Entre Sábanas de Seda

Por Tonkix
Entre Sábanas de Seda
**Entre Sábanas de Seda** El ascensor subió en silencio, como si flotara entre pisos, y Clara sintió el peso del momento presionando sus hombros. Las puertas de acero cepillado se abrieron con un *clic* suave, revelando un pasillo iluminado por luces indirectas, tan discretas que parecían pintadas a mano. El suelo de mármol negro reflejaba el brillo ámbar de las lámparas, y el aire olía a madera de sándalo y algo más—un perfume masculino, tal vez, o solo la promesa de lo que estaba por venir. Ella ajustó el asa del bolso de cuero italiano en su hombro, los dedos rozando la tela suave del vestido de seda negra. El modelo era profesional, pero el escote discreto y la abertura lateral que subía hasta el muslo habían sido elecciones deliberadas. No es que lo admitiera ante sí misma. *Solo una cena de negocios*, se había repetido mentalmente durante toda la noche, mientras Rafael deslizaba el pie bajo la mesa, rozando su pantorrilla, y ella fingía no notarlo. Mientras él inclinaba el cuerpo para susurrarle algo sobre "plazos ajustados" y "reuniones a puerta cerrada", y ella sentía el aliento cálido contra su oreja, cargado de vino tinto e intenciones. Ahora, parada frente a la puerta del número 1203, Clara dudó. El sonido de la música clásica—un violín, tal vez Bach—se filtraba por las rendijas, amortiguado por el aislamiento acústico del apartamento. Respiró hondo, sintiendo el aroma de su propio perfume, *La Nuit Trésor*, mezclado con el nerviosismo que subía por su garganta. *Última oportunidad para echarse atrás*, pensó. Pero entonces la puerta se abrió antes incluso de que tocara el timbre. Rafael estaba allí, recostado en el marco, los brazos cruzados sobre el pecho amplio cubierto por una camisa blanca de vestir, las mangas dobladas hasta los codos, revelando antebrazos fuertes y venas ligeramente marcadas. El primer botón de la camisa estaba abierto, dejando al descubierto la base del cuello, donde una cadena fina de plata descansaba contra la piel bronceada. Sus ojos—verdes, intensos, como dos esmeraldas bajo la luz—recorrieron su cuerpo en una evaluación lenta, deliberada, antes de encontrarse con los suyos. —Llegaste temprano —dijo él, la voz ronca, como si acabara de despertar. O como si la hubiera estado esperando durante horas. Clara alzó la barbilla, fingiendo indiferencia. —Dijiste que el proyecto era urgente. Una sonrisa lenta se dibujó en los labios de él, ese tipo de sonrisa que prometía cosas que los contratos jamás se atreverían a mencionar. —Urgente, sí. —Se apartó de la puerta, haciendo un gesto para que entrara—. Pero no creo que sea *solo* el proyecto lo que te trajo aquí. Ella pasó junto a él, rozando levemente su brazo con el suyo, y sintió el calor de su piel a través de la tela de la camisa. El apartamento era exactamente como lo había imaginado: amplio, minimalista, con paredes de hormigón visto y muebles de diseño escandinavo. Una pared entera de cristal revelaba la ciudad iluminada, los edificios parpadeando como estrellas caídas, y el reflejo de ambos—ella, elegante y contenida; él, relajado y peligrosamente cómodo—flotaba en la superficie oscura. —¿Vino? —preguntó Rafael, ya caminando hacia la cocina abierta, donde una botella de *Château Margaux* respiraba sobre la encimera de mármol. Clara dejó el bolso sobre el sofá de lino beige y cruzó los brazos, más para sujetarse que por cualquier otra razón. —Depende. ¿Vas a mostrarme los bocetos del proyecto o solo vas a seguir provocándome? Él rio, un sonido bajo y vibrante que hizo que algo dentro de ella se contrajera. —Los bocetos están sobre la mesa de centro. —Sirvió dos copas, los dedos largos envolviendo los tallos con una elegancia casi obscena—. Pero la provocación es inevitable cuando entras aquí luciendo… así. Ella aceptó la copa, los dedos rozando los suyos un segundo más de lo necesario. El vino era corpulento, con notas de cassis y vainilla, y dejó que el líquido se deslizara por su lengua antes de responder: —¿Así cómo? Rafael se acercó, el cuerpo casi tocando el suyo, e inclinó la cabeza, como si estudiara un enigma. —Como si supieras exactamente lo que me estás haciendo. —Extendió la mano, los dedos trazando una línea imaginaria desde su hombro hasta la muñeca, donde la piel se erizó bajo su tacto—. Como si hubieras pasado toda la noche pensando en cómo sería cuando finalmente estuviéramos a solas. Clara no retrocedió. En cambio, alzó la copa a los labios y bebió un sorbo lento, los ojos fijos en los de él por encima del borde de cristal. —¿Y cómo sería? —preguntó, la voz apenas un hilo por encima de un susurro. Rafael sonrió, pero no respondió. En su lugar, tomó la copa de su mano y la dejó junto a la suya sobre la mesa. El gesto fue deliberado, íntimo. Cuando volvió a mirarla, sus ojos estaban más oscuros, más hambrientos. —Quieres ver los bocetos —dijo, la voz áspera—. ¿O prefieres que te muestre otra cosa? El aire entre ellos se espesó, cargado de electricidad. Clara sintió el corazón latir en su garganta, las manos húmedas de anticipación. Sabía lo que estaba a punto de suceder. Sabía que, una vez cruzada esa línea, no habría vuelta atrás. Y, Dios, cómo deseaba cruzarla. Pero antes de que pudiera responder, Rafael se acercó aún más, hasta que sus cuerpos estuvieron separados solo por el calor del vino y la promesa de lo que vendría después. Inclinó la cabeza, los labios casi tocando su oreja, y susurró: —Porque puedo mostrarte las dos cosas. Y entonces, sin aviso, su mano se deslizó por su cintura, atrayéndola contra sí, y Clara supo que no habría más excusas. No habría más cenas de negocios. Solo ellos, la noche y el apartamento lujoso que, de repente, parecía demasiado pequeño para contener todo lo que