Entre Sábanas y Mentiras

Por Tonkix
Entre Sábanas y Mentiras
**Entre Sábanas y Mentiras** El salón del *Grand Hotel Excelsior* respiraba ese tipo de lujo que solo el dinero antiguo o el éxito reciente podían comprar. Las arañas de cristal derramaban una luz dorada sobre los invitados, transformando cada movimiento en un espectáculo de sombras y destellos, como si hasta el aire allí estuviera hecho de oro líquido. El murmullo de las conversaciones se mezclaba con el tintineo de las copas de champán, con el sonido suave de un cuarteto de cuerdas que tocaba algo entre lo clásico y lo contemporáneo—música elegida para no ofender los oídos de los poderosos, pero tampoco para aburrirlos. Era el tipo de fiesta donde cada detalle estaba calculado para impresionar, desde la disposición de los arreglos de orquídeas negras hasta la temperatura perfecta del ambiente, fresca lo suficiente para mantener los cuerpos cómodos, pero no tanto como para hacer temblar los escotes. Laura ajustó el vestido de seda azul marino, un tono que realzaba el contraste entre su piel pálida y los ojos verdes, casi translúcidos bajo la luz artificial. La tela se moldeaba a su cuerpo como una segunda piel, deslizándose entre los dedos cuando se movía, como si hasta la ropa supiera que allí, esa noche, ella no era solo la esposa de Ricardo Mendes. Era algo más. O quizá era menos. Dependía de quién mirara. —Estás deslumbrante —dijo una voz a su lado, baja y demasiado familiar. No necesitó girarse para saber quién era. El perfume lo delataba incluso antes de que terminara la frase: una mezcla de sándalo, cuero envejecido y algo cítrico, como bergamota, que hacía que su estómago se contrajera en un recuerdo involuntario. Daniel. —Gracias —respondió, girándose lentamente, como si cada movimiento estuviera ensayado—. Tú tampoco estás nada mal. Y no lo estaba. Daniel siempre tuvo ese tipo de presencia que hacía que la gente se detuviera a mirar, incluso cuando él no quería ser notado. Ahora, a los treinta y ocho años, el tiempo había esculpido su rostro de una manera que lo hacía aún más peligroso: las líneas alrededor de los ojos más marcadas, la mandíbula más definida, la barba incipiente que le daba un aire de quien acababa de salir de una reunión importante… o de una cama que no era la suya. El traje gris oscuro, hecho a medida, caía perfectamente sobre sus hombros anchos, y la corbata floja, como si hubiera aflojado el nudo a propósito, sugería una intimidad que Laura conocía demasiado bien. —¿Cuánto tiempo hace? —preguntó él, tomando dos copas de champán de una bandeja que pasaba. Le entregó una, los dedos rozando los suyos un segundo más de lo necesario. —Tres años —respondió Laura, llevando la copa a los labios. El líquido helado bajó por su garganta, dejando un rastro de burbujas y calor—. O cuatro. Depende de cómo lo cuentes. Daniel sonrió, una sonrisa lenta, de quien sabía exactamente cómo contar. Y qué contar. —Yo cuento desde la última vez que te vi desnuda. Ella casi se atraganta con el champán. El comentario fue tan directo, tan *él*, que por un momento Laura se preguntó si alguien alrededor había escuchado. Pero no, la gente seguía con sus conversaciones, riendo, bebiendo, ignorando lo que ocurría entre ellos como si fueran solo dos invitados más intercambiando cumplidos. —No has cambiado —murmuró ella, aunque había un tono de provocación en su voz. —Sí he cambiado. Ahora tengo más dinero y menos paciencia para juegos. —Y yo tengo marido. Daniel no apartó la mirada. Sus ojos, oscuros como café fuerte, se clavaron en los de ella con una intensidad que hizo vibrar el aire entre ellos. —Lo sé. Lo vi allí, cerca del bar. Hablando de inversiones con ese tipo calvo. —Hizo una pausa, como si saboreara lo que vendría después—. ¿Sigues usando el anillo en el dedo correcto? Laura miró su propia mano, el anillo de platino que brillaba bajo la luz. Era un gesto automático, como si necesitara asegurarse de que aún estaba allí. —Claro que sí. —Qué pena. Debería haberse alejado. Debería haber inventado una excusa—una amiga a la que saludar, un baño que visitar, cualquier cosa—y poner distancia entre ellos. Pero no lo hizo. En cambio, inclinó ligeramente la cabeza, como si estudiara al hombre frente a ella, como si intentara descifrar qué había detrás de esa confianza arrogante. —¿Por qué volviste? —preguntó, la voz baja, casi perdida en el bullicio de la fiesta. Daniel no respondió de inmediato. En lugar de eso, extendió la mano, como si fuera a tocar su rostro, pero se detuvo a mitad de camino, los dedos flotando en el aire entre ellos. —Porque supe que estarías aquí. El corazón de Laura latió más fuerte. No era una declaración de amor, ni una promesa de reconciliación. Era algo más peligroso: la constatación de que, incluso después de años, incluso con matrimonios, carreras y vidas enteras construidas por separado, aún se reconocían. Aún se deseaban. —Eso es peligroso —susurró ella. —Lo sé. Y entonces, como si el universo conspirara a su favor, la música cambió. Una valsa lenta, melancólica, comenzó a sonar, y Daniel inclinó levemente la cabeza, extendiendo la mano en una invitación silenciosa. —¿Bailas conmigo? Laura debería haber dicho que no. Debería haber mirado alrededor, buscado a Ricardo, recordado todas las razones por las que aquello era una mala idea. Pero el champán ya había hecho su trabajo, y el calor del cuerpo de Daniel, tan cerca, era una tentación que no podía ignorar. —Solo una —aceptó, colocando su mano en la de él. Los dedos de Daniel se cerraron alrededor de los suyos, firmes, posesivos. Y cuando la atrajo hacia sí, el perfume familiar la envolvió, y Laura supo que estaba perdida. Porque, en el fondo, siempre supo que ese reencuentro no terminaría con un baile. Terminarían de vuelta en sus brazos, exactamente donde nunca debería