Entre Sábanas y Palabras
Por Tonkix

**Entre Sábanas y Palabras**
La lluvia caía en láminas gruesas sobre la ciudad, transformando el asfalto en un espejo turbio de luces difusas. Los faros de los coches cortaban la cortina de agua como cuchillas, y el viento aullaba entre los edificios, arrastrando hojas mojadas por las aceras. Clara bajó del taxi con un suspiro, los tacones hundiéndose en el charco que se había formado en la entrada del edificio. El día había sido interminable—reuniones agotadoras, un jurado que se alargó hasta el límite de su paciencia, y aquel maldito caso de divorcio que parecía absorber toda su energía. Solo quería el silencio de su apartamento, una copa de vino y la promesa de que, al menos por unas horas, no tendría que pensar en nada.
Fue entonces cuando lo vio.
Rafael estaba sentado en los escalones de la escalera del edificio, los codos apoyados en las rodillas, la cabeza baja. La lluvia resbalaba por sus cabellos oscuros, pegándolos a la frente, y la camisa blanca, antes impecable, ahora se adhería a su cuerpo como una segunda piel, delineando los músculos de los hombros y el pecho. No levantó la mirada de inmediato, como si sintiera el peso de su mirada antes incluso de verla. Cuando por fin lo hizo, Clara sintió el aire quedarse atrapado en sus pulmones.
Los ojos de él—aquellos ojos verdes, intensos, que un día la habían hecho creer en el para siempre—estaban fijos en ella con una expresión que no lograba descifrar. No era solo sorpresa. No era solo nostalgia. Era algo más crudo, más urgente. Como si hubiera esperado ese momento durante meses, y ahora que ella estaba allí, no supiera qué hacer con ella.
—Clara —la voz de él salió ronca, casi tragada por el ruido de la lluvia.
Ella apretó la correa del maletín contra su cuerpo, como si aquello pudiera protegerla del calor que ya comenzaba a subir por sus piernas. El olor a lluvia mezclado con su perfume—aquel maldito perfume amaderado que aún reconocería en cualquier parte—llegó hasta ella, y por un segundo, Clara tuvo ganas de cerrar los ojos y dejar que la memoria la llevara de vuelta. Pero no podía. No ahora.
—¿Qué haces aquí? —preguntó, intentando sonar firme, pero la voz la traicionó, quebrándose al final.
Rafael se levantó despacio, como si cada movimiento le doliera. El agua resbalaba por su rostro, goteando de la punta de la nariz, de los labios entreabiertos. No respondió de inmediato. Solo la observó, como si quisiera memorizar cada detalle de ella—el cabello recogido en un moño severo, los labios pintados de un rojo oscuro que contrastaba con la palidez de su piel, el traje sastre azul marino que moldeaba su cuerpo de una forma que hacía que el estómago de él se contrajera.
—Necesitaba verte —dijo, al fin.
Las palabras flotaron entre ellos, pesadas, cargadas de todo lo que no se había dicho. Clara sintió el corazón latir más fuerte, un latido irregular que resonaba en sus sienes. Sabía que debería mandarlo a paseo. Sabía que debería dar media vuelta y subir las escaleras, dejar que la lluvia se lo llevara lejos, como debería haber hecho hacía mucho tiempo. Pero los pies no obedecieron. En cambio, dio un paso adelante, luego otro, hasta estar lo suficientemente cerca como para sentir el calor de su cuerpo, incluso a través de la cortina de agua que los separaba.
—Estás empapado —murmuró, como si aquello fuera una explicación para el hecho de que sus manos, en contra de toda razón, se extendieran para tocar su rostro.
Los dedos rozaron la piel húmeda, y Rafael cerró los ojos por un instante, como si aquel simple contacto fuera demasiado. Cuando los abrió de nuevo, había algo salvaje en ellos, algo que hizo que Clara retrocediera, aunque solo fuera un centímetro.
—No puedes quedarte aquí —dijo ella, pero la voz salió débil, casi un susurro.
—Ya lo sé.
Él no se movió. La lluvia seguía cayendo, empapándolos, pero ninguno de los dos parecía importarle. El mundo a su alrededor se había reducido a aquel pequeño espacio entre ellos, a aquel silencio cargado de palabras no dichas, de deseos que ambos habían intentado enterrar. Clara sintió el peso de su mirada sobre ella, como si la estuviera tocando sin rozarla siquiera. Y entonces, sin que supiera exactamente cómo, la distancia entre ellos desapareció.
Rafael sujetó su rostro entre las manos, los pulgares rozando sus pómulos, y por un segundo, Clara pensó que la besaría allí mismo, bajo la lluvia, frente a todo el mundo. Pero no lo hizo. En cambio, inclinó la cabeza hasta que su boca estuvo cerca de su oído, el aliento caliente contra su piel mojada.
—Déjame entrar —pidió, y no era una pregunta.
Clara sintió el cuerpo entero temblar. No era solo el frío de la lluvia. Era él. Siempre él. El hombre que la había destrozado y, sin embargo, seguía siendo la única persona capaz de volver a unir los pedazos.
No respondió. Solo se dio la vuelta y comenzó a subir las escaleras, sabiendo que él la seguiría. Sabiendo que, una vez más, estaba dejando que entrara no solo en su apartamento, sino en algo mucho más peligroso.
Y cuando la puerta se cerró tras ellos, el silencio que los recibió no era de alivio.
Era de expectativa.
El pasillo del apartamento de Clara olía a jazmín y a algo más antiguo, algo que Rafael reconocería en cualquier parte: su perfume, mezclado con el aroma del café que siempre preparaba por las noches, incluso cuando no había nadie con quien compartirlo. Las paredes, pintadas en un suave tono gris, reflejaban la luz amarillenta de la lámpara de la entrada, proyectando sombras alargadas que danzaban a medida que se movían. Clara sacó las llaves del bolso con manos que aún temblaban levemente, los dedos rozando la cerradura como si dudaran en abrir no solo la puerta, sino también una caja de recuerdos que ambos habían intentado cerrar.
—Estás empapado —dijo, al fin, la voz baja, casi un susurro. No era una pregunta, ni un reproche. Solo una constatación, como si el hecho de que él estuviera allí, mojado y real, aún no hubiera sido completamente procesado por su mente.
Rafael no respondió de inmediato. En cambio, pasó los dedos por los cabellos oscuros, ahora pegados a la frente, y dejó que el agua resbalara por su rostro, por sus brazos, goteando sobre el suelo de madera pulida. La tela de la camisa blanca se adhería a su pecho, delineando los contornos de los músculos que Clara conocía tan bien. Ella apartó la mirada, pero no lo suficientemente rápido. Había algo obsceno en la forma en que la ropa mojada revelaba lo que el tejido seco solía ocultar, y el calor que subió por su cuello no tenía nada que ver con la calefacción encendida.
—No tenía adónde ir —admitió, y había una vulnerabilidad en esas palabras que ella no estaba preparada para escuchar. No ahora. No después de tantos meses intentando convencerse de que él no era más que un fantasma del pasado, un error que había cometido y superado.
