La Pared Delgada
Por Tonkix

**La Pared Delgada**
El apartamento olía a pintura fresca y madera envejecida, un perfume que Lucía asociaba con nuevos comienzos. Las paredes, pintadas de un blanco lechoso, reflejaban la luz pálida de la tarde que se filtraba por las cortinas de lino, aún con pliegues de su embalaje. Pasó los dedos por la superficie lisa de la mesa de la cocina, recién desembalada, y suspiró. Treinta y cuatro años, un cambio de ciudad, un nuevo empleo en una escuela privada de élite. Todo meticulosamente planeado para ser *correcto*.
Pero el edificio, ah, el edificio era antiguo. Los pasillos resonaban con pasos como si el tiempo allí tuviera capas, y las puertas crujían en bisagras que parecían susurrar secretos. El conserje, un hombre de manos callosas y sonrisa fácil, le había advertido: *«Aquí, doña Lucía, las paredes son finas como papel de seda. Pero uno se acostumbra»*. Ella no le había dado importancia en ese momento, demasiado ocupada verificando si el refrigerador estaba conectado, si la ducha calentaba.
Fue en la primera noche cuando lo notó.
El silencio del apartamento era denso, interrumpido solo por el tic-tac del reloj de pared que había heredado de su abuela. Lucía estaba acostada en la cama, un libro abierto sobre el pecho, las gafas resbalando por su nariz. Entonces llegó. Un sonido ahogado, casi imperceptible, como si alguien estuviera conteniendo la respiración al otro lado de la pared. Frunció el ceño, ajustó las gafas. Otro sonido. Un gemido bajo, ronco, que se enredó en su columna y hizo que sus dedos apretaran el borde de la sábana.
Lucía se sentó lentamente, el corazón latiendo más rápido de lo que debería. El apartamento de al lado. El vecino. *Daniel*, según la placa de latón en la puerta 302. Lo había visto solo una vez, el día de la mudanza, un hombre alto, de hombros anchos, bajando las escaleras con una caja de herramientas en la mano. Cabello oscuro, ligeramente canoso en las sienes, una barba incipiente que le daba un aire de quien acababa de despertar de un sueño profundo. Él la había saludado con un movimiento de cabeza, los ojos verdes —*¿verdes?*— fijos en ella un segundo más de lo necesario.
Ahora, él estaba allí. Al otro lado de la pared. Y no estaba solo.
Otro gemido, más largo, acompañado de un suspiro que parecía arrastrar las palabras: *«Joder, así…»* La voz era grave, modulada, como si cada sílaba estuviera calculada para provocar. Lucía sintió el calor subir por su cuello, las mejillas ardiendo. Se giró de lado, presionando la almohada contra su oreja, pero el sonido atravesaba la tela, la madera, el espacio entre ellos. Un ritmo comenzó, cadencioso, húmedo, y supo, con una claridad embarazosa, lo que estaba sucediendo.
Cerró los ojos con fuerza, como si eso pudiera bloquear el oído. *No es asunto tuyo. No es asunto tuyo.* Pero el cuerpo no obedecía. Entre las piernas, una pulsación insistente, un hormigueo que se extendía como mercurio caliente. Lucía mordió su labio inferior, los dientes hundiéndose en la carne suave. El libro resbaló al suelo con un golpe sordo. Del otro lado, una risa ahogada, femenina, seguida de un *«Shhh, alguien puede oír».*
*Alguien está escuchando.*
Se levantó, los pies descalzos hundiéndose en la alfombra mullida. Caminó hasta la pared, vacilante, y apoyó la palma de la mano en la superficie fría. El papel tapiz, un estampado floral descolorido, parecía vibrar bajo sus dedos. Otro gemido, más alto, más urgente, y entonces un nombre —*«Camila»*— pronunciado con una urgencia que hizo que su estómago se contrajera.
Lucía retrocedió, como si la pared la hubiera quemado. Volvió a la cama, se acostó boca abajo, los dedos enredados en el edredón. Pero la imaginación ya había tomado el control. Veía a Daniel, las manos grandes sujetando las caderas de una mujer, los músculos de la espalda contrayéndose con cada movimiento. Veía la boca entreabierta, los dientes mordiendo el labio inferior, los ojos verdes —*verdes, definitivamente verdes*— entrecerrados de placer.
El orgasmo llegó rápido, casi violento, arrancado de ella por la combinación de sonidos, imágenes y la sensación de estar invadiendo algo íntimo sin permiso. Lucía hundió el rostro en la almohada, ahogando su propio gemido, las uñas clavadas en la tela. Cuando la respiración volvió a la normalidad, una vergüenza caliente se extendió por su cuerpo. *¿Qué me pasa?*
En los días siguientes, intentó ignorarlo. Encendía la radio en la cocina mientras preparaba el desayuno, subía el volumen del televisor por la noche, incluso consideró comprar uno de esos aparatos de ruido blanco que su hermana le había recomendado. Pero el edificio tenía una acústica traicionera. Los sonidos encontraban resquicios —en el intervalo entre una canción y otra, en el silencio entre los diálogos de una película, en el momento exacto en que apagaba la ducha y el agua dejaba de caer.