haber salido. La valsa los envolvió como un hechizo antiguo, de esos que no se rompen con el tiempo, solo duermen a la espera de un toque para despertar. Los cuerpos de Laura y Daniel se movían en perfecta sincronía, como si los años de distancia no hubieran pasado, como si cada paso fuera un recuerdo grabado en la piel. Él la guiaba con una mano en la base de su espalda, los dedos presionando levemente contra la tela fina del vestido, mientras la otra sostenía la suya con una firmeza que rozaba la posesión. Laura sentía el calor de su palma atravesar el satén, quemándole la piel, y el perfume—ah, el perfume—era el mismo de antes: sándalo y algo más oscuro, como cuero envejecido, un aroma que había intentado olvidar en vano. —Todavía bailas como si el mundo fuera a acabarse —murmuró Daniel, la voz baja, ronca, los labios casi rozando su oreja. Laura cerró los ojos por un instante, dejando que la música la invadiera, que la proximidad de él la consumiera. Cuando los abrió, encontró la mirada de Daniel fija en ella, intensa, hambrienta. Era la misma mirada de años atrás, cuando la observaba como si fuera la única mujer en la sala, como si el resto del mundo no existiera. —Y tú todavía hablas como si supieras lo que estoy pensando —respondió ella, la voz suave, pero con un temblor casi imperceptible. Él sonrió, lento, peligroso. —Sé lo que estás pensando. Laura arqueó una ceja, desafiante, pero no se apartó. No podía. No quería. —¿Ah, sí? ¿Y qué estoy pensando, entonces? Daniel la atrajo un poco más cerca, lo suficiente para que sintiera la rigidez de su cuerpo contra el de ella, lo suficiente para que su aliento caliente rozara sus labios cuando habló. —Estás pensando que deberías haberme evitado. Que deberías haber dado media vuelta en el momento en que me viste. Pero no lo hiciste. Porque, en el fondo, tú querías esto tanto como yo. Laura sintió el corazón latir más rápido, la respiración atrapada en la garganta. Él tenía razón. Había intentado ignorar su presencia desde el momento en que lo vio, elegante en su traje oscuro, el cabello ligeramente canoso en las sienes dándole un aire de madurez que solo lo hacía más atractivo. Pero las miradas furtivas, las ojeadas disimuladas, las veces en que sus dedos rozaron los de él al tomar una copa de champán—todo había sido deliberado. Quería que la viera. Quería que la deseara. —Siempre fuiste arrogante —dijo, pero no había convicción en sus palabras. —Y a ti siempre te encantó eso. La música terminó, pero ninguno de los dos se movió. Se quedaron allí, quietos en medio de la pista, los cuerpos aún pegados, las miradas atrapadas una en la otra. Laura sabía que los estaban observando. Sabía que Ricardo, su marido, estaba en algún lugar de esa fiesta, probablemente conversando con algún cliente importante o riendo de un chiste sin gracia. Pero, en ese momento, él no importaba. Nada importaba, excepto el hombre frente a ella y la electricidad que recorría su piel cada vez que la tocaba. Daniel inclinó la cabeza, los labios casi tocando los suyos. —Vamos a dar una vuelta. No era una pregunta. Era una invitación, una orden, una promesa. Laura dudó por un segundo, pero luego asintió, casi imperceptiblemente. Él la soltó lentamente, los dedos deslizándose por los suyos como si no quisieran separarse, y la guió fuera de la pista de baile. El salón estaba lleno, el aire denso con el olor de perfumes caros, alcohol y conversaciones susurradas. Laura sentía las miradas sobre ellos—algunas curiosas, otras envidiosas, otras aún reprobadoras. Pero no le importó. Caminó junto a Daniel con la cabeza en alto, los tacones altos resonando en el piso de mármol, el vestido ondeando levemente con cada paso. Él la condujo entre las mesas, pasando junto a grupos de personas que reían y brindaban, hasta llegar a una puerta lateral que daba a un pasillo más tranquilo. El ruido de la fiesta disminuyó en cuanto la puerta se cerró tras ellos. El pasillo estaba iluminado por luces suaves, las paredes revestidas de madera oscura, dando una sensación de intimidad. Daniel no se detuvo. Siguió caminando, los pasos firmes, hasta llegar a un balcón acristalado que se abría a la ciudad, las luces de los edificios brillando como estrellas caídas. Laura respiró hondo cuando él se detuvo, sintiendo el aire fresco de la noche en su rostro. Estaban solos allí, lejos de las miradas, lejos de las reglas. Daniel se volvió hacia ella, los ojos oscuros reflejando las luces de la ciudad. —Estás nerviosa —observó, la voz baja, casi un susurro. —No —mintió ella. Él sonrió, sabiendo que mentía. —Mentir nunca fue tu fuerte, Laura. Ella cruzó los brazos, como si eso pudiera protegerla del efecto que él tenía sobre ella. —Y tú siempre fuiste bueno en hacerme sentir expuesta. Daniel dio un paso adelante, acortando la distancia entre ellos. Laura no retrocedió. Él levantó la mano, los dedos rozando levemente su brazo, trazando un camino lento hasta el hombro, luego hasta el cuello, donde se detuvieron, acariciando la piel sensible justo debajo de la oreja. —Te gusta sentirte expuesta —murmuró—. Te gusta cuando te miro como si pudiera ver a través de ti. Te gusta cuando te toco como si fueras mía. Laura sintió un escalofrío recorrer su columna. Las palabras de él eran peligrosas, pero no quería que pararan. Quería más. Necesitaba más. —No tienes ese derecho —dijo, pero la voz le salió débil, sin convicción. —¿No? —Daniel inclinó la cabeza, los labios casi tocando los suyos—. Entonces dime que pare. Laura abrió la boca, pero no salió ninguna palabra. Él sonrió, satisfecho, y entonces sus labios finalmente se encontraron. El beso fue suave al principio, casi vacilante, como si ambos estuvieran recordando el sabor del otro. Pero entonces Daniel la atrajo más cerca, una mano en su cintura, la otra enredada en su cabello, y el beso se