Entre Sábanas y Husos Horarios
Por Tonkix

**Entre Sábanas y Husos Horarios**
El aeropuerto era un laberinto de vidrio y acero, un lugar donde el tiempo se diluía entre anuncios de partidas y el zumbido constante de las cintas de equipaje. Laura ajustó la correa del bolso en el hombro, los dedos largos y bien cuidados rozando el cuero italiano con la precisión de quien está acostumbrada a controlar cada detalle. Su traje sastre gris plomo, impecable, se moldeaba al cuerpo como una segunda piel, la falda ajustada lo suficiente para resaltar la curva de las caderas sin parecer vulgar. Los tacones altos resonaban en el piso pulido, un ritmo calculado, casi militar, mientras recorría el vestíbulo con la mirada fija en el panel de embarque.
Rafael la observaba desde lejos, una sonrisa lenta dibujándose en sus labios. Estaba recostado contra una columna, los brazos cruzados sobre el pecho, la camisa social azul marino abierta en el cuello, revelando la línea de la clavícula y un destello de piel bronceada. Los cabellos oscuros, ligeramente despeinados, caían sobre la frente en una ola que parecía desafiar el orden impecable del lugar. Había algo depredador en la manera en que la seguía con la mirada, como si ya supiera exactamente dónde estaría antes incluso de que ella se moviera.
— Siempre caminas como si llegaras tarde para salvar el mundo — dijo, acercándose con pasos largos y descontracturados, la voz un murmullo ronco que parecía hecho para susurros.
Laura se giró, los ojos verdes encontrándose con los de él con una frialdad profesional que no lograba ocultar del todo el brillo de curiosidad. Alzó una ceja, perfectamente arqueada.
— Y tú siempre apareces como si no tuvieras nada mejor que hacer además de observar a los demás.
Rafael rio, un sonido bajo y vibrante que hizo que algo se contrajera en el estómago de ella. Extendió la mano, los dedos rozando los de ella en el saludo, un contacto deliberadamente prolongado.
— Tal vez me guste observarte.
Ella retiró la mano con un movimiento suave, pero no antes de notar el calor que se extendía por su piel. El aroma de él —una mezcla de sándalo y algo cítrico, como limón exprimido sobre hielo— invadió sus sentidos por un segundo, dejándola ligeramente mareada.
— Vamos, Rafael. El vuelo no espera.
Él la siguió hasta la fila de embarque, los ojos recorriendo la línea de su columna, la manera en que la tela del blazer se ajustaba a los hombros. Laura sentía el peso de esa mirada como una caricia, algo que la irritaba y fascinaba en igual medida.
— Estás nerviosa — murmuró, inclinándose para hablar cerca de su oído, el aliento caliente contra la piel sensible del cuello.
— No seas ridículo.
— Tus dedos están apretando la correa del bolso como si fuera lo único que te mantiene anclada a la realidad.
Ella miró hacia abajo y, en efecto, los nudillos estaban blancos de tanta fuerza. Suspiró, relajando los hombros.
— Es solo un vuelo.
— Un vuelo de doce horas. Conmigo.
Laura no respondió, pero el rubor que subió a sus mejillas fue respuesta suficiente.
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La cabina de primera clase era un oasis de lujo, con butacas que se transformaban en camas y una iluminación suave que bañaba todo en tonos ámbar. Laura ocupó su asiento junto a la ventana, ajustando el cinturón con movimientos precisos. Rafael se sentó a su lado, el brazo rozando el de ella cuando se inclinó para guardar el equipaje de mano en el compartimento superior.
— ¿Siempre viajas así? — preguntó, intentando ignorar la proximidad.
— Solo cuando la empresa paga. — Le guiñó un ojo, aflojando la corbata con un gesto perezoso. — ¿Y tú? ¿Siempre tan compuesta, incluso a diez mil metros de altura?
— La compostura es una cuestión de profesionalismo.
— O de control.
Laura giró el rostro hacia la ventana, observando las luces de la pista alejarse mientras el avión ganaba velocidad. Su cuerpo se presionó contra el respaldo con la aceleración, y por un momento, imaginó cómo sería si ese peso fuera el de él, presionándola contra el colchón.
— Estás pensando en algo interesante — comentó Rafael, la voz baja, casi íntima.
— Estoy pensando en el trabajo.
— Mentira.
Ella lo miró, desafiante.
— ¿Y en qué estaría pensando, entonces?
Él se acercó, los labios casi rozando su oreja.
— En cómo sería si te besara ahora. Si deslizara la mano por tu muslo, bajo esa falda, y descubriera si estás tan controlada como finges ser.
Laura contuvo la respiración, el corazón latiendo tan fuerte que estaba segura de que él podía escucharlo. Por un segundo, consideró ceder. Imaginó los labios de él sobre los suyos, las manos explorando territorios prohibidos, el gemido que no podría contener.
Pero entonces la azafata anunció el servicio de bebidas, y el momento se rompió.
— Vino tinto — pidió, la voz firme. — Para los dos.
Rafael se recostó en el asiento, una sonrisa satisfecha en los labios.
— Buena elección.
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Las horas pasaron entre conversaciones sobre la conferencia, informes y estrategias de mercado, pero siempre con una corriente subterránea de tensión. Rafael provocaba, Laura esquivaba, y cada intercambio de palabras estaba cargado de algo no dicho. Cuando sirvieron la cena, él se inclinó para cortar un trozo de carne, el brazo rozando el de ella, y Laura sintió el calor de su piel incluso a través de las capas de tela.
— ¿Siempre eres así? — preguntó, después de un sorbo de vino que quemó más de lo que debería.
— ¿Así cómo?
— Tan... directo.
— La vida es corta para rodeos.
Laura lo miró, los ojos verdes oscurecidos por la penumbra de la cabina.
— ¿Y si no estoy lista para lo que tú quieres?
Rafael sostuvo la copa entre los dedos, girándola lentamente, observando el líquido rojo como sangre contra el cristal.
— Entonces espero. — Alzó los ojos, encontrando los de ella. — Pero sé que tú quieres.
Ella no respondió. No necesitaba hacerlo.
El avión se balanceó levemente con una turbulencia, y por un segundo, sus cuerpos se tocaron, un contacto breve y eléctrico. Laura cerró los ojos, sintiendo el peso del deseo pulsando entre las piernas, una necesidad que venía ignorando desde hacía meses.
Cuando abrió los ojos nuevamente, Rafael la observaba, los labios entreabiertos como si estuviera a punto de decir algo.
Pero no dijo nada.
Solo sonrió.
Y esa sonrisa prometía que la noche apenas comenzaba.
