Llamas entre las Montañas

Por Tonkix
**Llamas entre las Montañas** El viento aullaba como un animal herido, arañando las ventanas del *Refugio de las Nubes* con garras de hielo. Clara se ajustó más el pañuelo de lana alrededor del cuello, los dedos entumecidos sujetando el asa de la maleta como si fuera lo único que la mantenía anclada a la realidad. La nieve caía en láminas oblicuas, empañando el mundo exterior, transformando la carretera sinuosa que la había traído hasta allí en un recuerdo lejano. El taxi ya había desaparecido en la curva, engullido por el blanco, y ahora solo quedaba el silencio espeso de la montaña, interrumpido únicamente por el crujir de los árboles bajo el peso de la tormenta. Empujó la puerta de madera maciza, y el calor la envolvió como un abrazo inesperado. El aire olía a leña quemada, canela y algo más sutil—quizás el perfume del tiempo detenido. La posada era más pequeña de lo que había imaginado, pero cada detalle parecía cuidadosamente elegido: las vigas a la vista en el techo, las alfombras persas desgastadas por el uso, los estantes de libros antiguos que flanqueaban el vestíbulo. En un rincón, una chimenea crepitaba, proyectando sombras danzantes sobre las paredes de piedra. — Buenas noches. La voz era grave, ronca, como si hubiera sido arrastrada por el viento antes de llegar hasta ella. Clara se giró y encontró a un hombre detrás del mostrador de madera oscura, los brazos cruzados sobre el pecho amplio. Llevaba una camisa de franela gris, las mangas arremangadas hasta los codos, revelando antebrazos marcados por venas y cicatrices finas—señales de quien trabaja con las manos. Los ojos, de un castaño profundo como ámbar líquido, la observaban con una intensidad que la hizo contener la respiración. — Soy Lucas — dijo, extendiendo la mano. — El dueño. Clara dudó antes de tocarlo. Su piel estaba caliente, casi ardiente, y por un segundo, imaginó cómo sería sentir esas manos en otras partes de su cuerpo. Apartó el pensamiento, pero no antes de notar la forma en que los labios de él se curvaron, como si supiera exactamente lo que estaba pensando. — Clara — respondió, soltando su mano con renuencia. — Llegué antes de lo esperado. — La tormenta lo adelantó todo — Lucas miró hacia la ventana, donde la nieve ya se acumulaba contra el cristal. — No se irá pronto. Ella siguió su mirada, sintiendo un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío. Había algo en esas palabras, en la manera en que las pronunció, que sonaba como una advertencia. O quizás era solo el agotamiento del viaje, la soledad de ese paisaje inhóspito, haciéndola imaginar cosas. — ¿Tiene reserva? — preguntó, abriendo un libro de registros con esmero. — Sí. Para una semana. — Escritora, ¿verdad? Clara arqueó las cejas. — ¿Cómo lo sabe? — La recepcionista lo mencionó. — Señaló el cuaderno de tapa de cuero que ella llevaba bajo el brazo. — Y no lo suelta ni para respirar. Ella rió, sorprendida. — Es mi trabajo. O al menos, debería serlo. — ¿Bloqueo creativo? — Algo así. Lucas la estudió por un momento, como si estuviera decidiendo si debía o no continuar la conversación. Entonces, con un movimiento fluido, tomó una llave antigua colgada de un gancho detrás de él. — Habitación 7. Al final del pasillo, a la izquierda. Tiene chimenea, si necesita más calor. — Gracias. Ella se giró para subir las escaleras, pero su voz la detuvo. — Clara. Ella miró hacia atrás. — Si necesita algo… — hizo una pausa, los ojos oscuros brillando a la luz de las velas — … cualquier cosa, solo tiene que llamar. La forma en que dijo *cualquier cosa* hizo que su estómago se contrajera. No era una oferta educada. Era una invitación. Y, por primera vez en meses, sintió algo despertar dentro de sí—algo que no tenía que ver con palabras o historias inacabadas. — Lo recordaré — respondió, antes de subir los escalones de madera, cada paso resonando como un latido acelerado. --- Lucas la observó desaparecer por el pasillo, los dedos tamborileando sobre el mostrador. Había algo en ella—algo más allá de la belleza obvia, del cabello castaño recogido en un moño descuidado, de los labios llenos que mordisqueaba cuando creía que nadie la miraba. Era la manera en que se movía, como si llevara un secreto. O quizás era solo el modo en que el aire parecía más denso cuando ella estaba cerca. Volvió detrás del mostrador, donde una botella de whisky añejo lo esperaba. Se sirvió una dosis, el líquido ámbar quemando al descender por su garganta. No era común que los huéspedes llegaran durante una nevada como aquella. La mayoría cancelaba, prefería la comodidad de la ciudad. Pero Clara no. Ella había venido *a pesar* de la tormenta. Y ahora, él no podía dejar de pensar en qué más haría *a pesar* de todo. Afuera, el viento continuó aullando, como si la propia montaña supiera que algo había cambiado. Y, en el silencio de la posada, entre el crepitar de la chimenea y el olor a nieve derretida en las botas de Clara, una tensión invisible comenzó a enroscarse, lenta e inexorable, como una cuerda lista para ser tirada. La electricidad se cortó sin aviso, como si la montaña hubiera decidido, de una sola vez, tragarse el mundo más allá de las ventanas. El destello repentino de las lámparas se extinguió en un parpadeo, dejando solo el resplandor anaranjado de las velas sobre las mesas, sus