Después del Horario: Sutilezas del Deseo

Por Tonkix
Después del Horario: Sutilezas del Deseo
**Después del Horario: Sutilezas del Deseo** La oficina estaba casi vacía cuando Clara apagó el monitor con un clic suave, el brillo azulado se desvaneció como un suspiro al final de un largo día. Las luces fluorescentes, ahora sin el bullicio de los empleados, parecían más frías, proyectando sombras alargadas sobre los escritorios de caoba y los archivadores metálicos. El silencio, antes interrumpido por el tecleo y los teléfonos sonando, ahora era denso, casi palpable, como si el mismo aire se hubiera acomodado en una respiración lenta y profunda. Ella alisó la falda lápiz con las palmas de las manos, sintiendo la tela acetinada deslizarse bajo sus dedos. El movimiento era automático, un gesto de orden que la acompañaba desde que aprendió la importancia de los detalles—pequeños rituales que mantenían el caos del mundo afuera. Clara era así: eficiente incluso en los gestos más íntimos, como si hasta la forma en que ordenaba los papeles sobre el escritorio fuera una extensión de su propia disciplina. El cabello castaño, recogido en un moño bajo, no tenía un solo mechón fuera de lugar, y las gafas de montura fina descansaban sobre su nariz recto, dándole un aire de seriedad que contrastaba con el brillo malicioso que a veces escapaba de sus ojos verdes. Al otro lado del piso, tras la puerta entreabierta de su oficina, Lucas trabajaba. Ella podía verlo por la rendija, la silueta alta y ligeramente encorvada sobre el escritorio, los hombros anchos tensos bajo el saco gris oscuro. La corbata, antes impecablemente ajustada, ahora colgaba floja alrededor del cuello abierto, como si hubiera luchado contra ella durante horas. De vez en cuando, se pasaba la mano por el cabello oscuro, despeinándolo en ondas rebeldes, un gesto que Clara conocía bien—era la señal de que el cansancio comenzaba a vencer su resistencia. Lo observaba desde hacía meses, desde que fue contratada como su secretaria. No era una mirada invasiva, sino una atención casi inconsciente, como la de alguien que memoriza los detalles de un cuadro sin darse cuenta. Sabía, por ejemplo, que tomaba el café negro sin azúcar, que prefería los bolígrafos de tinta azul a los negros, que siempre aflojaba la corbata después de las siete de la noche. También sabía que, cuando estaba concentrado, mordisqueaba levemente el labio inferior, un hábito que hacía que su estómago diera un pequeño salto cada vez que lo notaba. Hoy, sin embargo, había algo diferente en el aire. Tal vez fuera el hecho de que, por primera vez en semanas, eran los únicos en la oficina. O tal vez fuera la forma en que Lucas levantó los ojos del informe que analizaba y, por un segundo, sus miradas se encontraron a través de la rendija de la puerta. No fue una mirada casual. Fue uno de esos momentos en los que el tiempo parece estirarse, como una banda elástica a punto de romperse, y Clara sintió el calor subir por el cuello, extendiéndose por las mejillas. Él no apartó la mirada de inmediato. En cambio, sostuvo el contacto un segundo más de lo que el profesionalismo permitiría, como si también estuviera probando los límites de esa tensión silenciosa. Luego, con un movimiento lento, levantó la mano y ajustó la corbata, subiéndola como si quisiera recordarse que aún tenía el control. Clara bajó los ojos primero, fingiendo ordenar algo en el cajón. El corazón le latía demasiado rápido, como si acabara de correr un maratón. *Maldición.* Nunca había sido de dejarse llevar por fantasías, pero había algo en Lucas—en la forma en que dominaba la sala de reuniones con esa voz grave y calmada, en la manera en que sus dedos largos tamborileaban sobre el escritorio cuando pensaba—que la hacía imaginar cosas que no debería. Con un suspiro, cerró el cajón y se levantó, alisando la falda una vez más. La oficina estaba demasiado silenciosa, y la presencia de él, incluso a distancia, parecía llenar cada rincón. Clara sabía que debería irse. Ya pasaban de las ocho, y el metro no esperaba. Pero sus pies la llevaron hacia la oficina de Lucas, como si tuvieran voluntad propia. La puerta estaba entreabierta. Golpeó suavemente con los nudillos, sintiendo el metal frío del picaporte contra la palma de su mano. —Señor Lucas —su voz salió más suave de lo que pretendía, casi un susurro—. ¿Aún está aquí? Él levantó los ojos del documento, y por un instante, Clara tuvo la impresión de que estaba sorprendido de verla. Pero entonces, una sonrisa lenta se dibujó en sus labios, ese tipo de sonrisa que hacía que las arrugas de expresión alrededor de sus ojos se profundizaran de una manera que ella encontraba absurdamente atractiva. —Clara. —Su nombre sonó como una caricia en su boca—. No esperaba a nadie más aquí. Ella entró despacio, los tacones altos hundiéndose levemente en la gruesa alfombra. El olor de la oficina—una mezcla de cuero, papel y el perfume amaderado de Lucas—parecía más intenso ahora, como si la ausencia de otras personas hubiera vuelto el ambiente más íntimo. —Iba a irme, pero vi que aún estaba trabajando. —Se detuvo a unos pasos del escritorio, cruzando las manos frente al cuerpo—. ¿Necesita ayuda con algo? Lucas se recostó en la silla, los dedos tamborileando sobre el brazo de cuero. El gesto era casual, pero Clara notó la forma en que sus ojos la recorrieron, rápidos y calculadores, como si estuviera evaluando algo más allá de las palabras. —En realidad, sí. —Empujó una carpeta hacia ella—. Este informe necesita ser revisado para mañana por la mañana. Normalmente se lo pediría al equipo de