Entre Agendas y Deseos

Por Tonkix
Entre Agendas y Deseos
**Entre Agendas y Deseos** El aire acondicionado del vigésimo piso susurraba como un secreto entre las paredes de cristal, un zumbido constante que se mezclaba con el suave clic de las teclas del teclado de Clara. Ella tecleaba con precisión quirúrgica, los dedos danzando sobre las letras como si cada movimiento estuviera coreografiado —lo cual, en cierto modo, era así—. Cada hoja de cálculo, cada correo electrónico, cada cita agendada con tres clics de antelación era una pieza de un rompecabezas más grande, un mecanismo perfecto que ella mantenía en funcionamiento impecable. El escritorio de caoba brillaba bajo la luz fría de los focos, reflejando el discreto brillo de su labial color vino, aplicado esa mañana con la misma meticulosidad con la que organizaba la agenda de Daniel Varga. Al otro lado de la puerta doble de roble, él trabajaba. Daniel. El nombre sonaba como una orden en su mente, incluso cuando no era pronunciado. CEO de Varga Corp, un imperio de acero y cristal construido sobre contratos millonarios y reuniones interminables, él era la personificación del control. Trajes a medida, corbatas que costaban más que su alquiler, zapatos italianos que nunca crujían en el piso de mármol. Clara lo sabía porque, en tres años como su asistente ejecutiva, nunca lo había oído dar un paso en falso. Ni siquiera cuando el mercado se desplomaba o cuando un cliente amenazaba con romper un contrato de siete cifras. Él sonreía —una sonrisa calculada, casi imperceptible— y desactivaba la crisis con palabras medidas, como si estuviera jugando ajedrez con las vidas ajenas. Lo observaba ahora, a través del cristal esmerilado de su oficina, mientras hablaba por teléfono. La puerta estaba entreabierta, como siempre, una invitación silenciosa para que entrara si lo necesitaba. Pero Clara no lo necesitaba. No todavía. Él gesticulaba con la mano libre, los dedos largos trazando líneas invisibles en el aire, como si pudiera moldear el futuro con el movimiento. Su voz era grave, modulada, cada sílaba cargada de autoridad. *«No es una cuestión de ‘si’, es una cuestión de ‘cuándo’»*. Ella sabía que no estaba hablando con un subordinado. Probablemente con el consejo. O con algún inversor en Zúrich. Daniel no desperdiciaba su tono de mando con quien no lo merecía. Un suspiro escapó de sus labios antes de que pudiera contenerlo. Clara apretó los muslos uno contra el otro bajo el escritorio, sintiendo el tejido fino de las medias rozar su piel sensible. No era la primera vez que ocurría. Desde que había asumido el cargo, había algo en él —en la manera en que sus ojos oscuros, casi negros, se posaban en ella cuando creía que no lo miraba; en cómo su voz bajaba una octava cuando le daba instrucciones, como si estuviera compartiendo un secreto— que la dejaba inquieta. No era solo profesional. Era algo más primitivo, más peligroso. Ajustó la postura, enderezando la espalda contra la silla ergonómica. El movimiento hizo que la tela de la blusa de seda rozara sus pezones, ya endurecidos bajo el sujetador de encaje. Clara mordió el labio inferior, sintiendo el sabor metálico del labial. *Maldición*. No podía distraerse. No ahora. No cuando su agenda estaba llena hasta las ocho de la noche y aún tenía que revisar los informes trimestrales antes de la reunión del día siguiente. Pero entonces él miró. No fue una mirada casual. Fue *una mirada*. Ese tipo de mirada que atravesaba cristales, paredes, años de contención. Los ojos de Daniel se clavaron en los suyos a través del reflejo en el vidrio, como si supiera exactamente dónde estaba ella, como si hubiera calculado el ángulo perfecto para capturar su atención. Clara contuvo la respiración. El aire entre ellos pareció espesarse, cargado de algo que no tenía nombre. Él sostuvo el contacto durante tres segundos —*uno, dos, tres*— antes de desviar el rostro, como si nada hubiera pasado. Pero había pasado. Ella sabía que había pasado. --- El interfono sonó, sacándola de su ensoñación. Clara carraspeó antes de responder, intentando sonar profesional. *«¿Sí, Daniel?»* *«Necesito los archivos de la reunión con los chinos. Ahora»*. Su voz era cortante, como siempre, pero había un tono diferente. Algo más ronco. O quizá solo era su imaginación. *«Ya los estoy enviando por correo. También imprimí una copia, está en tu escritorio».* *«Tráela aquí».* No era una petición. Clara se levantó, sintiendo cómo la tela de la falda lápiz se deslizaba contra sus muslos. Tomó la carpeta de cuero negro donde había organizado los documentos y caminó hacia la puerta de su oficina. Los tacones se hundían levemente en la gruesa alfombra, amortiguando sus pasos. Al empujar la puerta, el olor de Daniel la golpeó primero —una mezcla de cuero italiano, café negro y algo más, algo masculino y cálido, como sándalo quemándose lentamente—. Él estaba de espaldas a ella, mirando por la ventana panorámica que dominaba la ciudad. Las manos estaban en los bolsillos del pantalón, los hombros anchos tensos bajo el saco. Clara dudó por un segundo antes de entrar, como si cruzar ese umbral significara traspasar una línea invisible. *«Los archivos, Daniel»*, dijo, extendiendo la carpeta. Él se giró. Y entonces, por primera vez en tres años, sus dedos se tocaron. No fue un accidente. Daniel sostuvo la carpeta —y su mano— un segundo más de lo necesario. Sus dedos eran cálidos, ásperos en algunos lugares, como si aún llevaran las marcas de años sosteniendo bolígrafos, estrechando manos, firmando cheques que valían más de lo que ella ganaría en una década. Clara sintió el calor subir por su brazo, extendiéndose por su pecho, bajando hasta su vientre. No retrocedió. No pudo. *«Gracias, Clara»*, murmuró, la voz baja, casi íntima. *«Siempre anticipas lo que necesito».