Entre Sábanas y Husos Horarios
Por Tonkix

**Entre Sábanas y Husos Horarios**
El aire acondicionado de la sala de embarque ya traía el olor a cuero envejecido de los asientos de primera clase, el perfume dulce de Laura mezclado con el aroma cítrico de Rafael, y el zumbido bajo de los motores a punto de rugir. Ella ajustó las gafas de montura fina sobre la nariz, los dedos largos y uñas impecables deslizándose por la pantalla de la tablet, mientras verificaba por tercera vez la agenda de la conferencia. *Nada puede salir mal*. Las palabras resonaban en su mente como un mantra, mientras la tela del traje sastre azul marino se ceñía a su cuerpo esbelto, cada botón abrochado con precisión militar.
Rafael la observaba de reojo, una sonrisa perezosa en los labios, mientras aflojaba la corbata de seda gris. El cuello abierto revelaba la piel bronceada del cuello, donde una vena latía levemente, delatando la calma que intentaba proyectar. Él sabía que Laura era una fortaleza de control, pero también sabía que las fortalezas tenían grietas. Y a él le encantaban las grietas.
—¿Siempre viajas así? —preguntó él, la voz ronca de quien acaba de despertar, a pesar de ser apenas las ocho de la mañana—. Como si estuvieras a punto de enfrentar un tribunal, no un vuelo de doce horas.
Laura levantó los ojos, sorprendida por la interrupción. Las gafas reflejaron la luz suave del aeropuerto, ocultando por un segundo el verde intenso de sus iris.
—¿Y tú cómo viajas? —replicó, la voz firme, pero no fría—. ¿Como si estuvieras a punto de dormir en un sofá incómodo, en lugar de un asiento de primera clase?
Rafael rio, un sonido grave y vibrante que hizo que Laura apretara levemente los dedos alrededor de la tablet.
—Touché —dijo él, inclinándose ligeramente hacia adelante, los codos apoyados en las rodillas—. Pero me gusta pensar que viajar es como vivir: cuanto más relajado, más interesante se vuelve.
Laura desvió la mirada, fingiendo interés en la pantalla de la tablet, pero su atención estaba toda en Rafael. En cómo la camisa blanca se estiraba sobre sus hombros anchos, en la forma en que los cabellos oscuros caían levemente sobre la frente, como si hubieran sido despeinados por manos impacientes. Ella sabía que él era encantador, sabía que era perspicaz. Lo que no sabía era por qué, de repente, sentía el estómago contraerse como si estuviera a punto de zambullirse en aguas desconocidas.
—Relajado es una palabra que no existe en mi vocabulario —respondió ella, finalmente, cerrando la tablet con un clic suave—. Especialmente cuando se trata de trabajo.
Rafael sonrió, una sonrisa lenta y peligrosa, como si supiera algo que ella no.
—Ya veremos —murmuró él, mientras la azafata se acercaba, los tacones altos resonando en el piso de mármol del aeropuerto.
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El avión despegó con un rugido suave, las turbinas tragando el aire mientras ganaban altura. Laura miró por la ventana, los edificios de São Paulo transformándose en pequeños cuadrados de luz, mientras el cielo se teñía de un azul profundo, casi morado. Siempre le había encantado la sensación de estar en el aire, como si, durante unas horas, pudiera dejar atrás el peso de las responsabilidades, de las expectativas, de ser *ella*.
Rafael, en cambio, la observaba. Observaba cómo sus dedos se apretaban levemente en el brazo del asiento, como si estuviera intentando contener algo. Observaba la forma en que la luz del sol iluminaba su rostro, destacando las pecas casi imperceptibles en la nariz, el contorno suave de los labios, pintados de un rojo discreto. Él sabía que Laura era una mujer de rutinas, de horarios, de planes. Y le encantaba desafiar las rutinas.
—¿Has estado en París? —preguntó él, rompiendo el silencio que se había instalado entre ellos.
Laura se volvió hacia él, sorprendida por la pregunta.
—Sí —respondió, seca—. Varias veces.
—¿Y cuál es tu lugar favorito? —insistió él, ignorando el tono cortante.
Laura dudó. No estaba acostumbrada a conversaciones personales, especialmente con compañeros de trabajo. Pero había algo en Rafael, algo en su mirada, que la hacía querer responder.
—El Pont des Arts —dijo ella, finalmente—. Es tranquilo, pero lleno de vida. La gente escribe sus nombres en los candados, deja mensajes, sueños. Es como si, por un momento, todos olvidaran que están en una gran ciudad y recordaran que son humanos.
Rafael sonrió, una sonrisa genuina, sin segundas intenciones.
—A mí me gusta la Rue des Barres —dijo él—. Es estrecha, llena de pequeños restaurantes, de luces colgantes. Por la noche, parece un escenario de película. La gente ríe, bebe vino, se toca como si no hubiera un mañana.
Laura sintió un escalofrío recorrer su espalda. No era por la descripción, sino por la forma en que Rafael dijo *se tocan*, como si las palabras fueran una caricia en sí mismas.
—Te gusta mucho París —comentó ella, intentando desviar la conversación hacia un terreno más seguro.
—Me gustan los lugares que hacen que la gente se sienta viva —respondió él, los ojos fijos en los de ella—. Y tú, Laura, ¿qué te hace sentir viva?
Ella abrió la boca para responder, pero las palabras murieron en su garganta. Porque, de repente, se dio cuenta de que no sabía la respuesta. O, peor aún, sabía, pero no estaba preparada para admitirlo.
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La cena fue servida poco después del despegue. Platos de porcelana fina, cubiertos de plata, copas de cristal que reflejaban la luz tenue de la cabina. Laura cortó un trozo de salmón, los dedos elegantes sosteniendo el tenedor, mientras Rafael la observaba con una sonrisa en los labios.
—¿Siempre comes así? —preguntó él, finalmente, rompiendo el silencio que se había instalado entre ellos.
Laura levantó los ojos, sorprendida.
—¿Así cómo?
—Como si estuvieras a punto de cometer un crimen —respondió él, riendo—. Cada movimiento calculado, cada bocado medido. Es como si tuvieras miedo de que la comida te traicionara.
Laura frunció el ceño, pero una sonrisa involuntaria curvó sus labios.
—Me gusta el control —dijo ella, simplemente.
—¿Y qué pasa cuando pierdes el control? —preguntó él, la voz baja, casi un susurro.
Laura sintió el corazón acelerarse. Porque, de repente, se dio cuenta de que Rafael no estaba hablando de comida. Y no sabía cómo responder.
—No lo pierdo —dijo ella, finalmente, llevando el tenedor a la boca.