estaba a punto de suceder. El ascensor de mármol negro subió en silencio, como si hasta los cables de acero respetaran el peso de lo que estaba por venir. Clara ajustó el asa del bolso en su hombro, los dedos temblorosos rozando el cuero italiano suave. La puerta se abrió con un *ding* discreto, revelando el pasillo iluminado por lámparas de luz ámbar, que bañaban las paredes en tonos dorados. Inspiró hondo, sintiendo el perfume de Rafael incluso antes de verlo—una mezcla de sándalo, tabaco y algo más oscuro, más íntimo, como el olor de la piel caliente. Él estaba parado frente a la puerta del apartamento, una silueta esculpida contra la penumbra del vestíbulo. Una camisa blanca, abierta en el cuello, dejaba entrever la clavícula prominente, y las mangas arremangadas revelaban antebrazos fuertes, marcados por venas que Clara imaginó trazando con la punta de la lengua. Sus ojos, ya fijos en ella, eran dos pozos de obsidiana, reflejando la luz como si estuvieran en llamas. —Tardaste —dijo Rafael, la voz baja, ronca. No era una acusación. Era una invitación. Clara sonrió, intentando disimular el temblor en sus piernas. —El tráfico. Pero valió la pena. Él no se movió. Solo la observó, como si pudiera desnudarla con la mirada, y Clara sintió el vestido de seda pegarse a su piel, de repente demasiado caliente. La tela, antes cómoda, ahora parecía una segunda capa de nerviosismo, cada hilo rozando sus pezones endurecidos. Rafael extendió la mano, y ella la tomó, sorprendida por el calor que emanaba de su palma. Los dedos se entrelazaron, firmes, posesivos, y cuando la atrajo hacia adentro, Clara sintió que el mundo se inclinaba. El apartamento era un estudio de lujo y minimalismo—paredes de hormigón visto, muebles de líneas limpias, ventanas del suelo al techo que enmarcaban la ciudad como un cuadro vivo. Pero Clara apenas registró los detalles. Su atención estaba enteramente en él, en la forma en que los músculos de la espalda de Rafael se contraían bajo la tela de la camisa mientras cerraba la puerta, en el sonido amortiguado del pestillo encajando, como un punto final a cualquier pretensión de profesionalismo que aún quedara. —¿Vino? —preguntó él, ya caminando hacia la cocina abierta, donde una botella de tinto respiraba sobre la encimera de granito. Clara asintió, pero no pudo responder. La garganta estaba seca, las palabras atrapadas entre el deseo y el miedo de lo que vendría después. Lo siguió, los tacones hundiéndose en la alfombra persa, y se detuvo a unos pasos de distancia, observando mientras él servía dos copas con la precisión de quien conoce cada movimiento, cada ángulo. El líquido rubí oscuro danzaba en los cristales, y cuando Rafael se volvió, ofreciéndole una de las copas, sus dedos rozaron los de ella. Fue un toque leve, casi accidental. Pero fue suficiente para que Clara sintiera una corriente eléctrica recorrer su brazo, bajando por su columna y alojándose entre sus piernas. Mordió el labio inferior, intentando contener el escalofrío, pero Rafael lo notó. Por supuesto que lo notó. Sus ojos se oscurecieron aún más, las pupilas dilatadas devorando casi todo el marrón de sus iris. —Estás nerviosa —murmuró él, acercándose un paso. —No —mintió Clara, la voz quebrándose. Rafael sonrió, una sonrisa lenta, peligrosa. —Entonces, ¿por qué muerdes el labio como si quisieras que te besara? Ella soltó una risa temblorosa, llevando la copa a los labios. El vino era corpulento, con notas de cereza y especias, y bajó quemando por su garganta, encendiendo un fuego que ya ardía bajo en su vientre. —Tal vez porque sé que estás pensando lo mismo. —Ah, Clara —suspiró él, como si su nombre fuera una confesión—. Estoy pensando en muchas cosas. Dio otro paso, y ahora estaban lo suficientemente cerca como para que ella sintiera el calor de su cuerpo, para que el olor de su piel mezclado con el vino la envolviera como una niebla. Rafael alzó la mano libre, y por un segundo, Clara pensó que la tocaría. Pero solo sostuvo su copa, los dedos rozando los suyos de nuevo, deliberadamente lentos. Luego, con un movimiento casi imperceptible, se inclinó hacia adelante y susurró: —Sobre todo, en cómo gemirás cuando finalmente te toque. El aire escapó de los pulmones de Clara en un suspiro entrecortado. Sintió las piernas flaquear, el cuerpo entero reaccionando a la promesa en su voz, a la forma en que las palabras parecían deslizarse sobre su piel como dedos. Rafael no esperó una respuesta. En su lugar, llevó la copa a los labios y bebió, los ojos nunca apartándose de los de ella, como si la estuviera probando a través del vino. —Eres cruel —logró decir, la voz ronca. —Y a ti te gusta —replicó él, dejando las copas sobre la encimera con un tintineo suave—. No finjas que no. Clara no lo negó. No podía. Porque era verdad. Cada mirada, cada toque, cada palabra cargada de doble sentido la dejaba más mojada, más desesperada. Quería negarlo, quería mantener la fachada de profesionalismo, pero su cuerpo traicionaba cada intención. Los pezones estaban duros, presionando contra la tela del vestido, y entre los muslos, sentía la humedad acumulándose, el deseo latiendo en un ritmo primitivo. Rafael se acercó aún más, hasta que sus cuerpos estuvieron separados solo por un hilo de aire. Alzó la mano de nuevo, pero esta vez no dudó. Los dedos rozaron su brazo, subiendo despacio, como si estuviera memorizando la textura de su piel, el contorno de los músculos tensos. Clara contuvo la respiración, el corazón latiendo tan fuerte que estaba segura de que él podía oírlo. Cuando su mano llegó al hombro, los dedos se enredaron en la tela del tirante del vestido, tirando de él levemente hacia abajo. —Rafael… —su nombre salió como un ruego, una súplica. —¿Qué? —murmuró él, inclinándose para que sus labios