finanzas, pero ya se fueron. Clara tomó la carpeta, sintiendo el peso del papel grueso entre sus dedos. Cuando sus ojos se encontraron con los de él nuevamente, había algo nuevo en el aire—algo que no estaba allí antes. Tal vez fuera la forma en que la miraba, como si estuviera viendo no solo a la secretaria eficiente, sino a la mujer detrás del traje impecable. —Puedo quedarme y ayudar, si quiere —dijo, y la oferta sonó más audaz de lo que pretendía. Lucas no respondió de inmediato. En cambio, se inclinó hacia adelante, apoyando los codos sobre el escritorio. La luz de la lámpara sobre el escritorio iluminó la mitad de su rostro, dejando la otra mitad en penumbra, como si fuera dos personas a la vez: el jefe serio y el hombre que Clara sospechaba que existía bajo esa fachada. —¿No tienes compromisos? —La pregunta fue hecha en un tono bajo, casi íntimo. Clara sintió el peso de aquello. No era solo una pregunta sobre horarios. Era una invitación para quedarse. O tal vez una prueba. —Nada que no pueda esperar —respondió, y sonrió. La sonrisa de ella pareció romper alguna barrera invisible. Lucas soltó una risa baja, casi inaudible, y negó con la cabeza, como si se estuviera rindiendo a algo que había estado resistiendo durante mucho tiempo. —Entonces quédate —dijo, y empujó la silla hacia atrás, haciendo un gesto para que se acercara—. Veamos si podemos terminar esto antes de la medianoche. Clara dio un paso adelante, sintiendo cómo el aire entre ellos se cargaba de electricidad. El escritorio de Lucas era grande, pero no lo suficiente para que dos cuerpos no se tocaran accidentalmente. Y, de repente, se dio cuenta de que no le importaría en absoluto si eso sucedía. La oficina estaba sumida en un silencio denso, de esos que solo la noche logra producir. Las luces fluorescentes se habían apagado una a una, quedando solo el brillo ámbar de la lámpara de Lucas, que proyectaba sombras alargadas sobre los muebles de madera oscura. Clara permaneció inmóvil por un instante, escuchando el zumbido bajo del aire acondicionado y el eco lejano de un ascensor cerrando sus puertas en el piso de abajo. Todo el edificio parecía respirar lentamente, como si también estuviera cansado. Se levantó despacio, los tacones hundiéndose en la gruesa alfombra con un sonido amortiguado. La falda lápiz, lo suficientemente ajustada para marcar la curva de sus caderas, rozó contra sus muslos mientras rodeaba el escritorio. Lucas aún estaba allí, los dedos tamborileando sobre el teclado con un ritmo irregular, los ojos fijos en la pantalla como si pudiera extraer las palabras que faltaban solo con la fuerza de su mirada. La corbata, antes impecable, colgaba floja alrededor del cuello abierto, y los primeros botones de la camisa revelaban la base del cuello, donde una vena latía a un ritmo acelerado. —¿Necesitas ayuda con eso? —La voz de Clara salió más suave de lo que pretendía, casi un susurro. Lucas levantó los ojos, sorprendido. Por un segundo, vio algo cruzar su rostro—alivio, tal vez, o algo más peligroso. Se recostó en la silla, los brazos cruzados sobre el pecho, y la observó con una intensidad que hizo que el aire entre ellos se volviera más pesado. —¿No deberías estar en casa? —¿Y tú? —Inclinó la cabeza, una sonrisa jugando en sus labios—. ¿O vas a decirme que te gusta pasar las noches solo con informes de ventas? Él rio, un sonido corto y ronco, y negó con la cabeza. —Touché. —Luego, tras una pausa, añadió—: Pero es urgente. El consejo quiere esto sobre la mesa mañana temprano. Clara dio un paso más hacia adelante, deteniéndose al lado de su silla. El perfume de Lucas—algo amaderado, con un toque de cuero y especias—llegó hasta ella, mezclándose con el aroma del café frío que aún quedaba en la taza sobre el escritorio. Extendió la mano, los dedos rozando levemente el brazo de la silla. —Entonces déjame ayudar. Dos pares de ojos ven más rápido. Él dudó. No era solo una cuestión profesional—ella lo sabía. Era el espacio, la proximidad, el hecho de que, si ella se quedaba, no habría nadie más allí para servir de barrera. Pero el cansancio en sus ojos, la forma en que los hombros se curvaban ligeramente bajo el peso de la camisa, delataron su decisión antes incluso de que la verbalizara. —Está bien. —Empujó la silla hacia un lado, haciendo espacio—. Pero solo si prometes no reírte de mis gráficos. —No prometo nada —murmuró, sentándose en el borde del escritorio, frente a él. El movimiento hizo que la falda subiera unos centímetros, revelando más de la piel de sus muslos. Lucas apartó la mirada por un segundo, pero no lo suficientemente rápido. Clara lo notó, y la comisura de su boca se curvó en una sonrisa satisfecha. Cruzó las piernas lentamente, deliberadamente, e inclinó el cuerpo hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas. —Vamos. ¿Qué es lo que te tiene atascado? Él carraspeó, como si necesitara aclarar la garganta tanto como la mente. —Los números de la sucursal de Curitiba. Están fuera de lo normal, y no logro entender por qué. Clara extendió la mano, los dedos flotando sobre el ratón. —¿Puedo? Lucas asintió, cediendo el control. Ella bajó la pantalla, los ojos recorriendo las columnas de datos con una eficiencia que él siempre había admirado. Pero ahora, con ella tan cerca, era difícil concentrarse en algo más que el calor que emanaba de su cuerpo, la forma en que el cabello castaño caía sobre sus hombros en ondas sueltas, el brillo discreto del labial que se había aplicado horas antes y que aún resistía. —Aquí —señaló una celda—. Este valor está duplicado. Y mira, aquí hay una discrepancia en