Llamas de la Sierra: Una Noche Inolvidable

Por Tonkix
Llamas de la Sierra: Una Noche Inolvidable
**Llamas de la Sierra: Una Noche Inolvidable** El viento aullaba entre las grietas de los árboles como un animal herido, arrancando hojas de las ramas y lanzándolas contra las ventanas del *Refugio de la Sierra* en ráfagas furiosas. Lara ajustó la bufanda de lana alrededor de su cuello, los dedos temblorosos no solo por el frío cortante, sino por la expectativa que la quemaba por dentro. La maleta de cuero, pesada con cuadernos de notas y libros de tapa gastada, se arrastraba tras ella sobre el empedrado irregular, cada paso resonando al ritmo acelerado de su corazón. La posada se alzaba frente a ella como un refugio de cuento de hadas—paredes de piedra vista, ventanas de cristal ahumado que reflejaban el fuego danzante de las chimeneas internas, y un letrero de madera envejecida que se balanceaba al compás del temporal: *«Entre. Aquí, el mundo espera afuera».* Empujó la puerta pesada con el hombro, y el calor la envolvió como un abrazo inesperado. El olor a leña quemada, canela y algo más—tal vez cedro o el perfume antiguo de los libros—invadió sus fosnas nasales, calmando por un instante la inquietud que la acompañaba desde su partida de São Paulo. La sala principal era una invitación al acogimiento: sofás de terciopelo verde musgo dispuestos en semicírculo alrededor de una chimenea crepitante, sillones de cuero desgastado por el tiempo, y una mesa de centro tallada con motivos florales. En un rincón, un piano de cola parecía dormido bajo un manto de polvo, como si esperara el toque de manos hábiles. — Buenas noches — una voz femenina, suave y melodiosa, surgió tras el mostrador de madera oscura. La mujer, de cabellos grises recogidos en un moño suelto y ojos castaños que brillaban con la sabiduría de los años, sonrió al ver a Lara sacudir la lluvia del abrigo. — Llegó justo a tiempo. La tormenta está fea hoy. — Parece que sí — respondió Lara, intentando disimular el temblor en su voz. — Reservé una habitación… Lara Mendes. La mujer revisó un libro de registros con páginas amarillentas, los dedos recorriendo las líneas con familiaridad. — ¡Ah, sí! Habitación 7, en el segundo piso. Tiene una vista preciosa de las montañas, cuando el tiempo lo permite. — Le entregó una llave antigua, de hierro, con un llavero de madera tallada en forma de hoja. — La cena se servirá en media hora, si quiere bajar. O puedo mandar algo a la habitación, si prefiere descansar. Lara dudó. La idea de encerrarse entre cuatro paredes, a solas con sus pensamientos y la pantalla en blanco del portátil, era tentadora. Pero algo—tal vez el calor, tal vez la promesa de una noche diferente—hizo que sus pies se movieran hacia la escalera de madera que crujía bajo sus pasos. — Bajaré — decidió, al fin. — Gracias. Mientras subía, cada escalón parecía susurrar secretos antiguos. El pasillo del segundo piso era estrecho, iluminado por lámparas de hierro forjado que proyectaban sombras danzantes en las paredes. La habitación 7 estaba al final, y al abrir la puerta, Lara fue recibida por un ambiente que parecía salido de sus propias fantasías: una cama con dosel y cortinas de lino blanco, un escritorio de madera maciza frente a una ventana amplia, y una alfombra mullida que se hundía bajo sus pies. Sobre la mesa, un jarrón con flores silvestres y una botella de vino tinto, acompañada de una nota: *«Para calentar las noches frías. — El equipo».* Dejó la maleta al pie de la cama y se acercó a la ventana. Afuera, la tormenta seguía su danza violenta, los relámpagos rasgando el cielo en líneas plateadas que iluminaban las copas de los árboles como si estuvieran hechas de cristal. Lara apoyó la frente contra el cristal frío, cerrando los ojos por un instante. Necesitaba una historia. Necesitaba *vida*—algo que no fueran solo palabras vacías en una página. Y entonces, como si el destino hubiera escuchado su ruego, un sonido la hizo volverse. Una risa baja, masculina, resonó desde el piso de abajo. No era lo suficientemente alta como para ser vulgar, pero llevaba una confianza que hizo que el estómago de Lara se contrajera. Curiosa, se acercó a la puerta entreabierta y espió por el pasillo. En el salón principal, un hombre estaba sentado en uno de los sillones de cuero, los pies descalzos apoyados en el borde de la chimenea. Los cabellos oscuros, ligeramente ondulados, caían sobre su frente en mechones rebeldes, y la luz anaranjada de las llamas destacaba los ángulos marcados de su rostro—mandíbula fuerte, nariz recto, labios que parecían hechos para sonreír. Sostenía un vaso de whisky con una mano, mientras la otra hojeaba un libro de tapa dura, los dedos largos y elegantes pasando las páginas con una lentitud deliberada. Daniel. No sabía su nombre, pero de alguna manera, *lo sabía*. Sabía que él no era un huésped cualquiera—había algo en él, una aura de control y pasión contenida que la atraía como un imán. Él alzó los ojos de repente, como si hubiera sentido el peso de su mirada, y sus miradas se encontraron a través del pasillo. Lara contuvo la respiración. Sus ojos eran verdes—no un verde cualquiera, sino el color profundo de los bosques después de la lluvia, con reflejos dorados que parecían danzar a la luz del fuego. Por un segundo, el mundo pareció detenerse. Entonces, él sonrió. No una sonrisa educada, de esas que se ofrecen a los desconocidos, sino algo más íntimo, como si ya la conociera. — ¿Le gusta observar a la gente, escritora? — Su voz era ronca, ligeramente arrastrada, como si cada palabra fuera una caricia. Lara sintió el rostro arder. Retrocedió un paso, pero no antes de responder, sin pensar: — Solo cuando son interesantes. La sonrisa de él se ensanchó, y alzó el vaso en un brindis silencioso. Abajo, la