casi tocaran su oreja—. ¿Quieres que me detenga? Clara cerró los ojos, sintiendo su aliento cálido contra la piel. —No. —Entonces dime qué quieres. Ella abrió los ojos, encontrando su mirada, oscura y hambrienta. —Quiero que me beses. Por un segundo, solo hubo silencio. Luego, Rafael sonrió, una sonrisa lenta, triunfal. —Por fin. Y antes de que ella pudiera reaccionar, la atrajo hacia sí, una mano en su cintura, la otra enredada en su cabello, y sus labios se encontraron en un beso que no era suave, ni vacilante. Era urgente, hambriento, como si ambos estuvieran muriendo de sed y solo ahora hubieran encontrado agua. Clara gimió contra su boca, las manos subiendo para agarrar sus hombros anchos, las uñas clavándose en la tela de la camisa. Rafael la empujó contra la encimera, el cuerpo presionando el suyo, y Clara sintió su erección contra el vientre, dura, insistente. El beso se profundizó, lenguas enredándose, dientes mordisqueando, y Clara se perdió en la sensación—el sabor del vino mezclado con el de Rafael, el olor de su piel, el calor de su cuerpo pegado al suyo. Él apartó los labios solo lo suficiente para murmurar contra su boca: —No tienes idea de cuánto he esperado por esto. Clara arqueó la espalda contra él, las manos bajando por su espalda, sintiendo los músculos contraerse bajo su tacto. —Entonces no esperes más. Rafael soltó un sonido gutural, algo entre un gemido y una risa, y la levantó en brazos con una facilidad que la dejó sin aliento. Clara envolvió las piernas alrededor de su cintura, los tacones cayendo al suelo con un golpe sordo, y Rafael la llevó fuera de la cocina, los labios nunca apartándose de los suyos. Apenas registró la sala de estar, el sofá de cuero, las paredes de hormigón—toda su atención estaba en él, en la forma en que sus manos apretaban sus muslos, en cómo sus dedos se hundían en su carne, como si quisiera marcarla. Cuando la depositó sobre el sofá, el cuerpo pesado cubriendo el suyo, Clara supo que no había vuelta atrás. Las manos de Rafael se deslizaron por sus piernas, empujando el vestido hacia arriba, exponiendo la piel desnuda de sus muslos. Se detuvo por un segundo, los ojos recorriendo su cuerpo como si estuviera memorizando cada detalle, y entonces su boca descendió, besando la parte interna de su muslo, los dientes rozando la piel sensible. —Rafael… —gimió ella, las manos enredándose en su cabello. —Shhh —murmuró él, los labios subiendo despacio, cada beso una promesa—. Voy a probarte entera. Y entonces, cuando su boca finalmente encontró el centro palpitante entre sus piernas, ella arqueó la espalda con un grito ahogado, el placer tan intenso que rozaba el dolor. Rafael no tuvo prisa. Lamió, succionó, exploró cada pliegue con la lengua, los dedos uniéndose a su boca en una danza lenta y torturante. Clara sentía que se deshacía, el cuerpo entero temblando, los gemidos escapando en una cadencia desesperada. —Por favor —suplicó, las uñas clavándose en el cuero del sofá—. Te necesito. Rafael alzó la cabeza, los labios brillantes, los ojos oscuros de deseo. —Todavía no. Y antes de que ella pudiera protestar, la levantó, sentándose en el sofá y posicionándola sobre su regazo. Clara sintió su erección presionando contra ella, separada solo por la tela fina de su tanga, y gimió, las manos bajando para abrir la cremallera de su pantalón. Rafael la ayudó, levantando las caderas para que ella pudiera bajar la prenda, y entonces su erección saltó libre, dura, caliente. Clara no dudó. Se deslizó sobre él lentamente, sintiendo cada centímetro invadiéndola, llenándola de una manera que la hizo echar la cabeza hacia atrás con un gemido largo y ronco. Rafael sujetó sus caderas, los dedos hundiéndose en su carne, y comenzó a moverla, guiándola en un ritmo lento, deliciosamente torturante. —Estás tan apretada —gruñó, los dientes mordisqueando su cuello—. Tan perfecta. Clara no podía responder. Las palabras se habían perdido en algún lugar entre el placer y la necesidad, y todo lo que quedaba era la sensación de él dentro de ella, los movimientos que la llevaban cada vez más alto, cada vez más cerca del límite. Se aferró a sus hombros, las uñas marcando su piel, y cuando Rafael capturó sus labios en un beso voraz, supo que estaba perdida. El orgasmo la golpeó como una ola, arrastrándola a un mar de sensaciones, y gritó contra su boca, el cuerpo temblando, los músculos internos contrayéndose alrededor de su erección. Él gimió, los movimientos volviéndose más rápidos, más urgentes, y entonces, con un sonido gutural, encontró su propia liberación, el calor extendiéndose dentro de ella mientras la sujetaba con fuerza, como si nunca más fuera a soltarla. Por un largo momento, no hubo nada más que sus respiraciones entrecortadas, el sudor cubriendo sus pieles, los corazones latiendo al unísono. Clara apoyó la frente en el hombro de Rafael, sintiendo sus brazos alrededor de ella, los dedos trazando círculos perezosos en su espalda. —Eso —murmuró él, la voz ronca— fue mejor de lo que imaginé. Clara rio suavemente, alzando la cabeza para mirarlo. —¿Y lo imaginaste mucho? —Más de lo que puedes imaginar. Ella mordió el labio, sintiendo el deseo despertar de nuevo, lento e insistente. —Entonces tal vez deberíamos pasar al dormitorio. Para que me muestres el resto. Rafael sonrió, los ojos brillando con una promesa peligrosa. —Ah, Clara. No tienes idea de lo que estás pidiendo. Y con un movimiento rápido, la levantó en brazos, llevándola hacia el pasillo oscuro, donde la noche apenas comenzaba. La sala de Rafael era una invitación al pecado disfrazada de elegancia. Las luces indirectas, filtradas por pantallas de cristal, proyectaban reflejos dorados sobre las paredes de hormigón visto, mientras que el olor a cuero envejecido de los sofás