Entre Horas y Suspiros

Por Tonkix
Entre Horas y Suspiros
**Entre Horas y Suspiros** El reloj de la pared de la oficina marcaba las seis y media cuando Clara por fin apagó el ordenador. El suave clic del ratón resonó en el silencio del piso vacío, un sonido casi íntimo. Pasó los dedos por su cabello castaño, recogido en un moño suelto que ya comenzaba a deshacerse, y suspiró. Otro día de trabajo terminado, otra noche a la espera de algo que no sabía nombrar. Fue entonces cuando escuchó los pasos. Firmes, deliberados, acercándose a la puerta entreabierta de su oficina. El corazón se le aceleró incluso antes de que él apareciera, como si su cuerpo ya reconociera la presencia de Daniel antes de que sus ojos lo vieran. Se detuvo en el marco de la puerta, la corbata ligeramente aflojada, los ojos oscuros fijos en ella con una intensidad que siempre la dejaba sin aliento. —¿Aún aquí, Clara? —Su voz era baja, ronca, como si llevara el peso de todas las palabras no dichas entre ellos. —Solo terminando unos informes —mintió, porque la verdad era más peligrosa: que a veces se quedaba después del horario solo para sentir la oficina solo de ellos, solo para imaginar qué pasaría si él la encontraba allí, a solas. Daniel entró sin pedir permiso, cerrando la puerta tras de sí con un clic que sonó como una invitación. O una sentencia. Se acercó al escritorio, apoyando las manos en la superficie pulida, inclinándose ligeramente hacia adelante. Clara podía sentir el calor de su cuerpo, incluso con los centímetros que los separaban. —Siempre te quedas hasta tarde —murmuró, los dedos rozando distraídamente el borde de una carpeta—. Me gusta eso. Ella tragó saliva, intentando ignorar cómo su cuerpo reaccionaba a su proximidad. Daniel no era solo su jefe. Era el hombre que ocupaba sus pensamientos en los momentos más inapropiados, aquel cuyos correos releía solo para sentir el peso de su nombre en la pantalla. Y ahora, allí, con la oficina vacía y la noche cayendo afuera, parecía decidido a llenar el espacio entre ellos con algo más que palabras. —Yo... me gusta dejar todo organizado —logró decir, pero la voz le salió temblorosa, traicionándola. Una sonrisa lenta se dibujó en los labios de él, como si supiera exactamente el efecto que causaba. Daniel rodeó el escritorio, deteniéndose a su lado. Clara podía sentir el aroma de su perfume caro mezclado con el leve olor a café y algo más, algo que era solo suyo. Extendió la mano, los dedos deslizándose por su brazo en un toque ligero, casi casual, pero que quemaba como fuego. —Organizada —repitió, la voz un susurro—. Es una de las cosas que más admiro de ti. Clara cerró los ojos por un instante, dejando que la sensación la invadiera. Cuando los abrió de nuevo, Daniel estaba más cerca, su cuerpo casi rozando el de ella. Podía ver las pequeñas imperfecciones en su rostro —una cicatriz casi imperceptible en el mentón, los hilos plateados en las sienes que solo aparecían bajo cierta luz—. Eran detalles que lo hacían real, humano, y no solo el hombre inalcanzable que dirigía reuniones con una autoridad que le hacía temblar las rodillas. —Daniel... —Su nombre salió como una súplica, aunque no supiera exactamente por qué estaba pidiendo. —¿Sí? —Inclinó la cabeza, los labios a centímetros de los suyos, el aliento cálido rozando su piel. —No deberíamos... —empezó, pero las palabras murieron cuando él le tomó el rostro entre las manos, los pulgares acariciando sus mejillas con una ternura que contrastaba con la intensidad de su mirada. —Lo sé —murmuró—. Pero ya no puedo fingir que no quiero esto. Y entonces la besó. No fue un beso suave, de descubrimiento. Fue un beso de posesión, de alguien que había esperado demasiado y ya no tenía paciencia. Clara gimió contra su boca, las manos aferrándose a su camisa como si necesitara algo a lo que aferrarse. Daniel la atrajo más cerca, una mano deslizándose por su espalda, presionándola contra su cuerpo mientras la otra se enredaba en su cabello, deshaciendo el moño por completo. Cuando se apartó, ambos estaban jadeantes. Clara lo miró, los labios hinchados, los ojos brillando con una mezcla de deseo e incredulidad. —Esto... esto lo cambia todo —susurró. —O quizá solo revele lo que siempre ha estado aquí —respondió él, la voz ronca—. Desde el primer día que entraste en mi oficina, supe que serías un problema. Clara rió, un sonido tembloroso y deliciosamente peligroso. —Y aun así me contrataste. —Porque me gustan los problemas —dijo, antes de besarla de nuevo, esta vez con más urgencia. Sus manos exploraron su cuerpo con una familiaridad que la sorprendió, como si ya supiera exactamente dónde tocar para hacerla temblar. Clara arqueó la espalda cuando sus dedos encontraron la cremallera de su vestido, bajándola con una lentitud tortuosa. La tela se deslizó por sus hombros, revelando la lencería de encaje negro que había elegido esa mañana sin saber que sería vista —o mejor dicho, sin admitir que esperaba que fuera vista. Daniel gimió al verla, los ojos oscuros recorriendo cada curva con un hambre que hizo sentir a Clara poderosa. La atrajo fuera de la