Rafael sonrió, una sonrisa lenta y peligrosa, como si supiera que ella estaba mintiendo.
—Ya veremos —murmuró él, mientras levantaba la copa de vino en un brindis silencioso.
Y, por primera vez en mucho tiempo, Laura sintió el peso del control aflojarse, como si algo dentro de ella estuviera a punto de soltarse. Y, extrañamente, no sintió miedo. Sintió expectativa.
El restaurante era uno de esos lugares que parecían esculpidos para el pecado discreto: luces doradas que titilaban como velas sobre mesas de mármol negro, el tintineo suave de los cristales entrelazándose con el murmullo de las conversaciones en francés e italiano. Laura ajustó el vestido de seda negro—ese que moldeaba sus curvas sin revelar demasiado, pero que hacía que los ojos de Rafael se detuvieran un segundo más cada vez que ella se movía. La tela era fresca contra su piel, pero por debajo, sentía el calor creciendo, como si el mismo aire entre ellos se hubiera espesado desde el vuelo.
—¿Estás callada? —observó Rafael, cortando un trozo de cordero con precisión quirúrgica. El tenedor se deslizó entre sus labios, y Laura siguió el movimiento, hipnotizada por la forma en que su lengua tocó el metal antes de masticar, lento.
—Estoy escuchando —respondió ella, girando el vino en la copa. El Burdeos dejaba un rastro rubí en las paredes de cristal, como sangre diluida—. Estabas hablando sobre la reestructuración del equipo en São Paulo.
—Y tú estabas pensando en otra cosa —replicó él, inclinándose ligeramente hacia adelante. El movimiento hizo que su rodilla rozara la de ella bajo la mesa, un contacto breve, pero suficiente para enviar una corriente eléctrica por su muslo—. O en alguien.
Laura no retrocedió. En cambio, sostuvo su mirada, dejando que el silencio se extendiera hasta volverse casi palpable. El restaurante, de repente, pareció encogerse a su alrededor, como si las paredes se cerraran para aislarlos en una burbuja de deseo y vino. Llevó la copa a los labios, dejando que el alcohol quemara su garganta antes de responder:
—¿Siempre eres tan directo?
—Solo cuando vale la pena —murmuró él, los ojos oscuros fijos en los de ella—. Y tú, Laura, vales mucho la pena.
Ella rio, un sonido bajo y ronco que no pudo contener. Era ridículo cómo lograba desarmarla con media docena de palabras, como si supiera exactamente qué botones presionar. Y lo peor—o lo mejor—era que le gustaba. Le gustaba la forma en que la miraba, como si estuviera a punto de devorarla allí mismo, en la mesa del restaurante. Le gustaba la tensión que se enroscaba en su estómago, la humedad que comenzaba a acumularse entre sus piernas.
—Cuidado, Rafael —dijo ella, dejando la copa con un clic suave—. Palabras así pueden ser peligrosas.
—O excitantes —completó él, extendiendo la mano sobre la mesa. Sus dedos rozaron los de ella, un toque ligero, casi imperceptible, pero que hizo arder su piel—. ¿No crees?
Laura no respondió. En cambio, dejó que él entrelazara sus dedos con los de ella por un segundo, demasiado largo para ser inocente, demasiado corto para ser comprometedor. El calor de su mano era una promesa, una amenaza. Cuando finalmente la soltó, sintió la ausencia como un vacío, como si le hubieran privado de algo que ni siquiera sabía que quería.
La música cambió. Una melodía de piano, lenta y sensual, llenó el espacio entre ellos. Rafael se recostó en la silla, los ojos nunca dejando los de ella, como si estuviera esperando algo. Laura respiró hondo, sintiendo su perfume—algo amaderado, con notas de cuero y especias—mezclarse con el aroma del vino y la comida. Era embriagador. Era demasiado.
—¿Bailas? —preguntó él, de repente.
—No —respondió ella, pero su voz sonó más vacilante de lo que pretendía.
—Mentira —Rafael sonrió, levantándose con la elegancia de un depredador. Extendió la mano hacia ella, la palma abierta, invitadora—. Una mujer que se mueve como tú no puede no saber bailar.
Laura miró la mano de él, luego a las otras parejas que se movían suavemente en el pequeño espacio junto a la barra. No era un salón de baile, pero el restaurante tenía un rincón reservado para quienes quisieran arriesgarse. Sabía que debería rechazar. Sabía que cada paso que diera en esa dirección sería un paso más cerca de perder el control que tanto valoraba.
Pero entonces Rafael inclinó la cabeza, una sonrisa maliciosa en los labios, y dijo:
—¿O tienes miedo?
Era un desafío. Y Laura nunca rechazaba un desafío.
Puso la mano en la de él.
El contacto fue eléctrico. Rafael la atrajo con firmeza, pero sin prisa, como si tuviera todo el tiempo del mundo para explorar cada centímetro de ella. Cuando sus cuerpos se encontraron, Laura sintió el calor irradiando de él, la solidez de su pecho contra el de ella, la presión de su muslo entre los suyos. Olía a pecado y a noches sin fin, y se dejó envolver por eso, por primera vez permitiéndose olvidar quiénes eran, dónde estaban.
—Eres una pésima bailarina —murmuró él en su oído, las manos deslizándose por su espalda hasta encontrar la curva de su cintura.
—Y tú eres un pésimo mentiroso —respondió ella, arqueándose ligeramente contra él.
Rafael rio, un sonido bajo y vibrante que ella sintió reverberar en su propio pecho. La hizo girar con maestría, haciendo que el vestido ondeara alrededor de sus piernas, y por un segundo, Laura se sintió ligera, como si pudiera volar. Pero entonces la atrajo de vuelta, pegando sus cuerpos nuevamente, y la sensación de peso regresó—densa, deliciosa, insoportable.
—Estás temblando —observó él, los labios rozando el lóbulo de su oreja.
—No es cierto —mintió ella, pero su voz salió temblorosa.
Rafael no insistió. En cambio, su mano se deslizó más abajo, los dedos trazando círculos lentos en la parte baja de su espalda, justo encima de la curva de su cadera. Laura contuvo la respiración, sintiendo cada terminación nerviosa de su cuerpo encenderse como fuegos artificiales. Quería apartarse. Quería acercarse. Quería gritar. Quería besarlo allí mismo, frente a todos.
—Rafael… —susurró ella, pero no sabía qué quería decir. *Para*. *Sigue*. *Llévame de aquí*.
Él pareció entender. Sus dedos se detuvieron, pero no se apartaron. En cambio, inclinó la cabeza, los labios casi tocando los de ella, el aliento cálido mezclándose con el suyo.
—Laura —murmuró, y el sonido de su nombre en su boca fue casi tan íntimo como un beso.