el cálculo del flete. Él se acercó, el hombro rozando el de ella. Clara no se apartó. En cambio, giró el rostro ligeramente, los labios casi tocando su oreja. —¿Ves? No era tan complicado. Lucas sintió el aliento cálido contra su piel, y un escalofrío recorrió su columna. Se obligó a enfocarse en la pantalla, pero las palabras de Clara danzaban ante sus ojos, sin sentido. —Tienes razón —murmuró—. Siempre la tienes. Ella rio suavemente, un sonido que vibró en su pecho. —Es para lo que me pagan. —No —corrigió, la voz ronca—. Es para mucho más que eso. El silencio que siguió fue cargado, eléctrico. Clara bajó del escritorio lentamente, los tacones golpeando el suelo con un clic suave. Rodeó la silla de Lucas, deteniéndose detrás de él, y apoyó las manos en sus hombros. Los músculos estaban tensos bajo la tela de la camisa, rígidos como cuerdas. —Estás cansado —dijo, los pulgares presionando levemente la base de su cuello. Lucas cerró los ojos por un segundo, dejándose hundir en el contacto. —No deberías estar haciendo esto. —¿Haciendo qué? —Los dedos de Clara se deslizaron hacia arriba, masajeando los hombros con movimientos circulares. —Esto. —Gimió suavemente cuando ella encontró un punto especialmente dolorido—. Distrayéndome. —¿Y si quiero distraerte? —La pregunta fue susurrada, los labios de ella casi rozando su nuca. Lucas giró la silla de repente, agarrándola por las caderas y tirando de ella hacia adelante. Clara soltó un jadeo sorprendido, las manos apoyándose en los brazos de la silla para no perder el equilibrio. Ahora estaba de pie entre sus piernas, la falda subiendo un poco más, las rodillas de él rozando la parte interna de sus muslos. —Clara —dijo, su nombre sonando como una advertencia y una súplica al mismo tiempo. —¿Sí? —Inclinó el cuerpo hacia adelante, los labios flotando a centímetros de los suyos. —¿Sabes lo que estás haciendo? Ella sonrió, los dedos deslizándose por su pecho, desabotonando otro botón de la camisa. —Espero que sí. Lucas sostuvo su rostro con una mano, los dedos enredándose en el cabello de su nuca. Clara cerró los ojos, sintiendo el pulgar de él trazando el contorno de su mandíbula, la piel áspera contra la suavidad de su rostro. —Si sigues así —murmuró—, no voy a poder controlarme. —¿Y si no quiero que te controles? El aire escapó de sus pulmones en un suspiro tembloroso. Lucas la atrajo más cerca, los labios casi tocándose, pero sin completar el movimiento. Clara podía sentir su respiración contra su boca, cálida e irregular, y el aroma del café y la colonia masculina la envolvía como una promesa. —Entonces —dijo, la voz ronca—, tendrás que asumir las consecuencias. Ella sonrió, los labios rozando los de él al hablar. —No veo la hora. El documento se extendía entre ellos como un territorio inexplorado, líneas de números y gráficos que, bajo la luz amarillenta de la lámpara de mesa, parecían palpitar con vida propia. Clara ajustó las gafas de montura fina, los dedos deslizándose por el borde del papel mientras hojeaba las páginas con una precisión casi quirúrgica. El silencio de la oficina, ahora desierta, era denso, roto solo por el crujido de las hojas y el sonido ahogado de la respiración de Lucas, sentado a su lado. Él había acercado la silla, la rodilla casi tocando la de ella bajo la mesa. El calor de su cuerpo atravesaba la tela del pantalón de vestir, un contraste sutil con el aire acondicionado que aún zumbaba suavemente en el rincón de la sala. Clara podía sentir el peso de su mirada sobre ella, como si cada movimiento suyo fuera observado, descifrado. Y tal vez lo fuera. Lucas no era hombre de dejar escapar los detalles. —Aquí —dijo, señalando una línea en el informe—. Los números no coinciden con la proyección del trimestre pasado. Puede ser un error de digitación. Lucas se inclinó, el brazo rozando el de ella. El contacto fue breve, casi imperceptible, pero suficiente para enviar un escalofrío por la espalda de Clara. Ella no se apartó. En cambio, mantuvo la postura, los dedos aún flotando sobre la página, como si esperara que él repitiera el gesto. —Tienes razón —murmuró, la voz baja, casi íntima—. Voy a verificarlo en el sistema. Los dedos de él se deslizaron sobre el teclado de la laptop, y Clara siguió el movimiento, observando cómo las uñas cortas golpeaban levemente las teclas. Había algo erótico en esa concentración, en la forma en que los músculos de su antebrazo se tensaban bajo la manga de la camisa, doblada hasta los codos. Se preguntó cómo sería sentir esos brazos alrededor de ella, la fuerza contenida en ellos. —Siempre notas esos detalles —comentó, sin apartar los ojos de la pantalla—. Es impresionante. —Forma parte del trabajo. —O de tu naturaleza —replicó, finalmente mirándola. Los ojos oscuros, casi negros bajo la luz artificial, parecían absorber cada matiz de su rostro—. Eres minuciosa. Obsesiva, incluso. —¿Y eso te molesta? —Al contrario. —Su voz era un hilo de seda, envolviéndola—. Me gustan las personas que no dejan escapar nada. El aire entre ellos pareció volverse más pesado, cargado de algo que ninguno de los dos nombraba. Clara sintió que el corazón se le aceleraba, pero mantuvo la expresión neutra, como si solo estuvieran discutiendo números y plazos. Era un juego, y ella sabía jugarlo bien. —Entonces —dijo, volviendo a hojear el informe—, ¿confías en mí para encontrar los errores? —Confío en ti para muchas cosas. Las palabras flotaron en el aire, cargadas de significado. Clara levantó los ojos, encontrando los de él. Había una pregunta allí, una oferta silenciosa. Sostuvo su mirada, dejando que el momento se