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El vestíbulo del hotel olía a cuero envejecido y jazmín, un perfume caro que se mezclaba con el aroma terroso del roble de los muebles. Laura ajustó la correa del bolso en el hombro mientras esperaba el ascensor, los tacones altos hundiéndose levemente en la alfombra gruesa. El vuelo la había dejado con una sensación extraña—como si cada célula de su cuerpo aún vibrara con el recuerdo de aquel contacto accidental en la turbulencia, la presión breve del hombro de Rafael contra el suyo.
Él apareció a su lado sin que ella lo notara, el aroma de su colonia—algo cítrico y amaderado—cortando el aire acondicionado.
— ¿Siempre desapareces así? — preguntó, la voz baja, como si compartieran un secreto.
Laura se giró, encontrando esos ojos oscuros que parecían absorber la luz del ambiente. Llevaba un blazer gris sobre una camisa blanca, los dos primeros botones abiertos, revelando la línea de la clavícula. Por un segundo absurdo, se preguntó cómo sería pasar la lengua por allí.
— Solo cuando necesito un minuto para recomponerme — respondió, acomodando un mechón de cabello detrás de la oreja.
Rafael sonrió, lento y deliberado.
— ¿Y ya estás recompuesta?
El ascensor llegó con un *ding* suave. Las puertas se abrieron, revelando un espacio demasiado pequeño para dos adultos que apenas se conocían y, al mismo tiempo, se conocían de una manera que iba más allá de las palabras. Laura entró primero, sintiendo el calor del cuerpo de él a sus espaldas. Cuando las puertas se cerraron, el aire pareció volverse más denso, cargado de algo que no era solo el perfume o el vino del avión.
— Habitación 812 — dijo él, presionando el botón.
— 814.
Un silencio. Los números de las habitaciones tan cercanos que podrían ser la misma.
Laura sintió el peso de la mirada de él sobre sí, recorriendo la curva del cuello, bajando hasta el escote sutil del vestido negro, donde la piel expuesta brillaba bajo la luz artificial. Cruzó los brazos, no por defensa, sino porque necesitaba hacer algo con las manos.
— ¿Entonces vamos a cenar? — preguntó él, como si no estuviera pensando en lo mismo que ella: en lo fácil que sería extender la mano y tocar la pared delgada que los separaría más tarde.
— Claro. — La palabra salió más firme de lo que esperaba. — Necesitamos revisar los puntos de la presentación.
Rafael rio, un sonido cálido que reverberó en el pecho de ella.
— Claro. La presentación.
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El restaurante del hotel era uno de esos lugares que fingían ser íntimos, con mesas demasiado pequeñas para dos platos y velas que titilaban como si estuvieran a punto de apagarse. Laura eligió un rincón discreto, pero Rafael acercó la silla al lado de la suya, no frente a ella, como sería lo esperado.
— Mejor para discutir los gráficos — explicó, cuando ella alzó una ceja.
— O para susurrar cosas que no deberían decirse en voz alta.
Él se inclinó, los labios casi rozando su oreja.
— ¿Quién dijo que susurraría?
Laura sintió el aliento caliente contra la piel, un escalofrío descendiendo por su columna. Se apartó solo lo suficiente para encontrar sus ojos, pero no lo bastante como para que el movimiento pareciera una huida.
— ¿Siempre eres así?
— ¿Así cómo?
— Tan... *directo*.
Rafael tomó la carta, pasando los dedos por los bordes como si estuviera evaluando la textura del papel.
— La vida es corta, Laura. Y no tengo paciencia para juegos que no llevan a ningún lado.
— ¿Y qué te hace pensar que yo quiero jugar?
Él cerró la carta con un chasquido.
— Porque estás aquí. Porque no saliste corriendo cuando sugerí esta cena. Porque tus ojos dicen una cosa, pero tu boca dice otra.
Ella abrió la boca para responder, pero el camarero apareció, salvándola—o condenándola—con la interrupción. Pidieron vino, un tinto corpulento que el sommelier describió como "notas de cassis y tabaco", palabras que sonaron absurdamente eróticas en la boca de Rafael.
Cuando el camarero se alejó, Laura tomó un sorbo antes de que él sirviera, el líquido quemando su garganta de una manera familiar.
— ¿Nerviosa? — preguntó Rafael, observándola por encima de la copa.
— Curiosa.
— ¿Sobre qué?
— Sobre hasta dónde estás dispuesto a llegar.
Él rio, bajo y ronco.
— No tienes idea.
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El primer contacto ocurrió por accidente.
O tal vez no.
Laura extendió la mano para tomar el pan cuando los dedos de él rozaron los suyos, un contacto tan breve que podría haberse ignorado. Pero no fue así. Su piel hormigueó, y no retiró la mano. Rafael tampoco. Por un segundo, quedaron así, los dedos casi entrelazándose sobre la cesta de mimbre, hasta que él giró la palma hacia arriba, ofreciéndola como si fuera una invitación.
Laura dudó. Luego, lentamente, deslizó la punta de los dedos sobre la mano de él, trazando las líneas de la palma, las venas salientes, la cicatriz fina cerca del pulgar.
— ¿Cómo te hiciste esto? — preguntó, la voz más ronca de lo que pretendía.
— Con un cuchillo de cocina. — Giró la mano, capturando la de ella. — Estaba tratando de impresionar a una chica.
— ¿Funcionó?
— Me besó. Después me echó de la cocina.
Laura rio, pero el sonido murió cuando él llevó su mano a los labios, presionando un beso en la parte interna de la muñeca. El gesto fue tan inesperado, tan íntimo, que sintió el corazón acelerarse.
— ¿Y tú? — preguntó él, sin soltar su mano. — ¿Alguna cicatriz que valga la pena contar?
Ella pensó en la marca fina en el muslo, dejada por un tacón alto en una fiesta años atrás.
— No es interesante.
— Todo en ti es interesante.
El camarero trajo los platos, pero ninguno de los dos miró la comida. Rafael aún sostenía su mano, los dedos ahora jugando con los de ella, como si estuvieran solos en el mundo.
— Me estás distrayendo — murmuró Laura.
— Y tú me estás dejando.
Ella debería haber retirado la mano. Debería haber recordado que estaban allí por trabajo, que una noche de placer podría complicarlo todo. Pero el vino corría caliente en las venas, y el tacto de él era una corriente eléctrica, y estaba cansada de resistirse.
— ¿Qué quieres, Rafael?
Él se inclinó, los labios casi tocando los de ella.
— Quiero verte perder el control.
Laura respiró hondo, sintiendo el aroma del vino en el aliento de él, el calor de su piel tan cerca.