Y Daniel parecía tener un sexto sentido para eso.
El martes, lo escuchó gemir mientras leía un informe de la escuela, las gafas resbalando por su nariz mientras las palabras se embrollaban en la página. El jueves, estaba al teléfono, la voz baja y ronca diciendo *«Sé que te gusta cuando lo hago así…»*, y Lucía dejó caer la cuchara al suelo, el metal tintineando contra el azulejo. El viernes, él estaba con otra persona —una voz masculina, esta vez, y la dinámica era diferente, más lenta, más exploratoria. *«Eres tan rico cuando te relajas…»*, murmuró Daniel, y Lucía sintió todo su cuerpo erizarse.
El sábado, se encontró apoyada contra la pared del dormitorio, los dedos trazando círculos sobre el papel tapiz, como si pudiera sentir el calor de él al otro lado. *¿Quién eres, Daniel?* La pregunta resonaba en su mente, mezclada con otras, más peligrosas: *¿Cómo sería tocarte? ¿Ser tocada por ti?*
Fue entonces cuando escuchó la puerta del apartamento de al lado abrirse. Pasos en el pasillo. Un golpe suave en su puerta.
Lucía se quedó inmóvil. El corazón se le disparó. *Él sabe.* No, no podía ser. Era imposible. Pero ¿y si…?
Los pasos se alejaron. La puerta del ascensor se abrió y cerró. Soltó el aire que ni siquiera había notado que estaba conteniendo.
Pero la curiosidad, ah, la curiosidad ya tenía raíces demasiado profundas para ser arrancada.
Lucía pasó la mañana siguiente evitando la pared. No por miedo a lo que escucharía —aunque aún sentía el rubor subir a sus mejillas solo de recordar aquella voz masculina, los gemidos arrastrados de Daniel—, sino porque necesitaba demostrarse a sí misma que tenía control. Que aquello no era más que una distracción pasajera, un efecto secundario de vivir sola después de tanto tiempo. Tomó un libro, encendió la radio en una estación de jazz, incluso intentó meditar. Pero el apartamento parecía más pequeño, las paredes más delgadas, como si el mismo aire llevara su olor: una mezcla de jabón cítrico y algo más oscuro, amaderado, que no lograba nombrar.
Fue al final de la tarde, cuando el sol ya se inclinaba perezoso sobre los edificios, que lo encontró.
Ella regresaba de la lavandería, los brazos cargados de ropa recién planchada, cuando la puerta del 302 se abrió de repente. Daniel salió con una bolsa del supermercado en una mano y un manojo de llaves en la otra, y por un segundo los dos se quedaron paralizados en el pasillo estrecho, como si el universo hubiera dado un bandazo. Lucía sintió el peso de la ropa resbalar entre sus dedos, pero antes de que pudiera reaccionar, él se adelantó, sujetando la pila de telas antes de que cayera al suelo.
—Perdón —dijo, la voz baja, casi íntima—. No te vi.
Ella alzó los ojos. Él estaba descalzo, vistiendo una camiseta negra que moldeaba sus hombros anchos y unos jeans gastados que caían perfectamente sobre sus caderas. El cabello oscuro, aún húmedo, dejaba gotas resbalar por su cuello, y Lucía tuvo que contenerse para no seguir su camino con la mirada.
—Está bien —logró decir, aceptando la ropa de vuelta—. Yo tampoco estaba prestando atención.
Un silencio. No era incómodo, pero sí cargado, como si los dos supieran exactamente lo que el otro estaba pensando. Daniel inclinó la cabeza, una sonrisa lenta dibujándose en sus labios.
—¿Eres nueva aquí, no?
—Me mudé hace dos semanas.
—Y ya descubriste lo mejor y lo peor del edificio —murmuró, los ojos oscuros fijos en los de ella—. Las paredes delgadas.
Lucía sintió el rostro arder. *Él sabe.* La certeza la atravesó como un shock, seguida de una ola de algo más peligroso: excitación. Pero antes de que pudiera responder, él continuó, la voz suave, casi divertida:
—No tienes que avergonzarte. Yo también escucho cosas de tu lado.
—¿Qué? —dejó escapar, horrorizada—. ¿Como qué?
Daniel rio, un sonido grave y cálido que reverberó en el pecho de ella.
—Cantas en la ducha. *Garota de Ipanema*, en la versión de Astrud Gilberto. Y a veces… —hizo una pausa, los ojos brillando— …gimes cuando el agua está muy caliente.
Lucía abrió la boca, pero no salió ninguna palabra. Él estaba bromeando con ella. Tenía que estarlo. Pero la forma en que la miraba, como si pudiera ver a través de la blusa fina que llevaba puesta, no dejaba lugar a dudas: no estaba mintiendo.