volvió más profundo, más urgente. Laura gimió bajito contra su boca, los dedos cerrándose en la tela de su camisa, atrayéndolo más cerca, como si quisiera fundir sus cuerpos en uno solo. Cuando se separaron, ambos estaban jadeando. Daniel apoyó la frente contra la de ella, los ojos cerrados, como si intentara controlarse. —No tienes idea de cuánto he esperado por esto —susurró. Laura también cerró los ojos, sintiendo el corazón latir descompasado. Sabía que debería parar. Sabía que estaba jugando con fuego. Pero el deseo era más fuerte que la razón. —Daniel… —comenzó, pero él la interrumpió con otro beso, este más corto, más intenso. —No pienses —murmuró contra sus labios—. Solo siente. Y Laura obedeció. Porque, en ese momento, no había nada que deseara más que perderse en él. La terraza era un refugio de sombras y luces difusas, un rincón olvidado del salón de fiestas donde la música llegaba amortiguada, como un eco lejano. Laura sintió el aire fresco de la noche acariciar su piel, aún caliente por el contacto con Daniel, mientras él la guiaba lejos de las miradas curiosas. Las puertas de cristal se cerraron tras ellos con un clic suave, y de repente, el mundo pareció reducirse a solo ellos dos. Ella se apoyó en la balaustrada de mármol, los dedos deslizándose sobre la superficie fría mientras recuperaba el aliento. Daniel se quedó a un paso de distancia, observándola con esa mirada que ella conocía tan bien—intensa, hambrienta, como si pudiera devorarla allí mismo. La brisa jugaba con los mechones sueltos de su cabello, y él extendió la mano para apartarlos de su rostro, los nudillos rozando su mejilla en un toque deliberadamente lento. —Todavía tienes el mismo olor —murmuró, inclinándose para inhalar su perfume, una mezcla de jazmín y algo más dulce, casi embriagador—. Como si el tiempo no hubiera pasado. Laura cerró los ojos por un instante, dejando que su voz la envolviera. El sonido era grave, ronco, cargado de recuerdos que había intentado enterrar. Cuando los abrió de nuevo, encontró sus labios a centímetros de los suyos, tan cerca que podía sentir el calor de su aliento. —Y tú todavía hablas como si yo fuera a creer cada palabra —respondió, pero no había convicción en su voz. Solo un temblor, una rendición disfrazada de desafío. Daniel sonrió, una esquina de su boca levantándose en un gesto que ella conocía demasiado bien. Era la sonrisa que usaba cuando sabía que ya la había vencido. —Siempre fuiste pésima mintiéndote a ti misma. Antes de que pudiera replicar, él la atrajo hacia sí, una mano firme en la base de su espalda, la otra enredada en su cabello. El beso no fue suave. Fue voraz, como si intentara recuperar años de ausencia en un solo gesto. Laura se aferró a sus hombros, los dedos clavándose en la tela del saco, mientras la lengua de Daniel exploraba su boca con una urgencia que la hizo gemir bajito. Cuando se separaron, ambos estaban jadeando. Daniel apoyó la frente contra la de ella, los ojos cerrados, como si intentara controlarse. Pero Laura no quería control. No esa noche. —No deberíamos estar haciendo esto —susurró, más para sí misma que para él. —Pero lo deseamos —respondió él, la voz ronca—. Y eso es todo lo que importa. Debería haber resistido. Debería haberse acordado de su marido, del anillo en su dedo, de las promesas que había hecho. Pero el cuerpo de Daniel contra el suyo era una tentación irresistible, y la manera en que la miraba—como si fuera la única mujer en el mundo—era un veneno demasiado dulce para rechazar. Daniel deslizó la mano por la curva de su cintura, bajando hasta el borde del vestido, los dedos rozando la piel sensible del muslo. Laura tembló, un escalofrío recorriendo su columna, y él sonrió contra sus labios. —Todavía te gusta esto —murmuró, los labios trazando un camino de besos por su cuello, mientras la mano subía lentamente, arrastrando la tela del vestido consigo. —Cállate —gimió ella, pero no había enojo en su voz. Solo deseo. Él rio bajito, los dientes rozando su piel en un mordisco suave antes de volver a besarla. Laura se arqueó contra él, las manos deslizándose bajo el saco, sintiendo la firmeza de los músculos bajo la camisa. Daniel era más fuerte de lo que recordaba, más seguro, como si los años lo hubieran moldeado en algo aún más peligroso. —Soñé con esto —confesó, la voz ronca contra su oído—. Contigo, así, entregada. Laura cerró los ojos, sintiendo el calor extenderse por su cuerpo. Ella también había soñado. Muchas veces. —Solo por esta noche —susurró, como si intentara convencerse—. Sin consecuencias. Daniel no respondió con palabras. En cambio, tomó su rostro entre las manos y la besó de nuevo, más despacio esta vez, como si saboreara cada segundo. Laura se perdió en el contacto, en el sabor, en la sensación de estar exactamente donde no debería estar. Las manos de él exploraron su cuerpo con una familiaridad que la hizo estremecer. Conocía cada curva, cada punto sensible, como si los años de distancia no hubieran borrado nada. Cuando sus dedos encontraron el cierre del vestido, Laura no protestó. Solo arqueó la espalda, permitiendo que lo deslizara por sus hombros, dejándola expuesta al aire fresco de la noche. Daniel retrocedió un paso, los ojos recorriendo su cuerpo con una intensidad que la hizo sentirse más desnuda de lo que estaba. Laura cruzó los brazos sobre el pecho por instinto, pero él le sujetó las muñecas con suavidad, apartándolos. —No te escondas de mí —murmuró—. Nunca te escondas. Ella obedeció, dejando caer los brazos a los lados. Daniel soltó un suspiro bajo, casi reverente, antes de acercarse de nuevo. Sus manos se deslizaron por su espalda, atrayéndola más cerca, mientras sus labios encontraban los suyos en un beso que parecía prometer mucho más que palabras. —Eres hermosa —susurró contra su boca—. Más de lo que recordaba. Laura