Ella cerró los ojos, esperando. Deseando. Pero entonces, el sonido de un camarero acercándose con el postre rompió el hechizo. Rafael se apartó lentamente, los dedos dejando un rastro de fuego en su piel, y Laura sintió el aire frío de la noche invadir el espacio entre ellos, como si alguien hubiera abierto una ventana.
—Creo que es hora de volver —dijo él, la voz ronca, pero controlada.
Laura asintió, pero sus piernas aún temblaban cuando se apartó de él. Ajustó el vestido, intentando recuperar la compostura, pero sus dedos aún hormigueaban con su toque, y todo su cuerpo parecía latir a un ritmo que no era el suyo.
Rafael pagó la cuenta con una tarjeta que parecía hecha de oro, y mientras esperaban el auto, se acercó a ella nuevamente, esta vez sin tocar. Pero su presencia era una sombra cálida a su lado, una promesa susurrada en la oscuridad.
—Sabes que esto no va a terminar aquí, ¿verdad? —dijo, lo suficientemente bajo para que solo ella lo escuchara.
Laura no respondió. No necesitaba. Los dos lo sabían.
El auto llegó, y cuando Rafael abrió la puerta para ella, sus dedos rozaron los de ella una vez más, un toque rápido, pero cargado de intención. Laura entró, sintiendo el cuero frío del asiento contra sus piernas desnudas, y cuando él se sentó a su lado, el espacio entre ellos parecía demasiado pequeño. Demasiado pequeño para contener todo lo que aún no se había dicho.
El chofer encendió el auto, y las luces de la ciudad comenzaron a pasar por la ventana como estrellas fugaces. Laura miró a Rafael, quien observaba el paisaje con una sonrisa satisfecha, como si ya supiera lo que vendría después.
Y ella también lo sabía.
El ascensor del hotel estaba lleno.
No habían intercambiado una palabra desde que salieron del restaurante.
El ascensor del hotel estaba lleno, uno de esos momentos en los que el espacio se comprime hasta volverse casi líquido, cuerpos amontonados como si el acero de las paredes pudiera ceder bajo la presión. Laura entró primero, los tacones altos resonando en el piso de mármol pulido, el vestido ajustado de seda negra deslizándose contra la piel aún caliente por el vino de la cena. Rafael la siguió, un paso atrás, como si supiera exactamente dónde posicionarse—lo suficientemente cerca para que el calor de su cuerpo fuera una presencia constante, pero sin tocar. Todavía.
Sintió el aire desplazarse cuando él se acercó, el olor de su perfume—algo amaderado, con notas de cuero y pimienta—mezclándose con el aroma cítrico de su propio champú. Era una combinación peligrosa, pensó, mientras el ascensor subía con un suave sacudón. Peligrosa porque le hacía contraer el estómago, porque hacía que sus dedos se curvaran levemente contra la palma de la mano, como si ya anticiparan el peso de otra piel contra la suya.
—*Estás demasiado callada* —murmuró Rafael, la voz baja, casi perdida en el murmullo de las conversaciones alrededor. Pero ella lo escuchó. Claro que lo escuchó. Las palabras se deslizaron por su oído como un hilo de seda, atrayéndola más cerca de él sin que ninguno de los dos se moviera.
Laura no respondió. No podía. No con el cuerpo de un extraño presionado contra su espalda, el aliento cálido de alguien que no conocía rozando su cuello mientras el ascensor se balanceaba. Pero Rafael no necesitaba palabras. Se inclinó un poco, solo lo suficiente para que sus labios casi tocaran el lóbulo de su oreja, y cuando habló de nuevo, su aliento le hizo cosquillas en la piel sensible justo debajo.
—*Me gusta verte así. Sin respuestas preparadas. Sin ese control que usas como armadura*.
Ella tragó saliva. El ascensor se detuvo en el décimo piso, y más personas salieron, pero no las suficientes. Todavía estaban apretados, hombros, brazos, muslos rozándose en un juego de presiones y retrocesos. Laura sintió el tejido de la camisa de Rafael contra su brazo desnudo, el algodón demasiado suave, demasiado caliente, como si él hubiera pasado horas bajo el sol. O como si el calor viniera de dentro.
—*No sabes nada de mí* —logró decir, pero su voz salió ronca, casi un susurro.
Rafael rio suavemente, un sonido que vibró contra su piel. —*Sé que estás contando los segundos hasta que este ascensor llegue a tu piso. Sé que estás intentando no pensar en lo que va a pasar cuando se abra la puerta. Y sé*—hizo una pausa, deliberada, torturante—*que estás imaginando cómo sería si te empujara contra esta pared ahora mismo*.
El corazón de Laura latió tan fuerte que estuvo segura de que él podía escucharlo. O tal vez era su propio cuerpo traicionándola, la forma en que sus pezones se endurecieron bajo la tela fina del vestido, la manera en que su respiración se volvió superficial, como si el aire en el ascensor se hubiera vuelto demasiado espeso para ser inhalado correctamente.
—*Eres insoportable* —dijo ella, pero no había enojo en su voz. Solo tensión. Y él lo sabía.
—*Y a ti te encanta* —respondió él, y entonces, finalmente, sus dedos rozaron los de ella. Un toque ligero, casi imperceptible, pero suficiente para hacer que todo su cuerpo se estremeciera.
El ascensor se detuvo de nuevo. Más personas salieron, y esta vez, cuando las puertas se cerraron, quedó claro que solo quedaban ellos dos y una pareja de ancianos en el rincón opuesto, absortos en su propia conversación. Laura sintió la mirada de Rafael sobre ella, quemando como un toque físico. Giró el rostro hacia él, desafiante, pero lo que vio en sus ojos la hizo contener la respiración.
Él no estaba bromeando.
Había algo depredador en la forma en que la observaba, como si estuviera memorizando cada detalle—el modo en que el labial rojo se había corrido ligeramente en la comisura de su boca, la manera en que un mechón de cabello caía sobre su hombro, el pulso visible en la base de su cuello. Laura sintió el calor subir a sus mejillas, pero no apartó la mirada. No podía.
—*Último piso* —anunció el ascensor, la voz metálica e impersonal.
Las puertas se abrieron con un *ding* suave, y Laura se movió para salir, pero Rafael le sujetó la muñeca. No con fuerza. Solo lo suficiente para hacerla detenerse.
—*¿Olvidaste algo?* —preguntó, la voz baja, los labios curvados en una sonrisa que no llegaba a los ojos.
Ella debería haber dicho que no. Debería haber tirado del brazo y seguido por el pasillo, las llaves de la habitación ya en la mano. Pero no lo hizo. En cambio, dejó que él la atrajera de vuelta al ascensor, las puertas cerrándose tras ellos con un suspiro mecánico.