— ¿Y si no sé cómo hacerlo?
Rafael sonrió, lento y peligroso.
— Yo te enseño.
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La cena se alargó en un baile de miradas furtivas y contactos calculados. Cada vez que las rodillas se encontraban bajo la mesa, cada vez que los dedos se rozaban al tomar la misma copa, la tensión crecía, un hilo estirado a punto de romperse.
Cuando terminaron, Rafael pidió la cuenta con un gesto discreto, los ojos nunca dejando los de ella.
— ¿Subimos? — preguntó, la voz baja, como si supiera que cualquier palabra más alta rompería el hechizo.
Laura dudó. Pero entonces, recordó la promesa de esa sonrisa en el avión. La forma en que la miraba, como si ya la conociera por dentro.
— Subamos.
Caminaron hacia los ascensores en silencio, los cuerpos tan cerca que Laura sentía el calor irradiando de él. Cuando las puertas se cerraron, Rafael presionó el botón del octavo piso y, sin aviso, la empujó contra la pared, las manos sujetando sus caderas con firmeza.
— ¿Tienes idea de lo que me haces? — murmuró, los labios rozando el lóbulo de su oreja.
Laura cerró los ojos, sintiendo todo su cuerpo responder a ese contacto.
— Creo que sí.
Él rio, un sonido oscuro y satisfecho.
— Entonces dime.
Ella abrió los ojos, encontrando los de él.
— Estoy cansada de fingir que no quiero esto.
El ascensor se detuvo. Las puertas se abrieron.
Rafael no se movió.
— Bien — dijo, la voz ronca. — Porque yo tampoco.
Y entonces, con una sonrisa que prometía mucho más que palabras, la arrastró hacia afuera, los pasos apresurados por el pasillo, como si no pudieran esperar ni un segundo más.
Pero cuando llegaron a la puerta de su habitación, Laura se detuvo.
— Espera.
Rafael se giró, una pregunta en los ojos.
Ella respiró hondo, sintiendo el peso de la decisión.
— Quiero esto. Pero no aquí.
Él frunció el ceño, confundido.
— ¿Dónde, entonces?
Laura sonrió, lenta y deliberada.
— En mi habitación.
Y antes de que él pudiera responder, se giró y comenzó a caminar hacia la 814, dejándolo allí, parado, con la llave en la mano y el deseo estampado en el rostro.
Detrás de ella, escuchó los pasos apresurados de Rafael, y supo que, esta vez, no habría vuelta atrás.
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El pasillo del hotel olía a madera barnizada y perfume caro, un aroma que se mezclaba con el calor residual de la piel de Laura tras la caminata rápida. Sentía el peso de la mirada de Rafael en su espalda, como si cada paso suyo fuera una provocación calculada. Cuando llegó a la puerta de la habitación 814, giró el picaporte con dedos firmes, pero el temblor interno era innegable. El clic de la cerradura sonó demasiado fuerte, o tal vez era solo la sangre latiendo en sus oídos.
Dentro, el ambiente estaba sumido en la penumbra azulada del atardecer, filtrada por las cortinas de lino. Laura encendió solo la lámpara junto a la cama, creando un halo dorado que bañaba la mitad de la habitación en una luz suave, dejando el resto sumergido en sombras invitadoras. Rafael entró tras ella, cerrando la puerta con un toque casi imperceptible, como si temiera romper el hechizo que los envolvía.
— Eres llena de sorpresas — murmuró, acercándose despacio, las manos metidas en los bolsillos del pantalón.
Laura se giró, recostándose contra la cómoda de caoba. La madera fría contrastaba con el calor que subía por sus muslos, una sensación que se intensificó cuando Rafael se detuvo a pocos centímetros de ella. La tela del vestido rozaba sus pezones ya endurecidos, y tuvo que morderse el labio para no dejar escapar un suspiro.
— Y a ti te gustan — respondió, arqueando una ceja.
Rafael sonrió, una esquina de la boca elevándose en un gesto que parecía decir *te pillé*. Inclinó la cabeza, los ojos recorriendo su cuerpo con una lentitud deliberada, como si memorizara cada curva.
— Me gusta saber que no eres tan controlada como finges ser.
Laura rio, un sonido bajo y ronco que hizo que los dedos de Rafael se contrajeran en los bolsillos.
— ¿Y tú eres tan transparente como crees?
Él dio un paso adelante, reduciendo aún más la distancia entre ellos. El aroma de su colonia—algo cítrico con un toque de especias—invadió el espacio, mezclándose con el perfume floral que Laura usaba. Era una combinación embriagadora, y ella sintió su cuerpo responder antes incluso de que él la tocara.
— Transparente no — dijo, la voz ronca. — Solo honesto sobre lo que quiero.
Laura alzó el mentón, desafiándolo.
— ¿Y qué es lo que quieres, Rafael?
Él no respondió de inmediato. En cambio, extendió la mano y rozó los nudillos contra el lateral de su cuello, siguiendo la línea de la clavícula hasta el escote del vestido. El contacto era ligero, casi casual, pero Laura sintió la piel erizarse bajo él, como si cada terminación nerviosa estuviera sintonizada solo en ese contacto.
— Quiero ver hasta dónde estás dispuesta a llegar — murmuró, los labios tan cerca de su oído que el aliento caliente le hizo cosquillas en la piel sensible. — Quiero descubrir si esa postura de ejecutiva impecable es solo una fachada... o si realmente te gusta tener el control.
Laura contuvo la respiración cuando los dedos de él se deslizaron hacia abajo, trazando un camino lento entre sus pechos, deteniéndose justo encima del ombligo. El vestido era fino, y el calor de la mano de Rafael parecía quemar a través de la tela.
— ¿Y si te digo que me gustan las dos cosas? — preguntó, la voz un poco más entrecortada de lo que pretendía.
Rafael sonrió, satisfecho.
— Entonces creo que nos vamos a divertir mucho.
Él retrocedió un paso, como si supiera exactamente el efecto que ese alejamiento repentino tendría. Laura sintió el aire frío llenar el espacio entre ellos, y por un instante, casi extendió la mano para atraerlo de vuelta. Pero no lo hizo. En cambio, cruzó los brazos, fingiendo una indiferencia que estaba lejos de sentir.
— Vamos a bajar al bar — sugirió, la voz firme. — Todavía tenemos que discutir los detalles de la presentación de mañana.
Rafael alzó una ceja, claramente sorprendido por el cambio de tono.
— ¿Detalles de la presentación? ¿Ahora?
Laura sonrió, pasando junto a él hacia la puerta.
— Sí. Al fin y al cabo, somos profesionales.
