La Reunión que Escaló

Por Tonkix
La Reunión que Escaló
**La Reunión que Escaló** La oficina respiraba en silencio, un organismo dormido cuyos latidos eran los zumbidos lejanos de los servidores y el ocasional crujido de los fluorescentes. Clara se deslizaba entre las mesas vacías como una sombra elegante, los tacones de aguja de sus zapatos de cuero italiano amortiguados por la gruesa alfombra, pero aún así produciendo un ritmo cadencioso, casi musical. Cada paso era calculado, cada movimiento una coreografía de eficiencia. Conocía aquel espacio mejor que las líneas de su propia mano: los rincones donde se acumulaba el polvo, los interruptores que parpadeaban antes de apagarse, la manera en que la luz de la luna se filtraba por las persianas y dibujaba franjas plateadas sobre la mesa de reuniones. La sala principal, donde Daniel la esperaría pronto, era un santuario de caoba y cristal. Clara ajustó la silla ejecutiva una última vez, alisando el respaldo con la palma de la mano, como si pudiera sentir, a través de la tela, la presencia inminente de él. El aire acondicionado estaba regulado a 22 grados, la temperatura perfecta: lo suficientemente fría para mantener la mente alerta, pero no tanto como para necesitar un abrigo. Revisó el termostato, los dedos rozando el metal frío, y sonrió para sí misma. Daniel odiaba cuando la sala estaba demasiado caliente; decía que el calor embotaba el razonamiento. Clara, en cambio, sabía que el verdadero peligro no era el calor, sino la manera en que él la miraba cuando creía que ella no prestaba atención. El proyector estaba encendido, la pantalla mostrando la primera diapositiva de la presentación: *«Metas Trimestrales – Departamento de Expansión»*. Pasó los dedos sobre el control remoto, probando los botones, e imaginó a Daniel entrando por la puerta, el abrigo aún húmedo por la llovizna nocturna, los ojos oscuros recorriendo la sala con esa expresión impenetrable que cultivaba como una armadura. Siempre llegaba después de la hora acordada, como si el simple acto de ser puntual fuera una concesión demasiado grande. Clara ya había aprendido a no comentar. En cambio, preparaba todo con una meticulosidad tal que, cuando él finalmente aparecía, no hubiera nada fuera de lugar: ni un bolígrafo desalineado, ni un vaso de agua a medio tomar. Se inclinó sobre la mesa para ajustar la disposición de los blocs de notas, y la tela de la falda lápiz subió unos centímetros por encima de las rodillas, revelando la curva suave de los muslos. Clara no era del tipo que usaba ropa provocativa en el trabajo—nada de escotes atrevidos o aberturas escandalosas. Pero había algo en Daniel que la hacía elegir prendas que, sin ser vulgares, resaltaban su silueta: la manera en que la falda marcaba la cintura, cómo la blusa de seda se moldeaba a los senos cuando se movía, cómo los tacones alargaban sus piernas hasta hacerlas parecer interminables. Era un juego sutil, un lenguaje corporal que solo los dos entendían. El reloj de la pared marcaba las 20:47. Él llegaría en trece minutos. Clara respiró hondo, sintiendo el aire fresco llenar sus pulmones, y se permitió un momento de debilidad: cerró los ojos e imaginó la escena que se desarrollaría en breve. Daniel entrando, el aroma de su colonia—algo amaderado, con notas de bergamota y cuero—llenando el ambiente antes incluso de que abriera la boca. Se quitaría el abrigo, revelando el traje gris oscuro que ella sabía que combinaba a la perfección con sus ojos, y se sentaría a la cabecera de la mesa, las manos entrelazadas sobre el cristal. *«Vamos a empezar»*, diría, la voz baja, casi ronca, como si las palabras fueran un secreto entre los dos. Y entonces, inevitablemente, sus miradas se encontrarían. Clara abrió los ojos y sacudió la cabeza, como si pudiera alejar el pensamiento. No era momento para eso. Todavía no. Se acercó a la ventana y apartó ligeramente la persiana, observando la ciudad iluminada abajo. Los edificios brillaban como constelaciones artificiales, y por un instante, se sintió una diosa observando su reino. Pero el reino de Clara no estaba hecho de concreto y cristal—estaba hecho de momentos robados, de miradas que duraban un segundo más, de toques «accidentales» que hacían que su piel hormigueara. El sonido de la puerta del ascensor abriéndose en el pasillo la hizo enderezar la postura. Pasos firmes, decididos, resonaron en el silencio. Clara no necesitó mirar para saber que era él. Daniel tenía una manera única de caminar—no era apresurado, pero tampoco lento; era el ritmo de un hombre que sabía exactamente adónde iba y no tenía paciencia para distracciones. Se giró lentamente, como si estuviera absorbiendo cada segundo de ese encuentro, y lo vio parado en el umbral de la puerta, observándola con una intensidad que hizo que su estómago se contrajera. Él no sonrió. Nunca sonreía. Pero sus ojos—esos ojos oscuros, casi negros—recorrieron su cuerpo de arriba abajo, demorándose un poco más de lo que el profesionalismo permitiría. —Llegas temprano —dijo él, la voz grave, como si las palabras tuvieran peso. Clara sonrió, un gesto suave, casi imperceptible. —Y tú llegas tarde. Daniel entró en la sala, cerrando la puerta tras de sí con un clic suave. El sonido reverberó en el ambiente, y Clara sintió cómo el aire entre ellos se