llamas danzando en protesta contra la oscuridad que se instalaba. El viento, antes un murmullo lejano, ahora aullaba como un animal herido, sacudiendo los cristales y haciendo gemir las paredes de madera de la posada bajo el peso de la tormenta. Clara levantó los ojos del plato, los dedos aún envolviendo el mango del tenedor, y encontró la mirada de Lucas al otro lado de la sala. Él estaba parado cerca de la chimenea, una mano apoyada en la repisa de piedra, la otra sosteniendo una copa de vino que reflejaba la luz titilante. Por un instante, ninguno de los dos se movió. El silencio entre ellos no era incómodo, sino cargado, como si cada respiración fuera un hilo tirado con cuidado, a punto de romperse. — Creo que la montaña no gusta de visitas — dijo ella, finalmente, la voz baja, casi tragada por el crepitar de las llamas. Lucas sonrió, lento, los labios curvándose de una manera que hizo que el estómago de Clara se contrajera. — O quizás solo quiere asegurarse de que no nos vayamos tan pronto. Él se acercó, los pasos amortiguados por la gruesa alfombra, y se detuvo junto a su mesa. Clara no se movió, pero sintió el calor de su cuerpo invadiendo el espacio entre ellos, como si el propio aire se hubiera vuelto más denso. Él extendió la mano, ofreciéndole la copa. — ¿Vino? Ella aceptó, los dedos rozando los suyos un segundo más de lo necesario. El líquido era oscuro, casi negro a la luz de las velas, y cuando Clara llevó la copa a los labios, el sabor era intenso, con notas de frutas maduras y algo más terroso, como la propia montaña. — ¿Siempre recibes así a tus huéspedes? — preguntó, arqueando una ceja. — Solo a los que llegan en medio de una nevada — respondió, acercando la silla junto a ella y sentándose. — Los demás no lo merecen. Clara rió, un sonido ligero que se perdió en el viento afuera. Pero la sonrisa de Lucas no llegó a sus ojos. Estos permanecían fijos en ella, oscuros, hambrientos, como si intentara descifrar algo mucho más allá de las palabras. — ¿Y qué hace una escritora aventurarse hasta aquí en pleno invierno? — preguntó, inclinándose ligeramente hacia adelante, los codos apoyados en la mesa. — Bloqueo creativo — admitió, jugando con la servilleta de lino entre los dedos. — Pensé que un lugar aislado podría ayudar. — ¿Y ayudó? Clara dudó. La verdad era que, desde que había llegado, las palabras parecían más cercanas, como si la quietud de la montaña hubiera aflojado algo dentro de ella. Pero no era solo eso. Había algo en Lucas, en la manera en que la miraba, que hacía que su corazón latiera más rápido, que convertía cada respiración en un esfuerzo consciente. — Todavía no lo sé — dijo, finalmente. — Pero estoy empezando a pensar que el bloqueo no era el único problema. Los ojos de él se estrecharon, como si ella hubiera dicho algo que él ya sabía. — ¿Y cuál era el otro? Ella sostuvo su mirada, sintiendo cómo la tensión crecía entre ellos, espesa como miel derramada. — Soledad. La palabra quedó suspendida en el aire, pesada, y por un momento, ninguno de los dos habló. El viento golpeó contra la ventana con fuerza, haciendo titilar las llamas de las velas, y Clara sintió un escalofrío recorrer su espalda. No era miedo. Era anticipación. Lucas se levantó despacio, rodeó la mesa y se detuvo detrás de ella. Clara no se giró, pero sintió su presencia a sus espaldas, el calor de su cuerpo irradiando como una promesa. Él se inclinó, los labios casi tocando la curva de su cuello cuando habló, la voz ronca: — Ya no estás sola. Ella cerró los ojos, sintiendo el aliento cálido de él contra su piel, el olor a leña quemada y whisky que emanaba de él. Cuando abrió los ojos nuevamente, vio sus propias manos temblando ligeramente sobre la mesa. — No deberías decir cosas así — murmuró. — ¿Por qué? — Porque podría creerlo. Él rió, bajo y sombrío, y entonces sus dedos rozaron su hombro, trazando un camino lento hasta la nuca, donde los mechones sueltos del moño se rebelaban. — ¿Y si quiero que lo creas? Clara giró la cabeza, encontrando sus labios a centímetros de los suyos. El corazón le latía tan fuerte que estaba segura de que él podía oírlo. Pero antes de que pudiera responder, las luces parpadearon una vez, dos, y entonces la electricidad volvió con un chasquido, inundando la sala con una claridad fría y artificial. Los dos se apartaron como si hubieran sido quemados, el momento roto tan abruptamente como había comenzado. Clara respiró hondo, intentando calmar el temblor en sus manos, mientras Lucas volvía a su lugar, como si nada hubiera pasado. Pero algo *había* pasado. La tormenta afuera parecía haber redoblado su intensidad, el viento ahora aullando como si estuviera furioso por la interrupción. Clara miró su plato intacto, el vino a medio terminar, y luego a Lucas, que la observaba con una expresión indescifrable. — Creo que iré a la biblioteca — dijo, levantándose. — Necesito escribir. Él asintió, los ojos nunca dejando los suyos. — Yo iré por más leña para la chimenea. Los dos se miraron por un segundo más, el aire entre ellos cargado de todo lo que no había sido dicho. Entonces, Clara se giró y caminó hacia el pasillo, sintiendo el peso de su mirada en su espalda hasta desaparecer en la oscuridad. La biblioteca era un cuarto pequeño, con estanterías de madera oscura que iban del suelo al techo, repletas de libros