Él la observó por un segundo, como si evaluara si estaba bromeando. Luego, con un suspiro teatral, ajustó la corbata.
— Está bien. Pero cobraré esta conversación de negocios más tarde.
— Promesas, promesas — murmuró ella, abriendo la puerta y saliendo al pasillo sin mirar atrás.
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El bar del hotel era uno de esos espacios diseñados para seducir: iluminación ámbar, sillones de cuero suave y un mostrador de mármol que reflejaba las botellas de licor como joyas. Laura eligió una mesa en un rincón, donde la luz era más tenue y la música ambiental—un jazz lento—creaba una atmósfera íntima. Rafael se sentó frente a ella, los codos apoyados en la mesa, los dedos entrelazados como si estuviera a punto de hacer una propuesta de negocios.
— ¿Whisky? — preguntó, señalando al camarero.
Laura negó con la cabeza.
— Vino tinto. Seco.
Rafael sonrió, como si esa elección confirmara algo que ya sospechaba.
— Claro. Nada demasiado dulce para ti.
Ella no respondió, pero la sonrisa que le lanzó fue respuesta suficiente.
El camarero trajo las bebidas en pocos minutos. Laura giró la copa entre los dedos, observando el líquido rubí captar la luz, mientras Rafael tomaba un sorbo lento del whisky, los ojos nunca dejando los suyos. Había algo casi depredador en esa mirada, como si estuviera esperando el momento adecuado para atacar.
— Entonces — comenzó ella, rompiendo el silencio —, sobre la presentación...
— Ah, sí — interrumpió Rafael, recostándose en el sillón. — La presentación. Veamos si podemos hablar de negocios sin que me distraigas con ese vestido.
Laura fingió indignación.
— ¿Yo? ¿Distraerte a ti? — Llevó la copa a los labios, tomando un sorbo lento, deliberado. — No tengo idea de qué estás hablando.
Rafael rio, un sonido bajo y vibrante que hizo que algo dentro de ella se contrajera.
— Mentirosa.
Ella inclinó la cabeza, dejando que el cabello se deslizara sobre un hombro.
— ¿Y si lo estoy?
Él se inclinó hacia adelante, los ojos oscureciéndose.
— Entonces creo que tendrás que mostrarme cuánto.
Laura sintió el corazón acelerarse, pero mantuvo la expresión neutra.
— ¿Mostrarte cuánto qué?
— Cuánto estás dispuesta a jugar.
Ella sonrió, tomando otro sorbo de vino antes de responder.
— ¿Y si no quiero jugar más?
Rafael alzó la copa en un brindis simulado.
— Entonces tendré que convencerte.
El juego había comenzado mucho antes de que llegaran al bar, y ambos lo sabían. Laura podía sentir la tensión creciendo con cada intercambio de miradas, con cada contacto accidental—la rodilla de él rozando la suya bajo la mesa, los dedos de él rozando los suyos al tomar la carta. Era un juego de quién cedía primero, y Laura estaba decidida a no ser la primera.
Pero entonces Rafael se inclinó aún más, la voz lo suficientemente baja para que solo ella escuchara.
— Sabes, Laura, tengo una teoría.
Ella arqueó una ceja.
— ¿Sobre?
— Sobre lo que realmente quieres.
Laura sintió el aire quedarse atrapado en su garganta. Debería haber respondido con una réplica aguda, algo que lo pusiera en su lugar. Pero las palabras murieron en la punta de su lengua cuando Rafael extendió la mano y tomó su muñeca, el pulgar trazando círculos lentos en la piel sensible del lado interno.
— Quieres que te convenza — murmuró, los labios casi tocando su oreja. — Quieres que te dé una excusa para dejar de lado esa fachada de control.
Laura cerró los ojos por un segundo, sintiendo el calor extenderse por su cuerpo. Cuando los abrió nuevamente, encontró la mirada de Rafael, oscura e intensa.
— ¿Y si te digo que estás equivocado?
Él sonrió, lento y peligroso.
— Entonces tendré que demostrar que tengo razón.
Antes de que ella pudiera responder, Rafael se levantó, extendiendo la mano.
— Vamos.
— ¿Adónde?
— A mi habitación — dijo, como si fuera lo más natural del mundo. — Allí podemos continuar esta conversación... en privado.
Ella dudó por un segundo, solo lo suficiente para que Rafael notara la vacilación. Entonces, con una sonrisa que no llegaba a los ojos, él se inclinó y susurró:
— O puedes decir que no. Pero los dos sabemos que no lo harás.
Laura sintió el desafío como una chispa en la piel. Podría negarse. Podría levantarse, terminar su vino y volver a su habitación sola. Pero el problema era que Rafael tenía razón: no quería decir que no.
Entonces, con un movimiento deliberado, colocó su mano en la de él.
— Está bien — dijo, la voz firme. — Veamos si puedes convencerme.
Rafael sonrió, una sonrisa que prometía mucho más que palabras, y la atrajo para levantarse. Mientras caminaban por el vestíbulo del hotel, Laura sintió el peso de su mirada en su espalda, como si cada paso fuera una cuenta regresiva hacia algo inevitable.
Y tal vez lo fuera.
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La puerta de la habitación se cerró con un clic suave, pero definitivo, como el gatillo de un arma que ambos sabían que estaba cargada. El aire allí dentro era más denso, cargado con el aroma del perfume de Rafael—algo amaderado, con notas de bergamota y un toque de humo—y el leve aroma cítrico del champú de Laura, que aún flotaba en su cabello suelto. Ella dio dos pasos hacia adentro, los tacones hundiéndose en la alfombra gruesa, y sintió el calor del cuerpo de él detrás de sí antes incluso de que la mano de Rafael se deslizara por su cintura, atrayéndola contra su pecho firme.
— ¿Tienes idea de cuánto he querido hacer esto desde que te vi en ese avión? — Su voz era un gruñido bajo, los labios rozando el lóbulo de su oreja mientras hablaba. Laura tembló, no de frío, sino de la manera en que las palabras vibraban contra su piel, como si él estuviera soplando brasas.
Se giró lentamente, los dedos aún entrelazados con los de él, y encontró su mirada—oscura, hambrienta, pero con una suavidad que la sorprendió. No era solo deseo. Había algo más allí, algo que no se atrevía a nombrar. No ahora.
— ¿Y qué exactamente querías hacer? — provocó, la voz saliendo más ronca de lo que pretendía. Alzó una ceja, desafiante, pero la sonrisa en sus labios delataba la urgencia que sentía.