no respondió. No necesitaba hacerlo. Su cuerpo ya estaba respondiendo por sí solo, arqueándose contra el de él, buscando más contacto, más calor. Daniel la levantó ligeramente, sentándola en la balaustrada de mármol, y ella envolvió las piernas alrededor de su cintura, atrayéndolo más cerca. —Daniel… —gimió, sintiendo la presión de su cuerpo contra el suyo. —Shhh —murmuró él, los labios trazando un camino de besos por su cuello, bajando hasta la clavícula—. Déjame mostrarte cómo te recuerdo. Sus manos se deslizaron por sus muslos, subiendo hasta el borde de su ropa interior, los dedos jugando con el elástico antes de apartarlo. Laura contuvo la respiración cuando la tocó, un gemido escapando de sus labios mientras él exploraba su cuerpo con una precisión que la dejaba al borde de la desesperación. —Estás mojada —murmuró, la voz cargada de satisfacción—. Por mí. Laura no lo negó. No podía. Su cuerpo ya había traicionado cualquier intento de resistencia. —Solo por esta noche —repitió, como si aún intentara convencerse. Daniel sonrió contra su piel, los dedos continuando su trabajo lento y torturante. —Ya veremos —susurró, antes de atraparla en otro beso, este más profundo, más urgente. Laura se aferró a él, los dedos enredados en su cabello, mientras el mundo a su alrededor desaparecía. No había más fiesta, no había más marido, no había más pasado ni futuro. Solo existía el ahora, el calor de los cuerpos entrelazados, la promesa de un placer prohibido. Cuando Daniel finalmente la levantó en brazos, llevándola lejos de la balaustrada, Laura no protestó. Solo se acurrucó contra él, los labios encontrando los suyos en un beso que sellaba un acuerdo silencioso. La noche aún era joven, y tenían mucho que recuperar. El ascensor subió en silencio, las paredes espejadas reflejando solo fragmentos de lo que estaba por venir. Laura sentía el peso del cuerpo de Daniel contra el suyo, sus manos ya explorando bajo la tela del vestido, los dedos ágiles deslizándose por la curva del muslo, mientras sus labios buscaban los suyos con un hambre que no daba tregua. Ella jadeó contra su boca, los tacones altos haciéndola erguirse en puntas de pie para alcanzarlo mejor, las caderas presionadas contra la erección evidente bajo la tela fina del pantalón. El aire en el cubículo estaba cargado, denso con el olor a sudor mezclado con el perfume caro de Daniel, un aroma amaderado que le recordaba noches pasadas, sábanas revueltas y promesas susurradas al amanecer. Cuando las puertas se abrieron, Daniel la arrastró hacia afuera con un movimiento brusco, casi posesivo, guiándola por el pasillo con pasos largos. Laura tropezó una vez, los tacones inestables, pero él la sujetó por la cintura, la mano firme contra la piel desnuda de su espalda, los dedos quemando como brasas. La habitación estaba a pocos metros, la puerta entreabierta como una invitación silenciosa. Él la empujó hacia adentro con un gesto decidido, y Laura apenas tuvo tiempo de registrar el ambiente—lujoso, impersonal, con una cama king-size cubierta por sábanas de algodón egipcio—antes de que su espalda chocara contra la pared. —No tienes idea de cuánto he esperado por esto —murmuró Daniel, la voz ronca, mientras sus labios bajaban por su cuello, mordisqueando, succionando, dejando marcas que Laura sabía que tendría que esconder después. Sus manos subieron por el vestido, arrastrando la tela hacia arriba hasta que el encaje de su ropa interior quedó expuesto. Él no perdió tiempo. Un dedo enganchó el elástico, apartándolo con un movimiento rápido, y entonces Laura sintió la presión húmeda de sus dedos contra su sexo, deslizándose con una lentitud deliberada. —*Joder* —gimió ella, los dedos clavándose en sus hombros, las uñas dejando medias lunas en su piel. Daniel rio bajo, un sonido oscuro y satisfecho, mientras el pulgar encontraba su clítoris, rodeándolo con una presión que la hizo arquear la espalda, las caderas moviéndose por sí solas, buscando más. —Eso —susurró él contra su oído, los dientes rozando el lóbulo—. Muéstrame cómo te gusta. Laura no necesitaba estímulo. Los años de distancia, las noches solitarias, la frustración acumulada—todo se desvaneció en un instante, reemplazado por una necesidad cruda, animal. Se aferró a su mano, guiándolo, acelerando el ritmo, los gemidos escapando entre sus dientes apretados. Daniel observaba cada reacción, cada temblor, cada gota de sudor que resbalaba por su sien, los ojos oscuros brillando con una satisfacción depredadora. —Eres mía —dijo, la voz un gruñido, mientras un dedo se deslizaba dentro de ella, luego otro, los movimientos firmes, implacables—. Aunque sea solo por hoy. Laura quiso negar, quiso recordarle—y recordarse a sí misma—que aquello era solo un desliz, una noche robada. Pero las palabras murieron en su garganta cuando sus dedos encontraron un punto que la hizo ver estrellas, el cuerpo entero tensándose, los músculos internos apretando alrededor de la invasión. Mordió su labio inferior con fuerza, intentando contener el grito que amenazaba con escapar, pero Daniel no se lo permitió. —No —ordenó, sacando los dedos con un movimiento brusco que la hizo jadear—. Quiero oírte. Antes de que pudiera protestar, la levantó en brazos, llevándola hasta la cama. Laura cayó sobre el colchón suave, el cabello esparciéndose como un halo oscuro sobre las sábanas blancas, el vestido aún arrugado en la cintura. Daniel no apartó los ojos de ella mientras se desvestía, los movimientos lentos, casi teatrales, como si supiera que cada segundo de espera la dejaba más desesperada. La camisa cayó primero, revelando el pecho definido, marcado por algunas cicatrices antiguas—recuerdos de una vida que ella ya no conocía. Luego, el pantalón, y entonces quedó allí, desnudo, la erección orgullosa proyectándose contra su abdomen, el cuerpo entero