—Eres un cretino —dijo, pero no había ira en su voz.
—Y tú eres una mentirosa —replicó él, acercándose un paso—. Porque sé que te gusta escucharme tanto como a mí me gusta escucharte.
El aire entre ellos se espesó, cargado de algo que Lucía no se atrevía a nombrar. Debería haberle cerrado la puerta en las narices. Debería haber reído y seguido su camino. Pero en lugar de eso, se encontró atrapada en esa mirada, en esa sonrisa que prometía cosas que solo había imaginado en secreto.
—Café —dijo él de repente, como si la palabra fuera un hechizo—. ¿Aceptas?
Debería haber dicho que no. Debería haber inventado una excusa, cualquier cosa. Pero la verdad era que quería quedarse. Quería saber cómo sería tocarlo, sentir el calor de su piel, descubrir si el olor que imaginaba era real.
—Solo si prometes no chantajearme con mis propios gemidos —respondió, sorprendiéndose a sí misma.
Daniel volvió a reír, y el sonido la envolvió como un abrazo.
—Sin promesas.
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El apartamento de él era más pequeño que el de ella, pero más vivo. Libros apilados en los rincones, una guitarra apoyada en el sofá, platos sucios en el fregadero de la cocina diminuta. El olor a café fresco se mezclaba con el aroma de algo dulce —*¿canela?*, pensó— y Lucía sintió el estómago contraerse.
—Perdona el desorden —dijo él, quitando la bolsa de la compra de la mesa—. No esperaba compañía.
—No hace falta que te disculpes —respondió ella, pasando los dedos por el lomo de un libro de poemas de Drummond—. Me gustan los lugares que parecen habitados.
Daniel la observó por un segundo, como si estuviera evaluando algo. Luego, con un movimiento rápido, le acercó una silla.
—Siéntate. El café está casi listo.
Ella obedeció, cruzando las piernas e intentando ignorar la forma en que la tela de los jeans rozaba entre sus muslos. Daniel se movía por la cocina con una naturalidad que la fascinaba —encendía el fogón, revolvía el azúcar en la taza, cortaba un trozo de pastel de zanahoria con un cuchillo que parecía haber visto días mejores. Cada gesto era preciso, económico, y Lucía se encontró imaginando cómo serían esas manos en otros lugares.
—¿Cocinas? —preguntó, solo para romper el silencio.
—Cuando tengo tiempo. —Sirvió el café en dos tazas descascarilladas, colocando una frente a ella—. ¿Y tú?
—Solo lo básico. —Lucía envolvió la taza con las manos, sintiendo el calor extenderse por sus dedos—. Pero me gusta comer.
Daniel alzó una ceja, una sonrisa lenta formándose.
—¿Eso es una invitación?
Ella casi se atraganta con el café. *Maldición.* Él estaba jugando de nuevo, probando límites. Y lo peor era que no sabía si quería retroceder.
—Depende —dijo, sosteniendo su mirada—. ¿Sueles aceptar invitaciones de vecinas entrometidas?
—Solo las que se quedan pegadas a la pared escuchando mis… hobbies.
El aire entre ellos se electrificó. Lucía sintió todo su cuerpo reaccionar, como si cada terminación nerviosa estuviera sintonizada con él. Daniel se acercó, apoyando los codos en la mesa, los ojos fijos en los de ella.
—Habla en serio, Lucía. —Su voz era un susurro ronco—. ¿Nunca has pensado en cómo sería?
—¿Cómo sería qué?
—Esto. —Extendió la mano, los dedos rozando levemente el dorso de la mano de ella. Un toque mínimo, casi inocente, pero que la hizo contener la respiración—. Tú y yo. Al otro lado de la pared.
Debería haber reído. Debería haber dicho que no, que era ridículo. Pero la verdad era que había pensado en eso. *Muchas veces.* Desde la primera noche en que escuchó sus gemidos, desde la primera vez que se tocó imaginando que era él quien la hacía temblar.
—¿Y si digo que sí? —murmuró, sorprendiéndose a sí misma.
Daniel sonrió, una sonrisa lenta y peligrosa.
—Diría que eres una mujer muy valiente.
Se levantó, rodeando la mesa hasta quedar a su lado. Lucía sintió el corazón latir tan fuerte que estaba segura de que él podía escucharlo. Daniel se inclinó, los labios casi tocando su oreja cuando habló:
—O muy imprudente.
Ella cerró los ojos por un segundo, sintiendo el aliento caliente contra su piel. Cuando los abrió, él estaba de pie, ofreciéndole la mano.
—Vamos.
—¿Adónde?
—Al sofá. —La atrajo suavemente—. A menos que prefieras seguir aquí, donde cualquiera pueda vernos por la puerta.
Lucía dejó que la guiara, los dedos entrelazados con los de él. El sofá era viejo, gastado, pero cómodo, y cuando Daniel la atrajo para sentarse a su lado, no se resistió. El cuerpo de él era cálido, sólido, y olía a piel mezclada con café y canela.