mujer de la recepción anunció que la cena estaba servida. Y Lara supo, con una certeza que le erizó la piel, que esa noche no sería como las demás. La escalera de madera crujía bajo los pasos de Lara, cada peldaño una nota disonante en la sinfonía de la tormenta que azotaba las ventanas de la posada. El viento aullaba entre las grietas de las paredes de piedra, como si intentara arrancar el refugio del mundo exterior, mientras el olor a leña quemada y especias flotaba en el aire, denso e invitante. Bajó despacio, los dedos deslizándose por el pasamanos pulido por el tiempo, sintiendo el calor de la chimenea antes incluso de verla—una presencia viva, palpitante, que parecía llamarla. El salón principal era un abrazo de acogimiento. Las paredes, revestidas de tablones oscuros, reflejaban el brillo anaranjado de las llamas, creando sombras danzantes que se estiraban y encogían como amantes en un juego de seducción. En el centro, una mesa de comedor alargada, cubierta por un mantel de lino blanco, exhibía platos de porcelana fina y cubiertos de plata que centelleaban bajo la luz de las velas. Pero fue él quien captó su atención. Daniel estaba de pie junto a la chimenea, una mano apoyada en la repisa de piedra, la otra sosteniendo una copa de vino tinto que giraba con lentitud deliberada. La camisa de lino, abierta en el cuello, revelaba la base de su garganta, donde una vena latía suavemente, como si ecoara el ritmo del fuego. Lara observó la manera en que las llamas delineaban los contornos de su cuerpo—hombros anchos, cintura estrecha, piernas largas que se perdían en los pantalones de sarga oscura. Él no la vio llegar, absorto en sus propios pensamientos, y ella aprovechó para estudiarlo sin prisa. — Espero que no le importe — dijo él, de repente, sin volverse. — Robé una copa antes de que bajara. Lara sonrió, sorprendida. — ¿Cómo sabía que era yo? — La forma en que suenan sus pasos. Ligeros, pero no tímidos. — Finalmente se volvió, y sus ojos verdes la recorrieron de arriba abajo, deteniéndose en los detalles: la blusa de seda negra que moldeaba sus senos, la falda larga que se balanceaba con el movimiento de sus caderas, los labios entreabiertos, como si estuviera a punto de decir algo, pero hubiera olvidado las palabras. — Además, la posada está vacía. Solo nosotros dos y la tormenta. — Y la dueña de la recepción — corrigió ella, acercándose. — Ella no cuenta. — Le tendió la copa, los dedos rozando los suyos un segundo más de lo necesario. — ¿Vino? Lara aceptó, sintiendo el peso del cristal en la palma de su mano. El líquido era oscuro como rubí, casi negro bajo la luz titilante, y cuando lo llevó a los labios, el sabor estalló en su boca—frutas maduras, especias, un toque de humo que recordaba al propio fuego de la chimenea. Cerró los ojos por un instante, saboreando, y cuando los abrió, él la observaba con una intensidad que la hizo contener la respiración. — ¿Bueno? — preguntó él, la voz baja. — Perfecto. Daniel sonrió, esa misma sonrisa íntima de antes, e indicó el sofá de cuero gastado frente a la chimenea. — Siéntese. La noche es larga. Ella obedeció, hundiéndose en los cojines mullidos, mientras él se acomodaba a su lado—no demasiado cerca, pero lo suficiente para que el calor de su cuerpo la envolviera. El fuego crepitaba, lanzando chispas que subían por la chimenea como estrellas fugaces, y por un momento, ninguno de los dos habló. Lara sentía el peso del silencio, pero no era incómodo. Era como si estuvieran esperando algo, una señal, una indicación, y el mundo entero estuviera contenido en ese espacio entre ellos. — Usted es escritora — dijo él, al fin, rompiendo el hechizo. No era una pregunta. — ¿Cómo lo sabe? — La manera en que mira las cosas. Como si estuviera memorizando cada detalle. — Inclinó la cabeza, estudiándola. — O tal vez sea solo la forma en que me mira *a mí*. Lara rio, un sonido ligero y musical, y tomó otro sorbo de vino. — ¿Y usted? ¿Qué hace cuando no se esconde en posadas durante tormentas? — Arquitectura. — Giró la copa entre los dedos, los ojos fijos en el líquido que danzaba. — Diseño casas. Lugares donde la gente pueda sentirse segura. Protegida. — ¿Como esta posada? — Exactamente como esta posada. — Alzó los ojos, y la intensidad de su mirada la hizo estremecer. — Piedra, madera, fuego. Cosas que duran. Ella sintió el peso de esas palabras, como si él estuviera hablando de algo mucho más profundo que paredes y techos. — ¿Y qué hace un arquitecto cuando no está diseñando refugios? — Viajo. — Se encogió de hombros, pero había algo en su tono que sugería que la respuesta era incompleta. — Busco lugares que me inspiren. Lugares donde el tiempo parece detenerse. — ¿Y esta posada lo logró? — Aún no lo sé. — Sus labios se curvaron en una sonrisa lenta. — Estoy empezando a pensar que depende de con quién esté aquí. Lara sintió el calor subir por su cuello, extendiéndose por sus mejillas. Desvió la mirada, fingiendo interés en las llamas, pero sabía que él no se dejaría engañar. El vino estaba haciendo su efecto, aflojando sus defensas, dejándola más consciente de cada detalle—el olor de su colonia, una mezcla de cedro y algo más oscuro, masculino; la manera en que sus dedos tamborileaban levemente en el brazo del sofá, como si estuviera conteniendo el impulso de tocarla. — Está nerviosa — observó él, en voz baja. — No lo estoy. — Sí lo está. — Se acercó un poco más, y ahora podía sentir el calor de su cuerpo, la promesa de su peso. — Puedo ver el pulso acelerado aquí. — La punta de su dedo rozó la base de su cuello, trazando una línea invisible hasta la clavícula. Lara contuvo la respiración. — Y aquí. — El dedo se deslizó hacia abajo, deteniéndose justo encima del valle entre sus senos, donde la tela de la blusa apenas los cubría. Ella debería