ahora con una lentitud deliberada, como si quisieran saborear cada segundo. Sus manos exploraron cada curva, cada cicatriz, cada pedazo de piel que había extrañado su tacto. Clara se arqueó contra él, los gemidos suaves escapando de sus labios entreabiertos, el cuerpo respondiendo como si nunca hubieran estado separados. Y cuando finalmente se unieron de nuevo, no fue con la urgencia de antes, sino con una dulzura que era casi dolorosa. Era como si, después de tanto tiempo, finalmente hubieran encontrado el ritmo correcto —lento, profundo, perfecto. El clímax llegó como una ola suave, envolviéndolos en un abrazo cálido y tembloroso. Clara gritó su nombre, las uñas clavándose en su espalda mientras él la seguía, el cuerpo temblando con la fuerza del placer. Y cuando cayeron juntos, exhaustos y saciados, no hubo más palabras entre ellos. Solo silencio. Un silencio lleno de significado. Y, por primera vez en años, Clara no tuvo miedo de lo que vendría después. Porque, acostada allí, con su cuerpo aún entrelazado al suyo, supo que, esta vez, no dejarían nada atrás. Esta vez, seguirían adelante. Juntos.

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