se mezclaba con el aroma amaderado del vino que él servía. Clara observaba los dedos largos de Rafael sosteniendo la botella, el movimiento preciso al inclinar el líquido rubí en la copa de cristal, como si cada gesto estuviera coreografiado para seducir. Aceptó la bebida con una sonrisa contenida, los labios rozando el borde frío del vidrio antes de que el primer sorbo bajara por su garganta, cálido y dulce, dejando un rastro de fuego. Él no apartó los ojos de ella ni por un segundo. —¿Siempre haces esto? —preguntó Clara, la voz baja, casi un desafío—. ¿Observar a la gente como si pudieras desnudarla solo con la mirada? Rafael sonrió, lento, las comisuras de los labios curvándose en una expresión que prometía cosas que las palabras no se atrevían a decir. —Solo cuando lo merecen. Ella rio, pero el sonido salió ahogado, casi un suspiro. El vino ya comenzaba a soltar sus nudos, aflojando la tensión en sus hombros, haciendo que se inclinara levemente hacia adelante, como atraída por una fuerza invisible. Rafael se acercó, un paso calculado, su cuerpo invadiendo su espacio personal sin pedir permiso. Las rodillas casi se tocaban. El aire entre ellos se espesó, cargado de algo que ya no era solo deseo, sino una necesidad cruda, casi animal. —Estás nerviosa —murmuró él, los dedos rozando los suyos mientras ella sostenía la copa. El contacto fue leve, casi imperceptible, pero Clara sintió como si una corriente eléctrica recorriera su piel. —No lo estoy —mintió, y el vino tembló levemente en la copa. —Sí lo estás. —Sus dedos subieron, trazando una línea lenta desde el dorso de su mano hasta la muñeca, donde el latido acelerado delataba su mentira—. Pero es bonito. La forma en que muerdes el labio cuando mientes. Clara soltó una risa nerviosa, desviando la mirada por un segundo antes de enfrentarlo de nuevo, desafiante. —¿Y qué más crees que sabes de mí? Rafael inclinó la cabeza, como si reflexionara. Luego, sin aviso, sus dedos se deslizaron hacia arriba, entrelazándose con los suyos, atrayéndola levemente hacia él. Su aliento cálido rozó su oreja cuando susurró: —Sé que te gusta que te toquen aquí. —Su pulgar presionó la parte interna de su muñeca, donde la piel era fina, sensible. Clara contuvo la respiración—. Y aquí. —Los dedos subieron, rozando la curva de su codo, haciéndola estremecer—. Y apuesto a que, si deslizara la mano por tu muslo ahora, no me detendrías. Su cuerpo reaccionó antes de que su mente pudiera protestar. Un calor líquido se extendió entre sus piernas, y tuvo que contenerse para no apretar los muslos. Rafael lo notó. Por supuesto que lo notó. Sus ojos se oscurecieron, la pupila dilatada devorando el verde de sus iris. —Eres un arrogante —dijo ella, pero la voz le salió débil, sin convicción. —¿Lo soy? —Sonrió, los labios casi tocando los suyos—. ¿O solo tengo razón? Clara no respondió. En su lugar, llevó la copa a los labios de nuevo, bebiendo un trago largo, como si el vino pudiera apagar el fuego que él encendía en su cuerpo. Rafael no se apartó. Siguió allí, tan cerca que podía sentir el calor de su piel, el olor a sándalo y algo más primitivo, masculino. Cuando ella bajó la copa, él tomó su mentón con la mano libre, los dedos firmes, pero gentiles. —¿Quieres que me detenga? —La pregunta fue un susurro, pero llevaba el peso de una elección. Clara sabía que, si decía que sí, él retrocedería. Pero no quería. —No. Su sonrisa se ensanchó, victoriosa. Luego, sin prisa, inclinó la cabeza, los labios rozando los suyos en un casi beso, tan leve que podía fingir que no había sucedido. Pero sucedió. Y su cuerpo reaccionó, arqueándose levemente, buscando más. —Eres peligrosa, Clara —murmuró contra su boca—. Porque sabes exactamente lo que estás haciendo. —¿Y qué estoy haciendo? —desafió ella, los labios aún hormigueando por el contacto. —Provocándome. —Sus dedos apretaron levemente su mentón—. Haciéndome perder el control. —¿Y si quiero que lo pierdas? Rafael soltó una risa baja, ronca, y entonces, finalmente, cerró la distancia entre ellos. No fue un beso suave. Fue un choque de labios, dientes y lenguas, una batalla de voluntades donde ambos sabían que ya habían perdido. Clara dejó caer la copa al suelo sin importarle el ruido del cristal rompiéndose. Sus manos se enredaron en su cabello, atrayéndolo más cerca, mientras las de él se deslizaban por su cintura, apretándola contra su cuerpo duro. Por un segundo, el mundo se detuvo. No había más cena, ni proyecto profesional, ni las paredes elegantes del apartamento. Solo ellos dos, el sabor del vino y el deseo en la boca, la respiración entrecortada, los cuerpos pegados como si estuvieran hechos para encajar. Entonces Rafael se apartó, los labios hinchados, los ojos brillando con una promesa. —¿Todavía quieres hablar de ese proyecto? —La pregunta fue un susurro, pero llevaba un desafío claro. Clara sonrió, lenta, peligrosa. —No. —Pasó la lengua por sus labios, saboreándolo—. Quiero ver tu habitación. La habitación de Rafael era una extensión de su personalidad: elegante, pero con un toque de desorden calculado. Las paredes en tono carbón contrastaban con el blanco inmaculado de las sábanas de seda, y la luz suave de las lámparas empotradas en el techo creaba un juego de sombras que danzaba sobre los muebles de diseño audaz. Clara apenas tuvo tiempo de registrar los detalles. En el instante en que cruzaron el umbral, Rafael la giró contra la pared más cercana, las manos firmes en su cintura, los labios encontrando los suyos con un hambre que no dejaba espacio para vacilaciones. El beso ya no era una pregunta. Era una respuesta. Clara sintió el peso de su cuerpo presionando el suyo, la madera fría de la puerta en su espalda, el calor de la piel de Rafael filtrándose a través de la tela fina de su blusa. Sus