Rafael no respondió con palabras. En cambio, tomó su rostro entre las manos y la besó con una intensidad que le robó el aliento. No fue un beso suave, de exploración tímida. Fue voraz, como si hubiera pasado meses hambriento y ella fuera el único alimento capaz de saciarlo. Su lengua invadió su boca con una precisión deliciosa, explorando, reclamando, mientras las manos descendían por su cuello, los pulgares trazando la línea de la clavícula antes de enredarse en la tela de la blusa.
Laura gimió contra sus labios, el sonido ahogado por la presión de la boca de Rafael, y sus propias manos subieron instintivamente, aferrándose a sus hombros anchos, sintiendo la tensión de los músculos bajo la tela de la camisa. Lo atrajo más cerca, como si pudiera fundir sus cuerpos allí mismo, y Rafael respondió con un gruñido gutural, las manos deslizándose hacia su espalda, atrayéndola contra sí con una fuerza que la hizo jadear.
— Joder, Laura... — murmuró, apartándose solo lo suficiente para respirar, los labios aún rozando los de ella. — No tienes idea de lo que me haces.
— Entonces muéstramelo — desafió, la voz temblorosa, pero firme.
Rafael no necesitó más incentivo. Con un movimiento rápido, la giró, presionándola contra la pared junto a la puerta. Laura sintió el frío del yeso en la espalda, un contraste delicioso con el calor del cuerpo de él frente al suyo. Las manos de Rafael descendieron por sus brazos, sujetando sus muñecas por encima de la cabeza con una de las suyas, mientras la otra se deslizaba por su cadera, atrayéndola contra la erección que ya presionaba contra la cremallera del pantalón.
— Eres tan hermosa — susurró, los labios ahora en su cuello, mordisqueando, lamiendo, dejando un rastro de fuego por donde pasaban. — Tan controlada todo el tiempo... pero sé que debajo de esa fachada hay una mujer que arde.
Laura cerró los ojos, dejando caer la cabeza hacia atrás mientras los dientes de Rafael raspaban la piel sensible de su garganta. Podía sentir su propio cuerpo respondiendo, el calor acumulándose entre sus piernas, la humedad ya comenzando a empapar el encaje de su ropa interior. Y entonces, como si leyera sus pensamientos, la mano libre de Rafael se deslizó por su muslo, levantando la falda del traje hasta que sus dedos encontraron el borde de la lencería.
— Rafael... — gimió, su nombre saliendo como una súplica.
— Shhh — murmuró, los dedos trazando círculos lentos sobre la tela húmeda. — Lo sé. Yo tampoco aguanto más.
Con un movimiento ágil, apartó la ropa interior a un lado y deslizó un dedo dentro de ella, lento, deliberado, como si quisiera sentir cada centímetro de lo mojada que estaba. Laura se arqueó contra la pared, las caderas moviéndose instintivamente, buscando más fricción, más profundidad. Rafael rio suavemente, el sonido vibrando contra su piel, y añadió un segundo dedo, curvándolos de una manera que la hizo soltar un grito ahogado.
— Joder, estás tan apretada — gimió, la voz ronca de deseo. — Imagina cómo será cuando esté dentro de ti.
Laura no pudo responder. Las palabras se perdieron en un gemido cuando Rafael aceleró el ritmo, los dedos entrando y saliendo de ella mientras el pulgar presionaba su clítoris, haciendo que estrellas explotaran detrás de sus párpados. Estaba tan cerca, tan cerca... pero entonces, con un movimiento brusco, él se detuvo, dejándola jadeante, el cuerpo entero temblando de frustración.
— No — protestó, los ojos abriéndose para encontrar los de él, oscuros de lujuria. — No pares, por favor...
Rafael sonrió, una sonrisa perversa, y llevó los dedos a su boca, lamiéndolos lentamente, sin apartar la mirada de ella.
— Quiero saborearte en todos lados — dijo, la voz áspera. — Pero primero, quiero que te quites esa ropa. Toda.
Laura no dudó. Con manos temblorosas, comenzó a desabotonar la blusa, los dedos resbalando en los botones pequeños. Rafael observaba cada movimiento, los ojos ardiendo mientras ella revelaba su piel pálida, el sujetador de encaje negro que apenas contenía sus pechos generosos. Cuando la blusa cayó al suelo, él dio un paso adelante, sus manos reemplazando las de ella, desabotonando la falda y dejándola deslizarse por sus piernas hasta formar un círculo a sus pies.
— Eres perfecta — murmuró, las manos ahora en su espalda, desabrochando el sujetador con una facilidad que la hizo preguntarse cuántas veces ya había hecho eso. Pero entonces la tela cayó, y los labios de Rafael estaban en su pezón, succionando, mordisqueando, y cualquier pensamiento coherente se desvaneció.
Laura enredó los dedos en su cabello, atrayéndolo más cerca, mientras la otra mano se deslizaba por su abdomen, desabotonando la camisa de Rafael con una urgencia que la sorprendió incluso a ella. Cuando la camisa se abrió, revelando su pecho musculoso, marcado por algunas cicatrices finas—vestigios de una vida que ella aún no conocía—no pudo resistirse. Se inclinó hacia adelante y pasó la lengua por una de ellas, sintiendo el sabor salado de su piel.
Rafael gimió, las manos apretando sus caderas, y entonces, con un movimiento rápido, la levantó en brazos. Laura envolvió las piernas alrededor de su cintura, sintiendo su erección presionando exactamente donde más lo necesitaba, y Rafael la llevó hasta la cama, depositándola en el colchón suave con una gentileza que contrastaba con el hambre en sus ojos.
— Ahora — susurró, las uñas clavándose en su espalda. — No quiero esperar más.
Rafael no necesitó más incentivo. Con movimientos rápidos, se quitó el resto de la ropa, revelando un cuerpo esculpido por el tiempo y el esfuerzo, cada músculo definido, cada línea trazada con una precisión que hizo que Laura mordiera su labio. Y entonces estuvo sobre ella, la piel caliente contra la suya, la boca encontrando la suya en un beso que era a la vez posesivo y reverente.
Laura sintió su peso entre sus piernas, la punta de su miembro rozando su entrada, y se arqueó, buscando más contacto. Rafael rio suavemente, pero entonces, con un movimiento lento y deliberado, empujó dentro de ella, centímetro a centímetro, hasta estar completamente enterrado.
— Joder... — gimió, los labios contra su cuello. — Eres aún mejor de lo que imaginé.
Laura no pudo responder. El placer era tan intenso que le robaba la capacidad de formar palabras. Solo se aferró a él, las uñas marcando su espalda mientras él comenzaba a moverse, cada embestida lenta y profunda, como si quisiera memorizar la sensación de estar dentro de ella.