retroceder. Debería apartarse, reír, fingir que era solo un gesto casual. Pero no hizo nada de eso. En cambio, se inclinó ligeramente hacia adelante, como atraída por una fuerza invisible, y sus labios se entreabrieron en un suspiro silencioso. Daniel sonrió, satisfecho, y retiró la mano. — ¿Mejor? — No — admitió ella, la voz ronca. Él rio, un sonido grave y delicioso, y extendió la mano para llenar nuevamente su copa. — Entonces veamos si más vino ayuda. La cena fue servida poco después—la dueña de la posada trajo platos humeantes de carne asada con hierbas, papas gratinadas y verduras a la parrilla, acompañados de más vino, este más robusto, con notas de chocolate y tabaco. Comieron despacio, intercambiando historias entre bocados, como si estuvieran en un juego de seducción donde cada palabra, cada mirada, fuera una pieza movida con cuidado. — ¿Ha escrito algo que suceda en un lugar como este? — preguntó Daniel, cortando un trozo de carne. — No. — Lara llevó un trozo de papa a la boca, saboreando el queso derretido. — Pero tal vez ahora lo haga. — ¿Sobre qué? — Sobre una escritora que llega a una posada durante una tormenta y encuentra a un desconocido que la hace olvidar todo lo que había escrito antes. Él alzó las cejas, intrigado. — ¿Y qué le pasa a ella? — Aún no lo sé. — Sonrió, maliciosa. — La historia apenas está comenzando. Daniel sostuvo su mirada, y por un momento, Lara tuvo la impresión de que él podría levantarse, rodear la mesa y besarla allí mismo, frente a la chimenea, con el fuego iluminando sus rostros. Pero no lo hizo. En cambio, se recostó en la silla, los dedos jugando con el pie de su copa, y dijo: — Tal vez deberíamos jugar a algo. — ¿Como qué? — Cartas. — Se levantó y fue hasta un estante antiguo, donde encontró una baraja gastada. — Un juego sencillo. Nada de apuestas altas. — ¿Y qué sugiere? — Veintiuno. — Volvió a la mesa, esparciendo las cartas entre ellos. — Quien pierda cuenta una historia. Una verdadera. Lara sonrió, aceptando el desafío. — ¿Y si no quiero contar? — Entonces pierde de nuevo. — Repartió las cartas, los ojos brillando con una promesa que iba mucho más allá del juego. — Y cada vez que pierda, la historia tiene que ser más… íntima. Ella tomó sus cartas, sintiendo el peso del momento. La primera carta era una jota de corazones. La segunda, un siete de espadas. — Diecinueve — dijo, intentando mantener la voz firme. Daniel volteó sus cartas: un rey y una reina de oros. — Veinte. — Sonrió, triunfal. — Empiezo yo. Lara cruzó los brazos, fingiendo irritación, pero en realidad estaba curiosa. Él pensó por un momento, los dedos tamborileando sobre la mesa, antes de comenzar: — Cuando tenía veinte años, trabajé en una obra en Italia. Una noche, después de un día agotador, decidí nadar desnudo en el mar. El agua estaba fría, pero yo estaba borracho y feliz. Entonces, una mujer apareció en la playa. Me vio, se rio, y… bueno, no volví al alojamiento esa noche. Lara rio, imaginando la escena. — ¿Y eso es íntimo? — Es el comienzo. — Barajó las cartas nuevamente. — Su turno. Ella perdió de nuevo. Y otra vez. Y en cada ronda, las historias se volvían más personales—un beso robado en la adolescencia, la primera vez que sintió deseo por alguien, el miedo a no ser suficiente. Daniel escuchaba con atención, haciendo preguntas que la dejaban sin aliento, como si quisiera descubrir cada capa de ella. — Última ronda — anunció él, repartiendo las cartas. — Si pierdo, cuento algo que nunca le he contado a nadie. Lara tomó sus cartas: un as y un diez. — Veintiuno. Daniel volteó las suyas: un dos y un tres. — Cinco. — Sonrió, derrotado. — Muy bien, escritora. ¿Qué quiere saber? Ella dudó, sintiendo el peso de la pregunta. El fuego crepitaba, el vino le daba vueltas en la cabeza, y de repente, supo exactamente lo que quería. — ¿Qué está pensando ahora? Él sostuvo su mirada, y por un momento, Lara tuvo la certeza de que diría algo sobre el juego, sobre la tormenta, sobre cualquier cosa menos la verdad. Pero entonces, se inclinó hacia adelante, los codos apoyados en la mesa, y dijo, en voz baja: — Estoy pensando en cómo sería besarte. En cómo deben ser de suaves tus labios. En cómo suspirarías si deslizara la mano por tu muslo, bajo esa falda. Lara sintió que el aire escapaba de sus pulmones. El salón pareció girar, el fuego, el vino, la tormenta—todo se fundía en un único punto de deseo que palpitaba entre ellos. — ¿Y qué te detiene? — susurró ella. Daniel sonrió, lento y peligroso, y empujó la silla hacia atrás. — Nada. Se levantó, rodeó la mesa y le tendió la mano. Lara la aceptó, sintiendo el calor de su piel, la fuerza de sus dedos entrelazados con los suyos. Él la atrajo hacia sí, pero no la besó. En cambio, se inclinó hasta que sus labios rozaron su oreja, y murmuró: — Pero no aquí. Todavía no. Y entonces, con una sonrisa cómplice, la condujo fuera del salón, dejando atrás la mesa puesta, el vino a medio terminar y el fuego que ardía, hambriento, a la espera de lo que vendría después. La biblioteca de la posada era un santuario de sombras y secretos, iluminada solo por el brillo ámbar de media docena de velas esparcidas sobre la mesa de caoba. El olor a cera derretida se mezclaba con el aroma a cuero envejecido y papel antiguo, creando una atmósfera densa, casi palpable—como si el propio aire estuviera cargado de promesas no dichas. Lara siguió a Daniel por los pasillos estrechos, los dedos aún entrelazados con los suyos, sintiendo el calor de su palma contra la suya, áspera en algunos puntos, suave en otros, como si cada callo contara una historia de proyectos inacabados y noches mal dormidas. La guió hasta una mesa redonda en el rincón más alejado, donde un mazo de cartas ya estaba dispuesto junto a dos copas de cristal y una botella de vino tinto