* Ella tragó saliva. *«Es mi trabajo».* *«¿Lo es?»* Inclinó la cabeza, una sonrisa lenta dibujándose en sus labios. *«¿O es solo lo que te gusta hacer?»* Su corazón se aceleró. *Él sabe. Él sabe, y está jugando conmigo*. Antes de que pudiera responder, el teléfono de Daniel sonó, rompiendo el hechizo. Él soltó su mano y atendió, dándose la vuelta hacia la ventana. Clara aprovechó para retroceder, el aire volviendo a sus pulmones en un suspiro tembloroso. *«Sí, estoy escuchando»*, dijo al teléfono, su voz recuperando el tono de mando. *«No, no cederemos en esa cláusula. Que vengan con una contrapropuesta».* Ella salió de la oficina, cerrando la puerta tras de sí con un suave clic. De vuelta en su escritorio, Clara presionó las manos sobre la superficie fría, intentando calmar el temblor. El labial se había corrido un poco en la comisura de su boca. Lo retocó con cuidado, los dedos apenas obedeciendo. Cuando miró su reflejo en el monitor apagado, no vio a la asistente eficiente y discreta que todos conocían, sino a una mujer con los ojos brillantes, las mejillas sonrojadas, los labios entreabiertos como si estuviera esperando algo. O a alguien. Al otro lado de la puerta, Daniel terminó la llamada. Por un momento, se quedó quieto, mirando la madera pulida como si pudiera ver a través de ella. Luego, con un movimiento deliberado, abrió el cajón del escritorio y sacó un pequeño cuaderno de cuero. Dentro, había páginas y páginas de anotaciones. Algunas eran listas de tareas. Otras, números de teléfono. Pero también había frases sueltas, garabatos que no tenían sentido para nadie más. *«La forma en que muerde el labio cuando está concentrada».* *«El olor de su perfume cuando pasa junto a mí en el pasillo».* *«Cómo sería sentir el peso de su cabello en mis manos mientras la beso contra la pared de mi oficina».* Daniel cerró el cuaderno con un chasquido seco. Mañana, tendría una reunión hasta tarde. Y, esta vez, no sería solo de negocios. --- La sala de reuniones estaba sumida en una penumbra ámbar, cortada solo por la luz fría del proyector que arrojaba gráficos azules sobre la mesa de caoba. El reloj marcaba las diez de la noche, pero la oficina aún respiraba el silencio pesado de quienes trabajan contra el tiempo. Clara ajustó sus gafas de montura fina, los dedos deslizándose sobre el teclado del portátil con la precisión de quien conoce cada tecla al tacto. Al otro lado de la mesa, Daniel observaba las diapositivas con los brazos cruzados, la corbata ligeramente aflojada, los primeros signos de cansancio marcando líneas sutiles alrededor de sus ojos. — El tercer trimestre exige ajustes en el flujo de caja —dijo, su voz grave resonando en el espacio vacío—. Necesitamos recortar gastos operativos sin afectar la producción. Clara asintió, tecleando notas con rapidez. Había algo hipnótico en la forma en que hablaba, en cómo las palabras salían lentas, medidas, como si cada sílaba fuera una pieza de un rompecabezas que solo él sabía armar. Desvió la mirada hacia la pantalla frente a ella, pero no antes de notar cómo la camisa se ajustaba a sus hombros anchos, el tejido estirándose levemente cuando se inclinaba para señalar un dato en la diapositiva. — ¿Y la logística? —preguntó, alzando la vista. Las gafas se deslizaron un poco por su nariz, y las empujó de vuelta con el índice, un gesto que Daniel siguió con una intensidad que la hizo contener la respiración. — Ya está en revisión. —Su voz era calmada, pero había un tono nuevo, algo que Clara no lograba descifrar. Tal vez fuera solo el cansancio, o la forma en que la luz del proyector destacaba el contorno de su mandíbula, volviéndolo más humano, menos inalcanzable—. ¿Tienes las proyecciones? Ella abrió una carpeta en la computadora y giró la pantalla hacia él. Los dedos de Daniel rozaron los suyos al tomar el portátil, un contacto breve, casi imperceptible, pero suficiente para enviar un escalofrío por la espalda de Clara. Él no se apartó. Ella tampoco. — Aquí. —Su voz salió más baja de lo que pretendía. Daniel se inclinó hacia adelante, los ojos fijos en la pantalla, pero Clara sintió el peso de su mirada sobre ella cuando creía que no la observaba. El perfume amaderado del jabón que usaba se mezclaba con el olor a cuero de la silla y el leve aroma a café que aún flotaba en el aire. Mordió su labio inferior sin darse cuenta, un hábito que surgía cuando estaba nerviosa. Fue entonces cuando ocurrió. La copa de vino tinto, olvidada en el borde de la mesa, osciló cuando Clara movió el brazo para alcanzar un bolígrafo. Un gesto torpe, casi en cámara lenta, y el líquido rubí se derramó por el borde, formando