—Eres peligroso —murmuró, los dedos trazando círculos en su brazo.
—Y a ti te gusta.
No era una pregunta. Era una constatación. Y tenía razón.
Daniel le sujetó la barbilla, inclinando su rostro hacia arriba. Sus ojos eran oscuros, intensos, y Lucía sintió todo su cuerpo rendirse cuando él se acercó.
—¿Puedo? —preguntó, la voz ronca.
Ella no respondió. Solo cerró los ojos y esperó.
El beso fue suave al principio —un roce de labios, una exploración lenta. Pero entonces Daniel profundizó, la lengua buscando la suya, y Lucía gimió contra su boca, las manos subiendo para agarrar su cabello. Él sabía a café y pecado, y sintió todo su cuerpo encenderse, como si cada célula estuviera suplicando por más.
Daniel la atrajo hacia su regazo, las manos grandes sujetando su cintura, y Lucía se dejó llevar, montándolo sin pensar. La tela de los jeans de él era áspera contra la piel sensible de sus muslos, y se frotó sin pudor, sintiendo el bulto duro entre sus piernas.
—Joder, Lucía —gimió él, las manos bajando para apretar sus nalgas—. Me vas a matar.
—No antes de que yo te mate a ti —respondió, mordisqueando su labio inferior.
Daniel rio, un sonido bajo y gutural, y luego la besó de nuevo, con más urgencia. Sus manos se deslizaron bajo la blusa de ella, los dedos callosos raspando levemente su piel, y Lucía arqueó la espalda, ofreciéndose.
—Quítatela —pidió, la voz entrecortada.
Él no necesitó que se lo dijeran dos veces. En un movimiento rápido, le sacó la blusa por la cabeza, arrojándola al suelo. Sus ojos recorrieron su cuerpo, devorando cada centímetro, y Lucía sintió el pecho subir y bajar bajo su mirada.
—Hermosa —murmuró, los dedos trazando el contorno del sujetador de encaje—. Tan hermosa.
Ella se inclinó para besarlo de nuevo, pero Daniel la sujetó por los hombros, manteniéndola alejada.
—Espera. —Su voz estaba ronca, los ojos oscuros de deseo—. Quiero mirarte.
Lucía sintió el rostro arder, pero no apartó la mirada. En cambio, llevó las manos a su espalda y desabrochó el sujetador, dejándolo caer entre ellos. Los pezones ya estaban duros, sensibles, y vio los ojos de Daniel fijarse en ellos, la respiración acelerándose.
—Mierda —susurró, la mano derecha subiendo para envolver un seno. El pulgar rozó el pezón, y Lucía gimió, arqueándose contra el contacto—. Eres perfecta.
Ella no respondió. No podía. En cambio, sujetó su mano y la guió hacia abajo, hasta el botón de sus jeans.
—Por favor —pidió, la voz temblorosa.
Daniel no dudó. Desabrochó sus pantalones con un movimiento rápido, bajándolos junto con las bragas. Lucía se levantó lo suficiente para deshacerse de las prendas, volviendo a montarlo completamente desnuda.
Él la atrajo para un beso hambriento, las manos explorando cada centímetro de piel expuesta. Cuando sus dedos encontraron el centro de sus piernas, Lucía gimió contra su boca, mojada, lista.
—Estás empapada —murmuró, los dedos deslizándose con facilidad—. Por mí.
—Sí —admitió, las uñas clavándose en sus hombros—. Solo por ti.
Daniel gimió, los dedos trabajando en círculos lentos, y Lucía sintió todo su cuerpo contraerse. Pero antes de que pudiera llegar al límite, él se detuvo, retirando la mano.
—No aquí —dijo, la voz ronca—. No así.
Lucía abrió los ojos, confundida.
—¿Qué?
Él la sujetó por la cintura, levantándola con facilidad y acostándola en el sofá. Luego, se arrodilló entre sus piernas, los ojos fijos en los de ella.
—Quiero probarte —dijo, la voz un susurro pecaminoso—. Quiero sentirte en mi lengua.
Lucía no tuvo tiempo de responder. Daniel bajó la cabeza, la boca caliente cubriendo su sexo, y ella arqueó la espalda con un grito. Su lengua era implacable, explorando, lamiendo, succionando, y Lucía sintió el placer enroscarse dentro de ella como un resorte a punto de estallar.
—Daniel —gimió, las manos agarrando su cabello—. Por favor, no pares.
Él no paró. Aumentó el ritmo, los dedos uniéndose a su boca, y Lucía sintió el orgasmo acercarse como una ola. Cuando llegó, fue intenso, arrasador, y gritó su nombre, todo su cuerpo temblando.
Daniel se levantó, los labios brillantes, y Lucía lo atrajo para un beso, saboreándose en su boca. Él la besó con hambre, las manos bajando para abrir la cremallera de sus pantalones.