a medio terminar. Las llamas de las velas danzaban en los reflejos rubíes del líquido, proyectando sombras alargadas sobre los libros alineados en los estantes, sus títulos dorados brillando como invitaciones prohibidas. — ¿Juega? — preguntó Daniel, acercando una silla para ella. Su voz era baja, casi un ronroneo, como si ya supiera la respuesta. Lara se sentó, alisando la falda sobre los muslos, consciente de la manera en que los ojos de él seguían el movimiento. — Depende. ¿Propone apuestas justas? Él rio, un sonido grave y ronco, mientras tomaba el mazo y comenzaba a barajar las cartas con destreza, los dedos largos y ágiles deslizándose entre ellas. — ¿Justas? No sé si puedo ser justo cuando la estoy mirando. — Tomó las cartas y comenzó a repartirlas con lentitud calculada, como si cada movimiento fuera parte de un juego más grande. — Digamos que las reglas son simples: cada mano perdida, una pregunta respondida con sinceridad. O… — hizo una pausa, los ojos oscuros fijos en los de ella — …un beso. El corazón de Lara latió más rápido. Cruzó las piernas, sintiendo la tela de la falda rozar su piel sensible. — ¿Y si gano yo? — Entonces usted elige. — Repartió las cartas con una lentitud deliberada. — Pregunta o beso. Ella tomó sus cartas, intentando concentrarse en los palos, pero la proximidad de él lo hacía todo más difícil. El perfume de Daniel—una mezcla de jabón amaderado y algo más primitivo, como sudor limpio y deseo—invadía sus sentidos. Cuando él se inclinó para llenar las copas, la manga de su camisa rozó el brazo de ella, y Lara tuvo que morderse el labio para contener un escalofrío. — Su turno — dijo él, recostándose en la silla, los ojos entrecerrados observándola con una intensidad que la hacía sentir desnuda. Ella jugó una sota de oros. — No es muy original. — La originalidad está sobrevalorada. — Descartó un rey de espadas, la carta cayendo entre ellos como un desafío. — Especialmente cuando lo que importa es lo que viene después. Lara alzó una ceja. — ¿Y qué viene después, Daniel? Él sonrió, lento y peligroso, y tomó la botella de vino nuevamente. — Depende de qué tan bien juegue. — Sirvió un poco más en su copa, el líquido oscuro escurriendo como miel espesa. — O de qué tan mal. Ella tomó un sorbo, dejando que el vino le quemara la garganta antes de responder. — Le gusta arriesgar. — Solo cuando vale la pena. — Bajó los ojos hacia las cartas, pero Lara no necesitaba ver su rostro para saber que estaba sonriendo. — ¿Y usted, Lara? ¿Vale la pena el riesgo? Ella no respondió de inmediato. En cambio, estudió las cartas en sus manos, sintiendo el peso de la pregunta entre ellos. El fuego crepitaba en la chimenea al fondo, proyectando reflejos dorados sobre la mesa, y por un momento, todo pareció suspendido—el tiempo, el aire, incluso la tormenta afuera, como si el mundo se hubiera reducido a esa habitación, a esa mesa, a ese juego. — Vamos a ver — murmuró, descartando una dama de corazones. Daniel tomó la carta, los dedos rozando los de ella un segundo más de lo necesario. — Buena jugada. — La colocó sobre la mesa, boca arriba. — ¿Su pregunta o mi beso? Lara fingió reflexionar, pero la verdad era que ya lo sabía. — Pregunta. Él se inclinó hacia adelante, los codos apoyados en la mesa, el mentón descansando sobre los dedos entrelazados. — ¿Qué desea más en este momento? La pregunta la tomó por sorpresa. No por la audacia—ya esperaba algo así—, sino por la simplicidad. No se trataba de fantasías o posiciones, sino de lo que palpitaba dentro de ella, crudo y real. Lara dudó, sintiendo el calor subir por su cuello. — Yo… — comenzó, pero las palabras murieron en su boca. Daniel no la apuró. Solo esperó, los ojos oscuros fijos en los de ella, como si pudiera leer la respuesta en su respiración acelerada. — Tocarte — admitió, al fin. — Saber cómo reacciona tu piel a mi tacto. Si gimes cuando muerdo tu labio inferior. Si tus músculos se contraen cuando paso las uñas por tu espalda. El silencio que siguió fue cargado. Daniel no se movió, pero algo en su mirada cambió—una chispa, un reconocimiento. Entonces, sin decir nada, extendió la mano y tomó su copa de vino, dando un largo sorbo antes de colocarla de nuevo sobre la mesa con un clic suave. — Su turno — dijo, la voz ronca. Lara sonrió, sintiendo el poder de la confesión aún vibrando entre ellos. — Estás faroleando. — Tal vez. — Jugó un as de bastos. — O tal vez solo quiero ver hasta dónde llegas. Ella descartó un siete de oros, los dedos temblando levemente. — Hasta el final. Daniel no respondió. En cambio, tomó las cartas y las barajó nuevamente, los movimientos precisos, hipnóticos. — ¿Otra ronda? — Siempre. Esta vez, el juego fue más rápido, más urgente. Las cartas volaban entre ellos como si tuvieran voluntad propia, y cada jugada iba acompañada de miradas que quemaban más que el fuego de la chimenea. Lara perdió la primera mano y eligió un beso. Daniel no la besó en la boca. En cambio, sostuvo su mentón con una mano y rozó los labios en la curva de su cuello, justo debajo de la oreja, donde la piel era más sensible. Ella soltó un suspiro involuntario, las uñas clavándose en la palma de su mano. — Te gusta eso — murmuró él contra su piel, el aliento caliente haciéndola estremecer. — Sí. — Buena respuesta. Se apartó, pero no antes de pasar la lengua rápidamente por el mismo punto, como si quisiera probarla. Lara sintió que todo su cuerpo reaccionaba, un calor líquido extendiéndose entre sus piernas. — Mi turno — dijo él, jugando un dos de espadas. — ¿Pregunta o beso? Ella no dudó. — Beso. Esta vez, él no la hizo esperar. Se inclinó sobre la mesa, una mano sujetando su nuca, y tomó su boca con una urgencia que la dejó sin aliento. El beso fue profundo, húmedo, los dientes rozándose, las lenguas enredándose en un