extendiera, que la tensión creciera hasta casi volverse palpable. —¿Muchas cosas? —repitió, la voz suave, provocadora. Lucas no respondió de inmediato. En cambio, extendió la mano, los dedos rozando levemente los de ella mientras tomaba un bolígrafo sobre la mesa. El contacto fue deliberado esta vez, una caricia disfrazada de casualidad. Clara no retrocedió. Su piel hormigueó donde él la tocó, y se preguntó si él también sentía eso, esa corriente eléctrica que parecía conectarlos. —Sabes de qué estoy hablando —dijo finalmente, la voz ronca. Clara mordió su labio inferior, un gesto involuntario que llamó su atención. Lucas siguió el movimiento con los ojos, y ella vio cómo su pupila se dilataba, oscureciendo aún más su mirada. —Tal vez quiero oírte decirlo. Él soltó una risa baja, casi un gruñido, e inclinó el cuerpo hacia ella. Su perfume—una mezcla de sándalo y algo más oscuro, más primitivo—invadió sus sentidos, haciendo que cerrara los ojos por un instante. —Te gusta jugar con fuego, Clara. —Y a ti te gusta fingir que no te estás quemando. Los dedos de él se cerraron alrededor de su muñeca, no con fuerza, pero con una firmeza que no dejaba dudas sobre quién estaba al mando. Clara contuvo la respiración, sintiendo el pulgar de él trazando círculos lentos sobre la piel sensible de la parte interna de su brazo. Era un toque ligero, casi inocente, pero cargado de promesas. —No tienes idea de lo que estoy sintiendo —murmuró. —Entonces muéstramelo. Las palabras escaparon antes de que pudiera detenerlas, y Clara supo, en el instante en que las pronunció, que había cruzado una línea. Lucas la miró, los labios entreabiertos, como si estuviera considerando todas las posibilidades. El aire entre ellos crepitaba, cargado de deseo y vacilación. Por un largo momento, ninguno de los dos se movió. Luego, lentamente, Lucas soltó su muñeca y se recostó en la silla, como si necesitara espacio para respirar. —Eres peligrosa —dijo, la voz áspera. —O simplemente honesta. Él volvió a reír, pero el sonido salió tenso, casi estrangulado. Clara sabía que estaba ganando terreno, que cada palabra, cada toque, estaba minando su resistencia. Y, Dios, cómo quería que cediera. —Terminemos esto —dijo, volviendo los ojos al informe—. Antes de que haga algo de lo que los dos nos arrepintamos. Clara sonrió, satisfecha. Había una victoria en esas palabras, aunque él no lo admitiera. Se inclinó hacia adelante, rozando deliberadamente su hombro contra el de él mientras ajustaba los papeles frente a ella. —O algo que los dos queramos repetir. Lucas no respondió. Pero la forma en que su respiración cambió, cómo sus dedos se cerraron con más fuerza alrededor del bolígrafo, fue respuesta suficiente. El informe aún estaba allí, entre ellos, pero ahora era solo un pretexto. El verdadero juego había comenzado, y Clara estaba más que dispuesta a jugarlo. El bolígrafo de Lucas chirrió contra el papel cuando subrayó una línea del informe con más fuerza de la necesaria. El sonido resonó en el silencio de la oficina, agudo como un suspiro contenido. Clara observó el movimiento de sus dedos—largos, precisos, acostumbrados a mandar—y sintió el calor subir por su cuello. El aire entre ellos estaba denso, cargado de algo que ninguno de los dos se atrevía a nombrar. Pero ella ya no quería nombres. Se inclinó hacia adelante, los codos apoyados en la mesa, la tela fina de la blusa rozando levemente su brazo. El perfume de Lucas—madera quemada y cuero envejecido—invadió sus sentidos cuando acercó su rostro al de él, casi como si fuera a compartir un secreto. Los ojos de Clara brillaban, oscuros y provocadores, reflejando la luz ámbar de la lámpara. —¿Siempre trabajas hasta tan tarde? —preguntó, la voz baja, casi un murmullo. Lucas levantó los ojos, encontrando los de ella. Había algo depredador en la forma en que la observaba ahora, como si estuviera evaluando hasta dónde podía llegar antes de perder el control. —Solo cuando tengo una secretaria tan... dedicada —respondió, la voz ronca. Ella sonrió, los labios curvándose en una línea maliciosa. —¿Dedicada? ¿O simplemente interesada en asegurarme de que el jefe no cometa errores? Él soltó una risa corta, pero no apartó la mirada. —¿Errores? —repitió, como si la palabra tuviera un sabor nuevo—. ¿Crees que cometo errores, Clara? Ella se acercó aún más, la rodilla rozando su pierna bajo la mesa. El contacto fue breve, pero suficiente para hacer que el cuerpo de Lucas se tensara. —A veces —susurró, los labios casi tocando su oreja—. A veces creo que olvidas que eres humano. El aliento cálido de ella le hizo cosquillas en la piel sensible del cuello, y Lucas cerró los ojos por un segundo, como si estuviera tratando de recordar cómo respirar. Cuando los abrió nuevamente, había fuego en ellos. —¿Y tú? —preguntó, la voz áspera—. ¿Te acuerdas de que eres humana? Clara no respondió. En cambio, se apartó lo suficiente para que él viera el brillo en sus ojos, el desafío silencioso. Luego, con un movimiento lento y deliberado, pasó la punta de la lengua por sus labios, humedeciéndolos. —¿Por qué no lo descubres? —murmuró. Fue suficiente. Lucas no pensó. No calculó. No le importaron las consecuencias. En un movimiento rápido, tomó su rostro entre las manos, los dedos hundiéndose en su cabello suave mientras la atraía hacia sí. Sus labios se encontraron en un beso que no fue suave ni vacilante—era hambre pura, deseo acumulado estallando en un instante. Clara gimió contra su boca, el sonido ahogado, casi un suspiro de alivio. Sus manos volaron hacia los hombros de Lucas, agarrando la tela del saco como si