—*¿Qué estás haciendo?* —preguntó, pero ya lo sabía.
Rafael no respondió. En su lugar, presionó el botón de emergencia, y el ascensor se detuvo con un sacudón. La alarma sonó por un segundo antes de que él la silenciara con un gesto rápido, y entonces quedaron allí, atrapados entre pisos, el silencio repentino tan denso que Laura podía escuchar la sangre latiendo en sus oídos.
—*Dije que estabas contando los segundos* —murmuró, dando un paso adelante. Ahora no había nadie más. Solo ellos. Solo el espacio estrecho, el olor de su perfume, el calor de su cuerpo tan cerca que podía sentir la vibración de su respiración—. *Y yo también*.
Laura no retrocedió. No podía. No quería. En cambio, levantó la barbilla, desafiándolo.
—*¿Y qué vas a hacer ahora, Rafael?*
Él sonrió, lento, peligroso. Y entonces, finalmente, la tocó.
No fue un beso. Todavía no. Fue algo más íntimo, más cruel. Sus dedos se deslizaron por su brazo, dejando un rastro de fuego en la piel, hasta llegar a su muñeca. La tomó, girando su mano hacia arriba, y entonces—Dios—entonces sus labios tocaron la palma de su mano, cálidos, húmedos, la lengua trazando un círculo lento en el centro antes de soplar suavemente sobre la piel mojada.
Laura gimió. No pudo evitarlo. El sonido escapó de ella como si tuviera vida propia, y Rafael levantó los ojos, los labios aún presionados contra su piel, como si estuviera saboreando su reacción.
—*Eso* —dijo, la voz ronca—. *Eso es lo que voy a hacer*.
Y entonces, antes de que ella pudiera responder, antes de que pudiera recuperar el aliento, la empujó contra la pared del ascensor. No con fuerza. No con violencia. Pero con una urgencia que hizo que todo su cuerpo se arqueara contra el de él, como si ya supiera lo que vendría después.
Las manos de Rafael se deslizaron por su cintura, atrayéndola más cerca, y esta vez no hubo espacio entre ellos. Ninguno. Podía sentir cada centímetro de él—el calor de su pecho, la presión de su muslo entre sus piernas, la dureza que crecía contra su cadera. Y entonces, finalmente, sus labios encontraron los de ella.
No fue un beso suave. No fue una pregunta. Fue una reivindicación. Su lengua invadió su boca con una urgencia que la dejó sin aliento, los dientes mordisqueando su labio inferior antes de que él retrocediera solo lo suficiente para susurrar:
—*Te deseo, Laura. Ahora. Aquí. Antes de que lleguemos a la habitación y vuelvas a ser la ejecutiva perfecta*.
Ella debería haber dicho que no. Debería haberlo empujado, presionado el botón de emergencia, salido de ese ascensor y seguido hacia su habitación como lo haría una mujer racional.
Pero Laura no era racional. No en ese momento.
En cambio, sus manos se enredaron en el cuello de su camisa, atrayéndolo más cerca, y cuando él la besó de nuevo, ella mordió su labio con la fuerza suficiente para hacerlo gemir.
El ascensor dio un sacudón, como si protestara por lo que ocurría dentro. Rafael rio contra su boca, el sonido vibrando entre ellos.
—*Parece que a alguien no le gusta que lo ignoren* —murmuró, pero no se detuvo. Sus manos se deslizaron hacia abajo, agarrando el dobladillo de su vestido, subiéndolo hasta que la tela se arremolinó en su cintura.
Laura arqueó la espalda, presionándose contra él, y cuando sus dedos encontraron el cierre de los pantalones de Rafael, él no la detuvo. No dijo nada. Solo la observó, los ojos oscuros de deseo, mientras ella lo liberaba, su mano envolviéndolo con firmeza.
—*Joder* —gimió él, la cabeza cayendo hacia atrás por un segundo antes de atraerla para otro beso, más desesperado esta vez.
El ascensor se balanceó de nuevo, y esta vez la alarma sonó, estridente, insistente. Rafael maldijo en voz baja, pero no se apartó. En cambio, sus dedos encontraron el elástico de su tanga, apartándola con un movimiento rápido, y entonces—
—*Rafael*—
No pudo terminar la frase. No cuando él la tocó, los dedos deslizándose entre sus piernas con una precisión que la hizo temblar. No cuando encontró el punto exacto que la hizo arquearse contra la pared, las uñas clavándose en sus hombros.
—*Shhh* —susurró él, la boca contra su oído—. *Nadie puede escucharnos*.
Y entonces la besó de nuevo, ahogando el gemido que escapó de ella cuando sus dedos comenzaron a moverse, lentos, deliberados, como si tuviera todo el tiempo del mundo.
La alarma del ascensor seguía sonando, una banda sonora disonante para lo que ocurría entre ellos. Laura sintió el orgasmo acercarse, rápido, implacable, y cuando él la mordió en el hombro, llegó con un grito ahogado, el cuerpo temblando contra el de él.
Rafael no se detuvo. No hasta que ella estuvo flácida en sus brazos, la respiración aún entrecortada, los labios hinchados por los besos.
—*Eso* —dijo, la voz ronca, satisfecha—. *Fue solo el principio*.
El ascensor se movió de nuevo, las puertas abriéndose con un *ding* triunfal. Rafael se apartó lo suficiente para acomodar su ropa, los dedos rozando su piel con una intimidad que la hizo estremecer. Laura lo observó, aún aturdida, mientras él presionaba el botón de su piso.
—*Vamos* —dijo, extendiendo la mano—. *Antes de que alguien decida llamar al mantenimiento*.
Ella dudó por un segundo, pero entonces colocó su mano en la de él. Los dedos de él se entrelazaron con los suyos, firmes, posesivos.
El pasillo estaba vacío cuando salieron, las luces del techo reflejándose en el piso de mármol como estrellas lejanas. Laura caminó junto a Rafael, el cuerpo aún hormigueando, la mente una maraña de sensaciones.
Y entonces, cuando llegaron a la puerta de su habitación, él se detuvo.
—*No voy a entrar* —dijo, la voz baja—. *Todavía no*.
Laura levantó una ceja, confundida.
—*¿Por qué?*
Rafael sonrió, lento, peligroso. —*Porque quiero que esperes. Que pienses en mí. Que imagines todas las cosas que voy a hacerte cuando finalmente estemos solos*.
Ella debería haberse enojado. Debería haber puesto los ojos en blanco, entrado en la habitación y cerrado la puerta en su cara.
Pero no lo hizo.