manos se deslizaron por su espalda, atrayéndola más cerca, como si quisiera fundirla consigo mismo. Ella gimió contra su boca, un sonido bajo y urgente, y sus dedos se enredaron en su cabello oscuro, tirando de él con la fuerza suficiente para hacerlo sisear. —Joder, Clara —murmuró, apartándose solo lo suficiente para respirar, los labios aún rozando los suyos—. No tienes idea de lo que me estás haciendo. Ella sonrió, lenta, los ojos entrecerrados. —Tengo una idea. —Su voz salió ronca, cargada de una confianza que no sabía que poseía hasta ese momento—. Pero creo que tendrás que mostrármelo. Rafael no necesitó más incentivo. Con un gruñido bajo, la levantó, sus manos grandes sujetando sus muslos mientras ella envolvía las piernas alrededor de su cintura. Clara rio, un sonido ahogado contra su cuello, los dientes rozando la piel sensible allí. Él la llevó así, tropezando levemente con la alfombra persa, los cuerpos pegados, los besos cada vez más urgentes. —Eres imposible —dijo, depositándola sobre la cama con un cuidado que desmentía la urgencia en sus movimientos—. Y me encanta. Clara se apoyó en los codos, observándolo mientras se quitaba la camisa, los músculos definidos moviéndose bajo la piel bronceada. Mordió el labio, los ojos recorriendo cada centímetro expuesto, cada cicatriz fina, cada curva de sus hombros anchos. Cuando él se acercó de nuevo, extendió la mano, los dedos trazando el contorno de su pecho, sintiendo su corazón latir acelerado bajo su palma. —Tú tampoco estás nada mal —murmuró, atrayéndolo hacia abajo hasta que sus cuerpos se encontraron de nuevo. Esta vez no hubo prisa. Rafael exploró su boca con una lentitud deliberada, la lengua deslizándose contra la suya en un ritmo que la hizo arquear la espalda, buscando más contacto. Sus manos bajaron por los costados de su cuerpo, los dedos enganchándose en el dobladillo de la blusa, tirando de ella hacia arriba con movimientos precisos. Clara alzó los brazos, permitiendo que la desvistiera, el aire fresco de la habitación contrastando con el calor de su piel expuesta. —Hermosa —susurró él, los ojos oscuros recorriendo cada curva, cada sombra—. Tan hermosa que duele. Clara sintió un escalofrío recorrer su columna. Extendió la mano, atrayéndolo más cerca, los labios buscando los suyos de nuevo. Las manos de Rafael se deslizaron por su espalda, desabrochando el sujetador con una facilidad que la hizo sonreír contra su boca. —Demasiada práctica —provocó, mientras la tela caía, exponiendo sus pechos. —No tienes idea —respondió él, la voz ronca, antes de bajar la cabeza y capturar un pezón entre sus labios. Clara arqueó la espalda, un gemido escapando de su garganta mientras él succionaba, la lengua jugando con la punta sensible. Sus manos se enredaron de nuevo en su cabello, atrayéndolo más cerca, como si pudiera fusionar sus cuerpos solo con la fuerza del deseo. Rafael rio suavemente, el sonido vibrando contra su piel, antes de cambiar de posición, los dientes rozando levemente el otro pecho. —Rafael —gimió ella, su nombre saliendo como una súplica. —¿Qué quieres, Clara? —preguntó, alzando la cabeza solo lo suficiente para mirarla a los ojos—. Dímelo. Ella no dudó. —A ti. Ahora. Él sonrió, lento y peligroso, antes de apartarse solo lo necesario para desabrocharle el pantalón. Clara alzó las caderas, ayudándolo a bajar la tela, las piernas moviéndose inquietas mientras él arrojaba la prenda a un lado. Rafael no apartó los ojos de los suyos mientras sus dedos se enganchaban en el borde de su tanga, bajándola con una lentitud torturante. —Tan impaciente —murmuró, los dedos trazando círculos perezosos en la parte interna de su muslo. —Y tú te estás tomando demasiado tiempo —replicó ella, la voz entrecortada. Rafael rio, pero no la hizo esperar más. Con un movimiento rápido, se deshizo de su propio pantalón, los ojos nunca dejando los suyos mientras se posicionaba entre sus piernas. Clara sintió el peso de su cuerpo sobre el suyo, la piel caliente, los músculos tensos, y entonces, finalmente, la presión firme y deliciosa de su erección contra su centro. —Joder —gimió él, los labios encontrando los suyos de nuevo—. Estás tan mojada. Clara no respondió. En su lugar, envolvió las piernas alrededor de su cintura, atrayéndolo más cerca, hasta que no hubo más espacio entre ellos. Rafael gimió contra su boca, las manos deslizándose por su espalda, atrayéndola hacia arriba hasta que estuvo casi sentada en su regazo. —Te quiero —susurró, los labios rozando su oreja—. Dentro de mí. Rafael no necesitó más. Con un movimiento fluido, la acostó de nuevo, las manos sujetando sus caderas mientras se posicionaba. Clara sintió la presión de su punta contra su entrada, y entonces, con una lentitud agonizante, comenzó a empujar. Ella gimió, los dedos clavándose en las sábanas de seda mientras él la llenaba, centímetro a centímetro, hasta que estuvo completamente dentro de ella. Rafael se detuvo por un momento, los ojos cerrados, la respiración pesada, como si estuviera luchando por mantener el control. —Clara —murmuró, su nombre saliendo como una plegaria. Ella no respondió con palabras. En su lugar, alzó las caderas, atrayéndolo más cerca, hasta que no hubo más espacio entre ellos. Rafael gimió, los dedos apretando sus caderas con la fuerza suficiente para dejar marcas, antes de comenzar a moverse. El ritmo fue lento al principio, cada embestida deliberada, cada movimiento calculado para maximizar el placer. Clara arqueó la espalda, los gemidos escapando de su garganta mientras él la llenaba una y otra vez, cada vez más profundo, cada vez más rápido. Sus manos se deslizaron por su cuerpo, explorando cada curva, cada sombra, mientras ella se entregaba al placer, los dedos enredándose en su cabello, atrayéndolo más