una mancha oscura que se extendió sobre la camisa blanca de Daniel como tinta sobre papel. Él retrocedió instintivamente, pero no antes de que el vino alcanzara la tela, dejando una marca húmeda y cálida en su pecho. — Mierda —murmuró Clara, levantándose de un salto—. Lo siento, no lo vi... Daniel miró la mancha, luego a ella. Había algo peligroso en la forma en que las comisuras de sus labios se curvaron, no exactamente una sonrisa, sino una promesa. — No fue nada —dijo, pero no se apartó. Ella tomó una servilleta de papel de la bandeja de café y, sin pensar, la presionó contra su pecho. El tejido absorbió parte del vino, pero la camisa ya estaba arruinada, pegada a la piel en algunos puntos. Clara sintió el calor del cuerpo de Daniel a través de la servilleta, la firmeza de los músculos bajo sus dedos. Él no se movió. No habló. Solo observó mientras ella intentaba, en vano, limpiar el desastre. — No sirve de nada —admitió, la voz temblorosa—. Necesitas quitarte la camisa. Las palabras flotaron entre ellos, cargadas de un significado que ninguno de los dos se atrevió a nombrar. Daniel alzó una ceja, un gesto que Clara conocía bien —era el mismo que hacía cuando alguien presentaba una idea absurda en una reunión—. Pero, esta vez, no había ironía. Solo curiosidad. — ¿Aquí? —preguntó, como si la pregunta fuera una formalidad. Clara tragó saliva. La sala estaba vacía, las paredes de cristal reflejando solo las luces de la ciudad allá afuera. Nadie los vería. — A menos que quieras manchar también el traje. Daniel soltó una risa baja, el sonido vibrando en el pecho de Clara como un toque físico. Desabotonó el primer botón de la camisa, luego el segundo, los dedos moviéndose con una lentitud deliberada. Clara desvió la mirada, pero no antes de captar el destello de piel morena, el contorno de las clavículas, la sombra de vello oscuro que desaparecía bajo la tela. Cuando terminó, la camisa estaba abierta, revelando el torso definido, los músculos delineados por años de natación. Clara sintió la boca seca. Había algo profundamente íntimo en ver a su jefe así, expuesto, vulnerable. No era solo el cuerpo —era la ruptura de una barrera invisible, la rendición momentánea del poder que siempre había ejercido sobre ella. — ¿Mejor? —Su voz era ronca. Ella asintió, incapaz de hablar. Daniel tomó la camisa manchada y la enrolló, arrojándola sobre la mesa. El movimiento hizo que la camiseta blanca que llevaba debajo se estirara, delineando el contorno de sus pezones, la curva de sus pectorales. Clara apretó la servilleta con más fuerza, las uñas clavándose en su palma. — Estás temblando —observó él. — No es cierto. — Sí lo estás. —Un paso adelante—. Tus manos. Ella miró hacia abajo. Los dedos, en efecto, temblaban levemente. Daniel tomó su muñeca, no con fuerza, sino con firmeza, como si quisiera probar un punto. Su pulgar rozó la piel sensible del interior de su brazo, trazando círculos lentos que la hicieron contener la respiración. — Es el vino —mintió—. Debe habérseme subido a la cabeza. — O es otra cosa. Clara alzó los ojos. Los de él estaban oscuros, casi negros bajo la luz tenue, y había algo en ellos que nunca había visto antes —hambre. No el hambre de un hombre por una mujer, sino el hambre de un depredador que finalmente reconoce a su presa. — Daniel... Él no la dejó terminar. En un movimiento rápido, tomó su mentón y acercó su rostro al de ella, los labios flotando a centímetros de distancia. Clara sintió su aliento cálido, el olor a vino y menta, y supo que, si la besaba en ese momento, no tendría fuerzas para resistirse. — ¿Derribaste el vino a propósito? —murmuró. — No. — ¿Estás segura? Ella no respondió. No podía. Porque, en el fondo, no estaba segura de nada. Tal vez había sido un accidente. Tal vez no. Tal vez, en algún lugar entre el cansancio y el deseo, había deseado aquello —la excusa perfecta para tocarlo, para romper la distancia que siempre los había separado. Daniel soltó su mentón, pero no se apartó. En cambio, sus dedos se deslizaron por su cuello, trazando el contorno de su clavícula, bajando hasta el primer botón de su blusa. Clara contuvo la respiración cuando lo desabrochó, luego otro, revelando el encaje negro del sujetador debajo. — ¿Qué estás haciendo? —La pregunta salió en un susurro. — Verificando si tú también estás manchada. Ella no lo estaba. Pero cuando sus dedos rozaron su piel expuesta, sintió como si estuviera ardiendo. — No lo estoy —logró decir. — Entonces solo soy yo. Daniel tomó su mano y la presionó contra su propio pecho, sobre el corazón. El órgano latía con fuerza, acelerado, un contrapunto perfecto al ritmo descompasado del suyo. Clara sintió el calor de su piel, la textura áspera del vello, la humedad residual del vino que aún no se había secado. — ¿Sientes eso? —preguntó. Ella asintió. — Es lo que pasa cuando me tocas. Las palabras flotaron entre ellos, cargadas de una verdad que ninguno de los dos estaba listo para admitir. Clara retiró la mano, pero Daniel la retuvo, llevándola a sus labios. Besó su palma, luego cada dedo, la lengua trazando círculos lentos que la hicieron estremecer. — Mañana —dijo, la voz ronca—, necesitaré que te quedes hasta tarde. — ¿Para qué? — Para