—Ahora —pidió ella, la voz ronca—. Te quiero dentro de mí.
Daniel no necesitó que se lo dijeran dos veces. En un movimiento rápido, se quitó los pantalones y los calzoncillos, liberando su miembro duro, grueso. Lucía lo envolvió con la mano, sintiendo su textura sedosa, el calor pulsante.
—Condón —murmuró él, pero ella lo atrajo de vuelta, besándolo con urgencia.
—Tomo la píldora —dijo entre besos—. Y estoy limpia.
Daniel dudó por un segundo, los ojos oscuros fijos en los de ella.
—Yo también.
Y entonces, sin más palabras, la penetró.
Lucía gimió, su cuerpo adaptándose a su tamaño, y Daniel soltó un suspiro ronco, las manos sujetando sus caderas con fuerza.
—Joder, Lucía —gimió, comenzando a moverse—. Estás tan apretada.
Ella no respondió. No podía. En cambio, envolvió las piernas alrededor de su cintura, atrayéndolo más profundo, más rápido. Los sonidos de sus cuerpos chocando resonaban en el apartamento, mezclándose con los gemidos y susurros, y Lucía sintió el placer crecer de nuevo, más intenso, más urgente.
El viento aullaba contra las ventanas del apartamento antiguo, sacudiendo los cristales como si quisiera arrancarlos de sus marcos. Lucía estaba sentada en el sofá, un libro abierto en el regazo, pero las palabras danzaban ante sus ojos, sin sentido. La tormenta afuera era un espejo de la agitación dentro de ella —los truenos resonaban con los latidos acelerados de su corazón, y cada relámpago iluminaba por un instante la sala, revelando sombras que parecían susurrar secretos prohibidos.
Entonces, las luces parpadearon. Una, dos veces. Y de repente, la oscuridad.
El silencio que siguió fue abrupto, como si el mundo hubiera contenido la respiración. Lucía se quedó inmóvil, los dedos aún sujetando el borde del libro. El olor a lluvia invadió el ambiente, mezclado con el aroma de la madera vieja y el leve perfume a lavanda que usaba. Por un momento, pensó en encender una vela, pero la idea de levantarse, de moverse, parecía demasiado. Entonces, escuchó.
Un *toc-toc* suave en la puerta.
No era el viento. No era la madera crujiendo. Era real.
Se levantó lentamente, los pies descalzos hundiéndose en la alfombra gastada. La oscuridad era densa, pero sus ojos ya comenzaban a adaptarse, distinguiendo el contorno de la puerta, el pomo de metal frío. Otro golpe, más insistente esta vez.
—¿Lucía?
La voz de Daniel atravesó la madera delgada, baja y ronca, como si él también estuviera conteniendo algo dentro de sí. Ella vaciló, los dedos flotando sobre la cerradura. No era miedo. Era algo más peligroso —una anticipación que hacía que su piel hormigueara.
Abrió la puerta.
Él estaba allí, empapado por la lluvia, el cabello oscuro pegado a la frente, la camisa blanca adherida al cuerpo, delineando los músculos que ella ya había imaginado tantas veces. En las manos, una botella de vino tinto, la etiqueta manchada por la humedad. Sus ojos se encontraron con los de ella, y por un segundo, ninguno de los dos dijo nada. Solo se miraron, como si se estuvieran viendo por primera vez.
—Pensé que podrías necesitar compañía —dijo él, finalmente, la voz cargada de algo que no era solo cortesía—. Y luz.
Lucía dio un paso al lado, permitiéndole entrar. El apartamento pareció encogerse con su presencia, como si el espacio entre ellos fuera algo vivo, palpitante.
—Traje vino —comentó, intentando sonar casual, pero su voz salió más baja, más íntima de lo que pretendía.
—Es lo mínimo que puedo hacer —respondió Daniel, alzando la botella—. Después de todo, soy un vecino servicial.
Ella rio, un sonido ligero que se perdió en el estruendo de otro trueno. Él la observó por un momento, como si estuviera memorizando cada detalle —la forma en que su cabello caía sobre los hombros, la curva de su cuello, la manera en que sus labios se entreabrían al respirar.
—Estás temblando —murmuró.
—No es de frío.
Las palabras escaparon antes de que pudiera detenerlas. Daniel sonrió, una sonrisa lenta, peligrosa, y dio un paso adelante. El olor de él la envolvió —lluvia, jabón, algo más profundo, más masculino. Lucía sintió el aire quedarse atrapado en sus pulmones.
—Tampoco yo —admitió.
Ella tomó la botella de sus manos, sus dedos rozando los de Daniel. Un contacto breve, pero suficiente para enviar una corriente eléctrica por su cuerpo. Fue hasta la cocina, tomó dos copas, y cuando se giró, él estaba justo detrás de ella, tan cerca que podía sentir el calor de su cuerpo.