antiguos cuyas encuadernaciones gastadas olían a papel y tiempo. Una chimenea crepitaba en un rincón, proyectando sombras danzantes sobre las paredes, y un sillón de terciopelo rojo estaba colocado cerca de la ventana, donde la nieve seguía cayendo en espiral, como si el mundo exterior hubiera sido engullido por un sueño blanco. Clara se sentó, recogiendo las piernas bajo el cuerpo y envolviéndolas con los brazos. El cuaderno estaba abierto sobre su regazo, el bolígrafo flotando sobre la página en blanco. Pero las palabras no llegaban. En cambio, su mente volvía a Lucas, a la manera en que la había mirado, al toque casi imperceptible de sus dedos en su piel. Cerró los ojos, intentando concentrarse, pero entonces escuchó pasos en el pasillo. Pesados. Deliberados. La puerta se abrió lentamente, y Lucas entró, cargando un haz de leña en los brazos. No dijo nada, solo se arrodilló frente a la chimenea y comenzó a alimentar el fuego, las llamas reflejándose en su rostro mientras trabajaba. Clara lo observó, hipnotizada por la manera en que los músculos de sus brazos se movían bajo la camisa, por la concentración en su rostro, por la curva de sus labios mientras mordisqueaba el inferior, perdido en pensamientos. — No viniste aquí a escribir — dijo, finalmente, sin mirarla. — ¿Cómo lo sabes? — Porque yo tampoco vine por leña. Se levantó, girándose para enfrentarla. El fuego crepitaba detrás de él, proyectando sombras que danzaban en su rostro, resaltando la línea de la mandíbula, la curva de los labios, los ojos oscuros que parecían absorber toda la luz de la sala. Clara sintió que le faltaba el aire. — ¿Entonces por qué viniste? Lucas dio un paso adelante, luego otro, hasta quedar parado justo frente a ella. Se inclinó, apoyando las manos en los brazos del sillón, atrapándola entre sus brazos. El olor de él la envolvió—madera, whisky, algo más primitivo, como el propio olor de la montaña. — Porque no aguanto más fingir que no quiero esto — murmuró, la voz ronca. Y entonces, antes de que ella pudiera responder, la besó. Los labios de él eran cálidos, exigentes, y Clara no resistió. Se entregó al beso, las manos subiendo para envolver su cuello, atrayéndolo más cerca, como si pudiera fundir sus dos cuerpos en uno solo. El cuaderno cayó al suelo, olvidado, y el bolígrafo rodó lejos, pero a ninguno de los dos le importó. Cuando Lucas se apartó, los dos estaban jadeando, los labios hinchados, los ojos brillando con un hambre que iba mucho más allá del deseo. — Te deseo — dijo, simple, directo. — Y no voy a esperar más. Clara no respondió con palabras. En cambio, se levantó, atrayéndolo por la camisa hasta que sus cuerpos chocaron nuevamente, los labios encontrándose en un beso aún más desesperado. La tormenta afuera alcanzó su punto máximo, el viento aullando como si estuviera celebrando, y en la biblioteca, entre los estantes de libros antiguos y el fuego que crepitaba, algo mucho más salvaje y primitivo comenzó a desarrollarse. Y ninguno de los dos tenía la menor intención de detenerlo. La biblioteca del Refugio de las Nubes era un santuario de sombras y calor. Las paredes, forradas de estanterías de madera oscura, guardaban el olor a papel envejecido y cuero, mezclado con el aroma terroso del fuego que crepitaba en la chimenea de piedra. Clara entró primero, los dedos rozando los lomos de los libros como si buscara algo que ni ella misma sabía nombrar. La luz ámbar de las velas titilaba, proyectando danzas de luz y sombra sobre las páginas abiertas, sobre su piel. Lucas la siguió en silencio, los pasos amortiguados por la alfombra persa desgastada. Observó cómo se detenía frente a un estante, sacaba un volumen encuadernado en tela azul descolorida y lo hojeaba con una lentitud deliberada. Había algo en la manera en que se movía—como si cada gesto fuera parte de una coreografía secreta, ensayada solo para él. — ¿Siempre lees en bibliotecas ajenas? — Su voz era baja, casi un susurro, pero cargaba el peso de una provocación. Clara levantó los ojos, encontrándose con los suyos. El fuego se reflejaba en las pupilas oscuras de Lucas, dándoles un brillo casi líquido. — Solo cuando al dueño de la biblioteca no le importa. — Cerró el libro con un chasquido suave. — ¿Y tú? ¿Siempre espías a los huéspedes mientras trabajas? Él sonrió, lento, los labios curvándose como si guardaran un secreto. Se acercó, deteniéndose a un paso de distancia, lo suficientemente cerca para que ella sintiera el calor de su cuerpo, el olor a cedro y algo más primitivo, masculino. — Solo cuando ellas tienen historias que contar. Ella rió, un sonido ligero que se perdió entre las llamas. Entonces, sin aviso, se sentó en la alfombra frente a la chimenea, cruzando las piernas bajo el cuerpo. El vestido de lana se deslizó un poco, revelando la curva suave del hombro. Lucas no apartó los ojos. — ¿Historias como esta? — Clara abrió el cuaderno sobre su regazo, las páginas aún en su mayoría en blanco, excepto por algunas líneas garabateadas apresuradamente. — Es un fragmento que empecé ayer. No está listo. — Léemelo. Ella dudó, los dedos jugando con el borde del papel. Había algo íntimo en leer en voz alta, algo que exponía más que palabras. Pero la manera en que él la miraba—como si fuera la única cosa en el mundo que valiera la pena ver—disolvió sus reservas. Entonces, comenzó. *"Él