cargaba de electricidad. Él se quitó el abrigo y lo colgó en el perchero con movimientos precisos, como si cada acción fuera parte de un ritual. Cuando se volvió hacia ella, sus ojos se encontraron con los de Clara, y por un instante, el mundo pareció detenerse. —Vamos a empezar —dijo él, finalmente. Clara asintió e indicó la mesa con un gesto elegante. —Después de ti. Daniel no se movió. En cambio, siguió observándola, como si intentara descifrar un enigma. Clara sintió el calor subir por su cuello, pero mantuvo la mirada firme. Sabía que a él le gustaba eso—le gustaba la manera en que ella lo desafiaba, aunque fuera de forma sutil. Por fin, se acercó a la mesa y retiró la silla, sentándose con la postura de un rey en su trono. Clara se posicionó junto al proyector, lista para iniciar la presentación, pero antes de que pudiera presionar el botón, Daniel habló de nuevo: —Cambiaste de perfume. Ella dudó, los dedos flotando sobre el control remoto. No era una pregunta, sino una constatación. Clara lo miró, sorprendida. —Sí. Es nuevo. —Me gusta —dijo él, simplemente. Y entonces, como si nada hubiera pasado, cruzó las manos sobre la mesa y esperó. Clara respiró hondo, sintiendo el corazón latir más rápido. Sabía que esa noche no sería como las otras. Había algo en el aire, algo que iba más allá de las metas trimestrales y los gráficos de desempeño. Era como si, por primera vez, los dos estuvieran a punto de cruzar una línea de la que no habría retorno. Presionó el botón del control remoto, y la pantalla se iluminó. —Hablemos de números —dijo ella, la voz firme, pero los ojos brillando con una promesa que ninguno de los dos se atrevía a nombrar. El primer haz de luz azulada del proyector cortó la oscuridad de la sala, iluminando el gráfico de barras ascendentes como si fueran escalones hacia un destino inevitable. Clara ajustó su postura, los tacones hundiéndose levemente en la gruesa alfombra, y comenzó a hablar. Su voz, normalmente firme y clara, llevaba ahora un temblor casi imperceptible, como si cada palabra fuera un paso en falso sobre un cable de alta tensión. —*Los resultados del último trimestre superaron las proyecciones en un doce por ciento, principalmente debido a la estrategia de expansión en el mercado asiático* —dijo, señalando la pantalla con el láser rojo del control. El puntito danzaba sobre los números, pero Daniel no seguía el movimiento. Sus ojos estaban fijos en otro lugar. Las piernas de Clara. Llevaba una falda lápiz negra, lo suficientemente ajustada para marcar la curva de los muslos sin ser vulgar, y una blusa de seda gris que se ajustaba al cuerpo como una segunda piel. Pero era la manera en que se movía lo que lo hipnotizaba. Cada vez que se inclinaba para cambiar la diapositiva, la falda subía unos centímetros, revelando más de esa piel suave que él ya había imaginado innumerables veces bajo sus dedos. La tela se estiraba sobre las rodillas, y podía jurar que, si se acercaba más, sentiría el calor irradiando de ella. Daniel cruzó las piernas, intentando disimular la creciente evidencia entre sus muslos. No servía de nada. El perfume de ella—ese maldito perfume nuevo, dulce y picante a la vez—invadía sus fosnas nasales con cada respiración, mezclándose con el olor a cuero del sillón y el leve aroma a café que aún flotaba en el aire. Carraspeó, intentando concentrarse. —*¿Y cómo podemos mantener este crecimiento?* —preguntó, la voz ronca. Clara se volvió hacia él, los labios entreabiertos en una sonrisa profesional. Pero había algo en sus ojos, una sombra de provocación, como si supiera exactamente el efecto que causaba. —*Bueno, Daniel, creo que necesitamos establecer metas más… ambiciosas* —dijo, arrastrando la última palabra como si fuera una invitación. El láser se detuvo sobre una línea del gráfico, destacando un número en rojo. —*Y, claro, asegurarnos de que todos los involucrados estén… motivados.* El silencio que siguió fue denso, cargado. Daniel sintió la mandíbula tensarse. Sabía que ella no estaba hablando solo de números. Había algo detrás de esas palabras, una corriente subterránea que los arrastraba más cerca, a pesar de todos los protocolos, de todas las reglas no dichas. —*¿Motivados cómo?* —preguntó, la voz baja, casi un gruñido. Clara mordió el labio inferior, un gesto rápido, casi involuntario. El movimiento hizo que el corazón de Daniel se acelerara. Se acercó a la mesa, apoyando las manos sobre la superficie pulida, los dedos largos y elegantes extendidos como si estuvieran listos para agarrar algo—o a alguien. —*Motivados a ir más allá de lo esperado* —murmuró, los ojos fijos en los de él. —*A superar límites. A no conformarse con lo básico.* Daniel soltó una risa seca, sin humor. —*Estás jugando con fuego, Clara.* Ella inclinó la cabeza, los cabellos oscuros cayendo sobre un hombro. —*Tal vez me guste el calor.