Pero entonces el ritmo cambió. Rafael se apoyó en los codos, los ojos fijos en los de ella, y comenzó a acelerar, las embestidas volviéndose más fuertes, más urgentes. Laura sintió el orgasmo acercándose, una ola que comenzaba en los dedos de los pies y subía, subía, hasta que estalló en un grito ahogado contra su hombro.
Rafael no se detuvo. Siguió moviéndose, prolongando su placer, hasta que Laura sintió su cuerpo tensarse, los músculos contrayéndose mientras llegaba al clímax con un gemido ronco, enterrándose profundamente en ella una última vez.
Por un momento, no hubo sonido más allá de su respiración entrecortada, el corazón de Laura latiendo tan fuerte que estaba segura de que él podía sentirlo. Entonces Rafael rodó hacia un lado, atrayéndola contra sí, los cuerpos aún entrelazados, la piel húmeda de sudor.
Laura cerró los ojos, sintiendo el peso de su brazo alrededor de su cintura, el calor de su cuerpo contra el suyo. Sabía que aquello era solo el comienzo. Que aún había mucho por explorar. Pero por ahora, estaba satisfecha de dejar que el silencio hablara por ellos, mientras los dedos de Rafael trazaban círculos perezosos en su piel, como si él tampoco quisiera que la noche terminara.
Y tal vez, solo tal vez, no tuviera que hacerlo.
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La habitación estaba sumida en una penumbra dorada, iluminada solo por la luz ámbar de la lámpara de la mesita de noche, que proyectaba sombras danzantes sobre las sábanas arrugadas. Laura sentía el peso del cuerpo de Rafael sobre el suyo, los músculos definidos presionándola contra el colchón, pero no había espacio para incomodidad—solo para el deseo que pulsaba entre ellos como una corriente eléctrica. Los dedos de él, antes perezosos en su piel, ahora exploraban con una urgencia renovada, como si cada segundo fuera demasiado valioso para desperdiciarse.
— Eres tan hermosa así — murmuró Rafael, la voz ronca contra su oído, los labios rozando el lóbulo antes de descender por su cuello, dejando un rastro de fuego. — Toda desaliñada, con mi marca en ti.
Laura arqueó la espalda cuando su boca encontró un pezón, ya sensible, y lo succionó con una lentitud torturante. Un gemido escapó de sus labios, y clavó las uñas en sus hombros, atrayéndolo más cerca, como si pudiera fundir sus cuerpos en uno solo. Rafael rio suavemente, el aliento caliente contra su piel húmeda, y deslizó la mano entre sus muslos, encontrándola mojada, lista.
— Siempre tan lista para mí — susurró, los dedos trazando círculos lentos alrededor de su clítoris, haciéndola temblar. — Como si hubieras pasado la noche entera esperando por esto.
— *Cállate y tócame* — jadeó Laura, las palabras saliendo entrecortadas, la respiración acelerada. No quería conversación, no quería provocación. Quería *a él*. Todo él.
Rafael no necesitó más incentivo. Con un movimiento fluido, se posicionó entre sus piernas, la punta de su miembro rozando su entrada, provocándola. Laura mordió su labio inferior, los ojos fijos en los de él, desafiándolo a ir más profundo. Y lo hizo. Con un impulso firme, entró en ella de una sola vez, llenándola por completo, haciéndola gritar su nombre.
— *Joder* — gimió Rafael, las caderas deteniéndose por un instante, como si necesitara controlarse. — Estás tan apretada... tan perfecta.
Laura no respondió. No con palabras. En cambio, envolvió las piernas alrededor de su cintura, atrayéndolo más profundo, exigiendo más. Rafael entendió el mensaje. Comenzó a moverse, primero despacio, cada embestida calculada para arrancarle un suspiro o un gemido. Pero la lentitud no duró. Pronto, el ritmo se aceleró, los cuerpos chocando en una danza primitiva, los sonidos de la piel encontrándose mezclándose con los gemidos ahogados contra la almohada.
— Más fuerte — pidió Laura, la voz quebrada, las uñas arañando su espalda. — *Por favor*, más fuerte.
Rafael obedeció. La sujetó por las caderas, levantándola ligeramente para cambiar el ángulo, y entonces embistió con una fuerza que la hizo ver estrellas. Laura gritó, el placer tan intenso que rozaba el dolor, pero no quería que parara. Nunca. Cada embestida la llevaba más alto, el orgasmo construyéndose dentro de ella como una ola a punto de romper.
— *Voy a correrme* — advirtió, la voz temblorosa, los músculos internos ya comenzando a contraerse alrededor de él.
— *Córrete para mí* — ordenó Rafael, la voz ronca, los ojos oscuros fijos en los de ella. — Quiero sentirte.
Y ella se corrió. Con un grito ahogado contra su hombro, el cuerpo entero contrayéndose en espasmos de placer, las uñas clavadas en la carne de Rafael mientras la ola la arrastraba. Él no se detuvo. Siguió moviéndose, prolongando su éxtasis, cada embestida arrancándole nuevos gemidos de la garganta.
Laura sintió su cuerpo tensarse, los músculos contrayéndose mientras llegaba al clímax con un gemido ronco, enterrándose profundamente en ella una última vez. El calor de su orgasmo la llenó, y lo apretó con fuerza, como si quisiera mantenerlo allí para siempre.
Por un momento, no hubo sonido más allá de su respiración entrecortada, el corazón de Laura latiendo tan fuerte que estaba segura de que él podía sentirlo. Entonces Rafael rodó hacia un lado, atrayéndola contra sí, los cuerpos aún entrelazados, la piel húmeda de sudor.
Laura cerró los ojos, sintiendo el peso de su brazo alrededor de su cintura, el calor de su cuerpo contra el suyo. Sabía que aquello era solo el comienzo. Que aún había mucho por explorar—más posiciones, más noches, más de esa química que los consumía. Pero por ahora, estaba satisfecha de dejar que el silencio hablara por ellos, mientras los dedos de Rafael trazaban círculos perezosos en su piel, como si él tampoco quisiera que la noche terminara.
Y tal vez, solo tal vez, no tuviera que hacerlo.
Pero el amanecer se acercaba. Y con él, la promesa de un nuevo día—y de todas las posibilidades que traería.
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El primer rayo de sol se coló entre las cortinas entreabiertas de la habitación, pintando franjas doradas sobre las sábanas arrugadas y la piel aún cálida de Laura. Despertó lentamente, como si emergiera de un sueño líquido, los músculos levemente doloridos en lugares que le recordaban, con un escalofrío, cómo habían sido usados. A su lado, Rafael respiraba profundamente, el pecho subiendo y bajando en un ritmo pausado, las pestañas oscuras proyectando sombras finas sobre sus pómulos. Por un instante, solo lo observó, memorizando la curva de su labio inferior, ligeramente hinchado por los besos de la noche anterior, la mandíbula marcada por la barba incipiente que había arañado su piel en tantos lugares.