Clara abrió la puerta con un clic suave, y el apartamento se reveló ante ellos como un escenario familiar y, al mismo tiempo, extraño. Las cortinas de lino estaban entreabiertas, dejando entrar la luz plateada de la luna que se reflejaba en los charcos de la calle de abajo. La sala estaba exactamente como él la recordaba: los libros apilados en la mesa de centro, el sofá de terciopelo azul oscuro que habían elegido juntos en una tienda de muebles de segunda mano, el sillón donde ella solía acurrucarse con una manta en las noches frías. Todo igual. Todo diferente.
—Entra —dijo, dando un paso a un lado, pero sin mirarlo—. Voy a buscar una toalla.
Rafael dudó en el umbral, como si cruzar esa línea invisible fuera un compromiso mayor de lo que cualquiera de los dos estaba dispuesto a asumir. Pero entonces sus ojos se encontraron con los de ella, y lo que fuera que vio allí—miedo, deseo, la sombra de algo que ninguno de los dos podía nombrar—lo hizo avanzar. El olor del apartamento lo envolvió en cuanto entró: el aroma a lavanda del difusor, el leve toque a canela del incienso que ella encendía los viernes, el perfume persistente de su piel, que parecía impregnado en los tejidos, en los muebles, en cada superficie que ella tocaba.
Clara cerró la puerta con más fuerza de la necesaria, y el sonido resonó en el espacio como un punto final abrupto. Se volvió hacia él, los brazos cruzados sobre el pecho como si intentara protegerse, pero la postura defensiva solo sirvió para resaltar la curva de sus senos bajo la chaqueta ajustada. Rafael observó el movimiento, y sus labios se entreabrieron levemente, como si estuviera a punto de decir algo, pero las palabras se hubieran perdido en el camino.
—Vas a pescar una pulmonía —murmuró, al fin, rompiendo el silencio—. Quítate esa camisa.
Él arqueó una ceja, una sonrisa lenta extendiéndose por su rostro. No era una sonrisa de diversión, sino de reconocimiento. De esa vieja dinámica entre ellos, donde cada palabra podía ser una trampa o una invitación.
—¿Estás preocupada por mí, Clara?
—Estoy preocupada por mi sofá —replicó, pero la voz le falló al final, traicionándola. Rafael rio, un sonido bajo y ronco que reverberó por el cuerpo de ella como una caricia.
—Mentira.
Dio un paso adelante, y Clara retrocedió instintivamente, la espalda chocando contra la pared. No había adónde huir, y los dos lo sabían. Rafael se detuvo a centímetros de ella, el calor de su cuerpo atravesando las capas de ropa mojada, quemándola. Podía olerlo ahora, más fuerte que el perfume del apartamento: jabón barato de hotel, el leve toque metálico de la lluvia, y algo más profundo, más primitivo, que ella asociaba solo con él. El olor del deseo.
—No respondiste mi pregunta —dijo, la voz casi un susurro. Los dedos de él rozaron su muñeca, donde la vena latía descontroladamente—. ¿Estás preocupada por mí?
Clara tragó saliva. Las palabras estaban ahí, en la punta de la lengua, pero no podía decirlas. *Sí. Siempre. Incluso cuando no debería.* En cambio, apartó la mirada, fijándose en un punto cualquiera sobre su hombro.
—No seas ridículo. Solo no quiero que te mueras en mi sala.
Rafael inclinó la cabeza, los ojos oscuros estudiándola con una intensidad que la hizo sentirse desnuda. Él sabía. Claro que sabía. Siempre había sabido leer cada microexpresión de ella, cada temblor, cada latido acelerado del corazón. Era una de las cosas que la volvían loca—la forma en que él la conocía mejor que ella misma.
—Está bien —murmuró, retrocediendo solo lo suficiente para que ella pudiera respirar—. Me quitaré la camisa.
Y entonces, sin prisa, comenzó a desabotonar los botones, uno por uno, los dedos moviéndose con una precisión deliberada. Clara intentó no mirar, pero sus ojos la traicionaron, siguiendo cada movimiento como si estuvieran hipnotizados. La tela húmeda se abrió, revelando el pecho musculoso, la piel ligeramente bronceada, las cicatrices que ella conocía de memoria—una pequeña marca blanca sobre el pezón izquierdo, donde se había cortado con un cuchillo de cocina años atrás; otra, más fina, cerca de la clavícula, de una caída de bicicleta en la adolescencia. Quería extender la mano y tocarlas, trazar cada una con los dedos, como hacía antes, pero mantuvo las manos cerradas en puños a los lados del cuerpo.
—¿Mejor? —preguntó, arrojando la camisa al suelo con un sonido húmedo.
Clara no respondió. En cambio, se dio la vuelta bruscamente y caminó hasta el armario del pasillo, donde guardaba las toallas. Sus manos temblaban mientras tomaba una, y cuando se volvió hacia él, lo encontró observándola con una expresión que no logró descifrar. Algo entre diversión y hambre.
—Toma —dijo, extendiendo la toalla—. Sécate.
Rafael no la tomó. En cambio, dio un paso más hacia adelante, reduciendo la distancia entre ellos hasta que Clara pudo sentir de nuevo el calor de su cuerpo. Tomó la toalla de sus manos, pero no la usó. En lugar de eso, la sostuvo entre los dedos, los ojos fijos en los de ella.
—También estás mojada —observó, la voz baja.
Clara sintió que el aire le faltaba. *No se atrevería.* Pero claro que se atrevería. Rafael siempre se atrevía.
—Estoy bien —mintió.
—No lo estás —replicó, acercándose aún más—. Tu blusa está pegada al cuerpo. Puedo ver… —Dejó la frase en el aire, los ojos descendiendo lentamente hasta sus senos, donde la tela fina de la blusa blanca delineaba los pezones endurecidos por el frío y la tensión.
Clara cruzó los brazos sobre el pecho, pero era demasiado tarde. Él ya había visto. Y lo peor era que *quería* que lo viera.
—Rafael…
—Shh —murmuró, usando por fin la toalla para secarse el rostro, los movimientos lentos, deliberados—. No hace falta que digas nada.
Pero ella necesitaba. Necesitaba decir que no era justo, que él no podía aparecer así, después de tanto tiempo, y esperar que ella no sintiera nada. Necesitaba decir que la había herido, que había llorado por él, que había jurado no volver a dejar que se acercara. Pero las palabras murieron en su garganta cuando él se acercó de nuevo, tan cerca que podía sentir su aliento contra su piel.
—Todavía me deseas —dijo, no como una pregunta, sino como una constatación. Y entonces, antes de que ella pudiera responder, extendió la mano y tocó su blusa, los dedos rozando levemente la tela mojada sobre el pezón.
Clara contuvo la respiración. El contacto fue mínimo, casi imperceptible, pero el efecto fue como una descarga eléctrica, recorriendo todo su cuerpo. Debería haberlo empujado. Debería haber dicho que no. Pero lo que salió de su boca fue un gemido bajo, involuntario, que pareció resonar entre ellos como una confesión.