la encontró en el jardín de invierno, entre los helechos y el vapor de las fuentes termales. Ella estaba de espaldas, el vestido de seda pegado a la piel húmeda, el cabello suelto cayendo en ondas sobre los hombros. No se giró cuando él se acercó, pero sabía que estaba allí—sentía el peso de su mirada como una caricia invisible, deslizándose por la espalda, por las caderas, por las piernas desnudas bajo la tela transparente. Cuando él finalmente la tocó, no fue con las manos. Fue con la voz, un susurro ronco contra su nuca: — Sabes lo que quiero. Ella lo sabía. Y no dijo que no."" Clara se detuvo, la respiración un poco más rápida. Las palabras habían salido de su boca como si estuvieran vivas, cargadas de una sensualidad que no sabía poseer. O quizás lo sabía, pero nunca había tenido el valor de liberar. Hasta ahora. Lucas no se movió. Pero algo en él cambió—los músculos tensos bajo la camisa, la mandíbula apretada, los ojos oscurecidos como si la tormenta de afuera se hubiera infiltrado en ellos. — Continúa — pidió, la voz áspera. Ella tragó saliva, hojeando el cuaderno hasta encontrar otro pasaje. *"Él la empujó contra la pared de cristal, el calor de las fuentes contrastando con el frío del invierno afuera. Sus manos eran firmes, posesivas, deslizándose por los muslos de ella hasta encontrar el dobladillo del vestido. No hubo gentileza cuando lo levantó, solo urgencia, solo hambre. Ella jadeó cuando los dedos de él encontraron la piel desnuda, cuando la palma áspera rozó el punto donde las piernas se unían, ya húmeda, ya lista. — Por favor — murmuró, pero no era una petición. Era una rendición."" Clara cerró el cuaderno con fuerza, el rostro ardiendo. No era solo el fuego de la chimenea. Era él. Era la manera en que Lucas la miraba, como si pudiera ver a través de las palabras, como si ya supiera exactamente lo que esas manos descritas harían con ella. — Escribes como si supieras — dijo, finalmente. — ¿Saber qué? — Cómo es. — Dio un paso adelante, luego otro, hasta quedar de rodillas frente a ella. — Cómo es ser tocada así. Cómo es desear a alguien tanto que duele. Ella no respondió. No necesitaba. Los labios entreabiertos, la respiración acelerada, la manera en que los dedos apretaban el cuaderno con demasiada fuerza—todo en ella gritaba lo mismo. Lucas extendió la mano, no para tocarla, no aún, sino para apartar un mechón de cabello de su rostro. El gesto fue lento, deliberado, como si estuviera saboreando cada segundo antes de lo inevitable. — ¿Puedo? — preguntó, la voz un hilo de sonido. Clara sabía lo que él estaba preguntando. No era sobre el beso—era sobre todo lo que vendría después. Y, Dios, quería decir que sí. Pero antes de que pudiera responder, él se inclinó y capturó sus labios. No hubo vacilación. No hubo gentileza. Fue un beso de hambre antigua, de deseo pospuesto por demasiado tiempo. Clara gimió contra su boca, las manos subiendo para agarrar sus hombros anchos, atrayéndolo más cerca, como si pudiera fundir sus dos cuerpos allí mismo, en el suelo de la biblioteca. El cuaderno cayó, olvidado. El bolígrafo rodó lejos. A ninguno de los dos le importó. Cuando Lucas se apartó, los dos estaban jadeando, los labios hinchados, los ojos brillando con una urgencia que iba mucho más allá del deseo. — Te deseo — dijo, simple, directo. — Y no voy a esperar más. Clara no respondió con palabras. En cambio, se levantó, atrayéndolo por la camisa hasta que sus cuerpos chocaron nuevamente, los labios encontrándose en un beso aún más desesperado. La tormenta afuera alcanzó su punto máximo, el viento aullando como si estuviera celebrando, y en la biblioteca, entre los estantes de libros antiguos y el fuego que crepitaba, algo mucho más salvaje y primitivo comenzó a desarrollarse. Las manos de Lucas se deslizaron por su espalda, atrayéndola contra sí, y Clara sintió el calor de su cuerpo incluso a través de la ropa, sintió la rigidez presionando contra su vientre. Un gemido escapó de su garganta cuando él mordió levemente su labio inferior, una advertencia de lo que estaba por venir. — ¿Estás segura? — murmuró, la voz ronca, los labios aún rozando los suyos. Ella no respondió. En cambio, llevó su mano hasta el dobladillo del vestido, guiándolo hacia arriba, exponiendo la piel desnuda de los muslos. Los dedos de él temblaron—solo por un segundo—antes de cerrarse alrededor de la carne suave, apretando con una posesividad que hizo que Clara arqueara la espalda. — No quiero seguridad — susurró. — Te quiero a ti. Y entonces no hubo más palabras. Solo el sonido de la respiración entrecortada, el crepitar del fuego, el viento golpeando contra las ventanas como si intentara entrar. Las manos de él exploraron cada curva, cada centímetro de piel expuesta, mientras las suyas luchaban con los botones de su camisa, desesperadas por sentir el calor del pecho desnudo bajo las palmas. Cuando finalmente logró abrir la camisa, Clara presionó los labios contra su piel, saboreando lo salado, el olor a hombre y deseo. Lucas gimió, los dedos enredándose en su cabello, atrayéndola hacia atrás solo lo suficiente para capturar su boca nuevamente. — Vamos a mi habitación — dijo, la voz un gruñido. Clara asintió, pero no se movió. No aún. En cambio, lo empujó levemente, haciéndolo retroceder hasta que su espalda chocó contra un estante. Los libros