ritmo que imitaba algo mucho más íntimo. Lara se aferró a su camisa, atrayéndolo más cerca, como si pudiera fundir sus cuerpos allí mismo, sobre esa mesa. Cuando él se apartó, los dos estaban jadeando. — Eso — dijo, la voz ronca — fue solo el comienzo. Lara lamió sus labios, saboreándolo—vino, deseo, promesas. — Entonces veamos qué viene después. Daniel sonrió, pero antes de que pudiera responder, un estruendo de trueno sacudió las ventanas, haciendo titilar las velas. La luz osciló, sumiéndolos en una oscuridad momentánea antes de estabilizarse nuevamente. El viento aullaba afuera, como si la tormenta intentara entrar. — Creo que la naturaleza está impaciente — murmuró Lara, los ojos fijos en los de él. Daniel se levantó, tendiéndole la mano. — Entonces démosle lo que quiere. Y sin decir nada más, la arrastró fuera de la biblioteca, dejando atrás las cartas esparcidas, el vino a medio terminar y las velas ardiendo, solitarias, como testigos silenciosos de lo que estaba por venir. La mano de Daniel envolvió la suya con una firmeza cálida, los dedos entrelazados como si ya conocieran el camino. Lara sintió el calor subir por su brazo, una corriente eléctrica que se extendía por todo su cuerpo, dejándola mareada. El pasillo de la posada estaba iluminado solo por pequeñas lámparas de pared, sus llamas danzando al ritmo del viento que aullaba afuera. Las tablas del suelo crujían bajo sus pasos apresurados, como si hasta la madera antigua estuviera ansiosa por lo que vendría. — ¿Conoce bien este lugar? — preguntó Lara, la voz baja, casi ahogada por el ruido de la tormenta. Daniel la miró por encima del hombro, una sonrisa lenta curvando sus labios. — Mejor de lo que imaginaba. La biblioteca estaba al final del pasillo, una puerta de roble macizo con detalles tallados que parecían contar historias de otros huéspedes, otros encuentros. Cuando la abrió, el olor a libros antiguos y madera barnizada los envolvió, mezclado con el aroma sutil de lavanda que provenía de algún ramo escondido entre los estantes. Lara entró primero, los ojos recorriendo los anaqueles altos, los volúmenes encuadernados en cuero, los sillones de terciopelo desgastados por el tiempo. Una chimenea crepitaba en un rincón, proyectando sombras móviles en las paredes, como si los propios libros estuvieran vivos, susurrando secretos. — Perfecto — murmuró, más para sí misma que para él. Daniel cerró la puerta tras ellos, el clic del cerrojo resonando como una invitación. Lara se acercó a la chimenea, extendiendo las manos hacia el fuego, sintiendo el calor lamer su piel. Detrás de ella, escuchó el sonido de vidrio tintineando, y al volverse, vio a Daniel sirviendo dos copas de vino de una botella que estaba sobre una mesa lateral. Le tendió una, los dedos rozando los suyos cuando Lara la tomó. — Para entrar en calor — dijo, la voz ronca. Ella llevó la copa a los labios, el líquido rubí deslizándose por su garganta, dulce y ardiente. Daniel no apartó los ojos de los suyos mientras bebía, y Lara sintió el peso de esa mirada como un toque físico, como si él ya la estuviera explorando, descubriendo cada curva, cada secreto. El vino bajó, dejando un rastro de fuego en su pecho, y supo que no era solo la bebida lo que la dejaba así, temblorosa y ansiosa. — Estás temblando — observó él, acercándose. — No es de frío. Daniel sonrió, una sonrisa lenta, peligrosa. — ¿Entonces de qué? Lara no respondió. En cambio, dejó la copa sobre la mesa y cerró la distancia entre ellos, los dedos deslizándose por su pecho, sintiendo el ritmo acelerado de su corazón bajo la camisa. Él no se movió, solo la observó, los ojos oscuros brillando a la luz de las llamas. — Hablas demasiado — murmuró, atrayéndolo por el cuello de la camisa. El primer beso fue como un rayo, súbito y arrollador. Lara sintió el sabor del vino en su lengua, mezclado con el sabor único de Daniel—algo cálido, masculino, embriagador. Él la atrajo contra sí, una mano en su cintura, la otra enredada en su cabello, inclinando su cabeza para profundizar el beso. Lara gimió contra su boca, los dedos apretando sus hombros, las uñas clavándose en la tela de la camisa. Daniel la empujó suavemente contra el estante más cercano, su cuerpo presionando el de ella, y Lara sintió cada centímetro de él—duro, caliente, exigente. Sus manos se deslizaron por su espalda, bajando hasta la curva de su cadera, atrayéndola aún más contra sí. Ella se arqueó, sintiendo la evidencia de su deseo, y un escalofrío recorrió su columna. — No tienes idea de lo que me haces — susurró él contra sus labios, la voz ronca de deseo. — Entonces muéstramelo. Las palabras fueron una invitación, una orden, y Daniel no dudó. Sus manos subieron por el costado de su cuerpo, los pulgares rozando la parte inferior de sus senos antes de cerrarse sobre ellos, apretando con una presión deliciosa. Lara gimió, la cabeza cayendo hacia atrás contra el estante, los libros detrás de ella balanceándose levemente con el movimiento. Daniel aprovechó el acceso, los labios trazando un camino de besos por su cuello, mordisqueando la piel sensible, dejando marcas que sabía que aún estarían allí por la mañana. — Daniel… — susurró, su nombre una súplica. Él no respondió con palabras. En cambio, sus manos bajaron hasta el dobladillo de su vestido, subiéndolo, los dedos rozando la piel desnuda de sus muslos. Lara se estremeció, sintiendo el aire frío de la biblioteca contrastar con el calor de su cuerpo. Daniel la levantó de repente, sus piernas envolviendo su cintura, y la llevó hasta uno de los sillones de terciopelo, sentándose con ella en su regazo. — Así está mejor — murmuró, los labios encontrando los de ella nuevamente. Lara se movió contra él, sintiéndolo duro entre sus piernas, la fricción enviando oleadas de placer por todo su