terminar lo que empezamos. Él soltó su mano y dio un paso atrás, tomando la camisa manchada de la mesa. Clara lo observó mientras se la ponía, los movimientos ahora apresurados, como si intentara recomponerse. Pero el botón superior quedó abierto, y la marca del vino aún era visible, un recordatorio de lo que casi había sucedido. — Buenas noches, Clara. — Buenas noches, Daniel. Lo vio salir de la sala, su espalda ancha desapareciendo en el pasillo oscuro. Cuando la puerta se cerró, Clara soltó el aire que no se había dado cuenta de estar conteniendo. Su perfume aún flotaba en el aire, mezclado con el olor a vino y cuero. Y, en algún lugar sobre la mesa, olvidada entre los papeles, una servilleta de papel arrugada guardaba la marca de sus dedos —y la promesa de que, la noche siguiente, todo sería diferente. --- La servilleta arrugada aún estaba en su bolso cuando Clara llegó a la oficina a la mañana siguiente. La había doblado cuidadosamente entre las páginas de un cuaderno, como si fuera un secreto demasiado peligroso para dejarlo a la vista. Pero, incluso escondido, el recuerdo del tacto de Daniel, del sabor del vino en sus labios, de la promesa murmurada en la penumbra de la sala, ardía en su piel como una marca. La rutina de la oficina parecía más fría esa mañana. El aire acondicionado zumbaba en un tono agudo, casi irritante, y el olor a café recién hecho se mezclaba con el perfume cítrico de los productos de limpieza. Clara alisó su falda lápiz, pasando las manos sobre la tela como si pudiera borrar el recuerdo de los dedos de Daniel deslizándose por sus muslos. Se sentó en su escritorio, encendió la computadora y respiró hondo, intentando concentrarse en los correos acumulados. Fue entonces cuando lo vio. Entre la pila de documentos que su antecesora había dejado —informes de ventas, actas de reuniones, facturas— había un sobre blanco, liso, sin remitente. Clara frunció el ceño. No era común recibir correspondencia personal allí, mucho menos algo que no hubiera pasado por el escrutinio de la recepción. Con cuidado, lo tomó, sintiendo el peso ligero del papel entre sus dedos. Dentro, una sola nota, doblada por la mitad. La caligrafía era firme, inclinada hacia la derecha, con trazos precisos que reconocería en cualquier lugar: *D.* *«Clara,* *Hoy, mientras tecleabas, observé tus manos. La forma en que tus dedos se mueven sobre el teclado, rápidos, eficientes. Imaginé que estaban en otro lugar. En mí. Primero, solo rozando mi piel, como si estuvieras probando cuánto aguantaría antes de perder el control. Después, más audaces. Más exigentes.* *Te gusta mandar, ¿verdad? Aunque no lo admitas. Me gusta pensar que, cuando nadie mira, te permites imaginar cómo sería darme órdenes. No las mismas que repites todos los días —‘agenda esto’, ‘cancela aquello’—, sino otras. Más íntimas. Más sucias.* *Yo obedecería».* Clara sintió el rubor subir a sus mejillas. Las palabras parecían quemar el papel, y por un instante, estuvo segura de que todos en la oficina podían escuchar el sonido de su respiración acelerada. Doblo la nota de vuelta, como si eso pudiera contener el efecto que tenía sobre ella. Pero era demasiado tarde. La imagen de Daniel, de rodillas frente a ella, los labios entreabiertos mientras esperaba una orden, invadió su mente con una claridad perturbadora. Debería haber tirado la nota. Debería haber fingido que nunca la había leído. Pero, en lugar de eso, la guardó en el cajón de su escritorio, entre los clips y los post-its, como si fuera un tesoro prohibido. --- El día pasó en un borrón de reuniones y llamadas telefónicas, pero Clara no lograba concentrarse. Cada vez que la puerta de la oficina de Daniel se abría, su cuerpo reaccionaba antes de que su mente registrara el sonido. Un escalofrío en la nuca. Un nudo en el estómago. Una humedad incómoda entre las piernas que intentaba ignorar, cruzando y descruzando las piernas bajo el escritorio. A las tres de la tarde, apareció otro sobre. Esta vez, estaba sobre el teclado, como si alguien lo hubiera dejado allí mientras ella estaba en el baño. Clara miró a su alrededor, pero la oficina estaba casi vacía —la mayoría de los empleados había salido a almorzar, y los pocos que quedaban estaban absortos en sus pantallas. Con manos temblorosas, abrió el sobre. *«Clara,* *¿Llevas puesto ese conjunto de lencería hoy? Aquel de encaje negro, con el cierre al frente? Recuerdo cómo te quedaste cuando lo compraste. Los ojos brillantes, los labios mordidos mientras decidías si era demasiado atrevido. Apuesto a que lo llevas puesto ahora. Apuesto a que, si pasara la mano bajo tu falda, encontraría el encaje húmedo, pegado a tu piel.* *Quiero probarte así. Quiero sentir el sabor de tu deseo mientras intentas mantener la compostura, los labios apretados para no gemir. Quiero que me mires a los ojos mientras lo hago, como si aún estuvieras dictando un memorándum. Como si no estuvieras a punto de correrte en mi boca».