necesitara algo a lo que aferrarse. Él la atrajo más cerca, la lengua invadiendo su boca con una urgencia que hizo que el cuerpo de Clara se derritiera. Sintió el sabor del café que él había tomado antes, mezclado con algo más primitivo—el sabor del deseo. Lucas la levantó sin esfuerzo, sentándola sobre el escritorio con un movimiento brusco que hizo que los papeles del informe volaran. Clara no le importó. Envolvió las piernas alrededor de su cintura, atrayéndolo más cerca, hasta que no hubo espacio entre sus cuerpos. Las manos de Lucas se deslizaron por sus muslos, apretando la carne sobre la falda ajustada, mientras su boca bajaba por su cuello, dejando un rastro de besos calientes y mordiscos leves que la hicieron arquear la espalda. —No tienes idea de cuánto he querido hacer esto —murmuró contra su piel, los dientes rozando su clavícula. Clara rio, un sonido bajo y ronco, las uñas arañando levemente su espalda. —Mentiroso —provocó—. Pasaste semanas fingiendo que no me notabas. Él levantó la cabeza, los ojos oscuros ardiendo en los de ella. —Noté cada maldito detalle —admitió, la voz áspera—. Cada vez que te inclinabas para tomar algo, cada vez que mordías tu labio mientras escribías. Cada suspiro. Clara sintió que todo su cuerpo temblaba con sus palabras. Tomó su rostro entre las manos, atrayéndolo de vuelta a un beso profundo, como si quisiera devorar cada confesión no dicha. Las manos de él se deslizaron hacia el dobladillo de su blusa, los dedos ágiles desabotonando los primeros botones con una prisa que la hizo reír contra su boca. —¿Aquí? —preguntó, jadeante, mientras él empujaba la tela hacia un lado, exponiendo el encaje negro del sujetador. —Aquí —confirmó, la voz firme, antes de capturar un pezón entre sus labios a través de la tela fina. Clara gimió, la cabeza cayendo hacia atrás mientras él succionaba, la lengua caliente y húmeda provocándola a través del encaje. Sus manos se enredaron en su cabello, atrayéndolo más cerca, como si quisiera fusionar sus cuerpos allí mismo. Lucas obedeció, su boca bajando por el valle entre sus senos, los dientes marcando levemente su piel suave antes de volver a besarla con una intensidad que la dejó sin aliento. Ella lo empujó hacia atrás lo suficiente para desabotonar su camisa, los dedos temblorosos deslizándose sobre los músculos definidos de su pecho. Lucas la observaba con una mirada hambrienta, los labios entreabiertos, la respiración acelerada. Cuando finalmente le quitó la camisa, dejándola caer al suelo, él la atrajo de vuelta hacia sí con un gruñido bajo, las manos deslizándose hacia su trasero, apretándola contra la erección que presionaba la cremallera de su pantalón. —Eres insoportable —murmuró contra su boca, pero no había enojo en su voz, solo deseo. —Y a ti te encanta —respondió, mordiendo su labio inferior antes de atraerlo a otro beso. La oficina a su alrededor desapareció. Ya no había informes, ni plazos, ni jerarquías—solo el calor de sus cuerpos, el sonido de sus respiraciones entrecortadas, el roce de sus pieles. Lucas la acostó sobre la mesa, su cuerpo cubriendo el de ella mientras sus manos exploraban cada curva, cada centímetro de piel expuesta. Clara se arqueó contra él, los dedos clavándose en sus hombros anchos, sintiendo su peso, la fuerza contenida en cada movimiento. —Lucas... —susurró, su nombre escapando como una súplica. Él se detuvo por un segundo, los ojos oscuros fijos en los de ella, como si estuviera asegurándose de que ella lo deseara tanto como él. Clara no dijo nada. En cambio, tomó su mano y la guió hacia abajo, hasta el dobladillo de su falda, que ya estaba enrollada en su cintura. —No pares —pidió, la voz ronca. Lucas no necesitó más incentivo. Sus dedos se deslizaron dentro de su tanga, encontrándola húmeda, lista. Clara gimió fuerte cuando la tocó, el pulgar rodeando su clítoris con una precisión que la hizo temblar. Se mordió el labio para contener el sonido, pero Lucas le tomó la barbilla, obligándola a mirarlo. —No te contengas —ordenó, la voz baja y autoritaria—. Quiero oírte. Y ella obedeció. Clara dejó escapar un gemido largo y profundo cuando sus dedos entraron en ella, su cuerpo contorsionándose contra la mesa mientras él la penetraba con movimientos lentos y deliberados. Su otra mano le sujetó la nuca, manteniéndola inmóvil mientras su boca bajaba para capturar los sonidos que no podía contener. El beso fue salvaje, desesperado, como si ambos estuvieran tratando de devorarse el uno al otro. —Joder —gruñó Lucas contra su boca, los dedos acelerando el ritmo—. Eres tan deliciosa... Clara sintió que el orgasmo se acercaba, una ola caliente y abrumadora que comenzó en su vientre y se extendió por todo su cuerpo. Se aferró a sus brazos, las uñas clavándose en su piel mientras el placer la dominaba. Él no se detuvo, no disminuyó el ritmo, llevándola hasta el límite y más allá, hasta que quedó jadeante, los ojos cerrados, el cuerpo temblando bajo el suyo. Cuando finalmente abrió los ojos, Lucas la observaba con una mirada que nunca antes había visto—algo entre admiración y posesividad. Clara sonrió, lenta y satisfecha, y extendió la mano para atraerlo de vuelta a un beso. —Tu turno —murmuró contra sus labios. Lucas no necesitó nada más. La atrajo hacia arriba, sentándola en el borde de la mesa, y comenzó a desabotonar su pantalón con una urgencia que la hizo reír. Pero la risa murió en su garganta cuando finalmente se liberó, su erección dura y caliente contra la palma de su mano. —¿Estás segura? —preguntó, la voz tensa, como si se estuviera conteniendo por un hilo. Clara no respondió con