* El aire entre ellos parecía vibrar. Daniel podía escuchar su propia sangre latiendo en los oídos, el sonido amortiguado de la ciudad afuera, el leve zumbido del proyector. Se movió en la silla, sintiendo cómo la tela del pantalón se apretaba contra la erección que no cedía. Clara lo notó. Claro que lo notó. Sus ojos bajaron por una fracción de segundo, demasiado rápidos para ser acusados de indiscreción, pero lo suficientemente lentos para que él supiera que ella lo había visto. Y entonces, como si el universo conspirara para poner a prueba su resistencia, ella cruzó las piernas. El movimiento fue suave, elegante, pero suficiente para que la falda subiera unos centímetros más, revelando el borde de las medias negras. Daniel tragó saliva. Podía imaginar cómo sería deslizar la mano bajo esa tela, sentir la piel caliente, los músculos tensos bajo sus dedos. Podía casi escuchar el sonido que ella haría cuando la tocara allí, en ese punto sensible justo encima de la rodilla. Clara soltó un suspiro. No era un suspiro cualquiera. Era largo, tembloroso, cargado de algo que ninguno de los dos se atrevía a nombrar. El sonido resonó en la sala vacía, rebotando en las paredes como un llamado. Daniel sintió todo su cuerpo reaccionar, los músculos contraerse, la respiración acortarse. —*Clara…* —empezó, pero no sabía qué decir. ¿Advertirle? ¿Pedirle que parara? ¿Rogarle que continuara? Ella no esperó. Con un movimiento deliberado, descruzó las piernas, dejándolas ligeramente abiertas. No lo suficiente para ser obvio, pero sí lo bastante para que él entendiera el mensaje. Daniel se levantó. El sonido de la silla arrastrándose por el suelo fue como un disparo. Clara no retrocedió, no apartó la mirada. Se quedó allí, quieta, los labios entreabiertos, los senos subiendo y bajando a un ritmo acelerado. Él dio un paso adelante, luego otro, hasta estar lo suficientemente cerca como para sentir el calor del cuerpo de ella, para ver las pequeñas gotas de sudor formándose en la base de su cuello. —*No tienes idea de lo que estás haciendo* —murmuró, la voz ronca. Clara alzó el mentón, desafiante. —*O quizá sé exactamente.* Los dedos de él rozaron los de ella cuando tomó el control remoto de su mano. El contacto fue breve, casi accidental, pero suficiente para enviar una descarga eléctrica por todo el cuerpo de Clara. Ella jadeó, un sonido bajo, casi inaudible, pero que hizo que Daniel perdiera el poco control que aún tenía. Dejó el control sobre la mesa con un *clic* seco. —*La presentación ha terminado* —declaró, la voz firme, pero los ojos ardientes. —*Ahora hablemos de metas que realmente importan.* Clara no respondió. Solo sonrió, una sonrisa lenta, peligrosa, y dio un paso atrás, apoyándose en la mesa de reuniones. El proyector seguía encendido, proyectando su luz azulada sobre los dos, como si los iluminara para un espectáculo que estaba a punto de comenzar. Y entonces, sin aviso, Daniel avanzó. Daniel avanzó como si el aire entre ellos se hubiera vuelto sólido, un obstáculo a ser roto con la fuerza del deseo. El espacio que los separaba—unos pocos pasos, pero una eternidad de reglas no dichas—desapareció en un segundo. Clara no retrocedió. No apartó la mirada. Solo inclinó ligeramente la cadera, apoyándose en el borde de la mesa con una confianza que hizo hervir la sangre de él. El proyector zumbaba bajo, proyectando gráficos y números en la pared detrás de ella, pero Daniel no veía nada más que el brillo húmedo en los labios entreabiertos de Clara, el modo en que la blusa ajustada delineaba la curva de sus senos al respirar hondo. Se detuvo a centímetros de distancia, lo suficientemente cerca como para sentir el calor de su cuerpo, para notar cómo los pezones ya se marcaban bajo la tela fina. —*Metas* —repitió, la palabra saliendo como un gruñido. —*Hablaste de metas.* Clara alzó una ceja, fingiendo inocencia. —¿Y qué? Es lo que hacemos aquí, ¿no? Alcanzar objetivos. —No de esta manera. —¿*De qué manera, Daniel?* —La voz de ella era un susurro provocador, los dedos jugando con el borde de la mesa, como si estuviera a punto de apartar papeles a un lado. —*¿No te gusta batir récords?* Él soltó una risa corta, sin humor. El aroma de ella—floral, con un toque de vainilla—invadió sus fosnas nasales, mezclándose con el sudor que comenzaba a deslizarse por sus sienes. Daniel extendió la mano, no para tocarla, sino para apoyarse en la mesa junto a ella, encerrándola entre sus brazos. El movimiento hizo que la manga de su camisa rozara el brazo desnudo de Clara, y el contacto, por más leve que fuera, hizo que ambos contuvieran la respiración. —Estás jugando con fuego —murmuró, los labios casi tocando su oreja. —Y yo soy el único aquí que sabe cuánto puede quemar. Clara giró el rostro, los labios casi rozando los de él. El aliento cálido de ella acarició su boca cuando habló: —Entonces muéstramelo. Fue suficiente. Daniel tomó su mentón con una mano, los dedos firmes, posesivos, mientras la otra mano se deslizaba hacia su nuca, enredándose en los mechones sueltos de su cabello. El beso no fue suave. Fue un choque de dientes, lenguas, un gemido ahogado cuando Clara mordió levemente su labio inferior. El sabor a café y menta explotó en su boca, y la atrajo más cerca, sintiendo cómo el cuerpo de ella se moldeaba al suyo, las curvas presionándose contra la rigidez que crecía entre sus piernas. Ella no se resistió. Al contrario: las manos de Clara subieron por su pecho, arañando levemente la tela de la camisa, como si quisiera rasgarla. Cuando sus dedos encontraron el nudo de la corbata, la jaló con fuerza, haciendo que Daniel gruñera contra su boca. —*Joder, Clara* —rugió, apartándose solo lo suficiente para respirar. Los ojos de ella estaban oscuros, las pupilas dilatadas, y su respiración tan acelerada como la de él. Clara sonrió, lenta y peligrosa, mientras enrollaba la corbata alrededor de su puño. —Siempre has sido tan controlado, Daniel. Pero yo vi cómo me mirabas cuando creías que no prestaba atención. —Tiró de la corbata, acercándolo de nuevo. —*Yo presté atención a todo.