* Ella soltó un suspiro entrecortado, apretando los muslos uno contra el otro. La nota temblaba en sus manos, y por un segundo, temió que alguien pudiera ver el rubor en su rostro, la forma en que sus pezones se habían endurecido bajo la blusa de seda. Pero no había nadie allí para ser testigo de su vergüenza —o de su excitación. Guardó la nota junto a la primera, sintiendo el peso de la complicidad crecer entre ellos. --- A las seis de la tarde, cuando la mayoría de los empleados ya se había ido, Clara aún estaba en su escritorio, fingiendo revisar un informe. La verdad era que estaba esperando. Esperando otra nota. Esperando que Daniel apareciera. Esperando que algo —cualquier cosa— sucediera. Fue entonces cuando escuchó pasos en el pasillo. El ritmo era inconfundible: lento, deliberado, como si él supiera exactamente el efecto que causaba. Clara contuvo la respiración, los dedos apretando el borde del escritorio. La puerta de la oficina de Daniel se abrió y cerró, pero él no apareció. En su lugar, un tercer sobre se deslizó por debajo de la puerta de su sala, como si hubiera sido empujado con el pie. No se levantó de inmediato. Se quedó allí, paralizada, escuchando el sonido amortiguado de Daniel moviéndose en su oficina. El clic de un vaso siendo colocado sobre la mesa. El crujido de la silla giratoria. El susurro de papeles. Solo cuando estuvo segura de que él no la observaba, se arrodilló para tomar el sobre. *«Clara,* *Esta noche, después de que todos se hayan ido, quiero que vayas a mi oficina. No toques. No anuncies tu presencia. Solo entra, como si fuera tuya. Cierra la puerta detrás de ti y espera.* *Estaré sentado en mi silla, con las manos sobre los brazos, como si estuviera esperando una reunión. Pero no llevaré puesto el traje. Solo la camisa, los botones superiores desabrochados, las mangas arremangadas hasta los codos. Y estaré duro. Muy duro.* *Quiero que te acerques despacio, como si aún estuvieras decidiendo si obedecer o no. Cuando estés lo suficientemente cerca, quiero que te arrodilles entre mis piernas. No te tocaré. No diré nada. Solo observaré mientras desabrochas mi pantalón, mientras liberas mi polla, mientras la llevas a tu boca.* *Y entonces, Clara, te observaré chupármela. Observaré cómo tus labios se cierran alrededor de mí, tu lengua girando en la punta, tus manos apretando mis muslos. Observaré mientras intentas no hacer ruido, incluso cuando empuje más profundo, incluso cuando enrede mis dedos en tu cabello y te acerque más.* *Y cuando me corra, lo haré en tu boca. Te observaré tragar, los ojos fijos en los míos, como si aún estuviéramos jugando el mismo juego de poder de siempre.* *Pero ten en cuenta una cosa: al final, quien tendrá el control seré yo».* Clara leyó la nota tres veces antes de darse cuenta de que estaba temblando. No de miedo. No de rabia. Sino de una anticipación tan intensa que dolía. Presionó los dedos contra sus labios, como si pudiera contener el gemido que amenazaba con escapar. Y entonces, porque ya no había forma de negarlo, porque el deseo se había convertido en algo vivo, palpitante, dentro de ella, Clara dobló la nota y la guardó junto a las otras. Esa noche, se quedaría hasta tarde. --- El evento corporativo había sido un éxito —o al menos eso sugerían las sonrisas forzadas y los brindis calculados—. Clara ajustó el tirante del vestido negro, la tela demasiado ajustada para el aire acondicionado del salón, pero perfecta para las miradas que fingía no notar. Daniel, al otro lado del salón, conversaba con un grupo de inversores, la postura impecable, el traje gris oscuro moldeando sus hombros anchos como si hubiera sido cosido para él. No la miraba. No directamente. Pero ella sentía el peso de esa atención ausente como una corriente eléctrica recorriendo su piel. Cuando el último invitado se despidió y las luces comenzaron a apagarse, Clara respiró hondo. Necesitaba volver a la oficina para organizar las carpetas del día siguiente, un pretexto tan frágil como necesario. Daniel, sin embargo, la interceptó en la salida. — Yo también subiré. Necesito revisar algunos contratos antes de mañana. Su voz era baja, controlada, pero había algo allí —una aspereza, un cable pelado—. Clara asintió, los dedos apretando el asa de su bolso. En el ascensor, el silencio se instaló como un tercer pasajero, denso, cargado. Ella se quedó de espaldas a él, mirando los números que parpadeaban en el panel, intentando ignorar el calor que irradiaba de su cuerpo, tan cerca que bastaría un paso para que su espalda rozara su amplio pecho. Entonces, el ascensor se detuvo. Un sacudón brusco, seguido de un gemido metálico. Las luces parpadearon, y por un segundo, todo quedó a oscuras. Clara soltó un suspiro involuntario, más de sorpresa que de miedo. La mano de Daniel encontró su codo, firme, cálida. — Todo está bien —murmuró, su aliento rozando la curva de su oreja—. Debe ser solo un problema eléctrico. Pero no era solo eso. Clara lo sabía. Ambos lo sabían. Las luces volvieron, débiles, amarillentas, como si el propio ascensor estuviera conteniendo la respiración. Daniel no soltó su brazo. En cambio, sus dedos se deslizaron hacia abajo, rozando la piel sensible de su muñeca, y luego —lentamente— hacia arriba, hasta su hombro, donde el fino tirante del vestido se deslizó con un tirón deliberado. — Clara. Su nombre salió como una advertencia. O una petición. Ella se giró. Sus ojos estaban oscuros, las pupilas dilatadas, la máscara de frialdad