palabras. En cambio, lo guió hacia su interior, los ojos fijos en los de él mientras la penetraba con un movimiento lento y profundo. Lucas gimió, la cabeza cayendo hacia atrás por un segundo antes de volver a mirarla, las manos sujetando sus caderas con fuerza. —Clara... —murmuró, su nombre escapando como una plegaria. Ella envolvió sus piernas alrededor de su cintura, atrayéndolo más cerca, hasta que no hubo más espacio entre ellos. Y entonces, con una sonrisa provocadora, susurró: —Ahora, jefe... demuéstrame de lo que eres capaz. El primer impulso de Clara fue arquear la espalda cuando Lucas la llenó por completo, la sensación de tenerlo dentro de sí tan intensa que le robó el aire de los pulmones. La mesa de reuniones, fría y pulida bajo sus muslos, contrastaba con el calor que emanaba de sus cuerpos entrelazados, cada movimiento una chispa más en la hoguera que ya los consumía. Clavó las uñas en sus hombros, no por dolor, sino por la necesidad de aferrarse a algo mientras el placer la arrastraba a un lugar donde solo existían ellos, la fricción, el sudor, la respiración entrecortada. Lucas no se contuvo. Con un gemido ronco, le subió la blusa, exponiendo el sujetador de encaje negro que apenas contenía sus senos firmes. Los dedos ágiles encontraron el cierre en la espalda, y en segundos la tela cayó, liberando los pezones ya endurecidos por el deseo. No perdió tiempo—bajó la cabeza y envolvió uno con su boca, la lengua trazando círculos lentos mientras su mano libre apretaba el otro seno, los dedos jugando con la punta sensible hasta que Clara soltó un suspiro tembloroso. —¿Te gusta esto? —murmuró contra su piel, los labios húmedos al separarse solo lo suficiente para hablar—. ¿O quieres más? Clara no respondió con palabras. En cambio, tomó su rostro entre las manos y lo atrajo a un beso voraz, la lengua invadiendo su boca con la misma urgencia con la que él la penetraba. El sabor salado del sudor mezclado con su perfume masculino la mareó, y mordió suavemente su labio inferior, arrancándole un gruñido gutural. —Quiero *todo* —susurró, la voz ronca, los ojos entrecerrados mientras él seguía moviéndose dentro de ella, cada embestida más profunda, más posesiva—. No pares. Lucas no tenía intención de parar. Con un movimiento rápido, la levantó por las caderas y la acostó sobre la mesa, su cuerpo extendiéndose entre los papeles esparcidos y las tazas de café vacías. La visión de ella allí—desnuda de la cintura para arriba, las piernas enrolladas en su cintura, los labios entreabiertos en un gemido mudo—lo dejó aún más duro. Se inclinó sobre ella, apoyándose en los codos para no aplastarla, y reanudó el ritmo, ahora más lento, más deliberado, como si quisiera memorizar cada reacción de ella. —¿Así? —preguntó, la voz cargada de malicia mientras disminuía aún más el ritmo, casi saliendo por completo antes de volver a enterrarse hasta el fondo. Clara mordió su labio inferior, los dedos aferrándose al borde de la mesa con suficiente fuerza para dejar marcas. —No juegues conmigo —jadeó, levantando las caderas en busca de más contacto—. Sé que puedes ser más... *convincente*. Lucas rio, un sonido bajo y peligroso, antes de obedecer. Se retiró casi por completo, dejando solo la punta dentro de ella, y luego, con un impulso firme, volvió a llenarla de una sola vez. Clara arqueó la espalda, un grito ahogado escapando de su garganta mientras él repetía el movimiento, cada vez más rápido, cada vez más profundo. El sonido de la piel chocando contra la piel resonó en la silenciosa oficina, mezclándose con sus gemidos y sus gruñidos, una sinfonía primitiva que no dejaba dudas sobre lo que estaba sucediendo allí. —Dios, Clara... —gimió, los dedos clavándose en sus muslos mientras aceleraba aún más—. Estás tan apretada... tan *buena*. Ella no pudo responder. El orgasmo la golpeó como una ola, robándole la voz, el aliento, incluso la capacidad de pensar. Todo su cuerpo se contrajo alrededor de él, los músculos internos apretándolo con fuerza mientras se deshacía en espasmos de placer. Lucas no resistió—con una última embestida, se enterró hasta el fondo y se corrió dentro de ella, su cuerpo temblando mientras la llenaba con chorros calientes, su nombre escapando de sus labios como una plegaria. Por unos segundos, no hubo sonido más allá de sus respiraciones entrecortadas, el aire pesado con el olor a sexo y sudor. Lucas apoyó la frente en la de ella, los ojos cerrados, tratando de recuperar el control. Clara pasó los dedos por su cabello, ahora húmedo, y sonrió, satisfecha. —Eso fue... —comenzó, pero no encontró las palabras. —*Mejor* de lo que imaginaba —completó Lucas, levantando la cabeza para mirarla a los ojos. Había algo allí, algo más allá del deseo físico—una conexión que ninguno de los dos se atrevía a nombrar aún. Clara rio, suave y satisfecha, y lo atrajo a otro beso, este más lento, más dulce. Pero cuando él intentó apartarse, ella lo sujetó con firmeza. —Todavía no hemos terminado —murmuró, los labios rozando los suyos—. No creas que voy a dejar que salgas de esta mesa sin devolverme el favor. Lucas arqueó una ceja, una sonrisa maliciosa curvando sus labios. —¿Y qué tenías en mente, *secretaria*? Clara no respondió. En cambio, lo empujó hacia atrás, haciéndolo sentar en la silla de cuero junto a la mesa. Antes de que pudiera reaccionar, se deslizó al suelo, arrodillándose entre sus piernas, los dedos ya trabajando en la cremallera de su pantalón. —Creo —dijo, la voz baja y provocadora mientras liberaba su erección ya semidura—, que mereces un poco de *atención especial*. Lucas no tuvo tiempo