En cambio, se inclinó hacia adelante, los labios rozando su oído mientras susurraba:
—*Entonces será mejor que no tardes*.
Y entonces, antes de que él pudiera responder, entró en la habitación y cerró la puerta tras de sí.
Al otro lado, Rafael se quedó parado por un largo momento, los dedos tocando sus labios como si aún pudiera saborearla.
Y entonces, con una sonrisa satisfecha, se dio la vuelta y caminó hacia el bar del hotel.
La noche apenas comenzaba.
El bar del hotel era uno de esos lugares que existían para ser olvidados, pero que, por algún capricho del destino, terminaban convirtiéndose en escenarios de momentos inolvidables. La iluminación ámbar de las lámparas se derramaba sobre las mesas de madera oscura, creando charcos de luz dorada que danzaban al ritmo suave de un jazz instrumental. El aire olía a whisky añejo, cuero pulido y un toque sutil de perfume caro—ese tipo de fragancia que se aferra a la piel y no se va, como una promesa.
Rafael estaba sentado en uno de los taburetes altos, los codos apoyados en la barra, girando un vaso de cristal entre los dedos. El hielo ya se había derretido casi por completo, dejando el líquido ámbar más claro, más translúcido, como si el tiempo hubiera diluido no solo el hielo, sino también las barreras entre ellos. No miró hacia la puerta cuando Laura entró, pero supo que era ella por la forma en que el aire cambió. Más denso. Más eléctrico.
Ella se detuvo por un instante, ajustando la correa del bolso en el hombro, los ojos recorriendo el ambiente hasta encontrar los de él. No había sorpresa en su mirada, solo una especie de reconocimiento silencioso, como si ambos supieran que ese encuentro era inevitable desde el momento en que habían abordado el avión. Laura caminó hacia él con la misma elegancia controlada de siempre, pero había algo diferente en sus movimientos—una fluidez nueva, como si el vino de la noche anterior aún corriera por sus venas, o tal vez fuera solo la anticipación.
—Tardaste —dijo Rafael, empujando el segundo vaso hacia ella. Era un bourbon, exactamente como a ella le gustaba: fuerte, con un toque de vainilla y humo.
—Estaba terminando un informe —respondió ella, deslizándose en el taburete a su lado—. Y ya sabes cómo son estas cosas. Cuando empiezas, no puedes parar.
—Ah, sé muy bien cómo es no poder parar —murmuró él, los labios curvándose en una sonrisa lenta mientras sus ojos recorrían el escote sutil de su vestido, la tela azul marino que abrazaba sus curvas como si hubiera sido hecha para eso.
Laura no apartó la mirada. En cambio, llevó el vaso a los labios y tomó un sorbo, dejando que el líquido quemara su garganta antes de responder.
—Siempre hablas como si supieras exactamente lo que estoy pensando.
—Y tú siempre actúas como si no lo supieras —replicó él, inclinándose ligeramente hacia adelante, lo suficiente para que el olor de su colonia—algo cítrico, con un fondo amaderado—invadiera el espacio entre ellos—. Pero los dos sabemos que no es verdad.
Ella rio, un sonido bajo y ronco, y negó con la cabeza.
—Eres insoportable.
—Y a ti te encanta.
Laura no lo negó. En cambio, tomó otro sorbo de bourbon, dejando que el calor se extendiera por su pecho, relajando músculos que ni siquiera sabía que estaban tensos. La reunión había sido una pesadilla: números, proyecciones, miradas desconfiadas de clientes que no querían confiar en una mujer tan joven en un puesto de liderazgo. Pero allí, en ese bar casi vacío, con Rafael a su lado, todo parecía más ligero.
—¿Cómo fue la reunión? —preguntó él, como si hubiera leído sus pensamientos.
—Agotadora. —Suspiró, pasando los dedos por el tallo del vaso—. Pero creo que logramos cerrar el trato.
—Claro que lo lograron. Eres buena en lo que haces.
—No es solo eso. —Laura lo miró, los ojos oscuros brillando bajo la luz ámbar—. Tú también lo eres.
Rafael levantó una ceja, sorprendido.
—¿Eso fue un cumplido?
—No te acostumbres.
Él rio, y el sonido vibró entre ellos, cálido e íntimo. Laura sintió un escalofrío recorrer su espalda, pero no retrocedió. En cambio, se acercó un poco más, las rodillas casi rozando las de él.
—¿Siempre has sido así? —preguntó ella, de repente—. ¿O solo conmigo?
—¿Así cómo?
—Tan... —Hizo una pausa, buscando la palabra correcta—. Tan seguro. Como si supieras que, sin importar lo que pase, las cosas saldrán bien.
Rafael se quedó en silencio por un momento, girando el vaso entre los dedos antes de responder.
—No es seguridad. Es solo que aprendí a no perder el tiempo con lo que no vale la pena.
—¿Y yo valgo la pena?
Él la miró, los ojos verdes oscureciéndose bajo la luz tenue.
—Sabes que sí.
Laura sintió el corazón acelerarse, pero no apartó la mirada. En cambio, extendió la mano y tocó el dorso de la de él, los dedos rozando la piel cálida, los vellos finos que se erizaban bajo su toque.
—Entonces demuéstralo.
Rafael no se movió. No de inmediato. Por un segundo, solo la miró, como si estuviera evaluando hasta dónde estaba dispuesta a llegar. Luego, lentamente, giró la mano y entrelazó los dedos con los de ella, atrayéndola más cerca.
—¿Quieres que te demuestre? —murmuró, la voz baja, áspera—. ¿O quieres que te muestre?
Laura no respondió. En cambio, se inclinó hacia adelante, los labios casi tocando los de él, pero sin cerrar la distancia.
—Las dos cosas.
El beso, cuando ocurrió, no fue suave. No fue vacilante. Fue como si todo el deseo reprimido, todas las palabras no dichas, todas las noches en que se habían imaginado así finalmente explotaran en un solo momento. Los labios de Rafael eran cálidos, exigentes, y cuando su lengua encontró la de ella, Laura gimió suavemente, un sonido que se perdió entre ellos, ahogado en el ritmo acelerado de sus corazones.
Él la atrajo más cerca, una mano sosteniendo su nuca, la otra deslizándose por la curva de su espalda, como si quisiera memorizar cada centímetro de ella. Laura correspondió con la misma intensidad, las uñas clavándose en la tela de su camisa, atrayéndolo más cerca, como si pudiera fusionar sus cuerpos allí mismo, en medio del bar.
Cuando se separaron, ambos estaban sin aliento. Rafael apoyó la frente contra la de ella, los ojos cerrados, como si estuviera intentando controlarse.