temblaron, algunos cayendo al suelo con un golpe sordo. A ella no le importó. Con una sonrisa lenta, casi perversa, se arrodilló frente a él. Los ojos de Lucas se oscurecieron. — Clara… Ella no lo dejó terminar. Sus manos fueron hacia su cinturón, desabrochándolo con una lentitud torturante, mientras los labios rozaban la piel expuesta de su abdomen, descendiendo, descendiendo… Su respiración se convirtió en un silbido cuando ella finalmente lo liberó, cuando su boca se cerró alrededor de él, cálida y húmeda. Lucas gimió, los dedos apretando su cabello con fuerza, pero no la apartó. No aún. Clara lo llevó al límite, sintiéndolo temblar bajo sus manos, bajo su lengua, hasta que él la levantó con un gruñido. — Basta — dijo, la voz estrangulada por el deseo. — Quiero tenerte entera. Y entonces la tomó en brazos, llevándola fuera de la biblioteca, los pasos largos devorando la distancia hasta la habitación. La nieve seguía cayendo afuera, cubriendo el mundo con un manto blanco y silencioso. Pero dentro del Refugio de las Nubes, no había silencio alguno. La habitación era un refugio dentro del refugio, las paredes de madera oscura absorbiendo el calor de la chimenea que crepitaba en un rincón, proyectando sombras danzantes sobre las sábanas de seda color miel. Lucas la depositó en el centro de la cama con una gentileza que contrastaba con la urgencia en sus ojos, como si temiera que, al soltarla, pudiera disolverse en el aire. Pero Clara no tenía intención de ir a ningún lado. No ahora. Se apoyó en los codos, el cabello aún húmedo de la nieve derretida cayendo en ondas sobre los hombros, los labios entreabiertos, hinchados por el beso anterior. El vestido de lana que había usado en la cena yacía abandonado en el suelo, dejándola solo con la lencería de encaje negro—una elección impulsiva, casi profética, hecha esa mañana mientras empacaba la maleta. Lucas la observaba como si fuera una aparición, los dedos temblorosos al alcanzar el cierre del sujetador. — Déjame a mí — murmuró, sentándose para desabrochárselo ella misma. La prenda se deslizó por sus brazos, revelando los pechos pequeños y firmes, los pezones ya rígidos por el frío y la expectativa. Él no resistió: se inclinó para capturar uno entre los labios, la lengua caliente trazando círculos lentos mientras las manos de ella se enredaban en su cabello, atrayéndolo más cerca. Un gemido escapó de la garganta de Clara, bajo y gutural, y él respondió con un gruñido, los dientes rozando la piel sensible antes de succionar con más fuerza. — Sabes a pecado — susurró contra el valle entre sus pechos, la voz ronca. Ella rió, un sonido entrecortado, y lo empujó hacia atrás, montándose sobre él con una audacia que sorprendió incluso a sí misma. Las manos de él se deslizaron por sus muslos, apretando la carne suave mientras ella se frotaba contra la erección aún atrapada por el pantalón. La tela áspera del jean era una barrera cruel, y ella no perdió tiempo en desabrocharlo, bajándolo junto con el bóxer, liberándolo por completo. — Ahora sí — dijo, los ojos fijos en los suyos mientras se posicionaba. Pero Lucas no la dejó descender. En un movimiento rápido, invirtió las posiciones, aprisionándola bajo el peso de su propio cuerpo, las muñecas de ella inmovilizadas sobre la cabeza con una sola mano. La otra descendió por su cuerpo, los dedos encontrando el elástico de la braga y apartándola con un gesto brusco. Clara arqueó la espalda cuando él la tocó, los dedos deslizándose entre los pliegues ya húmedos, explorando con una lentitud calculada. — Estás empapada — murmuró, el pulgar presionando el clítoris en círculos perezosos. — Y tú estás tardando — replicó, jadeante, las caderas moviéndose contra su mano en busca de más fricción. Él rió, un sonido oscuro y satisfecho, y finalmente la penetró con dos dedos, curvándolos en el ángulo justo para hacerla gemir en voz alta. Clara mordió el labio inferior, intentando contener el sonido, pero era imposible. Cada movimiento de sus dedos era una ola de placer, cada toque una promesa de lo que vendría después. Cuando retiró los dedos, ella casi protestó—hasta sentir la punta de su miembro reemplazándolos, presionando contra la entrada con una presión deliciosamente torturante. — Por favor — susurró, las uñas clavándose en sus hombros. Lucas no necesitó más incentivo. Con un impulso firme, entró en ella de una sola vez, llenándola por completo. Clara gritó, el sonido ahogado contra su cuello, los músculos internos contrayéndose alrededor de la invasión. Él gimió, los dientes apretados, y permaneció inmóvil por un instante, como si necesitara recomponerse. — Estás tan apretada — dijo, la voz tensa. — Tan perfecta. Ella no respondió con palabras. En cambio, envolvió las piernas alrededor de su cintura, atrayéndolo más profundo, y comenzó a moverse. Los primeros movimientos fueron lentos, casi perezosos, pero pronto la necesidad se apoderó de ellos. Lucas la acompañó, las caderas golpeando contra las suyas en un ritmo cada vez más acelerado, los cuerpos chocando con fuerza suficiente para hacer crujir la cama. La chimenea proyectaba reflejos dorados sobre la piel sudorosa de ambos, iluminando los músculos tensos de Lucas mientras se apoyaba en los brazos, los bíceps temblando por el esfuerzo. Clara se aferró a él, las uñas dejando marcas rojas en su