tenso con el control que se imponía a sí mismo. Laura tragó saliva. Ya lo había visto así antes, pero había algo diferente ahora—la confianza de un hombre que sabía exactamente lo que quería, y que no tenía prisa por conseguirlo. Él se arrodilló en la cama, las manos subiendo por sus piernas, los dedos trazando líneas perezosas en la parte interna de sus muslos, acercándose al centro, pero sin tocarlo nunca. Laura arqueó la espalda, intentando forzar el contacto, pero él solo rio, bajo y provocador. —Paciencia —murmuró, inclinándose para besar su rodilla, luego el muslo, luego más cerca, hasta que su aliento caliente sopló contra su sexo húmedo—. Primero quiero probarte. Y entonces su lengua estuvo allí, caliente e insistente, lamiéndola en movimientos largos y lentos, como si ella fuera un dulce que pretendía saborear hasta el final. Laura se aferró a las sábanas con fuerza, los nudillos poniéndose blancos, las caderas moviéndose involuntariamente, buscando más presión, más contacto. Daniel la sujetó en su lugar con las manos firmes en sus caderas, manteniéndola inmóvil mientras su lengua exploraba cada pliegue, cada nervio sensible, hasta que ella temblaba, los gemidos convirtiéndose en súplicas incoherentes. —Daniel, *por favor*… Él levantó la cabeza, los labios brillantes, los ojos oscuros fijos en los suyos. —¿Por favor qué? Laura dudó. No debería estar allí. No debería estar haciendo eso. Pero su cuerpo ya no respondía a la razón. Solo al deseo. —Te quiero dentro de mí. Las palabras salieron en un susurro ronco, pero fueron suficientes. Daniel se incorporó, su cuerpo cubriendo el de ella en un movimiento fluido, la erección presionando contra su entrada empapada. No entró de una vez. En cambio, se deslizó hacia adelante y hacia atrás, provocándola, haciéndola sentir cada centímetro de su piel sensible, cada pulsación de deseo. Laura clavó las uñas en su espalda, intentando atraerlo más cerca, pero él resistió, los labios encontrando los suyos en un beso lento, profundo, mientras sus caderas continuaban ese movimiento torturante. —Dilo otra vez —ordenó, la voz un gruñido contra su boca. Laura no necesitó preguntar qué quería escuchar. Lo sabía. —Te quiero dentro de mí —repitió, las palabras entrecortadas, el cuerpo entero temblando de anticipación. Esta vez, Daniel no la hizo esperar. Con un movimiento firme, la penetró de una sola vez, llenándola por completo, su cuerpo estirándose para acomodarlo. Laura gimió fuerte, los dedos enredándose en su cabello, las caderas levantándose para recibir cada embestida. Daniel no fue gentil. No esta vez. Los movimientos eran rápidos, profundos, cada penetración arrancándole un nuevo sonido de placer, cada vez más alto, cada vez más desesperado. —Eso —gruñó él, los labios rozando su oreja—. Córrete para mí. Y Laura obedeció. El orgasmo la golpeó como una ola, el cuerpo entero contrayéndose alrededor de él, los músculos internos apretando con fuerza mientras gritaba su nombre, las uñas dejando marcas profundas en su espalda. Él no se detuvo. Siguió moviéndose, prolongando su placer, hasta que ella quedó laxa, sin aliento, los ojos entrecerrados, el cuerpo cubierto por una fina capa de sudor. Pero Daniel aún no había terminado. Con un movimiento rápido, la volteó boca abajo, levantándola hasta que quedó de rodillas, hundidas en el colchón. Laura apenas tuvo tiempo de recuperarse antes de que él la penetrara de nuevo, esta vez por detrás, las manos firmes en sus caderas, guiándola de vuelta al ritmo implacable. El sonido de la piel chocando contra la piel llenó la habitación, mezclado con los gemidos ahogados de Laura y los gruñidos satisfechos de Daniel. —Eres tan rica —murmuró él, una mano deslizándose hacia adelante, los dedos encontrando su clítoris hinchado—. Tan apretada. Tan *mía*. Laura no respondió. No podía. Las palabras se perdieron en un nuevo gemido cuando el placer comenzó a construirse de nuevo, más intenso, más urgente. Sintió a Daniel acercarse al límite, los movimientos volviéndose más erráticos, la respiración más pesada. Y entonces, con un último empujón, se corrió dentro de ella, el cuerpo entero tensándose mientras un sonido gutural escapaba de su garganta. Por un momento, no hubo nada más que el sonido de sus respiraciones jadeantes, los cuerpos sudorosos moviéndose al unísono, intentando recuperar el aliento. Laura sintió el peso de Daniel sobre ella, sus labios rozando su nuca, los brazos envolviéndola en un abrazo que parecía más posesivo que cariñoso. —Esto fue… —comenzó, pero las palabras murieron en su garganta. Daniel rio bajo, besando su hombro. —¿Mejor de lo que recordabas? Laura no respondió. No necesitaba hacerlo. Los dos conocían la verdad. Él salió de ella con cuidado, acostándose a su lado, atrayéndola hacia sí. Laura se acurrucó contra su pecho, escuchando el latido acelerado de su corazón, sintiendo el calor de su piel contra la suya. Por un instante, se permitió fingir que aquello era real. Que eran solo dos amantes, sin pasado, sin futuro, sin mentiras entre ellos. Pero entonces el celular de Daniel vibró sobre la mesa de noche, la pantalla iluminándose con un mensaje. Él extendió el brazo, tomándolo sin apartarse de ella, los dedos rozando su cadera mientras leía. —¿Quién es? —preguntó Laura, la voz aún ronca. Daniel sonrió, guardando el celular. —Nada importante. Laura sabía que mentía. Pero, en ese momento, no le importó. Su cuerpo aún vibraba con los ecos del placer, la mente nublada por el cansancio y la satisfacción. Cerró los ojos, dejándose llevar por el agotamiento, por el calor, por el momento. Mañana habría tiempo para arrepentimientos. Mañana volvería a la realidad. Pero, por ahora, solo existía esto. Solo ellos. Solo la noche. La luz del amanecer se filtraba a través de las cortinas de lino de la habitación del hotel, dibujando