cerca. —Más rápido —pidió, la voz entrecortada. Rafael obedeció. Con un gruñido bajo, aumentó el ritmo, las embestidas volviéndose más urgentes, más profundas. Clara sintió el placer creciendo dentro de ella, una ola cálida y pulsante que amenazaba con arrastrarla por completo. Clavó las uñas en su espalda, los gemidos volviéndose más fuertes, más desesperados, mientras él la llevaba cada vez más cerca del límite. —Rafael —gimió, su nombre saliendo como una súplica. —Córrete para mí, Clara —susurró él, los labios rozando su oreja—. Ahora. Y ella obedeció. El orgasmo la golpeó como una ola, el cuerpo entero temblando mientras el placer la consumía. Rafael no se detuvo, las embestidas volviéndose más rápidas, más urgentes, hasta que él también encontró su liberación, el cuerpo tensándose mientras se derramaba dentro de ella. Por un momento, no hubo nada más que el sonido de sus respiraciones entrecortadas, el peso de su cuerpo sobre el suyo, el calor de su piel pegada. Clara pasó los dedos por su cabello, los ojos cerrados, sintiendo su corazón latir acelerado contra su pecho. Rafael alzó la cabeza, los ojos oscuros encontrando los suyos. —¿Todavía quieres hablar de ese proyecto? —preguntó, la voz ronca. Clara sonrió, lenta y satisfecha. —Creo que podemos dejarlo para después. —Pasó la mano por su pecho, sintiendo los músculos tensos bajo su piel—. Después de todo, tenemos toda la noche. Y, con un beso suave, él la atrajo más cerca, los cuerpos aún entrelazados, listos para explorar cada centímetro del otro una vez más. La habitación estaba sumida en una penumbra dorada, iluminada solo por la luz ámbar que se filtraba por la rendija de las cortinas de seda. El aire olía a vino derramado y piel caliente, un perfume embriagador que se mezclaba con el sonido amortiguado de respiraciones entrecortadas. Rafael guió a Clara hasta el borde de la cama, las manos firmes en su cintura, los dedos trazando círculos lentos sobre la tela fina del vestido que aún la cubría. Sintió el colchón hundirse bajo el peso de ambos, su cuerpo presionando el de ella levemente, como una promesa. —Eres hermosa —murmuró, la voz ronca contra el lóbulo de su oreja, los labios cálidos rozando la piel sensible—. Más de lo que imaginé. Clara sonrió, los dedos temblorosos encontrando los botones de su camisa. Cada movimiento era un descubrimiento, un nuevo territorio por explorar. El primer botón se soltó, revelando la piel bronceada de su pecho, los músculos definidos bajo la luz tenue. Pasó la punta de los dedos por allí, sintiendo su corazón latir acelerado, un ritmo que hacía eco del suyo propio. —Y tú hablas demasiado —respondió, la voz baja, casi un susurro. Rafael rio, un sonido profundo que vibró contra la palma de su mano. Tomó su muñeca, llevando sus dedos a su propia boca, besando cada punta con una lentitud deliberada. Clara sintió el calor extenderse por su cuerpo, una ola lenta que la dejó sin aliento. Cuando él soltó su mano, ella continuó desabotonando la camisa, empujando la tela hacia los lados, revelando sus hombros anchos, las clavículas marcadas, la piel que pedía a gritos sus labios. Él no esperó. Con un movimiento fluido, la atrajo más cerca, su boca encontrando la de ella en un beso que era a la vez suave y hambriento. Las lenguas se entrelazaron, explorando, saboreando, mientras sus manos se deslizaban por su espalda, bajando el cierre del vestido con una precisión que la hizo estremecer. La tela se deslizó por sus hombros, revelando el encaje negro del sujetador, los pechos llenos que se alzaban con cada respiración acelerada. Rafael se apartó solo lo suficiente para admirarla, sus ojos oscuros recorriendo cada curva como si quisiera memorizar cada detalle. Clara sintió su mirada como un toque físico, una caricia que la dejó aún más consciente de su propia piel, de la sangre pulsando bajo la superficie, del deseo que se acumulaba entre sus piernas. —Eres perfecta —dijo él, la voz ronca, casi reverente. Ella no respondió. En su lugar, extendió la mano, atrayéndolo de vuelta hacia sí, los labios buscando los suyos con una urgencia que la sorprendió incluso a ella misma. Rafael gimió contra su boca, las manos deslizándose por su cuerpo, explorando la curva de su cintura, el contorno de sus costillas, la suavidad de su piel que se erizaba bajo su tacto. Cuando sus dedos encontraron el broche del sujetador, lo soltó con un movimiento experto, dejando sus pechos libres, los pezones ya rígidos de anticipación. Clara arqueó la espalda cuando su boca encontró uno de ellos, la lengua rodeando el pezón con una lentitud torturante antes de succionarlo entre sus labios. Ella gimió, los dedos enredándose en su cabello, atrayéndolo más cerca mientras el placer se extendía en oleadas por su cuerpo. Rafael no se detuvo allí. Su mano libre se deslizó por su vientre, los dedos trazando círculos perezosos sobre la piel sensible antes de sumergirse bajo el encaje de su tanga. Estaba mojada. Tan mojada que el simple roce de sus dedos la hizo estremecer, las piernas abriéndose instintivamente para recibirlo. Rafael sonrió contra su pecho, su aliento cálido contra la piel húmeda. —Tan lista —murmuró, los dedos deslizándose entre sus pliegues, explorando, provocando. Clara mordió el labio, intentando contener el gemido que amenazaba con escapar. Pero cuando él encontró el punto más sensible, su pulgar presionando con una presión deliciosa, no pudo contenerse más. El sonido escapó de sus labios, un suspiro entrecortado que hizo gemir a Rafael en respuesta. —Eso —susurró él, la voz ronca de deseo—. Quiero oírte. Y ella obedeció. Cada toque, cada movimiento de sus dedos le arrancaba nuevos sonidos de la garganta, el cuerpo contorsionándose bajo el suyo mientras el placer crecía, una espiral que