cuerpo. Las manos de Daniel exploraron cada centímetro de ella, bajando el vestido hasta que sus senos quedaron libres, los pezones endurecidos por el aire y su toque. Los tomó en su boca, uno a la vez, la lengua rodeándolos, los dientes mordisqueando suavemente, y Lara se arqueó, las uñas clavándose en sus hombros. — Dios, Lara… — gimió él, la voz ahogada contra su piel. Ella no respondió. No podía. En cambio, sus manos bajaron hasta su cinturón, los dedos temblorosos desabrochándolo, bajando la cremallera. Daniel la ayudó, levantándose lo suficiente para deshacerse de los pantalones y los calzoncillos, y luego la atrajo de vuelta a su regazo, su piel desnuda contra la de ella, caliente y palpitante. Lara gimió cuando sintió la punta de él rozar su entrada, húmeda y lista. Se movió, intentando encajarlo, pero Daniel sujetó sus caderas, impidiéndoselo. — Todavía no — susurró, los ojos oscuros fijos en los de ella. — ¿Por qué? — preguntó ella, la voz entrecortada. — Porque quiero que recuerdes cada segundo de esta noche. Antes de que pudiera responder, la volteó de repente, acostándola sobre el sillón, el terciopelo suave contra su espalda. Lara lo miró, los ojos muy abiertos, pero Daniel solo sonrió, arrodillándose entre sus piernas. Apartó su ropa interior a un lado, los dedos deslizándose por su humedad, y Lara mordió el labio para contener un gemido. — Tan húmeda… — murmuró, los ojos fijos en los de ella mientras un dedo entraba en ella, lentamente, deliberadamente. Lara se arqueó, las manos agarrando los brazos del sillón, el placer casi insoportable. Daniel añadió otro dedo, moviéndolos en un ritmo torturante, mientras su boca descendía, la lengua encontrando su clítoris, lamiendo, succionando, llevándola al borde del abismo. — Daniel, por favor… — suplicó, la voz quebrada. Él no se detuvo. En cambio, aceleró el ritmo, los dedos y la lengua trabajando en perfecta sincronía, hasta que Lara sintió el orgasmo acercarse, una ola inmensa y arrolladora. Gritó cuando la alcanzó, el cuerpo temblando, las piernas apretando sus hombros mientras el placer la consumía. Daniel se levantó, los labios brillando con su humedad, los ojos oscuros de deseo. Se inclinó sobre ella, la mano guiando su miembro hasta su entrada, y Lara gimió cuando sintió la punta de él rozar su clítoris aún sensible. — Ahora — susurró, los ojos fijos en los de él. — Ahora, Daniel. Él no necesitó más incentivo. Con un movimiento lento, entró en ella, centímetro a centímetro, llenándola de una manera que la hizo arquearse, las uñas clavándose en sus brazos. Daniel gimió, la cabeza cayendo hacia atrás, los músculos del cuello tensos. — Joder, Lara… — murmuró, comenzando a moverse. Cada embestida era profunda, deliberada, y Lara sintió que el placer se construía nuevamente, más intenso, más urgente. Envolvió las piernas alrededor de su cintura, atrayéndolo más cerca, más adentro, hasta que no hubo más espacio entre ellos, solo calor, sudor y deseo. Daniel la besó, la lengua invadiendo su boca, y Lara sintió el sabor de sí misma en él, un sabor salado y dulce que la excitó aún más. Sus manos exploraron su cuerpo, apretando sus senos, pellizcando sus pezones, mientras sus embestidas se volvían más rápidas, más salvajes. — Voy a correrme — gimió él contra sus labios. — Yo también — susurró ella, sintiendo el orgasmo acercarse nuevamente, una ola inmensa que amenazaba con tragársela. Y entonces sucedió. Lara gritó, el cuerpo temblando mientras el placer la consumía, y Daniel la siguió, enterrándose profundamente en ella una última vez, los músculos tensos, su nombre escapando de sus labios en un gemido ronco. Por un momento, no hubo nada más que el sonido de sus respiraciones jadeantes, el crepitar de la chimenea y el aullido del viento afuera. Lara sintió el peso de su cuerpo sobre el de ella, los latidos acelerados de sus corazones, y supo que esa noche estaba lejos de terminar. Daniel se apoyó en los codos, mirándola con una sonrisa satisfecha, pero los ojos aún llenos de deseo. — Eso — murmuró, rozando los labios con los de ella — fue solo el comienzo. Lara sonrió, las manos deslizándose por su espalda, sintiendo los músculos tensos bajo la piel. — Entonces veamos qué más nos depara esta noche. Y antes de que él pudiera responder, lo empujó, invirtiendo sus posiciones, lista para explorar cada centímetro de él, para descubrir todos los placeres que aún estaban por venir. Daniel rio bajo, un sonido ronco que vibró contra la piel de Lara cuando ella se posicionó sobre él, las rodillas hundiéndose en el colchón mullido. La luz de la chimenea danzaba en sus curvas, pintando sombras doradas en sus senos, su cintura, sus muslos que ahora lo envolvían. Él alzó las manos, pero ella le sujetó las muñecas, inmovilizándolas sobre su cabeza con una sonrisa traviesa. — Todavía no — murmuró, inclinándose hasta que sus labios casi se tocaron. — Tú tuviste tu turno. Ahora es el mío. El aliento cálido de Lara hizo que Daniel cerrara los ojos por un segundo, el cuerpo reaccionando antes incluso de que ella lo tocara. Cuando finalmente lo soltó, no opuso resistencia. Dejó que ella explorara, que trazara con los dedos el contorno de sus hombros, sus brazos, su pecho donde el corazón latía con fuerza. Se detuvo en los pezones, rozándolos con las uñas hasta que él arqueó la espalda, un gemido escapando entre sus dientes. — ¿Te gusta eso? — preguntó ella, la voz baja, casi un susurro. — Sabes que sí — respondió él, la voz áspera. Lara sonrió, satisfecha, y bajó más, los labios reemplazando los dedos. Su lengua era cálida, húmeda, trazando círculos lentos mientras las manos se deslizaban por su abdomen, hasta encontrar lo que ya estaba duro, palpitante. Daniel soltó un suspiro cuando ella lo envolvió, los dedos cerrándose alrededor de la