franjas doradas sobre las sábanas arrugadas. Laura despertó con el cuerpo pesado, como si cada músculo guardara el recuerdo de los toques de Daniel, de las manos que la habían recorrido con una urgencia casi desesperada. El aire aún olía a sexo—sudor, perfume masculino, el leve rastro cítrico del jabón que él había usado en la ducha antes de arrastrarla bajo el chorro de agua caliente. Se giró en la cama, esperando encontrarlo a su lado, pero el espacio estaba vacío, la almohada aún marcada por su cabeza, la sábana fría donde debería estar su cuerpo. Un ruido bajo vino del baño. La puerta estaba entreabierta, y a través de ella Laura vio a Daniel de pie frente al lavabo, vistiendo solo un pantalón de vestir que caía bajo en sus caderas, los músculos de la espalda moviéndose mientras se pasaba la cuchilla por el rostro. Él captó su reflejo en el espejo y sonrió, un gesto lento, satisfecho, como si supiera exactamente lo que ella estaba pensando. Laura se cubrió con la sábana hasta el pecho, de repente consciente de su propia desnudez, de las marcas que él había dejado—chupetones discretos en el escote, rasguños en los muslos, la piel sensible entre las piernas. —Buenos días —dijo él, la voz aún ronca de sueño, o quizá de algo más—. ¿Dormiste bien? Ella no respondió de inmediato. Observó cómo se enjuagaba el rostro, los dedos largos deslizándose por la mandíbula recién afeitada, y sintió un escalofrío recorrerle la espalda. *¿Cómo es posible que aún tenga este efecto en mí?*, pensó, odiándose un poco por eso. Ocho años habían pasado desde la última vez que se había entregado a él así, ocho años de un matrimonio que, a pesar de todo, aún era un puerto seguro. O al menos eso era lo que intentaba convencerse. —Tengo que irme —murmuró, finalmente, apartando la sábana. El aire frío de la habitación le erizó la piel, y se apresuró a recoger el vestido que yacía en el suelo, arrugado como un recuerdo indeseado. Daniel no se movió. Solo la observó, los ojos oscuros siguiendo cada movimiento, como si estuviera memorizando la escena. —¿Segura? —Inclinó la cabeza, una sonrisa perezosa en los labios—. Aún es temprano. Podemos pedir café en la cama. O… —Dejó la frase en el aire, la mirada bajando deliberadamente hacia el escote del vestido que ella aún no se había puesto. Laura sintió el rostro arder. *Café. Como si eso fuera suficiente para borrar lo que hicimos.* Sacudió la cabeza, metiendo los brazos en las tiras del vestido con más fuerza de la necesaria. —Ricardo debe estar esperándome. El nombre de su marido flotó entre ellos como una barrera invisible. Daniel rio bajito, un sonido que no tenía nada de divertido, y se volvió hacia el espejo, ajustando la corbata con movimientos precisos. —Claro. El marido ejemplar. Ella no respondió. No había nada que decir. En lugar de eso, se calzó los tacones altos y caminó hacia la puerta, los pasos vacilantes, como si el suelo estuviera hecho de cristal. Antes de que pudiera girar el picaporte, sin embargo, sintió su mano en la muñeca, firme, pero sin violencia. Daniel la atrajo hacia sí, y Laura no se resistió—no de verdad. La besó, un beso lento, profundo, que sabía a menta y pecado, y cuando se apartó, sus labios rozaron su oído. —Esto no ha terminado, Laura. Ella no miró atrás. Salió de la habitación con el corazón latiendo fuerte, las piernas temblorosas, y solo cuando las puertas del ascensor se cerraron tras ella se permitió respirar hondo. El pasillo del hotel estaba en silencio, solo el zumbido lejano de una aspiradora y el tintineo de vajilla proveniente del restaurante en el piso de abajo. Laura se pasó una mano por el cabello, intentando domar los mechones rebeldes, y revisó su reflejo en el espejo del ascensor. *Parece normal*, se dijo. *Nadie lo sabrá.* Pero ella lo sabía. La habitación que compartía con Ricardo estaba tres puertas más adelante. Cuando insertó la tarjeta magnética en la cerradura, el mecanismo hizo clic con un sonido seco, y dudó antes de girar el picaporte. *¿Y si está despierto? ¿Y si se da cuenta?* Pero cuando entró, la habitación estaba sumida en penumbra, las cortinas pesadas bloqueando la mayor parte de la luz matutina. Ricardo dormía de lado, el rostro vuelto hacia la ventana, la respiración lenta y regular. Laura cerró la puerta con cuidado, conteniendo la respiración, como si el simple acto de respirar pudiera despertarlo. Por un momento, se quedó allí parada, observándolo. Ricardo era un hombre guapo, de rasgos serenos, el tipo de belleza que no llamaba la atención de inmediato, pero que se revelaba poco a poco—los ojos castaños, siempre un poco somnolientos, la boca que se curvaba fácilmente en una sonrisa, las manos grandes, capaces de arreglar cualquier cosa. Manos que, esa noche, la habían sostenido mientras bailaban, ajenas al hecho de que, a pocos metros de allí, ella se entregaba a otro. Laura se quitó los zapatos y caminó de puntillas hasta el baño. El espejo sobre el lavabo reflejó a una mujer que apenas reconoció—ojos demasiado brillantes, labios hinchados, la marca de un mordisco en el hombro izquierdo, escondida bajo el tirante del camisón. Abrió el grifo y se echó agua en el rostro, intentando lavar la sensación de culpa que comenzaba a instalarse, pero el agua estaba helada, y el shock solo sirvió para dejarla más alerta. Cuando volvió a la habitación, Ricardo aún dormía. Laura se acostó a su lado, teniendo cuidado de no tocar su cuerpo. El colchón era suave, el edredón olía a suavizante y al perfume discreto que él usaba, un contraste brutal con el olor a Daniel que aún impregnaba su piel. Cerró los ojos, pero el sueño no llegó. En cambio, su mente reprodujo cada momento de la noche anterior—el primer roce furtivo en la terraza, el sonido de la respiración de Daniel acelerándose, la forma en que la había empujado contra la pared de la habitación, las manos posesivas, los dientes mordisqueando su hombro mientras ella gemía. *¿Qué he hecho?