* Él no respondió. No con palabras. En cambio, tomó su muñeca, guiando su mano hacia abajo, hasta que los dedos de ella rozaron la erección evidente bajo el pantalón. Clara no se apartó. Solo apretó levemente, haciéndolo soltar un suspiro entrecortado. —¿*Es esto lo que quieres, jefe?* —susurró, la voz ronca. —*¿O vas a seguir fingiendo que no es esto lo que los dos vinimos a hacer aquí esta noche?* Daniel cerró los ojos por un segundo, como si intentara aferrarse a los últimos vestigios de cordura. Cuando los abrió de nuevo, no había más vacilación. —¿Quieres jugar? —preguntó, la voz áspera. —Entonces juguemos. Antes de que ella pudiera responder, la giró bruscamente, presionándola contra la mesa. El impacto hizo que los papeles esparcidos volaran, y la laptop se balanceó peligrosamente en el borde. Clara soltó una risa baja, pero el sonido murió en su garganta cuando Daniel tomó sus caderas y la atrajo contra sí, dejándola sentir exactamente lo que estaba provocando. —*Primera meta* —murmuró, los labios rozando su oreja mientras una mano se deslizaba por su muslo, levantando la falda ajustada. —*Quiero escucharte gemir mi nombre antes de que me quite esta blusa.* Clara arqueó la espalda, empujando las caderas hacia atrás, buscando más contacto. —*Segunda meta* —replicó, girando la cabeza para mirarlo. —*Quiero escucharte suplicar.* Daniel rio, un sonido oscuro y peligroso, mientras sus dedos encontraban el borde de su tanga, ya húmeda. —*Ten cuidado con lo que deseas, Clara* —susurró, el pulgar presionando con la fuerza suficiente para hacerla jadear. —*Porque yo siempre cumplo mis metas.* Y entonces, sin aviso, la giró de nuevo, empujándola de espaldas sobre la mesa. Sus tacones golpearon el suelo con un chasquido seco, y el proyector continuó su danza de luces azules sobre ellos, como si el mundo exterior no existiera. Daniel se inclinó sobre ella, las manos apoyadas a los lados de su cabeza, encerrándola allí. —*Última oportunidad* —dijo, la voz tensa. —*Aún hay tiempo de parar.* Clara sonrió, levantando una pierna para envolver su cintura, atrayéndolo más cerca. —No quiero parar. Y entonces, con un gemido ronco, Daniel bajó la cabeza, capturando sus labios en un beso que no dejaba dudas sobre lo que vendría después. El aire entre ellos ya no era aire—era electricidad pura, un campo magnético que atraía sus cuerpos como si el espacio entre ellos fuera una ofensa. Clara apenas tuvo tiempo de procesar lo que ocurría cuando Daniel la giró con un movimiento brusco, las manos firmes en sus caderas, y la empujó contra el borde de la mesa de reuniones. El impacto hizo volar los papeles esparcidos, algunos cayendo al suelo con un susurro cómplice, otros quedando atrapados bajo el peso de los cuerpos que ahora se fundían. Ella no se resistió. No había espacio para la resistencia cuando el deseo era una corriente que la arrastraba hacia aguas profundas. La madera fría de la mesa presionó su espalda, pero el calor del cuerpo de él pronto la calentó, como si Daniel fuera un horno encendido, emanando fuego por cada poro. Él no preguntó. No necesitaba hacerlo. Sus ojos, antes oscuros como tinta derramada, ahora ardían con un hambre que ella conocía—porque era la misma que ardía dentro de ella. —No tienes idea de lo que estás provocando —murmuró, la voz ronca, casi un gruñido, mientras una de sus manos se deslizaba por el muslo de ella, subiendo la falda con un movimiento lento, deliberado. Los dedos encontraron la piel desnuda, y Clara tembló, los músculos contrayéndose bajo el contacto. —*Días, semanas, meses mirándote y fingiendo que no quería esto.* Ella debería haber respondido con algo inteligente, algo que mantuviera el control. Pero las palabras murieron en su garganta cuando él se inclinó, los labios rozando el lóbulo de su oreja antes de descender por su cuello, dejando un rastro de fuego. Clara arqueó la espalda, los dedos clavándose en sus hombros, sintiendo la tela cara del saco bajo sus uñas. El perfume de Daniel—algo amaderado, con un toque de cuero y especias—invadió sus sentidos, mezclándose con el aroma de su propio deseo, húmedo y caliente entre sus piernas. —Sé exactamente lo que estoy provocando —logró decir, la voz temblorosa, pero firme. —Y tú también. Daniel rio, un sonido bajo y peligroso, mientras la otra mano subía por su costado, contorneando la curva de su seno antes de tomar su mentón, obligándola a mirarlo. Sus ojos brillaban con una intensidad casi animal, como si estuviera a punto de devorarla. Y quizá lo estuviera. —Entonces no finjas sorpresa cuando tome lo que es mío. Y entonces, la besó. No fue un beso suave. No fue una petición. Fue una reivindicación, una invasión, su lengua adentrándose en su boca con una urgencia que hizo gemir a Clara contra sus labios. Ella respondió con la misma ferocidad, mordiendo su labio inferior con la fuerza suficiente para arrancarle un gruñido, las manos subiendo por su amplio pecho hasta encontrar la corbata. La tela sedosa se