base, apretando levemente antes de comenzar un movimiento lento, torturante. — Lara… — gimió, las caderas levantándose involuntariamente. — Shhh — murmuró ella, soplando aire caliente sobre la piel sensible. — Déjame cuidarte. Y entonces lo llevó a su boca. El calor húmedo lo envolvió, su lengua trabajando con movimientos expertos, mientras las manos no dejaban de acariciar. Daniel enredó los dedos en las sábanas, el cuerpo entero tenso, luchando por no perder el control demasiado pronto. Pero Lara no tenía prisa. Lo saboreaba, lamiendo, succionando, provocando, hasta que él estuvo al borde del abismo. — Basta — gruñó, atrayéndola hacia arriba con un movimiento brusco. — Si sigues así, no duraré. Lara rio, un sonido suave y provocador, mientras se acomodaba sobre él nuevamente. Pero esta vez, no hubo juegos. Se bajó, guiándolo hacia su interior con una lentitud deliberada, los ojos fijos en los de él mientras se llenaba centímetro a centímetro. — Joder — gimió Daniel, las manos aferrando sus caderas con fuerza. — Eres increíble. Lara comenzó a moverse, despacio al principio, las caderas balanceándose en círculos perezosos que arrancaban suspiros de ambos. Pero pronto el ritmo se aceleró, los cuerpos chocando uno contra el otro en un compás frenético. El sonido de la piel encontrándose, de los gemidos mezclados, llenaba la habitación, ahogando incluso el aullido del viento afuera. Daniel se sentó, envolviéndola con los brazos, y Lara enredó las piernas alrededor de su cintura, los cuerpos pegados, sin espacio para nada más que el placer. Él mordió levemente su hombro, luego su cuello, mientras las manos exploraban cada curva, cada punto sensible. — Más fuerte — pidió ella, la voz entrecortada. Daniel obedeció, invirtiendo las posiciones en un movimiento rápido, inmovilizándola bajo su cuerpo. La penetró con fuerza, las caderas golpeando contra las de ella en un ritmo implacable, mientras Lara arqueaba la espalda, las uñas clavándose en su espalda. — Así — gimió ella, los ojos entrecerrados. — No pares. Él no paró. Aceleró aún más, los cuerpos sudorosos, los gemidos volviéndose más altos, más urgentes. Lara sintió el orgasmo acercarse, una ola cálida creciendo dentro de ella, y Daniel también estaba cerca, los músculos tensos, la respiración entrecortada. — Córrete conmigo — murmuró él, la voz ronca. Y Lara obedeció. El placer la golpeó como una explosión, el cuerpo temblando, los músculos internos contrayéndose alrededor de él. Daniel la siguió, enterrándose profundamente una última vez, los gemidos mezclándose mientras el clímax los consumía. Por un largo momento, no hubo nada más que el sonido de sus respiraciones jadeantes, el crepitar de la chimenea, el viento aullando afuera. Lara sintió el peso del cuerpo de él sobre el suyo, los latidos acelerados, la piel húmeda de sudor. Daniel se apoyó en los codos, mirándola con una sonrisa satisfecha, pero los ojos aún llenos de deseo. — Eso — murmuró, rozando los labios con los de ella — fue solo el comienzo. Lara sonrió, las manos deslizándose por su espalda, sintiendo los músculos tensos bajo la piel. — Entonces veamos qué más nos depara esta noche. Y antes de que él pudiera responder, lo empujó, invirtiendo sus posiciones nuevamente. Daniel rio, sorprendido, pero no opuso resistencia cuando Lara se arrodilló entre sus piernas, los dedos trazando círculos perezosos en la parte interna de sus muslos. — ¿No te cansas, eh? — preguntó, la voz aún ronca. — ¿De ti? — respondió ella, inclinándose para besar la piel sensible justo debajo del ombligo. — Nunca. Daniel cerró los ojos, el cuerpo reaccionando al instante al contacto de ella. Lara no tenía prisa. Lo provocó, besando, lamiendo, mordisqueando, hasta que él estuvo duro nuevamente, listo para más. Y cuando finalmente lo tomó en su boca, Daniel no pudo contener un gemido alto, las manos enredándose en su cabello. La noche estaba lejos de terminar. La primera luz de la mañana se filtraba por las cortinas de lino crudo, tejiendo hilos dorados sobre las sábanas arrugadas. Lara despertó con el peso cálido de un brazo masculino alrededor de su cintura, la respiración de Daniel aún lenta y profunda contra su nuca. El aire olía a sexo y a leña quemada, mezclado con el aroma fresco del café que subía de la cocina de la posada. Permaneció inmóvil por un instante, saboreando la quietud, la piel aún hormigueando en los lugares donde las manos de él la habían explorado horas antes. A su lado, Daniel se movió, los labios rozando su hombro en un beso somnoliento. — Buenos días — murmuró, la voz áspera de sueño y de todo lo que habían hecho. Lara se giró lentamente, encontrando sus ojos—oscuros, pero ya alerta, como si también estuviera reviviendo cada momento de la noche. Sonrió, pasando los dedos por el contorno de su mandíbula, sintiendo la barba incipiente raspar levemente su piel. — Buenos días — respondió, la voz baja, casi un susurro. — La tormenta pasó. Daniel se incorporó sobre un codo, observándola con una intensidad que le recordó la primera vez que se miraron frente a la chimenea. El fuego ahora era solo cenizas, pero el calor entre ellos persistía, como brasas bajo la superficie. — Y nosotros también — dijo, la mano deslizándose por su cadera, atrayéndola más cerca. — Sobrevivimos. Lara rio, el cuerpo reaccionando al contacto incluso después de tantas horas. Pero había algo diferente en la luz de la mañana, algo que los hacía más conscientes, más presentes. Se apartó con un suspiro, sentándose en la cama y envolviéndose con la sábana para cubrir sus senos. — Necesito una ducha — anunció, aunque lo que realmente quería era quedarse allí, envuelta en él, repitiendo cada caricia hasta que el mundo exterior los obligara a volver a la realidad. Daniel no protestó. Solo la observó mientras