* La pregunta resonó en su cabeza, pero no había respuesta. O mejor dicho, la había, y no quería escucharla. Laura se giró de lado, de espaldas a Ricardo, y se cubrió hasta la barbilla con el edredón. Afuera, el sol ya ascendía en el cielo, y la ciudad comenzaba a despertar. En algún lugar, Daniel probablemente desayunaba, quizá ya estaba al teléfono, cerrando negocios, mientras ella, acostada junto a su marido, se sentía como una impostora. Ricardo se movió. Laura contuvo la respiración cuando él se giró, pero solo murmuró algo incomprensible y pasó un brazo alrededor de su cintura, atrayéndola hacia sí. El gesto era tan familiar, tan *de ellos*, que Laura sintió un nudo formarse en la garganta. Olía a sueño y seguridad, y por un instante, se permitió relajarse contra su pecho, dejando que el ritmo de su respiración la calmara. —Buenos días —murmuró él, la voz espesa de sueño. —Buenos días —respondió ella, forzando una sonrisa que él no podía ver. Ricardo bostezó y besó la parte superior de su cabeza. —¿Dormiste bien? *No. No dormí nada.* —Sí. ¿Y tú? —Como un bebé. —La apretó levemente—. Anoche desapareciste. Fui a buscarte después del baile, pero no te encontré. Laura sintió el cuerpo tensarse. *Él sabe. Siempre sabe.* —Fui a tomar aire a la terraza —mintió, la voz sorprendentemente firme—. Hacía mucho calor allí dentro. Ricardo no respondió de inmediato. Por un segundo, Laura estuvo segura de que la cuestionaría, de que notaría la mentira en su voz, en la forma en que evitaba mirarlo. Pero entonces suspiró, un sonido cansado, y dijo: —Deberías haberme llamado. Habría ido contigo. Ella no dijo nada. Solo cerró los ojos y fingió que todo estaba bien. --- Al otro lado de la ciudad, en un café elegante con vista al parque, Daniel observaba la pantalla de su celular. El mensaje que Laura le había enviado minutos antes seguía allí, abierto: *"Necesito tiempo."* Sonrió, tecleando una respuesta lenta, deliberada. *"El tiempo es algo que no tenemos, Laura. Pero puedo esperar. Hasta que aguantes."* Envió el mensaje. Luego, guardó el celular en el bolsillo y levantó la taza de café, los ojos fijos en la calle bulliciosa. Sabía que ella volvería. No hoy, quizá ni mañana, pero volvería. Porque Laura era como él—una mujer que sabía lo que quería, aunque no pudiera admitirlo. Y lo que ella quería, en el fondo, era *a él*. Daniel terminó su café y llamó al camarero para pagar la cuenta. Mientras esperaba, su mirada se posó en una mujer que pasaba por la acera, el cabello rubio balanceándose al ritmo de sus pasos, el vestido ceñido a su cuerpo. Por un segundo, casi creyó que era Laura. Pero no lo era. Claro que no. Rio bajito, sacudiendo la cabeza. *Paciencia*, se recordó. *Todo a su tiempo.* Y el tiempo, al fin y al cabo, era el único lujo que le sobraba. La luz de la mañana invadía la habitación de Laura en franjas doradas, cortando el silencio como una hoja afilada. Estaba acostada de lado, las sábanas enredadas entre las piernas, la piel aún marcada por el sudor de la noche anterior—marcas que no eran de su marido. El olor a Daniel persistía en el aire, mezclado con el perfume caro que usaba, un aroma amaderado con notas de cuero y especias que le recordaba el tacto áspero de sus manos, la presión de sus dedos contra la curva de su cintura. Su celular vibró sobre la mesa de noche, un zumbido bajo que la hizo estremecer. Laura extendió la mano, vacilante, como si el aparato pudiera quemarla. La pantalla se iluminó con su nombre, y por un segundo, consideró ignorarlo. Pero el deseo era más fuerte que la razón. Deslizó el dedo por el cristal, desbloqueando el mensaje. *"Tienes sabor a pecado y desayuno. Pero prefiero el pecado."* Las palabras danzaron ante sus ojos, y sintió el calor subir por el cuello, extendiéndose por sus mejillas. No era una pregunta. Era un recordatorio. Una provocación. Daniel nunca pedía, sugería, y era exactamente eso lo que la hacía perder el control. Laura se giró boca arriba, mirando el techo. Su marido aún dormía a su lado, el pecho subiendo y bajando en un ritmo lento, ajeno. Observó su perfil—la mandíbula cuadrada, los labios ligeramente entreabiertos, la respiración tranquila. Era un hombre guapo, exitoso, dedicado. Un hombre que nunca la había hecho sentir lo que Daniel lograba con una simple mirada. El celular vibró de nuevo. *"Jueves. 20h. El mismo lugar. No me hagas esperar."* Ella mordió su labio inferior, sintiendo el sabor metálico del labial de la noche anterior. Jueves. Faltaban tres días. Tres días para inventar una excusa, para buscar una justificación, para convencerse de que no iría. Pero sabía que iría. Porque Daniel no era solo un ex, un amante del pasado. Era la grieta en la pared de su vida perfecta, la fisura por donde entraba la luz—o la oscuridad. Laura tecleó una respuesta rápida, los dedos temblando levemente. *"Necesito pensarlo."* La respuesta llegó casi al instante. *"Pensar es peligroso. Mejor sentir."* Ella soltó una risa baja, ahogando el sonido con la mano. Eso era lo que él hacía: convertía sus dudas en deseo, sus vacilaciones en necesidad. Daniel conocía cada botón, cada debilidad, cada punto débil de su cuerpo y de su mente. ¿Y lo peor? Le encantaba. Se levantó despacio, los pies descalzos hundiéndose en la alfombra mullida. El espejo del baño reflejaba a una mujer que apenas reconocía—ojos demasiado brillantes, labios hinchados, la marca de un mordisco en el hombro izquierdo, escondida bajo el tirante del camisón. Laura tocó la piel sensible, recordando su boca allí, los dientes hundiéndose en la carne mientras la empujaba contra la pared de la habitación del hotel. Abrió el grifo y se echó agua en el rostro, intentando lavar la sensación de culpa que comenzaba a instalarse, pero el agua estaba helada, y el shock solo sirvió para dejarla más alerta. Cuando volvió a la habitación, Ricardo aún dormía. Laura se acostó a su lado, teniendo cuidado de no tocar su cuerpo. El colchón era suave, el edredón olía a suavizante y al perfume discreto que él usaba, un contraste brutal con el olor a Daniel que aún impregnaba su piel. Cerró los ojos, pero el sueño no llegó. En cambio, su mente reprodujo cada momento de la noche anterior—el primer roce furtivo en la terraza, el sonido de la respiración de Daniel acelerándose, la forma en que la había empujado contra la pared de la habitación, las manos posesivas, los dientes mordisqueando su hombro mientras ella gemía. *¿Qué he hecho?