desvaneciéndose como azúcar en la boca. Antes de que pudiera pensar, antes de que pudiera recordar todas las razones por las que esto era una pésima idea, él la atrajo hacia sí. Los labios de Daniel encontraron los suyos con una urgencia que no dejaba espacio para la vacilación. Era un beso hambriento, posesivo, como si hubiera pasado meses esperando ese momento —y tal vez así había sido—. Clara gimió contra su boca, las manos subiendo para enredarse en su cabello oscuro, atrayéndolo más cerca. El sabor a whisky y menta invadió sus sentidos, mezclado con el aroma de su costoso perfume, de su piel caliente por el deseo. Daniel la empujó contra la pared del ascensor, su cuerpo presionando el de ella, y sintió cada centímetro de él —duro, exigente— contra su vientre. Una de sus manos se deslizó hacia abajo, agarrando su muslo, levantándolo para encajarse entre sus piernas. — Joder —gruñó, sus dientes rozando su labio inferior—. No tienes idea de cuánto he querido hacer esto. Clara arqueó la espalda, el vestido subiendo hasta la cintura, la tela fina de su tanga ya húmeda. No respondió. No necesitaba hacerlo. Sus cuerpos hablaban por sí solos, moviéndose en un ritmo antiguo, desesperado. Los dedos de Daniel encontraron el elástico de su tanga, apartándolo con un gesto brusco. Cuando la tocó, Clara tuvo que morderse el labio para no gritar. — Silencio —ordenó, su mano cubriendo su boca mientras la otra continuaba su trabajo entre sus piernas—. No queremos que toda la empresa sepa lo que estamos haciendo, ¿verdad? Clara negó con la cabeza, sus dientes mordisqueando la palma de su mano. Daniel rio, un sonido oscuro y satisfecho, y apartó la mano solo para reemplazarla con su boca, besándola con una hambre que la dejó sin aliento. Se aferró a sus hombros, las uñas clavándose en la tela de su camisa, mientras él la penetraba con dos dedos, el pulgar rodeando su clítoris con movimientos implacables. — Por favor —suplicó contra sus labios, la voz quebrada—. Te necesito dentro de mí. Daniel no respondió con palabras. En cambio, se apartó lo suficiente para abrir la cremallera de su pantalón, liberando su polla dura y palpitante. Clara miró por encima del hombro, los ojos muy abiertos al ver su tamaño, la vena pulsando a lo largo de su longitud. Él notó su mirada y sonrió, malicioso. — ¿Te gusta lo que ves? Ella asintió, la garganta seca. Daniel tomó sus caderas con fuerza, posicionándose detrás de ella. — Entonces dime lo que quieres. — Te quiero a ti —jadeó—. Ahora. Él no necesitó más. Con un solo movimiento, Daniel la penetró hasta el fondo, arrancándole un grito ahogado. Clara se apoyó en la pared, las uñas arañando el costoso papel tapiz, mientras él establecía un ritmo brutal, cada embestida más profunda que la anterior. El sonido de piel contra piel resonaba en la cabina, mezclándose con los gemidos roncos de Clara y los gruñidos guturales de Daniel. — Mierda —gruñó, su mano enredándose en su cabello, tirando de su cabeza hacia atrás—. Estás tan apretada. Tan perfecta. Clara apenas podía formar pensamientos coherentes. Cada nervio de su cuerpo estaba en llamas, cada embestida acercándola más al límite. Daniel lo notó y desaceleró, sus movimientos volviéndose más lentos, más deliberados, como si quisiera prolongar el momento. — No —protestó, sus caderas moviéndose contra él en busca de alivio—. No pares. Él rio, bajo y perverso, y mordió su hombro, sus dientes marcando su piel. — Yo decido cuándo te corres, Clara. No tú. Ella gimió, frustrada, pero la amenaza implícita en sus palabras solo la excitó más. Daniel soltó su cabello y deslizó su mano por su vientre, bajando hasta encontrar su clítoris. Lo masajeó en círculos firmes, mientras continuaba penetrándola con embestidas profundas y controladas. — Córrete para mí —ordenó, su voz ronca—. Ahora. El orgasmo la golpeó como una ola, robándole el aliento y haciendo que su cuerpo temblara violentamente. Clara gritó, el sonido ahogado contra la pared, mientras Daniel la sostenía firme, prolongando su placer con movimientos precisos. Cuando las últimas oleadas la recorrieron, él la atrajo hacia sí, sus labios encontrando los de ella en un beso hambriento. — Todavía no he terminado contigo —murmuró contra su boca. Antes de que Clara pudiera responder, Daniel la levantó en brazos, cargándola hasta la mesa. La depositó sobre la superficie fría de caoba, apartando sus piernas con un movimiento brusco. Clara sintió el aire frío tocar su sexo expuesto, aún palpitante, y se estremeció. Daniel no perdió tiempo. Se arrodilló entre sus piernas, su lengua reemplazando sus dedos en una lamida lenta y tortuosa. Clara arqueó la espalda, sus manos aferrándose a su cabello, mientras él la devoraba con una voracidad que la dejaba sin aliento. Cada movimiento de su lengua estaba calculado para llevarla a la locura, cada succión, cada suave mordisco en su clítoris, hacía que su cuerpo temblara. — Daniel, por favor —suplicó, las palabras saliendo en un hilo de voz—. No aguanto más. Él alzó la vista, sus labios brillando con sus jugos, y sonrió. — Sí que aguantas. Y entonces volvió a trabajar, su lengua hundiéndose dentro de ella, sus dedos reemplazando su boca en su clítoris. Clara sintió otro orgasmo