—Eso —murmuró— fue un error.
Laura rio, sin aliento.
—Entonces, ¿por qué se siente tan bien?
Él no respondió. En cambio, la besó de nuevo, más despacio esta vez, como si quisiera saborear cada segundo. Cuando se apartó, sus labios estaban rojos, húmedos, y Laura sintió una ola de calor recorrer su cuerpo.
—Vamos a mi habitación —susurró ella.
Rafael dudó. Por un segundo, Laura pensó que iba a negarse, que la realidad se interpondría entre ellos como siempre ocurría. Pero entonces sonrió, lento y peligroso, y tomó su mano.
—Todavía no.
Ella frunció el ceño.
—¿Qué?
—Ya me escuchaste.
Laura debería haberse enojado. Debería haber retirado la mano y haberse ido. Pero no lo hizo. En cambio, se inclinó hacia adelante, los labios rozando su oído mientras susurraba:
—Entonces será mejor que tengas una buena razón.
Rafael rio, bajo y ronco, y la atrajo para otro beso, este más corto, más urgente.
—Confía en mí.
Y, por primera vez en mucho tiempo, Laura se dio cuenta de que confiaba.
La puerta de la habitación de Laura se cerró con un clic suave, ahogado por el peso del silencio que los envolvía. El pasillo del hotel, antes iluminado por luces doradas y alfombras gruesas, desapareció tras ellos como un sueño interrumpido. Ahora, solo quedaba el espacio entre los dos—el aire cargado de promesas, el sonido de las respiraciones aceleradas, el roce de las telas mientras Rafael la atraía contra sí, las manos firmes en su cintura.
Laura apenas tuvo tiempo de procesar la sensación del cuerpo de él presionado contra el suyo antes de que sus labios encontraran los de ella nuevamente. Esta vez, no hubo vacilación, no hubo juego. Era hambre pura, un deseo que ardía bajo la piel, latiendo en cada terminación nerviosa. Las manos de Rafael se deslizaron por su espalda, atrayéndola más cerca, como si quisiera fundirla consigo mismo. Laura gimió contra su boca, los dedos enredándose en el cuello de su camisa, sintiendo el calor que emanaba de su pecho a través de la tela fina.
—¿Tienes idea de cuánto he querido esto? —la voz de Rafael era un gruñido bajo, ronco, mientras sus labios descendían por su cuello, dejando un rastro de fuego—. Desde la primera mirada en ese maldito avión.
Laura arqueó el cuerpo, ofreciéndose, las uñas clavándose levemente en sus hombros. El perfume de él—algo amaderado, con un toque de especias—se mezclaba con el olor de su propio deseo, creando una niebla intoxicante. Apenas podía pensar, apenas podía respirar. Cada toque, cada susurro, era una chispa que amenazaba con consumirla por completo.
—Yo también —admitió, la voz temblorosa—. Pero nunca pensé que...
—¿Que qué? —Rafael interrumpió, levantando la cabeza para mirarla. Sus ojos brillaban, oscuros e intensos, como si pudieran ver a través de ella—. ¿Que yo fuera tan idiota como para dejar que esto pasara?
Laura rio, un sonido corto y sin aliento.
—Que *yo* lo fuera.
Él no respondió con palabras. En cambio, tomó su rostro entre las manos y la besó de nuevo, más despacio esta vez, como si quisiera memorizar cada detalle—el sabor del vino aún presente en sus labios, la suavidad de su piel, la forma en que se derretía contra él. Laura sintió que el mundo giraba, el suelo desapareciendo bajo sus pies. Cuando Rafael la levantó en brazos, no protestó. Envolvió las piernas alrededor de su cintura, sintiendo la dureza de su deseo presionando contra ella, incluso a través de las capas de ropa.
La habitación era un borrón de luces suaves y sombras largas. Rafael la llevó hasta la cama, depositándola sobre las sábanas de algodón egipcio con una delicadeza que contrastaba con la urgencia de los besos. Laura se apoyó en los codos, observando mientras él se alejaba por un segundo, solo lo suficiente para quitarse el saco y la corbata. Los movimientos eran lentos, deliberados, como si se estuviera desvistiendo para ella—y solo para ella.
—Eres hermosa —murmuró, los dedos trabajando en los botones de la camisa—. Pero ya lo sabía.
Laura sintió el rostro arder, pero no apartó la mirada. En cambio, se incorporó, arrodillándose en la cama, y extendió la mano para ayudarlo. Sus dedos temblaban levemente mientras desabotonaba la camisa, revelando el pecho definido, la piel bronceada marcada por algunas cicatrices—vestigios de una vida que ella aún no conocía. Rafael contuvo la respiración cuando las manos de ella se deslizaron sobre su abdomen, explorando cada músculo, cada curva.
—Y tú —susurró ella, inclinándose para besar su pecho— eres insoportablemente sexy.
Rafael gimió, las manos enredándose en su cabello, atrayéndola más cerca. Laura sintió el sabor salado de su piel, el olor del jabón mezclado con el sudor, con el deseo. Era embriagador. Bajó los besos por su pecho, por las costillas, sintiendo cómo los músculos se contraían bajo sus labios. Cuando llegó al cinturón de su pantalón, lo miró, los ojos entrecerrados, una pregunta silenciosa.
Rafael no necesitó palabras. Solo asintió, la respiración entrecortada.
Laura desabrochó su pantalón con manos firmes, bajándolo junto con los calzoncillos. Su miembro saltó libre, duro y palpitante, y ella no resistió el impulso de envolver los dedos alrededor de él, sintiendo la textura sedosa, el calor. Rafael maldijo en voz baja, las caderas moviéndose instintivamente contra su mano.
—Joder, Laura...
Ella sonrió, satisfecha con el efecto que causaba. Se inclinó hacia adelante, los labios rozando la punta, sintiendo el sabor salado. Rafael gimió más fuerte, las manos enredándose en las sábanas mientras ella lo llevaba a su boca, lenta, deliberadamente. Cada movimiento era una provocación, cada succión una invitación. Quería volverlo loco, quería sentir cómo el control se le escapaba entre los dedos.
—Basta —gruñó él, atrayéndola hacia arriba con un movimiento brusco. Laura rio, pero el sonido murió en su garganta cuando él la empujó de vuelta a la cama, inmovilizándola bajo su cuerpo—. Mi turno.
Sus manos eran implacables. Se deslizaron por su cuerpo, desabrochando la blusa con una precisión que la dejó sin aliento. Cuando el sujetador fue descartado, Rafael no perdió tiempo. Bajó la cabeza, los labios cerrándose alrededor de un pezón, succionando con fuerza. Laura arqueó la espalda, un grito ahogado escapando de sus labios mientras él alternaba entre los senos, los dientes rozando levemente, la lengua aliviando el dolor.