Rafael sonrió, satisfecho. Y entonces, sin aviso, sujetó el dobladillo de su blusa y la levantó lentamente, revelando la piel húmeda y erizada del abdomen, de los senos, hasta que la tela pasó por su cabeza y cayó al suelo con un sonido amortiguado.
—Así está mejor —murmuró, los ojos oscuros recorriendo su cuerpo como si estuviera memorizándolo—. Mucho mejor.
Clara no dijo nada. No podía. Estaba desnuda ante él, no solo de ropa, sino de defensas, de orgullo, de todas las mentiras que se había contado a sí misma en los últimos meses. Y Rafael lo sabía. Siempre lo había sabido.
Extendió la mano de nuevo, esta vez sin dudar, y tocó su seno, el pulgar rozando el pezón endurecido. Clara arqueó la espalda involuntariamente, un suspiro escapando de sus labios. Él sonrió, satisfecho, y entonces se inclinó, reemplazando el pulgar por la boca, la lengua caliente y húmeda provocándola de una manera que la hizo agarrar sus cabellos, acercándolo más.
—Rafael… —gimió, pero no era una protesta. Era una súplica.
Él levantó la cabeza, los labios brillantes, los ojos oscuros de deseo.
—¿Qué quieres, Clara? —preguntó, la voz ronca—. ¿Quieres que pare?
Ella negó con la cabeza, las palabras atrapadas en la garganta.
—Entonces dime —insistió, los dedos descendiendo por su abdomen, deteniéndose en la cintura de la falda—. Dime lo que quieres.
Clara cerró los ojos, sintiendo el peso de la pregunta, el peso de la respuesta. Pero entonces abrió los ojos de nuevo, encontró su mirada, y dijo lo único que importaba:
—Tú. Te quiero a ti.
Rafael sonrió, una sonrisa lenta y peligrosa, y entonces sus manos estuvieron en su falda, bajándola junto con las bragas, dejándola completamente desnuda ante él. La observó por un largo momento, como si estuviera grabando cada detalle en la memoria, y entonces, por fin, extendió la mano y la atrajo hacia sí, los cuerpos encontrándose en un choque de calor y necesidad.
—Entonces déjame quedarme —susurró contra su boca, y ya no era una pregunta.
Y Clara, que había pasado tanto tiempo intentando convencerse de que no lo quería, de que no lo necesitaba, supo, en ese momento, que estaba perdida.
El apartamento estaba caliente, el aire pesado con el olor a lluvia y el perfume cítrico que Clara aún usaba—o quizá fuera solo el recuerdo de él, impregnado en los muebles, en las paredes, en la tela del sofá donde tantas veces se habían enredado. Rafael se quitó el abrigo empapado, dejándolo caer sobre el brazo del sofá con un sonido húmedo, y por un instante ella lo observó de espaldas, los hombros anchos delineados por la camisa blanca pegada a la piel, los cabellos oscuros goteando sobre la nuca. Él se volvió despacio, como si sintiera el peso de su mirada, y sus ojos—aquel verde profundo, casi negro bajo la luz amarillenta de la lámpara—encontraron los de ella.
—No cerraste la puerta con llave —murmuró, la voz ronca.
Clara tragó saliva. La llave aún estaba en la cerradura, girada a medias.
—Yo… no pensé.
—Siempre tan descuidada.
Había algo provocador en esas palabras, un tono que iba más allá del regaño. Ella cruzó los brazos, como si pudiera protegerse, pero el gesto solo hizo que sus senos se apretaran contra la seda de la blusa, y Rafael lo notó. Lo notó todo. La forma en que sus labios se entreabrieron, cómo se aceleró su respiración, cómo los dedos se clavaban en sus propios brazos con la fuerza suficiente para dejar marcas.
—¿Qué haces aquí, Rafael? —La pregunta salió más áspera de lo que pretendía, pero era demasiado tarde para suavizarla.
Él dio un paso adelante, luego otro, hasta que el espacio entre ellos fuera solo el suficiente para que ella sintiera el calor de su cuerpo sin tocarlo. El olor a lluvia y jabón masculino invadió sus fosnas nasales, y Clara tuvo que cerrar los ojos por un segundo, luchando contra la ola de recuerdos—el peso de él sobre ella, las manos firmes, la boca caliente en los lugares más inesperados.
—Intenté —dijo, bajo—. Intenté olvidarte. Intenté convencerme de que era solo orgullo, de que un día despertaría y no sentiría más esta maldita falta en el pecho. Pero no sirve. —La voz se quebró, y pasó una mano por los cabellos mojados, frustrado—. No puedo.
Clara sintió el corazón latir tan fuerte que dolía. Las manos le temblaban, y las escondió detrás de la espalda, como si eso pudiera disimular la verdad escrita en cada temblor.
—No puedes decir eso —susurró—. No después de todo.
—¿Después de qué? —Rió, un sonido corto y sin humor—. ¿Después de que me dejaras porque no era lo suficientemente ambicioso? ¿Porque no quería pasar noches en vela estudiando para un concurso que ni siquiera me interesaba? —La voz se elevó, pero no de rabia. De dolor—. ¿O fue porque no quería ser como tú, Clara? ¿Porque no quería ahogarme en este mundo de procesos y plazos y clientes que solo te ven como un número?
Ella retrocedió, como si le hubiera dado una bofetada. Las palabras dolían porque eran ciertas. O al menos, parte de ellas. Nunca le había exigido que cambiara, pero tampoco había entendido por qué él no quería intentarlo. Por qué prefería un trabajo estable en una imprenta a luchar por algo más. Por qué parecía tan satisfecho con poco, cuando ella quería tanto.
—No fue solo eso —dijo, la voz temblorosa—. Fue… fue la forma en que te rendiste con nosotros. Como si no valiera la pena luchar.
Rafael cerró los ojos por un momento, como si las palabras de ella lo hubieran golpeado físicamente. Cuando los abrió de nuevo, había algo nuevo en ellos—algo crudo, algo que ella no veía desde la última noche que pasaron juntos.
—¿Que yo me rendí con nosotros? —Dio un paso más, y ahora estaba tan cerca que ella podía sentir el calor de su aliento contra el rostro—. Clara, yo nunca me rendí contigo. Solo… no sabía cómo hacerte entender que no necesitaba nada más. Que solo te necesitaba a ti.
Las palabras flotaron entre ellos, pesadas, cargadas de todo lo que no se habían dicho en su momento. Clara sintió los ojos arder, pero no dejó que las lágrimas cayeran. No ahora. No delante de él.
—¿Y qué cambió? —preguntó, la voz casi un susurro—. ¿Por qué estás aquí ahora?
Rafael extendió la mano, vacilante, y cuando ella no se apartó, tocó su rostro con las yemas de los dedos. Un contacto leve, casi reverente, como si estuviera hecha de algo frágil.
—Porque no aguanto más —admitió—. Porque cada vez que cierro los ojos, te veo. Porque cada mujer que conozco no eres tú. Porque me despierto de madrugada con el sabor de tu boca en la mía y la sensación de tus uñas en mi espalda. —La mano de él se deslizó hasta su nuca, los dedos enredándose en los cabellos sueltos—. Porque sé que tú sientes lo mismo.