espalda, los gemidos volviéndose más altos, más urgentes. Sintió el orgasmo acercarse como una ola, creciendo dentro de ella, y cuando él cambió el ángulo, alcanzando ese punto sensible con precisión, ya no pudo contenerse. — Lucas, voy a— — Córrete para mí — ordenó, la voz ronca. — Ahora. Y ella obedeció. El placer la golpeó como un rayo, haciéndola arquear la espalda y gritar, los músculos internos contrayéndose alrededor de él en espasmos deliciosos. Lucas no se detuvo, continuando el movimiento con fuerza, prolongando su orgasmo hasta que ella quedó jadeante, los ojos vidriosos, el cuerpo laxo de satisfacción. Solo entonces se permitió correrse, enterrando el rostro en su cuello mientras se derramaba dentro de ella con un gemido largo y gutural. Los dos permanecieron así por un momento, los cuerpos entrelazados, la respiración pesada resonando en la habitación silenciosa. Afuera, la nieve seguía cayendo, cubriendo el mundo de blanco. Pero allí, entre las sábanas de seda y el calor de la chimenea, no había frío. No había nada más que el peso de su cuerpo sobre el de ella, el olor a sexo y madera quemada en el aire, el sonido de los latidos acelerados de sus corazones. Clara pasó los dedos por la espalda de Lucas, sintiendo la piel húmeda bajo las uñas. Él levantó la cabeza, los ojos oscuros aún nublados por el placer, y rozó sus labios con un beso suave, casi reverente. — Esto fue… — comenzó, pero no terminó la frase. — Lo sé — susurró ella. Porque no había palabras para aquello. No para el modo en que sus cuerpos encajaban, como si hubieran sido hechos el uno para el otro. No para la intensidad de lo que acababa de suceder, para la certeza de que aquello no era solo sexo. Lucas rodó hacia un lado, atrayéndola contra su pecho, y Clara se acurrucó contra él, escuchando el sonido de los latidos de su corazón contra su propio oído. Los dedos de él trazaban círculos perezosos en su brazo, como si no pudiera dejar de tocarla. — ¿Y ahora? — preguntó, la voz baja. Él tardó un instante en responder. — Ahora — dijo, besando la parte superior de su cabeza —, veamos hasta dónde nos lleva esta tormenta. La tormenta afuera rugía como un animal enjaulado, arañando las ventanas con garras de viento y nieve. Dentro de la habitación, sin embargo, el fuego crepitaba alto en la chimenea, proyectando sombras danzantes sobre las sábanas arrugadas y la piel aún temblorosa de Clara. Ella sentía el calor de las llamas lamiendo su espalda desnuda, mientras los dedos de Lucas se deslizaban por su muslo, lentos, deliberados, como si estuviera memorizando cada centímetro de ella. — Eres hermosa así — murmuró, la voz ronca, los labios rozando la curva de su hombro. — Toda iluminada por el fuego, como si estuvieras hecha de oro líquido. Clara arqueó el cuerpo contra el de él, sintiendo la erección presionando su muslo. No respondió con palabras. En cambio, se giró de frente, capturando su boca en un beso hambriento, las manos enredándose en su cabello oscuro. El sabor a vino y deseo aún persistía entre ellos, mezclado con el salado de la piel sudorosa. Él gimió contra sus labios, las manos grandes descendiendo para apretar su cintura, atrayéndola más cerca, como si quisiera fundirla a su propio cuerpo. — Quiero probarte — susurró, apartándose solo lo suficiente para mirarlo a los ojos. — Toda. Lucas no necesitó más incentivo. Con un movimiento fluido, la acostó de espaldas, los dedos trazando un camino de fuego desde los pechos hasta el vientre, deteniéndose solo cuando encontró el calor entre sus piernas. Clara mordió el labio inferior, las caderas elevándose instintivamente al contacto, pero él no la penetró. No aún. En cambio, sus dedos exploraron, lentos, torturantes, deslizándose entre los labios húmedos hasta encontrar el punto que la hizo arquearse. — Joder, eres tan sensible — murmuró, observando cómo su rostro se contorsionaba de placer. — Me gusta verte así. Clara se aferró a las sábanas con fuerza, las uñas clavándose en la tela mientras él la acariciaba con maestría, los dedos moviéndose en círculos perezosos, luego rápidos, luego lentos de nuevo, como si estuviera probando cada reacción de ella. Ella gimió en voz alta, el sonido ahogado contra la almohada, y él sonrió, satisfecho. — No pares — pidió, la voz quebrada. — No te atrevas a parar. Él rió bajito, pero obedeció. Se inclinó sobre ella, reemplazando los dedos por la boca, la lengua cálida y húmeda explorándola con una precisión que la hizo gritar. Clara enredó los dedos en su cabello, atrayéndolo más cerca, las caderas moviéndose al compás de su boca, persiguiendo el placer que crecía como una ola dentro de ella. El fuego crepitaba, el viento aullaba, y el mundo exterior parecía haber desaparecido, quedando solo esa habitación, ese momento, ese hombre que la devoraba con un hambre que reflejaba la suya. Cuando ella se corrió, fue con un grito ronco, el cuerpo entero temblando, la espalda arqueada contra las sábanas. Lucas no se apartó. Siguió lamiendo, succionando, prolongando el orgasmo hasta que ella quedó laxa, jadeante, los ojos entrecerrados mirándolo con una mezcla de gratitud y deseo renovado. — Tu turno — murmuró, atrayéndolo hacia arriba. Él no resistió. Se acostó de espaldas, y Clara se posicionó sobre él, las piernas abiertas alrededor de sus caderas, los pechos rozando su pecho