—Rafael... —gimió, las uñas clavándose en su espalda.
Él no respondió. En cambio, bajó los besos por su cuerpo, deteniéndose solo para desabrochar la falda, bajándola junto con la tanga. Laura quedó completamente desnuda bajo su mirada, expuesta, vulnerable. Pero no había vergüenza. Solo deseo.
Rafael se arrodilló entre sus piernas, las manos deslizándose por sus muslos, abriéndola más. Laura sintió el aire frío de la habitación contra su piel húmeda, pero entonces la boca de él estaba allí, cálida y húmeda, y no pudo pensar en nada más. Su lengua era implacable, explorando, provocando, llevándola al borde del abismo. Laura se aferró a las sábanas, las caderas moviéndose instintivamente contra su rostro, buscando más, siempre más.
—Eso... —susurró, la voz quebrada—. No pares...
Rafael obedeció. Aumentó el ritmo, los dedos uniéndose a su boca, penetrándola lentamente mientras la lengua continuaba su trabajo. Laura sintió el orgasmo acercarse, una ola de placer que amenazaba con tragársela por completo. Cuando llegó, fue con un grito ahogado, el cuerpo temblando, los músculos contrayéndose alrededor de sus dedos.
Rafael no se detuvo. Continuó hasta que ella estuvo completamente exhausta, los gemidos convirtiéndose en suspiros, el cuerpo laxo bajo el suyo. Solo entonces se incorporó, los labios brillantes, los ojos oscuros de deseo.
—Todavía no he terminado contigo —murmuró, inclinándose para besarla.
Laura sintió el sabor de sí misma en sus labios, dulce y salado, y gimió contra su boca. Sus manos se deslizaron por su cuerpo, desesperadas, necesitando sentirlo dentro de ella. Rafael no la hizo esperar. Con un movimiento rápido, se quitó lo que quedaba de su ropa y se posicionó entre sus piernas, la punta de su miembro rozando su entrada.
—¿Estás segura? —preguntó, la voz tensa.
Laura no respondió con palabras. En cambio, envolvió las piernas alrededor de su cintura y lo atrajo hacia su interior con un movimiento brusco. Ambos gimieron cuando él la llenó por completo, la sensación de plenitud casi demasiado para soportar. Rafael comenzó a moverse, lento al principio, cada embestida profunda, deliberada. Laura se aferró a él, las uñas marcando su espalda, las caderas levantándose para encontrar cada movimiento.
—Más rápido —pidió, la voz ronca.
Rafael obedeció. Aumentó el ritmo, los cuerpos chocando en un ritmo frenético, el sonido de la piel contra la piel resonando en la habitación. Laura sintió el placer construyéndose de nuevo, más intenso esta vez, más urgente. Los gemidos de Rafael se mezclaban con los suyos, los cuerpos sudorosos, los movimientos cada vez más descontrolados.
—Voy a... —logró decir, las palabras perdiéndose en un gemido.
—Córrete conmigo —gruñó Rafael, los dedos enterrándose en sus caderas, atrayéndola con más fuerza contra sí.
Y entonces ocurrió. El orgasmo la golpeó como una ola, arrastrándola a un mar de placer donde nada más importaba. Rafael la siguió segundos después, el cuerpo estremeciéndose mientras se derramaba dentro de ella, los gemidos ahogados contra su cuello.
Por un largo momento, no hubo sonido más allá de las respiraciones entrecortadas, los corazones latiendo al unísono. Rafael se desplomó sobre ella, el peso de su cuerpo un consuelo inesperado. Laura pasó los dedos por su cabello, sintiendo el sudor, el calor, la realidad infiltrándose lentamente en la niebla del placer.
—Eso fue... —comenzó, pero las palabras le fallaron.
—Ya lo sé —murmuró Rafael, levantando la cabeza para besarla suavemente—. Yo también.
Laura sonrió, pero entonces sus ojos se desviaron hacia el reloj en la mesilla de noche. La luz tenue iluminaba los números digitales: 3:47 AM. La conferencia comenzaría en pocas horas. La realidad, después de todo, no podía ser ignorada para siempre.
Rafael siguió su mirada y suspiró, rodando hacia un lado, pero atrayéndola consigo, de modo que ella quedó acurrucada contra su pecho.
—No pienses en eso ahora —murmuró, los dedos trazando círculos perezosos en su espalda.
Laura cerró los ojos, dejándose llevar por el calor de su cuerpo, por el sonido de su respiración, por el olor que ahora era una mezcla de ambos. Pero, incluso mientras se entregaba al momento, una parte de ella ya lo sabía.
Al día siguiente, todo sería diferente.
La luz de la mañana se filtraba por las rendijas de las cortinas pesadas, pintando franjas doradas sobre la piel de Laura. Se despertó lentamente, como si emergiera de un sueño profundo, los músculos aún relajados por el cansancio delicioso de la noche anterior. El cuerpo de Rafael estaba cálido contra el suyo, un brazo pesado sobre su cintura, la respiración lenta y regular contra su nuca. Por un instante, se quedó inmóvil, absorbiendo la sensación—el peso reconfortante, el olor a sexo y sueño mezclado con el perfume cítrico que él usaba, el leve hormigueo en la piel donde sus dedos habían dejado marcas.
Entonces, él se movió. Un suspiro somnoliento, los labios rozando su hombro en un beso perezoso.
—Buenos días —murmuró, la voz ronca de sueño.
Laura se giró lentamente, encontrando su rostro a centímetros del suyo. Los ojos de Rafael estaban entreabiertos, pero había un brillo en ellos, algo entre diversión y un hambre que ella reconocía. Él pasó la mano por su cadera, atrayéndola más cerca, y ella no se resistió. La sábana se deslizó, revelando sus senos desnudos, los pezones aún sensibles al toque del aire fresco de la habitación.
—¿Dormiste bien? —preguntó él, los dedos trazando círculos lentos en la curva de su cintura.
—Mejor que en meses —admitió, arqueando ligeramente la espalda cuando su mano se deslizó hacia abajo, entre sus muslos. Un gemido bajo escapó de sus labios antes de que pudiera contenerlo.
Rafael sonrió, satisfecho, e inclinó la cabeza para capturar su boca en un beso lento, profundo. El sabor a café aún no estaba allí, solo el sabor salado de la noche anterior, mezclado con el aliento matutino. Laura enredó los dedos en su cabello, atrayéndolo más cerca, como si pudiera fusionar sus cuerpos nuevamente solo con la fuerza del deseo. Pero entonces, el sonido lejano de una puerta cerrándose en el pasillo la trajo de vuelta a la realidad.