deslizó entre sus dedos mientras la deshacía con un movimiento rápido, los nudillos rozando la piel caliente de su cuello. Daniel gimió cuando ella le arrancó la corbata, arrojándola al suelo sin ceremonia, y sus manos encontraron los botones de su blusa, desabrochándolos con una prisa que rayaba en la violencia. Uno, dos, tres—la tela se abrió, revelando el sujetador de encaje negro, los pezones ya duros, visibles a través de la tela fina. Él no perdió tiempo. Una mano envolvió un seno, apretándolo con fuerza, mientras la otra se deslizaba hacia su espalda, atrayéndola contra sí, eliminando cualquier espacio que aún existiera entre ellos. Clara sintió su miembro duro presionando contra su vientre, incluso a través de las capas de ropa, y un escalofrío recorrió su columna. Quería más. Necesitaba más. Sus manos descendieron por su abdomen, sintiendo los músculos contraídos bajo la camisa, hasta encontrar el cinturón. Los dedos le temblaban—de ansiedad, de deseo—mientras lo desabrochaba, el sonido del cuero deslizándose por las trabillas resonando en la sala como un preludio de lo que estaba por venir. —*Joder, Clara* —rugió, apartándose solo lo suficiente para mirarla, los labios hinchados, los ojos entrecerrados. —*Me vas a matar.* Ella sonrió, atrayéndolo de vuelta para otro beso, las uñas arañando levemente su nuca. —Entonces muere feliz. La mesa crujió bajo su peso cuando Daniel la empujó más hacia atrás, sus piernas abriéndose instintivamente para acomodarlo. La falda subió hasta la cintura, y él no perdió tiempo en deslizar una mano entre sus muslos, los dedos encontrando el encaje húmedo de su tanga. Clara gimió fuerte cuando presionó el pulgar contra su clítoris, moviéndolo en círculos lentos y tortuosos, mientras la otra mano seguía jugando con su seno, pellizcando el pezón con la fuerza suficiente para hacerla arquear la espalda. —Estás empapada —susurró contra su boca, la voz cargada de satisfacción. —*Tan lista para mí.* Ella no respondió. No podía. Las palabras se perdieron en un gemido cuando él apartó la tanga a un lado y deslizó dos dedos dentro de ella, embistiéndola lentamente, como si estuviera saboreando cada sonido que arrancaba de su garganta. Clara se aferró a sus hombros, las uñas clavándose en la camisa, sintiendo cómo el placer se enroscaba en su vientre, cada vez más apretado, cada vez más intenso. —*Daniel…* —jadeó, su nombre saliendo como una súplica. —*No… no puedo…* —¿*No puedes qué?* —provocó, acelerando el ritmo, los dedos curvándose dentro de ella mientras el pulgar seguía torturándola. —*Córrete para mí, Clara. Quiero verte desmoronarte.* Ella intentó resistirse. Intentó contenerse, prolongar ese momento, pero su cuerpo no obedecía. Con un grito ahogado, se corrió, las paredes internas apretándose alrededor de sus dedos, el orgasmo desgarrándola como una ola, dejándola sin aliento, temblando. Daniel no se detuvo. Siguió moviendo los dedos, prolongando el placer, hasta que ella quedó laxa, los músculos relajados, la respiración irregular. Cuando finalmente retiró la mano, Clara lo vio llevarse los dedos a la boca, lamiéndolos lentamente, los ojos nunca dejando los suyos. El gesto era tan erótico, tan primitivo, que sintió una nueva oleada de deseo recorrerla, más fuerte que antes. —Tienes sabor a pecado —murmuró, la voz ronca. —*Y aún no he terminado contigo.* Clara no tuvo tiempo de responder. Daniel la atrajo hacia el borde de la mesa, las manos firmes en sus caderas, y antes de que pudiera procesar lo que ocurría, la giró de espaldas, empujándola contra la fría superficie de madera. La falda subió por completo, exponiendo sus nalgas, y ella escuchó el sonido de su cremallera abriéndose, la tela del pantalón cayendo al suelo. —*Sujétate a la mesa* —ordenó, la voz un mandato al que no podía desobedecer. Clara obedeció, los dedos clavándose en el borde de la mesa mientras sentía la cabeza de su miembro presionando contra su entrada, caliente y palpitante. Él no entró de una vez. En cambio, deslizó solo la punta, provocándola, haciéndola gemir y empujar las caderas hacia atrás, intentando forzarlo a ir más profundo. —¿*Impaciente?* —rió, oscuro, mientras una mano se deslizaba por su columna, haciéndola arquearse aún más. —*Me gusta verte así.* Y entonces, con un movimiento rápido, la penetró por completo. Clara gritó, el sonido resonando en la sala vacía, las paredes internas estirándose para acomodarlo, la sensación de plenitud casi insoportable. Daniel gimió, las manos sujetando sus caderas con fuerza, los dedos dejando marcas que ella sabía que aún estarían allí por la mañana. —*Joder, Clara* —rugió, comenzando a moverse, las embestidas profundas, implacables. —*Estás tan apretada… tan perfecta.* Ella no podía responder. Las palabras se perdieron en una sucesión de gemidos y suspiros mientras él la penetraba, cada movimiento arrancándole sonidos que ni siquiera sabía que era capaz de hacer. La mesa se balanceaba bajo ellos, los papeles restantes volando, el proyector aún proyectando su luz azulada sobre los cuerpos entrelazados, como si el mundo exterior hubiera dejado de existir. Daniel se inclinó sobre ella, una mano sujetando su cabello, tirando de su cabeza hacia atrás mientras la otra encontraba su clítoris nuevamente, frotándolo en círculos rápidos y precisos. —*Córrete para mí otra vez* —ordenó, la voz un susurro ronco contra su oreja. —*Quiero sentirte apretando mi polla mientras me corro dentro de ti.