mientras se inclinaba para besarlo. El sabor de ella aún estaba en sus labios, y eso la excitó aún más. Descendió por su cuerpo, dejando un rastro de besos húmedos por el pecho, el vientre, hasta llegar al miembro rígido, pulsando contra su palma. — Clara… — gimió, los dedos enredándose en su cabello. Ella no respondió. En cambio, lo envolvió con los labios, la lengua girando alrededor de la punta antes de tragárselo por completo. Lucas arqueó la espalda, un sonido gutural escapando de su garganta, las manos apretando las sábanas con fuerza. Ella lo llevó al límite, succionando, lamiendo, jugando con él hasta que él temblaba, los músculos tensos como cuerdas de violín. — Para — pidió, la voz estrangulada. — Si sigues, voy a… Ella sonrió, lamiendo los labios antes de apartarse. — Lo sé. Y entonces, antes de que él pudiera reaccionar, se levantó sobre él, guiándolo dentro de sí con un movimiento lento, delicioso. Los dos gimieron al unísono, el encaje perfecto, como si hubieran sido hechos el uno para el otro. Clara comenzó a moverse, las caderas ondulando en un ritmo primitivo, las uñas clavándose en su pecho mientras él la sujetaba por la cintura, ayudándola a encontrar el ángulo correcto. — Más fuerte — pidió, la voz ronca. Lucas obedeció. Se sentó, envolviéndola con los brazos, e invirtió las posiciones, aprisionándola contra el colchón mientras la penetraba con embestidas profundas, cada una más intensa que la anterior. Clara envolvió las piernas alrededor de él, los talones presionando su espalda, instándolo a ir más profundo, más rápido. — Así — gimió, los dedos arañando sus hombros. — Por favor, así. Él la besó, tragándose sus gemidos, la lengua invadiendo su boca con la misma intensidad con la que la penetraba. La habitación giraba a su alrededor, el fuego crepitaba, la tormenta afuera parecía haberse transformado en un eco lejano de la pasión que los consumía. Clara sintió el orgasmo acercarse nuevamente, una ola cálida y avasalladora que comenzó en el vientre y se extendió por todo su cuerpo. — Voy a… — logró decir, antes de que las palabras se perdieran en un grito. Lucas la acompañó, los movimientos volviéndose erráticos, los gemidos más altos, hasta que se corrió con un sonido ronco, el cuerpo entero temblando mientras se derramaba dentro de ella. Los dos se quedaron allí, jadeantes, los cuerpos aún unidos, la piel húmeda de sudor y el olor a sexo impregnando el aire. Por un largo momento, ninguno de los dos habló. El único sonido era el de la respiración entrecortada y el crepitar del fuego. Entonces, Lucas rodó hacia un lado, atrayéndola contra sí, los dedos trazando patrones perezosos en su espalda. — Esto fue… — comenzó, pero se detuvo, como si las palabras no fueran suficientes. Clara sonrió contra su pecho. — Lo sé. Porque no había palabras para aquello. No para el modo en que sus cuerpos encajaban, como si hubieran sido creados el uno para el otro. No para la intensidad de lo que acababa de suceder, para la certeza de que aquello no era solo sexo. Lucas la besó en la parte superior de la cabeza, y los dos se quedaron allí, escuchando el viento aullar afuera, el fuego arder, los corazones desacelerarse. Pero, en algún lugar en el fondo, ambos sabían que aquello no había terminado. No aún. La tormenta aún no había pasado. Lo primero que Clara sintió al despertar fue el calor. No el calor húmedo y palpitante de la piel contra piel, sino algo más suave, dorado, que se extendía por la habitación como miel derramada. La luz de la mañana invadía el ambiente a través de las cortinas entreabiertas, dibujando franjas pálidas sobre las sábanas arrugadas y el cuerpo desnudo de Lucas, aún dormido a su lado. Ella se estiró lentamente, sintiendo los músculos protestar de una manera deliciosamente dolorida, como si cada fibra de su ser guardara el recuerdo de lo que había sucedido horas antes. El fuego en la chimenea se había reducido a brasas, pero la habitación aún conservaba el perfume de la noche—madera quemada, sudor, el aroma cítrico del aceite que él había usado para masajear su espalda. Clara se giró de lado, observando a Lucas. Su rostro estaba relajado, la barba incipiente proyectando sombras sutiles sobre los pómulos. Uno de sus brazos estaba extendido sobre la almohada, los dedos ligeramente curvados, como si aún la buscara incluso en sueños. Ella sonrió, extendiendo la mano para apartar un mechón de cabello de su frente. Fue el contacto lo que lo despertó. Lucas abrió los ojos lentamente, parpadeando contra la claridad, y por un instante pareció desorientado. Entonces, como si reconociera el peso de esa presencia a su lado, una sonrisa lenta se formó en sus labios. — Buenos días — murmuró, la voz ronca por el sueño y algo más. — Buenos días — respondió ella, inclinándose para besarlo. Sus labios estaban tibios, suaves, y el beso se prolongó hasta volverse algo más profundo, perezoso, como si tuvieran todo el tiempo del mundo. Pero el tiempo, Clara lo sabía, era exactamente lo que les faltaba. La tormenta había pasado. Afuera, el mundo estaba quieto, cubierto por un manto blanco e inmaculado, el sol reflejándose en la nieve de una manera casi cegadora. Ella se apartó con un suspiro, sentándose en la cama y cubriéndose los pechos con la sábana. Lucas la observó, los ojos recorriendo la curva de su espalda, la manera