Clara no pudo responder. No con palabras. Pero su cuerpo habló por sí solo—los labios entreabiertos, el pecho subiendo y bajando en respiraciones cortas, el calor extendiéndose entre sus piernas como si el simple contacto de él fuera suficiente para encenderla. Rafael lo notó, por supuesto. Él siempre lo notaba. Los dedos de él apretaron levemente sus cabellos, inclinando su cabeza hacia atrás, exponiendo su cuello.
—Dime que me equivoco —murmuró, la boca flotando sobre su piel, tan cerca que ella podía sentir el aliento caliente—. Dime que lo superaste. Que ya no sientes nada.
Debería haberlo dicho. Debería haber mentido. Debería haberlo empujado lejos y cerrado la puerta con llave. Pero las palabras murieron en su garganta cuando él rozó los labios en el punto sensible justo debajo de la oreja, un contacto tan leve que era casi una pregunta. Su cuerpo respondió antes de que su mente pudiera protestar—un escalofrío recorrió su columna, los pezones se endurecieron bajo la blusa, y un gemido bajo escapó de sus labios.
—Rafael… —Su nombre salió como un ruego, una súplica, y él sonrió contra su piel, victorioso.
—Eso no es una respuesta, Clara.
Ella cerró los ojos, sintiendo que el mundo giraba. Las manos de él estaban en su cintura ahora, atrayéndola más cerca, y ella no se resistió. No podía. No cuando cada célula de su cuerpo gritaba por él, no cuando su olor la envolvía como una droga, no cuando su voz, ronca y urgente, susurraba cosas que no debería querer escuchar.
—No… —comenzó, pero las palabras se perdieron cuando él mordisqueó suavemente el lóbulo de su oreja, los dientes raspando la piel sensible—. No lo superé.
Rafael se detuvo. Por un segundo, solo hubo el sonido de sus respiraciones entrecortadas, el repiqueteo de la lluvia contra la ventana, la sangre latiendo en sus oídos. Entonces, con un gemido bajo, la atrajo contra sí, las manos deslizándose por su espalda hasta encontrar la curva de su cadera, apretando con fuerza.
—Gracias a Dios —murmuró, y entonces su boca estuvo sobre la de ella.
No fue un beso suave. No fue un reencuentro delicado. Fue hambre. Fue necesidad. Fue todo lo que habían guardado en los últimos meses estallando de una vez, lenguas enredándose, dientes chocando, manos aferrándose como si el otro fuera lo único que los mantuviera en pie. Clara gimió contra su boca, las uñas clavándose en sus hombros anchos, y Rafael respondió con un gruñido, empujándola contra la pared con el peso de su cuerpo.
—No tienes idea de cuánto soñé con esto —dijo entre besos, la voz ronca de deseo—. De cuánto me toqué pensando en ti.
Las palabras la golpearon como un rayo, y sintió que todo su cuerpo se contraía. Rafael lo notó, por supuesto. Él siempre lo notaba. Con una sonrisa perversa, sujetó sus muñecas y las inmovilizó sobre su cabeza, los dedos entrelazados con los de ella mientras su boca descendía por su cuello, mordisqueando, lamiendo, dejando un rastro de fuego.
—¿Tú también? —preguntó, los labios rozando su clavícula—. ¿Tú también te tocaste pensando en mí, Clara?
Debería haber mentido. Debería haber dicho que no, que había seguido adelante. Pero la verdad estaba ahí, en la forma en que su cuerpo se arqueaba contra el de él, en la humedad entre sus piernas, en el gemido que escapó cuando él mordió levemente su seno por encima de la blusa.
—Sí —admitió, la voz quebrada—. Todas las noches.
Rafael soltó un sonido gutural, algo entre un gemido y un gruñido, y entonces sus manos estuvieron por todas partes—desabotonando su blusa, bajando la falda, arrancando las bragas con un movimiento brusco. Clara no protestó. No cuando la levantó en brazos, sus piernas enredándose en su cintura, no cuando la llevó hasta el sofá y la depositó sobre los cojines, no cuando se arrodilló entre sus piernas y miró su cuerpo desnudo con una intensidad que la hizo estremecer.
—Joder, Clara… —La voz de él era casi un susurro—. Eres aún más hermosa de lo que recordaba.
Y entonces estuvo sobre ella, su boca encontrando la de ella de nuevo, las manos explorando cada centímetro de piel como si fuera la primera vez. Clara se perdió en su tacto, en el peso de su cuerpo, en la forma en que la conocía tan bien—cómo sabía exactamente dónde morder, dónde lamer, dónde presionar para hacerla gemir. Cuando sus dedos encontraron el centro de ella, húmedo y palpitante, arqueó la espalda con un grito ahogado.
—Rafael, por favor…
—¿Por favor qué? —provocó, los dedos rodeando su clítoris con una lentitud torturante—. Dime lo que quieres.
No podía pensar. No podía formar palabras. Solo podía sentir—el calor de su cuerpo, la presión de sus dedos, la necesidad creciendo dentro de ella como una ola a punto de romper.
—Te quiero a ti —logró decir, las uñas clavándose en sus brazos—. Dentro de mí. Ahora.
Rafael no necesitó que se lo repitiera. Con un movimiento rápido, se quitó los pantalones, su miembro duro y grueso saltando libre, y Clara sintió que se le secaba la boca. Recordaba cómo la llenaba, cómo la estiraba, cómo la hacía sentir completa de una manera que nadie más lograba. Rafael se posicionó entre sus piernas, la punta de su miembro rozando su entrada, y por un segundo, solo se miraron—los ojos de él oscuros de deseo, los de ella abiertos, vulnerables.
—Última oportunidad —susurró, la voz tensa—. Si no quieres, paro.
Clara no respondió con palabras. En cambio, levantó las caderas, llevándolo dentro de sí con un movimiento lento y deliberado. Los dos gimieron al unísono, su cuerpo adaptándose al de él como si nunca hubieran estado separados. Rafael cerró los ojos por un segundo, como si estuviera saboreando la sensación, y entonces comenzó a moverse—primero despacio, luego con más fuerza, cada embestida más profunda que la anterior.
—Joder, Clara… —gimió, las manos sujetando sus caderas con fuerza—. Eres tan buena…
No podía responder. Solo podía sentir—su miembro entrando y saliendo, la presión creciendo dentro de ella, el placer enroscándose como un resorte a punto de soltarse. Rafael inclinó la cabeza, capturando un pezón entre los dientes, y ella gritó, todo su cuerpo contrayéndose alrededor de él.
—Córrete para mí —ordenó, la voz ronca—. Córrete en mi polla, Clara.
Y ella obedeció.
El orgasmo la golpeó como una ola, arrancándole un grito de los labios mientras su cuerpo se retorcía, las paredes internas apretándolo con fuerza. Rafael gimió, sintiéndola correrse alrededor de él, y entonces también se dejó llevar—los movimientos volviéndose más rápidos, más descontrolados, hasta que enterró el rostro en su cuello con un gruñido ronco, su cuerpo temblando mientras se derramaba dentro de ella.