se levantaba, la sábana cayendo a sus pies, revelando las marcas que él había dejado—pequeños moretones en los muslos, una mordida en el hombro, la piel enrojecida donde su barba la había raspado. Sonrió, satisfecho, y se estiró en la cama como un felino perezoso. — Voy a pedir café en la terraza — dijo, levantándose también, desnudo y sin pudor. — A menos que quieras compañía en la ducha. Lara le lanzó una mirada por encima del hombro, evaluando la oferta. El agua caliente sobre su piel sensible sería una tortura deliciosa, pero sabía que, si él entraba con ella, no saldrían tan pronto. — Otra vez — prometió, guiñando un ojo. — Hoy quiero ver el sol. Daniel asintió, tomando unos pantalones de chándal del suelo y vistiéndolos sin prisa. Antes de que ella desapareciera en el baño, la atrajo para un beso rápido, los labios aún cálidos del sueño. — No tardes — murmuró contra su boca. El baño de la posada era pequeño pero acogedor, con azulejos antiguos y una bañera profunda que Lara imaginó perfecta para noches de invierno. Abrió el grifo y dejó que el agua le quemara la piel, lavando el sudor, su olor, los vestigios de la noche. Pero por más que se frotara, el recuerdo de los dedos de Daniel entrelazados con los suyos, de los gemidos ahogados contra la almohada, del peso de su cuerpo sobre el de ella—todo eso permanecía, grabado no solo en su piel, sino en algún lugar más profundo. Envuelta en un albornoz mullido, Lara secó su cabello con una toalla y lo recogió en un moño desordenado. En el espejo, sus ojos brillaban de una manera que no veía desde hacía meses. Tal vez años. Era como si la noche anterior hubiera pelado capas de cansancio, de rutina, dejando solo la esencia—viva, palpitante. Cuando regresó al cuarto, encontró a Daniel ya vestido, con una camisa de lino abierta sobre el pecho y una taza de café humeante en la mano. Había arreglado la cama, doblado la ropa esparcida por el suelo y abierto las cortinas, dejando que la luz de la mañana inundara el espacio. — Tu café — dijo, tendiéndole la taza. — Negro, sin azúcar. Como te gusta. Lara la aceptó, sorprendida. No recordaba haber mencionado cómo tomaba el café. — Prestaste atención — comentó, llevando la taza a los labios. — A todo — respondió él, simple. El silencio que siguió no era incómodo, pero estaba cargado de significado. Se miraron, y Lara supo que él también estaba pensando en la noche anterior—no solo en los cuerpos entrelazados, sino en las conversaciones, en las miradas, en la manera en que se habían descubierto sin prisa, como si tuvieran todo el tiempo del mundo. — Vamos a la terraza — sugirió Daniel, rompiendo el hechizo antes de que se volviera demasiado pesado. La terraza de la posada daba a un valle cubierto por una ligera neblina, donde los primeros rayos de sol pintaban las montañas de dorado y rosa. El aire estaba fresco, pero no frío, y el olor a tierra mojada se mezclaba con el aroma del café y el pan recién horneado que la dueña de la posada había dejado en una cesta. Lara se sentó en una silla de mimbre, abrazando las rodillas contra el pecho, mientras Daniel se apoyaba en la barandilla, observando el paisaje. — Es hermoso aquí — dijo, después de un largo sorbo de café. — Lo es — asintió él, pero sus ojos estaban en ella, no en la vista. Lara fingió no notarlo, pero una sonrisa se le escapó. Tomó un trozo de pan, untando mantequilla lentamente, como si cada movimiento fuera una provocación. — ¿Te vas hoy? — preguntó, casual. Daniel dudó. Luego, negó con la cabeza. — Mi reserva es hasta mañana. Pero puedo irme antes, si quieres. — No quiero — respondió ella, demasiado rápido. Él rio, bajo. — Perfecto. Porque yo tampoco. Se quedaron en silencio nuevamente, pero esta vez era un silencio cómplice, lleno de posibilidades. Lara terminó el café y se levantó, acercándose a él. Daniel no se movió cuando ella se detuvo a centímetros de distancia, los dedos rozando la tela de su camisa. — ¿Qué vas a hacer hoy? — preguntó, la voz suave. — Depende — murmuró él, las manos encontrando su cintura. — ¿Qué me ofreces? Lara sonrió, inclinándose para besarlo. Fue un beso lento, perezoso, como si tuvieran todo el tiempo del mundo. Cuando se apartó, sus labios aún rozaban los de él. — Un paseo por el sendero de la cascada — sugirió. — Después, almuerzo en el pueblo. Y por la noche… — dejó la frase en el aire, los ojos brillando. Daniel le sujetó el rostro, el pulgar trazando el contorno de su boca. — Por la noche — completó —, lo descubriremos. El desayuno fue tranquilo, pero cargado de una tensión dulce. Hablaron de cosas triviales—el clima, la arquitectura de la posada, los libros que Lara había visto en la biblioteca. Pero entre cada palabra, cada risa, estaba la conciencia de lo que había sucedido y de lo que aún podía suceder. Cuando terminaron, Daniel se levantó y le tendió la mano. — ¿Vamos? Lara la aceptó, entrelazando los dedos con los de él. Bajaron las escaleras de la posada juntos, los pasos ligeros, como si estuvieran flotando. Afuera, el sol ya había disipado la neblina, y el mundo parecía nuevo, brillante, lleno de promesas. — ¿Crees que esto durará? — preguntó Lara, de repente, mientras caminaban por el sendero que llevaba a la cascada. Daniel se detuvo, volviéndose hacia ella. Sus ojos eran serios, pero había una sonrisa en sus labios. — No lo sé — admitió. — Pero eso no importa ahora. — ¿No? Negó con la cabeza. — Lo que importa es que, por ahora, solo existimos nosotros. Y eso es suficiente. Lara sonrió, atrayéndolo más cerca. — Es suficiente — coincidió. Y entonces, sin decir nada más, se besaron nuevamente, allí, bajo el sol de la mañana, sabiendo que, sin importar lo que el futuro les deparara, esa noche—esa conexión—nunca sería olvidada.

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