de responder. Al instante siguiente, su boca lo envolvió, cálida y húmeda, y dejó escapar un gemido ronco, las manos enredándose instintivamente en su cabello. La noche estaba lejos de terminar. La sala aún olía a sexo y papel viejo, una mezcla que ahora formaba parte de esa noche. El aire acondicionado zumbaba suavemente, como un susurro persistente, mientras Clara se levantaba despacio, las rodillas aún hormigueando por el contacto con la áspera alfombra. Se alisó la falda arrugada, sintiendo cómo la tela se adhería levemente a la piel húmeda de sus muslos, y lanzó una mirada por encima del hombro hacia Lucas, que aún estaba sentado en la silla, los dedos tamborileando sobre el brazo de cuero con una lentitud deliberada. —¿Vas a quedarte ahí toda la noche? —preguntó, la voz ronca, pero recuperando ya el tono irónico que siempre usaba con él. Lucas levantó los ojos, demorándose en sus labios, aún hinchados, antes de deslizar la mirada por su cuerpo, como si memorizara cada detalle. Se levantó con un movimiento fluido, ajustando la camisa que Clara había desabotonado sin prisa antes, sus dedos dejando marcas leves en los botones de nácar. Cuando finalmente se acercó, el calor de su cuerpo la envolvió incluso antes de que la tocara, y no resistió cuando la atrajo hacia sí, una mano en la curva de su cintura, la otra enredada en los mechones sueltos del moño que había deshecho sin darse cuenta. —Estaba pensando —murmuró, los labios rozando su oreja, el aliento cálido provocando un escalofrío— que tal vez deberíamos establecer algunas reglas. Clara inclinó la cabeza, permitiendo que mordisqueara su lóbulo, el leve tirón enviando una corriente eléctrica directamente a su vientre. —¿Reglas? —repitió, fingiendo desinterés, pero el tono de su voz la delataba—. Eso no parece muy *espontáneo* de tu parte. —Ah, pero es justo para garantizar que la espontaneidad continúe —respondió, su mano bajando lentamente por el costado de su cuerpo, los dedos apretando levemente la curva de su cadera—. Como: *nunca más* vamos a fingir que esto es solo profesional. Ella rio, un sonido bajo y satisfecho, y se apartó lo suficiente para mirarlo, los ojos brillando bajo la luz amarillenta de las lámparas. —¿Y qué más? —Que dejes de llamarme *señor Lucas* cuando estemos solos —dijo, la voz volviéndose más grave—. A menos que quieras que empiece a llamarte *señorita Clara* frente a todos. Clara mordió su labio inferior, conteniendo una sonrisa. —Eso sería interesante. Pero creo que puedo hacer una excepción. —Excelente. —La atrajo de vuelta, sus cuerpos encajando con una naturalidad que los sorprendió a ambos—. Y que, la próxima vez, no esperemos a que la oficina esté vacía. Ella arqueó una ceja. —¿Estás sugiriendo que hagamos esto *durante* el horario de trabajo? —No exactamente —corrigió, su mano deslizándose hacia su nuca, los dedos jugando con los mechones sueltos—. Pero que dejemos de fingir que no estamos pensando en esto todo el tiempo. Clara no respondió de inmediato. En cambio, se apartó un paso, tomando su bolso que había dejado sobre la mesa de reuniones, ahora con marcas de dedos y papeles arrugados. Sacó un labial del bolsillo interior y se lo aplicó lentamente, los ojos fijos en los de él a través del reflejo de la ventana oscura, donde las luces de la ciudad pintaban sombras danzantes en el vidrio. —En ese caso —dijo, guardando el labial y girándose hacia él—, creo que vas a necesitar un *recordatorio* de vez en cuando. Lucas no se movió, pero su cuerpo reaccionó antes incluso de que ella terminara la frase. Clara se acercó nuevamente, esta vez con una lentitud calculada, y cuando estuvo lo suficientemente cerca, se puso de puntillas y mordió suavemente su mentón, los dientes raspando su piel con una presión que hizo que Lucas soltara un suspiro entre los dientes. —Eres peligrosa —murmuró, sus manos encontrando sus caderas nuevamente, atrayéndola contra sí. —Y a ti te encanta —respondió, su voz un susurro contra sus labios. Por un momento, se quedaron allí, inmóviles, solo respirando el mismo aire, sintiendo el peso de lo que había sucedido y de lo que aún estaba por venir. Entonces, Lucas retrocedió, tomando el saco que había arrojado sobre una silla antes. Clara lo observó mientras se lo ponía, los movimientos precisos, como si se estuviera preparando para una reunión importante. Pero sus ojos nunca dejaron los de ella. —Mañana —dijo, la voz firme, pero con un dejo de algo más, algo que Clara no logró descifrar—. Después de las seis. Ella sonrió, tomando su bolso y colgándolo del hombro. —Traeré café. Fuerte. Sin azúcar. —¿Y el informe? —Ya está en tu escritorio —respondió, pasando los dedos por el borde de la mesa de reuniones, como si estuviera acariciando algo mucho más íntimo—. Junto con una copia extra. *Por precaución*. Lucas rio, un sonido bajo y genuino, y por un instante, Clara vio en él algo que nunca antes había notado: vulnerabilidad. No la debilidad que tanto temía mostrar en el trabajo, sino algo más humano, más real. Se acercó nuevamente, esta vez sin prisa, y lo besó suavemente, los labios rozando los suyos como una promesa. —Hasta mañana, *Lucas* —murmuró. Él sostuvo su rostro entre las manos, los pulgares acariciando sus mejillas, y la besó de vuelta, este más largo, más profundo, como si quisiera sellar esa noche en algún lugar más allá de la memoria. —Hasta mañana, Clara. Se separaron en el ascensor, como si fueran dos desconocidos que casualmente compartían el mismo trayecto. Clara presionó el botón de la planta baja, y cuando las puertas se cerraron, apoyó la frente en el