—¿Siempre apareces en mi puerta en noches de tormenta? —preguntó, intentando aliviar la tensión, pero su voz salió temblorosa.
—Solo cuando sé que estás sola —respondió, los ojos fijos en los de ella mientras servía el vino.
Lucía le entregó una copa, y cuando sus dedos se tocaron de nuevo, ninguno de los dos se apartó. Daniel llevó la copa a los labios, pero no bebió. En cambio, se inclinó hacia adelante, los labios rozando su oreja.
—Te escucho, ¿sabes?
Ella tragó saliva.
—¿El qué?
—Por las noches —murmuró, la voz un susurro ronco—. Cuando te tocas. Te escucho.
Lucía sintió el rostro arder, pero no era vergüenza. Era algo más primitivo, más urgente. Debería haber negado, debería haber fingido indignación, pero la verdad era que *quería* que él escuchara. Que supiera.
—¿Y tú? —preguntó, la voz casi un gemido—. ¿Qué haces cuando me escuchas?
Daniel no respondió con palabras. En cambio, sujetó su copa y la colocó sobre la encimera, junto con la suya. Luego, con un movimiento lento, deliberado, la atrajo contra sí, las manos deslizándose por su cintura, apretándola con fuerza.
—Esto —dijo, la boca a centímetros de la de ella—. Exactamente esto.
Y entonces, la besó.
No fue un beso suave. Fue hambriento, desesperado, como si los dos hubieran estado esperando ese momento durante semanas —porque así era—. Lucía gimió contra su boca, las manos subiendo para enredarse en su cabello mojado, atrayéndolo más cerca. Daniel la empujó contra la pared, su cuerpo presionando el de ella, y sintió cada centímetro de él, duro, caliente, *listo*.
—He fantaseado contigo —confesó entre besos, la boca descendiendo por su cuello, los dientes rozando la piel sensible—. Con tus gemidos. Con la forma en que muerdes el labio cuando estás excitada.
Lucía arqueó la espalda, las uñas clavándose en sus hombros.
—Yo también —admitió, la voz quebrada—. Contigo observándome. Contigo tocándome.
Daniel soltó un gemido ronco, las manos deslizándose bajo su blusa, los dedos encontrando los pezones ya rígidos. Los apretó, provocando un suspiro agudo en Lucía, que se aferró a él con más fuerza.
—Joder, Lucía —murmuró, la boca volviendo a la de ella—. Quiero escucharte ahora.
Ella no necesitó más incentivo. Con un movimiento rápido, se quitó la blusa por la cabeza, dejándola caer al suelo. Daniel la observó, los ojos oscuros de deseo, antes de arrodillarse frente a ella. Sus manos se deslizaron por su cintura, por sus caderas, y luego le bajó las bragas lentamente, como si estuviera desenvolviendo un regalo.
Lucía contuvo la respiración cuando él la besó allí, la lengua caliente y húmeda explorándola con una intimidad que la hizo temblar. Apoyó las manos en la pared detrás de sí, las piernas flaqueando, mientras Daniel la devoraba, cada movimiento calculado para llevarla al límite.
—Daniel… —gimió, su nombre una súplica.
Él no se detuvo. No hasta que ella estuvo jadeante, los dedos enredados en su cabello, todo su cuerpo temblando con la proximidad del orgasmo.
Entonces, se levantó, los labios brillantes, los ojos ardientes.
—Quiero tenerte en mi cama —dijo, la voz áspera—. Ahora.
Lucía no respondió. Solo tomó su mano y lo atrajo hacia el dormitorio, donde la tormenta afuera parecía lejana, insignificante, comparada con el fuego que ardía entre ellos.
La puerta del dormitorio se cerró tras ellos con un clic suave, pero el sonido reverberó en el cuerpo de Lucía como un trueno. El cuarto de Daniel era más pequeño que el suyo, más estrecho, con una cama de matrimonio apoyada contra la pared que los separaba del apartamento de al lado —aquella misma pared que, durante semanas, había sido testigo silenciosa de sus deseos. Ahora, sería el escenario de algo mucho más intenso.
Daniel la atrajo contra sí antes de que pudiera dar otro paso. Sus manos, grandes y cálidas, rodearon su cintura, y sintió el calor de su piel incluso a través de la tela fina de su camisa. Él no dijo nada. No necesitaba hacerlo. Sus ojos oscuros, casi negros bajo la tenue luz de la lámpara de noche, hablaban por sí solos: una promesa de placer, de entrega, de algo que iba mucho más allá de lo que habían imaginado.
Lucía alzó los brazos y enredó los dedos en su cabello, atrayéndolo para un beso. La boca de Daniel era exigente, la lengua deslizándose contra la suya con una urgencia que la hizo gemir suavemente. Sintió el sabor del vino que habían compartido, mezclado con el sabor único de él —algo salado, masculino, adictivo. Sus manos bajaron hasta sus nalgas, apretándola contra sí, y sintió su erección presionando su vientre, dura, insistente.