* Las palabras, combinadas con el ritmo implacable de sus embestidas y la presión de sus dedos, fueron demasiado. Clara se corrió de nuevo, el orgasmo más intenso que el primero, haciéndola gritar mientras las paredes internas se contraían a su alrededor, ordeñándolo. Daniel gimió, los movimientos volviéndose más erráticos, hasta que, con un gruñido, se corrió dentro de ella, el calor de su semen llenándola mientras se enterraba hasta el fondo, los cuerpos pegados el uno al otro. Por un momento, no hubo sonido más allá de sus respiraciones entrecortadas, el aire pesado con el aroma a sexo y sudor. Clara sentía el corazón latir tan fuerte que estaba segura de que él podía escucharlo. Daniel permaneció dentro de ella, los brazos rodeando su cintura, la cabeza apoyada en su hombro mientras ambos intentaban recuperar el aliento. Pero entonces, él se retiró lentamente, su miembro deslizándose fuera de ella, dejando una sensación de vacío que Clara ya odiaba. Se giró, sus ojos encontrando los de él, y vio algo allí—algo más allá del deseo satisfecho. Algo que prometía que aquello no había sido solo una noche. Daniel sonrió, una sonrisa lenta y peligrosa, mientras recogía la corbata del suelo y la enrollaba en sus dedos. —*Esto fue solo el comienzo, Clara* —murmuró, atrayéndola para otro beso, suave esta vez, pero no menos intenso. —*La reunión aún no ha terminado.* Daniel aún sostenía la corbata entre los dedos, pero ahora era Clara quien la jalaba, enrollándola en su propia muñeca como si fuera una correa improvisada. Los ojos de él brillaron, oscuros y hambrientos, mientras ella lo guiaba hacia atrás hasta que su espalda encontró la pared fría de la sala de reuniones. El aire acondicionado zumbaba bajo, insuficiente para disipar el calor que irradiaba entre los dos. —¿Te gusta mandar, Clara? —su voz era un gruñido ronco, los labios aún húmedos del beso anterior. Ella no respondió con palabras. En cambio, presionó su cuerpo contra el de él, sintiendo la rigidez de su erección a través de la tela del pantalón, y mordió su labio inferior con la fuerza suficiente para arrancarle un gemido. —Me gusta *verte* perder el control —susurró, arrastrando las uñas por su pecho, sintiendo cómo los músculos se contraían bajo el contacto. Daniel tomó sus caderas con fuerza, los dedos clavándose en la carne suave, y la giró de espaldas a él. La mesa de reuniones estaba justo allí, la superficie pulida reflejando la tenue luz de las lámparas de emergencia. La empujó contra el borde, las manos deslizándose bajo la falda ajustada, arrancándole un suspiro cuando sus dedos encontraron el encaje húmedo de su tanga. Clara arqueó la espalda, los senos presionados contra el frío tablero de la mesa, mientras él apartaba la tela a un lado con un movimiento brusco. El primer contacto fue deliberadamente lento, un dedo trazando círculos perezosos alrededor de su clítoris, haciéndola temblar. —Joder, Daniel… —gimió, las uñas arañando la madera. Él rio, bajo y satisfecho, antes de reemplazar el dedo con su boca, la lengua caliente y ávida explorando cada pliegue, cada punto sensible. Clara se aferró a su cabello, atrayéndolo más cerca, las caderas moviéndose al compás de los movimientos de su lengua. Cuando él introdujo dos dedos dentro de ella, curvándolos en el ángulo justo, se corrió con un grito ahogado, el cuerpo entero temblando mientras oleadas de placer la atravesaban. Antes de que pudiera recuperar el aliento, Daniel la giró de frente, levantándola sobre la mesa con un solo movimiento. Los papeles esparcidos volaron al suelo, olvidados. Él desabotonó su blusa con urgencia, los dedos temblorosos de deseo, y cuando sus senos quedaron expuestos, no perdió tiempo—bajó la cabeza y capturó un pezón entre los dientes, mordisqueando hasta que ella arqueó la espalda, ofreciéndose más. —Eres insaciable —murmuró, pero no había reproche en su voz, solo un desafío. Daniel sonrió contra su piel, los dientes dejando una marca roja antes de subir para besarla, compartiendo el sabor salado de su propio placer. —Y a ti te encanta —respondió, la voz ronca, mientras bajaba las manos hacia la cremallera de su pantalón. Clara no esperó. Bajó de la mesa, empujándolo hacia atrás hasta que él cayó sentado en el sofá de cuero de la sala. La posición la dejaba en control, y le encantaba. Se arrodilló entre sus piernas, los dedos ágiles desabotonando el pantalón y liberando su miembro ya duro, palpitante. —Mi turno —dijo, lamiéndose los labios antes de envolver la cabeza con su boca, la lengua girando en círculos lentos. Daniel gimió, las manos enredándose en su cabello, pero sin forzarla—solo guiando, dejándola marcar el ritmo. Clara lo llevó profundo, hasta sentir la punta rozar su garganta, antes de retroceder, los labios brillando de saliva. Repitió el movimiento, alternando entre succiones lentas y rápidas, hasta que él estuvo jadeante, las caderas moviéndose involuntariamente. —Basta —gruñó, jalándola por los brazos hacia arriba. Clara rio, un sonido bajo y provocador, mientras se sentaba sobre él, la falda aún enrollada en la cintura. Se posicionó sobre su miembro, pero no bajó de inmediato. En cambio, se frotó contra su glande, sintiéndolo palpitar, antes de finalmente dejarse caer, engulléndolo por completo. Los dos gimieron al unísono. Daniel tomó sus caderas, marcando el ritmo, mientras Clara se movía en círculos, los músculos internos apretándolo con cada embestida. El sofá crujía bajo ellos, el cuero frío contrastando con el calor de sus cuerpos. Ella se inclinó hacia adelante, los senos rozando su pecho, y mordió su lóbulo. —¿Te gusta verme así? —preguntó, la voz entrecortada. —*Descontrolada, solo para ti.