en que la luz de la mañana delineaba cada vértebra. — Tenemos que levantarnos — dijo, aunque ninguna parte de ella lo deseaba. — ¿Tenemos que hacerlo? — replicó, extendiendo la mano para trazar una línea lenta desde su hombro hasta la cintura. — La posada aún está aquí. Nosotros aún estamos aquí. Clara rió, pero el sonido salió más melancólico de lo que pretendía. — Sabes a qué me refiero. Lucas suspiró, sentándose también. La sábana se deslizó, revelando el pecho musculoso, marcado aquí y allá por arañazos que ella no recordaba haber hecho. Le tomó el rostro entre las manos, obligándola a mirarlo. — No quiero que esto sea solo una noche. Las palabras flotaron entre ellos, pesadas y dulces. Clara sintió un nudo formarse en la garganta. — Yo tampoco. Él la atrajo hacia un abrazo, y por un momento, los dos se quedaron allí, escuchando el ritmo tranquilo de sus respiraciones. Entonces, Lucas se apartó, mirando el reloj sobre la mesita de noche. — El desayuno debe estar casi listo. Y después… — hizo una pausa, como si las palabras siguientes fueran difíciles de pronunciar. — Después, la carretera estará despejada. Clara asintió, tragando saliva. Se levantó, dejando caer la sábana al suelo, y caminó hasta la ventana. La vista era impresionante: las montañas cubiertas de nieve, el cielo de un azul límpido, el mundo entero pareciendo haber sido lavado y renovado. Presionó la palma de la mano contra el cristal frío, sintiendo el contraste con el calor que aún ardía dentro de ella. — Es hermoso — murmuró. — Sí — Lucas estuvo de acuerdo, pero cuando ella se giró, notó que él no estaba mirando el paisaje. La miraba a ella. El desayuno fue servido en el salón principal de la posada, una larga mesa de madera rústica cubierta de panes frescos, frutas, quesos y el aroma reconfortante del café recién hecho. Algunos huéspedes ya estaban allí, conversando en voz baja, riendo por las historias de la noche anterior—cómo habían quedado atrapados, cómo se había cortado la electricidad, cómo el viento aullaba como un animal herido. Clara y Lucas llegaron tomados de la mano, y aunque ninguno de los dos dijo nada, el gesto era una declaración silenciosa. — Sobrevivieron — comentó la dueña de la posada, una mujer de cabello gris y ojos astutos, al servirlos. — Y por lo visto, se entendieron. Clara se sonrojó, pero Lucas solo sonrió, apretando su mano por debajo de la mesa. — La tormenta nos unió — dijo, y había algo en la manera en que lo dijo que hizo que Clara sintiera un escalofrío. Comieron en silencio por un rato, intercambiando miradas furtivas, como si cada segundo fuera precioso y necesitara ser memorizado. Entonces, Clara dejó el tenedor y respiró hondo. — Tengo que volver a São Paulo hoy. Lucas asintió, como si ya lo esperara. — Yo también. Tengo una reunión mañana temprano. — ¿Y después? Él dudó, como si estuviera evaluando las palabras. — Después, quiero volver a verte. — ¿Dónde? — Donde tú quieras. En São Paulo. Aquí. En cualquier lugar. Clara sonrió, sintiendo el corazón latir más rápido. — Te lo recordaré. — Cuento con ello. Terminaron de comer, y mientras Lucas pagaba la cuenta, Clara subió a recoger sus cosas. La maleta estaba abierta sobre la cama, pero no podía concentrarse. Cada objeto que tocaba—el cuaderno de notas, el perfume, la blusa que había usado la noche anterior—traía de vuelta un recuerdo: el olor de su piel, el sonido de su voz ronca susurrando su nombre, la manera en que sus dedos habían recorrido su cuerpo como si quisieran memorizarlo. Cuando bajó, Lucas ya la esperaba en la recepción, con las maletas a su lado. El aire entre ellos estaba cargado, como si la despedida fuera una tormenta a punto de desatarse. — ¿Lista? — preguntó. — No — respondió, y era la verdad. Él le tomó el rostro entre las manos y la besó, un beso lento, profundo, que sabía a despedida y promesa. Cuando se separaron, Clara sintió que los ojos le ardían. — Te llamo en cuanto llegue — dijo. — Atenderé. Salieron de la posada juntos, los pasos crujiendo en la nieve. El auto de Clara estaba estacionado junto al de él, ambos cubiertos por una fina capa de hielo que el sol ya comenzaba a derretir. Lucas le abrió la puerta, pero antes de que pudiera entrar, Clara lo atrajo por el cuello del abrigo y lo besó de nuevo, con urgencia, como si quisiera guardar el sabor de él para los días en que estuvieran separados. — Conduce con cuidado — murmuró contra sus labios. — Tú también. Ella entró en el auto y encendió el motor, observando por el retrovisor mientras Lucas hacía lo mismo. Los dos salieron de la posada al mismo tiempo, los autos siguiendo direcciones opuestas por la carretera sinuosa. Clara apretó el volante con fuerza, sintiendo su ausencia como un vacío físico. Pero entonces, el celular vibró en el asiento del pasajero. Miró la pantalla y sonrió. *"Ya te extraño."" Ella escribió una respuesta, los dedos temblando ligeramente. *"Yo también. Pero esto no ha terminado."" Y no había terminado. Porque mientras conducía, con el sol golpeando el parabrisas y la nieve derritiéndose poco a poco, Clara sabía que algo había cambiado. No era solo deseo. No era solo una noche. Era algo más. Era el comienzo de algo que ninguno de los dos se atrevía a nombrar aún. Pero que, de alguna manera, ya estaba escrito.

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