construyéndose, más intenso que el anterior, e intentó apartarse, pero Daniel sujetó sus caderas con fuerza, manteniéndola en su lugar. — Dije que aguantas —repitió, su voz áspera—. Córrete otra vez. Y ella se corrió. Esta vez, el placer fue tan intenso que vio estrellas, su cuerpo convulsionando mientras Daniel continuaba lamiéndola, prolongando cada espasmo hasta que quedó laxa, exhausta, completamente a su merced. Cuando finalmente se levantó, Clara apenas podía abrir los ojos. Daniel se limpió la boca con el dorso de la mano, sus ojos oscuros fijos en ella, y luego se inclinó, besándola con fuerza, dejándola saborear su propio gusto. — Ahora sí —dijo, su voz satisfecha—. Ahora estás lista para mí. Clara sintió su polla presionando su entrada nuevamente, y gimió, su cuerpo aún demasiado sensible. Daniel no se inmutó. La penetró con un movimiento suave pero firme, llenándola por completo. Esta vez, no había prisa. Se movió despacio, cada embestida profunda y deliberada, como si quisiera memorizar cada centímetro de ella. — Mírame —ordenó, sujetando su mentón. Clara abrió los ojos, encontrando su intensa mirada. Había algo allí, algo más allá del deseo, algo que no se atrevía a nombrar. Él aceleró el ritmo, sus caderas golpeando contra las de ella con una fuerza que la hacía gemir con cada impacto. — Córrete conmigo —susurró, sus labios rozando los suyos—. Ahora. Y ella obedeció. El orgasmo la golpeó como un rayo, haciendo que su cuerpo se contrajera alrededor de él. Daniel gimió, sus movimientos volviéndose erráticos, y entonces se corrió, llenándola con su semilla caliente, mientras la sostenía contra sí, sus cuerpos unidos en un solo ritmo. Por un largo momento, no hubo nada más que el sonido de sus respiraciones entrecortadas y el corazón de Clara latiendo con fuerza en su pecho. Daniel se apartó lentamente, sus ojos nunca dejando los de ella, y luego se inclinó, besándola con una ternura que la tomó por sorpresa. — Esto —murmuró contra sus labios— fue solo el comienzo. Clara no respondió. No necesitaba hacerlo. Afuera, el sol ya había desaparecido, dejando solo el brillo frío de las luces de la ciudad. Y, en algún lugar del pasillo, el sonido de pasos acercándose. --- La sala de reuniones del último piso estaba iluminada solo por la luz indirecta de las lámparas, creando un juego de sombras que danzaba sobre las paredes de cristal esmerilado. Clara ajustó el blazer nuevo —un tono azul marino que realzaba el brillo de sus ojos— y pasó los dedos por su cabello, ahora suelto en ondas suaves, en lugar del severo moño de antes. La tela de la falda lápiz rozaba sus muslos con cada paso, un recordatorio constante de cómo las cosas habían cambiado. Al otro lado de la mesa, Daniel observaba cada uno de sus movimientos, los dedos tamborileando levemente sobre la superficie de caoba. Ya no era el CEO distante que la hacía contener la respiración con una simple mirada. O, al menos, no *solo* eso. Ahora, había algo más en sus ojos —una mezcla de posesividad y ternura que la hacía sentir, al mismo tiempo, poderosa y vulnerable. — Estás hermosa —murmuró, su voz ronca, mientras ella se acercaba—. Pero prefiero que no lleves nada de esto. Clara sonrió, inclinándose para apoyar las manos sobre la mesa, sus pechos presionando levemente contra el escote de su blusa. — Paciencia, *señor* Varga. Hoy es mi primer día como directora de proyectos. Necesito mantener las apariencias. Daniel arqueó una ceja, pero no resistió. Extendió la mano, atrayéndola por la cintura hasta que quedó entre sus piernas, los tacones altos haciéndola quedar a la altura perfecta para un beso. Sus labios eran cálidos, exigentes, y Clara se entregó, dejando que su lengua explorara su boca con la misma intensidad con la que la había poseído la noche anterior, contra la pared de su apartamento, mientras las luces de la ciudad parpadeaban como estrellas lejanas. Cuando se separaron, Daniel sostuvo su rostro entre sus manos, los pulgares acariciando sus pómulos. — Las apariencias son aburridas —dijo, su voz baja—. Pero si es lo que quieres, jugaré el juego. Por ahora. Clara rio, pero el sonido murió en su garganta cuando él deslizó su mano bajo su falda, sus dedos encontrando el encaje de su tanga ya húmeda. Mordió su labio, sus caderas moviéndose por instinto, buscando más contacto. — Daniel… —susurró, pero él la silenció con otro beso, más profundo, mientras sus dedos trabajaban con una precisión enloquecedora. — Shh —murmuró contra su boca—. No quieres que alguien nos escuche, ¿verdad? Clara negó con la cabeza, sus dedos cerrándose en la tela de su camisa. La oficina estaba vacía a esa hora, pero la posibilidad de que los descubrieran —aunque remota— encendía algo dentro de ella. Daniel lo sabía. Siempre lo sabía. Con un movimiento rápido, la levantó, sentándola sobre la mesa, apartando los papeles y el portátil con un gesto impaciente. Sus tacones golpearon contra la madera pulida, y él se arrodilló entre sus piernas, apartando su tanga a un lado antes de que pudiera protestar. — Daniel, no aquí— Las palabras se convirtieron en un gemido cuando su lengua encontró su clítoris, cálida y húmeda, moviéndose en círculos lentos y deliberados. Clara arqueó la