* —Me gusta *ti* —respondió, la voz áspera, antes de capturar su boca en un beso hambriento. Sus manos se deslizaron por su espalda, arrancándole la blusa de los hombros, dejándola solo con el sujetador y la falda, mientras ella seguía cabalgándolo, cada movimiento más intenso que el anterior. Cuando el orgasmo se acercó, Clara se apartó, dejándolo al borde del abismo. Bajó del sofá, los tacones altos golpeando el suelo de madera, e inclinó el cuerpo sobre la mesa, ofreciéndose. Daniel no dudó. Se levantó en un movimiento fluido, posicionándose detrás de ella, y entró con un solo impulso, haciéndola gritar. Sus manos sujetaron sus caderas con fuerza, los dedos marcando su piel mientras embestía, cada movimiento más profundo que el anterior. —Así… —gimió, empujándose contra él, buscando más. Daniel obedeció, acelerando el ritmo, el sonido de los cuerpos chocando resonando en la sala vacía. Cuando él alcanzó entre sus piernas, encontrando su clítoris hinchado, Clara se corrió de nuevo, el cuerpo temblando mientras oleadas de placer la atravesaban. Él no se detuvo. Siguió moviéndose, prolongando su orgasmo hasta que ella quedó laxa, apoyada en la mesa, las piernas temblorosas. Solo entonces se permitió correrse, jalándola hacia sí mientras se enterraba hasta el fondo, el calor de su semen llenándola. Los dos quedaron allí, jadeantes, los cuerpos pegados, hasta que Daniel la giró de frente y la besó lentamente, como si tuvieran todo el tiempo del mundo. Pero el tiempo jugaba en su contra. El reloj en la pared marcaba horas que no deberían existir en una noche de trabajo. Clara lo miró, los ojos aún nublados de placer, y sonrió. —Creo que rompimos la mesa —murmuró, señalando la superficie inclinada, una de las patas rota. Daniel rio, un sonido bajo y satisfecho, antes de atraerla para otro beso. —Valió la pena —susurró contra sus labios. —*Pero aún no hemos terminado.* Y, con un movimiento rápido, la levantó en brazos, cargándola hacia el suelo, donde la gruesa alfombra los esperaba, lista para otra ronda. El primer rayo de sol invadió la sala de reuniones como un intruso tímido, deslizándose por las persianas entreabiertas y posándose sobre los cuerpos entrelazados en la alfombra. Clara despertó primero, sintiendo el peso cálido del brazo de Daniel sobre su cintura, los dedos de él aún ligeramente crispados contra su piel, como si incluso en sueños se negara a soltarla. El aire olía a sudor, sexo y al leve rastro cítrico de su perfume, mezclado con el aroma dulce de su propio cuerpo. Se estiró lentamente, sintiendo cada músculo protestar—unos de placer, otros de agotamiento—y una sonrisa lenta se dibujó en sus labios antes incluso de abrir los ojos. Daniel despertó con el movimiento, las pestañas oscuras temblando antes de posarse en ella. Por un segundo, hubo ese instante de desorientación, como si ambos necesitaran recordar dónde estaban, quiénes eran y cómo habían llegado allí. Pero entonces la atrajo más cerca, hundiendo el rostro en su cuello, inhalando hondo como si quisiera memorizar el aroma de esa piel marcada por sus dientes y sus uñas. —Buenos días —murmuró, la voz ronca por el sueño y por horas de uso excesivo. Los labios rozaron su clavícula, provocando un escalofrío que recorrió su columna. Clara rio bajito, pasando los dedos por su cabello despeinado. —Buenos días para ti también. ¿O será que aún es de noche? Daniel alzó la cabeza, los ojos oscuros brillando con una malicia perezosa. —Depende. Si seguimos así, creo que el sol tendrá que esperar. Ella lo empujó levemente, pero no había fuerza en ello. El cuerpo de él era un peso delicioso, y la manera en que se acoplaba al suyo—incluso ahora, incluso después de todo—hacía que su estómago se contrajera en anticipación. —Tenemos que irnos —dijo, pero no hizo ningún movimiento para levantarse. En cambio, enrolló una pierna alrededor de la suya, reteniéndolo allí. —*La oficina abrirá en unas horas.* Daniel suspiró, pero no se resistió. En lugar de eso, rodó hacia un lado, atrayéndola consigo hasta que ella quedó encima, las rodillas a cada lado de sus caderas. Sus manos se deslizaron por sus muslos, apretando levemente, como si probara su disposición. —Tienes razón —murmuró, los pulgares trazando círculos perezosos en la parte interna de sus piernas, peligrosamente cerca de donde aún palpitaba. —*Pero no dije que ya hubiera terminado.