Entonces, como si sintiera el peso de su mirada, él abrió los ojos. No hubo sorpresa, solo un reconocimiento inmediato, como si ya supiera que ella estaría allí, esperando. Una sonrisa lenta se dibujó en su rostro, perezosa e íntima, y Laura sintió que el estómago le daba un vuelco.
— Buenos días — murmuró él, la voz ronca por el sueño y por otras cosas más pecaminosas.
— Buenos días — respondió ella, dejando que sus dedos se deslizaran por su brazo, trazando el contorno de los músculos bajo la piel morena. — ¿Dormiste bien?
Rafael soltó una risa baja, atrayéndola más cerca hasta que sus cuerpos encajaron perfectamente, como piezas de un rompecabezas que solo ahora descubrían pertenecer una a la otra.
— Mejor que en años. ¿Y tú?
— No sé — bromeó, mordisqueando el lóbulo de su oreja. — Todavía estoy decidiendo si valió la pena.
Él la volteó de espaldas con un movimiento rápido, inmovilizándola bajo su peso, los ojos oscuros brillando con malicia.
— ¿Ah, sí? — Su mano se deslizó por su muslo, subiendo lentamente, hasta encontrar el calor entre sus piernas. Laura arqueó la espalda sin pensar, un gemido escapando de sus labios cuando sus dedos la encontraron húmeda y lista. — Porque puedo convencerte de nuevo, si es necesario.
Ella rio, pero el sonido se transformó en un suspiro cuando él la penetró con dos dedos, el pulgar presionando exactamente donde más lo necesitaba. Su cuerpo reaccionó al instante, las caderas moviéndose en busca de más, la respiración acelerándose.
— Rafael... — su nombre salió como una súplica, mezclado con la frustración de saber que, a pesar de todo, no tenían tiempo. No ahora.
Él entendió. Con un gemido de protesta, retiró la mano, llevando los dedos a sus labios y lamiéndolos lentamente, los ojos nunca dejando los de ella. Laura sintió que el rostro le ardía, el deseo latiendo entre sus piernas como un recordatorio de lo que aún querían—y de lo que tendrían que posponer.
— Tenemos una reunión en una hora — le recordó, intentando sonar firme, pero la voz le salió temblorosa.
— Lo sé — murmuró él, besando su hombro antes de rodar hacia un lado, dejándola fría donde antes había calor. — Pero eso no significa que no pueda recordarte lo que te espera después.
Laura se sentó en la cama, arrastrando la sábana para cubrir sus pechos, aunque sabía que era inútil. Rafael ya había visto, tocado, probado cada centímetro de ella. Aun así, había algo vulnerable en estar desnuda bajo la luz cruda de la mañana, mientras él la observaba con esa mirada hambrienta.
— Eres insoportable — dijo, pero no había enojo en su voz, solo una diversión reacia.
— Y a ti te encanta — replicó él, levantándose de la cama con la naturalidad de quien no se preocupa por su propia desnudez. Laura no pudo evitar seguir el movimiento de los músculos de su espalda mientras se estiraba, los brazos en alto revelando la línea definida de su abdomen.
Desvió la mirada antes de perder por completo la compostura.
— Voy a ducharme — anunció, levantándose y envolviendo la sábana alrededor de su cuerpo como una toga improvisada.
Rafael la sujetó por la muñeca antes de que pudiera alejarse, atrayéndola de vuelta para un beso lento y profundo. Cuando se separaron, los labios de ella hormigueaban, el sabor de él aún fresco en su boca.
— No tardes — susurró él, la voz cargada de promesas. — Porque no voy a poder concentrarme en nada sabiendo que estás ahí, mojada y oliendo a jabón.
Laura soltó una risa nerviosa, empujándolo suavemente.
— Eres imposible.
— Y tú aún no has visto nada — respondió él, guiñándole un ojo antes de girarse hacia el baño de su habitación.
Ella se quedó parada por un momento, observando cómo la puerta se cerraba tras él, el corazón latiéndole con fuerza en el pecho. Entonces, con un suspiro, dejó caer la sábana al suelo y caminó hacia el baño de su propia habitación, sintiendo el peso de su mirada en su espalda hasta el último segundo.
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El agua caliente de la ducha corrió sobre su piel, lavando los vestigios de la noche anterior, pero no los recuerdos. Laura cerró los ojos, dejando que el chorro masajeara sus hombros tensos, los dedos recorriendo los lugares donde Rafael la había tocado, marcado, poseído. Cada caricia parecía haber dejado una huella indeleble, como si él hubiera reescrito su cuerpo durante la noche, transformándolo en algo nuevo.
Se preguntó si él estaría haciendo lo mismo en el otro baño, si estaría pensando en ella mientras el agua corría por su propio cuerpo. La idea la hizo sonreír, el deseo enroscándose bajo en su vientre.
Cuando salió de la ducha, se envolvió en una toalla suave y pasó los dedos por su cabello húmedo, intentando domarlo en algo presentable. En el espejo, sus ojos brillaban con una luz que no veía hacía mucho tiempo—algo entre excitación y anticipación, como si el mundo se hubiera vuelto un lugar más vibrante de la noche a la mañana.
Eligió un vestido ajustado, de un tono azul profundo que sabía que resaltaba sus ojos, y un par de tacones que la dejaban casi a la altura de Rafael. Cuando terminó de maquillarse, escuchó un suave golpe en la puerta que conectaba las dos habitaciones.
— Entra — dijo, girándose para verlo apoyado en el marco, los brazos cruzados sobre el pecho, una expresión satisfecha en el rostro.
— Estás preciosa — comentó, los ojos recorriéndola de arriba abajo con una lentitud deliberada. — Pero te prefiero sin nada.
Laura rio, acercándose a él y pasando los dedos por la corbata ya impecablemente anudada.
— Paciencia, Rafael. Tenemos todo el día por delante.
— Un día entero es una eternidad — murmuró, atrayéndola para un beso rápido. — Especialmente cuando sé exactamente cómo te ves cuando te corres.
Ella sintió que el rostro le ardía, pero no retrocedió. En cambio, mordió suavemente su labio inferior antes de apartarse.
— Guarda eso para más tarde. Vamos a llegar tarde.
Rafael suspiró, pero no protestó. En cambio, le ofreció el brazo con un gesto exagerado.
— Después de ti, entonces.