* La pregunta resonó en su cabeza, pero no había respuesta. O mejor dicho, la había, y no quería escucharla. Laura se giró de lado, de espaldas a Ricardo, y se cubrió hasta la barbilla con el edredón. Afuera, el sol ya ascendía en el cielo, y la ciudad comenzaba a despertar. En algún lugar, Daniel probablemente desayunaba, quizá ya estaba al teléfono, cerrando negocios, mientras ella, acostada junto a su marido, se sentía como una impostora. El celular vibró. Otro mensaje. *"Mañana. No me decepciones."* Ella respiró hondo, sintiendo el corazón latir más rápido. Era una trampa. Lo sabía. Daniel no la dejaría escapar fácilmente. Quería que eligiera, que admitiera, que se entregara de nuevo. Y ella también quería eso. --- El jueves, Laura llegó al hotel con quince minutos de antelación. El mismo lugar. El mismo ascensor que la había llevado a la habitación de Daniel la primera vez. Las puertas se abrieron en el piso correcto, y dudó un segundo antes de salir, los tacones hundiéndose en la gruesa alfombra. La habitación 407 estaba frente a ella. La puerta entreabierta. Laura la empujó con la punta de los dedos, sintiendo el aire frío del aire acondicionado contra su piel acalorada. Daniel estaba de espaldas, mirando por la ventana, las manos en los bolsillos del pantalón de vestir. Se giró lentamente, una sonrisa lenta formándose en sus labios. —Llegaste temprano —dijo, la voz baja, ronca. —Dijiste que no te hiciera esperar. —Y nunca me obedeciste antes. Ella entró, cerrando la puerta tras de sí. El clic de la cerradura resonó como un punto final. Daniel se acercó, los pasos medidos, como un depredador evaluando a su presa. Se detuvo a centímetros de ella, el perfume familiar invadiendo sus sentidos. —Viniste —murmuró, los dedos rozando su brazo, subiendo hasta el hombro, deslizándose por la clavícula—. Sabía que vendrías. Laura no respondió. No necesitaba hacerlo. Sus cuerpos ya estaban hablando. Él la atrajo hacia sí, una mano en su nuca, la otra en su cintura, y la besó con una urgencia que la hizo gemir. Era un beso hambriento, desesperado, como si los años separados hubieran sido una tortura. Y quizá lo habían sido. —He pensado en ti —susurró él contra sus labios, los dientes mordisqueando suavemente—. Todos los días. —Mentiroso. —Sabes que no miento cuando se trata de nosotros. Y era verdad. Daniel nunca mentía sobre el deseo. Sobre lo que quería de ella. Sobre lo que haría para tenerla. La empujó contra la pared, las manos recorriendo su cuerpo, apretando, explorando. Laura arqueó la espalda, sintiendo la excitación crecer, el calor extendiéndose entre sus piernas. Él sabía exactamente dónde tocar, cómo tocar, cómo hacerla perder la cabeza. —Di que tú también pensaste en mí —exigió, la voz un gruñido. —He pensado —admitió ella, las palabras saliendo en un suspiro. —Di qué pensaste. —He pensado en que me tocaras. En que me follaras. En que me hicieras olvidar todo. Daniel sonrió, satisfecho. —Entonces hagámoslo de nuevo. Y la besó otra vez, más profundo, más intenso, mientras sus manos trabajaban en el cierre del vestido, bajándolo lentamente, revelando la piel desnuda debajo. Laura no llevaba sujetador. Él gimió al ver sus pechos expuestos, los pezones ya duros, pidiendo atención. —Hermosa —murmuró, bajando la cabeza para lamer uno, luego el otro, los dientes raspando suavemente. Laura enredó los dedos en su cabello, atrayéndolo más cerca, sintiendo la humedad crecer entre sus piernas. Él la levantó con facilidad, sentándola en el borde de la cama, y ella envolvió las piernas alrededor de su cintura, atrayéndolo más cerca. —Daniel… —gimió, sintiendo la presión de su cuerpo contra el suyo. —Shhh —murmuró él, los labios trazando un camino de besos por su cuello, bajando hasta la clavícula—. Déjame mostrarte cómo te recuerdo. Sus manos se deslizaron por sus muslos, subiendo hasta el borde de su ropa interior, los dedos jugando con el elástico antes de apartarlo. Laura contuvo la respiración cuando la tocó, un gemido escapando de sus labios mientras él exploraba su cuerpo con una precisión que la dejaba al borde de la desesperación. —Estás mojada —murmuró, la voz cargada de satisfacción—. Por mí. Laura no lo negó. No podía. Su cuerpo ya había traicionado cualquier intento de resistencia. —Solo por esta noche —repitió, como si aún intentara convencerse. Daniel sonrió contra su piel, los dedos continuando su trabajo lento y torturante. —Ya veremos —susurró, antes de atraparla en otro beso, este más profundo, más urgente. Laura se aferró a él, los dedos enredados en su cabello, mientras el mundo a su alrededor desaparecía. No había más fiesta, no había más marido, no había más pasado ni futuro. Solo existía el ahora, el calor de los cuerpos entrelazados, la promesa de un placer prohibido. Cuando Daniel finalmente la levantó en brazos, llevándola lejos del borde de la cama, Laura no protestó. Solo se acurrucó contra él, los labios encontrando los suyos en un beso que sellaba un acuerdo silencioso. La noche aún era joven, y tenían mucho que recuperar.

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