silla, guiándola hacia el sofá de cuero que estaba apoyado contra la pared. La oficina, antes un espacio de trabajo, ahora parecía un territorio de placer, donde cada superficie podía convertirse en un escenario para lo que estaba por venir. —Eres hermosa —murmuró, las manos deslizándose por sus caderas mientras la recostaba en el sofá—. Tan hermosa que a veces tengo que contenerme para no tocarte delante de todos. Clara mordió su labio, el cuerpo entero vibrando con sus palabras. —¿Y ahora? —preguntó, desafiante—. ¿Ya no necesitas contenerte? Daniel sonrió, una sonrisa peligrosa y llena de promesas. —Ahora, Clara, pienso hacer todo lo que siempre he querido hacer contigo. Y entonces la besó de nuevo, mientras sus manos exploraban cada centímetro de ella, arrancándole suspiros y gemidos que resonaban en la oficina vacía. El sofá crujió levemente cuando se posicionó entre sus piernas, la tela de su pantalón rozando la piel sensible de sus muslos. Clara arqueó el cuerpo, buscando más contacto, más fricción, más de él. —Por favor —susurró, las uñas clavándose en su espalda por encima de la camisa—. Te necesito. Daniel no necesitó más incentivo. Con movimientos rápidos, se quitó la camisa, revelando el pecho musculoso y ligeramente bronceado. Clara pasó las manos por él, maravillada con la sensación de su piel cálida bajo sus dedos. Él se inclinó para besar su cuello, los dientes rozando levemente la piel sensible, haciéndola estremecer. —No tienes idea de cuánto he esperado por esto —murmuró contra su piel, las manos deslizándose para desabrochar su sujetador—. De cuánto he soñado con esto. Clara gimió cuando sus labios encontraron sus pechos, la lengua rodeando sus pezones con una habilidad que la hizo arquear la espalda, ofreciéndose más. Daniel no tuvo prisa, explorando cada parte de ella con una devoción que la excitaba aún más. Cuando por fin deslizó la mano entre sus piernas, Clara ya estaba húmeda, lista, desesperada por él. —Daniel... —gimió, las uñas clavándose en sus hombros—. No aguanto más. Él sonrió contra su piel, los dedos deslizándose dentro con una lentitud deliberada. Clara gritó, el cuerpo entero contrayéndose alrededor de él. Daniel la observaba con una mirada oscura, llena de satisfacción, mientras la tocaba exactamente como ella necesitaba. —Eres tan receptiva —murmuró, los dedos moviéndose en un ritmo que la llevaba al borde del abismo—. Tan perfecta. Clara no pudo responder. El placer era demasiado, intenso, y se dejó llevar, el cuerpo temblando mientras la ola la invadía. Daniel no se detuvo, prolongando el orgasmo hasta que estuvo completamente rendida, los ojos cerrados, la respiración entrecortada. Cuando por fin abrió los ojos, él la miraba con una expresión que mezclaba deseo y algo más profundo, algo que la asustaba y excitaba al mismo tiempo. —Todavía no hemos terminado —dijo, la voz ronca—. Ni de lejos. Con movimientos rápidos, se quitó el resto de la ropa, revelando su cuerpo desnudo y listo para ella. Clara lo observó, maravillada, mientras él sacaba un preservativo de su cartera y lo colocaba con una habilidad que la hizo morderse el labio. Cuando volvió a ella, Clara lo atrajo cerca, besándolo con un hambre renovada. —Ahora —susurró contra sus labios—. Por favor, ahora. Daniel no necesitó más incentivo. Con un movimiento suave, la penetró, llenándola de una manera que la hizo gritar. Clara envolvió las piernas alrededor de su cintura, atrayéndolo más adentro, necesitando más, siempre más. Daniel comenzó a moverse, cada embestida profunda y deliberada, como si quisiera marcar cada parte de ella. El sofá crujía bajo ellos, el sonido mezclándose con los gemidos y suspiros que llenaban la oficina. Clara sentía el placer creciendo de nuevo, una ola que amenazaba con tragársela por completo. Daniel la observaba, los ojos fijos en los suyos, como si quisiera memorizar cada expresión, cada sonido. —Córrete para mí —ordenó, la voz ronca—. Quiero verte. Y Clara obedeció. El orgasmo la golpeó con fuerza, el cuerpo entero contrayéndose mientras gritaba su nombre. Daniel la siguió poco después, el cuerpo temblando mientras encontraba su propia liberación, los labios buscando los de ella en un beso desesperado. Por un largo momento, permanecieron allí, jadeantes, los cuerpos entrelazados, el sudor mezclándose con el perfume de ambos. Clara pasó los dedos por su cabello, sintiendo el latido de su corazón contra el de ella, un ritmo que parecía eco del suyo propio. —Esto fue... —empezó, pero las palabras le fallaron. —Increíble —completó Daniel, besándola suavemente—. Y solo el comienzo. Clara sonrió, sintiendo una felicidad que no sabía que podía existir. La oficina, antes un lugar de trabajo, ahora guardaba un secreto solo de ellos, una promesa de noches como aquella, donde la jornada terminaba, pero el deseo apenas comenzaba. Y cuando Daniel la atrajo más cerca, besándola de nuevo con una ternura que la hizo derretirse, Clara supo que, de ahora en adelante, nada sería como antes. Y eso, más que cualquier otra cosa, era exactamente lo que quería.

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