Se apartó, respirando hondo.
—Tenemos que levantarnos —dijo, aunque cada célula de su cuerpo protestaba.
Rafael no respondió de inmediato. En cambio, rozó la nariz contra su cuello, inhalando profundamente, como si quisiera memorizar el olor de su piel en ese momento. Luego, rodó hacia un lado, apoyándose en un codo.
—¿Estás segura? —preguntó, los ojos recorriendo su cuerpo con una lentitud deliberada—. Todavía tenemos tiempo.
Laura mordió el labio, sintiendo el calor extenderse entre sus piernas. Pero negó con la cabeza.
—La conferencia empieza en dos horas. Y necesito una ducha.
Rafael suspiró, pero no insistió. En cambio, se levantó con un movimiento fluido, estirando los brazos por encima de la cabeza. Laura no pudo evitar admirar la línea de los músculos en su espalda, la forma en que la luz de la mañana delineaba cada curva. Él se giró, recogiendo el pantalón del suelo, y ella apartó la mirada, de repente consciente de su propia desnudez.
—Voy a pedir café —dijo él, poniéndose la camisa con movimientos rápidos—. ¿Quieres algo en específico?
—Café negro. Y tostadas —respondió ella, tirando de la sábana para cubrir sus senos.
—Claro —dijo Rafael, inclinándose para besarla una vez más, rápido e intenso—. No tardes.
Cuando la puerta se cerró tras él, Laura soltó el aire que ni siquiera se había dado cuenta de que estaba conteniendo. Se levantó lentamente, sintiendo el peso de su cuerpo, el leve dolor entre las piernas—un recordatorio físico de lo que había sucedido. En el baño, abrió la ducha y dejó que el agua caliente corriera sobre su piel, intentando lavar la sensación de que estaba al borde de algo peligroso.
Pero el agua no se llevó la memoria de los toques de Rafael, ni la forma en que la miraba, como si ella fuera lo único que importaba en ese momento.
Cuando salió del baño, envuelta en un albornoz esponjoso, encontró a Rafael sentado en la mesa de la esquina, con dos tazas de café y un plato de tostadas. Se había puesto el saco del traje, pero la corbata estaba floja, los primeros botones de la camisa abiertos. Laura sintió un apretón en el pecho al verlo así—desaliñado, íntimo, como si ese momento fuera solo de ellos.
—¿Mejor? —preguntó él, empujando una taza hacia ella.
—Un poco —admitió, sentándose frente a él. El café estaba fuerte, exactamente como le gustaba—. Gracias.
Rafael la observó por un momento, los ojos oscuros evaluando.
—Estás pensando demasiado —dijo, finalmente.
Laura levantó una ceja.
—No es exactamente fácil no pensar después de lo que pasó.
—¿Por qué? —preguntó él, inclinándose hacia adelante, los codos apoyados en la mesa—. ¿No fue bueno?
—Fue... —Hizo una pausa, buscando la palabra correcta—. Intenso. Pero eso no cambia el hecho de que trabajamos juntos. Y que esto no puede volver a pasar.
Rafael sonrió, lento y peligroso.
—¿Quién dijo que no puede?
Laura abrió la boca para responder, pero las palabras murieron en su garganta. Porque, en el fondo, no estaba segura de querer que aquello fuera un error. No cuando cada célula de su cuerpo aún vibraba con el recuerdo de su toque.
—Rafael... —comenzó, pero él la interrumpió.
—No nos arrepintamos —dijo, la voz firme—. No finjamos que esto fue un error. Fue lo que fue. Y fue bueno.
Laura bajó los ojos hacia la taza, las manos envolviendo la porcelana caliente.
—¿Y después? —preguntó, finalmente—. ¿Cuando volvamos?
Rafael extendió la mano, tocando su muñeca con los dedos.
—Después, ya veremos —dijo, simple—. Pero no arruinemos esto ahora.
Laura lo miró, a la sinceridad en sus ojos oscuros, y algo dentro de ella se soltó. Tal vez él tenía razón. Tal vez, por primera vez en mucho tiempo, podía simplemente dejar que las cosas pasaran, sin planear, sin controlar.
—Está bien —murmuró, girando la mano para entrelazar los dedos con los de él—. Sin arrepentimientos.
Rafael sonrió, levantándose y atrayéndola hacia sí. El albornoz se abrió ligeramente, y él no perdió la oportunidad de deslizar la mano por la piel expuesta, haciéndola estremecer.
—Sin arrepentimientos —repitió, antes de besarla de nuevo.
Esta vez, Laura no se resistió. Envolvió los brazos alrededor de su cuello, dejándose llevar por el calor del momento, por el sabor del café y el deseo mezclados. Cuando se separaron, ambos estaban sin aliento.
—Tenemos que irnos —dijo ella, pero no hizo ningún movimiento para apartarse.
—Ya lo sé —respondió Rafael, pero sus dedos continuaron trazando patrones en su piel, como si no pudiera parar.
Finalmente, Laura se soltó, tomando la ropa que había separado para el día. Rafael la observó vestirse, la mirada intensa, como si quisiera memorizar cada detalle. Cuando terminó, él se acercó, ajustando el cuello de su blusa con un gesto casi posesivo.
—Estás hermosa —dijo, en voz baja.
Laura sonrió, sintiendo el rubor subir a sus mejillas.
—Gracias.
Rafael le tomó la barbilla, inclinando su rostro para un último beso—esta vez, suave, casi dulce.
—Vamos —dijo, finalmente, dando un paso atrás—. Antes de que cambie de opinión y cierre la puerta con llave.
Laura rio, tomando su bolso.
—Promesas, promesas.
Salieron de la habitación juntos, los pasos sincronizados, como si ya se conocieran desde hacía años. En el ascensor, Rafael rozó los dedos con los de ella, un toque rápido, casi imperceptible. Laura no se apartó.
Cuando las puertas se abrieron en el vestíbulo, encontraron a colegas de trabajo conversando cerca de la recepción. Laura sintió un frío en el estómago, pero Rafael solo sonrió, como si nada hubiera cambiado.
—Buenos días, Laura —dijo, la voz perfectamente profesional—. ¿Lista para la conferencia?
Ella asintió, siguiendo el juego.
—Claro.
Mientras caminaban hacia el salón de eventos, Laura sintió el peso de su mirada sobre ella, como una promesa silenciosa. Sabía que, cuando el viaje terminara, las cosas no serían las mismas. Pero, por primera vez en mucho tiempo, eso no la asustaba.
Porque, al fin y al cabo, algunas cosas valían la pena. Aunque fueran solo entre sábanas y husos horarios.