—Recuerdas la primera vez que nos vimos? —preguntó él, la voz ronca.
—En el pasillo —respondió, recordando el shock, la tensión, la forma en que la había mirado como si ya la conociera.
—Supe en ese momento que ibas a ser un problema.
—¿Y lo soy?
—El mejor tipo de problema.
Lucía rio y apoyó la cabeza en su pecho, escuchando el corazón latir. La música terminó, pero ellos siguieron allí, balanceándose levemente, como si el mundo entero se hubiera detenido para darles ese momento.
—Te amo —dijo, las palabras saliendo antes de que pudiera pensarlo.
Daniel dejó de moverse. Por un segundo, Lucía sintió el pánico subir por su garganta. Pero entonces él le sujetó el rostro y la besó, lento, profundo, como si quisiera tragarse las palabras y guardarlas para siempre.
—Yo también te amo —murmuró contra sus labios—. Desde el primer gemido que escuché a través de la pared.
Lucía rio, pero el sonido se transformó en un suspiro cuando él la levantó en brazos y la llevó a la cama. Esta vez, no había prisa. No había necesidad de silencio. Se amaron despacio, explorando cada centímetro del otro con manos y bocas y palabras susurradas, como si tuvieran todo el tiempo del mundo.
Y, por primera vez, era verdad.
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A la mañana siguiente, Lucía despertó con el sonido de la lluvia y el aroma a café recién hecho. Daniel no estaba en la cama, pero lo encontró en la cocina, de espaldas a ella, revolviendo algo en la olla. La camisa que llevaba puesta era la misma que ella había usado el día anterior, ahora colgada en el respaldo de una silla.
Se acercó en silencio y pasó los brazos alrededor de su cintura, apoyando la mejilla en su espalda ancha.
—Buenos días —dijo él, girándose para besarla.
—Buenos días.
—¿Dormiste bien?
—Mejor que nunca.
Daniel sonrió y volvió a revolver la olla, pero mantuvo una mano en su cintura, como si necesitara el contacto.
—Estaba pensando —dijo, después de un momento—. Podríamos viajar. Salir de la ciudad unos días. Solo nosotros dos.
Lucía alzó las cejas.
—¿Y las clases?
—Te mereces un descanso. Y yo también.
Ella rio y lo besó de nuevo, sintiendo el sabor del café en sus labios.
—Me apunto.
Daniel apagó el fuego y la atrajo más cerca, las manos deslizándose por su espalda hasta encontrar el elástico de sus bragas.
—Perfecto —murmuró, la voz ronca—. Porque ya extrañaba tenerte.
Y entonces no hubo más palabras. Solo el sonido de la lluvia, el calor de sus cuerpos, y la certeza de que, finalmente, no necesitaban más paredes para esconderse.
El desayuno fue servido en el balcón, entre risas y el sonido de las tazas chocando. El sol de la mañana se filtraba entre los árboles del patio, dibujando franjas doradas sobre la mesa de madera. Lucía llevaba puesta una de las camisas de Daniel, los botones mal abrochados, la tela ancha deslizándose por un hombro. Él, con pantalones de chándal y sin camisa, la observaba mientras untaba mantequilla en una rebanada de pan, los dedos ágiles, los labios entreabiertos en concentración.
—Estás mirándome —dijo ella, sin levantar la vista.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque ahora puedo.
Lucía sonrió y mordió el pan, dejando un rastro de mantequilla en su labio inferior. Daniel no resistió. Se inclinó sobre la mesa y lamió el residuo, la lengua cálida y lenta, antes de capturar su boca en un beso salado.
—Deliciosa —murmuró contra sus labios.
—Eres un cliché.
—Y a ti te encanta.
Le encantaba. Le encantaba la forma en que la miraba, como si fuera lo único en el mundo que valiera la pena ver. Le encantaba la manera en que sus manos encontraban las suyas, como si fuera lo más natural del mundo. Le encantaba incluso la forma en que le robaba trozos de su pan, como si aún estuvieran jugando a algo secreto.
Pero ya no era un secreto.
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La decisión se tomó en el sofá, entre las sábanas arrugadas y el olor a sexo que aún impregnaba el ambiente. Daniel estaba sentado con las piernas estiradas, Lucía entre ellas, la espalda apoyada en su pecho. Él jugaba con sus dedos, entrelazándolos, soltándolos, como si memorizara cada detalle.
—Podríamos empezar despacio —sugirió—. Cenar fuera. Pasear por el parque. Cosas que hacen las parejas normales.
—Parejas normales —repitió Lucía, girando la cabeza para mirarlo—. ¿Crees que somos normales?
—No —admitió, sonriendo—. Pero podemos fingir.
Ella rio y se giró completamente, montándolo, las manos apoyadas en su pecho desnudo. Sintió su cuerpo reaccionar al instante bajo el de ella, pero ignoró el calor que se extendía entre sus piernas. Había algo más importante ahora.