amenazaba con consumirla. Rafael no se detuvo. Siguió provocándola, sus dedos deslizándose dentro de ella con una lentitud agonizante, mientras su boca descendía por su cuerpo, besando, lamiendo, mordisqueando. Cuando sus labios encontraron el centro de su placer, Clara casi pierde el control. Su lengua era implacable, explorando, saboreando, llevándola cada vez más cerca del límite. Se aferró a las sábanas de seda, el cuerpo arqueándose contra su boca mientras oleadas de placer la atravesaban. Pero Rafael no la dejó llegar. Todavía no. Con un movimiento rápido, se apartó, dejándola jadeante, el cuerpo temblando de anticipación. Clara abrió los ojos, encontrando su mirada, oscura y hambrienta, mientras él se desnudaba por completo, revelando su cuerpo esculpido, los músculos definidos moviéndose bajo la piel bronceada. Extendió la mano, los dedos trazando la línea de sus abdominales, sintiendo la tensión bajo su piel, el calor que emanaba de él. Rafael tomó su muñeca, llevando su mano hasta su erección, gruesa y palpitante. Clara lo envolvió con los dedos, sintiendo la textura sedosa de su piel, el calor que la hizo morder el labio. Él gimió, los ojos cerrándose por un momento mientras ella lo acariciaba, explorando cada centímetro con una curiosidad que lo hizo temblar. —Clara —murmuró, la voz ronca de deseo—. Te necesito. Ella no respondió con palabras. En su lugar, lo atrajo hacia sí, las piernas abriéndose para recibirlo, el cuerpo arqueándose en una invitación silenciosa. Rafael no dudó. Con un movimiento fluido, se posicionó entre sus muslos, la punta de su erección presionando contra su entrada húmeda. Clara mordió el labio, los ojos encontrando los suyos mientras él la penetraba lentamente, cada centímetro una nueva ola de placer que la hacía gemir. Se detuvo cuando estuvo completamente dentro de ella, los cuerpos unidos, la respiración entrecortada. Por un momento, solo se miraron, los ojos oscuros de Rafael reflejando el mismo deseo que ardía dentro de ella. Entonces, comenzó a moverse. El ritmo fue lento, deliberado, cada embestida una nueva revelación, un nuevo placer. Clara envolvió las piernas alrededor de su cintura, atrayéndolo más cerca, los dedos clavándose en su espalda mientras él la llenaba por completo. Rafael gimió contra su cuello, los labios encontrando la piel sensible, mordisqueando, besando, mientras sus manos exploraban cada curva, cada centímetro de su cuerpo. —Eres increíble —murmuró, la voz ronca contra su piel—. Tan apretada, tan perfecta. Clara no respondió. No podía. Cada movimiento de él la llevaba más cerca del límite, el placer creciendo en oleadas que amenazaban con consumirla. Arqueó la espalda, los pechos presionándose contra su pecho, los pezones rígidos rozando su piel caliente. Rafael gimió, las embestidas volviéndose más profundas, más urgentes, mientras su mano se deslizaba entre sus cuerpos, los dedos encontrando el punto que la haría perder el control. Clara sintió el orgasmo acercarse, una ola que amenazaba con arrastrarla. Se aferró a sus hombros, las uñas clavándose en su piel mientras el placer la consumía, el cuerpo temblando bajo el suyo. Rafael no se detuvo. Siguió moviéndose, las embestidas volviéndose más rápidas, más intensas, mientras la llevaba cada vez más alto, hasta que ya no pudo contenerse. —Rafael —gimió, su nombre escapando de sus labios como una plegaria. Él sonrió, los ojos oscuros encontrando los suyos mientras la penetraba con una embestida profunda, el cuerpo tensándose mientras encontraba su propia liberación. Clara sintió el calor extenderse dentro de ella, su cuerpo temblando mientras se derramaba, los dos unidos en un momento de placer absoluto. Por un instante, no hubo nada más que el sonido de sus respiraciones entrecortadas, el peso de su cuerpo sobre el suyo, el calor de su piel pegada. Clara pasó los dedos por su cabello, los ojos cerrados, sintiendo su corazón latir acelerado contra su pecho. Rafael alzó la cabeza, sus ojos encontrando los de ella, una sonrisa satisfecha en los labios. —Todavía no hemos terminado —murmuró, la voz ronca. Y, con un movimiento lento, comenzó a moverse de nuevo, los cuerpos aún unidos, listos para explorar cada centímetro del otro una vez más. La respiración de Clara aún danzaba en ondas cortas contra el pecho de Rafael, como si el mismo aire dudara en dejarlos. Las sábanas de seda, antes impecables, ahora estaban arrugadas a su alrededor, testigos silenciosos de la tormenta que los había consumido. El sudor se secaba lentamente en sus pieles, mezclado con el perfume del sexo—un aroma cálido, almizclado, que se adhería a sus fosas nasales como un recuerdo vivo. Sentía el corazón de él latir bajo su mejilla, fuerte y rítmico, un contrapunto perfecto al suyo propio, que poco a poco recuperaba su ritmo normal. Rafael pasó los dedos por su cabello, enredando un mechón rubio entre sus nudillos, como si quisiera memorizar su textura. El gesto era lento, casi reverente, y Clara cerró los ojos, dejándose hundir en el calor de su cuerpo. Su mano libre se deslizó por la curva de su espalda, trazando círculos perezosos sobre la piel aún sensible. Ella se estremeció, no de frío, sino de esa deliciosa extenuación que solo el placer intenso podía dejar—como si cada músculo hubiera sido deshecho y rehecho en algo nuevo. —Estás temblando —murmuró él, la voz ronca por el uso, pero suave como el terciopelo. Clara sonrió contra su piel, los labios rozando su pezón en una caricia involuntaria. —Es lo que pasa cuando alguien me agota. Rafael rio suavemente, el sonido vibrando en su pecho y haciéndola sentir como si estuviera acostada sobre un tambor. Inclinó la barbilla hacia abajo, buscando sus ojos. —Agotar es una palabra fuerte. Prefiero *saciar*. Ella alzó la