Por un largo momento, solo hubo el sonido de sus respiraciones jadeantes, el peso de su cuerpo sobre el de ella, el calor entre sus piernas. Entonces Rafael levantó la cabeza, sus ojos encontrando los de ella, y Clara sintió que algo se apretaba en su pecho.
—Esto no resuelve nada —murmuró, la voz aún temblorosa.
Rafael sonrió, lento y peligroso, y rozó sus labios con los de ella.
—No —coincidió—. Pero es un comienzo.
Y entonces la besó de nuevo, y Clara supo, con una certeza que la asustaba, que estaban lejos de terminar.
El aire entre ellos ya estaba cargado de algo más que palabras—era electricidad pura, el tipo de tensión que quema antes incluso de tocarse. Clara aún sentía el peso de la confesión en los labios, el sabor amargo de la vulnerabilidad mezclado con el vino que habían compartido, medio vaso cada uno, suficiente para aflojar las defensas, pero no para borrar el recuerdo de lo que habían perdido. Rafael la observaba con aquellos ojos oscuros, profundos, como si pudiera ver a través de ella, como si cada respiración suya fuera una invitación.
Y entonces, se movió.
No hubo aviso, ni vacilación. En un instante, estaba sentado en el sofá, los dedos tamborileando en su rodilla, al siguiente, ya estaba de pie, reduciendo la distancia entre ellos en dos zancadas largas. Clara apenas tuvo tiempo de retroceder—no es que quisiera. Su cuerpo reaccionó antes incluso de que su mente lo hiciera, los músculos contrayéndose, los labios entreabriéndose en un suspiro mudo. Rafael sujetó su rostro con ambas manos, los pulgares rozando sus pómulos, y por un segundo, solo un segundo, ella pensó que diría algo. Pero las palabras murieron en su garganta cuando sus ojos descendieron hasta su boca.
—Joder—murmuró, la voz ronca, casi un gemido.
Y entonces la besó.
No fue un beso suave, ni vacilante. Fue hambre pura, años de nostalgia condensados en un solo movimiento. Los labios de él capturaron los suyos con una urgencia que hizo que Clara arqueara la espalda, las manos aferrándose a su camisa como si fuera lo único que la mantuviera en pie. Rafael sabía a lluvia y whisky, a noches en vela y promesas rotas, y ella lo bebió como si fuera agua después de días en el desierto. Su lengua invadió su boca, exigente, posesiva, y Clara gimió contra él, el sonido ahogado por la presión de sus labios.
Las manos de Rafael no se quedaron quietas. Bajaron por su cuello, los dedos trazando la línea de su clavícula antes de enredarse en la tela de su blusa, atrayéndola más cerca. Clara sintió el calor de su cuerpo incluso a través de la ropa, la dureza de su pecho, la tensión en los músculos de sus brazos cuando la apretó contra sí. No se resistió. No quería resistirse. Sus propias manos subieron, deslizándose por sus hombros anchos, sintiendo la fuerza contenida allí, la forma en que temblaba levemente, como si estuviera conteniéndose para no devorarla allí mismo.
—Todavía me deseas—susurró Rafael contra su boca, los dientes rozando su labio inferior antes de tirar suavemente de él—. Di que sí.
Clara no necesitaba pensar. La respuesta ya estaba escrita en cada célula de su cuerpo, en la forma en que sus pezones se endurecieron bajo el sujetador, en el calor húmedo entre sus piernas, en la forma en que sus uñas se clavaron en su espalda.
—Sí—jadeó, la voz quebrada—. Siempre.
Fue como si la palabra fuera un detonante. Rafael gimió, un sonido gutural, y la empujó contra la pared más cercana, su cuerpo presionando el de ella con una intensidad que hizo que sus piernas flaquearan. Sus manos se deslizaron hacia abajo, agarrando su cintura fina, levantándola un poco para que sintiera su erección dura contra su vientre. Clara soltó un grito ahogado, las caderas moviéndose por instinto, buscando alivio para la presión que crecía entre sus muslos.
—Joder, Clara—gruñó Rafael, los labios descendiendo por su cuello, mordisqueando, lamiendo, dejando un rastro de fuego en su piel—. No tienes idea de cuánto soñé con esto.
Clara lo sabía. Porque ella también había soñado. Con sus manos en su cuerpo, con su boca en lugares que ahora ardían de deseo, con su peso sobre ella, dentro de ella. Los recuerdos se mezclaban con el presente, y de repente, era como si los últimos meses nunca hubieran existido. Solo estaban ellos dos, el calor, el olor a sudor y excitación, el sonido de sus respiraciones entrecortadas.
Las manos de Rafael encontraron el dobladillo de su blusa y la levantaron con prisa, casi rasgando la tela. Clara levantó los brazos, permitiendo que la desvistiera, los pezones ya duros bajo el encaje del sujetador. Él no perdió tiempo. Sus labios descendieron hasta uno de ellos, succionando a través de la tela fina, la lengua rodeando el pezón sensible hasta que Clara arqueó la espalda, un gemido escapando de sus labios.
—Rafael—jadeó, las manos enredándose en sus cabellos, acercándolo más—. Por favor…
Él sabía lo que quería. Siempre lo había sabido. Con un movimiento rápido, abrió el cierre del sujetador, liberando sus senos. Sus ojos se oscurecieron aún más al verlos, los pezones rosados, hinchados, suplicando por atención. Rafael no los hizo esperar. Bajó la cabeza y tomó uno en su boca, chupando con fuerza, la lengua jugando con la punta mientras su mano libre apretaba el otro, los dedos pellizcando levemente.
Clara gimió, todo su cuerpo temblando. Las piernas le fallaban, y se aferró a sus hombros, las uñas marcando su piel. Rafael soltó un gruñido, el sonido vibrando contra su seno, y entonces sus manos estuvieron por todas partes—deslizándose por su espalda, apretando sus nalgas, atrayéndola más cerca, para que sintiera cuánto la deseaba.
—¿Estás mojada para mí?—preguntó, la voz ronca, mientras una mano descendía por su vientre, deteniéndose en la cintura de su falda—. Apuesto a que sí.
Clara no respondió. No necesitaba hacerlo. Su cuerpo ya respondía por sí solo, las caderas moviéndose contra su mano, buscando contacto. Rafael sonrió, lento y peligroso, y entonces sus dedos se deslizaron bajo la falda, encontrando el encaje de sus bragas.
—Ah, joder—gimió al sentir la tela empapada—. Estás *empapada*, Clara.
Ella soltó un suspiro tembloroso cuando sus dedos rodearon su entrada, presionando levemente, sin penetrar. Solo provocándola. Clara mordió su labio, intentando contener el gemido, pero fue inútil. Su cuerpo estaba en llamas, cada toque de él era una chispa, y necesitaba más.
—Rafael—suplicó, las caderas moviéndose contra su mano—. Por favor, no me tortures.