—No quiero fingir —dijo, seria—. No más.
Daniel le sujetó el rostro, los pulgares acariciando sus pómulos.
—Entonces no fingiremos.
Y así, con esas palabras simples, la última barrera entre ellos cayó. No hubo más reglas, más puertas cerradas, más susurros ahogados contra las almohadas. Solo estaban ellos, y el mundo allá afuera, que ahora tendría que aprender a lidiar con eso.
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La primera vez que salieron juntos fue un sábado por la tarde, tomados de la mano, como si siempre lo hubieran hecho. El sol brillaba fuerte, y Lucía sintió el sudor correr por su nuca, pero no le importó. Estaba demasiado ocupada mirando a Daniel, la forma en que sonreía cuando ella señalaba algo gracioso en el escaparate de una tienda, la manera en que sus dedos apretaban los suyos cuando pasaban junto a alguien conocido.
—¿Estás nerviosa? —preguntó él, cuando se detuvieron en una heladería.
—Un poco —admitió—. ¿Y tú?
—Ni un poco.
—Mentiroso.
Él rio y la atrajo para un beso rápido, los labios fríos por el helado que compartían.
—Bueno, sí estoy. Pero es un nerviosismo bueno. El tipo que hace que el corazón lata más fuerte.
Lucía sonrió y lamió el helado, sintiendo el sabor dulce de la vainilla mezclado con la sal de su beso.
—Me gusta ese nerviosismo.
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La noche cayó, y regresaron al apartamento de Daniel. No había prisa, no había necesidad de esconderse. Lucía se quitó los zapatos y se dejó caer en el sofá, mientras Daniel encendía el equipo de música y elegía una canción baja, algo con piano y voces susurradas. Lo observó moverse por el espacio, ahora tan familiar, y sintió una ola de ternura tan intensa que casi dolió.
Cuando él volvió a su lado, le tendió la mano.
—¿Bailas conmigo?
Lucía vaciló por un segundo, pero luego aceptó. Él la atrajo hacia sí, y los dos comenzaron a moverse despacio, los cuerpos pegados, los pasos pequeños, como si estuvieran aprendiendo a bailar juntos por primera vez.
—¿Recuerdas la primera vez que nos vimos? —preguntó él, la voz baja.
—En el pasillo —respondió, recordando el shock, la tensión, la forma en que la había mirado como si ya la conociera.
—Supe en ese momento que ibas a ser un problema.
—¿Y lo soy?
—El mejor tipo de problema.
Lucía rio y apoyó la cabeza en su pecho, escuchando el corazón latir. La música terminó, pero ellos siguieron allí, balanceándose levemente, como si el mundo entero se hubiera detenido para darles ese momento.
—Te amo —dijo, las palabras saliendo antes de que pudiera pensarlo.
Daniel dejó de moverse. Por un segundo, Lucía sintió el pánico subir por su garganta. Pero entonces él le sujetó el rostro y la besó, lento, profundo, como si quisiera tragarse las palabras y guardarlas para siempre.
—Yo también te amo —murmuró contra sus labios—. Desde el primer gemido que escuché a través de la pared.
Lucía rio, pero el sonido se transformó en un suspiro cuando él la levantó en brazos y la llevó al dormitorio. Esta vez, no había prisa. No había necesidad de silencio. Se amaron despacio, explorando cada centímetro del otro con manos y bocas y palabras susurradas, como si tuvieran todo el tiempo del mundo.
Y, por primera vez, era verdad.
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A la mañana siguiente, Lucía despertó con el sonido de la lluvia y el aroma a café recién hecho. Daniel no estaba en la cama, pero lo encontró en la cocina, de espaldas a ella, revolviendo algo en la sartén. La camisa que llevaba puesta era la misma que ella había usado el día anterior, ahora colgada en el respaldo de una silla.
Se acercó en silencio y pasó los brazos alrededor de su cintura, apoyando la mejilla en su espalda ancha.
—Buenos días —dijo él, girándose para besarla.
—Buenos días.
—¿Dormiste bien?
—Mejor que nunca.
Daniel sonrió y volvió a revolver la sartén, pero mantuvo una mano en su cintura, como si necesitara el contacto.
—Estaba pensando —dijo, después de un momento—. Podríamos viajar. Salir de la ciudad unos días. Solo nosotros dos.
Lucía alzó las cejas.
—¿Y las clases?
—Te mereces un descanso. Y yo también.
Ella rio y lo besó de nuevo, sintiendo el sabor del café en sus labios.
—Me apunto.
Daniel apagó el fuego y la atrajo más cerca, las manos deslizándose por su espalda hasta encontrar el elástico de sus bragas.
—Perfecto —murmuró, la voz ronca—. Porque ya te extrañaba.
Y entonces no hubo más palabras. Solo el sonido de la lluvia, el calor de sus cuerpos, y la certeza de que, finalmente, no necesitaban más paredes para esconderse.