cabeza, apoyando el mentón en su esternón para mirarlo. La luz de la luna, filtrada por las cortinas de lino, bañaba la habitación en un brillo plateado, destacando los ángulos de su rostro—la mandíbula marcada, los labios aún hinchados por los besos, las ojeras leves que delataban el cansancio, pero también la satisfacción. Clara pasó el pulgar por su labio inferior, sintiendo la humedad residual. —Saciar es temporal —dijo, la voz baja, casi un susurro—. No quiero que esto sea temporal. Sus ojos se oscurecieron, no de deseo, sino de algo más profundo, algo que ella no se atrevió a nombrar. Rafael tomó su rostro entre las manos, los pulgares acariciando sus mejillas con una ternura que contrastaba con la ferocidad de antes. —Entonces no lo será. Se quedaron así por un tiempo, sumergidos en el silencio cómodo de quienes no necesitan llenarlo con palabras. Clara volvió a apoyar la cabeza sobre su pecho, escuchando el ritmo constante de su corazón, sintiendo el subir y bajar de su respiración. La habitación olía a ellos—al perfume cítrico de Rafael, al floral suave de su champú, al aroma salado del sudor y al dejo dulce del vino que aún persistía en sus bocas. Poco a poco, el cansancio comenzó a arrastrarla hacia abajo, como una marea lenta. Los dedos de Rafael seguían jugando con su cabello, y ella se dejó llevar, los ojos pesados. Pero antes de quedarse dormida, una pregunta escapó, casi sin querer: —¿Haces esto a menudo? Él no respondió de inmediato. Por un instante, Clara pensó que ya se había dormido, pero entonces sintió sus labios rozar su frente en un beso ligero. —No —dijo, finalmente—. No *contigo*. Ella sonrió, satisfecha, y cerró los ojos. --- El despertar fue gradual, como salir de un sueño que se niega a terminar. Clara fue la primera en emerger del sueño, sintiendo el peso del brazo de Rafael alrededor de su cintura, su pierna entrelazada con la suya. La luz del amanecer invadía la habitación en tonos dorados, pintando franjas de sol sobre las sábanas y sus pieles. Se movió lentamente, no queriendo despertarlo, pero el movimiento fue suficiente para que él murmurara algo incomprensible y la atrajera más cerca. —Todavía es temprano —dijo él, la voz espesa de sueño, los labios rozando su nuca. Clara rio, girándose en sus brazos para mirarlo. Rafael tenía los ojos entreabiertos, el cabello despeinado, la barba incipiente proyectando sombras sobre su mandíbula. Nunca lo había visto así—vulnerable, casi como un niño—y algo en su pecho se apretó. —Eres hermoso —dijo, sin pensar. Él parpadeó, sorprendido, y luego una sonrisa lenta se dibujó en su rostro. —¿Eso es un halago o una estrategia para convencerme de hacer café? —Las dos cosas. Rafael rio, atrayéndola para un beso perezoso. Sus labios estaban cálidos, suaves, y Clara se derritió contra él, sintiendo su cuerpo despertar de maneras que no tenían nada que ver con el sueño. Cuando se separaron, él la observó por un largo momento, los dedos trazando el contorno de su rostro como si quisiera memorizarlo. —Tengo una idea mejor que el café —dijo, la voz baja, los ojos brillando con una promesa. Clara arqueó una ceja, fingiendo inocencia. —¿Ah, sí? ¿Y cuál sería? En lugar de responder, Rafael rodó sobre ella, aprisionándola entre sus brazos. El peso de su cuerpo era delicioso, familiar ahora, y Clara envolvió sus piernas alrededor de su cintura, sintiéndolo ya duro contra su muslo. Bajó la cabeza, mordisqueando el lóbulo de su oreja antes de susurrar: —Vamos a ensuciar estas sábanas otra vez. Ella rio, pero el sonido se transformó en un gemido cuando su mano se deslizó entre sus cuerpos, encontrando el punto exacto donde ya estaba mojada y lista. Rafael no tuvo prisa. La exploró con los dedos, primero lentamente, luego más rápido, hasta que Clara arqueó la espalda, las uñas clavándose en sus hombros. —Por favor —suplicó, la voz quebrada. Él no la hizo esperar. Con un movimiento fluido, entró en ella, llenándola por completo. Clara gimió, los dedos enredándose en su cabello mientras él comenzaba a moverse en un ritmo lento, deliberado, como si quisieran prolongar cada segundo. El sol bañaba sus cuerpos, calentando su piel, y Clara sintió como si se estuviera derritiendo bajo él, disolviéndose en placer. —Mírame —pidió Rafael, la voz ronca. Ella abrió los ojos, encontrando los suyos. Había algo intenso allí, algo que iba más allá del deseo. Él sostuvo su rostro entre las manos, los pulgares acariciando sus mejillas mientras se movía dentro de ella, cada embestida más profunda que la anterior. —Quiero verte correrte —murmuró—. Quiero sentirte apretar alrededor de mí. Las palabras fueron suficientes. Clara sintió el orgasmo construirse, una ola lenta e inexorable, hasta que estalló dentro de ella, haciéndola gritar su nombre. Rafael la siguió poco después, su cuerpo tensándose mientras se derramaba dentro de ella, los dos unidos en un clímax que parecía no tener fin. Cuando terminó, se quedaron allí, jadeantes, los cuerpos entrelazados, el sudor mezclándose con el perfume del sexo. Rafael besó su frente, luego sus labios, luego su mentón, como si no pudiera dejar de tocarla. —¿Café? —preguntó, finalmente, con una sonrisa perezosa. Clara rio, pasando los dedos por su pecho. —Solo si es en la cama. Rafael no respondió. En su lugar, la atrajo para otro beso, largo y lento, lleno de promesas. Y cuando se separaron, Clara supo, sin sombra de duda, que esa no sería la última mañana en que despertarían así. Afuera, el sol seguía ascendiendo, iluminando la ciudad. Pero allí, entre sábanas de seda y el calor de sus cuerpos, el tiempo parecía haberse detenido. Y tal vez, pensó Clara, mientras se acurrucaba en los brazos de Rafael, así era exactamente como debía ser.

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