Él rio, bajo y oscuro, y entonces sus dedos se deslizaron bajo las bragas, encontrando su clítoris hinchado. Clara gritó, todo su cuerpo contrayéndose cuando comenzó a rodearlo con movimientos lentos y deliberados.
—¿Así?—preguntó, los labios rozando su cuello—. ¿O así?—Sus dedos se hundieron más, dos de ellos entrando en ella con un movimiento rápido.
Clara soltó un grito, las piernas temblando. Rafael la sostuvo con el brazo libre, manteniéndola en pie mientras sus dedos se movían dentro de ella, entrando y saliendo, curvándose para encontrar ese punto que la hacía ver estrellas.
—Rafael, voy a…—jadeó, todo su cuerpo temblando—. Voy a correrme…
—Todavía no—ordenó, retirando los dedos de repente.
Clara gimió en protesta, pero antes de que pudiera quejarse, Rafael la tomó en brazos, sus piernas enredándose automáticamente en su cintura. La llevó hasta el dormitorio, los labios nunca dejando los suyos, los besos profundos, hambrientos, como si estuviera intentando compensar cada segundo que habían pasado separados.
Cuando la depositó en la cama, Clara ya estaba desesperada. Sus manos tiraron de su camisa, arrancándosela por los hombros, los dedos trazando los músculos definidos, las cicatrices que conocía de memoria. Rafael se deshizo de la prenda con un movimiento rápido, los ojos nunca dejando los de ella mientras se desabrochaba los pantalones, su erección saltando libre, dura y lista.
Clara tragó saliva. Recordaba esa polla—su grosor, su longitud, la forma en que la llenaba hasta que no quedaba espacio para nada más que él. Rafael vio su mirada y sonrió, lento y peligroso, antes de arrodillarse entre sus piernas.
—Quiero probarte—dijo, la voz ronca, los dedos enganchando sus bragas y bajándolas—. Quiero sentirte correrte en mi boca.
Clara no tuvo oportunidad de responder. Rafael bajó la cabeza y lamió una línea lenta desde su entrada hasta su clítoris, la lengua caliente y húmeda haciéndola arquear la espalda. Gritó, las manos enredándose en las sábanas mientras él la devoraba, su boca trabajando con una precisión cruel, como si supiera exactamente cómo llevarla al límite en segundos.
—Rafael—gimió, las caderas moviéndose contra su rostro—. No aguanto…
—Aguanta—murmuró contra su piel, los dedos reemplazando su lengua, entrando en ella mientras su boca succionaba su clítoris—. Eres mía, Clara. Y voy a hacerte correrte cuantas veces quiera.
Las palabras, combinadas con los movimientos implacables de su boca y sus dedos, fueron demasiado. Clara sintió el orgasmo acercarse como una ola, cada vez más intensa, hasta que no pudo contenerlo más.
—Rafael, voy a…—logró decir, antes de que el orgasmo la golpeara con fuerza, haciendo que todo su cuerpo se contrajera.
Él no se detuvo. Siguió lamiendo, succionando, prolongando el orgasmo hasta que ella quedó jadeante, los ojos llorosos, todo su cuerpo temblando. Solo entonces se levantó, los labios brillando con sus jugos, los ojos oscuros de deseo.
—Ahora—dijo, la voz ronca, posicionándose entre sus piernas—, voy a follarte. Y esta vez, Clara, vas a mirarme mientras te hago correrte otra vez.
Las palabras le enviaron un escalofrío por todo el cuerpo. Rafael se posicionó entre sus piernas, los ojos nunca dejando los de ella mientras entraba lentamente, centímetro a centímetro, hasta estar completamente dentro. Clara gimió, las uñas clavándose en su espalda, sintiéndolo llenarla de una forma que iba más allá de lo físico.
—Joder, cómo extrañé esto—gruñó Rafael, comenzando a moverse en un ritmo lento y profundo.
Clara no pudo responder. Solo pudo aferrarse a él, acompañando cada movimiento, cada embestida que la acercaba de nuevo al límite. Sus miradas no se apartaron, como si estuvieran sellando una promesa silenciosa—de que, esta vez, no habría espacio para dudas.
El ritmo aumentó gradualmente, sus cuerpos moviéndose en perfecta sincronía, como si hubieran sido hechos el uno para el otro. Clara sintió el placer crecer dentro de ella de nuevo, más intenso, más abrumador. Cuando se corrió, fue con su nombre en los labios, los ojos aún fijos en los de él.
Rafael la siguió segundos después, enterrando el rostro en su cuello mientras se entregaba, su cuerpo temblando con la fuerza del orgasmo.
Permanecieron así por un largo rato, jadeantes, sus cuerpos aún unidos, los latidos de sus corazones poco a poco calmándose. Clara pasó los dedos por sus cabellos, sintiendo la humedad del sudor en su nuca.
—Esto no resuelve nada—murmuró, la voz aún temblorosa.
Rafael sonrió, lento y peligroso, y rozó sus labios con los de ella.
—No—coincidió—. Pero es un comienzo.
Y entonces la besó de nuevo, y Clara supo, con una certeza que la asustaba, que estaban lejos de terminar.
Clara no tuvo tiempo de responder. Las palabras murieron en su garganta cuando Rafael la giró con un movimiento brusco, las manos firmes en sus caderas mientras la presionaba contra la pared fría del dormitorio. El contraste del azulejo helado contra su piel ardiente le provocó un escalofrío, pero el calor del cuerpo de él lo disipó rápidamente. Estaba en todas partes—en las manos que se deslizaban por su espalda, en los dientes que mordisqueaban el lóbulo de su oreja, en el aliento caliente que quemaba su nuca.
—Todavía me deseas —susurró, la voz ronca, casi un desafío. No era una pregunta. Rafael lo sabía. Podía sentir cómo ella se arqueaba contra él, cómo sus dedos se clavaban en sus hombros, cómo su respiración se aceleraba en pequeños gemidos entrecortados.
Clara cerró los ojos, dejando caer la cabeza hacia atrás cuando él apartó su cabello y depositó besos húmedos a lo largo de la curva de su cuello. Cada toque era una chispa, cada palabra un fósforo encendido en la oscuridad que los había separado durante meses.
—No finjas que no —continuó, su mano descendiendo por su muslo, levantándola hasta que ella envolviera su cintura. La tela de sus pantalones rozó su piel desnuda, áspera y excitante—. Sentí cómo temblabas cuando te besé. Sentí cómo respondía tu cuerpo.
Debería haberlo negado. Debería haberlo empujado, recordarle todas las razones por las que esto era una pésima idea. Pero las palabras se perdieron cuando él la levantó más alto, los brazos fuertes sosteniendo su peso mientras la llevaba hasta la cama. El colchón se hundió bajo ellos, las sábanas ya revueltas por el primer round de pasión, pero a ninguno de los dos le importó. Rafael la depositó con cuidado, como si estuviera hecha de cristal, pero sus ojos ardían con un hambre que desmentía esa gentileza.