metal frío, dejando que el aire fresco de la cabina calmara su piel aún caliente. Afuera, la ciudad latía, indiferente a lo que había sucedido entre esas cuatro paredes. Pero dentro de ella, algo había cambiado. En el estacionamiento, Lucas desbloqueó el auto con un clic seco del control remoto. Entró, ajustó el retrovisor y se quedó allí por un momento, los dedos tamborileando en el volante. El olor de ella aún estaba en sus manos, un perfume dulce y ligeramente cítrico, mezclado con el sudor y el sexo. Cerró los ojos, respirando hondo, y luego encendió el motor. El camino a casa fue una niebla de pensamientos desconectados. Pasó semáforos, esquivó autos, pero su mente estaba atrapada en esa sala, en el sonido de su respiración cuando la tocaba, en la forma en que arqueaba la espalda cuando la besaba en el cuello. Sabía que debería estar preocupado—por la empresa, por su reputación, por las consecuencias. Pero todo lo que podía sentir era una anticipación casi insoportable. Cuando llegó a su apartamento, se quitó la ropa lentamente, como si cada prenda fuera una capa de una armadura que ya no necesitaba usar. En la ducha, el agua caliente corrió por su cuerpo, llevándose el cansancio del día, pero no el recuerdo de su tacto. Pasó las manos por su propio cuerpo, imaginando que eran las de ella, y por un instante, casi pudo sentir sus dedos finos deslizándose por su piel, explorando cada centímetro con una curiosidad voraz. Más tarde, acostado en la cama, miró el techo, las manos entrelazadas detrás de la cabeza. El reloj en la mesa de noche marcaba las doce y media. Debería estar exhausto, pero estaba despierto, eléctrico, como si hubiera tomado tres tazas de café de una vez. Cerró los ojos y dejó que su mente vagara. Y entonces, como si el universo estuviera conspirando a su favor, el celular vibró en la mesa de noche. Lo tomó, el nombre de ella iluminando la pantalla. *"Olvidé decirte algo."" Sonrió antes incluso de abrir el mensaje. *"¿Qué?"" La respuesta tardó unos segundos, pero cuando llegó, hizo que su cuerpo reaccionara al instante. *"Que tu mesa de reuniones es mucho más cómoda de lo que parece. Y que no veo la hora de probar las otras superficies de la oficina."" Lucas soltó una risa baja, el sonido resonando en el cuarto vacío. Escribió una respuesta, la borró, escribió otra, y luego desistió. En cambio, la llamó. Clara respondió al segundo timbrazo. —Empezaba a pensar que te habías dormido —dijo, la voz somnolienta, pero con un dejo de provocación. —Ni cerca —respondió, la voz ronca—. Solo estaba decidiendo si respondo a tu mensaje o si espero hasta mañana para mostrarte exactamente lo que me hizo. Ella rio, un sonido suave e íntimo, y él pudo imaginársela acostada en la cama, las sábanas enredadas alrededor de su cuerpo, el cabello esparcido en la almohada. —¿Y cuál fue tu decisión? —Que no quiero esperar —admitió, su mano bajando por su propio cuerpo sin que se diera cuenta—. Pero tampoco quiero que esto sea solo por hoy. Hubo una pausa al otro lado de la línea. Cuando Clara habló nuevamente, su voz estaba más seria, más suave. —Yo tampoco. El silencio que siguió fue cómodo, cargado de algo que ninguno de los dos necesitaba nombrar. Entonces, ella suspiró, un sonido casi imperceptible. —Buenas noches, Lucas. —Buenas noches, Clara. Colgó y dejó el celular de vuelta en la mesa de noche. Por un momento, se quedó allí, mirando la oscuridad, sintiendo el peso de lo que había comenzado. No era solo deseo. No era solo curiosidad. Era algo más profundo, algo que lo asustaba y lo excitaba en igual medida. Y por primera vez en mucho tiempo, no tuvo miedo de lo que vendría. Al día siguiente, Clara llegó a la oficina quince minutos antes. Dejó su bolso en el cajón, encendió la computadora y fue hasta la oficina de Lucas, golpeando suavemente la puerta entreabierta antes de entrar. Él estaba de pie cerca de la ventana, mirando la ciudad, una taza de café en la mano. Cuando la vio, una sonrisa lenta se dibujó en su rostro. —Buenos días —dijo, cerrando la puerta tras de sí. —Buenos días —respondió, sus ojos recorriendo su cuerpo con una intensidad que hizo que su estómago se contrajera—. ¿Café? —Ya tomé —mintió, acercándose a él—. Pero acepto otra cosa. Lucas no necesitó más incentivo. Dejó la taza sobre el escritorio y la atrajo hacia sí, sus manos encontrando su cintura con una familiaridad que los sorprendió a ambos. Cuando la besó, no fue con la urgencia de la noche anterior, sino con una lentitud deliberada, como si quisiera memorizar su sabor, la textura de sus labios, la forma en que su cuerpo se moldeaba al suyo. Clara se apartó primero, los dedos jugando con el cuello de su camisa. —Tenemos una reunión en veinte minutos —le recordó, pero no había convicción en su voz. —Entonces es mejor no perder tiempo —respondió, su mano deslizándose hacia abajo, los dedos apretando levemente la curva de su cadera. Ella rio, empujándolo suavemente. —Después. Primero, el trabajo. —Después —aceptó, pero no la soltó. En cambio, se inclinó y susurró en su oído—: Pero no esperes que lo olvide. Clara sonrió, su cuerpo aún hormigueando con la promesa. —Yo tampoco. Y cuando salió de la oficina, cerrando la puerta tras de sí, ambos sabían que la oficina nunca más sería la misma. Porque ahora, además de informes, reuniones y plazos, había algo nuevo entre esas paredes. Algo que ninguno de los dos estaba dispuesto a ignorar.

🔥 Keep the fantasy going

Chat, tease and live out your desires with an AI girlfriend available 24/7 - she is up for anything you imagine.

Meet your AI girlfriend →

Publicidade +18