espalda, sus manos aferrándose al borde de la mesa, los nudillos volviéndose blancos. Él la conocía tan bien —sabía exactamente cómo provocarla, cómo llevarla al límite y luego retroceder, dejándola jadeante y desesperada. — Te gusta desafiarme —murmuró, sus labios rozando la piel sensible de su muslo—. Pero los dos sabemos quién manda aquí. Clara gimió cuando él la penetró con dos dedos, curvándolos en el punto exacto que la hacía ver estrellas. Su pulgar presionó su clítoris, y supo que no duraría mucho. — Por favor… —suplicó, su voz quebrada. Daniel sonrió, lento y peligroso, antes de levantarse y atraerla para un beso, dejándola saborear su propio gusto en su boca. Luego, con un movimiento fluido, la giró de espaldas, inclinándola sobre la mesa, su falda levantada hasta la cintura. — Manos sobre la mesa —ordenó, su voz áspera. Clara obedeció, sus dedos extendiéndose sobre la superficie fría. El sonido de la cremallera de su pantalón resonó en la sala, y entonces sintió la punta de su polla presionando contra su entrada, caliente y palpitante. — ¿Quieres esto? —preguntó, sus labios rozando su oreja mientras una mano se deslizaba bajo su blusa, apretando un pecho por encima del sujetador. — Sí —jadeó—. *Por favor.* Daniel no necesitó más incentivo. La penetró con un solo movimiento, enterrándose hasta el fondo, y Clara tuvo que morderse el labio para no gritar. El placer era casi insoportable —el contraste entre el frío de la mesa bajo sus pechos y el calor de su cuerpo detrás de ella, los sonidos ahogados de sus caderas golpeando contra sus nalgas, el ritmo implacable que la hacía temblar. — Eres mía —gruñó, sus manos sujetando sus caderas con fuerza—. *Di.* — Tuya —gimió, las palabras perdiéndose en un suspiro cuando él aceleró, cada embestida más profunda que la anterior—. *Solo tuya.* Daniel gimió, sus dedos clavándose en su piel, y Clara sintió el orgasmo acercándose como una ola, arrastrándola hacia un abismo de placer. Cuando él se corrió, enterrándose hasta el fondo y derramándose dentro de ella, lo acompañó, su cuerpo temblando, su visión nublándose por un instante. Por un largo momento, no hubo nada más que el sonido de sus respiraciones entrecortadas y el corazón de Clara latiendo tan fuerte que estaba segura de que él podía escucharlo. Daniel se inclinó sobre ella, besando su nuca, sus hombros, los puntos donde su piel aún ardía con su toque. — Buen comienzo para tu nuevo puesto —murmuró, su voz cargada de satisfacción. Clara rio, girándose para mirarlo, los labios hinchados por los besos. — Eres imposible. — Y a ti te encanta. Ella no lo negó. --- Los meses siguientes fueron una danza constante entre lo profesional y lo personal, un equilibrio delicado que ambos aprendieron a navegar con maestría. Clara asumió sus nuevas responsabilidades con la misma eficiencia de antes, pero ahora había algo diferente en su postura —una confianza que venía no solo del cargo, sino del hombre que la esperaba en casa todas las noches, o que la arrastraba a un rincón oscuro de la oficina cuando la tensión entre ellos se volvía insoportable. Daniel, por su parte, había aprendido a ceder —al menos un poco—. Ya no era el CEO inaccesible; ahora permitía que Clara viera sus vulnerabilidades, sus miedos, las pequeñas grietas por donde entraba la luz. Y, a cambio, ella le daba algo que él no sabía que necesitaba: una asociación que iba más allá del deseo, una complicidad que los unía incluso cuando no estaban entrelazados en la cama. Aquella tarde, mientras el sol se ponía sobre la ciudad, estaban en la terraza de su apartamento —o *de ellos*, como Clara ahora lo llamaba—. Ella estaba sentada en el pretil, los pies descalzos balanceándose en el aire, mientras Daniel servía dos copas de vino. El aire estaba fresco, cargado con el olor a lluvia que se acercaba. — Estás callada —observó, entregándole una copa. Clara sonrió, tomando un sorbo antes de responder. — Solo pensando. — ¿En qué? — En cómo han cambiado las cosas. En cómo solía temblar cada vez que entrabas en la sala, y ahora… — ¿Ahora? —preguntó, acercándose, sus dedos trazando un camino perezoso por su muslo. — Ahora tiemblo por otras razones —admitió, atrayéndolo más cerca. Daniel rio, bajo y ronco, antes de besarla, el vino dejando un sabor dulce en sus lenguas. Cuando se separaron, sostuvo su rostro entre sus manos, sus ojos oscuros reflejando las luces de la ciudad. — Te amo —dijo, simplemente. Clara sintió que su corazón daba un salto. No era la primera vez que lo decía, pero cada vez era como si fuera nueva, como si las palabras adquirieran un peso diferente con cada repetición. — Yo también te amo —respondió, besándolo de nuevo, más despacio esta vez. Se quedaron allí, abrazados, mientras la noche caía a su alrededor, las luces de la ciudad parpadeando como estrellas lejanas. Ya no había agendas, ni horarios, ni reglas —solo ellos dos, y el futuro que se dibujaba ante ellos, tan brillante como las luces que iluminaban la noche. Daniel apretó el abrazo, sus labios rozando su sien. — ¿Lista para el próximo capítulo? —preguntó. Clara sonrió, girándose para mirarlo, sus ojos brillando con una promesa. — Siempre.

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