—He esperado tanto por esto —murmuró, sus manos recorriendo sus senos, los pulgares rodeando sus pezones ya rígidos. Clara se arqueó, un gemido escapando de sus labios entreabiertos—. Tantas noches imaginando cómo sería volver a tocarte.
No pudo responder. Las palabras se le atascaban en la garganta mientras él bajaba la cabeza, su boca caliente envolviendo uno de sus pezones, succionando con una presión que la hizo gritar. Rafael rio suavemente, el sonido vibrando contra su piel, y entonces su mano se deslizó hacia abajo, sus dedos encontrando el punto húmedo y palpitante entre sus piernas.
—Rafael… —Su nombre salió como una súplica, sus caderas moviéndose instintivamente contra su mano.
—Shh —susurró, sus labios rozando los de ella mientras sus dedos trabajaban en círculos lentos, torturantes—. Lo sé. Yo también extrañé esto.
Clara se aferró a las sábanas, las uñas clavándose en la tela mientras él la llevaba al borde del precipicio. Pero antes de que pudiera caer, Rafael se detuvo, apartando su mano con una sonrisa maliciosa.
—Todavía no —dijo, la voz cargada de promesas.
Ella abrió la boca para protestar, pero él ya estaba posicionándose entre sus piernas, las rodillas separando sus muslos con una urgencia que la hizo estremecer. Rafael no esperó. No pidió permiso. Simplemente la atrajo hacia sí, entrando en ella con un solo movimiento fluido que les arrancó un grito a ambos.
Por un segundo, el mundo se detuvo. Clara sintió cada centímetro de él llenándola, estirándola, marcándola de una forma que iba más allá de lo físico. Era como si, después de meses de vacío, por fin estuviera completa. Rafael se quedó inmóvil por un momento, los ojos cerrados, la respiración pesada, como si estuviera conteniéndose para no perder el poco control que le quedaba.
—Joder, Clara —gimió, la voz quebrada—. No tienes idea de cuánto extrañé esto.
Ella no respondió. No podía. Las palabras eran innecesarias cuando sus cuerpos ya hablaban por sí solos. Rafael comenzó a moverse, lento al principio, cada embestida profunda y deliberada, como si quisiera memorizar la sensación. Pero la lentitud no duró. Pronto, la urgencia se apoderó de él, sus caderas golpeando contra las de ella en un ritmo primitivo, animal.
Clara envolvió sus piernas alrededor de su cintura, atrayéndolo más profundo, más fuerte, mientras sus dedos se clavaban en su espalda ancha. Rafael gruñó, el sonido gutural resonando en el dormitorio mientras aceleraba el ritmo, cada movimiento más desesperado que el anterior.
—No voy a durar —admitió, la voz ronca, sus labios encontrando los de ella en un beso hambriento—. Me vuelves loco.
A ella no le importaba. De hecho, la idea de que él perdiera el control por su culpa solo la excitaba más. Clara mordió su labio inferior, sus caderas levantándose para encontrarse con cada embestida, sus gemidos convirtiéndose en pequeños gritos ahogados contra su piel.
—Entonces córrete —susurró, sus uñas arañando su espalda—. Córrete dentro de mí.
Rafael gimió, todo su cuerpo temblando mientras se enterraba en ella una última vez, sus músculos contrayéndose con la fuerza del orgasmo. Clara sintió el calor extendiéndose dentro de ella, su cuerpo palpitando mientras se derramaba, y eso fue suficiente para empujarla más allá del límite. Se corrió con un grito, su cuerpo contorsionándose bajo el de él, las paredes internas apretándolo con fuerza mientras ola tras ola de placer la atravesaba.
Por largos segundos, no hubo nada más que el sonido de sus respiraciones entrecortadas, el peso del cuerpo de él sobre el de ella, el calor húmedo entre sus piernas. Entonces Rafael levantó la cabeza, sus ojos encontrando los de ella, y Clara sintió que algo se apretaba en su pecho.
—Te amo —murmuró, la voz tan baja que Clara casi no lo escuchó.
Sintió que el pecho se le oprimía. Las palabras eran peligrosas. Abrían puertas que ambos habían intentado cerrar. Pero antes de que pudiera responder, Rafael la besó de nuevo, lento y profundo, como si quisiera demostrar que esas palabras no eran solo fruto del momento.
—Sé que tú también —susurró contra sus labios—. Aunque no quieras admitirlo.
Clara no lo negó. No podía. No cuando su cuerpo aún temblaba con los restos del placer, no cuando su olor—a sudor, lluvia y algo exclusivamente Rafael—aún la envolvía como un manto. En lugar de eso, lo atrajo más cerca, sus piernas aún envolviendo su cintura, como si quisiera mantenerlo allí para siempre.
—No hablemos de eso ahora —dijo, la voz temblorosa—. No mientras aún estemos así.
Rafael sonrió, lento y satisfecho, y rodó hacia un lado, atrayéndola consigo hasta que ella quedó acostada sobre su pecho. Los latidos de su corazón resonaban bajo su mejilla, rápidos y fuertes, como si él también estuviera intentando calmarse.
—Está bien —coincidió, los dedos trazando círculos perezosos en su espalda—. Pero esto no va a desaparecer, Clara. No importa cuánto intentemos ignorarlo.
Ella sabía que tenía razón. Pero, en ese momento, con el cuerpo saciado y la mente nublada por el placer, no quería pensar en el mañana. Solo quería quedarse allí, entre las sábanas revueltas y el calor de su cuerpo, fingiendo que el mundo exterior no existía.
Pero el mundo siempre volvía. Y cuando el primer rayo de sol comenzó a filtrarse por las cortinas, Clara supo que no podía posponer más las preguntas que los esperaban.
La luz del amanecer se filtraba por las rendijas de las cortinas como dedos dorados, acariciando la piel de Clara antes de que abriera los ojos. El calor del cuerpo de Rafael aún la envolvía, su pecho subiendo y bajando en un ritmo lento, casi hipnótico, contra su espalda. Se permitió quedarse allí, inmóvil, absorbiendo la sensación de ser abrazada por él otra vez—algo que, en sus momentos más solitarios, había llegado a creer que nunca más volvería a suceder.
La sábana estaba enredada entre ellos, mitad en el suelo, mitad atrapada bajo sus cuerpos entrelazados. El olor a sexo aún flotaba en el aire, mezclado con el sudor seco y el perfume cítrico del jabón que Rafael usaba. Clara respiró hondo, sintiendo el peso de la noche anterior asentarse sobre ella como una segunda piel. No era solo el cansancio físico, sino la certeza de que algo dentro de ella se había reavivado, algo que había intentado enterrar bajo capas de trabajo, cenas solitarias y noches en vela.
Rafael se movió detrás de ella, los labios rozando la curva de su hombro en un beso perezoso. Su mano, antes apoyada posesivamente sobre su cadera, se deslizó hacia abajo, trazando la curva de su muslo con una lentitud deliberada.
—Estás despierta —murmuró, la voz ronca por el sueño y el deseo.