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El desayuno fue un baile de miradas furtivas y contactos disimulados. Sentados a la mesa del restaurante del hotel, hablaron sobre la reunión del día, sobre los detalles del proyecto que presentarían, pero Laura tenía dificultad para concentrarse. Cada vez que Rafael llevaba la taza de café a los labios, recordaba cómo esos mismos labios habían recorrido su cuerpo horas antes. Cada vez que sonreía, sentía el eco de esa sonrisa entre sus piernas.
— Estás distraída — observó él, bajando la voz mientras el camarero se alejaba.
— Y tú estás provocando — replicó ella, rozando su pie con el de él bajo la mesa.
— Solo te estoy recordando lo que viene después.
— Rafael — advirtió, pero no había convicción en su voz.
Él rio, inclinándose hacia adelante como si fuera a compartir un secreto.
— Cuando termine esta reunión, te llevaré a mi habitación, cerraré la puerta con llave y pasaré las próximas horas descubriendo cuántas veces puedo hacerte gritar mi nombre.
Laura tragó saliva, su cuerpo reaccionando al instante a la promesa. Se inclinó también, los labios casi tocando su oreja.
— Y yo te dejaré — susurró. — Pero solo si prometes que será tan bueno como anoche.
Rafael se recostó en la silla, los ojos oscuros brillando con una mezcla de desafío y deseo.
— Laura, anoche fue solo el comienzo.
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La reunión fue una prueba de resistencia. Cada minuto parecía alargarse, cada diapositiva de la presentación una eternidad. Laura apenas podía concentrarse en los números, en los gráficos, en las palabras que salían de su boca como si fueran de otra persona. A su lado, Rafael estaba impecable, profesional, como si no hubiera pasado la noche entera enterrado dentro de ella, como si no estuviera contando los segundos hasta poder hacerlo de nuevo.
Cuando finalmente terminó, Laura sintió como si hubiera corrido un maratón. Se despidió de los clientes con una sonrisa educada, estrechó manos, agradeció por la atención, pero en cuanto la puerta se cerró tras el último de ellos, dejó escapar un suspiro de alivio.
Rafael estaba a su lado en un instante, la mano posándose en la base de su espalda, los dedos presionando levemente.
— Vamos — dijo, la voz baja, urgente.
Laura no necesitó más incentivo. Caminaron en silencio por el pasillo, los pasos apresurados, los cuerpos casi tocándose, pero sin permitirse más que eso hasta estar seguros tras la puerta cerrada de su habitación.
En cuanto la cerradura giró, Rafael la empujó contra la pared, las manos sujetando su rostro mientras la besaba con un hambre que la dejó sin aliento. Laura correspondió con la misma intensidad, las uñas clavándose en sus hombros, el cuerpo arqueándose en busca de más contacto.
— No aguanto más — murmuró él contra sus labios, las manos descendiendo para levantar la falda del vestido.
— Entonces no esperes — respondió ella, atrayéndolo más cerca, los dientes rozando su mandíbula.
Rafael gimió, las manos encontrando el camino entre sus piernas, los dedos deslizándose dentro con una facilidad que la hizo jadear. Laura dejó caer la cabeza hacia atrás, los ojos cerrados mientras él la tocaba con una precisión enloquecedora, cada movimiento calculado para llevarla al límite.
— Rafael, por favor — suplicó, las palabras saliendo entrecortadas.
Él no la hizo esperar. Con un movimiento rápido, la giró de frente a la pared, apartando su ropa interior a un lado antes de posicionarse detrás de ella. Laura sintió la punta de su miembro presionando contra su entrada, y entonces, con un solo impulso, la llenó por completo.
Gritó, las manos apoyadas contra la pared mientras él comenzaba a moverse, cada embestida profunda y deliberada. Rafael sujetó sus caderas con fuerza, los dedos marcando su piel mientras la poseía con una urgencia que rozaba la violencia.
— Eres mía — gruñó, la voz ronca de deseo. — Di que eres mía.
— Soy tuya — gimió, su cuerpo respondiendo a cada palabra, a cada contacto. — Solo tuya.
Él la giró de frente nuevamente, levantándola en brazos y llevándola hasta la cama, donde la depositó con cuidado antes de posicionarse entre sus piernas. Laura lo atrajo hacia abajo, los labios encontrando los suyos en un beso desesperado mientras él la penetraba de nuevo, más despacio esta vez, como si quisiera memorizar cada sensación.
El placer creció dentro de ella en oleadas, cada una más intensa que la anterior, hasta que no quedó nada más que el calor entre ellos, el sonido de sus cuerpos encontrándose, los gemidos que se mezclaban en el aire. Cuando Laura se corrió, fue con su nombre en los labios, el cuerpo temblando bajo el de él, las uñas clavadas en su espalda.
Rafael la siguió poco después, el rostro enterrado en su cuello mientras se entregaba a su propio orgasmo, los cuerpos aún unidos, aún temblorosos.
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Más tarde, estaban acostados en la cama, las sábanas enredadas alrededor de ellos, el sudor secándose en su piel. Laura trazaba círculos perezosos en el pecho de Rafael, sintiendo el ritmo lento de su respiración.
— Esto fue... — comenzó, pero no encontró las palabras.
— Lo sé — respondió él, besando la parte superior de su cabeza.
Ella sonrió, acurrucándose más cerca de él.
— Creo que vamos a necesitar más noches como esta.
— Creo que vamos a necesitar una vida entera — corrigió él, y había algo en su voz, algo que hizo que el corazón de Laura latiera más rápido.
Ella alzó el rostro para mirarlo, los ojos buscando los suyos.
— ¿Hablas en serio?
Rafael tomó su rostro entre las manos, el pulgar acariciando su mejilla.
— Nunca he hablado más en serio en mi vida.
Laura sintió que algo se expandía en su pecho, algo cálido y luminoso que no tenía nombre. Se inclinó para besarlo, lenta y profundamente, como si pudiera transmitir todo lo que sentía a través de ese gesto.
Cuando se separaron, Rafael sonrió, esa sonrisa que ella ya sabía que sería capaz de reconocer en cualquier lugar.
— Vamos a ducharnos — sugirió. — Y después, quién sabe, podemos pedir servicio a la habitación.
Laura rio, levantándose de la cama y atrayéndolo consigo.
— Eres insaciable.
— Y a ti te encanta — respondió él, siguiéndola hasta el baño.
Y ella no podía negarlo. Porque, por primera vez en mucho tiempo, Laura no quería negar nada. No a él. No a sí misma. No a lo que fuera que estuviera comenzando entre ellos.
El día aún estaba por delante. Y, por primera vez, apenas podía esperar para ver qué vendría después.