* Clara mordió su labio inferior, sintiendo el calor extenderse entre sus piernas. Debería protestar, debería levantarse, recoger la ropa esparcida por el suelo, verificar que no hubieran dejado ninguna evidencia comprometedora. Pero la manera en que él la miraba—como si ella fuera lo único que importaba en ese momento—era irresistible. —Eres insaciable —lo acusó, pero su voz salió entrecortada cuando sus dedos finalmente encontraron el punto exacto, presionando con una precisión que la hizo arquear la espalda. —Y a ti te encanta —replicó, atrayéndola hacia abajo hasta que sus labios se encontraron en un beso lento, profundo, como si tuvieran todo el tiempo del mundo. Pero no lo tenían. Con un esfuerzo que pareció hercúleo, Clara se apartó, apoyando las manos en su pecho mientras recuperaba el aliento. —Basta. Tenemos que irnos antes de que llegue alguien. Daniel soltó un gruñido de frustración, pero no la detuvo. En cambio, se sentó, pasando una mano por su cabello en un gesto que ella ya reconocía como señal de que estaba recomponiéndose. El profesionalismo volvía a aflorar, aunque su cuerpo aún gritara lo contrario. —Tienes razón —admitió, levantándose y tendiéndole la mano para ayudarla. —*Pero eso no significa que no podamos continuar después.* Clara aceptó su mano, sintiendo el calor familiar de su palma contra la suya. Al levantarse, la alfombra dejó marcas rojas en sus rodillas, y sonrió al darse cuenta de que probablemente tendría marcas similares en otras partes del cuerpo—recuerdos silenciosos de la noche que habían compartido. —*¿Después?* —repitió, arqueando una ceja mientras comenzaba a recoger su ropa. La blusa estaba arrugada, la falda torcida, y la tanga... bueno, la tanga estaba en algún lugar bajo la mesa, probablemente irrecuperable. —*¿De verdad crees que podremos fingir que no pasó nada?* Daniel la observó por un momento, los ojos recorriendo su cuerpo con una intensidad que la hizo sentir desnuda incluso después de vestirse. Entonces, se acercó, tomando su mentón entre los dedos e inclinando su rostro hacia arriba. —No —admitió, la voz baja y ronca. —*Pero lo intentaremos. Al menos hasta la próxima reunión.* Ella rio, pero el sonido murió en su garganta cuando él la besó de nuevo, esta vez con una urgencia que dejó claro que la despedida no sería fácil. --- El ascensor bajó en silencio, los dos lado a lado, los cuerpos separados por una distancia respetable—pero no lo suficiente como para ocultar el aroma a sexo que aún flotaba entre ellos. Clara cruzó los brazos, intentando ignorar la manera en que sus pezones aún estaban sensibles bajo la tela de la blusa, o cómo cada movimiento hacía que el recuerdo de sus dedos, de su boca, volviera con una claridad casi dolorosa. Daniel, por su parte, mantenía las manos en los bolsillos, pero sus ojos no dejaban de desviarse hacia ella, como si no pudiera creer que estuviera allí, real, después de todo. —¿Vas directo a casa? —preguntó cuando las puertas del ascensor se abrieron en el vestíbulo vacío. Clara asintió, tomando el bolso que había dejado en un rincón de la sala de reuniones la noche anterior. —Necesito una ducha. Y café. Mucho café. Él rio, un sonido bajo e íntimo que hizo que su estómago se contrajera. —Yo también. Pero primero, necesito pasar por la oficina a recoger algunas cosas. Ella alzó una ceja. —¿A las seis de la mañana? —Soy un hombre ocupado —respondió, con una sonrisa que no dejaba dudas sobre qué lo mantenía ocupado. Clara negó con la cabeza, pero no pudo contener la sonrisa. —Claro. Bueno, entonces... ¿nos vemos el lunes? Daniel dudó por un segundo, como si quisiera decir algo más. Pero entonces, simplemente asintió. —Lunes. Y Clara... Ella se detuvo, girándose hacia él. —¿Sí? —No olvides traer esa presentación que preparaste. Creo que... necesitamos revisar algunos detalles. El doble sentido era tan obvio que casi rio. En cambio, mordió su labio inferior y asintió. —Por supuesto. Algunos detalles. Él sonrió, satisfecho, y por un momento, los dos se quedaron allí, en el vestíbulo vacío, como si ninguno quisiera ser el primero en alejarse. Entonces, Daniel dio un paso adelante, tomando su mano y llevándola a sus labios en un gesto que era a la vez elegante y desesperadamente íntimo. —Hasta el lunes, Clara. Ella tragó saliva, sintiendo el calor de su boca contra su piel. —Hasta el lunes, Daniel. Y entonces, él se giró y caminó hacia la salida, los pasos firmes, como si no hubiera pasado la noche entera perdiendo el control con ella. Clara se quedó parada unos segundos más, observándolo alejarse, antes de finalmente girarse y caminar en la dirección opuesta. --- El sol ya estaba alto cuando llegó a casa, y el apartamento estaba en silencio, como siempre. Clara se quitó los zapatos al cruzar la puerta, dejándolos caer al suelo con un suspiro de alivio. Cada parte de su cuerpo dolía de una manera placentera, y se permitió un momento para cerrar los ojos y revivir las últimas horas—los besos, los toques, la manera en que él la había mirado como si fuera la única mujer en el mundo. Entonces, fue al baño y abrió la ducha, dejando que el agua caliente corriera por su cuerpo mientras pasaba las manos por los lugares que él había tocado, como si quisiera prolongar la sensación un poco más. Cuando finalmente salió, se envolvió en una toalla y fue a la cocina, preparando una taza de café fuerte mientras miraba por la ventana. El fin de semana se extendía ante ella, vacío y silencioso. Pero, por primera vez en mucho tiempo, Clara no le importó. Porque sabía que, el lunes, todo volvería a comenzar. Y esta vez, no tenía la menor intención de mantener el profesionalismo.

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