Clara sonrió, girándose para mirarlo. Sus ojos, aún entrecerrados, brillaban con una intensidad que la hizo contener el aliento. Ya no había la urgencia de la noche anterior, pero sí algo más profundo, más peligroso: la promesa de que aquello no era solo un reencuentro de cuerpos, sino de almas.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó, pasando los dedos por sus cabellos despeinados.
—Porque te conozco —respondió Rafael, atrayéndola más cerca hasta que sus frentes se tocaron—. Incluso después de todo este tiempo, aún sé cuándo finges dormir solo para observarme.
Ella rio suavemente, el sonido perdiéndose entre ellos. Era cierto. Siempre había sido así—él siempre había sabido leer entre líneas, sus silencios, las miradas que creía disimular. Y ahora, con sus cuerpos aún cálidos el uno del otro, era imposible fingir que no sentía lo mismo.
—¿Y qué estoy pensando ahora? —provocó, mordisqueando su labio inferior.
Rafael sujetó su rostro entre las manos, los pulgares acariciando sus mejillas con una ternura que le oprimió el pecho.
—Que deberíamos haber hecho esto hace meses. Que fuimos idiotas al dejar que el orgullo hablara más alto. —Hizo una pausa, sus ojos oscuros fijos en los de ella—. Y que tienes miedo de que, cuando salgamos de esta cama, todo esto desaparezca de nuevo.
Clara tragó saliva. No tenía sentido negarlo. Las palabras de él eran como un espejo, reflejando exactamente lo que intentaba no nombrar.
—No va a pasar —susurró, más para sí misma que para él—. No puede.
Rafael no respondió de inmediato. En cambio, rodó sobre ella, inmovilizándola entre sus brazos, el peso de su cuerpo un ancla bienvenida. La sábana se deslizó por completo, dejándolos expuestos al aire fresco de la mañana, pero a ninguno de los dos le importó. El calor entre ellos era suficiente.
—No va a pasar —repitió, la voz firme—. Porque no voy a permitirlo.
Y entonces la besó, no con el hambre desesperada de la noche anterior, sino con una lentitud calculada, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Clara se entregó a su ritmo, las manos recorriendo su espalda musculosa, sintiendo cada cicatriz, cada línea de su cuerpo que conocía tan bien y, al mismo tiempo, parecía redescubrir.
El beso se profundizó, sus lenguas encontrándose en un juego lento y sensual. Rafael descendió con los labios por su cuello, mordisqueando suavemente su piel sensible antes de continuar hacia abajo, trazando un camino de fuego hasta sus senos. Clara arqueó la espalda cuando tomó uno de sus pezones entre los dientes, la succión suave enviando oleadas de placer directamente a su vientre.
—Rafael… —gimió, las uñas clavándose en sus hombros.
Él levantó la cabeza, los ojos oscuros brillando con malicia.
—Shh. Déjame mostrarte cómo deberíamos haber hecho esto desde el principio.
Y entonces descendió más, besando cada centímetro de su piel, como si estuviera memorizando el mapa de su cuerpo. Cuando llegó a su ombligo, Clara ya estaba jadeante, los dedos enredados en las sábanas. Él no tenía prisa. Cada toque, cada lamida, cada mordisco leve era una promesa—de que no habría más prisas, más huidas, más silencios entre ellos.
Cuando por fin llegó al punto donde más lo deseaba, Rafael levantó la mirada, encontrando la de ella mientras su lengua trazaba círculos lentos alrededor de su clítoris. Clara mordió su labio para contener un gemido, pero él no se lo permitió.
—No te contengas —ordenó, la voz ronca—. Quiero escucharte.
Y ella obedeció. Cada movimiento de su lengua, cada succión, cada vez que sus dedos se unían al juego, se dejó llevar, los sonidos escapando de sus labios sin control. El placer se acumulaba dentro de ella como una ola, cada vez más intensa, hasta que ya no pudo contenerlo más.
—Rafael, voy a… —logró decir, antes de que el orgasmo la golpeara con fuerza, haciendo que todo su cuerpo se contrajera.
Él no se detuvo. Siguió lamiendo, succionando, prolongando el orgasmo hasta que quedó sin aliento, los ojos llorosos, todo su cuerpo temblando. Solo entonces se levantó, besándola con una intensidad que hizo que su sabor se mezclara con el de él.
—Ahora —murmuró contra sus labios—, voy a follarte de nuevo. Y esta vez, Clara, me mirarás mientras te hago correrte otra vez.
Las palabras le enviaron un escalofrío por todo el cuerpo. Rafael se posicionó entre sus piernas, los ojos nunca dejando los de ella mientras entraba lentamente, centímetro a centímetro, hasta estar completamente dentro. Clara gimió, las uñas clavándose en su espalda, sintiéndolo llenarla de una forma que iba más allá de lo físico.
—Joder, cómo extrañé esto —gruñó Rafael, comenzando a moverse en un ritmo lento y profundo.
Clara no pudo responder. Solo pudo aferrarse a él, acompañando cada movimiento, cada embestida que la acercaba de nuevo al límite. Sus miradas no se apartaron, como si estuvieran sellando una promesa silenciosa—de que, esta vez, no habría espacio para dudas.
El ritmo aumentó gradualmente, sus cuerpos moviéndose en perfecta sincronía, como si hubieran sido hechos el uno para el otro. Clara sintió el placer crecer dentro de ella de nuevo, más intenso, más abrumador. Cuando se corrió, fue con su nombre en los labios, los ojos aún fijos en los de él.
Rafael la siguió segundos después, enterrando el rostro en su cuello mientras se entregaba, su cuerpo temblando con la fuerza del orgasmo.
Permanecieron así por un largo rato, jadeantes, sus cuerpos aún unidos, los latidos de sus corazones poco a poco calmándose. Clara pasó los dedos por sus cabellos, sintiendo la humedad del sudor en su nuca.
—Esto fue… —comenzó, pero las palabras le fallaron.
—Ya lo sé —murmuró Rafael, levantando la cabeza para besarla suavemente—. Yo también.
El silencio que siguió no era incómodo. Era el tipo de silencio que solo existe entre dos personas que se conocen tan bien que no necesitan palabras para entenderse. Clara sabía que aún había cosas por resolver, preguntas por hacer, decisiones por tomar. Pero, en ese momento, nada de eso importaba.
—¿Y ahora? —preguntó, al fin.
Rafael sonrió, una sonrisa lenta y satisfecha, y rodó hacia un lado, atrayéndola hacia sí.
—Ahora descansamos. Después hablamos. Y entonces… —Hizo una pausa, los dedos trazando círculos perezosos en su brazo—. Entonces vemos qué hacemos con esto.
Clara cerró los ojos, acurrucándose contra él. No era una respuesta definitiva, pero era suficiente. Por primera vez en mucho tiempo, se permitió creer que quizá, solo quizá, algunas cosas valían la pena el riesgo.
Y cuando el sol finalmente inundó el dormitorio, bañándolos en luz, supo que, sin importar lo que viniera después, lo enfrentarían juntos. Porque el amor, cuando es verdadero, siempre encuentra la manera de superar las distancias, los orgullos y las cicatrices.
Y el de ellos, definitivamente, lo era.